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Full text of "Obras escogidas de Don Juan de Cominges;"

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OBRAS ESCOGIDAS 



DE 



D. JUAN DE COMINGES 



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D. JUAM DE COMINGES 



OBRAS ESCOGIDAS 



DE DON 



JUAN DE COMINGES 



'r>e<'i^'V«3K>'*^ 



CON SU BIOGRAFÍA 



POR EL DOCTOR 



D. MATÍAS ALONSO CRIADO 



BUENOS AIRES 
Casa Editora de Juan A. Alsina, México, 1422. 

1892. 



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ARCfllBALD CARY COeUDaK ' 
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CLARENCE LEONARD HAY 



I . 



DOS PALABRAS. 



Pocos días después del fallecimiento de mi querido padre, 
al guardar los diversos apuntes y libros que ojeó él, en sus 
últimos días, encontré una hoja de papel escrita de su pufio,y 
letra dirigida á mí, y que dice así: 

■ 

«Antonio: no resistiré otro golpe de tos. Tengo una 
« sola voluntad que cumplirás. Gasta en un hoyo de cinco 
« ó seis varas de hondo lo que habías de gastar en un 
« nicho. 

« Modestia suma en conducirme al hoyo. 

« Nada de sufragios. 

« Pompas y misas son vanidades. » 

Cominges, 

Estas cortas líneas confirman por escrito las últimas disposi- 
ciones que recibí de sus labios, y retratan la sencillez de su 
carácter y la firmeza de sus ideas, hasta el postrer momento 
de su vida. 

Sus últimos deseos han sido cumplidos. Un grupo de amigos 
íntimos le acompañó por última vez hasta el cementerio de La 
Chacarita, y una modesta inscripción señala allí solamente el 
lugar dónde descansan sus restos mortales. 

Pero sus hijos han sentido como una necesidad imperiosa de 
su espíritu, el deseo de honrar su cariñosa memoria, ya que no 
con pompas suntuosas ni con lujoso mausoleo, imprimiendo 



en un modesto libro algunos de sus escritos, de sus poesías y 
de sus exploraciones, que recuerdan constantemente sus vir- 
tudes y los delicados sentimientos de su alma; que encierran 
la historia de su laboriosa vida; que son la expresión fiel de su 
profundo amor á este país hospitalario, de su entusiasmo y su 
fe por su progreso, de su pasión por la Agricultura y de su 
cariño fraternal y entrañable á los inocentes indígenas de las 
selvas del Chaco, á cuya defensa y servicio consagró los últi- 
mos años de su existencia. 

Dedicarle este humilde homenaje de cariño y respeto filial, 
es el único objeto de este libro; y no podemos dejar de hacer 
presente aquí nuestra gratitud hacia los dos queridos amigos 
de nuestro inolvidable padre, que con tanto amor se han aso- 
ciado á este pensamiento, el Dr. D. Matías Alonso Criado, es- 
cribiendo una sentida biografía, y el Sr, D, Trinidad Sbarbi 
Osuna, encargándose del orden y de la ¿orrrección del libro, 

Buenos Aires, Junio i.<> de 1892. 

Antonio de Cominges, 



D.JUAN DE COMINGES 



El siglo XIX^ que pasará indudablemente á la historia como 
el más útil á la humanidad por los grandes adelantos y mejo- 
ras que ha obtenido en todas las esferas de la vida, resolviendo 
grandes problemas que eran un secreto para los siglos prece- 
dentes, ha dado en compensación de estos beneficios una vejez 
prematura á la generación contemporánea, factor principal en 
tan notable progreso. 

Período de transición en la historia del mundo, las luchas 
de ideas antagónicas, de intereses opuestos y de sentimientos 
contrarios han creado preocupaciones que, variando los rumbos 
de la vida, han acortado la duración de ésta, por la influencia 
de la agitación constante, del movimiento continuo, de la oposi- 
ción sin tregua y de la aspiración sin límites que caracterizan 
la existencia personal en nuestra época. 

Si España, en el apogeo de su grandeza y poderío, dio las 
joyas de sus monarcas y la sangre de sus capitanes más ilustres 
para descubrir y poblar el continente americano, en los siglos 
XV y XVI, en nuestro siglo, no obstante las vicisitudes políti- 
cas de la ex-metrópoli, desangrada por haber engendrado diez 



VIII JUAN DE COMINGES. 






y ocho naciones de su estirpe é idioma en América, ha dado 
también á ésta un buen contingente de hijos ilustres, que' no 
han venido en son de guerra, sino con bandera de paz, á difun- 
dir en el nuevo continente la ciencia y experiencia adquiridas 
en Europa bajo obstáculos tradicionales, asociándose al pro- 
greso americano é identificándose con sus aspiraciones con 
tanto entusiasmo, y aún á veces con mas pasión, que los hijos 
>. naturales de este suelo. Desde el golfo de Méjico al estrecho 

de Magallanes, no existe nación alguna que, después de su 
independencia, haya dejado de recibir de España un contin- 
gente poderoso de hombres competentes en el profesorado, 
en las ciencias, en el comercio y aún en la milicia. 

Confirma esta verdad, el móvil que nos guía á escribir estas 
líneas á impulsos de doble simpatía, de recuerdo y homenaje 
al padre, y de aplauso y felicitación al hijo que consagra este 
libro al sentimiento mas puro, al deber filial ii^as honroso, per- 
petuando en el Río de la Plata y Europa la memoria de uno 
de los caracteres mas honrados y de los genios mas activos y 
universales que ha recibido América en su seno. 

Hemos visto á Cominges en muy diversas situaciones de 
esta vida, múltiple en sus faces, como el diamante hábilmente 
pulido que reverbera en cada uno de sus cortes las cambiantes 
siempre distintas, pero también siempre intensas. 

Con frases expresivas y honrosas para su memoria, la prensa 
del Río de la Plata dio cuenta del fallecimiento del cumplido 
caballero cuyo nombre sirve de epígrafe á estas líneas, ocurri- 
do en Buenos Aires el día 13 de Enero de este año: El. Bo/e- 
tin Industrial, la Revista Ilustrada^ La Patria de Dolores, 
El Correo Español^ La España^ La Nación y algunos otros 
diarios publicaron artículos biográficos ámecrológicos que de- 
muestran la general simpatía que Cominges supo conquistarse; 
y nosotros, que nos honrábamos con su amistad, por que le 
conocíamos bien de cerca y á fondo, fuimos los primeros en 
rendirle el último tributo, ó mas bien en pagarle una deuda de 
la conciencia y del corazón, ya que no con lágrimas vertidas 



biografía IX 



oportunamente sobre su fosa, con el reconocimiento y la con- 

• 

fesión pública de sus virtudes y méritos. No deja otra herencia 
á su 'familia que su buen nombre, como todos, ó la mayor parte 
de los hombres consagrados á la ciencia por amor á la divina 
verdad, y atentos á sus conclusiones como único medio de 
cumplir con el deber universal humano que impone la justicia. 
Los que viven, como Cominges, la vida espléndida y rica de 
la dignidad subjetiva, vida llena de placeres íntimos, pero 
neutralizados casi por los males positivos del infortunio, mueren 
por lo general en el desamparo y en la pobreza; pero dejan en 
el mundo huellas perdurables bien diferentes de aquellas de 
los egoistas afortunados, que pueden compararse en lo efímeras 
con las estelas que dejan los buques sobre la inconstante super- 
ficie del mar. 

Si D. Juan de Cominges no hubiera sido un carácter digno de 
servir de ejemplo en esta época de mercantilismo y de sórdido 
interés, la fortuna le hubiera sonreido; pero entonces su nom- 
bre se sepultaría, como sus restos mortales, en el silencio, y 
los defensores de los intereses morales del presente, centinelas 
avanzados de las futuras generaciones, no tendríamos nada que 
hacer. Hombres de su talla, temple é ilustración tienen el privi- 
legio de perpetuar sus nombres con el recuerdo de sus emi- 
nentes servicios á la causa del progreso, que es la sacrosanta 
de la humanidad, y especialmente los que, como Cominges, 
mueren tal vez prematuramente á causa de sus mismos afanes. 

Por muchas consideraciones, sin embargo, nos es imposible 
hacer la biografía completa de este mártir, como homenaje 
á su memoria y á la amistad con que nos honraba; pero no 
podemos méqosde dar á conocerá nuestros lectores una parte 
de su agitada vida, consagrada por entero á la libertad de su 
patria, al trabajo moralizador y al progreso de América. 






X JUAN DE COMINGES. 



Nació en Madrid el 9 de Enero de 1833, siendo sus padres 
D. Pedro de Cominges, oficial del ejército francés que, habien- 
do ido á España durante la invasión de Napoleón, se había 
retirado después de la carrera militar, contrayendo matrimonio 
por dos Veces en España y fijando allí su residencia definitiva, 
como lo habían hecho también sus demás hermanos (i)y doña 
Mariana Prat y Prim, natural deReus, de una familia antigua y 
distinguida de Cataluña (2). Era nuestro biografiado el hijo 
menor del segundo matrimonio, teniendo una hermana, Matilde, 
y un hermano, Francisco. Del primer matrimonio tenía dos 
hermanos, D. Antonio y D. José. 

Siendo aún muy niño (á los siete años) Cominges perdió á 
su padre. En su hermano mayor, don Antonio, que era ya un 
hombre y gozaba de una posición desahogada, encontró la 
infortunada viuda un protector generoso, y Cominges otro 
padre cariñoso y un maestro ilustrado que encaminó sus pri- 
meros pasos, cuidando de su primera enseñanza y esmerada 
educación, haciéndole ingresar en el colegio de los P. P. Esco- 
lapios, donde comenzó á cursar los primeros estudios que luego 



(i) Entre éstos, ha sido célebre en España y de grandes tradiciones 
en el ejército, el mayor, llamado Carlos, ascendido por Fernando VII 
á capitán general con el título de Conde de España, hombre de ca- 
rácter duro y enérgico, que fué por algunos años capitán general 
de Barcelona, hombre que, impresionado siendo casi un niño ante 
el sacrificio sangriento de su inocente y desgraciado padre el Conde 
de Cominges, efectuado en París por las hordas desenfrenadas que 
mancharon con inauditas crueldades la revolución francesa del 89, 
no gozó desde entonces del equilibrio completo de su razón, y que, 
sustituyendo á su noble carácter la rigidez mas inflexible y las ex- 
travagancias mas descabelladas, fué abandonado por todos sus her- 
manos; llegando á tal punto su locura que cierto día declaró, como 
fuera de sí, que odiaba al pueblo catalán, sobre el cual hacía pesar 
su implacable autoridad, porque los gorros colorados que usaba le 
parecían aquellos que llevaban en París las turbas que asesinaron á 
su padre. El Conde de España murió asesinado por los carlistas 
en 1839. 

(2) Á ella perteneció el general don Juan Prim y Prat— Capitán 
General y Ministro de la Guerra en España en 1869. 



biografía XI 



continuó con notable aplicación hasta el Bachillerato en la 
Universidad Central de Madrid. 

Era entonces su hermano D. Antonio gentil-hombre de 
Cámara del palacio real, y gozaba por sus bellas prendas de la 
estimación de los reyes y de toda la corte (3). Distinguiéndose 
por su carácter franco y generoso y como amaate y protector 
de las letras, don Antonio de Trueba le dedicó su primera 
obra literaria titulada «El cantar de los cantares», 'llamándole 
cariñoso maestro y protector. 

Bajo tan docta y cariñosa dirección, hizo el joven Cominges 
todos sus primeros estudios, aficionándole su hermano mayor, 
desde muy niño, á la literatura y la poesía, formando su estilo 
y su gusto, apartándole de los malos escritores, y poniendo en 
sus manos los mejores autores antiguos y modernos, que el 
niño Cominges devoraba con pasión entusiasta. Dotado de una 
memoria pasmosa, sabía recitar de memoria dramas enteros, 
comedias y buenas poesías de todas clases que no olvidó jamás 
después. 

Creada por doña Isabel II la Real Escuela de Agricultura 
y Horticultura en Madriji, Cominges, á la sazón de 14 años 
de edad, fué de los primeros alumnos que ingresaron en ella, 
demostrando en lojs seis años de estudio sus aptitudes y su 
grande afición á la Botánica al obtener seis notas de sobre- 
saliente en los seis años de curso y el título de Ingeniero Agró- 
nomo á los veinte años de edad, en 1853. 

El mismo año en que terminó sus estudios, fué nombrado 
Ayudante del Jardín Botánico del Buen Retiro, al lado del 
sabio naturalista don Fernando Boutelou, pasando poco des- 
pués con el mismo cargo á los Jardines del Real sitio de Aran- 
juéz. En esta época, Cominges empezó á distinguirse por 
algunas sentidas poesías á la v^z que por su carácter franco y 
en extremo jovial y bullicioso, haciéndose querer en el acto 



(3) Don Antonio de Cominges falleció en 1890 en Madrid siendo 
decano de los Gentiles Hombres del Palacio de los Reyes de España. 



XII JUAN DE COMINGES. 



por cuantos le trataban, y siendo el alma y la animación de 
las alegres fiestas de la juventud de aquella época; resaltando 
más estas prendas y siendo mas apreciables por cuanto el 
joven Cominges era ya entonces, en sus ideas y sentimientos^ 
el polo opuesto de la sociedad en que vivía. De condición 
sencilla, ingenuo, despreocupado, enemigo de ceremonias y de 
ostentaciones, Cominges era demócrata en medio de los cor- 
tesanos, demócrata de corazón, y emitía con naturalidad y 
energía sus ideas, censurando los vicios y costumbres de la 
corte y hablando con verdad y franqueza á los mismos mo- 
narcas. 

En 1855 ingresó en la Milicia Nacional, donde pronto fué 

» 

ascendido á cabo y después á sargento primero en el batallón 
Ligeros de Madrid, tomando parte activa en todos los movi- 
mientos populares de aquel tiempo. En la sangrienta jorna- 
da de 1856 en Madrid, cuando una intriga palaciega derribó 
por segunda vez á Espartero, el batallón á que pertenecía 
ocupaba el palacio de Vista Hermosa, esquina al paseo 
del Prado y frente al Retiro. A poca distancia, el general 
Dulce estableció en una altura del mismo Retiro una batería, 
cuyos cañones dominaban el palacio convertido en baluarte 
de las libertades públicas. Cominges nos ha narrado los 
episodios de aquel triste día. El mencionado general envió 
un mensaje proponiendo la rendición con honrosas condicio- 
nes, supuesto que toda resistencia sería inútil. Rechazada la 
intimación, batió la artillería el palacio durante algunas horas 
hasta convertirlo en ruinas; cesó el fuego y el general Dulce 
en persona, con bandera de parlamento, se acercó al palacio, 
en cuyo interior habían muerto heroicamente el comandante 
del batallón, un capitán y varios oficiales, cuyos nombres sen- 
timos no recordar. Los nacionales que quedaban vivos, reu- 
nidos en consejo, resolvieron enviar á Cominges, aunque te- 
nía un brazo fracturado por una bala, para hacer saber al 
general que estaban dispuestos á todo menos á rendirse. El 
palacio fué entonces asaltado por tres veces por varios regi- 



biografía . XIII 



mientes de infantería que fueron otras tantas veces rechazados 
por sus bravos defensores. De noche ya, el general mandó 
otro parlamentario para hacerles saber que no quedaba ya en 
todo Madrid un solo miliciano nacional con las armas en la 
mano; que concedía todps los honores de la guerra con tal 
que desocuparan el palacio; y que le causaría honda pena el 
tener necesidad de acabar de derribar aquellas ruinas, enter- 
rando bajo de ellas aquel puñado de valientes. Reunidos por 
segunda vez en consejo y aceptada por fin la capitulación, 
unos cuantos soldados, todos heridos, mandados por un te- 
niente con la cabeza vendada, único jefe que quedaba, y el 
sargento Cominges, también herido, desocuparon el palacio 
saliendo de él ya muy entrada la noche, en formación y á tam- 
bor batiente. 

Antes de ésto, por real orden de fecha 15 de Noviembre 
de 1855, Cominges fué comisionado para dirigir las nuevas 
plantaciones que se iban á ejecutar en el terreno que fué 
huerta de San Jerónimo, al lado del histórico templo del mis- 
mo nombre; y terminadas estas plantaciones, por real orden 
de 5 de Octubre de 1857, volvió á desempeñar su antiguo des- 
tino en Aranjuez. 

En 1858, fué nombrado director de los reales jardines y 
bosques de San Ildefonso, y en 1860 fué pensionado por el 
gobierno español durante un año para visitar y estudiar los 
jardines botánicos de Francia, Inglaterra y Alemania y los ade- 
lantos agrícolas de estas naciones. 

En San Ildefonso, durante las temporadas de verano en que 
se reunía allí toda la Corte, Cominges, en compañía de las 
principales familias de la población, organizó y dirigió excelen- 
tes representaciones de comedias y dramas en el teatro de 
aquella localidad, tomando parte en ellas, debiendo advertirse 
que también representaban muchas veces los actores mas no- 
tables de España, como eran Julián Romea, Matilde Diez, Teo- 
dora Lamadrid y el jovencito Rafael Calvo, que empezaba 
entonces á aparecer en las tablas; siendo Cominges muy aplau- 



XIV JUAN DE COMINGES. 



dido por la vida que daba á sus papeles, por su naturalidad y 
por su fina y desembarazada elegancia. 

Por entonces y para ser representadas en aquel teatro á 
beneficio de los* heridos de la guerra de África, escribió Co- 
minges varías comedias de costumbres en verso, tales como: 
t^ El paralelo T^ ^El Tesoro,!^ y «Z?. Rufo Pajares^ Alcalde 
perpetuo del pueblo de Tabanera^ ^ que fueron muy aplaudidas 
y celebradas por la gracia y la facilidad de su estilo. 

Es memorable el atractivo, y la animación que Cominges con 
su alegre carácter supo dar en aquella época á las temporadas 
de verano en que la Corte de España pasaba algunos meses 
en la Granja, ya en frecuentes paseos y meriendas campestres, 
ya en expediciones á las sierras viajando en burros, ora en 
cacerías por los bosques de Balsain y Río Frío, ora en origina- 
les fiestas de todo género en los jardines reales. Por sus bellas 
prendas morales, por su ameno y amable trato, por la ternura 
y delicadeza de sus sentimientos juntamente con la viveza de 
su alegre genio, fué Cominges como el niño mimado de aquella 
sociedad y mereció señaladas pruebas del aprecio de los Reyes, 
á quienes siempre respetó y profesó leal cariño, no obstante 
sus convicciones democráticas y republicanas. 

Para conocer hasta que punto rayaba en franco y original 
su carácter, narraremos el siguiente hecho : Paseaba una tarde 
la reina doña Isabel II por los jardines de San Ildefonso, 
acompañada de las personas mas distinguidas de la Corte, 
grandes de España, generales, prelados y demás altas dignida- 
des, y rodeaban al príncipe Alfonso, muy niño entonces, mu- 
chas señoras de edad, monjas, frailes y sacerdotes. Iba Comin- 
ges bastante atrásenla comitiva, en el puesto que por etiqueta 
le correspondía, cuando la reina le indicó que se acercase para 
hacerle algunas preguntas sobre los jardines, como solía ha- 
cerlo muy á menudo. Aproximóse Cominges, que en aquel 
momento llevaba de la mano á su hijo. 

— Dime, Cominges — le dijo la reina — ¿por qué tu hijo, sien- 



BIOGRAFÍA XV 



,do dos años menor que Alfonso, está mucho más desarrollado 
y robusto? 

— Señora, respondió en el acto Cominges, ^por que no se 
cria entre frailes ni viejas. » 

Hizo reír á la reina esta ocurrencia, y á muchas de las per- 
sonas que la acompañaban y que alcanzaron á oiría. 

— < Señora, continuó Cominges, la educación que recibe el 
niño príncipe está matando la grandeza de su alma y el vigor 
de su cuerpo. Eso de que « S. M. no se aparte de la sombrilla, 
que S. M. no salte ese reguero » , encadenando, por decirlo 
así en una palabra, todos los actos propios de su edad, le con- 
vierten en un autómata, en un esclavo sin voluntad ni alegría. 
Por otro lado, con un celo de piedad mal entendida, se llenan 
las paredes de su estancia con láminas de santos, de purgato- 
rios con llamas, de demonios y horribles suplicios, y ocupando 
su imaginación constantemente con estas ideas y con este gé- 
nero de vida, están fabricando, señora, un nuevo Carlos II. 
Dad al niño una educación científica y varonil ; dejadle la liber- 
tad que requiere la infancia para su desarrollo físico y propor- 
cionadle distracciones y ejercicios marciales que ensanchen su 
espíritu.» 

El día siguiente se encargaba un distinguido general de la 
educación del príncipe, y como principal entretenimiento, se 
formaba en San Ildefonso un batallón de niños que él mandaba, 
haciendo ejercicios y maniobras militares y ejercitándose en la 
construcción de fortificaciones. 

Tal era Cominges en la sociedad aristocrática. Veamos 
ahora como era apreciado entre la gente humilde del pueblo. 

Después de una ausencia de más de veinte y cinco años, le re- 
cuerdan aún todos los días en la Granja como al padre cariño- 
so, como al amigo sencillo, como al protector en todas sus des- 
gracias. 

El vecindario de San Ildefonso se compone en su mayor parte 
de los obreros que cuidan sus soberbios jardines y montes 
reales. Cuando Cominges fué nombrado Director, era eos- 



XVI JUAN DE COMINGES. 



tumbre durante el riguroso invierno, que allí dura ocho meses, 
el suspender los trabajos casi todos los días por causa de las 
nevadas, perdiendo, por tanto, los obreros sus jornales y su- 
friendo con los rigores de la estación una miseria espantosa. 
El primer día que Cominges tomó posesión de su cargo, 
modificó radicalmente este inhumano procedimiento: ordenó 
que cuando nevara, se ocupasen todos los obreros en los inver- 
náculos; ideó la construcción de grandes edificios destinados 
á fábricas de canastería, macetas, caños de barro para las 
aguas de las fuentes, etc. etc., con el solo objeto de entretener 
á los obreros cuando el tiempo no permitiese otras labores; 
dispuso que cada jornalero llevase diariamente á su casa un 
haz de leña de los residuos de la poda de los árboles, y con 
tales arbitrios Cominges tuvo el placer de acabar en un solo 
día con el frío y las miserias de aquel pueblo trabajador y mo- 
rigerado. Añádase á ésto la sencillez y afabilidad con que Co- 
minges trataba hasta al mas ínfimo de los obreros, demostrando 
la delicadeza y bondad de su alma, y la tierna amistad que es- 
trechó con todos, asistiéndoles personalmente en cuantos casos 
le necesitaban, y se formará idea del modo de ser de Comin- 
ges y del cariño que le profesaron. 

No satisfecho con ésto, en su casa particular instaló con 
sus propios y cortos recursos una cátedra de matemáticas y 
una academia de dibujo lineal que él personalmente dirigía y á 
la que asistía todas las noches la juventud del pueblo. 






Cominges, aunque pertenecía á una familia monárquica, 
aunque educado en la Corte y en una escuela realista, aunque 
verdaderamente sentía cariño y gratitud hacia las personas 
de los reyes, era por organización de su naturaleza demócrata 
y republicano ardiente. Veía con amargura las miserias y do- 
lores de una nación en otro tiempo grande y feliz; veía, por 
estar cerca de la Corte, la vana ostentación, el lujo, el derroche 



BIOCRAFIAS XVII 



de inmensos caudales por parte de una clase privilegiada de 
la sociedad, mientras que existía un pueblo digno de mejor 
suerte, que con el trabajo rudo y constante de todo el año no 
obtenía lo necesario, no ya para el preciso sustento y la edu- 
cación de sus hijos, sino para pagar siquiera los impuestos y 
las contribuciones. En el buen camino en que desde su niñez 
se hallaba, hubiera encontrado vasto espacio para su actividad, 
amplias recompensas y los honores que mas estima la vulga- 
ridad de las gentes, con solo conformarse con las condiciones 
del medio social en que fatalmente se había desarrollado y 
educado; pero, dotado naturalmente de clarísima inteligencia 
y de corazón invariablemente inclinado á la rectitud y á la hon- 
radez, no pudo transigir con los principios que allí prevalecían; 
el uniforme brillante, que los grandes de España lucían con 
orgullo, lo llevaba Cominges con dolor, viendo en él, según 
sus palabras, solo la servil librea del lacayo; y antes que vivir 
ostentosamente haciendo traición á sus convicciones y senti- 
mientos, prefirió abandonar su carrera. Tenía fé y entusiasmo 
por la causa republicana y no pudo dejar de tomar parte activa 
en la revolución del 22 de Junio de 1866 en Madrid, revolu- 
ción que fué enérgicamente reprimida, y por cuyas consecuen- 
cias fué condenado á la pena de muerte, que en seguida se la 
conmutó Isabel II por la de destierro á la ciudad de León, sa- 
liendo muy luego para ella custodiado por la guardia civil. 

Cominges se encontró de repente en una población aparta- 
da y desconocida, sin dinero y sin relaciones, como preso, 
pues tenía la ciudad por cárcel, vigilados por la policía sus me- 
nores movimientos, mirado de reojo por las personas de aque- 
lla población que veían en el joven forastero al revolucionario, 
al demagogo, al republicano, y sin saber en que ocuparse para 
sostener á su familia. 

Pero Cominges era uno de esos caracteres enérgicos que 
no se acobardan ante ninguna desgracia, y, hombre de fé, 
confiado siempre en una Providencia justa. Su carrera estaba 
cortada: sus estudios de veinticuatro años aparecían inútiles 



XVIII JUAN DE COMINGES 

t 

en aquel terrible momento; pero era joven, tenía fuerzas para 
trabajar, sabía entre otras cosas, hacer jabón; y, ayudado con 
algunos recursos por su constante y generoso amigo, el Sr. D, 
Ramón Aranáz, diputado á Cortes y rico banquero y propie- 
tario de Madrid, estableció una pequeña fábrica, donde traba- 
jando él y su esposa por la noche al lado de la caldera, y 
vendiendo por el día el jabón en el mercado, ganaban lo sufi- 
ciente para sostenerse. 

Fuertes emociones conmovieron entonces el alma de Co- 
minges. ¡Qué contraste aquél, tan repentino como tremendo; 
Pocos días antes, querido, mimado, rodeado de todas las como- 
didades en medio de la sociedad mas distinguida de la corte 
de España, con una carrera brillante, por ,1a cual tenía pasión 
profunda y en una posición envidiable en atención á su edad 
entonces; poco después, solo, en un lejano pueblo de provin- 
cia, vestido como un lugareño del país y vendiendo á gritos su 
jabón en medio de la plaza de una feria semanal para mante- 
ner á su familia. Solo un espíritu de su temple pudo soportar 
aquel infortunio y adaptarse á tal género de vida, y lo que es 
más aún, sin perder su característico buen humor. 

Pronto se hizo célebre entre las gentes de todos los pueblos 
inmediatos á León, que solían ir á comprar á las ferias: todos 
le conocían y le designaban con el sobrenombre del Tio Cua- 
tro ojos^ á causa sin duda de que siempre usaba gafas por ser 
muy miope, y las mozas de aquellos lugares preferían su pues- 
to por la razón, según declaraban, de gustarles mucho las co- 
sas que les decía el Tio Cuatro ojos. 

La desgracia, la pobreza, (4) el rudo trabajo diario y la so- 



(4) Careciendo de recursos Cominges se dirigía á las Ferias de 
la provincia de León, conduciendo tres ó cuatro burros cargados 
con jabón — hacía noche debajo de los depósitos de agua en las es- 
taciones del ferro -carril y una vez, al entrar en La Bañesa, por 
haber equivocado la calle en que estaba el fielato ó inspección de 
impuestos municipales, se le decomisó la mercancía y estuvo preso 
algunas horas. 



biografía XIX 



ledad en que vivía en León^ contribuyeron, sin duda, á arrai- 
gar cada vez más sus ideas democráticas. Los momentos que 
su trabajo material le permitía, los ocupaba Cominges en dis- 
traer su espíritu estudiando los monumentos y preciosas anti- 
güedades que existen en aquella ciudad. Sacó copias de los 
dibujos y relieves de su hermosa catedral; visitó el cadáver 
de la reina doña Sancha que se conserva en una iglesia de 
aquella capital. Está el sepulcro en el centro de una oscura 
nave lateral cerrada por una espesa verja de hierro y fabricado 
de macizo granito. Descorrida por varios hombres su pesada 
tapa de piedra se vé allí intacto el cuerpo de doña Sancha, 
que se conserva admirablemente después de algunos siglos, 
con el severo traje de tupida seda negra usado en aquella 
época. Solo le falta un pié, que se conoce ha sido cortado y, 
según se cree vulgarmente, fué robado por un viajero inglés. 

Contrajo Cominges en León relaciones amistosas, (y esto 
es verdaderamente curioso,) con los padres Jesuitas que ocu- 
paban el histórico convento de San Marcos, dirigiendo allf un 
colegio. (5) Este convento es famoso por haber estado preso 
en él en el siglo XVII don Francisco de Quevedo y Villegas, 
célebre poeta, y su fachada principal es de una belieza y un 
mérito notables. 

Algún tiempo después, con permiso del gobierno, trasladó 
su fábrica de jabón á la ciudad de Astorga, capital de los 
Maragatos, fundadores de San José en la República Oriental 
y de Patagones en la Argentina. En Astorga también se ocu- 



(5) Estos sabios jesuítas pusieron á la disposición de Cominges su 
magnífica biblioteca y demostraban particular agrado en que les 
acompañara á comer algunos días, y sobre todo, en las conversacio- 
nes y discusiones á que daban lugar de sobre mesa sus opuestas ideas. 
— Cominges, esta vez, supo también h^.cerse querer, de aquellos ilus- 
trados jesuítas y estrechó con ellos una tierna amistad. Poco tiempo 
después, triunfante la revolución del 68, Cominges recibía encargo 
del Gobernador Acevedo de comunicar á sus amigos, la orden de 
destierro y entonces hizo con su influjo que se les guardara todas 
las atenciones que merecían por parte del nuevo gobierno. 



XX JUAN DE COMINGES. 



pó en la construcción de la carretera que vá desde dicha ciu- 
dad á la estación del ferro-carril, y fué destagista de la vía 
férrea de Astorga á Brañuelas. 

Por real orden del 26 de Septiembre de 1867, se Je reco- 
noció el derecho á la jubilación por los diez y ocho años y 
algunos meses quc: le resultaban de servicios abonables á la 
real casa como Director de los reales jardines de San Ildefon- 
so. Esta medida, era impulsada por la bondad de Isabel II, 
que apreciaba y quería á Cominges á pesar de sus ideas re- 
publicanas. 

En León se relacionó estrechamente Cominges con el dis- 
tinguido patricio don Mariano Alvarez de Acevedo y otros 
caracterizados jefes de los partidos liberales, y con el entu- 
siasmo de siempre trabajó y luchó valerosamente á su lado 
por el triunfo de la revolución de 1868, que derrocó á doña 
Isabel II y acabó por el pronto con la dinastía de los Borbones. 
Allí fundó Cominges y redactó con valentía el primer diario 
que en España se tituló La República, 

Tomamos los siguentes párrafos de una carta escrita des- 
pués de la revolución por D. Mariano Alvarez de Acevedo, 
siendo Gobernador de León, y que, refiriéndose á Cominges, 
demuestran el aprecio y la estimación que le merecía: «Al 
« hacer una tentativa para sublevar la ciudad de Astorga y 
« los. obreros del ferrocarril del Noroeste, cuando el alzamiento 
« de Agosto de 1867, me hubiera visto solo, abandonado de 
« todos mis amigos y lleno de amargura, á no ser por la es- 
« pontánea presentación de don Juan de Cominges y Prat, 
« quien con sus criados, armas y dinero me acompañó desa- 
le fiando todos los riesgos, hasta que, frustrados mis planes, 
« y estando en terreno conocido, le mandé retirarse y aguar- 
« dar ocasión más favorable. 

« Desde aquella época estoy en relación con él, y en quien 
« deposito mi confianza porque me consta su abnegación y 
« patriotismo. En esta última tan corta como penosa campa- 
re ña le he privado del placer de acompañarme algunas veces, 



BIOÍ: RAFIA XXI 



« por considerarle indispensable para el desempeño de comi- 
« siones de la más alta importancia, cuales han sido común i- 
« car mis órdenes por terrenos escabrosos y llenos de enemi- 
« gos y sublevar el pueblo de la Magdalena de donde sacó 
« diez voluntarios armados». 

Perteneciente á esta época, recordaremos un hecho que re- 
vela el modo de ser y de sentir de Cominges en todos los ac- 
tos de su vida. Una mañana recibió carta de Madrid en la que 
su hermano D. Francisco le comunicaba la triste noticia del 
fallecimiento de su querida madre, y al mismo tiempo le remitía 
en una letra de cambio la parte que le correspondía de su cor- ^ 
ta herencia, rogándole que por esta vez, aunque no fuese muy 
de acuerdo con sus ideas, hiciera un funeral y ordenara misas 
durante algún tiempo por el alma de la finada, haciendo ade- 
más algunas limosnas á la iglesia; para cumplir así sus últimos 
deseos, del mismo modo que en Madrid lo habían efectuado 
todos sus hermanos. ^ 

Cominges, que adoraba á su anciana madre, terminó la lec- 
tura de la carta, rodando algunas lágrimas por sus mejillas: sa- 
lió silencioso á la calle y en seguida recorrió sin descansar 
durante todo el día las calles y plazas de León en busca de los 
pobres mendigos para citarles á su casa á las ocho de la ma- 
ñana del día siguiente. Antes de la hora indicada, la calle de 
su domicilio se hallaba atestada de centenares de indigentes, 
pues fué aquel un año en que, habiéndose perdido las cose- 
chas, familias enteras de labradores pedían limosna por los 
pueblos. Cominges, haciéndoles pasar uno á uno y ocupado 
en esta faena todo el día con su familia, distribuyó entre los 
pobres el importe de su pequeña herencia y con el sentimien- 
to de que no fuese más cuantiosa para remediar mejor tan 
grandes necesidades. Los socorridos se pusieron de acuerdo 
para quedarse en la calle y rezar después todos juntos, según 
costumbre piadosa en la provincia de León; pero sabido que 
fué por Cominges, bajó en seguida á la calle y les rogó con 
dulzura que cada uno fuese á su casa y allí, solos y sin testigos, ' 



XXII JUAN DE COMINGES 



rezaran particularmente cuanto quisieran por el alma de la 
más virtuosa de las madres. 

[Madre mía — exclamó Cominges cuando se vio solo — tú 
que, ya libre de las miserias y de las preocupaciones de este 
mundo, gozas en este momento de la verdad eterna en premio 
de tus virtudes, aprobarás complacida, seguro estoy de ello, 
que honre con la santa caridad tu sagrada memoria! 

Cominges era verdadero creyente y sincero religioso: creía 
en el Ser Supremo, en un Dios de infinita bondad y perfección 
que preside la harmonía del universo y todo lo dirige con sus 
sabias é inmutables leyes; pero era un franco é implacable 
enemigo del fanatismo, de las supersticiosas ceremonias y de 
las vanidosas ostentaciones. Para admirar y venerar la gran- 
deza de Dios, hallaba solo digno el gran templo de la natura- 
leza, y así es que exclamaba en una de sus poesías, que el 
hombre 



Podrá doquiera levantar altares, 
Que Dios se manifiesta por doquiera, 
En los astros que brillan á millares, 
En la gentil palmera, 
En el profundo abismo de los mares; 



Ya sin trabas la humana inteligencia 
No encerrará en un mísero palacio 
De Dios la omnipotencia. 
Cuyo palacio y templo es el espacio; 
Que allí donde la vida está sembrada. 
Allí de Dios existe la morada. 



Enemigo del orgullo y de la vanidad humana, sencillo por 
naturaleza, al visitar algunos años antes el magnífico cemente- 
rio del Padre Lachaisse en París, miraba con desprecio los lu- 
josos mausoleos ó monumentos 



BIOGRAFÍA XXIII 



Que alzó la humaua soberbia 
Para llevar sus locuras 
Más allá de la existencia. 



Su alma solo se conmueve ante la modesta tumba de un ni- 
ño, abandonada y cubierta de yerba, en la que 

Solo una cruz de madera 
Nos dice que allí reposa 
Un querubín de la tierra. 

Solo entonces, ante tan humilde sepultura, siente Cominges 
vibrar las delicadas «fibras del sentimiento, y dice su natural 
ingenuidad: 

Del corazón á los ojos 

Subió una lágrima tierna; 

Se doblaron mis rodillas, 

Tocó mi labio la tierra, 

Y exclamé: ¡Si aquí hay dolores 

En el cielo hay recompensa! 

El afto 1869, estando Cominges ya en Madrid, supo que en 
León se había levantado una partida carlista bajo las órdenes 
del coronel Balanzátegui, de gran prestigio en aquella provin- 
cia y que contaba con grandes ramificaciones en toda España; 
partida que, apesar de las persecuciones por las tropas del go- 
bierno, engrosaba cada día sus filas, sin ser alcanzada nunca, 
favorecida por las asperezas de aquellas montañas y las sim- 
patías de causa en aquellos parajes. D. Mariano Alvarez de 
Acevedo comprendió desde luego que aquél era el principio y 
el centro de la formidable rebelión carlista que siguió después; 
que las tropas regulares del gobierno tardarían mucho en al. 
canzar á las carlistas; y que era necesario dar un golpe de ma- 
no atrevido, con gente de las mismas montañas, cosa que solo 
á él le era posible. Telegrafió á Cominges, ordenándole que 



XXIV JUAN DE COMINGES. 



en el día pidiera al general Prím las armas y recursos necesa- 
rios para tal campaña. 

— Ya he mandado tropas, le dijo Prím. 

— Que están dejando á Balanzátegui que organice las suyas, 
le contestó Cominges con energía. 

Aquella misma tarde salió Cominges de Madrid en un tren 
especial con las armas y elementos requeridos, llegando pocas 
horas después á León, donde le esperaba D. Mariano Alvarez 
de Acevedo con los voluntarios leoneses y otras numerosas 
personas, entre las cuales recordamos á su intrépido sobrino 
D. Emilio Reyero y Acevedo y al distinguido ingeniero D. Luis 
Ferié. 

Al día siguiente, organizada una división de unos trescientos 
voluntarios, subdividida en tres compañías, una de las cuales 
mandaba Cominges, y después de marchar día y noche tre- 
pando por las fragosidades de la montaña del Norte de la Pro- 
vincia de León, se acercó una madrugada á la altura del pueblo 
de Prioro donde muy tranquilos acampaban los carlistas sin 
sospechar la llegada del enemigo. 

Había dividido Acevedo su gente de tal manera que mandó 
á Cominges que se acercara por la ladera izquierda de la mon- 
taña, mientras que otra compañía se aproximara por las al- 
turas de la derecha, y él, con el resto de la fuerza y la caballe- 
ría que había podido reunir, siguió por el centro que era la 
parte baja del terreno. Los carlistas acampaban descuidados, 
como hemos dicho, al lado de Prioro en una pequeña meseta 
que solía servir de era para trillar las mie.ses. El jefe liberal 
había ordenado acercarse con el mayor sigilo antes de amane- 
cer, y á cien metros de distancia comenzar el ataque por los 
tres puntos indicados. La sorpresa y la confusión fueron tales 
que Balanzátegui, á pesar de su arrojo y prestigio, no pudo 
mantener la disciplina y gran parte de su gente se desbandó 
batiéndose el resto en retirada. Acevedo entonces ordenó des- 
plegar en guerrillas las dos alas de su gente hasta rodear por 
completo á los carlistas, logrando después de algunas horas 



biografía. XXV 



cl^ fuego y de lucha encarnizada hacer prisioneros á la mayor 
parte, pues pasaban de quinientos, entre ellos muchos sacer- 
dotes. El general Prím recibió con gran satisfacción la noticia 
de este brillante hecho de armas. Cominges, dijo el bizarro 
general á su regreso: «Aquí tiene usted la cruz del mérito 
militar para todos los que han tomado parte en el ataque de 
Prioro.» 

— General, contestó Cominges, ninguno la acepta, por que 
todos son demócratas y republicanos. 

El gobierno provisional, presidido por el general Serrano Do- 
minguez, estuvo muy lejos de corresponder á las esperanzas 
de los partidos que llevaron á cabo la revolución que reivindi- 
có para el pueblo español la plenitud de la soberanía y que 
sucesos posteriores han demostrado que fué traicionada desde 
su principio por algunos de sus principales caudillos, hasta 
que, no tanto á fuerza de violencias cuanto de intrigas, llegó á 
fracasar en la época misma de la República á principios de 
1874. 

En Madrid Cominges fué repuesto afines de 1868 en su 
antiguo destino de San Ildefonso, destino que no aceptó; pre- 
firiendo ganar por riguroso concurso de oposición la cátedra 
de Prácticas Agrícolas en la Escuela de la Florida en la misma 
capital; pero muy luego renunció esta cátedra cuando, como 
empleado del gobierno, se le quiso obligar á jurar la Constitu- 
ción monárquica de 1869, que no era por la que había derra- 
mado su sangre y sacrificado su carrera y su familia, según di- 
jo con energía en pleno Congreso en el solemne acto de la 
jura. Entre sus numerosos papeles y documentos se conserva 
la nota en que el gobierno aceptó su renuncia, firmada por don 
José Echegaray, ministro entonces de Fomento y después cé- 
lebre poeta dramático. 

Tal era el cariño que profesaban á Cominges los alumnos 
de la Escuela de Agricultura, hombres ya todos, que al saber 
su separación dejaron de asistir á las clases en masa. Avi- 
sado de ésto por el Director D. Pedro Muñoz y Rubio, puso 



XXVI JUAN DE COMINGES. 

todo SU empeño en que sus alumnos volvieran en seguida á 
las clases para no perder su carrera. Hacerse querer siempre 
por cuantos le trataban era el don principal que Dios concedió 
á Cominges y el que produjo la satisfacciones más dulces de 
su vida. 

Poco después salió de Madrid para encargarse de la construc- 
ción de más de treinta kilómetros del ferro-carril que vá de 
Orense á Vigo, empresa importante que le fué proporcionada 
por su consecuente amigo el señor Aranáz y en cuyo punto 
permaneció hasta fines del año 1870; pero siempre perseguido 
por sus ideas republicanas y decepcionado por la próxima 
reacción monárquica de Amadeo de Saboya, resolvió por fin 
emigrar á América con toda la familia y se embarcó para 
Montevideo. 






Al pisar Cominges por primera vez las hermosas playas de 
Montevideo, creyó respirar con placer el aire puro de la de- 
mocracia, que había sido la ilusión de toda su vida. Al con- 
templar su espléndida naturaleza, escribió su carta'á don Lucio 
Rodríguez, titulada «Impresiones de un extranjero», carta que 
publicó «El Siglo» y la reprodujeron los demás diarios de la 
República Oriental. 

'^Cumplo con un deber de gratitud (decía) al manifestarle 
mis primeras impresiones ante el sublime panorama de esta 
naturaleza virgen, cuyos encantos nunca fueron empañados con 
el aliento de los hombres^'. 

Y, después de describir con elegancia la frondosa vegetación 
de aquellas comarcas, la feracidad de su suelo y la benignidad 
de su clima, exclamaba: 

*' j Vengan aquí, pues, los que confiados en sus merecimien- 
tos, esperan en vano labora de la justicia; vengan aquí, pues, 
cuantos no pueden respirar en la corrompida atmósfera del 



biografía. XXVII 



viejo mundo, vengan aquí, y bendicirán como yo el día en que 
por vez primera pisen las playas del rico continente ameri- 



cano." 



Pocos días después de llegar á Montevideo visitó al presi- 
dente BatUe, quien, lleno de amor por la agricultura y el pro- 
greso de su patria, le encomendó la fundación y dirección de 
la Escuela Central de Agricultura, que Cominges estableció 
en Nueva Palmira á principios de 1871, con la valiosa coope- 
ración de otro héroe del trabajo, del doctor D. Domingo Or- 
doñana. En la misma época efectuó un estudio de canaliza- 
ción en la barra del Río Negro y en el arroyo de las Vacas, 
hizo un estudio del río Cebollati y la laguna de Merín por orden 
del barón de Mauá, levantó planos de algunas colonias, y 
efectuó un estudio de ferro-carril entre Fray- Rentos y Mercedes. 

Desafiando Cominges todos los peligros ó más bien quizás 
atraido por ellos, efectuó una expedición el mismo año de 187 1 
por las Pampas Argentinas, entonces en pleno dominio de 
los salvajes, con el objeto de hacer el estudio de un canal de 
navegación que, partiendo del Carcarañá fuera en línea recta á 
desembocar á la laguna de Junín. Á pié, con solo diez hom- 
bres y dos muchachos y acompañado por dos soldados baquea- 
nos que le dieron en la Guardia de la Esquina, atravesó la 
pampa haciendo un estudio exacto de nivelación. No causó 
poca admiración á los jefes de algunos fortines de la frontera 
el ver semejante puñado de hombres atravesando á pié el de- 
sierto. En el fortín de Melincué fué cariñosamente recibido 
por su distinguido jefe el comandante Berráutia, el mayor Ruiz 
y demás oficialidad, obligándole á pasar allí varios días en su 
compañía. 

Llegado á Junín, visitó acompañado por el coronel Lagos, 
entonces jefe de aquella frontera, la tribu de indios del cacique 
Coliqueo. 

Estos continuos trabajos no le impedían cultivarla poesía y 
la literatura. Durante la epidemia de fiebre amarilla en Bue- 
nos Aires, en 187 1, se organizó en Montevideo una velada li- 



XXVIII JUAN DE COMTNGES. 

teraria con el objeto de reunir fondos para socorrer á las in- 
numerables víctimas, é inspirado y conmovido Cominges ante 
aquella catástrofe sin ejemplo en estos países, escribió su oda 
«Armonías», una de sus poesías mas elegantes y profundas, 
que mereció el honor de ser elogiada como la mejor composi- 
ción de aquella notable velada. 

A los pocos meses de haber llegado á Montevideo, ocurrió 
un suceso, cuyo simple recuerdo demostrará que nuestro bio- 
grafiado era constante en sus genialidades. Unos cuantos jóve- 
nes de aquella ciudad dieron muerte de dos balazos á un humil- 
de obrero. Un hermano de la víctima en vano buscó algún 
abogado que tomara á su cargo la acusación formal de este 
delito. Al saberlo Cominges, se ofreció espontáneamente para 
hacer la acusación. 

Las influencias, los ofrecimientos, las amenazas, el sentimien- 
to de tener que disgustar á personajes á quienes debía amistad 
y gratitud, nada pudo hacerle desistir de su empeño; vanos fue- 
ron cuantos resortes se tocaron, cuantos arbitrios se pusieron 
en juego: Cominges se presentó en é[jurí con entereza y pro- 
nunció ante el tribunal y ante numerosa barra un notable dis- 
curso de acusación. El público en general le era adverso: una 
atronadora silba interrumpió al principio su oración, y Comin- 
ges silencioso miró á la barra con digna arrogancia... Cuando 
cesó el ruido, el orador repitió sus últimas frases, marcándolas 
con viril entereza. Vuelta otra vez la silbatina y el infernal ba- 
rullo, y vuelta otra vez Cominges á callar hasta que pasara la 
tormenta, y hasta que al fin su poderosa elocuencia pudo con- 
mover á aquellos mismos que habían ido dispuestos á reprobarle 
á todo trance, y terminó su discurso calurosamente aplaudido. 

Había la costumbre de enviar á los reos al servicio de las 
armas, y Cominges gritaba en el jurado dirigiéndose á los mi- 
litares presentes: 

«No los recibáis en vuestras filas; para defender la patria 
solo sirven soldados honrados y valientes, y los asesinos no 
son ni lo uno ni lo otro: no los admitáis, por que de valientes ca- 



biografía. XXIX 



pitanes de soldados, os convertiríais en capitanes de ladrones 
y asesinos.» 

Dotado de raras condiciones de actividad, de inteligencia y 
ánimo emprendedor, aquí Cominges vinculó su nombre á mu- 
chas empresas en ambas márgenes del Plata. Durante vein- 
tidós años de residencia en América fué el apóstol de la agri- 
cultura, de la colonización, de la industria y -de la subdivisión 
de la propiedad como únicas positivas fuentes de su riqueza. 
Consideró que la cría primitiva y rutinaria de ganado no es 
suficiente para formar un pueblo rico y culto, y que, por el con- 
trario, excluyendo este sistema la población del suelo, impide 
el desarrollo déla producción agrícola é industrial. 

Muchos sinsabores le valió á Cominges en esta República 
el ardor con que defendía estas doctrinas, hoy aceptadas por 
todos, de parte de los ganaderos que aún no se habían con- 
vencido de la necesidad y conveniencia de perfeccionar su pri- 
mitivo sistema de cría, combinándolo con la agricultura. 

Habiéndosele pedido en cierta ocasión que hiciese un estudio 
sobre el mejor modo de cercar los terrenos destinados á la 
agricultura, demostró én él Cominges que los cercos, por su 
mucho costo, eran la causa que impedía á la agricultura desa- 
rrollarse, y terminaba aconsejando que «^^ mejor cerco es un 
buen^ódigo rural: cuanóo un caballo ó una vaca, añadía, vengan 
á hacer daño á mis plantas, multa; cuando mis lechugas y mis 
cebollas vayan á hacer daño á la propiedad del vecino, multa 
también.» 



4> « 



A fines de 1873 fué nombrado por el gobierno argentino 
Director de la Escuela Agronómica de Tucumán, cargo que 
se vio precisado á aceptar, á consecuencia de las dificultades 
que en la Banda Oriental puso el nuevo gobierno en la 
marcha de la Escuela. El Municipio de Tucumán le confió al 



XXX JUAN DE COMINGES. 



mismo tiempo el cargo de ingeniero municipal. Trabajó allí 
sin descanso, como lo hacía en todas partes; corrigió y amojo- 
nó el plano y el ejido de la ciudad, y practicó el estudio de 
un canal municipal de riego, mereciendo que por ambos traba- 
jos le acordara por unanimidad un voto de gracias aquella 
corporación, presidida entonces por el ilustrado y querido 
presbítero, señor- Zabaleta. 

Desde la ciudad de Tucumán, situada en la falda de la cor- 
dillera de los Andes en una hermosa llanura cubierta de fron- 
dosos naranjos y de caña de azúcar, se divisan al Sudoeste las 
elevadas cumbres de la Sierra de Aconquija, cuyo pico mas 
elevado y que es uno de los mas altos y escabrosos de la cor- 
dillera de los Andes, se conoce allí con el nombre de Cerro 
Bayo^ tal vez á causa de su color amarillento. Cominges supo 
que catorce expediciones de mineros que habían intentado 
trepar á su cumbre para descubrir unas minas de plata que por 
tradición se aseguraba que existían allí, habían todas fracasa- 
do antes de llegar, pereciendo en algunas todos los expedi- 
cionarios sepultados en la nieve. 

Cominges no pudo resistir al deseo de ascender hasta el 
pico más elevado de la cordillera, y decidió organizar una ex- 
pedición para subir al Cerro-Bayo^ la que llevó á cabo con 
éxito feliz, aunque á costa de dos meses de viaje y de toda 
clase de trabajos y penalidades. En esta expedición le acom- 
pañó el ingeniero de minas señor don Vicente Alcalde Espejo, 
que á la sazón era Rector del Colegio Nacional de Santiago 
del Estero. 

En otra ocasión, en compañía del ingeniero y naturalista don 
Rafael Hernández, hizo Cominges una excursión por las sier- 
ras Calchequíes y por los valles de Tafí (célebre por sus es- 
quisitos quesos); visitó también las sierras donde en tiempo 
de la conquista se refugiaron los indios Quichuas y allí desen- 
terró y recogió preciosas curiosidades, entre ellas algunas mo- 
mias y esqueletos de indios, y un jarrón de barro cocido, bar- 
nizado y pintado con dibujos y colores admirables, objetos que 



BIOGRAFÍA. XXXI 



regaló al Comisario Argentino de la exposición de Filadelfia. 

En Tucumán, escribió Cominges sobre agricultura é in- 
trodujo mejoras prácticas en el cultivo de la caña de azúcar 
y del tabaco; hizo en la Escuela de Agricultura grandes 
plantaciones de eucaliptus y repartió gratuitamente plantas 
por toda la provincia, haciendo conocer sus buenas propieda- 
des para impedir el desarrollo de las fiebres palúdicas. Allí 
también Cominges criticó algunas añejas costumbres ó más 
bien dicho corruptelas, entre las cuales sobresalía la poca con- 
sideración que por lo general se tenía á los obreros, y la ma- 
la alimentación que se les daba, pues solo se componía ésta 
de maíz, naranjas y caña de azúcar. Esta propaganda le cos- 
tó también perder su buena amistad con algunas personas 
principales de aquella provincia, y es preciso decirlo en su 
biografía; pues Cominges era así; la cuerda mas sensible de 
su alma era su estremado amor á las clases humildes del pue- 
blo, y su anhelo constante, el trabajar y procurar mejorar su 
suerte, sin detenerle jamás el temor de acarrearse enemigos 
ni el de perjudicar sus propios intereses. 

A principios del año 1876 Cominges recibió comunicacio- 
nes del gobierno oriental participándole que se le reconocía 
un saldo á su favor de algunos miles de pesos, que de su pe- 
culio particular había invertido en la fundación de la Escuela 
de Palmira y cuyo pago estaba ordenado en Tesorería. Co-; 
minges se trasladó otra vez á Montevideo, donde el coronel 
Latorre, amigo particular suyo y que en aquellos dias se 
hizo cargo del gobierno provisional de la República, se empe- 
ñó en tenerle á su lado, encomendándole la redacción del 
diario La Tribuna. Por su carácter franco, justo y honrado 
mereció la mayor confianza del dictador, cuya enérgica admi- 
nistración debe á dos españoles, los señores Cominges y Ordo- 
ñana, las principales iniciativas en la organización de los ser- 
vicios públicos urbanos y rurales. Redactó Cominges por 
algún tiempo La Tribmia^ en cuyo diario, con imparcial cri- 
terio lo mismo elogiaba los actos honrosos del Dictador que 



XXXII JUAN DE COMINGES 



fustigaba los malos y censuraba á los consejeros que abusa- 
ban del poder discrecional del coronel Latorre, diciendo á 
éste siempre la verdad; pero bien pronto comprendió Comin- 
ges que no había nacido para político al uso; sus inclinacio- 
nes naturales le arrastraban á la agricultura. Fuéle permitido 
fundar en Montevideo una cátedra de agricultura, y al sepa- 
rarse de la política militante, escribió al coronel Latorre la 
siguiente carta: 

«Señor: Refrenando á los caudillos turbulentos habéis ase- 
gurado la paz sobre un hermoso suelo arrasado por las luchas 
intestinas. 

«Castigando el crimen, habéis hecho habitable la campaña. 

«Confiando los puestos públicos á los hombres más merito- 
rios de todos los partidos, habéis amortiguado los enconos 
políticos. 

«En posesión de la paz, la confianza y la armonía, hoy des- 
pertáis los dormidos gérmenes de la prosperidad nacional, 
creando instituciones que encaminen á la juventud por el noble 
sendero de la agricultura. 

«Ya que vuesta hofiradez ^z2svl6 el premio de la estimación 
pública; ya que no es preciso luchar á vuestro lado contra los 
demoledores como periodista, permitidme, señor, la honra de 
seguir prestándoos mi débil concurso, trabajando al lado vues- 
tro como agrónomo». 

«Montevideo, Julio 9 de 1877 — Juan de Cominges,* 

En aquella época escribió un « Tratado Teórío-práctico de 
As^rictfllura General,-» por el cual esplicó sus lecciones. Al 
mismo tiempo efectuó una plantación de tabaco en grande 
escala en Villa Colón, pintoresco paraje situado cerca de Mon- 
tevideo, introduciendo por primera vez en la República Oriental 
este importante cultivo: trajo y repartió las mejores semillas 
de tabaco habano; y publicó un tratado práctico del cultivo y 
beneficio del tabaco, escrito con elegante sencillez y dedicado 
á sus amigos los labradores. 



biografía xxxm 



En la misma época escribió infinidad de artículos y folletos 
sobre agricultura, colonización, inmigración, etc. y pronunció 
sus magníficas conferencias acerca de la necesidad de conservar 
y reglamentar la explotación de los bosques: entonces publicó 
su precioso y profundo estudio titulado ^La propiedad y el 
cultivo* y SMS € Carlas /amiliares * á los iBhrSidorQs, sus ^Con- 
ferencias Agrícolas y> y otros muchos artículos que sería largo 
enumerar; siendo, sin duda éste, el período mas activo de su 
vida. 






En 1878 hizo un viaje al Paraguay á donde llevó y repartió 
semillas de tabaco habano y enseñó allí prácticamente á pre- 
parar y secar sus hojas á la sombra; á la vez, tomó parte en 
su prensa y en el renacimiento social y económico de aquel 
pueblo, en el que se recuerda, lo mismo en la Asunción que 
en Villa-Rica, los grandes servicios que prestó con sus ense- 
ñanzas, sus iniciativas y sus variados trabajos. 

Comprendiendo el gran problema y las grandezas que con- 
tiene el Chaco, cuya riqueza no es bastante apreciada en el 
Río de la Plata, Cominges se asoció en 1879 á la gran empre- 
sa Bravo, que se proponía establecer comunicaciones entre 
Bolivia y el Paraguay, atravesando con un ferro-carril el Chaco 
del Norte, cuyo gran pensamiento mejoraría las condiciones 
mediterráneas de aquellas infortunadas repúblicas y daría al 
Río de la Plata el comercio y movimiento fluvial para todo 
el centro de Sud-América. El 29 de Julio de 1879 salió 
iCominges de la Asunción del Paraguay abordo de la go- 
eta ^Gióraltarjt y del patacho ^María^y> al frente de unos 
cuarenta expedicionarios, despedido por un pueblo nume- 
roso y con un estrecho abrazo del empresario Bravo. Em- 
prendió su primera exploración siguiendo las ya borradas 
huellas de Irála, expedición atrevida que abona á su nombre, 



XXXIV JUAN DE COMINGES 



aunque no tan molesta y peligrosa como la que posteriormente 
llevó á cabo en el mismo Chaco del Norte. Sus trabajos en 
este sentido han sido muy elogiados por la prensa y revelan 
en libros y en mapas el espíricu emprendedor y la valerosa 
actividad de ese español de pura raza, animado de todas las 
virtudes y libre de todos los defectos de los primitivos explo- 
radores de estas tierras. Con escasa gente y débiles recursos, 
se engolfó en el vasto y desconocido territorio que se extiende 
entre la costa occidental del río Paraguay y la frontera oriental 
de Bolivia; sufrió con resignación y hasta con entusiasme el 
hambre, la sed y los rigores de aquel clima abrasador, animan- 
do con el ejemplo á sus desgraciados compañeros; rebelde la 
naturaleza les cerró el paso con bosques y pantanos infran- 
queables, y, hambrientos, andrajosos, acosados por las fiebres 
palúdicas, llenos de heridas y picaduras, se vieron obligados á 
retroceder, viéndose luego Cominges abandonado por los que 
le acompañaban en la expedición; y, antes de desistir de su 
empeño, venció solo cuantas dificultades se presentaron, se 
confió en la colonia *Apa^ á los mismos indígenas, que le 
acogieron con cariño y le prestaron un concurso inextimable 
en aquellas soledades, salvándole de una muerte segura. Así 
recorrió todo el Gran Chaco del Norte, estudió su suelo, su 
flora, sus maderas, las costumbres de sus numerosas tribus de 
indios, y formó un pequeño vocabulario, del idioma de los Gua- 
nas^ volviendo á su regreso á la Asunción, aclamado por mi- 
llares de indios y en compañía de los caciques Keirá y Michí. 

Acompañó después como naturalista la expedición científica 
y militar organizada por el general Victorica para ir al encuen- 
tro del comandante Sola en el Chaco Central. 

En 1882 estableció una colonia en La Herradura^ costa 
del río Paraguay, y en varias excursioiies atrajo á las tribus 
de Pichón y Carayá, cuyos caciques le acompañaron á Buenos 
Aires y visitaron al presidente de la República. 

Mas tarde fué nombrado Inspector de Bosques Nacionales 
en la República Argentina, y publicó varios folletos estudiando 



BIOGRAFÍA XXXV 



los sistemas mas adelantados para la conservación y aprove- 
chamiento de las maderas, en los que trata con lucidez de la 
importancia de los árboles y de su influencia en el clima y en 
las costumbres de los pueblos. 

En 1889, en una expedición que hicimos con don Carlos 
Casado, don José Segundo Decoud, don Antonio Quijarro se- 
ñores Christophersen, Bogami, Monte y otros amigos al Chaco 
Boreal, abordo de los vapores ^ Boliviai^ y « Doña Ramona^T> 
fuimos testigos en el Alto Paraguay, lo mismo en Puerto- 
Casado que en Fuerte-Olimpo y Puerto-Ayolas, del cariño y 

• 

veneración que los indios Mbayas, Sanapanás, Angaites, Cha- 
macocos y Guanas tenían por Cominges, viniendo desde largas 
distancias á saludarle los principales caciques, como al cristiano 
querido de sus exploraciones de diez años antes. Como algu- 
nos administradores de los inmensos territorios de don Carlos 
Casado, aconsejasen á éste cierto rigor con los indios, Comin- 
ges defensor de éstos, buscó en su apoyo el concurso de las 
señoras y señoritas de abordo, que iban cosiendo trajes para 
regalar á los indígenas de las posesiones de Casado. Satisfe- 
cho de tan poderoso contingente — una mañana apareció abor- 
do un improvisado estandarte con oportunas alegorías al nom- 
bre del vapor y de la señora de Casado y debajo el lema : 

Aquí Santa Ramona 

De los Indios, es Patrona. 

El triunfo de Cominges fué completo, el señor Casado re- 
comendó á todos sus administradores en el Chaco, el mejor 
trato y consideraciones con los indios. 

A principios de 1881 fué presentado Cominges al doctor 
Rocha, y se le encomendó practicar un estudio del puerto de 
la Ensenada y de los terrenos de Tolosa como uno de los lu- 



XXXVI JUAN DE COMINGES. 



gares mas adecuados para la fundación de la ciudad capital de 
la provincia de Buenos Aires. En algunos meses de trabajo, 
Cominges levantó el plano topográfico del terreno que hoy 
ocupa la ciudad de «La Plata», y practicó un detenido estudio 
hidrográfico del puerto de la Ensenada y de! rio Santiago? 
acompañando al plano un informe en el que recomendaba y 
hacía resaltar las ventajas de aquel punto para la construcción 
de la capital y del mejor puerto del Rio de la Plata, trabajo 
que hizo Cominges con placer por lo mismo que era gratuito 
y solo con la satisfacción de servir á un país que quería y 
consideraba como suyo. Era uno de esos hombres de ciencia 
y corazón, que no comprenden jamás que sus conocimientos y 
su saber puedan ser aplicados á intereses propios, sino en be- 
neficio de la humanidad, y que, sencillos y modestos por natu- 
raleza, bástales para ser felices la honrada posición en que 
viven. 

El carácter servicial de Cominges rayaba en el extremo de 
lo increíble; no había sacrificio que le detuviera si con él podía 
servir en algo á cualquier persona, aún sin conocerla, y sobre 
todo, si esta era pobre ó desgraciada. 

Estando en Buenos Aires, ya bastante enfermo de resultas 
de sus expediciones por el desierto, los médicos le recomendaron 
el reposo y el método en la alimentación, como único remedio; 
pero jamás, debido á su genial carácter, pudo obedecer estas 
prescripciones facultativas. Tenía muy encargado siempre á su 
familia que no dejara de recibir á los que llegasen á su casa. 

Acontecía, pues, que diariamente iban en busca de Comin- 
ges numerosas personas recomendadas, entre ellas muchos 
industriales y obreros recién llegados, y, aunque enfermo, 
se levantaba, salía con ellos á la calle, recorría con ellos los 
talleres y visitaba sus numerosas relaciones, no volviendo á su 
casa hasta haber conseguido colocarles. Llegaba, como debe 
comprenderse, rendido, sin haberse acordado de medicinarse 
ni aún de alimentarse en todo el día; y cada vez mas débil y 
mas enfermo: en vano su familia le reconvenía, pues él sonreía 



BJOGRAFÍA XXXVII 



muy satisfecho y contento ¡Era para él un placer tan grande 
haber podido ser útil á unos infelices obreros I 

En 1883 escribió Cominges un importante trabajo que de- 
mostraba las buenas condiciones del Chaco para la industria 
azucarera, y para el cultivo del algodón, del tabaco y del maní, 
y también por entonces publicó la relación de todos sus viajes 
y dio varias conferencias sobre diferentes materias en el Con- 
greso Económico, en el Club hidustrial y en la Sociedad Geo- 
gráfica Argentina. Sus numerosos escritos de esta época tratan 
la mayor parte sobre la colonización del Chaco, dando á conocer 
la fertilidad y riqueza de su inmenso territorio y las buenas 
cualidades de sus indígenas, así como la conveniencia y la facili- 
dad de atraerlos á la vida del trabajo y de la civilización por 
medios pacíficos. 

Últimamente, dedicado siempre á su profesión de ingeniero, 
hizo dos viajes á Bélgica, donde contrató y dirigió la construc- 
ción del hermoso viaducto y muelle de hierro del puerto de la 
Concepción del Uruguay y la de varios puentes ejecutados por 
el gobierno argentino. 

En 1886 fué miembro importante déla Comisión Directiva 
del Club hidustrial Argentino, trabajando constantemente y 
sosteniendo con inteligencia la necesidad de proteger la agri- 
cultura y las industrias como única base del engrandecimiento 
de la República. 

En 1888 fué vocal titular del Consejo de Administración de 
la Unión Industrial Argentina. 

El 16 de Mayo de 1890 pronunció una conferencia industrial 
en el local de dicha importante asociación, la que fué impresa 
en folleto, siendo éste su último trabajo escrito en defensa de 
la industria nacional. 

Últimamente, en 1891. hallándose gravemente enfermo, los 
médicos le aconsejaron un viaje á Europa en busca de nuevo 
aire para sus gastados pulmones. Este recurso de la ciencia 
de nada le sirvió, regresando á Buenos Aires á fines de aquel 
mismo año en- completo estado de extenuación, y falleciendo 



XXXVIII JUAN DE COMINGES 



rodeado de todos los suyos el día 1 3 de Enero de 1892, víctima 
de una afección palúdica. 

Dicen los que rodeaban su lecho en la hora suprema del 
tránsito, que la muerte le sorprendió en la plenitud de sus fa- 
cultades, como si lo desconocido hubiese temido ofender á Dios 
apagando la luz de aquella inteligencia prodigiosa antes que 
el cuerpo úubiese extinguido su vigor. Sus postreras palabras 
en el último instante fueron estas: «No he hecho nunca mal 
á nadie y muero contento.» 

Y después de una pausa añadió con sosiego y naturalidad: 
«Hijos mios: esto se vá.» Un segundo después no existía. 

Trapense de esta inmensa Cartuja que forman las naciones, 
nunca se creyó con derecho al descanso, ni se reputó extran- 
jero en ninguna, hablasen ó no su nativo idioma. No cavaba 
su propia tumba como los monjes legendarios; abría sobre la 
tierra extraña los surcos fecundizantes de la semilla que sin 
cesar sembraba. 






El ¡lustrado diario de Buenos Aires, ^El Correo Español ^^^ 
en un artículo biográfico que publicó, estampaba las sentidas 
frases siguientes : 

«Entre e^ tos españoles que todos hemos conocido y estimado, 
que llenan esas condiciones por las cuales serían tan culminan- 
tes, tan eminentes á haber perma\ecido en el seno de la patria, 
como lo han sido fuera de ella, porque su talento y su carácter 
los hubiera hecho triunfar allá como aquí triunfaron, entre esos 
españoles notables cuya mano amiga hemos estrechado todos 
con admiración y cariño, el primero que se despide de nosotros, 
después que concebimos este propósito, es nuestro inolvidable 
amigo, el sabio agrónomo é ingeniero industrial, el bravo ex- 
plorador y esforzado publicista, el altivo caballero chapado á 
la antigua, como se dice vulgarmente, el soñador siempre,nifio 



BIOGRAFÍA XXXIX 



como muchos le decían, el corazón bien templado para la lucha 
con lo desconocido, el hombre de ciencia y hombre de senti 
miento, el soldado y el poeta, en una palabra, Juan de Co- 
minges. » 

€ Espíritu varonil y austero, enemigó irreconciliable de toda 
frivolidad y todo positivismo, de la nulidad encumbrada y del 
vicio y de la aventura triunfantes, era hombre que no se avenía 
con su siglo, y por sus pensamientos, por sus ideales como por 
sus empresas, mas parecía uno de los compañeros de Vasco 
de Gama ó de Magallanes que un hombre moderno.» 

Dijo también otro diario que al entierro de Cominges, que 
ha honrado á su patria en una tierra para él querida, la de sus 
hijos, asistió numerosa y distinguida concurrencia. Algo es 
esto; pero no basta para ofrecer al mundo testimonio de que 
se sabe hacer justicia aunque tardiamente á los hombres supe- 
riores destinados por la naturaleza para servir de modelo de 
fé, honradez y constancia. 



Montevideo, 22 de Junio de 1892. 



Matías Alonso Criado 



■ 



EXPLORACIONES 



^ 



EXPLORACIONES 



AL 



CHACO DEL NORTE. 



FRAGMENTOS DEL DIARIO DE LA PRIMERA EXPEDICIÓN O 



ANTECEDENTES HISTÓRICOS. 

Dudosa, aunque, apoyada por autores extranjeros, existe en 
Portugal la tradición de que en 1526, cuatro valientes aven- 
tureros de aquella nación, mandados por un tal Alejos García, 
salieron por San Vicente de las posesiones portuguesas y cru- 
zando el río Paraná hicieron la penosa travesía del Paraguay, 
para caer sobre el río de este nombre, muy poco más arriba 
del lugar que hoy ocupa la ciudad de la Asunción. 

Bien recibidos por los guaranís, que todavía no tenían mo- 
tivos de encono contra la raza europea, se prestaron á guiar- 
los y acompañarlos, en muy crecido número, hasta las cordille- 
ras del Perú, por lo que juntos todos penetraron en el Chaco 
por el costado del río Paray, que debe ser el Confuso, y cami- 
naron al Occidente, no sin guerrear con cuantas tribus trataron 
en vano de disputarles el paso, en defensa de su honor, su 
propiedad y su vida. 

Alcanzado que hubieron las serranías entre Mirque y To- 



(^) El Diario completo de la Primera expedición fué publicado 
por la casa editora del Sr. D. Juan A. Alsina, en el año 1882. 



JUAN DE COMINGES. 



mina, saquearon sin piedad á los laboriosos é inofensivos sub- 
ditos del poderoso rey Inca y continuaron sus depredaciones 
hasta las cercanías de los pueblos de Presto y Tarabuco, donde 
los muchos charcas que les hicieron frente, les obligaron á re- 
tirarse retrocediendo al Paraguay, por mejor camino, y cargados 
de un rico botín, consistente en telas preciosas, vasos y coro- 
nas de plata y oro. 

Una vez Alejos en territorio paraguayo y en posesión de tan 
rico tesoro, creyéndose seguro entre los guaranís, sus com- 
pañeros de exterminio, mandó a dos de sus compatriotas al 
Brasil con encargo de que dieran cuenta de su descubrimiento 
á las autoridades portuguesas, á fin de que, sin pérdida de 
tiempo, se le remitieran los elementos necesarios para realizar 
la conquista de tan vastos y ricos territorios, lo que el Brasil 
se apresuró á reaJizar, mandando incontinenti al capitán Sede- 
ño con 6o soldados perfectamente pertrechados. 

Mas es el caso que, como siempre el que siembra cosecha, 
Alejos, que había despertado los instintos feroces de los ¿ua- 
ranís al enseñarles el camino del pillaje y del* asesinato, fué á 
su vez víctima de la codicia de éstos y motivo, no sólo de que 
pereciera Sedeño con toda su gente, sino de que, excitada la 
codicia entre las diversas tribus, numerosas hordas de para- 
guayos penetraran de nuevo por toda la extensión del Chaco 
del Norte, dejando en pos de sí las huellas de la desolación y 
de la muerte. 

En esta invasión simultánea, los guaranís, vecinos de las 
riberas del Paraná y del Tevicuarí, ( i ) hicieron su entrada por 
el río Araguay (2) y remontando al O. se establecieron en las 
inmediaciones de Tarija : los del l^ambaré (3) penetraron por 



(i) Nombre de un río, compuesto de las palabras TEVI, (anoj, CUÁ 
(agujero) y la partícula V, (agua). 

(2) Rio del Entendimiento, que es la boca de arriba del Pilco- 
mayo. 

(3) Nombre del cacique que resistió, cuando la conquista, contra 
las fuerzas de Ayolas. 



EXPLORACIONES. 



el Monte Grande y los del Ipané (i) al Itatín (2) entraron por 
cerca del i8<* de latitud, donde, según Azara, están las sierras 
de San Fernando y se establecieron á las orillas del Guapa, 
donde con el tiempo han tomado el nombre de chiriguanos (3). 

No fueron solamente víctimas del furor de estas hordas des- 
enfrenadas los pacíficos indios del Bajo Perú, sino que tam- 
bién sufrieron con ellos los españoles de Tarija, Paspaya, Mir- 
que, Pilaya, Tomina, etc. 

Dos razones hay que tienden á comprobar la tradición se- 
mi-histórica de la excursión del portugués Alejos. La primera 
y principal es: que habiendo ciertamente tenido lugar la grande 
invasión de los guaranís por todo el Chaco del Norte, y su 
establecimiento definitivo en la falda de la cordillera, bien pue- 
de esta correría haber tenido por causa el conocimiento que 
habían adquirido de la riqueza de los territorios peruanos y los 
temores que abrigarían de ser castigados por las armas por- 
tuguesas, á causa del atropello cometido con Alejos, Sedeño 
y demás compañeros mártires. Es la segunda: que no tenien- 
do hoy ni habiendo tenido jamás el Paraguay minas de oro 
y plata, porque no lo permite su constitución geológica, ocul- 
tando su procedencia, los guaranís regalaron á Gaboto algu- 
nos objetos de estos ricos metales por el año 1530, cuando 
llegó por el rio Paraguay hasta la confluencia del Apa; regalos, 
que engañaron al gran náutico y á la España entera, que pen- 
só que el Paraguay sería la patria del Dorado ! ! ! 

¿No pudieron proceder los preciosos objetos que recibió 
Gaboto de mano de los guaranís, de los sustraídos por ellos 
cuando el asesinato de Alejos ? 

Mas si las cosas sucedieron de esta manera, ¿cómo se ex- 
plica que en medio de las amistosas relaciones que Gaboto 



(i) Rio Desdichado, porque no tiene pesca. 

(2) Hoy río de Apa. Campo pedregoso. 

(3) Frioleros. 



JUAN DE COMINGES. 



mantuvo con los indios del Itatín, no pudiera imponerse de un 
acontecimiento tan reciente como trascendental? 

¿ Cómo se explica que ningún autor contemporáneo se ocu- 
pase de él ? 

¿Por qué no confiaron jamás su secreto á Ayolas, á Irala, á 
Mendoza, á Chaves, á Vero^ara, á los jesuitas ó á cualquiera 
de los grandes amigos que tuvieron entonces y que aún hoy 
conservan en el Paraguay? 

Dudosa, pues, y muy dudosa es la tradición de Alejos. 



Por el año 1530 llegó Gaboto al Río de la Plata y después 

de fundar el fuerte del Espíritu Santo, en el lugar donde el río 

Carcarañá (1) confluye con el Paraná, dejando en él unaguar 

nición respetable en la mejor armonía con los indígenas, y de 

mandar por tierra á César con dos ó tres españoles más, para 

que descubriesen camino hasta el Pacífico, tomó río arriba hasta 

el Itatín, donde llegó después de algunas pequeñas escara- 
muzas. 

Era entonces, y es en la actualidad, el río de las Corrientes 
ó Apa, el límite Norte de la región habitada por los guara- 
nís. Este punto es muy célebre en los fastos paraguayos; pues 
en los tres siglos y medio que han transcurrido desde que allí 
fueron sacrificados los portugueses Alejos y Sedeño, hasta que 
en tiempo del dictador López cruzaron aquel río los feroces 
indios mbayás (2) para destruirlas florecientes cuanto populo- 
sas colonias de San Salvador, no han cesado de ocurrir allí 
acontecimientos notables. 

Fué en este lugar donde Gaboto entabló cordiales relacio- 
nes con los naturales y donde deslumbrado, en vista de los 



(i) Car-cara-ña. (Carancho pintado). Alcotán. 

(2) Mbayás. (Cañizo). Gente que vive entre los pajonales. Es cier- 
to que desde el 22° al 18» de latitud, donde habitan los mbayás, 
son terrenos muy bañados por las aguas. 



EXPLORACIONES. 



ricos presentes de plata y oro con que le obsequiaron, decidió 
regresar inmediatamente á Espafta, para llevar la nueva del 
descubrimiento de una provincia que tantos tesoros encerralba. 
Por desgracia, ó más bien dicho por fortuna para los indí- 
genas y para España, los cerros del Paraguay no sudaban oro 
sino quebrachos, cedros, guayabos, lapachos, palo-santo y tré- 
bol, y aquellas alhajas debieron proceder de algún regalo ó de 
algún malón que se hubiese dado en años anteriores á los in- 
dios peruanos. 



Ayolas fué sin duda e! primer conquistador del Paraguay y 
el primer europeo que penetró por las misteriosas regiones del 
Chaco del Norte. 

Después de la victoria que obtuvieron las armas españolas 
contra los caciques Lambaré y Yanduazubí y de la capitula- 
ción de los guaranís, en 15 de Agosto de 1536, fundó Ayo- 
las el fuerte de la Asunción y dejándolo bien guarnecido, 
remontó el Paraguay, con objeto de buscar sobre la costa del 
Chaco un puerto para atracar sus buques y un camino que lo 
condujera al Perú, con cuyo virrey deseaba ponerse en comu- 
nicación. 

Los indios payaguás (i) que le acompañaban, sirviéndole de 
baqueanos (2), le indicaron un lugar donde afluía una senda, 
que conducía á las tolderías del N. O., lugar elevado á donde 
atracó Ayolas cómodamente, por permitirlo la profundidad del 
río y la configuración de la costa, dando á aquel punto el nom- 
bre de Puerto de la Candelaria. 

Muy disconformes están los poquísimos autores que dan 
noticias, así del punto geográfico que ocupó el puerto de la 



(i) Payaguás y (los que viven colgados á los remos). Indios del 
Chaco fronterizos á la Asunción, hoy casi civilizados; pero se conclu- 
yen, porque matan casi todos sus hijos. 

(2) Guías, prácticos, conductores. 



8 JUAN .DE COMINGES. 



Candelaria como de la fecha precisa en que tuvo lugar el des- 
embarque. 

Y no se crea que este error proceda de haber confundido 
lastimosamente esta Candelaria (puerto) con otra Candelaria 
(misión) establecida y trasladada á diversos parajes y finalmen- 
te á la costa del río Paraná en 1627, entre los 27° 26' 46*' 
de latitud y los 58® f 34" de longitud, sino de que las tradicio- 
nes de los conquistadores han estado en desacuerdo y de que 
los indios han guardado reserva, por temor de que se cono- 
ciera, si no la única, por lo menos una de las mejores entradas 
que tiene el Chaco del Norte, por donde podrían penetrar los 
europeos á castigarles de la muerte de Ayolas, que se les 
atribuye hasta nuestros dias. 

Ha llegado hasta tal punto el extravío de los autores en 
esta materia, que algunos colocan el puerto de la Candelaria 
dentro de la laguna que hoy se llama Bahía Negra, situada 
sobre los 20** de latitud, y otros al pié de las sierras de San 
Fernando que están entre los 17** 57' y los 17^ 50' de latitud. 

No tiene disculpa el que siendo este puerto el de más im- 
portancia histórica que tiene el río Paraguay, hayan guardado 
muchos historiadores y geógrafos antiguos y modernos el más 
doloroso silencio con respecto á su situación; tanto, que ape- 
nas existirán media decena de mapas en que bien ó mal situa- 
do figure el puerto de la Candelaria. 

En la carta de José María Cabrer, trazada en 1802 y publi- 
cada en París en 1853, figura el puerto de la Candelaria á 

los 20<' 38'. 

En la de Martín de Moussy aparece el mismo puerto en 
los 21° 25' . 

Azara dice en sus descripciones que está á los 21® 5'. Y 
en la recopilación de Angelis se dice que la laguna de Ayolas 
está sobre los 1 8^ . 

Entre estos cuatro autores respetables hay tres, por lo me- 
nos, que han sido mal informados acerca del verdadero lugar 
en que desembarcó Ayolas, siendo, entre todos, Angelis, el que 



EXPLORACIONES. 



más se aleja de la verdad; sin duda por haber pensado que 
Irala penetró en el Chaco por el mismo lugar que lo hizo 
Ayolas. 

Reservando para después la más poderosa prueba de que 
tampoco desembarcó Ayolas por los 20" 38' , como lo afirma 
Cabrer, debe suponerse que este autor no está en lo cierto 
por dos razones; es la primera porque desde el 20'^ al 21^ de 
latitud, aunque efectivamente existen hoy sobre la costa algu- 
nas barrancas elevadas que pueden servir de puerto, sin que 
se cubran de agua cuando llega la época de las crecientes, es 
de todo punto imposible el que en el siglo XVI se pudiera 
pasar desde ellas al interior del Chaco y menos en Febrero y 
con centenares de hombres y caballos como lo hizo el intrépido 
conquistador . 

Preciso es no saber leer en las elocuentes páginas que la na- 
turaleza ha escrito sobre la extensa sábana del Chaco, para 
suponer que, á mediados del siglo XVI, no conocían los prác- 
ticos de aquellos lugares, mejor camino que el que comenzaba 
en los 20® 38' de latitud, para llegar hasta la cordillera de los 
Andes; pues esa palpitante lección de geología dice á voces 
que muchos siglos después de que la espina dorsal de ambas 
Américas surgiera del seno de las aguas, las llanuras dilatadas 
que hoy se extienden desde su falda oriental hasta el Río de 
la Plata, no eran otra cosa que el fondo de un profundo lago, 
salpicado de muy corto número de islas; lago que aún no ha 
desaparecido completamente ni desaparecerá del todo, hasta 
que, saliendo este territorio del periodo de la adolescencia, se 
formen canales, que hoy no existen, por los que se deslicen 
hacia los ríos principales las aguas excedentes. 

El Chaco del Norte no tiene ríos sino lagos, y aunque la 
naturaleza previsora va rellenando sus profundidades con los 
aluviones, los restos de los mariscos y de la vegetación acuá- 
tica, aún pasarán muchos siglos para que los pocos milímetros 
de sedimentos que en su fondo se depositan anualmente, bas- 
ten para transformarlos en terrenos cultivables. 



I o Jl'AN DE COMINGES. 



Cabrer, al fijar en su mapa el lugar del puerto por donde 
penetró Ayolas en el Chaco, ignoraba que, por regla general, 
las barrancas existentes en las costas occidentales del Río de la 
Plata, del Paraná y del Paraguay, son más altas que los terre- 
nos interiores que suelen permanecer sumergidos, en una faja 
más ó menos ancha, durante la estación de las crecientes ó de las 
lluvias, y que precisamente donde con más puntualidad se ob- 
serva este fenómeno, es entre el 20" y 2 1®, donde la faja para- 
lela de curiches (i) no tiene menos de seis á ocho leguas de 
anchura, la que hoy mismo es casi imposible de atravesar, á pe- 
sar de que el suelo, ha de estar un metro más alto que en 
tiempo de la conquista, á causa de los sedimentos que en él 
depositan las crecientes y las lluvias torrenciales del verano. 

Aunque esta enredada madeja de curiches está salpicada de 
algunas islas cubiertas de palmas caranday (2) que, enlazándose 
unas á otras, suelen por casualidad permitir el paso durante las 
sequías excepcionales, es lo cierto que en la estación de las llu- 
vias, que empieza en Diciembre y acaba en Marzo, se cubren 
también de agua, cerrando completamente la entrada del de- 
sierto. 

Está, pues, demostrado que el puerto de la Candelaria no 
fué bien situado por Cabrer, porque á estar en los 20° 38', 
Ayolas no hubiera podido penetrar en el Chaco con cargas y 
caballos, y menos en el siglo XVI, en que el suelo estaría me- 
nos elevado sobre el nivel ordinario del río Paraguay, y menos 
aún en el mes de Febrero, que es como quien dice, en plena 
estación de lluvias. 

• La segunda razón, que puede aducirse para probar la impo- 
sibilidad de que el puerto de la Candelaria estuviese situado 



(1) Bañados ó pantanos con vegetación, consistente en totoras, 
ninfeas, etc. 

(2) Cocos. Copernicia cerífera. 



EXPLORACIONES. I I 



entre los 20" y 21® de latitud, es que en una comunicación (i) 
del coronel don José Antonio Zabala, comandante del fuerte 
Borbón, hoy fuerte Olimpo, situado en la margen del río Para- 
guay, sobre el cerro más saliente de los que hay en el lugar lla- 
mado las Tres Hermanas á los 2 1" 1' 26"5 de latitud, se decía 
al gobernador del Paraguay, que deseando contener las corre- 
rías de los indios chamacocos (2) no había tenido inconveniente 
en permitir que se organizaran al pie del fuerte, de su mando, 
unas cuantas tribus de hu^nás,móayds y otros, para ir á pelear 
á los que están establecidos al occidente del Monte Grande, al 
pie de la cordillera. Que no pudiendo cortar rectos al Oeste ó 
N. N. O. por exceso de agua, al principio del camino, y por 
falta absoluta después, se vieron obligados los indios á cami- 
nar por la barranca que hay en la costa, entre el río y los cu- 
riches, hasta Bahía Negra, á donde llegaron en ocho días, des- 
pués de perder muchos caballos, por causa de las lagunas que 
atravesaron. Que desde ese punto tomaron al poniente cami- 
nando, hasta dar con los chamacocos, unas 80 leguas por te- 
rrenos estériles, sin agua y por un monte interminable, donde 
los caballos morían de sed y donde ellos apagaban la suya con 
la poca agua que guardan las acanaladas hojas del caraguatá 
(3) y finalmente, que después de hacer una regular carnicería 
con los enemigos, regresaron por el mismo camino al fuerte 
Borbón, para desde allí retirarse á sus respectivas tolderías de 
ambas costas. 



(i) Esta comunicación y otros datos muy interesantes, me fueron 
regalados por un nieto del ilustré Zabaía, que es el caballero Machain 
vecino de la Asunción del Paraguay. Hoy los posee don Francisco 
J. Brabo. 

(2) Saramacosis, según algunos autores. Nombre quichua com- 
puesto de cara, (maíz) y macuisiy (ayudar á comer). Habitan al Oeste 
d^I Guapay, al pie de la cordillera y suelen llegar al río Paraguay, jun- 
to á Bahía Negra, sobre el 20», donde está el puerto Vargas. 

(3) Bromelia-caraguatá Planta que surte de agua en el desierto y 
de la cual sacan los indios las delicadas fibras con las que fabrican sus 
cuerdas, bolsas, hamacas, etc. 



12 JUAN DE COMINGES. 



Ahora bien; si los indios vecinos de aquellos lugares tuvie- 
ron que caminar por los catetos, por no poderlo hacer por la 
hipotenusa, del gran triángulo que forman la Bahía Negra, fuer- 
te Borbón y el pueblo de los chamacocos, ¿ cómo es posible 
creer que Ayolas hiciera, más de dos siglos antes, lo que con- 
sideraban imposible los indígenas contemporáneos? 

No hay que fatigarse El pueito de la Candelaria no está 
tampoco donde Cabrer lo representa en su carta. 

Nunca se insistirá bastante en traer la luz sobre estas mate- 
rias ; pues que los errores de la Historia suelen acarrear con- 
secuencias funestas para el progreso de las sociedades. ¡Cuánto 
tiempo ! j Cuánto capital ! ¡ Cuánta fatiga y cuánto peligro se 
hubieran economizado las expediciones exploradoras mandadas 
por el empresario Brabo al Chaco del Norte, si no hubiesen 
existido tantas sombras sobre el punto geográfico que debía 
ocupar el puerto de la Candelaria ! 

Por respeto que inspire el nombre de Azara á los que cono- 
cen las prendas poco comunes con que fué favorecido por la 
Providencia, no puede desconocerse que también pudo errar 
al consignar que el puerto de la Candelaria estaba situado á los 
2 1** 5' de latitud; esto es, á poco más de una legua, río abajo, 
del fuerte Olimpo y no muy lejos de un arroyo que desemboca 
en el río Paraguay. 

Esto no puede ser tampoco; porque en la distancia de 
unas cinco leguas desde el fuerte Olimpo para abajo, toda la 
costa del Occidente ó es pantanosa ó es susceptible de inun- 
darse con crecientes regulares, y no es creíble que un capitán 
de las condiciones de Ayolas, hiciera su desembarco en un pan- 
tano, cuando, á una legua más arriba, tenía una barranca es- 
paciosa, á la que pueden atracar los buques de mayor calado; 
barranca libre de las más altas crecientes; con pastos exquisitos 
para los animales; con leña abundante y defendida por Norte 
y Oeste, con el grupo de cerros que se conocen con el nom- 
bre de las Tres Hermanas, atalayas naturales y posiciones 
estratégicas, que no debe perder de vista el que, al penetrar 



EXPLORACIONES. 1 3 



guerreando en el Chaco, precisa una base de operaciones, ó 
por lo menos, un punto seguro donde organizarse para entrar 
en campaña. 

Aunque ciertamente la senda del Perú, ó más bien alguna 
ramificación de ella, hubiera venido á parar al punto de la 
costa, que Azara indica como puerto de Ayolas, lo que acaso 
tenga algún fundamento; de todos modos, el conquistador no 
hubiera cometido la imprudencia de bajarse en él, sino que lo 
hubiera hecho en la explanada de las Tres Hermanas, y desde 
allí se habría ido por la costa abajo á tomar la senda que ha- 
bía de conducirle á la cordillera (i) . 

Decididamente, tampoco el puerto de la Candelaria debió 
estar situado sobre los 21® 5, y si algo Azara pudo aproximar- 
se á la verdad, fué porque acaso el punto donde desembarcó 
Ayolas, sería al pie de las Tres Hermanas, donde después edi- 
ficaron los españoles el fuerte Borbón. 

Sin embargo de que esta sospecha no sea muy vehemente, 
lo que no ofrece duda es : que el puerto de la Candelaria está 
colocado entre los 2 1° y 22** de latitud ; bien sea en la Angos- 
tura á los 21** 17', frente á cuyo punto hay un cerro pequeño 
en el Chaco y otro como dos leguas más al N. O., bien sea 
frente á Pan de Azúcar, á los 21" 22', donde hay una barran- 
quita de alguna extensión ; bien al lado de un arroyo muy sa- 
lado, que Cabrer lo llama con razón de los Huanás, colocado 
en los 21** 56', ó bien sobre los 21** 25', donde, con no poco 
fundamento, lo coloca el geógrafo francés Martín de Moussy. 

Con no poco fundamento, porque en nuestro viaje de explo- 
ración, hemcs caminado por una senda, espaciosa y muy tri- 
llada por hombres y caballos, que viene como de Santa Cruz 
de la Sierra, recta de N. O. á S. E., la que al llegar como á 
tres ó cuatro leguas del río Paraguay, próximamente á los 



(i) El P. Lozano afirma que Ayolas desembarcó al abrigo de las 
sierras de Cuneyeguá. ¿Serán estas sierras los cerros de las Tres Her- 
manas ? 



14 JUAN DE COMINGES 



2 1° 23' de latitud, como se manifiesta en el mapa que acom- 
paña á esta Memoria, cambia de rumbo al Sud, y casi paralela 
á un arroyo salado, que debe ser el arroyo de los Huanás, y 
viene á alcanzar la costa del río Paraguay, diez leguas más 
abajo, poco más ó menos, y en el lugar donde dicho arroyo 
confluye con el río. 

Los huanás conservan la tradición de que por ese camino 
pasó el PRIMER CACIQUE BLANCO á la cordillera. 

No hay duda de que esta senda debe ramificarse en otras 
dos más, en el punto donde cambia tan bruscamente de rum- 
bo; una qiie siga, como continuación de la primera, su rumbo 
general de N. O. á S. E., saliendo, por lo tanto, próxima al 
paraje señalado por Moussy corao puerto de la Candelaria, y 
otra que se dirija á N. E., buscando el fiíerte Borbón, que es el 
camino, que según Zabala, llevaban los huanás antes de ser 
enemigos mortales de los mbayás. 

Tanto la parte de la senda general, que debe continuar hasta 
el río Paraguay, como el ramal que en otro tiempo marchaba 
al fuerte Borbón, deben estar ya cerrados; no sólo por la ve- 
getación del medio siglo que hace que no se transita^ por los 
indígenas, y porque precisamente por allí empieza ya la faja de 
los grandes curiches de que se ha hecho mención, sino porque 
rotas ya las relaciones entre los huanás y mbayás que á prin- 
cipio de este siglo vivían en grande armonía, y declarada por 
los segundos una guerra de exterminio á los primeros, procu- 
ran éstos cerrar todas las entradas á sus enemigos, que pre- 
cisamente residen y tienen sus formales aldeas desde el 22** 
al I S^ próximamente. 

Dados estos antecedentes, no será muy aventurado el ase- 
gurar que el puerto de la Candelaria estuvo en la costa Occi- 
dental del rio Paraguay sobre el 21^ 25', como lo afirma el 
geógrafo moderno Martín de Moussy, que es sin duda el que 
formuló sus opiniones en vista de mejores datos. 

Así como el más poderoso fundamento que tenemos para 
afirmar que el puerto de la Candelaria está en el 21** 25', repo- 



EXPLORACIONES. 1 5 



sa en nuestra propia experiencia, del mismo modo el fuerte mo- 
tivo que nos indujo á negar que dicho puerto estuviese entre 
el 20° y 2i<>, estribaba también en que hemos reconocido per- 
sonalmente la imposibilidad que hay de abrirse paso desde allí 
al interior del Chaco, á través de los curiches. 

Demostrado ya cuál es el puerto de la Candelaria, ó más 
bien dicho, cuál es el camino mejor y más natural de la cordi- 
llera, digamos algo acerca de la fecha en que Ayolas plantó en 
el Chaco el primer estandarte de la civilización. 



Es un acontecimiento histórico perfectamente comprobado, 
que la victoria obtenida por el conquistador Ayolas sobre los 
caciques Lambaré y Yanduazubí, tuvo lugar el 1 5 de Agosto 
de 1536, y que soló después dt este brillante hecho de armas, 
fué cuando remontó el río Paraguay en busca de un camino 
que lo pusiera en relación con el Pacífico. 

Es también un hecho indiscutible que por haber Ayolas 
desembarcado en el Chaco el 2 de Febrero, dio al lugar del 
desembarco el nombre de Puerto de la Candelaria, en conme- 
moración al día. 

Siendo esto así, se equivocan tanto los diversos autores, que 
afirman que fué el 1 2 de Febrero el día del desembarco, como 
los que aseguran que éste tuvo lugar en 1536. 

En 2 de Febrero de 1537, sobre la costa Occidental del río 
Paraguay, y en un lugar situado próximo á los 21^ 25' de la- 
titud, desembarcó Ayolas, dando á aquel sitio el nombre de 
Puerto de la Candelaria, en conmemoración al dia. Esta es la 
Historia. 

Informado por los indios payaguás, que le acompañaban 
para servirle de guías, acerca de la docilidad* de las tribus que 
tenían que recorrer, así como de las facilidades del tránsito, 
Ayolas que no tenía motivo para desconfiar de unos indios que 
tan gustosos le servían y mucho menos estando casado con la 



1 6 JUAN DE COMINGES. 



hija de Tamatié, su principal cacique, creyó bastante una fuer- 
za de doscientos españoles y trescientos payaguás y un plazo 
de seis meses para llevar á cabo su expedición; así es, que de- 
jando á su segundo, Irala, en aquel puerto con la demás gente 
y las embarcaciones, y con orden de esperar su regreso duran- 
te seis meses; tomó la senda del N. O. que era entonces ya, y 
es ahora, digámoslo así, la carretera principal del Paraguay al 
Perú; la que pasa por innumerables poblaciones de indios, y de 
la que á cada paso salen otras sendas laterales, que forman la 
inmensa red, el estudiado sistema de caminos que cubren ese 
feraz y poblado territorio, tan mal llamado el desierto. 

Vencido el plazo de los seis meses, impuesto por Ayolas para 
que se le esperase con los navios en el puerto de la Candelaria, 
Irala recorrió la costa en todas direcciones, y no encontrando 
indicio de su regreso, volvió al Paraguay, donde se hacía nece- 
saria su presencia. 

Mucho tiempo después, un indio lenguaraz informó á Irala 
de que Ayolas había llegado con toda felicidad hasta la cordi- 
llera, donde después de recojer grandes riquezas, regresó con 
todos sus compañeros al punto de partida sin encontrar á na- 
die esperándole, ni aviso ni señal alguna, lo que le obligó á es- 
perar largo tiempo entre los indios y tan confiado en su lealtad, 
que pagó su descuido con su vida y la de todos los españoles 
que le acompañaron. 

Este informe bastó para que se tomara por cierta la noticia 
con todos sus detalles, sin que hasta hoy nadie se haya ocu- 
pado en contradecirla ni en ponerla en duda, sin embargo 
de que existen algunos datos contradictorios que, procediendo 
de muy diversos orígenes, dicen más que la palabra de un indio 
solo. 

Si Ayolas llegó al puerto de la Candelaria, sano y bueno y 
con toda su gente, ¿por qué no mandó algunas canoas con pa- 
yaguás para dar aviso de su llegada en el fuerte de la Asun- 
ción? Este era, río abajo, viaje de seis ó siete días. ¿Por qué 
no pasó á la costa Oriental con toda su gente y comiendo car- 



EXPLORACIONES. 1 ^ 



pinchos y yacarés se fué por tierra á la Asunción? Y, si esto no 
le conyenía por no abandonar sus enfermos ó por otra causa, 
¿por qué no fabricó canoas para todos y para más que hubiera 

Si las gentes de Ayolas se hubieran dejado ver sobre la 
costa de un río tan frecuentado en todo tiempí; por las canoas 
¿cómo era posible, que de toldo en toldo, no hubiera llegado la 
nueva á la Asunción ? 

Si los conquistadores estaban seguros de la verdad de los 
informes suministrados por el chana, ¿por qué no modificaron 
sus opiniones cuando supieron por mil conductos diversos que 
existían ó habían existido, mucho después de la catástrofe y en 
toldos muy apartados entre sí, españoles, soldados de Ayolas 
en la mejor armonía con los indios ? 

Si los indios tenían voluntad y fuerza para matar á las gen- 
tes de Ayolas, ¿ por qué aguardaron á realizar su intento al fin 
del viaje y precisamente al lado del río por donde de un mo- 
mento á otro podrían llegar los españoles ? 

Si á Irala le señalaron el lugar preciso de la hecatombe, ¿por 
qué no cayó sobre aquellos toldos para Vengar la muerte de 
su jefe? ¿Por qué no acudió á dar sepultura á sus restos? ¿Por 
qué no intentó siquiera cerciorarse por sí mismo de la verdad? 

¿Cómo es posible creer, que Irala, que había sido víctima 
de la perfidia de sus inmediatos subalternos y del desenfreno 
brutal de la soldadesca, no pudiera explicar de un modo más 
racional el fracaso de la expedición de Ayolas? 

¿Por qué cargar tan de ligero sóbrelos indios una odiosidad, 
que tantas víctimas ha costado después y que tanto ha dife- 
rido la verdadera civilización del Río de la Plata? 

No ignoran los historiadores que entre los jefes que, en todo 
tiempo, exploraron regiones desconocidas, son pocos los que 
no han tenido que sofocar motines y sediciones; algunos, los 
que han perdido en ellas la libertad ó la vida, y muchos, los 
que sometiéndose vergonzosamente han preferido arrastrar el 
calificativo de cobardes, antes de pasar por déspotas, que es 
el epíteto con que las multitudes inconscientes suelen pagar al 



l8 JUAN DE COMINGES. 



que, á la conciencia de sus deberes, acompaña la energía de 
cumplirlos. 

Irala, Nuflo de Chaves, Mendoza, Vengara, Alvar-Nuñez, 
todos aquellos genios inspirados, á quienes un sentimiento he- 
roico guiaba á la conquista del desierto, todos ellos han tenido 
que pasar por el dolor de tener que remolcar, por la persua- 
ción ó por la violencia, á esos indispensables elementos de 
fuerza, á esos autómatas, á quienes solo guía la sórdida codi- 
cia ó el interés de un miserable salario ! I ! 

Sólo ese sacrificio es el que merece la gloria; porque los ver- 
daderos méritos del explorador, no consisten en triunfar sobre 
la rebelde naturaleza sino en saber apropiarse los medios con 
que cuenta, para aplicarlos unidos, con oportunidad. 

Si los antecedentes de Ayolas no permiten la sospecha de 
que fuese uno de esos genios flexibles que se someten á las 
imposiciones de los sediciosos, no es muy aventurado deducir, 
que si no llegó al puerto de la Candelaria en el plazo estipu- 
lado, fué porque murió procurando arrancar á sus soldados 
de aquellos cerros que sudaban plata. 

Y téngase presente que la plata era entonces, como es hoy 
todavía, un objeto despreciable para los indígenas del Chaco 
del Norte. 

No culpemos, pues, á los indígenas de ese crimen: i.<* Por- 
que ninguna utilidad les reportaba; 2.® Porque dada su timi- 
dez no querrían ejecutarlo por temor á la represalia; y ¡.^ 
Porque no tenían elementos para ello. 

Por encima de todas estas lógicas deducciones, que se des- 
prenden de la Historia, está la tradición que hemos tenido la 
fortuna de recoger de boca de los huanás en el mismo teatro 
de los sucesos : 

TiBAG-EGNEM (l) ALUGUATÁ (2) TEMEMEK (3) MPIECEN (4) (kID- 



(i) Tibag-Egfum . Salida del Sol ó sea Oriente, 

(2) Aluguatá. Rio Grande. 

(3) Témeme fc. Cinco ó quinto. 

(4) Mpieccn. Padre. 



EXPLORACIONES. 1 9 



KIAD (l) EGNEM (2) EMANABIE (3) UBIATÚM (4) APMÜPUIYÁ (5) AN- 
CEGAMÁ (6) AMAIGAÁ (7) AMPIRABIE (8) CAMÁY (9) NESKILJÁ (lO) 
ALUGUATA MTEALMÓ (ll) IKTEMANETÉN (12) CRISTIANO JIMME- 
PEE (13) TUGUCUÁ ( 1 4) KIDKIÁD-EGNEM ( I 5) ALMEATÓ ( 1 6) ETIEMÓK 
( I 7) CRISTIANO ENNORTENGUE ( I 8) AERTEKE ( 1 9) EMAIAIJA (20) CA- 
BALLÚ(2 () ANTALA(22) TAGSENÁ-EGNEM(2 3) ENEMOATEA (24)pAÁT 
(25) CAMÁY (26) HUANÁS LEKTESMA (27) APUINEJE (28) KIDKIÁD 
EGNEM (29) PAYAGÜÁS, AMAIGÁS, ANGAITES, SANAPANAS, CHA- 



(1) Kidkiád. Hijo. 

(2) Egnétft, Sol, Dios, padre. 

(3) Emanabié. Hombre. 

(4) Ubiatüm, Pelo de barba. 

(5) Apntupuy-yá, Blanco. 

(6) Ancegamá. Marchar ó caminar. 

(7) Amaigaá, Reunidos en grupo. 

(8) Ampirabié, Recto. 

(9) Camáy, Camino. 

(10) Neskiljá, Noroeste. 

(11) Mtealmó. Piedra, cerro, montaña. 

(12) Yktemaneién. Arriba, cumbre. 

(13) Cristianos gintmepeén. Cristianos lucharon. 

(14) Tugucuá. Pegar, castigar, golpear. 

( 1 5) Kidkiád' Egném. Hijo del Sol, ó hijo de Dios. 

(16) Almeaió, Morir, murió. 

(17) Eiiemók. caer. 

(18) Cristianos ennortefigué. Cristianos arrebatar. 

(19) Aertéke. Plomo, bala, mineral. 

(20) Emaiaijá. Ponerse el morral. 

(21) Caballü, Como el caballo fué importado por los españoles, lo 
nombran casi como nosotros. 

(22) Antalá, Marcharse. 

(23) Tagsená'Egném. Puesta del Sol, Occidente. 

(24) Enemoateá, Enemigos malos. 

(25) Paát, Toldo, vivienda, casa, rancho. 
(26J Catnáy. Camino, senda, vereda. 

(27) Htianás Uktesmás, Huanás amigos. 

(28) Apuinejé, Llorar á gritos. 

(29) Kidkiád'Egném. Hijo del Sol. 



20 JUAN DE COMINGES. 



MACOCOS, MBAYAS, GUAICÜRUZES, GUARAÑOCAS (l) APUINEJE (2) 
KtDKIÁD-tGNEM (3) ALMEATÓ (4). 

La traducción del huaná, tal como la hemos comprendido, 
es ésta: 

«Por el río grande del Oriente, vio mi quinto abuelo apa- 
recer al hijo del Sol; hombre de barba blanca y junto con él 

■ 

marchó camino recto del río del N. O. á la cumbre de las 
sierras. 

«Lucharon entre sí los cristianos y golpeado el hijo del Sol, 
cayó muerto. 

« Después de que los cristianos arrebataron los metales, col- 
garon las mochilas sobre los caballos y marcharon al Poniente 
por el camino de la morada de los enemigos. 

«Sus amigos los huanás, lloraron al hijo del Sol. 

«Payaguás, amaigás, angaités, sanapanás, chamacocos, mba- 
yás, guaicuruces y guarañocas, lloraron la muerte del hijo 
del Sol». 



(i) Payaguás.. Indios vecinos de la Asunción, que antes residían en 
el Chaco frente al Paraguay. 

Amaigás. Indjos establecidos y casi confundidos con los huanás, re- 
sidentes en el interior, sobre el .20'' de latitud. 

Angaités. Indios confundidos con los huanás y residentes frente á la 
Colonia Apa, á las márgenes del río Paraguay, entre el 22® 20* y el 23" 
de latitud. 

Sanapanás. Indios confundidos con los huanás residentes entre los 
210 y 22" de latitud, como á ocho leguas del río. 

Chamacocos. Indios que aparecen con frecuencia en Bahía Negra y 
cuya residencia es mu)^ al interior del Chaco. 

Mbayás. Indios portugueses, fronterizos á los huanás que en otro 
tiempo habitaron algunos en el Chaco y fueron amigos, y que hoy se 
racen cruda guerra. Habitan desde el río Apa hasta el frente de Cu- 
humbá. 

Guaicunues. Indios de la margen del Paraguay del Pilcomayo y de 
las fronteras de Salta y Jujuy. 

Ciiarañocas. Indios residentes al Sud de las Salinas, de San José y 
Santiago de Chiquitos. 

(2) Apidnejé. Llorar á gritos. 

(3) Kidkiád-Egncm. Hijo del Sol. 

(4) Almeatd. Morir, cadáver. 



EXPLORACIONES. 2 1 



Esta sencilla tradición, que hasta hoy ha permanecido ig- 
norada de todos los historiadores y de todos los hombres civi- 
lizados, no puede ser una fábula inventada por unos indios tan 
ingenuos, para disculparse de un crimen de sus antecesores. 

Pero si aún quedase alguna duda sobre este error histórico, 
sépase que los huanás son más hospitalarios, más sinceros y 
más morales que la mayoría de los hombres que se llaman ci- 
vilizados, y entonces se comprenderá que ni hoy mienten, ni 
ayer pudieron ser traidores. 

Informado Carlos III por el virrey don Nicolás Arredondo de 
que los portugueses habían establecido presidios (i) sobre las 
costas españolas del río Paraguay, por real orden de 1 1 de 
Junio de 1799, se mandó formar guardias en ambas costas de 
este río, lo que el Intendente del Paraguay cumplió en el mis- 
mo año, siendo una de ellas el fuerte Borbón, situado como se 
ha dicho en la costa del Chaco, en el cerrito que está más al 
Norte del grupo llamado las Tres Hermanas, sobre el 2 1*» 1' 
26' '5 de latitud. 

El tacto exquisito que desplegaron los comandantes de esta 
fortaleza, para atraerse el respeto y hasta el cariño de los in- 
dígenas fué tal, que aún sin el socorro de víveres que les He- 
gaba con frecuencia desde la Asunción, hubieran podido sub- 
sistir con los regalos que recibían de las infinitas tribus que se 
establecieron en las inmediaciones de ambas costas. 

Hasta tal extremo llegó á intimarse la relación de éstos con 
los españoles, que aún hoy, entre los mbayás y los amaigás, 
subsisten algunos indios que han heredado de sus padres el 
nombre de Zabala, que les fué dado por uno de los comandan- 
tes de esta guarnición así llamado. Nombre que deberían llevar 
con orgullo, porque recuerda á un gran patriota y gran político, 
español. 

Si después que el Paraguay se emancipó de la Metrópoli, se 
hubiera provisto esa plaza con hombres de las aptitudes de Za- 



(i) Nova Coimbra y Alburquerque. 



2 2 JUAN DE COMINGES. 

bala, nunca el Imperio del Brasil hubiera conseguido, como lo 
consiguió durante la última guerra, lanzar armados á los indios 
fronterizos sobre colonias tan florecientes como las del Sal- 
vador. 

La política usada con los indios por los comandantes para- 
guayos fué diametralmente opuesta. El cañón del cubo del 
Oeste comenzó por vomitar metralla sobre todo grupo de in- 
defensos indios que se divisaban en el Chaco y los cañones de 
los otros tres cubos, hacían lo mismo con cuantas canoas apa- 
recían por el río; lo que no impidió que por dos veces fuera la 
guarnición pasada á cuchillo, víctima de las más justas repre- 
salias y que en una de éstas persistieran los indios en la pose- 
sión del fuerte durante mucho tiempo. 

Es inútil decir que esta política fué no sólo el motivo por 
que se despoblaron las tribus de la costa occidental, sino, y lo 
que es peor para los intereses paraguayos, la causa de que los 
mbayás fronterizos se hayan convertido todos en soldados, ves- 
tidos y armados por el vecino imperio. Indios que hablan por- 
tugués y que dicen con toda arrogancia que son subditos 
brasileros. 

Aquí termina la historia.de las exploraciones, de esta parte 
del Chaco; mejor dicho, aquí dá fin la narración histórica de 
las relaciones que los indios huanás han tenido directamente 
con el mundo civilizado; pues las conquistas de Manso, man- 
dado por el Perú para defender á los charcas de las correrías 
de los guaycuruces y los chiriguanos, apenas pasaron algo de 
la falda de las cordilleras; y las verificadas por los conquista- 
dores del Paraguay, fueron ó por el Pilcomayo, ó por las Sie- 
rras de San Fernando, situadas á los 19** 13' ó por la Ga'ba 
que lo está á los 1 7® 50'. Los que penetraron por estos dos 
últimos punto, sólo caminaron al Occidente sin tratar más que 
con los dulcísimos guatos ó con las tribus que poblaban lo que 
hoy es provincia de Chiquitos, donde fundaron Santa Cruz de 
la Sierra, en las inmediaciones del actual pueblo de San José. 

Resumiendo en pocas palabras cuanto llevamos manifesta- 



EXPLORACIONES. 23 



do acerca de los antecedentes históricos de los lugares que he- 
mos explorado por orden de la empresa Brabo, para ver si 
era posible abrir una vía de comunicación que transformase á 
Bolivia en una nación del Plata, sólo diremos, que el día de 
nuestra entrada en el Chaco del Norte, siendo más desconoci- 
do que los más remotos confines del África, nada sabíamos 
acerca de las condiciones de su suelo ni de sus habitantes, ni 
nada sabían tampoco los historij;dores. 

Cábenos el honor, ya que no de haber penetrado los prime- 
ros porque Ayolas se adelantó á nosotros, por lo menos, de 
haber sido los primeros que, después de recorrer el interior del 
Chaco del Norte, han regresado al seno de la sociedad civi- 
lizada. 



CAUSAS QUE MOTIVARON LA EXPEDICIÓN 

No hay más que recorrer un poco las páginas de la historia 
de la conquista del Río de la Plata y las de la historia de las 
Misiones, para persuadirse del grande empeño con que con- 
quistadores y jesuitas, magistrados é intendentes, goberna- 
dores y virreyes, buscaban el modo de romper las ligaduras 
geográficas, que oprimen á ese emporio de riquezas naturales 
que hoy se llama República de Bolivia. 

El Perú, Chile, Buenos Aires y sobre todo el Paraguay, coo- 
peraban á la empresa con toda la buena voluntad que puede 
emplear un enfermo para buscar los medios de curarse ; porque 
el Perú, Chile, Buenos Aires, el Paraguay y Bolivia, no tenian 
como hoy, intereses opuestos; no eran países que tratasen de 
sacar provecho de las desventajas de sus vecinos ; no eran en 
fin, naciones que se explotasen mutuamente, sino pueblos her- 
manos; hijos que vivían bajo la patria potestad de su madre 



^ 



24 JUAN DE COMINGES. 



España y que por tanto al cooperar por los intereses de un 
miembro de la familia, cooperaban por los suyos propios. Pero 
desgraciadamente, aunque doloroso sea confesarlo, y aunque 
esto no sirve para empañar el lustro de las grandes virtudes 
que resplandecieron en la mayor parte de los conquistadores 
del Paraguay, es preciso decir, que teniendo más de valientes 
que de ilustrados, jamás supieron mantener con buena política, 
las brillantes conquistas que realizaron con la espada, pues no 
es á ellos á quien debe agradecer la humanidad el que la raza 
guaraní no hubiera preferido aniquilarse (i) á someterse y con- 
fundirse, como por fin lo hizo con la raza española. 

Los verdaderos conquistadores del Paraguay y de las pro- 
vincias de Corrientes, Moxos y Chiquitos fueron los Padres 
Jesuitas, y pluguiese al Cielo que ellos hubieran precedido á 
Ayolas nada más que tres siglos, para que hoy existiera sobre 
la tierra un solo pueblo que hiciese honor á la humanidad. 

La índole dulcísima de los indígenas, unida al sistema segui- 
do por los jesuitas para atraerlos á la vida de la actividad, del 
progreso y de la virtud, hubieran terminado el milagro; pero 
Dios no quiso que tan pronto existiera un pueblo, donde los 
buenos pudieran refugiarse contra las tormentas de la ini- 
quidad. 

Los que encadenan y los que explotan á la humanidad se 
apercibieron demasiado pronto de que en el seno de los mis- 
teriosos bosques de la virgen América, se estaba incubando el 
germen de la más grande de las revoluciones humanas, puesto 
que allí existía una sociedad, que al salir de la inocencia primi- 
tiva, había caido entre manos- de la virtud que la enseñó á tra- 
bajar con inteligencia para vivir en la abundancia, á cultivar las 
bellas artes, para vivir en la alegría, y á amar á Dios como Pa- 
dre y al prójimo como hermano,, para no temer los peligros 



(i) Los payaguás y la mayor parte de los indígenas que aun 
viven en el Paraguay, procuran el aborto, ó matan al nacer casi todos 
sus hijos, para librar á su raza de las miserias de la vida. 



EXPLORACIONES. 25 



del porvenir. Estos pueblos que habían empezado por aprender 
á ser buenos y por- aprender á pasarse sin verdugos, hubieran 
terminado por encariñarse con sus costumbres y por no con- 
sentir que ningún poder humano atentase contra su feliz inde- 
pendencia. 

Los magnates y los demás encomenderos que, desatendiendo 
las instrucciones de la Metrópoli y obedeciendo sólo á las su- 
gestiones de la codicia, la lujuria y la crueldad, esclavizaban á 
sus mujeres, y dejaban morir á sus hijos víctimas de la orfan- 
dad, (i) no pudiendo soportar el freno que ponía á sus pasio- 
nes la noble actitud de los misioneros que día á día represen- 
taban á los reyes lo difícil que les era mantener sus conquistas 
sobre unos indios tan constantemente hostilizados por el sen- 
sualismo de los españoles, organizaron desde todas las pose- 
siones del Nuevo Mundo una formidable cruzada, que movió 
la poderosa palanca de la calumnia para despertar los celos 
del monarca, que decretó muy de ligero la expulsión de los 
jesuítas de todos los dominios españoles. 

Y, ¿cuál fué la consecuencia inmediata de este decreto? Que 
sustituidos los Padres de la Compañía por un clero ignorante y 
corrompido, pero más transigente con los opresores, dieron 
los reducidos el salto atrás y se lanzaron de nuevo á la profun- 
didad de las selvas, para gozar allí de una existencia más inde- 
pendiente, más moral y más feliz, que la que arrastraban uncidos 
al carro triunfal de lo que sólo por sarcasmo puede llamarse la 
civilización ! ! 

Estamos en 1881 y todavía sobre la superficie de la América 
del Sud, ocupa la barbarie, mayor espacio que la civilización. 

El monarca español prefirió ser el señor in pártibus de 
unos bosques poblados de fieras y de indios, á correr el riesgo 
de que algún día pudieran emanciparse parte de los subditos 
de aquella corona, sobre la cual el Sol resplandecía siempre. 



(i) Carta de D. Martín González al emperador Carlos V, en 25 de 
Junio de 1556. 



20 JUAN DE COMINGES 



No; no fueron lasespadas delrala ni de Nuflo de Chaves, las 
que, respondiendo á las necesidades más urgentes, abrieron el 
camino del Paraguay al Perú, fueron sí aquellos abnegados 
mártires, mil veces más valientes que los conquistadores, que 
impulsados por su fé en el porvenir de la humanidad, y por su 
esperanza en los destinos futuros, se lanzaban solos en medio 
de las fragosidades de las selvas, para llevar el pan de la cari- 
dad á los semejantes que aún yacían en las tinieblas de la 
ignorancia. 

En 19 de Setiembre de 1773 decía Azara, refiriéndose al 
di.irio del P. Sánchez, qtie desde el p7'incipio de la conquista 
hubo empeño en encontrar caminos á Moxos y Chiquitos, y 
propone como bueno, el frecuentado por los indios, añadiendo, 
que al N. de los mbayás había un paso que daba á los hua- 
nás del Occidente. (1) 

El mismo autor, lamentándose de que se hubiese perdido 
el camino de! Perú, dice que no es tan difícil, como lo que 
cree el gobernador de la provincia de Chiquitos, el abrirle de 
nuevo, pues por él fueron recientemente quince portugueses 
pretextando ir en busca de unos esclavos fugitivos; por él en- 
traron ¡os mbayás en tiempo de las Misiones, para atacar á 
los chiquitos y cuando no pudieron estos indios internarse por 
allí á sus correrías, por causa del presidio que se habia estable- 
cido (2) se vieron forzados á introducirse por el 20" de latitud 
donde además de ser el terreno pantanoso, tenían que atravesar 
un monte 7nuy grande que habitan los niquilás (3); y concluye, 
por fin, asegurando qtie eii tiempo de los jesuitas, el camino 
entre Santiago de Chiquitos y el Sagrado Corazón era tan tra- 
jinado como el de Getafe. (4) 



(i) El paso del Consejo, lugar extrecho y poco profundo del Pa- 
raguay, situado á los 19" 41', frente á las sierras de San Fernando y 
algo más arriba de una isla. 

(2) Nova Coimbra. 

(3) Monte-Grande. Caá-Guazú. 

(4) Pueblito próximo á Madrid. 



EXPLORACIONES. 27 



De todo esto se deduce: i.** Que los jesuítas mantuvieron 
transitable y transitado el camino del Perú. 2 ." Que después 
de su expulsión, los españoles no adelantaron en la conquista, 
pues hasta dejaron cerrarse los caminos más interesantes. Y 
3.** Que cuando la fuerza délas circunstancias hizo recordar las 
necesidades políticas, económicas y morales de esta vía, era 
ya tarde, porque los portugueses, más previsores, se habían 
apoderado de la única puerta de los caminos que hasta hoy se 
han creído posibles para poner en relaciones á Bolivia con el 
Río de la Plata. 

A tal extremo llegó la incuria de las autoridades españolas 
del Paraguay, que habiéndose establecido Coimbra en 1775 
sobre territorio legítimamente español, no sólo ignoraron por 
quince años este acontecimiento ocurrido en la propia casa, 
sino que no protestaron del atentado hasta 1795, en que lo 
hizo personalmente el capitán de fragata D. Martín Boneo. 

Por feliz que se contemplase la nación Boliviana después de 
su emancipación, al encontrarse dueña absoluta del más rico 
retazo del Universo, no podía menos de inquietarse mucho 
acerca de su porvenir, si al dirigir una mirada en torno, se pe- 
'netrabade los peligros con que la amenazaba para siempre 
aquella doble muralla que la Naturaleza y la política habían in- 
terpuesto entre ella y los pueblos civilizados de la Europa. 

Al Norte, pantanos, desiertos pestile iciales, tribus feroces, 
cataratas y lo que es mc*s infranqueable, las fronteras de una 
monarquía. Al Occidente, inaccesibles cordilleras, y, ó desierto 
ó medianería con un hermano emancipado. Al Sud, elevadas 
montañas y fronteras de Estados independientes; y al Oriente, 
bosques tan extensos como desconocidos, indios, terrenos 
pantanosos y disputados por un vecino; ríos cerrados á la na- 
vegación por la Naturaleza ó por la malicia, ó si no plazas 
fuertes enclavadas en propio territorio por un invasor tan po- 
deroso como perspicaz. 

Los pueblos que lo rodeaban por el Sud, Oriente y Occidente 
ya no eran aquellos cariñosos hermanos de otro tiempo con 



28 JUAN DE COMINGKS. 



quienes había vivido en esa comunidad de intereses que se 
llama familia; eran naciones independientes, que, como todas, 
tenían el deber de procurar por sí ante todas las cosas, y que 
como todas obedecían á ese egoismo tan común, á ese pre- 
cepto político consagrado por la costumbre, que manda sacar 
p.irtido de las circunstancias, ó lo que es igual, que ordena 
convertir en provecho propio, las calamidades ajenas. 

Bolivia no podía caer en esa ilusión ridicula, mil veces des- 
truida por la experiencia desde el principio de las sociedades, 
de que siendo estas n^iciones tan semejantes á ella en institucio- 
nes, en usos, en idiomas y en origen, como ramas, en fin, del mis- 
mo tronco, podían hacer compatible el ejercicio de su autono- 
mía dejando persistentes los lazos de h fraternidad. Sabido es 
que los pleitos son más ruinosos cuanto más próximos parien- 
tes son los litigantes. Bolivia, pues, no podía esperar ningún 
apoyo desinteresado de sus vecinos. Era independiente; pero 
estaba sola y separada del comercio humano por barreras insu- 
perables que impedían la entrada de fuerzas, capitales y luces 
que explotasen sus productos naturales. Bolivia, en fin, vivía 
cual nuevo Tántalo, amarrada con cadenas de oro á la fuente 
de sus propias riquezas, sin que una sola gota viniera á miti- 
gar la sed devoradora de sus labios. Cual opulenta y hermosa 
doncella, sobraban á Bolivia pretendientes que se disputasen su 
alianza, y aunque ésta bien conociese que todos ellos más aspi- 
raban al dote que á la posesión de su belleza, veíase forzada 
á aceptar alguno, para salir de una vez del aislamiento en 
que yacía. 

Tentadoras eran, en efecto, las utilidades que podría dejar el 
comercio de tránsito á la nación, que abriendo una vía férrea 
al través de los Andes, los desiertos, las cataratas ó los panta- 
nos, brindase con un puerto sobre el Atlántico, sobre el Pací- 
fico ó sobre el Plata, al vecino cuyo comercio de importación 
y exportación, ascendía á 20.000.000 de pesos fuertes y que 
ascendería, á no dudarlo, dada la baratura de los fletes, las 
facilidades de la producción, ó la afluencia de inmigrantes, á 



EXPLORACIONES. 29 



sesenta ó cien millones de pesos, y tanto más, cuanto que á 
estas ventajas materiales, se agregaban otras de mayor enti- 
dad, entre las que figuraba en primera línea, no ya el mono- 
polio, digámoslo así del comercio, sino también el monopolio 
de la política. 



PELIGROS Y ESPERANZAS 

No bien hubo zarpado del puerto de la Asunción el vapor 
«Gualeguay » , que conducía para Bahía Negra la primera expe- 
dición exploradora al mando del ingeniero D. Juan B. Minchín, 
cuando el empresario Sr. Brabo me honró con el cargo de jefe 
de otra que pensaba mandar al Chaco tan pronto como estu- 
viese organizada, para lo cual, y con objeto de acelerar juntos 
los trabajos preliminares y de tener el tiempo necesario para 
comunicarme sus ideas, dispuso que me trasladase á una habi- 
tación del Hotel del Tren-vía, donde él moraba, y donde durante 
dos meses nos ocupamos exclusivamente del asunto, sin con- 
versar de otra materia ni aún durante la comida; pues es Brabo 
uno de esos hombres escasos, que discurren con acierto, ex- 
presan con prontitud y elegancia y determinan con claridad; 
son infatigables y perseverantes en sus propósitos; pero que no 
molestan nunca, porque tienen el don de dar un gracioso colo- 
rido á las ideas más serias y de transmitir su entusiasmo á todo 
el que le escucha. 

Mas no precisaba yo de atractivos tan poderosos para per- 
tenecerle en cuerpo y alma; bastaban sólo mis inclinaciones 
para identificarme con la Empresa y como la Empresa; era él, 
con él me identifiqué, y dos en uno, juntos trabajamos como en 
cosa propia. 



30 JLMN DE COMINGES. 



Aunque mis relaciones con Brabo, databan ya de 1 874, época 
en que siendo yo Director del Departamento Agronómico de 
Tucumán, él fué á la capital aquella en comisión de la testa- 
mentaría del general Urquiza, puedo asegurar que no le conocí 
hasta que, á principios de Junio de 1879, me trasladé á vivir 
en su compañía en el Hotel del Tren-vía de la Asunción. En el 
mismo caso se encontraba Brabo respecto á mí; mas como por 
relación de nuestros mutuos amigos y de algunos diarios, estaba 
enterado del estudio de nivelación que en 1873 hice por me- 
dio de las Pampas Argentinas, sin más compañía que 6 hom- 
bres y 4 muchachos de edad de 14 años, y de la exploración, 
que por mera curiosidad, llevé á cabo, aprovechando las 
vacaciones de 1875, hasta la cumbre del cerro Bayo donde 
tuve la suerte de ser el primer hombre qne ha llegado des- 
pués del fracaso de catorce expediciones, no vaciló en confiarme 
misión tan delicada; pero, hay que confesarlo, Brabo no me 
conocía del todo cuando en 18 de Diciembre de 1879 se em- 
barcó para Europa, creyéndome victima de los indios del 
Chaco. 

Conocer, pues, á Brabo es lo mismo que estimarle, y para 
mí era también reconocer mi pequenez. 

Brabo no pierde la lucidez de su inteligencia, aunque tra- 
baje quince noches consecutivas; yo no puedo escribir una 
carta después de la media noche. 

Brabo recibe la correspondencia y después de enterarse de 
que tai especulación le ha producido una pérdida considerable; 
de que tal socio ó tal gobierno le ha faltado con todo cinismo 
á sus contratos; de que su hijito sufre del sarampión; de que 
su banquero ha quebrado, y de que varios periodistas se han 
coaligado para empeñar su buen nombre, almuerza con buen 
apetito, gasta bromas con sus amigos de confianza, discute, 
contrata, redacta y duerme como de ordinario. Yo no nece- 
sito de tanto para sufrir una congestión cerebral. 

Brabo, pues, debía conocer y deplorar éstas y otras desven- 
tajas mías; pero tuvo la conciencia de que los hombres de mi 



EXPLORACIONES. 3 1 



temperamento cumplen lo que prometen, y más cuando se trata 
de llenar una misión honrosa y que está de acuerdo con sus 
costumbres é inclinaciones. Yo habría pagado á Brabo por- 
que me hubiese consentido acompañar á la expedición como 
simple soldado, y me encontraba con que Brabo me retribuía 
espléndidamente y la ponía bajo mis órdenes. ¿Qué más podía 
desear? Sobre todo, la armadura indispensable para no su- 
cumbir en el desierto, la tenía yo, y bien experimentada: esta 
es, la resistencia. Nada nuevo podría sorprenderme, porque ni 
el termómetro habría de descenderá m.enos de 19** centígrado 
bajo cero como le he visto en la cumbre del cerro Bayo: ni pasar 
de 63** al sol, como lo vi durante quince días en Tucumán; ni 
las marchas alcanzarían á 24 leguas por día, como acostumbra- 
ba hacerlas en el Paraguay; ni las fiebres serían más peligrosas 
que las que he sufrido al Norte de la República Argentina; ni el 
trabajo físico habría de sobrepasar al que he soportado durante 
meses enteros en las rudas faenas déla agricultura; ni las vigi- 
lias serían más rigurosas que cuando he sido cabo de guardia, 
durante 44 noches consecutivas, en medio de las pampas y 
sin dejar por eso de nivelar durante el día; ni las abstinencias 
serían tan grandes que si faltaban ciervos ó avestruces, no hu- 
biese para regalarse nutrias ó carpinchos, alcotanes ó ñacuru- 
túes, cocodrilos ó iguanas, vizcachas ó aperiázes, monos ó 
cogollos de palma. Con esto y botas de dos suelas para sal- 
varse de las serpientes de cascabel; rémington para defenderse 
de los tigres; buena intención y vigilancia para entenderse con 
los indios; justicia y disciplina para manejar á los expedicio- 
narios, y poca ropa para secarse más pronto, después de la 
lluvia, cualquiera entra en el desierto, si le acompaña un poco 
de entusiasmo hacia esas empresas que llaman extraordinarias 
los afeminados hombres del siglo XIX. 

Por otra parte, como después que Ayolas nadia había pe- 
netrado por el Chaco, era muy seductor el marchar sobre sus 
huellas. ¿Con qué se podría pagar el honor de haber acom- 
pañado á tan ilustre capitán? ¿Con qué pagaría yo el que 



32 JUAN DE COMINGES. 



Brabo me proporcionaba, encargándome de sustituir al con- 
quistador Ayolas en sus gloriosas tentativas? 

Entre todas las personas de mi amistad, no hubo una sola 
que aprobase mi resolución de penetrar en el desierto; yo no 
sé por qué, parecía que todos se habían puesto de acuerdo 
para hacerme desistir de mi propósito y de mi compromiso. 
No hay duda que habrían de estar organizados de otro modo 
los amigos del Siglo XVI; pues á ser como los de hoy, segura- 
mente que América no sería conocida, ni las páginas de la 
Historia de España se honrarían con los nombres ilustres de 
sus conquistadores. Empecé por la agradable sospecha deque 
me envidiaban y terminé por la dolorosa convicción de queme 
compadecían. Parecía que me hubiese ocurrido alguna gran 
desdicha; pues no veía más que semblantes macilentos, ni es- 
trechaba más que manos temblorosas, y si la voz pública alguna 
vez se abría paso hasta mis oídos era para decirme: eres un 

LOCO, QUE NO TIENES LA CONCIENCIA DEL PELIGRO. Esta VOZ 

pública me acompañó al desierto; me persiguió durante la pri- 
mera expedición; encerrada en cartas llegó hasta los oídos del 
empresario Brabo (i) con motivo de mi segunda entrada en 
el Chaco y estampada en las columnas de "La Reforma'' déla 
Asunción del Paraguay, habrá llegado á las cinco partes del 
mundo. 

j Loco ! 

¿Habremos degenerado los hombres? ¿Por qué hemos de 
contener con tan duro epíteto los nobles arranques de que nos 
consideramos incapaces? 

¡Loco! ¿Y qué importa esa ofensa gratuita, propia de las 
almas sin jugo, de los envidiosos de honra ajena y de los co- 
bardes? ¿Quién ignora que la sociedad actual, creyéndose muy 
positiva, suele calificar de locos álos mismos que en otro tiempo 
se honraba con el título de héroes ? 



(i) Carta del ingeniero director de la colonia Apa, D. Liberato de 
Amicis, Octubre de 1879, en la que me califica de loco, porque no 
quise ser cobarde. 



EXPLORACIONES. 3 J 



¡ Oh AyolasI ¡ Cuan á tiempo has perecido ! ! Pero no hade 
valerte; pues si del mismo modo que descubrí tu huella á tra- 
vés de las selvas del Chaco, alcanzo algún día á descubrir tu 
sepultura, yo prometo, para satisfacción de la sociedad contem- 
poránea poner sobre ella un epitafio que diga: Aquí yace un 
LOCO. Desgraciadamente para mí, llevaba entre los expedicio- 
narios algunos que lo eran ó lo parecían, y cuyos nombres su- 
primiré en el transcurso de esta Memoria, porque temo mar- 
carlos para siempre con el estigma de sus extravíos. 

Las gestiones de mis amigos, para alejarme de mis propósi- 
tos, fueron rechazadas con dulzura y las sátiras de los bufones 
abandonadas al desprecio. 

Yo deseaba entrar en el Chaco y mi solo temor era el de 
que Brabo aplazara la expedición. 

Veamos ahora si yo tenía conciencia del peligro, ó si abri- 
gaba las ilusiones de que iba á emprender un viaje de recreo. 

Conocía la tradición, cierta ó fabulosa, por la que se pre- 
senta al portugués Alejos, en 1526, como maestro y primer 
instigador de crímenes y ambiciones entre la raza guaraní; sus 
sangrientas excursiones por el Chaco; sus robos entre los char- 
cas y su muerte desastrosa á manos de sus discípulos, así como 
la del capitán Sedeño y de la gente que llegó en su compañía 
por llamado de Alejos. 

Tenía noticia de la gran expedición guerrera, que poco des- 
pués realizaron las numerosas tribus guaranís para invadir y 
arrasar el Chaco, por toda la extensión que media entre los 
20** y 30" de latitud; usurpación que fué consumada sustitu- 
yéndose por tribus de la raza invasora(i)las tribus aborígenes, 
que no pudieron salvarse entre las fragosidades de las selvas. 

Estaba enterado de la astucia y valor que desplegaron en 
1530 los indios de ambas costas del Paraguay, para poner 
dificultades al paso de los buques de Gaboto. 

Había leido el acta levantada por Irala en 1538, para com- 



(i) Chiriguanos, guarayos, etc. 



34 J^'AN DE COMINGES. 



probar que Ayolas había sido traicionado vilmente y muerta 
por los indígenas dd Chaco del Norte. 

Tenía comprobado hasta la evidencia, por centenares de in- 
formaciones de testigos presenciales, entre los que figuran 
Ortiz de Vergara, en su carta á D. Juan Ovando, Presidente 
del Real Consejo de Indias, que los guaranís habían sida 

ANTROPÓFAGOS. 

Sospechaba y sospecho que las diferentes tribus, proceden- 
tes de la raza tupí no han perdido por completo esta costumbre,, 
tan poco agradable para los exploradores, y me apoyo en el 
misterio y el secreto de que les gusta rodearse en la actuali- 
dad cuando celebran grandes fiestas, (i) 

Estaba enterado de la bien preparada astucia con que los 
indios sorprendieron á Irala, cuando esperaba en una isla del 
río Paraguay que le dieran noticias del malogrado Ayolas; 
astucia que dio por resultado la muerte de muchos centenares 
de indígenas, gracias á los heroicos esfuerzos de los españoles. 

Conocía la resistencia que los caries y otros indios de treinta 
leguas á la redonda, opusieron al mismo Irala, cuando en 1545, 
entrando por los Xarayes, pretendió vanamente abrirse paso 
hasta el Perú. 

No ignoraba el inútil reconocimiento practicado en 1546 por 
Nuflo de Chaves, por las sierras de San Fernando, cuando yendo 
con el mismo objeto y acompañado de 50 españoles y de 3.00a 
indios amigos, se vio obligado A dar la vuelta antes de dos 
meses, á pesar de que no faltaba la comida. 

Me eran conocidas las dificultades que de nuevo tuvo que 
vencer Irala, cuando en Noviembre de 1547, logró penetrar 



(i) Véase lo que dice Castelnau «Viaje á los países centrales de la 
América del Sud», refiriéndose á los terenes, aldea colocada cerca de 
Miranda, provincia de Matto-Grosso. De esta verdad me he conven- 
cido después; porque me ha contado un mbayá el dolor que le costó 
tener que permitir que se sacrificase á este rito cruel un mocito chama- 
coco, que habiéndole tomado cautivo en una pelea con los de esta na- 
ción, lo crió entre sus hijos hasta la edad de la pubertad. 



EXPLOK ACIONES. 35 



hasta los corocotoquis que estaban establecidos 52 leguas 
más adelante de los samacocoSy los escandalosos ejemplos de 
inmoralidad, de codicia y de insubordinación que allí se die- 
ron por sus gentes, y los atropellos que al regreso se come- 
tieron contra los naturales, tanto por los insurrectos españoles 
como por sus indios auxiliares. 

Sabía, por carta que el clérigo D. Antonio de Escalada diri- 
gió desde la Asunción al emperador Carlos V, en 25 de Abril 
de 1556, que al regresar del Perú las gentes de Irala, traían, 
no más de mil prisioneros, sino más de mil esclavos. 

Por el mismo conducto estaba enterado de la manera con 
que trataba aquella soldadesca codiciosa, á los jefes que, como 
Álvar-Núñez Cabeza de Vaca, procuraban mantener la dis- 
ciplina, por humanidad hacia los indígenas, por seguridad pro- 
pia y por honra de las armas españolas. Este jefe ilustre, á 
causa de una sedición provocada por sus propios oficiales, se 
vio obligado á retroceder al puerto de los Reyes, á los pocos 
dias de haberse internado en dirección al Perú. 

Había leído la carta fechada en la Asunción en 25 de Junio 
de 1556, queD. Martín González dirigió al mismo emperador, 
dándole cuenta de la imposibilidad de ensanchar por aquellos 
lugares los dominios españoles, á causa de la corrupción de 
las autoridades; carta en que se dice que los indios reducidos 
por la persuación de los misioneros, se desbandaban /¿?r temor 
á las correrías que hacían los cristianos^ los cuales saqueaban 
los pueblos, cautivaban á los hombres para tenerlos por es- 
clavos y abandonaban á los niños de pecho á la orfandad y á 
la muerte, porque secuestraban las mujeres para tenerlas por 
co icubinas. Que cuando la entrada de D. Francisco Mendoza 
en el Perú, los indios caries que acompañaban á los españo- 
les, mataron toda la chusma (i) y sólo reservaron á los mozos 
para regalárselos á sus amos. 



(i) Mujeres, niños y ancianos. 



36 JUAN DE COMINGES. 



Que cuando uno de estos cautivos, á quien se obligaba á 
servir de guía, por sendas desconocidas, llegaba á perder el 
rumbo, se le quemaba vivo. Que se mandó á Nuflo de Chaves 
con gente para que pasase á cuchillo á todo un pueblo, menos 
unos cuantos mozos. 

Que los indios acompañantes, robaban, mataban é incen- 
diaban con permiso de los españoles. 

Que los indígenas más confiados, que se acercaban expon- 
te neamente para socorrer con víveres á los españoles, eran 
tomados á la íuerza para guias y atenazados si se extraviaban 
del sendero. 

Tenía conocimiento de las intrigas de Nuflo de Chaves con 
Manso; de la traidora y desastrosa muerte de ambos caudi- 
llos y de la destrucción de la mayor parte de los pueblos 
fundados por éstos en la falda oriental de la cordillera. 

Conocía el trágico fin de todas las expediciones que han te- 
nido por objeto la exploración del río Pilcomayo. 

Estaba enterado de la emboscada que en el camino del Perú 
prepararon los chiriguanos á las fuerzas mandadas por Verga- 
ra, cuando después de matar á un fnaile de la Merced, que 
no quiso apearse de su acémila, y de saquear al obispo Acu- 
ña, llevaron su descaro y osadía hasta el punto de mofarse de 
los españoles revestidos con la casulla, el alba y la mitra del 
prelado. 

Sabía cómo los chiriguanos habían destruido otro pueblo 
español, distante cuarenta leguas de Santa Cruz de la Sierra, 
en el que mataron al capitán Pedraza y á Antón Cabrera. 

Me constaba que los feroces charrúas (i) del Uruguay eran 
una rama de los guaranís. 

Estaba seguro de que estos indios, que según Alvear, bajo 
el dominio de los jesuitas, llevaban su docilidad hasta el extre- 
mo de agradecer el castigo (2) á que se hacían acreedores ; al 



ii) Indios cuyo nombre guaraní quiere decir: somos turbulentos. 
(2) Aguyebé^ chemba, Ckentboará, guá á Téepé: Dios te pague, 
padre, que me has dado entendimiento para conocer mis yerros. 



EXPLORACIONES. 37 



retroceder á la barbarie, por el sensualismo de sus nuevos 
pastores, por los atropellos de las autoridades, y por los resa- 
bios, siempre subsistentes, de mitas^ encomiendas y malocas^ 
serían mil veces más perversos que en su origen, y sobre todo 
mil veces más enemigos de mi raza, por ser aquella que los ha 
pervertido. 

Conocía lo mal que habían sido recibidos por los indígenas 
del Chaco, los misioneros que en 1608 mandó Felipe III para 
procurar su reducción. 

Me constaban las opiniones del respetable Azara cuando 
con motivo de un informe sobre la posibilidad de abrir camino 
al Perú, por medio del Chaco, decía: «que eran peores sus 
pobladores que los guaranís, pues si los valientes conquistado- 
res no pudieron hacer este camino, menos podríamos ncsotros, 
ahora que los indios son más altaneros con sus victorias.» 

Había leido la historia de cuantas colonias trataron de es- 
tablecerse sobre las márgenes del Bermejo, colonias qne han 
arrastrado una vida tan corta y tan desdichada, como la de 
Santiago de Guadalcázar. 

Yo sabía de memoria las «Noticias Secretas de x^mérica», 
obra escrita por UUoa. 

Había tenido en mis manos los documentos auténticos, en 
virtud de los cuales se ordenaba al comandante paraguayo, 
disparar los cañones del fuerte Olimpo, sobre cuantos indios 
se divisasen por los contornos. 

Estaba enterado de que ese mismo fuerte Olimpo, hoy 
abandonado, había sido tomado dos veces por asalto y dego- 
llada su guarnición por los indios; y era por ese sitio por donde 
yo debía penetrar en el Chaco. 

No me eran desconocidas ni las incursiones vandálicas rea- 
lizadas por los mbayás, contra el Norte del Paraguay, donde 
destruyeron la floreciente colonia del Salvador, ni las llevadas 
á cabo por angaités, lenguas y guaicuruces del Chaco, contra 
San Pedro, Villa Concepción y la Emboscada; pueblos de la 
margen oriental del río Paraguay. 



38 JUAN DE COMINGES. 



Había escuchado de boca de testigos presenciales, la na- 
rración de las atrocidades cometidas por el ejército del Para- 
guay con los indios del Chaco, no en defensa de la patria, sino 
en defensa de la ganadería de los dictadores, y asimismo la 
de los crímenes cometidos por estos indios contra los solda- 
dos paraguayos, para robar más á sus anchas los ganados. 

No ignoraba que los robos y los frecuentes asesinatos que 
cometen los indios del Chaco, habían sido la causa de la rá- 
pida despoblación de la colonia Nueva Burdeos, que allí se 
estableció entre los ríos Verde y Confuso, por el gobierno del 
Paraguay. 

Había visto que la audacia de los indios no disminuyó des- 
pués que la República Argentina fundó la Villa Occidental, 
sóbrelas ruinas de Nusva-Burdeos; pues ni los caballos esta- 
ban seguros en los patios de las casas, y no eran pocas las 
víctimas humanas, (i). 

No me había pasado desapercibida la mala costumbre que 
tienen algunos pasajeros y tripulantes de los barcos que reco- 
rren el río Paraguay, quienes por entretener sus ocios suelen 
distraerse soltando indistintamente balazos á los cocodrilos y 
á los indios de la costa. 

En una palabra: conocía todos los peligros que podian ame- 
nazarme por parte de los indios ; porque conociendo su histo- 
ria, desde la pelea entre las mujeres de Guaraní y de Tupí, 
por causa del célebre papagayo, hasta el día en que me de- 
cidí á penetrar entre ellos; conocía todos los malos ejemplos 
que han recibido, todas las razones que creerán tener para con- 
servar su independencia, y todos los motivos de represalia que 
nuestra conducta pasada y presente les ha dado. 

Pero por si esto que acabo de exponer, no era bastante 
todavía para disuadirme de mi empeño, aún tenía presente un 



(i) a fines de 1878, en este higaryen presencia mía, se lleva- 
ron los indios 30 bueyes de la propiedad de un obrajero llamado 
D. Jerónimo, quien nunca pudo recobrarlos. 



EXPLORACIONES. 39 



cúmulo de dificultades de otro orden, que eran de tanto peso 
por lo menos, como las mencionadas. 

¿Por qué no siguió Irala la misma ruta que Ayolas ? 

¿Por qué no se excusó por lo menos de haber preferido 
otro camino para penetrar en el Occidente ? ¿Sería por temor á 
los indios r Sus hechos valerosos disipan esta duda. 

Si el intrépido Irala no siguió las huellas de su predecesor 
y jefe el desdichado Ayolas, sería por avisos confidenciales, de 
que, no los hombres, sino la Naturaleza pondría dificultades á 
su marcha. Tal vez extensos y profundos pantanos ; acaso bos- 
ques impenetrables ; quizás carencia absoluta de agua dulce ; 
puede ser que fiebres palúdicas ; quién sabe, en fin, si el te- 
mor de hallarse sin pastos y sin víveres en un desierto inhos- 
pitalario y repleto de bestias feroces, de vegetales y de reptUes 
ponzoñosos. 

¿Podría yo ignorar el que ningún hombre civilizado había pe- 
netrado desde tres siglos y medio en aquellas misteriosas so- 
ledades } 

¿Por qué sería esto, cuando ni aún los más remotos confi- 
nes del África se ven hoy libres de la invasión de los apóstoles 
y de los mártires de la ciencia ? 

Bien sabía yo que el mismo Azara, en 1 9 de Setiembre de 
1793 informaba al gobierno español de «que no había modo 
de que Chiquitos, se comunicase con Borbón, por causa de 
montes, de inundaciones y de falta de agua.» 

También yo había visto en todas las historias y en todas 
las geografías de Bolivia, que su Oriente eran praderas inun- 
dadas durante muchos meses del año, bosques habitados por 
salvajes, etc., etc. 

Cuantos mapas había consultado, representaban los lugares 
que iban á ser objeto de mi exploración como terrenos panta- 
nosos. 

A cuantos capitanes, patrones y viajeros, que hacen la ca- 
rrera del Paraguay, había interrogado sobre sus observaciones 
al respecto, me habían respondido unánimes y contestes: que 



40 JUAN DE COMINGES. 

esa parte del Chaco era intransitable por causa de los panta- 
nos ; que sólo en la costa había algunas barranquitas de poca 
elevación ; que en ciertas épocas del año habían acortado las 
revueltas del río, navegando en línea recta por encima de las 
copas de los árboles. 

En una excursión que en 1878 hice al Oeste de la Villa-Oc- 
cidental, en compañía de un amable oficial del ejército argen- 
tino, me había convencido de las dificultades que opone al paso 
el suelo del Chaco; pues á pesar de no ser estación de lluvia^ 
debían cruzarse bañados enteramente intransitables. 

Me habían informado oficiales y soldados paraguayos, que 
en otro tiempo formaron parte de la guarnición del fuerte Olim- 
po, que los palmares que hay al Occidente de aquella plaza, se 
suelen convertir en un lago sin horizonte durante ciertas es- 
taciones del año, y, que aunque las aguas se retiran algunas 
veces, siempre quedan los terrenos pantanosos 

H'-bía leido la carta que Manuel de Flores dirigió en 1750 
al marqués de Valdelirios, com.isario general de S. M. C, para 
la ejecución del tratado de límites que se celebró en Madrid 
en 1 7 50, y sabía por ella que el terreno del Chaco era bajo hasta 
los 22^ 6^ de latitud en que se encuentran los cerros de Cal- 
van y que los salvajes que por allí se encontraban eran huanás 
y mbayás, bárbaros y malos enemigos del Paraguay, que siem- 
pre estaban en guerra con los demás indios del Occidente. 

Había tenido en mis manos un manuscrito del gobernador 
de Chiquitos, por el que en 1 794 informaba que no conside- 
raba difícil el abrir camino hasta la desembocadura del Otu- 
quis(i); pero que era de todo punto imposii) le el hacerlo hasta, 
el 22^ de latitud. 

Del mismo modo había leído otro interesante manuscrito^ 
que me regaló el respetable anciano señor Machain, vecino de 
la Asunción del Paraguay, en el que su abuelo Zabala, coman- 



(i) — Se creía que el Otuquis salía del Paraguay por Bahía Negra. 
Hoy se niega : acaso sin razón bastante. 



EXPLORACIONES. 4 1 



dante del fuerte Bórbón, dando cuenta de una entrada que 
hicieron los indios para pelear con los del interior, decía: que 
no pudieron entrar directamente por causa de los bosques, de 
los pantanos y de la falta de agua dulce, por lo que se vieron 
obligados á caminar por la costa hasta Bahía Negra, para to- 
mar desde allí su rumbo al Occidente. 

Sabía que no había remedio para la picadura de la víbora 
de cascabel ; que los lagos están plagados de cocodrilos ; que 
los mosquitos no dejan descansar ni de día ni de noche ; que 
los incendios de praderas y palmares son espantosos y duran 
meses enteros ; que de Octubre á Marzo llueve todos los días 
á torrentes ; que donde la temperatura es tan elevada y hay 
humedad, se corrompen las sustancias orgánicas produciendo 
miasmas que ocasionan la muerte. 

Sabía, en fin, y esto vale por todo, que cuando el Portugal 
no ocupó más territorio del Chaco que hasta el 20® de latitud, 
sería por estar muy seguro de que con eso le bastaba para 
mantener cerrados al Perú, hoy Bolivia, sus únicos puertos del 
Atlántico. 

¿Era yo un loco que no tenía la conciencia del peligro? 

Acepté con gusto el calificativo de loco, por ser honroso 
cuando le aplican los pusilánimes y los decrépitos, aunque 
sospechaba que pocos de los que me compadecían ó me insul- 
taban, estarían tan penetrados como yo de las dificultades de 
todo género que tendría que arrostrar si había de cumplir mi 
cometido. 

¿Qué era pues, lo que me lanzaba en medio de peligros tan 
inminentes ? ¿ El interés ? 

Nadie cambia su cabeza por un mendrugo. 

¿ La gloria ? 

Estábamos en el año 1879. 

¿ La sed de emociones } 
Tengo familia. 

Debo decirlo, aunque el disculparme me cueste también 



42 JUAN DE COMINGES 



arrostrar las burlas de tantos y tantos que blasonan de posi- 
tivistas. 

Quería cerciorarme por mí mismo de si era fundado el des- 
dén que me inspiraba una sociedad que en el siglo XIX toda- 
vía emplea medios bárbaros para extender los dominios de la 
civilización. 

Quería buscar en su origen un dato que ayudase á la huma- 
nidad á resolver el problema social presentado por Montesquieu, 
Raynal, Buffón, Poivre, Montaigne y J. J. Rousseau. 

Quería saber si Chateaubriand había sido un profeta ó un 

visionario, y si Gustavo de Beaumont había sido un político ó 
un poeta. 

Quería encontrar la analogía que hubiese entre los hijos de 
la naturaleza, que describe Tácito en sus «Costumbres Ger- 
mánicas» y los hijos de la única selva virgen que acaso exista 
en la actualidad sobre la faz de la tierra. 

Quería desembarazar el estudio de las ciencias morales de 
uno de los obstáculos que ha de encontrar, hasta tanto que se 
conozca positivamente la diferencia que existe entre el estado 
natural y el estado salvaje, y la diferencia que existe entre el 
estado salvaje y la civilización. 

Quería persuadirme de una vez de si es cierta esa teoría de 
que, las razas salvajes desaparecen ante la luz de la civilización 
como la nieve ante la luz del Sol, ó si, más bien era la causa de 
su exterminio, el remington de los ejércitos acampados á las 
márgenes del río Negro y el aguardiente de los mercaderes 
poblados á las orillas del río Colorado. 

Quería, en fin, asegurarme de si los grandes defectos de la 
sociedad contemporánea, nos han sido trasmitidos de genera- 
ción en generación desde nuestros primeros padrcsy^ ó si son 
tan recientes como las necesidades que nos ha creado la civi- 
lización. 

¿Qué valía, pues, lo que arriesgaba en mi empresa, si por 
fin podía consultar á la Naturaleza virgen, para obtener una res- 



EXPLORACIONES. 43 



puesta categórica que satisfaciera mis dudas sobre los destinos 
de laespecie humana ? 

Ignén-an-ék (i), me respondió el oráculo, mostrándome los 
huanás. 

Arrojen su linterna los discípulos de Diógenes, porque aquí 
hay hombres, dije yo, conmovido en presencia de los virtuosos 
hijos de la Naturaleza. 



Fragmentos del diario de la expedición. 
2g de Julio de i8yg. 

A las 4 p. m. se terminó la carga en esta forma: el patacho 
«María» lleva una parte del cargamento en la bodega de proa, 
1 7 muías y 5 caballos sobre cubierta y muy bien amarrados, 
porque son animales demasiado ariscos ; los fardos de alfalfa y 
él maíz para pienso, y 5 peones de los mejores para atender 
al cuidado de estos animales. 

En la goleta «Gibraltar» van todos los peones y el resto 
de los equipajes. 

En el vapor remolcador «Anita», capitán don Manuel Co- 
pello, van los objetos de más valor, el escritorio y la plana 
mayor, compuesta del director, el médico, el administrador y 
el capitán. 

Un pueblo numeroso, compuesto de parientes y amigos de 
los expedicionarios, y de curiosos, nos despide con señaladas 
muestras de sentimiento, porque desconfía de nuestra sal- 
vación. 

Recibo un abrazo de Brabo y él una promesa mía. 



(i) — Dios existe. Estas palabras son frecuentes en boca de los huanás. 






44 JUAN DE COMINGES. 



Pasa lista el capitán Pagani y partimos en medio de las ma- 
yores aclamaciones. 

Dos distinguidos comerciantes de la Asunción, nos acom- 
pañan hasta Villa-Hay es, para regresar por tierra al dia si- 
guiente. 

Viene también á bordo el propietario del obraje que se ti- 
tula «Colonia Apa», dueño del vapor que nos conduce y con 
quien hemos contratado el flete. 

A las 8 p. m. llegamos á Villa-Hayes, donde tengo que re- 
coger á varios délos expedicionarios contratados por el capitán 
Pagani, y cargar los bueyes en la costa oriental. 

Para el embarque de los empleados se presentaron algunas 
dificultades, porque en el Paraguay, aunque inconstitucíonal- 
mente, las autoridades prestan demasiado apoyo á los amos 
que reclaman deudas de los que fueron sus criados; pero todo 
se arregló con la buena intervención del coronel Mesa, jefe de 
la Villa, y con la facultad que me dieron los peones, para ex- 
tender por cuenta de su servicio, algunos vales á plazo y á la 
orden de sus patrones. 

La oscuridad de la noche no permitió el embarque de los 
bueyes, por más que esto me contraría, porque tengo ya un 
atraso de 9 días restado al plazo que se me ha dado para llegar 
al punto donde me espera Minchín, y porque, por más que se 
me diga otra cosa por Gómez, sospecho que los bueyes h.in 
pasado algunos días encerrados, esperando el vapor que debió 
llegar el día 2 1 , como se le tenía prevenido, y por lo tanto 
necesitarán llegar pronto al pastoreo, donde se repongan antes 
de empezar la expedición. 

Fondeamos á media noche atracados á la barranca oriental, 
en el punto denominado el Paso de la Guardia, y frente al 
corral donde están encerrados nuestros bueyes y otros, que 
también han de cargarse para el servicio de lo que en adelante 
llamaré Colonia Apa. 

No hay comodidad para ninguno de los expedicionarios por 
las malas condiciones y la excesiva carga de los buques. 



EXPLORACIONES. 45 



Diajo de yulio 

Al despuntar el día, se dio principio á la pesada y dolorosa 
operación de cargar los bueyes, por cuanto que hubo preci- 
sión de martirizarlos izándolos atados por los cuernos. Esta 
operación, sin más intervalo que el de la comida, duró hasta 
las 3 y 30 m., p. m. 

Habiendo notado que el bote comprado para la expedición 
y embarcado á última hora por el señor Ugarriza, sin que yo 
lo viera, era un cascajo viejo y tan inútil como peligroso, su- 
pliqué al señor Bello que se encargase de devolverlo en la 
Asunción. 

Tanto dicho señor Bello como el señor Bochi, Calderini, 
Perruquín y Hércules, que nos habían acompañado todo el día, 
se despidieron á las 4 y 30, m. p. m., momento en que la ex- 
pedición siguió camino aguas arriba. 



Dia 2 de Agosto. 

A las 2 de la tarde han venido varias canoas de indios ore- 
judos á visitarnos; son atléticos y bien formados, pero con 
boca grande y dientes enormes. Van desnudos y por todo 
adorno se pintan con color azul y se ponen vinchas en la frente 
con algunas plumas de avestruz. 

Es curioso que estos desgraciados saludan masónicamente, 
haciendo como los monos acobardados la señal de misericordia. 

Protestan de su mansedumbre; piden galleta y cigarros en 
cambio de los productos de su pesca, y tienen tal destreza 
para manejar la canoa, que se agarran á la proa del vapor que 
camina con más fuerza. 

A las 4 de la tarde el dueño del vapor, Mr. Grillé, ordenó 



46 



JUAN DE COMINGES. 



sigilosamente desamarrar la goleta y el patacho, sin prevenir- 
me de una resolución que me alejaba de la vigilancia de mis 
intereses, la cual no me pareció muy bien, pues no medió tiem- 
po más que para prevenir que se cortase pasto fresco para los 
animales. 

Este acto tuvo lugar con motivo de carecer absolutamente 
de combustible, por lo que se hacía preciso disminuir la trac- 
ción para aumentar la velocidad y regresar con nuevas provi- 
siones de leña. Desgraciadamente la máquina estaba sucia y 
hubo que fondear á media noche para limpiar los tubos y con- 
tinuar viaje con poco más de seis libras de vapor. 



Día j de Agosto, 

A las 2 de la mañana llegamos á la Colonia Apa, donde en- 
contramos la población alborotada á causa de la escasez de 
víveres. 

Todos se ofrecían á acompañarnos por cualquier precio con 
tal de salir de aquellas miserias. No acepté ninguno, y por el 
contrario procuré calmarlos, manifestándoles que su apuro te- 
nía por origen no un descuido sino una larga baradura. 

Bajé á tierra con el doctor, para saludar al Director de la 
Colonia don Carlos Roux, y saber de él el comportamiento 
de Tello. 

Había cumplido bien con su deber. Los indios estaban dis- 
puestos por intercesión de éste y del mismo Director á servir- 
nos de guías, durante tres días, hasta tropezar con la toldería 
de los huanás. Nos estuvieron esperando con impaciencia hasta 
el día antes de nuestra llegada, en que cambiaron de opinión 
manifestando á Tello con franqueza, que sabían que nuestro 
propósito era tomarlos para venderlos como esclavos en el 
Brasil. 

I Gran contratiempo I 



EXPLORACIONES. 47 



¿ De dónde ha podido salir una mentira tan contraria á nues- 
tros intentos? 

Esta noticia trascendental me contrariaba mucho ; pero no 
perdiendo completamente las esperanzas, mandé á Tello, 
acompañado de otros dos hombres en la canoa, para que se 
acercase á las tolderías fronterizas y procurase, valiéndose de 
grandes promesas, traerme algunos indios para que hablasen 
comigo, entretanto regresaba el vapor con los buques remol- 
cados. 

No tardó Tello en dar la vuelta ; pero con la triste noticia 
de que los indios se habían internado, probablemente para 
prevenir á los huanás de la llegada de los nuevos negreros de 
tierra firme. 



Dia 4 de Agosto, 

Aguardando que el vapor « Anita » regrese, he subido al 
cerro del Apa en compañía del doctor y de un ingeniero de 
minas llamado D. Liberato de Amicis, que se encuentra en 
este punto haciendo algunos estudios hidrográficos, y minera- 
lógicos, joven que parece práctico en expediciones, desde que 
es uno de los que acompañaron á Antenor en su viaje directo 
de Túnez á Zanzíbar. Es probable que nos acompañe hasta el 
fuerte Borbón con objeto de mostrarnos unos cerros que ha 
visto en el Chaco desde las cumbres del Apa y que le parecen 
el principio de una serranía, por cuya ladera acaso pudiera 
penetrarse en el desierto. 

ínterin trepamos al cerro donde se encuentra la cresta del 
Apa, el señor de Amicis, que se muestra extraordinariamente 
afligido por el contratiempo que nos ocasiona la retirada de los 
indios, me ha manifestado que él sabe de dónde procede el 
origen de la calumnia, pues que su mucho prestigio, entre los 
indios, hace que éstos no tengan secretos para él. 

Dice que entre los peones escapados, por el hambre, de la 
Colonia Apa, salió un indio correntino, quien al pasar por Villa- 



48 JUAN DE COMINGES. 



Concepción con su canoa, exparció esta noticia entre los goiai- 
curuces. Añade también que en la misma Colonia Apa hay 
uno, cuyo nombre me da, que soliendo ocupar á los indios en 
algunos servicios particulares y temiendo verse privado de 
este provecho, si los llevamos con nosotros, les ha dado tam- 
bién malos consejos. 

Creo cuanto me dice con la mejor buena fe y siento no tener 
jurisdicción en el territorio para hacer un ejemplar castigo con 
quien tanto perjudica los nobles propósitos de la empresa. 

Desde la cumbre del cerro del Apa se ven en el Chaco las 
sierras de Galván, como á diez leguas al N. O. 

En este cerro hay una gruta calcárea que es de las más 
bellas obras de la Naturaleza. Su descenso es muy difícil; pero 
una vez abajo vale la pena del sacrificio. No hay catedral más 
suntuosa ni formas arquitectónicas que no estén allí represen- 
tadas. No hay efectos de luz que puedan conmover el alma 
como los de la gruta del Apa. 

Por otra parte, aquello es una lección palpitante de geolo- 
gía, desde que allí se están formando á la vista y en la actuali- 
dad calcáreos modernos, coa. los despojos de los pájaros, rep- 
tiles y roedores que depositan las lechuzas y murciélagos, 
conglomerados con la cal diluida en las aguas que gotean por 
todos los intersticios de las rocas. 

Al bajar del cerro del Apa he paseado qon Mr. Grillé por 
una espaciosa y larga calle abierta en el bosque con objeto de 
extraer por ella las más colosales vigas. 

No hay campos cultivados, ni puede haberlos tampoco en 
la proximidad de los cuatro miserables ranchos que constiteyen 
la población ; porque la capa del suelo vejetal es de muy poco 

expesor y descansa inmediatamente sobre rocas calcáreas. 

Para pastos y bosques el terreno es excelente ; pero jamás 
en él podrá florecer una colonia agrícola. 

Como el vapor no regresó, tuvo Mr. Grillé que darnos de 
almorzar, lo que hicimos en su casa en compañía de él, de su 



EXPLORACIONES. 49 



señora, del ingeniero De Aniicis y del director de la colonia, 
Mr. Roux. 

Tello me hizo saber que había sido bien acogido por el 
señor Roux, quien se había portado á medida de nuestros de- 
seos, aconsejando públicamente á los indios que acompañasen 
á nuestra expedición, porque éramos buenos amigos. 

Roux no es tan cumplimentero ni tan expresivo como De 
Amicis; pero creo haber descubierto en sus modales y en sus 
pocas palabras un gran fondo de honradez y de sinceridad. 

Se manifestó muy afectado por nuestra contrariedad y dejó 
ver que imaginaba á quién se debía el espanto de los indios ; 
pero trató de tranquilizarme diciendo con intención, en presen- 
cia de todos los de la mesa, y sin que nadie le desmintiese, 
que él era la única persona del Apa en quien los indios tenían 
confianza y que en cuanto calmase el viento y el oleaje lo per- 
mitiera, iría en persona á la costa vecina con el fin de disua- 
dir á los caciques de su inesperada resolución. 

No me gustó el oir decir á todos los de la mesa : que el 
paso era difícil ; que la canoa de la casa era demasiado peque- 
ña y que la mía no podría llevarse porque se necesitaban cua- 
tro remeros para manejarla. 

Roux no aguardó á que el tiempo mejorase. Conocía mi 
situación apremiante y para salvarme de ella salió con la pe- 
queña canoa en medio de las más furiosas marejadas. 



Dia 5 de Agosto, 

Aja una de la mañana llegó por fin el vapor con los buques 
remolcados. 

El estado de los animales era lastimoso, por más que los 
encargados de cuidarlos habían hecho lo posible para atender- 
los con esmero. 

Tello me llamó aparte y me dijo que sabía que todos los 
operarios del Apa estaban resueltos á marcharse al regreso 

4 



5 o JUAN DE COMINGES. 



del vapor « Anita » y que por tanto era posible que se hiciesen 
promesas seductoras á los que componían el personal de la 
expedición, como á él se las habían hecho, para que se que- 
dase en la colonia. 

Con esta noticia no dejé bajar á tierra sino á los que fueron 
necesarios para ayudar á cargar leña para el vapor, pues que 
los peones sublevados ninguno quería trabajar. 

Apurado por la necesidad de llegar á tiempo á la cita con 
Minchín y por desembarcar pronto unos animales que tan ho- 
rriblemente sufrían, pedí al señor Grillé que descargase los su- 
yos para continuar mi viaje en la madrugada, á lo que no 
quiso acceder á pesar de la claridad de la luna, poniéndome por 
pretexto la falta de peones. No debía ser ésta la causa, porque 
habiéndole yo ofrecido los míos, para este servicio, me respon- 
dió que no era la operación de descargarse animales como 
para hacerse de noche. 

El señor Roux regresó de su expedición á la toldería sin 
haber encontrado á los indios. Durmió dos horas y salió de 
nuevo en su busca en mi canoa y acompañado por Tello y 
dos peones de los míos, que también conocían á los indios. 
Estos peones son Tiburcio y Santiago. 

Aunque los bueyes del Apa, se han concluido de desem- 
barcar á las 8 de la mañana, no hemos podido seguir camino 
hasta las 4 de la tarde, por haber esperado el regreso del 
señor Roux, quien por fin vino sin encontrar á los indios. 

Gran contratiempo es éste para la expedición y para la em- 
presa. Hubiéramos podido tornar nuestro peligroso viaje en 
una marcha triunfal, recomendados de toldería en toldería por 
indios amigos y confiados; pero una infame calumnia, proba- 
blemente concebida por una persona decente, ha empezado ya 
á hacer sospechosos nuestros generosos intentos, ha alarmado 
á la crédula indiada y quién sabe si su retraimiento ó su hos- 
tilidad serán motivo de grandes desastres. 

No perdonaré nunca al que tantos perjuicios ha producido 
á la causa de la civilización. 



EXPLORACIONES. 5 1 



Saludados por las gentes de la colonia Apa y por el cañón 
de la «Gibraltar» y llevando el patacho amarrado á estribor, 
hemos continuado la marcha á las 4 de la tarde y con toda la 
gente muy contenta. 

Nos acompañan el ingeniero De Amicis y el director del 
Apa, D. Carlos Roux. 

No hay cómo agradecer á este último señor los buenos ser- 
vicios que ha prestado á la empresa. Para esto era preciso 
haber visto el viaje que hizo ayer y el que ha hecho hoy, bajo 
un temporal muy fuerte, en una débil canoa, remando todo el 
día, con viento de proa, mojado hasta los huesos y sin comer, 
sólo por una complacencia desinteresada á la que le anima, sin 
duda, la secreta intuición del bien que vamos á hacer á los in- 
felices indios. 

Un solo rasgo completará el retrato moral de este caballero, 
á quien los indígenas llaman cacique Carapé, 

Las vicisitudes por que ha pasado esta colonia han acabado 
por fin su inquebrantable paciencia, colmándose con ciertas 
cosas que ocurren en la actualidad y que, amenazando su in- 
mediata ruina, le han decidido á dimitir el puesto que desem- 
peña. 

El día que tomó esta resolución se la comunicó á los caci- 
ques, quienes derramaron abundantes lágrimas. 

Quédame aún una esperanza de deshacer el enredo; por 
más que la desaparición de los indios fronterizos del Apa, y 
las repetidas hogueras que hemos visto, durante la noche an- 
terior, son señales evidentes de gran alarma entre elJos. 

Esta esperanza consiste en que encontremos algunos indí- 
genas sobre la costa del Chaco, que serán precisamente cono- 
cidos del señor Roux, en cuyo caso parará el vapor. 

El señor Rcmx nos acompaña expresamente por el deseo de 
convencerlos á que nos acompañen, si llegasen á presentarse 
sobre la costa. 

No puedo menos de sentir una nueva sospecha, que puede 
dar la clave que justifique el retraimiento de los indios. 



í ' ' 



52 JUAN DE COMINGES. 



¿Qué será de Minchín? Su gente no era muy útil para el 
manejo de las muías, era poca y aún de ésta unos desertaron 
de su puesto, otros enfermaron y otros tuvo que mandarlos á 
Curumbá, por causa de los equipajes. 

¿Qué será de Minchín? 

jNo habrán hecho con él los chamacocos algo que les dé 
motivo para alarmarse con mi llegada? Allá veremos. De todos 
modos cumpliré con mi deber y estoy más tranquilo, porque 
los animales han mejorado y el espíritu de la gente parece 
bueno. 

A las 8 de la noche he divisado varios fogones sobre la ri- 
bera occidental frente á Confluencia; pero no hemos podido 
ponernos en comunicación con los indios por la mucha mare- 
jada y porque la oscuridad de la noche nos impidió reconocer 
quiénes y cuántos eran. 

Pensamos parar en la estancia de Mayero para comprar 
bueyes ó vacas. 

El señor De Amicis, que nos acompañaba con el principal 
objeto de mostrarnos desde lo alto de un cerro un rumbo para 
las Salinas, no ha podido prestarnos este servicio, porque ha- 
biendo tenido lugar demasiado tarde nuestra salida del Apa, 
nos sorprendió la noche antes de llegar al cerro deseado. 

A las diez de la noche hemos llegado á la estancia de Ma- 
yero, donde hay un señor brasilero llamado D. Juan Canavaro, 
que es el encargado y tiene cierta autoridad entre los indios 
mbayás que allí están establecidos. 

Aunque el fuerte Olimpo dista poco de este punto, como no 
era hora para desembarcar los efectos, decidí fondear aquí, á 
fin de comprar algunos animales y algunos cueros, y sobre 
todo, con el objeto de ponerme en relación con los indios para 
ver si conseguía algunos que se decidieran á acompañarme 
por el Chaco. 

Pocos momentos antes de llegar á esta toldería, entregué 
las armas y las municiones á todos los expedicionarios, encar- 
gándoles que no impidiesen á los indios el subir á bordo, si lo 



EXPLORACIONES. 53 



pretendían, pero que estuviesen sobre aviso sin manifestarles 
desconñanza. 

Apenas sonó el pito del vapor, nos asaltaron multitud de 
canoas, cargadas de hombres, mujeres y niños, que traían aba- 
nicos, pájaros, pesca, cueros, gallinas, cabezas de ciervo y 
otras chucherías para cambiar por caña, galleta, velas, platos 
ó yerba paraguaya. 

Noto con cierta extrañeza que todos los indios saludan afec- 
tuosamente á uno de los soldados expedicionarios que se llama 
Albino, y hasta me apercibo de que uno de ellos le habla en 
buen portugués y le dice que su reloj y sus documentos los 
tiene muy bien guardados y á su disposición. 

Extraño mucho que Albino, sabiendo el interés que yo tenía 
en relacionarme con los indios, no me hubiese dado cuenta de 
las estrechas relaciones que él mantenía con ellos. 

Bajé á tierra, con el doctor, el ingeniero, el director y el 
peón Albino; pero, desgraciadamente, la multitud de canoas 
que nos rodeaban y la oscuridad de la noche dio lugar á que 
el doctor sufriese un golpe terrible en la mano derecha aplas- 
tándole completamente un dedo. 

Es valiente y no quería regresar á bordo; pero cuando 
aproximé el farol y vimos la falanje despedazada, retrocedimos 
al vapor inmediatamente donde se le prestaron los auxilios 
necesarios. 

Después de curar al doctor, volvimos á tierra acompañados 
del encargado de la estancia, D. Juan Canavaro, quien parece 
tener autoridad y prestigio entre los indios. 

Compónese esta aldea de una plaza cuadrada, que tendrá la 
superficie de una hectárea. Tres de sus frentes son grandes 
cobertizos ó galpones de palma, divididos en tintos departa- 
mentos como familias hay en la toldería : advirtiendo que cada 
familia es por lo regular muy numerosa. 

La casa de Canavaro, que vive con su esposa, una cuñada y 
una hija mocita, está inmediatamente sobre la barranca del río 
y cierra el cuarto lado del cuadrado que constituye el pueblo. 






I .' 



54 



JUAN DE COMINGES. 



Entramos en su casa y tras de nosotros, una muchedumbre 
de indios de todos sexos y edades, trajes y tipos. Unos, desnu- 
dos completamente, pero muy bien pintados con figuras circu- 
lares y concéntricas; otros, con un pequeño trapo rodeado á 
la cintura; otros, con casacones desechados por los soldados 
brasileros; otros, vestidos con buenas bombachas, camisas ge- 
novesas y sombreros de paja. 

Las mujeres demasiado desenvueltas y provocativas, con el 
beneplácito de sus maridos, se acercaban á nosotros con dema- 
siada confianza, á excepción de algunas jóvenes paraguayas 
que, habiendo sido cautivadas por los indios, en tiempo de la 
guerra, vestían con más pudor y conservaban costumbres más 
honestas. 

El encargado de la estancia, después de hacernos sentar, 
nos presentó á otro señor brasilero, encargado de otra estancia, 
que el mismo Mayero mantiene á cierta distancia de ésta, y 
también hizo la presentación del capitán Neuille, hombre grave 
é imperturbable, á quien los brasileros no quieren de modo 
alguno denominar cacique. De prevención llevaba yo un fi-asco 
de ginebra y una copa de cristal con la que se sirvió á todos 
hasta donde alcanzó, pudiendo notar que hubiera habido poco 
licor aunque hubiese llevado conmigo media pipa. Tales la avi- 
dez de los indios por los espíritus. Del mismo modo, repartí un 
centenar de cigarros, dándose el caso de que hasta las mujeres 
me presentaban á sus niños de pechos, haciéndome señas de que 
también fumaban. 

Después de contar á la concurrencia, con muchos detalles, 
el objeto que me proponía y de saber por el encargado la nece- 
sidad en que todos estaban por falta de comestibles, salimos 
á visitar la toldería, acompañados por Neuille, quien nos pre- 
sentó en el departamento de cada una de las familias, que nos 
recibieron con el mayor agasajo, aunque muchas estaban ya 
durmiendo. Por fin, llegamos al departamento del capitán, que 
nos mostró á su numerosa familia y con especialidad á una ni- 
ñita que dormía bajo un mosquitero de color de rosa. A esta 



EXPLORACIONES. 55 



criatura, que era verdaderamente hermosa, yo la coloqué un 
collar queme agradecieron mucho sus padres. 

Poco después de media noche nos retiramos á bordo, que- 
dando en volver á tierra á la madrugada. 

Por más que yo advertí á todos los expedicionarios y particu- 
larmente al administrador, que no se tomaran ninguna liber- 
tad con las indias, tuve el disgusto de saber que no se había te- 
nido mucho respeto á mi mandato, lo que censuré duramente, 
manifestando al administrador en particular que si uo hacía 
propósito de corregirse en lo sucesivo, me vería en el caso de 
mandarle á la Asunción, antes de que nos comprometiese con 
sus desórdenes. 



ñeros. 



JJza 6 de Agosto, 

A las seis de la mañana salté á tierra con el doctor, con el 
director y con Albino, encargando nuevamente al administrador 
que nadie saliera del buque para evitar escándalos, que irre- 
misiblemente ocurrirían. Mi objeto era comprar vacas y pro- 
curarme guías. He comprado un buey; pero como tienen que 
ir lejos á buscarle y yo no puedo esperar, he dispuesto que se 
quede la lancha de á bordo y el peón Albino para que me lo 
lleven carneado al fuerte Olimpo. En cuanto á guías, nada 
puedo esperar, á causa de que si bien en otro tiempo existían 
grandes relaciones entre los indios de ambas costas, en la ac- 
tualidad son enemigos mortales. Los mbayás no pasarán al 
Chaco nunca sino en grandes grupos y bien armados, para ex- 
terminar á sus vecinos, de quienes cuentan las mayores trai- 
ciones. El capitán Neuille me dice que habiendo sido invitados 
los suyos por los chamacocos, para asistir á una fiesta en la 
que se trataba de reanudar las relaciones, y habiendo aceptado 
sin malicia el convite, pasaron al lado opuesto, donde fueron 
sacrificados en gran número, quedándole allí dos hijos prisio- 



56 JUAN DE COMINGES. 



Como yo le pregunto el nombre de estos hijos, con objeto 
de procurar rescatarlos, él me dice para interesarme más, que 
si tal logro me lo agradecerá eternamente y me regalará uno 
de ellos. 

Los mbayás tienen cautivos muchos indios de las tribus con 
quienes viven en guerra, pero suelen no tratarlos mal, aún 
cuando algunas veces sacrifiquen alguno. 

No quiso, pues, el capitán Neuille concederme ninguno de 
los suyos para guiarme en el desierto, á pesar de que mis ofre- 
cimientos debieron seducirle. 

Notando que á la puerta de todas las casas había carretas 
y bueyes ensillados, pregunté al seftor Canavaro qué signifi- 
caba aquello, quien me dijo que los indios habían resuelto la 
noche anterior el internarse á los montes para ocuparse unos 
días en construir canoas. 

Desde la guerra del Paraguay, el Brasil ha estrechado mu- 
cho sus relaciones con los indios mbayás, quienes atraídos por 
regalos que reciben de las autoridades del Imperio, hacen cons- 
tantes viajes á las plazas de Corumbá, Coimbra y Alburque- 
que, donde cambalachan sus chucherías, por pólvora, telas, 
cuchillos y otras cosas, y donde se les engaña y se les atrae 
dándoles fusiles antiguos, uniformes de desecho y diplomas 
de oficiales del ejército imperial. 

ínterin estaba entregando al señor Canavaro, encargado de 
la estancia, ciertos comestibles, que absolutamente precisaba, 
algunos expedicionarios bajaron á tierra contraviniendo mis 
órdenes; y habiéndoles hecho regresar á bordo inmediata- 
mente, donde les esperaba un castigo, se disculparon con que 
el doctor les había autorizado, lo que no quise aclarar por te- 
mor de que resultase verdad lo que me interesaba tomar por 
un pretexto. 

El doctor, á pesar del mal estado de su salud, se había ocu- 
pado en visitar todos los enfermos de la aldea, que no eran 
pocos, en darles medicinas y en marcarles el plan curativo, 
con lo que quedaron verdaderamente agradecidos. 



EXPLORACIONES. 57 



Á las 8 y 30 a. m., y después de una despedida cariñosa 
con todos los habitantes de la aldea, en la que les manifesté 
que hasta el día 1 1 estaría en el fuerte Olimpo, por si querían 
visitarme, zarpamos en esta dirección, donde llegamos al 
poco rato y atracamos á una barranca situada poco más de un 
kilómetro al Norte de la fortaleza, no haciéndolo directamente 
al pié de ésta, por la circunstancia de no haber puerto. 

Acto continuo saltamos en tierra todos los expedicionarios 
annados y Cí^n la bandera á la cabeza, y asimismo los seño- 
res que nos acompañaron y los capitanes y tripulantes del 
vapor -y del patacho, quienes formando un círculo en torno de 
la bandera que acababa de plantar en tierra, presenciaron con 
el mayor respeto y compostura, el acto de toma de posesión, 
firmando después el acta, que es como sigue: 



Copia del acta de la toma de posesión del fuerte Olimpo 

EN NDMBRE DE LA EMPRESA BraVO. 

Yo, Juan de Cominges y Prat, español, de profesión inge- 
niero agrónomo, jefe de la expedición exploradora al Oriente 
de Bolívia, y usando de los derechos que á esta empresa ha 
concedido el Gobierno y el Cuerpo Legislativo del Paraguay, 
tomo solemne posesión del fuerte Olimpo y de toda la exten- 
sión que media entre las fronteras Sud y Oeste del Paraguay 
y el paralelo que pasa 20 leguas más abajo de Bahía Negra 
y en presencia de los testigos que firman abajo, clavo en tierra 
la blanca insignia de la empresa, símbolo de la paz que repre- 
senta la verdadera civilización, tal cual pueden concebirla los 
más fervorosos cristianos y los más puros demócratas del XIX 
siglo. ' 

Que el Dios de las alturas ayude nuestros esfuerzos que, 
aunque débiles, tienden únicamente á favorecer los más altos 
intereses de la humanidad, sacando de la barbarie á las tribus 
salvajes que pueblan este desierto, abriendo ancha puerta á 



58 JUAN DE COMINGES. 



los hijos desheredados de todas las naciones de la tierra y 
rompiendo las únicas murallas que impedían la expansión na- 
tural de un pueblo grande, noble, rico y generoso. 

Fuerte Olimpo, 6 de Agosto de 1879. 

Juan de Cominges. — Manuel Copello, capitán del vapor 
« Anita» "Liberato De AmiciSy ingeniero geólogo — Silvio An- 
dreuzzi, médico — José Nuñell — A, Roux^ director de la QíAo- 
nia, ApB,— Jioóerl A. Ceily, i *'"• engeneer, S. S. Anita — Julio 
MagallaaeSy patrón del patacho « María > — Luígi Siri, nostra- 
mo del «Anita» — Aqui GiacÍ7iti, marinero del «Anita» — En- 
rique Pagani — José ZolesijVñ^y oxáovcio del «Anita» — Agustín 
Estigarribia — Francisco Almeida — Isidoro Tello — Doroteo 
Medifia — Jenaro Estigarribia — Salvador Martínez — Vicente 
Ruiz — José Cuevas — Trifón Gómez — Tiburcio Gómez — San- 
tiago Gauna — Julián Barros — José Gómez- Pedro Maidana 
— Estanislao Centurión — Eustaquio Saavedra — Pedro Cabral 
— José Piris — Jfoaquin Pedro — Juan Fer reirá — Albino 
Viera. 



Día 12 de Agosto, 

A las 2 a. m. regresó Ferreira acompañado de los dos boli- 
vianos, que se fueron inmediatamente. 

A las 8 a. m. salió la vanguardia al mando del administrador 
que lleva la brújula y el cargo de tirar y separar del camino, 
que es al rumbo de N. 66« 25' al O., las palmas que pueden 
estorbar para el paso del carro. Va muy advertido de las condi- 
ciones que debe tener el lugar que elija para campamento, la 
distancia que tiene que recorrer, si el camino y el tiempo lo 
permiten, y la conducta que debe observar con los indios que 
puedan presentarse. 



EXPLORACIONES. 59 



Le hago salir temprano para que tengan tiempo suficiente 
de ir desembarazando el camino, mientras llegan las cargas. 

Llevan dos caballos y una muía con víveres, utensilios de 
campamento, herramientas, etc. 

A las 9 a. m. sale el carro, con dos carreros y la sección del 
sargento Almeida. 

Las muías son muy ariscas, pues á pesar de que todos los 
días se han ensillado algunas y de que Pagani, las entiende bien 
y tiene paciencia con ellas, no quieren soportar la carga; así es 
que algunas se han roto los cascos y casi todas han arrojado 
por diferentes veces la carga , mordiendo , manoteando y ti- 
rando coces á cuantos se acercan. Han roto algunos efectos y 
principalmente los sillones de carga; pero como son i6, esco- 
gemos las mejores y así es que sólo á las 3 p. m. logro tener 
siete cargadas, y con el resto de la tropilla y suficientes mu- 
leros, los mando con el doctor por la huella. 

Una de estas muías, antes de haber caminado 400 metros 
arrojó su carga, despedazando todos los arreos; por lo que 
muía y mulero regresaron al fuerte, dejando abandonados los 
efeitos por el camino, porque ya era noche. 

Nos quedaba un resto de provisiones que tenían que llevarse 
con .1 carro en un segundo viaje, pero como éste, aunque ca- 
minara toda la noche, no podría regresar sino á la madrugada, 
fué necesario meter los víveres en el rancho para librarlos de 
la tormenta que amenazaba, pues ya no teníamos cueros ni car- 
pas con que taparlos. 

No quedaban conmigo, en el fuerte, más que Tello y Pagani 
y nos ocupamos en la anterior operación, en acabar de techar 
el rancho y en improvisar una puerta para defendernos en caso 
de algún ataque de los mbayás. 

Afortunadamente, á las 8 p. m. y en medio de la oscuridad 
más completa, regresó el carro con los dos conductores. Dimos 
de comer á los bueyes abundantemente y nos acostamos en el 
rancho, manteniendo un centinela que se relevaba cada hora. 

El doctor, el administrador y la demás gente, llegaron al pri- 



6o JUAN DE COMINGES. 



mer campamento distante tres leguas, á cuyo lugar, por ser el 
primero, aunque no muy apropósito para acampar, le pusimos 
el nombre de campamento Brabo. 

El camino ha sido fácil y sin agua que pasar, ni muchas 
palmas que tirar á tierra, y dicen los conductores del carro, que 
José Gómez, apenas se enteró del rumbo, por la dirección de 
la brújula, se fué adelante con más seguridad y exactitud que 
el mismo que llevaba el instrumento. 

Los peones de la vanguardia siguen á los rumberos y ade- 
más de tirar las plantas que impiden el paso, van marcando 
con los machetes las palmas que hay sobre ambos lados del 
camino, para que en todo tiempo quede señalada nuestra 
huella y puedan ir los que quieran, siguiendo el mismo camino. 



Día 75 de Agosto, 

Á las 5 a. m. se toca diana y empieza la gente á tomar el 
mate y la galleta. 

He preparado las secciones de vanguardia y para evitar que 
el carro tenga que hacer dobles viajes, he dispuesto que el car- 
pintero Julián Barros construya rastras para conducir en ellas 
parte de los regalos que traigo para los indios ; pues de otro 
modo preveo que tendré que dejarlos por el camino, porque 
son muy pesados. 

He nombrado pastores permanentes que tengan la respon- 
sabilidad de los animales que se pierdan, y he destinado una 
muía para que acompañe á la vanguardia, cargada con algunos 
víveres y las herramientas necesarias. 

Dejo en el «Paso Nuñél » la sección de Pagani y la de Es- 
tigarribia, ocupadas en secar los equipajes mojados, en char- 
quear el animal que se mató ayer y estaquear su cuero, en 
construir rastras, en recoser bolsas, en engrasar arneses, en 



EXPLORACIONES. 6 1 



componer el carro, y salgo con ios demás abriendo camino por 
el rumbo. El doctor y el secretario quedan también en el cam- 
pamento, encargando á este último que se ocupe en copiar 
mi Libro Diario, y al primero que al amanecer de mañana, se 
ponga en marcha, si antes no tiene contraorden. 

A las 8 a. m. empezamos nuestro trabajo por un palmar 
muy espeso, si bien con el piso limpio de malezas á causa del 
incendio del dia anterior. Desgraciadamente, todavía ardían 
las innumerables palmas que se encuentran siempre tendidas 
en tierra y esto nos envolvía en una nube de humo. 

Á las II habíamos andado una legua y nos encontramos, 
con un extensísimo bañado, que por no tener plantas acuáticas 
en el centro, demostraba ser de mucha profundidad. Era tan 
ancho que no podía cruzarse en línea recta, ni prometía po- 
derse costear por el S. E., porque se extendía en todas direc- 
ciones por ese lado; me resolví, pues, á caminar por su orilla 
en dirección Norte y al poco rato me apercibí que formaba 
como un arco de círculo casi completo, pues luego de haber 
caminado otra legua me encontré al lado opuesto sobre mi 
mismo rumbo. 

Mucho gustaba á mis gentes el caminar á la orilla de las la- 
gunas, porque en estos lugares hay siempre una faja de terre- 
no libre de vegetación arbórea, por la que se camina sin más 
trabajo que el de separar las palmas secas que han caído ha- 
cia ese lado y que estorban para el camino de la carreta. 

Caminando por este rumbo noté huellas humanas como de 
una mujer ó de un muchacho de mediana edad; pero Tello 
me hizo notar que los indios huanás que él había visto en la 
colonia Apa, aunque muy buenos mozos, todos tienen un pié 
muy diminuto. 

Un poco más adelante vimos palmas cortadas con canche- 
ro, que es un hacha pequeñita, que siempre llevan consigo 
los indios. En este lugar las huellas eran infinitas, y el corte 
de las palmas muy reciente, sin que se pudiera precisar el 
tiempo que había trascurrido desde que los indios habían es- 



62 JUAN DE COMINGES. 



tado allí, pues que el fuego había ennegrecido y cauterizado 
los cortes. 

Los indios tienen la costumbre de derribar las palmas para 
comer la parte más tierna de su cogollo, que aunque poco 
nutritiva y algo indigesta, es una comida agradable, y que á 
falta de otra, puede sostener la vida durante algún tiempo. 

Por regla general, los indios cortan las palmas á 70 centí- 
metros del suelo, pero como encontramos dos muy juntas cu- 
yo corte lo habían dado como á la altura de un hombre, com- 
prendí que esto debía ser una señal, y lo era en efecto, por- 
que allí mismo los camalotes de la orilla estaban arrancados 
á tirones. Era indudablemente el punto donde los indios atra- 
can sus canoas cuando vienen á sus correrías. 

Cuando volvimos á encontrarnos de nuevo sobre nuestra lí- 
nea, calculé aproximadamente en media legua la longitud de la 
cuerda, cuyo arco acabábamos de recorrer. 

En este lugar volvimos á comenzar á derribar palmas y á 
señalar, como siempre, casi todas las que quedan á ambos 
costados del camino, y después de caminar otra legua en esta 
forma, dimos otra vez con el mismo pantano, descubriendo al 
S. E. y al S. un horizonte sin límites todo cubierto de agua. 

Igual que antes lo costeamos también en curva al N., y á 
los cinco cuartos de legua, volvimos á encontramos otra vez 
sobre nuestro rumbo, calculando igualmente en media legua la 
cuerda de este arco. 

En este lugar forma el lago un ángulo muy agudo con el 
vértice al O., y aquí acampamos á la 1 p. m. en medio de una 
pradera circular muy deliciosa, donde por el desarrollo del pas- 
to, calculé que haría 8 dias que los indios la habían dado 
fuego. 

A este lugar se le puso el nombre de «Constancia», en 
recuerdo de una interesante señorita, hija del empresario 
Brabo. 

Aquí nos alcanzó el carro ; cortamos algunas cabezas de 
palmas para dar de comer á los animales, pues no había otro 



EXPLORACIONES. 63 



pasto, ni siquiera se habían salvado los camalotes, y descan- 
samos y comimos en media hora. 

El fuego, que, desde la colonia Apa, desde el río y desde 
el fuerte Olimpo, hemos visto constantemente en esta direc- 
ción, unido á las señales que en este momento tengo ante 
mis ojos, me corroboran en la idea de que hemos sido misera- 
blemente vendidos por la gente del Apa, y que los indios nos 
cierran el paso quemando los pastizales ante nosotros. 

No importaría esto mucho, si hubiese camalotes, pero en 
caso contrario, preveo que con hojas de palma no sostendre- 
mos las muías ni los bueyes. 

Á la I y 30 p. m. continuamos la marcha; pero á la media 
legua salimos á una abra verdaderamente pintoresca, pues á 
la derecha y á la izquierda de nuestra ruta, no se descubría 
otra cosa que un lago sin límites cubiertos de millones de aves 
acuáticas de infinitas clases y colores, por cuyas orillas se pa- 
seaban perezosos carpinchos en fraternal consorcio con lobos, 
sucurís y cocodrilos. 

A nuestro frente, como á una legua de distancia, se veía 
por primera vez un bosque de vegetales dicotiledóneos, que 
contrastaba por su belleza con la triste monotonía de los pal- 
mares. 

Aquello era el paraíso y «r Paraíso» se llamará siempre ; pero 
¿ serían los expedicionarios dignos de penetrar en él ? 

Por su valor, su fuerza y su entusiasmo todos eran dignos ; 
pero ¿ quién vence los grandes obstáculos que opone á veces 
la Naturaleza .í^ 

Como yo montaba el mejor animal quise tantear el fondo 
del lago y á pocos pasos nadó mi caballo. Nadé yo también 
retrocediendo ; pero pronto el caballo se enredó en la totora y 
con los esfuerzos que hizo para desprenderse se clavó en el 
cieno ; lo mismo me sucedió á mí, pero gracias á unos cueros, 
unos lazos y unos puñados de totora, salimos sin lastimarnos. 

No me detuve en secarme ; tomé las armas que había deja- 
do en la orilla y sin pensar en costear el lago en rumbo Sud, 



64 Jl^AN DE COMINGES. 



porque se veía claramente que él era una parte del que venía- 
mos dejando á la izquierda, desde que caminamos dos leguas, 
después de salir del fuerte Olimpo, me dirigí al Norte con la 
gente y á la media legua me pareció que había encontrado el 
paraje á propósito para entrar en el Paraíso, pues era la parte 
más estrecha y tenía la ventaja de que por nuestro lado el 
agua se había retirado, dejando al descubierto mil metros de 
terreno un poco pantanoso, pero que podía pasarse formando 
un piso de juncos y espadañas, y de que por la parte opuesta 
no había sino quinientos metros de laguna que atravesar, la- 
guna, que por estar llena de plantas acuáticas, denunciaba su 
poca profundidad. 

Como el piso era bastante pantanoso y se hundían los pies 
de los caballos, hasta el punto de no poder acercarse á las ori- 
llas del lago, dispuse que toda la gente se ocupase en cortar 
juncos y espadañas con lo que se formó una senda almohadi- 
llada, por encima de la cual pasamos á pie, llevando los anima- 
les del diestro. 

En el momento de aproximarnos al agua, se desnudó la gente 
y empezó la penosa operación de formar vereda en el pantano, 
arrancando las plantas acuáticas para que no estorbasen el paso 
de los animales. 

Cada uno de los obreros dejó á la orilla del agua su ropa y 
sus armas, y yo quedé con el anteojo subido en un árbol, ob- 
servando la orilla opuesta por si sobre ella aparecían indios, 
hasta que al cabo de una hora de mucho trabajar dejaron 
abierta una trocha suficiente para las necesidades del momento 
y entonces penetré por ella á caballo, sin grandes dificultades, 
aunque el piso era muy blando; pero cuando llegaba como á 
cien metros de la orilla opuesta, espadañas del fondo trabaron 
las manos á mi caballo, que varias veces cayó de pecho y otras 
tantas pude levantarle, hasta que por fin, enredado, empan- 
tanado y fatigado de tanto esfuerzo, cayó sobre el costado de- 
recho, tomándome el pie de este lado, sin que él ni yo pudié- 
ramos hacer otra que sacar la cabeza á flor de agua. 



EXPLORACIONES . 6 5 



Bastante tiempo permanecí en esta postura, porque los peo- 
nes habían pasado en busca de sus armas y sus ropas, y aun- 
que hicieron todo lo posible por acudir á mis voces con pronti- 
tud, se tarda mucho en recorrer cuatrocientos metros con el 
agua á los hombros y el suelo pantanoso. Ya me faltaban las 
fuerzas para continuar en la obligada posición en que tenía que 
mantenerme para no ahogarme, y me afligían mucho los ron- 
quidos del pobre animal, que de vez en cuando sumergía en el 
agua parte de su cabeza. Por fin llegó el auxilio, y gracias á que 
en aquel lugar el bañado no era tan profundo, por su proxi- 
midad á la orilla, pudieron desenredar las manos del caballo, 
alzarle y sacarme de aquella posición desesperada. 

Por fortuna no había fractura ni dislocación, sino una relaja- 
ción propia del peso que había soportado y de los esfuerzos 
que yo había hecho para libertarme, y que fueron tan grandes, 
como grande era el riesgo de morir ahogado, estrangulado por 
alguna serpiente ó devorado por algún cocodrilo. También 
tenía una cortadura cerca del tobillo, producida por un estribo 
que había quedado interpuesto entre mi pierna y el caballo. 

Me pasaron los peones, encendieron gran fuego, me desnudé 
para que secaran mis ropas, me lavé y vendé las heridas, hice 
pasar á la cabeza la carga de las muías de vanguardia, ordené 
que Tello y Joaquín pasaran la noche al lado opuesto con 
grandes fogatas; para que los tigres, de los que había mucha 
huella, no devorasen nuestros animales ; hice que se preparase 
la comida, que se levantasen las tiendas y que se hiciera con 
troncos de palma un pequeño fortín, que nos defendiera en caso 
de ser atacados durante la noche, di un buen trago de caña á 
cada uno de los peones, y mandé acostar á todos, menos á los 
que hacían las centinelas, de los que era yo uno, á pesar de mis 
heridas, y la noche trascurrió sin otra novedad que los gritos 
que daba sin cesar el peón Facundo, en medio de una fiebre 
que le había producido tan furioso delirio, y los ahullidos fre- 
cuentes y cercanos de tigres, leones y yacarés. 

A pesar de las dificultades que nos había presentado la lagu- 

S 



66 JUAN DE COMINGtS. 



na, de las que ofrecería al día siguiente para el paso de nuestra 
gente y nuestros animales, de la enfermedad de Facundo y de 
los grandes dolores de mis heridas, estaba muy satisfecho de 
encontrarme por fin en terreno elevado, fuera de palmares y de 
tacuruces, y rodeado de esa espléndida vegetación, de que no 
pueden formar una idea los que no han visto las selvas tropicales. 

Estábamos á una legua del fuerte Olimpo, y probablemente 
el bañado que teníamos á la espalda sería el último ob táculo 
que teníamos que vencer. Tal vez en adelante podríamos cami- 
nar con más ligereza y acaso saliésemos á campos limpios, que, 
al menos, nos permitiesen ver las señales que nos hiciese Min- 
chín, ya que no nos fuese dado llegar á las Salinas con la pun- 
tualidad apetecida. 

Hice mi centinela sentado, porque no podía hacerlo de otra 
modo, dada la hinchazón del pie. A mi espalda estaba un lago 
que ocupaba hacia el S. O. y l)aciael Norte extensiones desco- 
nocidas, sobre cuyas limpias aguas flotaban, provistas de boyas 
dadas por la Naturaleza, las blancas, azules y rosadas flores de 
las ninfeas, contrastando con el pulimentado verde de sus abro- 
queladas hojas, entre las que sobresalen por su tamaño y brillo 
las de esa deidad de Kin-Garden hallada por Shomburgk en las 
templadas aguas del Berbice, á la que hoy distingue el mundo 
con el nombre de Victoria Regia. 

Numerosas variedades de cisnes, canaós, gansos, zambulli- 
dores, mergos, patos, colimbos, flamencos, ánades, espátulas,, 
mancos, caracoleros, gallinetas, ocas, faetones, fúlicas, javirús, 
camichús, ibis, cigüeñas, grullas, chajás, savacús, garzas y pe- 
lícanos, escondidos entre los tallos de juncos, tifas y ciperos, 
y abrigadas bajo las hojas de las nepenthes, cefalotus, panda- 
nos y aróideas, aguardaban con silenciosa timidez, á la orilla 
del agua, que la aurora viniese á dar fin á las horas angustiosas 
del terror y del peligro, presintiendo, por misterioso instinto, 
las feroces represalias, que los poetas admiran como armonías 
de la Naturaleza y que los naturalistas desdeñan como meta- 
morfosis de la materia. 



EXPLORACIONES. 67 



Sí; estas aves de blancas, rosadas, negras, amarillas, pardas, 
doradas, azules y cenicientas plumas, al parecer tan tímidas é 
inocentes, son las mismas que pasan el día devorando peces, 
moluscos, testudos y hasta los más feroces y venenosos rep- 
tiles. 

Pero llégala noche, y del fondo de este apacible lago, salen 
monstruosas focas y carpinchos, sucuríes de doce metros, y 
enormes cocodrilos, los que después de recorrer la ribera de- 
vorando huevos, aves, nutrias y aperiacios, se devoran entre sí 
y concluyen por ser devorados por el astuto tigre, que vive 
tranquilo y repleto entre los pajonales que bordean las lagunas. 

Sorprende la boa á la lacerta iguana; lánzase la iguana so- 
bre la nutria ; pelea la foca con el carpincho ; acomete el coco- 
drilo á éste y á la foca, y el tigre se regala con el cocodrilo. 

No hay noches silenciosas á la orilla de los lagos del desierto. 
Carreras de la fiera que arrastra su presa entre los pajonales; 
gritos de las aves que se levantan espantadas; bufidos de los 
grandes anfibios que se arrojan al agua; peleas entre los rep- 
tiles y los roedores; ronquidos amorosos de los caimanes; 
cárabos, ñacurutús, mochuelos y lechuzas imponiendo silencio 
con su monótono chitón, y allá, en el fondo del bosque fronte- 
rizo, los dolorosos quejidos del urutaú. Jeremías de la Natura- 
leza, que parece lamentarse de una vida, que es á la vez la 
causa y el efecto de la muerte. 

Una faja de tierra desprovista de vegetación arbórea, y de 
la anchura de sesenta metros, separa el límite de los pajonales 
que rodean el lago, del límite de la selva fronteriza, á cuya 
orilla arden multitud de hogueras, que alumbran la escena, 
ahuyentan las fieras é impiden que podamos ser víctimas de 
una sorpresa por parte de los indios. 

Todos duermen, menos Ferreira que vigila el costado Norte 
del campamento y el infeliz Facundo, á quien la fiebre tiene 
trastornado hasta el punto de creer que está en el agua, esci- 
tando á sus camaradas en el trabajo de arrancar camalotes. 

A las 10 p. m. vino Albino á relevarme y después de 



68 



JUAN DE COMINGES. 



recomendarle que vigilase mucho por el Sud y por el Este^ 
pues las fieras se acercaban más por esa parte, me fui á des- 
cansar á mi carpa, lo que conseguí á duras penas, á causa de 
los dolores de mi pierna. 



Dia 20 de Agosto, 



Se pasó la noche sin novedad, aunque con guardia redo- 
blada, porque hay un tigre siempre cerca de nosotros, que 
trae acobardadas á las muías y á los perros. 

Como no hay cafetera en que calentar agua para tomar 
mate, dispongo que en la olla de hacer el puchero hagan los 
peones café para todos, y después de tomarlo mando á Simeón 
con la muía más cansada, para que la cambie por otra, y trai- 
ga agua y víveres que preciso, sin olvidarse de la hamaca y la 
cafetera, y acto continuo salimos á continuar la senda en la 
misma forma que el día anterior. 

Nadie habla una sola palabra. El cabo Gómez y Doroteo van 
delante cortando á machete la multitud de lianas que enmara- 
ñan el camino é impiden el manejo de las hachas. Estas lianas 
ó trepadoras son innumerables y están entretejidas como una 
telaraña. Muchas son pasifloras, otras rosáceas, otras orquí- 
deas, otras soláneas, otras clemátides, etc. ; etc. ; pero por lo 
general son unas aróideas sem i-parásitas, que crian grandes 
tubérculos sobre las ramas de los más altos árboles, despren- 
diendo desde allí raíces aéreas, tan flexibles y tan resistentes, 
que podrían servir, y con efecto sirven, para cuerda. A estos 
hilos los llaman sipo los guaranís y sacha-huasca ( casi-soga ) 
los peruanos. Dice Gutiérrez el boliviano, que esta planta es 
venenosa si se come cruda, pero que en su país, se le hace 
perder su astringencia, cociéndola. 

Detrás de éstos van el cabo Cuevas y Santiago, cortando 



EXPLORACIONES. 69 



las ramas que caen sobre el camino y que estorban por ocultar 
los troncos que han de cortarse con el hacha. 

Vienen después dos hombres con grandes horquillas sepa- 
rando á derecha é izquierda de la trocha cuanto han derribado 
los que van por delante y las opuntías, mamilarias y cereus 
que alfombran el suelo y trepan por las ramas. Todos esta- 
mos heridos con las enconosas espinas de estas plantas, sobre 
todo yo, que he tenido que atar el caballo á la cola de la muía 
de vanguardia, por no poder conducirlo con la mano que me 
deja libre la brújula, á consecuencia de no haber podido sa- 
carme una de estas espinas y tener la mano hinchada. Facundo 
también tiene los pies ensangrentados. 

Detrás de los que manejan las horquillas voy yo, para que 
no se pierda el rumbo, á pesar de que es fácil con sólo mirar 
atrás. 

A continuación vienen nueve hombres con hachas cortando 
los árboles que pueden impedir el paso á una muía cargada, y 
llevan la precaución de dar el corte de modo que la caída sea 
sobre los costados y no sobre el camino. 

Además de los cactus que revisten el suelo, hay otra planta 
también espinosa de la familia de las bromelias, que se llama 
caraguatá^ la que por formar en cierto modo un gran cáliz con 
sus hojas envainadoras por abajo, y rígidas y acanaladas, suele 
conservar el agua de la lluvia durante meses enteros. Hoy por 
desdicha no tienen ni una gota, porque hace mucho tiempo 
que no llueve, y sólo encierran en su interior los restos de 
multitud de abejas y otros insectos que allí murieron desalen- 
tados y sedientos. 

Hay muchas especies de esta planta, casi todas parásitas, 
pero la más notable es la que produce un hilo, preferible al cá- 
ñamo para las jarcias y demás cuerdas que han de estar ex- 
puestas á la humedad. 

Sobre la copa y el tronco de los árboles hay una variedad tan 
infinita de parásitos, que serían objeto de un largo estudio, si 
se les sorprendiese en el período de su florescencia ; y baste 



7 o JUAN DE COMINGES. 



decir que aún prescindiendo de los datos que suministre la 
flor, he contado más de cien géneros diferentes de orquídeas 
sin exceptuar la vainilla. Musgos, liqúenes, muérdagos de fila- 
mentos blancos que llegan al suelo; agáricos colosales y fos- 
forescentes de varios colores y duros como la madera, brome - 
lias, aróideas, cariofíleas, crasuláceas y tantas otras, cuya 
familia no he podido determinar á punto fijo, pueblan el 
espacio. 

Hay una salsolácea semi-leñosa que invade todo, la cual 
tiene un tronco muy ramificado desde la base y, aunque grueso 
hasta de 1 5 centímetros, de muy poca consistencia ; sus hojas 
verdes recuerdan por su color y su forma á los del evónimus y 
por su jugosidad á las del sempervivum arbóreum. He tenido 
la curiosidad de quemarlas y dan una potasa más abundante y 
más pura que el jume de Santiago del Estero. Esto puede ser 
objeto de un gran comercio para el Río de la Plata, donde se 
consume tanto jabón. 

En cuanto á los árboles principales que forman estos bos- 
ques no hay mucha variedad; hay algarrobo blanco, presopi, 
acacia, aroma ó tusca; acacia procox ó garabato, molle espi- 
noso ó molle negro, porlieria higrométrica ó guayacán, 
loxopteryngium lorentzii ó quebracho colorado ; celtis ó tala, 
eriodendrón, samauama, ó sunchal, palo borracho ó samahú, 
tecoma guaraniensis ó lapacho, tamarindus guaraniensis ó ibá- 
hay. psidieum ó guayabo. En cuanto al palo santo y el Jaca- 
randa tampoco faltan ejemplares, pero no abundan tanto. 

El terreno del monte, aunque de base arcillosa, es bastante 
fértil por la cantidad de sales que suministra al suelo la frecuente 
quemazón de los pastos y de todos los restos vejetales; pero 
esta circunstancia ha de dar motivo á que las aguas que cir- 
culen próximas á la superficie sean salitrosas. 

Como nuestra ansiedad por encontrar agua es tan grande, 
miramos con atención la dirección que llevan los pocos pájaros 
que se dejan ver, y luego sube el vijía á los árboles más altos, 
pero nada se descubre. 



EXPLORACIONES. 7 I 



No hemos visto más que un hornero; un alonso-garcía, de 
ojos colorados; dos perdices martinetas, dos de las pequeñas 
y dos loros. 

No hay hormigueros ni otra clase de insectos mas que algu- 
nas moscas y multitud de abejas de especies desconocidas, que 
no podemos comprender á donde beben. Apenas hay árbol 
grande que no tenga en su interior algunas arrobas de miel, 
muy blanca, muy líquida, muy agradabl 2 de tomar, pero que 
emborracha. Tengo prohibido ocuparse en sacar miel, porque 
no se pierda el tiempo ni se aumente la sed. Los guaranís 
reconocen la existencia de la colmena, aplicando la oreja a los 
troncos : el zumbido del enjambre lo denuncia. 

El calor de este día es insoportable, así es que la gente ne- 
cesita llenar de agua la cantimplora á cada instante. El trabajo 
y el calor en este clima produce el fenómeno de que cada hom- 
bre consume una arroba de agua al día. Hoy encontramos 
una gran tortuga viva. Hay también abu idancia de unos cara- 
coles de 8 centímetros, blancos y con la boquilla rosada. 

Hemos recibido auxilios del campamento á las 12 del día y 
á las 4 p. m. lo que me tiene contento. 

El último atalaya anuncia que se ve palmar, como á la media 
legua por N. 

Al acabar el día habíamos adelantado legua y media. 

No se puede pedir más, pues todos hacen lo que pueden 
por salir de esta picada, donde el calor nos abrasa, donde 
falta el aire á los pulmones, donde todos están lastimados con 
las espinas y donde hasta los perros nos han abandonado. 

Hoy era el día de haber llegado á las Salinas á reunirse con 
\\ gente de Minchín. 

Es posible que los genios burocráticos, que todo lo arreglan 
desde su retrete y que no pueden salir á la calle sin sombrilla, 
me pidan algún día cuenta de esta tardanza; á mí, que daría 
la mitad de la vida por coronar la empresa. Pero Brabo me 
conoce y me cree, y si duda, oiga el informe de cualquiera de 
los mártires que me acompañan. 



72 JUAN DE COMINGES. 



Esta es la justicia humana. Aquí se califíca de temerario y 
en otra parte, al no ver mis señales, tal vez se me califique de 
cobarde ; pero el tiempo demostrará que no soy lo uno ni lo 
otro. 

Este es el segundo campamento de la picada Grande. 



Día j de Setiembre, 

Favorecido por la luna y como una hora antes del día, salí 
con la vanguardia haciendo camino; pero éste es muy difícil, 
pues como, para evitar tantas revueltas, suelo cortar por la 
cuerda las puntas de monte que lo permiten, tengo que tirar 
á tierra muchas plantas. 

Siendo ya las doce del día y estando la vanguardia muy 
cansada por causa de los infinitos árboles que había cortado y 
separado del camino, á pesar de no haber caminado en linea 
recta al O. sino dos y media leguas, hice alto en un lugar 
donde desde la costa opuesta viene una cintura de palmas que 
llega hasta noventa metros de nosotros. 

Tello, que había salido adelante explorando la costa de este 
bañado, dice que ha caminado tres leguas al O. y que como á 
esa altura ya tiene poca agua y estrecha mucho, sospecha que 
el monte que tenemos al lado opuesto es el mismo en cuya 
orilla nos encontramos. Yo pienso lo mismo, y como no me 
es agradable caminar cuatro ó cinco días para venir luego á 
encontrarme poco más ó menos en el mismo punto, falto á lo 
que en mi interior tenía resuelto de no cruzar arroyo ni aban- 
donar la costa del monte, pero lo hago obligado por las 
circunstancias, pues tengo muchos enfermos; la estación de las 
lluvias se acerca ; escasean las provisiones y los hombres y los 
animales están rendidos. Esto no es decir que yo desista de 
costear el Monte grande; pero el Monte grande es sin duda el 



EXPLORACIONES. 73 



que tengo enfrente y voy á cruzar estos setenta metros de 
laguna que me separan de la lengua de tierra que puede con- 
ducirme al otro lado, donde con la economía de algunos días 
seguiré costeándole. 

El lago es pantanoso y tiene más de dos metros de agua, 
por lo que no puede atravesarse sin puente. 

Come, pues, la gente, y al llegar la noche, ya tengo con- 
cluido un puente de noventa metros de largo y tres de ancho, 
compuesto con nuevecientas palmas, y por el que podrían 
pasar los trenes de un ejército. 

Para construir estos puentes semi-flotantes en el Chaco, se 
empieza por cortar y descabezar las palmas que se consideren 
necesarias. Hecho esto se colocan unas cuantas de estas 
cabezas sobre la linea dentro del agua y á la distancia de ocho 
metros para formar el primer pilar, y del mismo modo se cola- 
can otras pocas en la parte fangosa de la orilla para que : sirvan 
de estribo. Entonces desde el estribo al pilar se tienden- pal- 
mas, que suelen tener de diez á doce metros, y atravesados 
sobre éstas, trozos de palma cortados á la medida de la an- 
chura que se quiera dar al puente. Una vez formado el primer 
tramo, se pasan sobre él tanto los cogollos que han de formar 
el segundo pilar como las palmas que se precisen para la 
construcción del segundo tramo, y así se continúa hasta alcanzar 
la orilla opuesta. 

Concluido el puente, es preciso cubrir el piso de pajas ó 
camalotes, tanto para que los animales no se asusten, como 
para evitar que metan los pies entre los espacios que suelen 
resultar á causa de las tortuosidades ó curvas de los rollizos 
con que se forma el piso. 

Tengo la satisfacción de haber hecho comer al dpctor un 
poco de arroz con pato; pero esto no puedo conseguirlo de 
otro modo sino siendo yo mismo el cocinero. 

Cuando Tello andaba esta tarde en exploración á pie, por 
la costa opuesta, le han acometido un centenar de jabalíes, te- 
niendo que trepar á un árbol para salvarse . Cuando llegó al 



74 JUAN DE COMINGES. 

campamento con esta noticia mandé tres hombres de los más 
cazadores, pero se volvieron manifestando que habían visto 
huella de un millar de jabalíes y la de un tigre que los perse- 
guía, y también me trajeron la noticia de que no les gustaba 
nada el camino que habíamos de seguir al siguiente día, por 
cuanto que nos iba á llevar en rumbo diametralmente opuesto 
al de las Salinas. 



Día \f de Setiembre, 

Encontrándome con bastante fiebre y no pudiendo por lo 
tanto salir en exploración, como lo hago siempre, he mandado 
á los dos cabos con Tello, Tiburcio y Eustaquio para que á 
caballo, y llevando siempre monte á la izquierda y lago á la de- 
recha, caminen cuatro ó cinco leguas y estudien un lugar á pro- 
pósito para acampar mañana. Además, como estos sitios van 
siendo habitables , van muy advertidos de que si encuentran 
indios deben tratarlos con la mayor dulzura. 

Es excusado decir que nuestras muías, como son tan falsas, 
no pueden pasar el puente sino descargadas, con los ojos ven- 
dados, llevadas del ramal por un hombre y arreadas por dos ó 
tres. Esto, y el pasar las cargas á brazo, fatiga mucho á la 
gente y ocupa largas horas. 

Mando á cazar aves, que aquí abundan mucho, con lo cual 
economizo los bueyes y el tiempo que se pierde en charquear y 
aguardar á que se seque el charque. Al poco rato, después de 
un tiroteo que me alarma y de salir con refuerzo por el rumbo 
donde se dejan oir los disparos, me encuentro con una nume- 
rosa tropa de jabalíes que se oculta entre las pajas del bañado 
y que, por venir huyendo del lugar donde se encuentran los ca- 
zadores, me dan la explicación de los disparos. Con efecto, los 
cazadores traían cuatro jabalíes y no traían cuatrocientos por- 
que no tenemos qué hacer con ellos ^ pues la piara era nu- 



EXPLORACIONES. 75 



merosa, y como les hizo frente les daba tiempo para concluir 
con ella. 

Esta clase de jabalíes son más pequeños que los europeos y 
viven en manadas más ó menos numerosas, que algunas veces 
alcanzan á dos mil individuos. Se alimentan con las raíces y las 
frutas de algunas plantas, y como les gusta bañarse, caminan 
siempre por la orilla de los bosques que están próximos á las 
lagunas ó más bien dicho, á los curiches revestidos de pajo- 
nales, donde puedan esconderse. Es su tamaño como el de los 
cerdos ordinarios ó quizá más chicos, y su color entre negro y 
ceniciento, aunque en los bosques de Tucumán los he visto 
blancos. Sus colmillos no salen al exterior de la boca. Pero en 
lo que más se distinguen de todos los animales de este género, 
es en una glándula llena de un humor fétido que tienen en 
medio del lomo, la que debe sacarse antes de desollar el ani- 
mal para que no se comunique á su carne un olor que la haría 
insoportable, y la que una vez sacada, hace que sea más ape- 
titosa que la de los mejores cerdos. 

He notado que tienen poco tocino y poca grasa, sospecho 
que esto sea accidental á causa de las quemazones últimas que 
les han arrebatado los cocos del carandai, que son su prin- 
cipal alimento. 

Estos animales no son muy feroces, pero persiguen y aco- 
meten al que los hostiga y tratan de amedrentarle con un cas- 
tañeteo de dientes que se oye á larga distancia. 

Como no pueden levantar mucho su cabeza es fácil sus- 
traerse de sus ataques, por enfurecidos que se encuentren, con 
sólo subir á un árbol ó á un tacurú que tenga un metro de al- 
tura; pero infeliz del caballo que caiga por su cuenta, pues 
empieza por despedazarle las manos hasta que cae á tierra y 
concluyen por devorarle en pocos segundos. 

Lo más curioso que he observado acerca de las costumbres 
de estos chanchos cimarrones, es que apenas alguno caía he- 
rido por nuestras balas, al escuchar sus gruñidos, acudían los 
otros sobre él y lo despedazaban á mordiscos, lo que nos daba 



76 JUAN DE COMINGES. 



tiempo para herir á otros que sufrían á su vez la misma suerte, 
ó para huir si no queríamos más caza. 

Las cigüeñas de todas clases, los canáos, gansos, patos, 
cisnes , aves acuáticas y de ribera, pueblan estos lugares; pero 
lo que más abunda es una especie de pavo pequeño de color 
de ceniza y de pescuezo largo, el cual se llama jocó, derivando 
su nombre de su grito peculiar. Esta ave es también de un 
gusto exquisito. 

Mientras que estábamos fabricando el puente, hemos visto 
en el agua una serpiente cuya longitud no puedo asegurar, pero 
sí que la parte de cuerpo que dejó ver medía tanto diámetro 
como el cuerpo de un caballo. Era un sucuri que se come los 
carpinchos enteros y hasta los terneros que se descuidan. No 
es venenosa, pero su fuerza es tal, que varias veces durante la 
tarde anterior ha hecho oscilar el puente que estábamos cons- 
truyendo. 

Abundan también en estas lagunas unos peces llamados pi- 
raña^ y cuyo nombre traducido de guaraní quiere decir pez- 
diablo, porque son tan carniceros y tan unidos para el asalto, 
que en viendo en el agua un cuerpo y sobre todo si está he- 
rido, lo concluyen á bocados en pocos minutos. Este carnicero 
ha sido clasificado bajo el nombre á^ pygocentnis piraya. 

Hay también unas anguilas muy semejantes ^jimnoto eléc- 
trico, que sin tocarlas, suelen producir dentro del agua des- 
cargas eléctricas que extremecen á un tiempo á todos los 
hombres que se encuentran sumergidos en las inmediaciones. 

El basiliscus mitratus es también muy común en los curi- 
ches, y si como los griegos creían, fuese cierto que matan con 
la vista, ninguno de nosotros hubiese salido del Chaco, pues 
hemos tenido en la mano muchos capuchinos. 

El yacaré, champsa sclerops^ es también tan abundante que 
las orillas están llenos de estos monstruos que llegan algunas 
veces á medir cuatro metros de longitud y que no dejan dor- 
mir durante la noche con sus gritos estentóreos. 

El crótalus horridus, 6 vívora de cascabel, pulula siempre 



EXPLORACIONES. 7 ^ 



entre los camalotes que alfombran la orilla de los lagos ; pero 
como es un reptil que no muerde sino cuando se le pisa, y 
que no se deja pisar porque, como al enfurecerse en presen- 
cia de cualquier animal, hace resonar las membranas de la 
cola, avisa al que se acerca y se denuncia á sí propio para 
que lo maten. 

En los bosques próximos á los lagos hay otras serpientes 
entre las que sobresalen una especie de boa que los brasile- 
ros llaman stcrucucú y que debe ser el lachesis mutus. 

Con estos animalitos no es extraño que me repugne meterme 
en el agua y el que procure no se meta ninguno de los míos. 

Hay ciertamente grandes precauciones para todo. No se 
procede á nada sin preveer antes las consecuencias, pero Dios 
debe estar de nuestra parte según vamos escapando sin que 
ocurran desgracias de mayor consideración. 

A las 3 p. m. vuelvo á sentir tiroteo hacia el camino que 
llevaron los exploradores, quienes al poco rato se presentan en 
el campamento con otros tres jabalíes, y no traen más por no 
cansar los caballos, pero dicen que puedo mandar el carro para 
traerse los que han dejado muertos por el camino. 

Han hecho una nueva observación acerca de estos animales, 
y es la de que el tigre, que no se atreverá á acometerlos cuando 
están reunidos, camina constantemente á cierta distancia tras 
de la piara para devorar á los heridos ó rezagados. 

Vienen muy contentos, porque han descubierto un arroyo 
profundo por donde corre el agua y á cuyas orillas hay cama- 
lotes. Han visto muchas huellas de indios, muchas palmas 
cortadas con canchero y muchos cacharros rotos. 

La tarde se ha empleado en charquear la carne de jabalí y 
en dar fuego á las praderas y curiches que dejamos á la es- 
palda. También los exploradores quemaron los matorrales 
que cercaban el camino que vamos á continuar mañana. 

Con el fin de saber con entera seguridad la distancia que 
recorro, he puesto un contador en la rueda de la carreta, por 
más que temo que se rompa ó se pierda con los traqueteos. 



78 JUAN DE COMINGES. 



La cena de esta noche ha • sido la mejor de cuantas hemos 
hecho en el desierto. Justa reputación adquiriría el hotel que 
pudiera presentar á sus parroquianos, asados tan sabrosos de 
jabalí como los que hemos devorado esta noche. 

Los peones están contentos. Con banquetes de palmas han 
improvisado un salón de baile. Con latas, baquetas de fusil, 
cucharas de palo y el acordeón, formaban una orquesta que se- 
ría la admiración de los indios si por aquí se acercaran. En 
cuanto á las luces no había más que pedir ; las palmas son los 
más excelentes candelabros. 



Día ij de Setiembre, 

Al despuntar la aurora empezamos á tender sobre los cama- 
lotes y espadañas del curiche que teníamos al E., una faja de 
palmas secas para que flotasen, sobre las que pasamos todos, 
menos el boliviano Gutiérrez, á quien dejé al otro lado al cui- 
dado del campamento y de la muía, y encargándole que cazara 
ó pescara para que, cuando regresáramos, nos tuviese prepa- 
rado un guiso cualquiera. 

Naturalmente, este puente provisional, no impidió que nos 
mojásemos, á causa que la densidad de las palmas era dema- 
siada para soportar nuestro peso sin sumergirse. 

Con la esperanza de encontrar el río muy pronto, pues el 
ruido de las ruedas del vapor indicaba su proximidad, no qui- 
simos secarnos y caminamos al naciente exacto, teniendo la 
desgracia de encontrar á los seiscientos metros otro arroyo se- 
mejante al primero, al que nos arrojamos sin detenernos á cons- 
truir puente, pasando con mucha dificultad por lo profundo, 
cenagoso y enmarañado, y continuamos nuestro rumbo por 
enmedio de unes palmares, donde notamos que un viento muy 
fresco y agradable que no debía proceder sino del río, soplaba 
hacia nosotros, por lo que algunos treparon á las copas de las 



EXPLORACIONES. 79 



palmas con objeto de descubrirlo, sin que al bajar pudieran 
afirmar de positivo si era el río ó grandes bañados lo que ha- 
bían descubierto. 

Continuamos adelante, y como á la distancia de media legua 
de nuestro último campamento, se nos presentó otro arroyo 
cerrándonos la marcha, pero tan profundo y ton lleno de plan- 
tas acuáticas, que ninguno de nosotros pudo atravesar, por lo 
que completamente mojados le costeamos hacia al sur como 
media legua, teniendo la suerte de que á esa altura describiese 
una curva que le hacía revolver otra vez al N., lo que nos per- 
mitió continuar en nuestro rumbo. Otro arroyo más pequeño, 
paralelo á los anteriores y con anchos bañados á sus orillas, se 
nos presentó un cuarto de legua más adelante, el que pasamos 
sin tanta dificultad como los anteriores y casi sin hacer men- 
ción de haberlo visto. 

Es indudable que en la estación de las lluvias deben estar 
inundados completamente todos los terrenos que hemos cru- 
zado desde que caminamos al Naciente; es decir, desde que 
abandonamos la vereda de los indios que marcha por el límite 
del bosque; pues así lo hacen sospechar la profundidad del 
suelo, los extensos bañados, la clase de vegetación, las brozas 
enredadas en las copas de los arbustos, el color de la corteza, 
inferior de algunos troncos, las cantidades de hojas y de ramas 
secas amontonadas por la resaca contra los matorrales y la 
forma y tamaño de los tacuruces. 

El arroyo último que hemos atravesado limita un gran ba- 
ñado que forma herradura, como casi todas las ensenadas que 
hemos encontrado, y su diámetro mide poco más de media 
legua. Al E. el horizonte está completamente despejado ; pero 
no se puede cruzar directamente á causa de impedirlo la es- 
pesa vegetación de esta ensenada, la que no puede incendiarse 
por ser muy tierna y jugosa. 

El punto en que nos encontramos es precisamente el eje 
simétrico de esta figura, por lo que dado caso que el río corra 
del lado opuesto, me es indiferente para llegar á él tomar al 



8o ^ JUAN DE COMINGES. 



N., que tomar al Sur, y tanto más cuanto que, en ambas extre- 
midades de este arco, se notan altas barrancas pobladas de 
palmeras. En esta alternativa mandé al cabo Gómez y al peón 
Maidana que costeasen al S., é hiciesen fuego en el caso de 
que por aquella parte descubrieran el río, y que en caso con- 
trario se volvieran sobre nuestra huella. Y yo con los nueve 
hombres restantes tomé al N. E., hacia la opuesta extremidad 
del arco, que efectivamente terminaba en el brazo principal del 
río Paraguay, lo que infundió nuevo aliento. 

Apenas avistamos el río, que ante nosotros corría en un solo 
canal de N. á S., pero que más abajo cambiaba rápidamente 
su rumbo al E., divisamos como á una legua aguas arriba ósea 
al N., un puntito negro en medio del cauce que parecía una 
canoa con gente. En esta sospecha no permití que mi gente 
encendiera fuego para secarse, ni para hacer á Gómez la señal 
de haber encontrado el río, pues me parecía prudente sor- 
prender á los indios antes de que nos apercibieran y pudieran 
emprender la fuga. Esperamos hasta que el punto negro, to- 
mando forma poco á poco, nos dejó ver una gran canoa api- 
ñada de cabezas humanas que bajaba tranquilamente hacia 
nosotros. Pero es el caso que la vista de los indios es tan pe- 
netrante, que á pesar de estar nosotros escondidos entre las 
ramas y los pastos, nos apercibieron perfectamente y se que- 
daron fijos en medio del río, haciendo señas hacia la costa de 
occidente á indios que en otras tres canoas tan grandes como 
la primera se les reunieron, dirigiéndose hacia la costa opuesta 
para desembarcar en un arenal limpio que en línea recta dis- 
taría quinientos metros de nosotros. 

En vista de esto, dispuse que todos se quedaran inmóviles 
en el mismo lugar donde estaban desde que los habíamos aper- 
cibido y con las municiones prontas, aunque en actitud ino- 
fensiva, dejando las armas como estaban, unas á la espalda su- 
jetas por el porta-fusil, otras en el suelo y otras apoyadas en 
los árboles inmediatos y que, sin hacer nada que pudiera reve- 
lar ajitación, esperásemos el desenlace. Sobre todo, les encar- 



EXPLORACIONES. 8 1 



gué que no hablaran ni una sola palabra, ni dieran voces, si 
por casualidad se acercaban á nosotros, y que temieran más á 
los peligros que pudiesen venirnos por el río que los que pu- 
dieran llegarnos por retaguardia, pues era muy posible que si 
los indios venían con mala intención, hubieran combinado su 
plan atacándonos simultáneamente por tierra y por el río. 

Nosotros éramos nueve hombres, bien armados y municio- 
nados y ea una posición magnífica. Los indios nos parecieron 
como unos 50; nada había que temer y nadie temió si no es 
ellos, que, después de saltar á tierra, deliberaron largamente 
en voz tan alta que, aunque sin entender las palabras, llegaban 
hasta nuestros oídos, hasta que concluyeron por embarcarse y 
continuar su marcha aguas abajo y completamente pegados á 
la costa opuesta, lo que de nada les hubiera servido si yo hu- 
biese tenido la mala intención de hostilizarlos. 

Cuando llegaron al alcance de mi voz, les grité en portu- 
gués que viniesen hacia nosotros, porque éramos mansos ami- 
gos^ compadres y cristianos; á lo que, después de deliberar unos 
instantes, contestó uno en buen portugués que no podían Venir, 
porque el lugar donde nos encontrábamos era muy desierto; 
pero que Mayero venía muy cerca con un vapor de su propie- 
dad y con él podríamos entendernos. 

De pronto el secretario que, según mis órdenes, había guar- 
dado silencio no pudiendo reprimir un arranque de portuguesa 
elocuencia gx\X.6\ fica lá! muy convencido de que secundaba 
mis propósitos haciéndoles que se acercasen cuanto antes, sin 
apercibirse de que aquellas palabras encerraban una orden im- 
perativa, completamente opuesta á mis deseos, que produjo su 
efecto; pues que los indios, al ver que le daban el alto, forza- 
ron la marcha que antes habían contenido, sin dejarme tiempo 
más que para preguntarles si estaba cerca Bahía Negra, á lo 
que me respondieron que moito pertinho y desaparecieron 
aguas abajo en la revuelta que formaba el río. 

Es excusado decir que reconvine al secretario ásperamente 
por su desobediencia y por las consecuencias dolorosas que 

6 






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82 JUAN DE COMINGES. 



había producido, pues sin aquella impertinencia, dado caso 
que los indios no se hubiesen acercado, por lo menos nos hu- 
bieran dado informes más precisos. 

Muy disgustado con este contratiempo y sin detenerme más 
en aquel lugar, corté la curva de la ensenada que me separaba 
de Maidana y del cabo Gómez, quienes habían encendido un 
grandísimo fuego, en señal de haber encontrado el río, y los 
que podían ser víctimas de un atentado por parte de los indios ; 
idea vaga que pronto tomé por una realidad, cuando á lo lejos 
me apercibí de que Maidana, sin armas y sin sombrero, corría 
hacia nosotros haciéndonos señas desesperadas. Salimos á la 
carrera y cuando le alcanzamos nos dijo, que los indios habían 
desembarcado, que eran muy buenos y muy generosos y que 
venía á llamarnos de su parte para convidarnos, porque sabían 
por el cabo que estábamos sin almorzar y sin provisiones. 

Cuando salí fuera de los pajonales de la ensenada, no pude 
por menos de sorprenderme muy agradablemente, en presen- 
cia del paisaje pintoresco que aquel lugar ofrecía. 

Clavada en tierra una vara muy larga, á cuyo extremo es- 
taba atado un pañuelo que había sido blanco; cuatro grandes 
canoas atracadas á la costa, dentro de las que quedaban algu- 
nas mujeres y niños y variedad de efectos como armas, baúles, 
damajuanas, cestos, lios de ropa, y montones de huevos de 
aves acuáticas, y Gómez sentado en la pradera, con la carabina 
á la espalda, con una costilla de ciervo en la mano derecha y 
una botella de miel en la izquierda, y rodeado de una treintena 
de indígenas de diferentes sexos y edades, que se esforzaban 
en hacerle aceptar diversos comestibles y le obligaban á comer 
á dos carrillos. 

Estos indios eran mbayás, que ellos se titulan cadubeus, y 
en todo semejantes á los de la aldea de Mayero, sin que notase 
en ellos otra nueva particularidad que la de tener los dientes 
aguzados á lima, como si fueran una sierra, y la de estar per- 
fectamente vestidos, con buenos sombreros de paja, calzonci- 
llos y camisas limpias y flamantes. 



EXPLORACIONES . 8 3 



ínterin descendía yo hasta el lugar á donde se encontraban, 
uno de ellos preguntó á Gómez, en portugués, si el viejo que 
venía primero era el comandante, y cuando éste respondió afir- 
mativamente, un anciano robusto, buen mozo y de simpático 
aspecto, vino á abrazarme como si fuésemos antiguos conoci- 
dos y me dijo, por medio del único indio que hablaba portu- 
gués, que me conocía, pues le había dicho el capitán Neuille 
que yo era un comandante muy bueno, muy generoso, porque 
había regalado cigarros, y de muy buen corazón, porque había 
prometido rescatar unos muchachos de su familia, que tenían 
cautivos los chamacocos. 

Este hombre y todos los demás nos obsequiaron con cuanto 
pudimos comer y cargar de lo que tenían en sus canoas, que 
-era pan, huevos cocidos, fariña, miel de caña, pescado y carne 
de yacaré, de ciervo y de carpincho, á cuyos regalos corres- 
pondí yo dándoles 6,000 reis en billetes brasileros, que guar- 
daba el secretario en una cartera de cuero, un cuchillo, todos 
los cigarros que llevábamos encima y lo que estimaron más, 
seis municiones de revólver. 

En presencia de nuestro aspecto mutuo y de nuestra recí- 
proca conducta, cualquiera hubiera imaginado que nosotros 
éramos los hijos de la naturaleza y ellos los hijos de la civili- 
zación. Nuestras caras estaban más sucias y más negras que 
las de ellos, nuestras ropas mojadas y llenas de barro se caían 
á pedazos, mientras que las suyas eran completamente nuevas, 
y nuestras armas brillaban menos que los lustrosos y pulimen- 
tados fusiles de pistón que, por un exceso de delicadeza ó por 
un alarde de confianza, habían dejado en las canoas. 

El intérprete habló mucho conmigo, aunque con muchas 
contradiciones, que me dejaban en la duda de si sería verdad 
todo lo que me decía, aun cuando podría explicármelas por la 
falta que él tenía para expresarse en portugués y por mi tor- 
peza para comprenderle. 

Empezó por decirme que venían de Coimbra, en cuyo pre- 
sidio les había regalado el comandante pólvora, ropas y comes- 



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84 JUAN DE COMINGES. 



tibies, y que todos los años hace lo mismo con ellos, por lo- 
que ningún cadubeu deja pasar un año sin ir con toda la fami- 
lia á visitarle. Que la caza y pesca que traían en sus canoas,, 
así como los huevos de aves acuáticas, eran muy abundantes 
para los que viajan como ellos despacio y en canoa. Que los 
fusiles se los regala el comandante principal de Matto-Grosso- 
para que maten la onga. Que el humo que notaron ayer tarde 
les alarmó, porque creyeron que estaban allí los chamacocos,, 
que son tan malos que yantan a gente. Que nos apercibieron 
tan pronto como nos presentamos sobre la barranca del río,, 
porque con motivo del miedo que tienen á los chamacocos iba 
siempre una lancha por el medio del canal en observación, 
mientras que las otras marchaban cazando cerca de la costa,, 
y que cuando nos vieron se pasaron á la costa opuesta y deli- 
beraron sobre si deberían seguir aguas abajo ó internarse por 
un arroyo, que afluye al río Paraguay en el mismo lugar donde 
saltaron á tierra. Que aunque muchos dudaban si éramos cha- 
macocos ó cristianos, prevaleció esta idea, porque el gefe de 
la familia, que es el anciano que me ha abrazado, les dijo que 
le constaba que andaban por el desierto unos soldados cris- 
tianos en busca de camino para Bolivia. Que cuando yo les 
hablé, él quería acercarse hasta nosotros y que lo estaba pro- 
poniendo, cuando uno de nosotros les gritó que no se movieran 
de allí, por lo que salieron escapadas las dos primeras canoas 
y después las otras dos. Que en la revuelta del río se pusieron 
camisas y pantalones, con la intención de retroceder para visi- 
tarnos, pero que habiendo apercibido que los llamaban cris- 
tianos desde más abajo, haciéndoles señas con una bandera 
blanca, decidieron, sin miedo ninguno, atracar á donde los en- 
contramos. 

Dijo también que todos ellos no constituían más que una 
sola familia, que vivía á dos días de camino aguas abajo, en- 
trando por un riacho que está frente al segundo cerro de la 
costa oriental y como á seis leguas de Borbón^ á cuyo pueblo 
nos convidaban para el día de nuestro regreso, donde seríamos 



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EXPLORACIONES. 85 



obsequiados con una gran fiesta. Que él se llamaba Juan Joaquín 
y que era muy rico, porque tenía muchas vacas y muchas notas; 
y por último dijo que la Barranca de los chamacocos la po- 
dríamos alcanzar, siguiendo la costa del río, á los tres días de 
camino, sin tropezar con ninguna dificultad para el paso de 
nuestros animales ni aún del carro. 

Preguntado si habría entre ellos alguno que, mediante una 
buena paga, se animase á servirnos de guía hasta las Salinas de 
Santiago ó hasta la Barranca de los chamacocos, me respondió 
Juan Joaquín que á las Salinas no sabían el camino ni tampoco 
irían aunque lo supieran, porque estos indios del poniente se 
comen los centinelas^ y que á la Bahía Negra él se animaba á 
ir, siempre que le dieran 6o,oüo reis, y que fiíera verdad que 
yo tenía cuarenta hombres, tan bien armados como los diez 
que me acompañaban. 

Aunque me alegró mucho tener un guia práctico por tan 
poco precio, no quise aceptar inmediatamente la condición que 
me imponía para no darle á comprender lo mucho que le pre- 
cisaba; pues entonces era posible que hiciera subir sus exigen- 
cias hasta un punto que me fuera imposible satisfacerlas. Así, 
pues, empecé por hacerle presente que con 30 patacones se 
puede comprar diez vacas en su tierra, y en la mia un fusil 
como el que tenía en la mano, cuyo proyectil mata á quinientos 
pasos y hace diez disparos en menos tiempo que el que él 
precisa para cargar su fusil ; pero como él me arguyese que 
no precisaba de la plata y que más bien se había ofrecido á 
acompañarnos por complacencia, me dejé convencer y prometí 
pagarle lo que me pedía, aunque lo quisiese adelantado. Juan 
Joaquín entonces consultó en lengua mbayá á sus compañeros 
y después de una breve discusión me dio la mano, exigiéndome 
que le dijera lealmente si todos los que me acompañaban eran 
<nertamente cristianos ó si había entre nosotros algún indio del 
poniente, á lo que le respondí que él debía comprender que 
si tuviese conmigo algún iiidígena no le precisaría á él para 
¿a^ueano. 



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86 JUAN DE COMINGES. 



Convencido de este irrefutable argumento, n\e dijo que sólo 
le faltaba para decidirse el consentimiento de su mujer, en 
busca del cual bajó] hasta una de las canoas, en que estaba una 
india robusta, con un niño en brazos, quien al oirle se enfadó, 
gritó mostrándole la criatura, como si pretendiera por su inter- 
medio disuadirle del propósito de acompañarnos. El pobre 
Juan Joaquín cedió á los ruegos de su esposa, y muy cabizbajo 
subió hasta el lugar donde me encontraba para decirme que no 
podía venir conmigo, porque su mujer no le dejaba. Que lo 
sentía mucho, por más que comprendía que no era necesario, 
pues, que cómo nos había dicho, no había dificultad para llegar 
á Bahía Negra caminando al N., sin abandonar la costa. 

Viendo que no había medio de reducirle, porque entre los 
indios mbayás ejercen las mujeres tanto influjo como entre 
nosotros, escribí con lápiz una carta para el capitán del primer 
vapor que cruzara el río, en la que diciéndole quién era, á 
dónde iba y cuáles eran nuestras circunstancias, le suplicaba 
que hiciera saber esto á D. José María Bello, comerciante de 
la Asunción y representante en aquel punto de la Empresa 
Brabo, carta que puse en manos de Juan Joaquín para que él 
me hiciera el servicio de mandarla á bordo del primer buque 
que pasara. 

Recibió Juan Joaquín la carta, y después de mirarla y remi- 
rarla treinta veces me la devolvió, diciendo que escribiese en 
ella que el capitán del buque le diera un puñado de cigarros, 
cuya postdata añadí con mucho gusto. 

Por último, á las 12 en punto del día y después de habernos 
dado de cuanto tenían y todos los informes que les pedimos, 
se despidieron de nosotros con muestras de la mayor simpatía 
y continuaron aguas abajo su camino, siempre invitándonos á 
pasar unos días en su aldea. 

El informe de los indios acerca de las facilidades que ofre- 
cía el camino para llegar hasta la Barranca de chamacocos, no 
me inspiraba completa confianza, por lo que me era muy sensi- 
ble construir tres grandes puentes para trasladar el campa- 



EXPLORACIONES . 8 ^ 



mentó general hasta el lugar donde me encontraba, cuando tal 
vez poco más arriba de la costa volvieran á presentarse difi- 
cultades iguales ó mayores, que nos dejasen más encerrados 
que nunca y más imposibilitados de retroceder ; por más que 
la barranca en que estaba se elevaba 3.50 metros sobre el ni- 
vel del río, que es lo suficiente para no correr el riesgo de 
anegarse. 

Deseaba cerciorarme por mis ojos de la verdad. Eran las 
1 2 del día. El calor inaguantable, la gente sin abrigos ni provi- 
siones y á más de cinco leguas del campamento general y de 
dos y media del lugar donde habíamos dejado la muía de van- 
guardia con los equipajes y la poca fariña. 

¿Quién quiere atormentarse conmigo.^ pregunté, y Gómez 
respondió: — Estos cinco, que nos hemos puesto de acuerdo 
adivinando lo que Vd. pensaba. Estos eran Gómez, Cueva, 
Maidana, Santiago y Tiburcio, á quienes miré con agradeci- 
miento, sintiendo que no estuviese en mi mano el recompen- 
sarlos en la medida de sus merecimientos. 

Con objeto de escribir mi diario, pues me había dejado el 
libro en la muía de vanguardia, pedí al secretario una cartera 
que yo le había comprado para la contabilidad, la que se resis- 
tía á entregarme, hasta que le dije con fi-anqueza que arrancase 
de ella todo lo que tuviera escrito en contra mía y se apresu- 
rase á dármela, lo que hizo con bastante turbación. 

Al sargento Estigarribia le encomendé la gente que regresaba 
y le entregué una hoja de la cartera del secretario en la que 
estaban escritas estas palabras: ^Pagant: Un cohete á las 8 y 
otro á las 12 de la noche. Hacia donde vean humo ú oigan dis- 
paros mande exploradores con ropa de abrigo y algo de comida. 
Caminges, » 

Nos despedimos hasta luego de los cinco hombres que iban 
á reunirse con Gutiérrez para regresar al campamento general, 
donde debían estarantes de las 12 de la noche, á fin de que no 
me faltase absolutamente la señal de los cohetes, Ínterin per- 
maneciera fuera del campamento, y nosotros nos quedamos á 






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88 JUAN DE COMINGES. 



la orilla de unas palmeras, que apenas daban sombra, donde 
nos desnudamos completamente y tendimos nuestras ropas que 
no tardaron en secarse merced á los candentes rayos de un Sol 
abrasador, y mientras tanto fajamos las heridas de los pies que 
todos tenemos, no sólo por los pinchazos, sino por las que se 
forman cuando se camina con las botas llenas de agua. 

A las dos p. m. nos pusimos en marcha por la costa, an- 
dando cuatro leguas en línea recta, pues abandonamos en lo 
posible las inmensas curvas que describe el río en sus infinitas 
ensenadas. 

Estas ensenadas del brazo principal del río, así como las que 
se forman en sus canales secundarios, afectan siempre la forma 
de herradura y los arroyos que á ellas afluyen no las cortan 
por su eje simétrico sino que, como ya lo tengo dicho, se di- 
rigen al río paralelos al contorno. Aunque el río se encuentra 
en su mayor bajante, algunas de estas ensenadas están cubier- 
tas de agua ; pero por regla general están secas y si no pueden 
cortarse diametralmente, no es por causa de los arroyos que 
las circundan, sino por la espesura de los pajonales que en ellas 
vejetan y más que todo por la 'poca firmeza de un piso com- 
puesto de una capa espesísima de residuos vejetales, que están 
semicarbonizados, por lo que no pueden solidificarse formando 
un lecho de mantillo. 

Por otra parte, es verdaderamente peligroso el aventurarse 
entre las pajas de estas ensenadas que constituyen la guarida 
de las bestias más feroces, de los más ponzoñosos reptiles y 
de una nube de mosquitos de picadura enconosa, que se in- 
troducen por las narices, por los oídos y hasta por los ojos. 

La costa del río se compone, ó de barrancas elevadas sobre 
su nivel ordinario, dos á cuatro metros, cubiertas siempre de 
palmeras, ó de grandes bañados de mayor extensión que las 
barrancas, que son los que, en forma de herradura, constituyen 
estas ensenadas. 

El que se encuentra sobre una barranca de la costa se ima- 
gina que, al llegar á una de estas ensenadas, la barranca que 



EXPLORACIONES. 89 



hasta entonces ha venido costeando el río dará la vuelta para 
costear estos extensos bañados y continuar de nuevo paralela 
al río ; pero se engaña, porque, por regla general, los terrenos 
que se encuentran en el Chaco, á un cuarto de legua de la 
costa, son siempre más bajos que las barrancas de la costa. 
Así es que en la estación de las lluvias no hubiéramos podida 
dar un paso fuera de estas barrancas, porque al salir de una 
para costear la ensenada que de otras nos separaba, teníamos 
que caminar por terrenos sumamente bajos y que atravesar 
uno ó dos arroyos más ó menos secos, que con las ensenadas 
confluían. 

Por esta causa, los que recorran estos parajes en estación 
adecuada, si quieren adelantar camino, deben marchar para- 
lelos al río; pero no precisamente por la ribera, sino todo lo 
interiormente que los bañados lo consientan, con lo que se 
evita rodeos infinitos. 

Esto no quiere decir que, desembarcando en cualquiera de 
estas barrancas, no pueda casi siempre contarse con un par de 
leguas cuadradas de terrenos inmejorables, que nunca se inun- 
dan ; pero que quedan aislados por las aguas en la estación de 
las crecientes. 

Á la orilla más interior de una de estas ensenadas y próxi- 
mos á un arroyito, en el lugar denominado las Tres Palmas, 
hemos pasado la noche sin abrigo, sin leña y con muy poca 
agua. Por fortuna. Dios nos ha proporcionado un ciervo muy 
grande, que pudimos asar con mucha dificultad en unas varitas 
semi-herbáceas, con el que tuvimos para matar el hambre y 
para guardar que comer al siguiente día. 

Con el fin de que los del campamento general que, según 
mis cálculos, deben estar legua y media de nosotros, hacia el 
O., puedan apercibirse de la posición en que nos encontramos 
y mandarnos mañana las ropas que tanto precisamos, durante 
la noche he prendido fuego á los pajonales de la ensenada que 
tenemos al costado, y arde de una manera tan espantosa, que 
no hay ruido de tormenta con que pueda compararse. 



L 



90 JUAN DE COMINGES. 

A la medía noche, miramos con todo empeño hacia el O., 
para ver si descubríamos las luces del cohete que debían ele- 
var desde nuestro campamento, pero nada vimos, lo que nos 
afligió mucho, porque no eran los árboles ni la distancia lo que 
podía impedirlo, sino alguna otra causa que no me explicaba. 



Dia i^ de Setiembre, 

El frío de la noche era inaguantable, por más que la pasa- 
mos enterrados hasta el cuello en un montón de totoras, 

Al romper la marcha en rumbo N., no podíamos caminar, á 
causa de los dolores reumáticos producidos, tanto por la hu- 
medad del día anterior, como por el entumecimiento ocasio- 
nado por el frío de la noche, y sobre todo, por las vejigas de 
los pies ; pero era preciso reconocer el camino ; y despacio al 
principio , y corriendo después , cuando entramos en calor, 
anduvimos tres leguas hasta las 9 a. m., en que ya el calor se 
dejaba sentir de una manera insoportable. 

Hoy como ayer, no hemos caminado sobre la misma costa 
sino retirados de ella á cierta distancia, para evitar rodeos, por 
lo que no pocas veces he dudado si volvería á encerrarme en 
un nuevo laberinto de arroyos y pantanos, supuesto que la 
costa no se compone sólo de barrancas y ensenadas, sino que 
en muchas ocasiones penetran brazos del río más ó menos 
grandes, más ó menos limpios, y que á más ó menos distancia 
vuelven de nuevo sobre el canal principal. Uno de estos brazos 
es el que más ha excitado mi desconfianza, porque me hizo 
marchar una hora al N. N. O., por lo que me resolví también 
á seguir su orilla, cuando cambió al N. N. E., que á su vez era 
costeada por el límite de un bosque alto, frondoso y de pre- 
ciosas maderas. 

Por fin, el monte se abría en una calle recta y limpia de 



EXPLORACIONES. 9 1 



200 metros de anchura, descubriendo al N. y á muy poco dis- 
tancia el canal principal del Paraguay. 

Era aquel lugar el más pintoresco de cuantos había visto, 
pues además de ser una esplanada, cuatro metros más elevada 
que el nivel del río, estaba poblada, por excepción, de robustos 
vegetales dicotiledóneos, y no de las monótonas palmeras que, 
por lo general, visten la costa; tenía por el N. N. O., un ex- 
tenso bañado cubierto de aves acuáticas y al N. se descubría 
el río hasta perderse en el horizonte. 

No es á mí sólo á quién debió parecer bien aquel paisaje, 
supuesto que en él existían tan recientes señales de indios, 
que llegué á pensar si estarían pescando al pie de la misma 
barranca, donde me encontraba en aquellos momentos. 

Nos desayunamos, y convencidos de que Juan Joaquín no 
había mentido, volví pies atrás, con intención de caminar 
aquella tarde las siete leguas que me separaban de la Barranca 
del encuentro, si antes no encontraba por el camino algún en- 
viado del campamento general con los efectos pedidos, pues 
no era posible soportar tres noches tan malas como la pasada 
últimamente. 

He visto varias veces en Tucumán llegar el termómetro cen- 
tígrado á 63*^, sin que se asfixiasen las personas, temperatura 
que resistía perfectamente, sin que me pareciese muy extraor- 
dinaria; pero la de hoy temo que acabe con la vida de algunos 
de nosotros. Llevamos bajo el sombrero hojas de palmas, que 
refrescan mucho la cabeza é interceptan los rayos del sol. 

Al medio día llegamos al campamento de las Tres Palmas, 
y como, por los rumbos y distancias recorridas, infiero que no 
podemos estar muy lejos del campamento general, del que, á 
seguir por el camino que ya conocemos, nos apartan doce le- 
guas y tres lagunas importantes, me decido á correr el albur 
de perder un día de camino, ó ganar dos, marchando sobre 
él directamente, por lo que tomé recto al O., en la seguridad 
de que encontraría los pantanos y los arroyos que el día 1 2 
cerraron el paso á los exploradores ; pero que tal vez hoy nos 






92 JUAN DE COMINGES. 



lo permitiesen á nosotros, no sólo porque íbamos á pie, sino 
también porque yendo yo, se harían para ello todos los esfuer- 
zos posibles. Por otra parte, las dificultades del otro camino 
ya me eran conocidas, y precisaba saber si las de éste, que 
era la tercera parte más corto, serían también menores. 

j Pobres compañeros! Esta tarde, si que os he dado motivo 
para insubordinaros ! 

A los pocos pasos de cambiar el rumbo, la misma bahía que 
por la cuerda habíamos pasado en seco y sin pasto la tarde 
anterior, al continuarla por la ságita, empezó á molestarnos 
con un pastizal tupido, que nos cerraba el paso, hasta el ex- 
tremo de tener que relevarnos frecuentemente con el que 
marchaba á la cabeza haciendo huella, y poco á poco fué agra- 
vándose este inconveniente, pues se empezó á pisar sobre 
terreno blando, hasta entrar de lleno en un bañado con una 
cuarta de agua completamente corrompida. 

El calor del sol, las dificultades que oponían el pasto, el 
agua y el piso cenagoso, eran como para hacernos regresar; 
mas como quiera que ya llevábamos andada media legua, y no 
muy lejos de nosotros divisamos un palmar limpio y elevado, 
comprendí que más fácil nos sería llegar hasta él, aunque fuese 
nadando, que retroceder aquella media legua, para lo cual á 
nadie quedaban fuerzas. Pero como estaba escrito que éste 
había de ser el día de la prueba, la cuarta de agua se trasformó 
en un metro con un cieno en el fondo y con unas espadañas 
tan enredosas y enmarañadas, cual no puede describirse. 

Al detenerse la gente en presencia de aquella barrera insu- 
perable, y al mirarme como quien aguarda una solución para 
aquel conflicto, reuní el poco aliento que me quedaba y les 
dije: — No puede ser muy ancho, hemos visto pocos arroyos 
de más de doscientos metros, ¿quién tiene fuerzas para volver 
atrás? 

Penetramos, no prestándonos apoyo, no abriendo un callejón 
entre las totoras y los juncos para marchar unos tras otros, no 
agrupados para defendernos de la multitud de sucuríes, y de 



EXPLORACIONES. 93 



yacarés, que cruzaban por debajo de nosotros, sino en ese 
desorden propio de !a fatiga y el espanto, en que no resta más 
esperanza ni más idea generosa que la de salvar el individuo. 

¿Cuál era la anchura de este curiche? No lo sé. 

¿ Cuánto tiempo empleamos en cruzarle.'* No lo sé tampoco. 

Sólo sé que al ganar la opuesta orilla, cada uno de nosotros 
caía á tierra sin aliento y sin preocuparse mucho de si estaban 
vivos ó muertos sus compañeros de desdichas. 

Bien conozco que si este diario llega á publicarse, al leerlo 
los que no hicieron en su vida otra cosa que pasearse con botas 
de charol por las aceras de las ciudades, tendrán por muy dé- 
biles á los expedicionarios, que se rendían de fatiga por haber 
pasado una laguna en que les llegaba el agua á la cintura. 
Créanlo, enhorabuena, pues que yo, que llevo en mi vida 
varias expediciones arriesgadas, también lo hubiera creido. 

Poco á poco se reanimaron nuestras fuerzas, y no sin ad- 
miración nos miramos mutuamente, porque cada uno de nos- 
otros creía haberse salvado, en virtud de un milagro que Dios 
había hecho exclusivamente en obsequio suyo. 

Estábamos en el palmar; pero un palmar que, aunque limpio 
y elevado sobre el nivel del agua, era una faja que no medía 
cincuenta metros de anchura y que estaba separado de un fron- 
doso bosque del O., por otro lago de menor anchura, aunque 
de profundidad desconocida. 

Tiramos al N. y al S. para ver si descubríamos algún pasaje 
que nos llevase al bosque fronterizo, pero en vano ; el lago que 
se extendía delante de nosotros se perdía en el horizonte por 
ambos rumbos. 

Cuando nos convencimos de nuestra situación, acabó de 
desaparecer en nosotros todo lo que teníamos de entes mora- 
les, para dar con más fuerza paso á los instintos. 

Nada ordené. Tiburcio, el más joven y el más robusto de 
los expedicionarios, desenvainó el machete y se arrojo al agua, 
yo di un paso para hacer lo mismo y un enorme sucurí, apa- 
reciendo por debajo de Tiburcio, cruzó junto á mí y tuve la 



94 JUAN DE COMINGES. 



suerte de ultimarle con tres balazos de revólver. Salté sobre él, 
y no ya nadando ni caminando sobre el piso cuya profundidad 
no me tomé la molestia de reconocer, sino tendido de pechos 
sobre aquella camada espesa de juncos y ninfeas ; ya flotando, 
ya sumergido hasta el pescuezo, y siempre practicando esfuer- 
zos de que me creía incapaz, gané la orilla opuesta anonadado; 
pero con la esperanza de que por entonces se habrían acabado 
los curiches. 

— Ni un paso más, grité. Encender fuego, desnudarse, se- 
quemos nuestras carnes y nuestras ropas. Pero no hay fósforos; 
la caja que el cabo Gómez había reservado en el sombrero se 
había inutilizado en una de las muchas inmersiones. 

Esto es lo peor. Es ya muy tarde, estamos temblando, no 
podemos secarnos ya con el calor del sol, no tenemos abrigo, 
no sabemos á punto fijo las distancia que nos separa del cam- 
pamento; pero no ha de ser poca porque nuestra jornada de 
cuatro y media horas no ha alcanzado á los tres cuartos de 
legua ; en fin, no tenemos cena. 

Esta era nuestra situación, cuando de pronto el cabo Gómez, 
que se había retirado algunos pasos, gritó con estrepitosa ale- 
gría: — Dormiremos en el campamento. Aquí está mi huella 
del día 1 2 cuando vine á explorar con Simeón. Este es el pan- 
tano donde se perdía la huella de los indios. Dos leguas nos 
separan del campamento!! 

— Pues un esfuerzo y adelante! 

Con sol todavía hemos llegado al campamento, y se ha ce- 
nado perfectamente, porque el doctor y Pagani habían car- 
neado un buey en esa misma mañana. 

Desde el campamento general vieron muy bien nuestros 
fuegos y aunque sin orden ninguna, porque las gentes de la 
vanguardia que venían con el sargento Estigarribia por una 
desidia reprensible no habían llegado sino á )as 12 de ese día, 
mandaron espontáneamente exploradores sobre el rumbo aque- 
lla misma mañana, los que nada pudieron hacer á causa de la 
barrera insuperable de los pantanos y á quienes ni siquiera se 



EXPLORACIONES. 9 5 



les ocurrió hacer humo ni disparar sus armas, sino regresar 
cuanto antes al campamento á disfrutar de la carneada. 

jCuán dulce es descansar en seguridad en medio de los com- 
pañeros, sobre un blando lecho de totoras y bajo una carpa! 
¿Qué palacio suntuoso podrá compararse con esta blanca 
tienda tendida bajo las esbeltas palmas del desierto, donde el 
peligro estrecha nuestra amistad y donde todos trabajan para 
uno y uno para todos.^ 

Hace dos horas que pensábamos morir, ó de fatiga ó des- 
pezados por los innumerables cocodrilos, que nos cruzaban en 
todas direcciones, ó asfixiados por el calor, ó envenenados 
por las serpientes ó estrangulados por el colosal curillú, á quien 
tuve la fortuna de quitar la vida. Ahora estamos abrigados y 
seguros. 

¡Bendito sea Dios! 



Dia 3 de Octubre, 

Como hemos fondeado durante toda la noche por causa de 
la gran bajante, no llegamos á la colonia Apa sino á las lo a. m. 

Salto á tierra dejando al sarjento Almeida el cuidado de ir 
entregando á la lancha de á bordo los equipajes que yo recibo 
en tierra, operación que fué larga por el mucho material que 
tenemos y la falta de peones para ayudarnos en esta faena. 

El doctor no baja á tierra, pero grita al Sr. Director de la 
Colonia, compatriota suyo, que vaya á bordo porque tiene que 
decirle cosas que le interesan, á lo que se presta el Sr. de Ami- 
cis, permaneciendo en conversación con él durante todo el 
tiempo que tardé en la descarga de mis efectos. 

Una vez terminada, regreso á bordo; entrego al Sr. Morrel 
para el Sr. Brabo un paquete de cartas y una copia de mi Diario 
de Viaje hasta aquella fecha, y le encargo de decirle: que en el 



mé'^.P- ■ ' !■■■■■ 









96 



JUAN ÜE COMINGES. 



! 



temor de que pudiesen parecerle pequeños los esfuerzos que tengo 
hechos para secundar sus altos propósitos^ me quedo en el Apa 
con la resolución irrevocaóle de penetrar yo solo en el desierto y 
cuyos misterios he de descubrir^ aunque sea á costa del cautive- 
rio, y que no le pido otra cosa sino que mire por mi mujer y por 
mis hijos. 

Dicho esto, nos abrazamos con lágrimas en los ojos, y sin 
escuchar sus protestas, me desprendí de él y gané la canoa que 
me condujo á tierra. 



D. JUAN DE COMINGES Y LOS CACIQUES PICHÓN Y CARAYÁ 



EXPLORACIONES 



AL 



CHACO DEL NORTE. 



DIARIO DE LA SEGUNDA EXPEDICIÓN 

REALIZADA EN OCTUBRE Y NOVIEMBRE DEL AÑO 1 8 79. 



Día 6 de Octubre. 

Es el cacique Míchí, jefe de una pequeña toldería de indios 
Angaités, situada en la costa occidental del río Paraguay, á los 
22^27' de latitud, frente á una extensa isla que en esaparte 
forma el río, cuyo canal principal es el del Oriente y frente 
también á un camino abierto en el bosque de la Colonia Apa, 
que desemboca sobre la costa, á media legua de la población. 

Este cacique representa unos cuarenta años de edad, es 
pequeño de estatura, afectadamente dulce en el trato, colérico 
con los suyos; interesado, exigente, antojadizo, pedigüeño, 
borracho, embustero, taimado, desleal y ladrón; defectos, más 
que propios de su raza, hijos de las circunstancias en que le 
ha colocado la situación topográfica del lugar donde radica su 
toldería. 

Su proximidad á la costa es la causa de todas sus desdichas 
y de todos sus vicios. 

Jamás pudo ser agricultor ni ganadero, porque hubiera sido 
siempre la primera víctima en cada una de las antiguas y 
modernas incursiones de los Mbayás de la ribera opuesta. 

7 



98 JUAN DE COMINGES. 



Tuvo que conformarse con pesca y caza para sustentarse, y 
con alguna galleta lanzada, por misericordia ó por entreteni- 
miento, por los pasajeros que, desde los vapores, gustan ver 
la agilidad que en la natación y en el manejo de la canoa des- 
pliegan estos humanos anfibios. 

Sus relaciones con la gente civilizada, en vez de servir para 
modificar sus tendencias naturales, produjeron el efecto con- 
trario, supuesto que vivió siendo víctima de los cristianos en 
todas sus transacciones comerciales, Ínterin no aprendió á 
mezclar la cera con resina y á tramar los plumeros de avestruz 
con Tama (i) gruesa. Y por si sus propios escarmientos no 
eran bastante para enseñarle á engañar á los cristianos, éstos 
se convirtieron más directamente en preceptores del crimen, 
pues seduciéndole con licores que le corrompían el alma y el 
cuerpo, tentáronle la vanidad y la codicia haciéndole compren- 
der que podría explotar en su provecho las relaciones en que 
vivía con los indios del Interior, supuesto que sin él, no podrían 
cambalachar con la gente civilizada, por falta de intérprete y 
de canoas para pasar el río. 

Por otra parte, poco podría aprender de moralidad con el 
ejemplo que le ofreciesen las gentes del Salvador, las del Apa, 
ni la de los barcos de vela, que faltos de viento hayan fon- 
deado algunas veces cerca de su toldo. 

La malicia de este hombre es tan extraordinaria, que no sólo 
ha hecho comprender á los indios del Interior que les es útil 
é indispensable por sus buenas relaciones con los cristianos, 
sino también por ser un gran filólogo, que puedfe entenderse 
indistintamente con todas las razas humanas en su infinita 
variedad de idiomas, siendo así que su repertorio en guaraní, 
no alcanza á cuatro docenas de palabras, y en castellano á una 
docena de desvergüenzas que, con habilidad extraordinaria, 
pronuncia siempre ante los cristianos, á fin de que, la hilaridad 
que sus dichos provocan, haga creer á los incautos indios, que 

(i) Cuerda gruesa fabricada con una bromelia llamada Caraguatá, 



EXPLORACIONES- 99 



trae engañados para que cambien una libra de pluma de aves- 
truz por un anzuelo, que proviene de su mucha sabiduría y del 
cariño que le tienen. 

En la actualidad, todas sus relaciones con los cristianos se 
limitan á las que puede tener en ese pequeño obraje que se 
llama Colonia Apa, donde los peones suelen cambiar de que- 
rida con más frecuencia que de camisa y calzoncillos, y donde 
además de explotarle cuanto pueden á él y á los que trae 
enganchados, cambiándoles por fruslerías los productos del 
desierto, les obligan á trabajar sin más retribución que un 
puñado de maíz, ya sea en la limpieza de las calles ó ya en el 
cargamento de los buques. 

En una palabra, el cacique Michí es un hombre peligroso y 
repugnante, como lo son todos los indígenas cuya educación 
proviene del bajo comercio que los explota, los degrada y los 
corrompe. 

Sin embargo, el cacique Michí no debe ser un hombre inco- 
rregible por cuanto que no ha llegado á corromperse hasta el 
punto de ser ingrato, supuesto que él y todos los de su tribu 
han sido bastante inteligentes para apreciar en su justo valor 
los quilates de virtud del único hombre ilustrado y justo que 
han conocido entre los de nuestra raza. Este es el caballero 
francés don Carlos Rux, á quien tengo la suerte de conocer y 
á quien apreciaría sin conocerle, aunque no fuese más que 
por las simpatías que ha sabido conquistarse entre los indios, 
durante los pocos años que ha sido Director de la Colonia Apa. 

La familia de este cacique es bastante numerosa, y entre 
sus hermanos hay cuatro caciques, dos en posesión de sus 
tribus, y dos inpártibus^ los cuales le respetan como á Minerva, 
y le temen como á Júpiter, valiéndose de él como intermediario 
en todos sus cambalaches; circunstancia que hace que estos 
indios sean mejores que su hermano, siendo entre todos el 
cacique Tuya un anciano de maneras simpáticas, de carácter 
sencillo y de recta conciencia. 

En cuanto á sus otros hermanos, que no eran caciques, sus 



lOO JUAN DE COMINGES. 



hijos, sobrinos y demás gente de armas que le acompañaban, 
sólo puedo decir, por ahora, que eran buenos mozos, sucios, 
desarrapados, melancólicos y sumisos á los mandatos de su jefe. 

Este era el hombre, por cuyo intermedio y después de ha- 
berle regalado una carabina rémington, víveres, ropas y otros 
utensilios, y de prometerle mucho más para mi regreso, había 
yo conseguido ponerme en relación con el cacique Queirá, po- 
deroso jefe de los Guanas, que había de conducirme hasta las 
últimas tribus del desierto y volverme al Apa en el término de 
dos lunas, llevando también á Michí para que me sirviera de 
intérprete, que era para mí lo mismo que marchar solo, su- 
puesto que yo, que conozco muy poco el idioma guaraní, tenía 
que valerme del cacique Michí que lo comprendía menos, para 
que éste, que sólo habla bien el dialecto Angaité, tuviera á su vez 
que traducir mis palabras á la lengua guana; de modo que aun- 
que no aseguro la claridad y precisión con que mis preguntas 
llegarían hasta los oídos del cacique Queirá, debo inferirlo por 
las desatinadas respuestas que recibía por medio de mi famo- 
so intérprete, hasta el extremo que, habiéndole preguntado a' 
Queirá si caminaríamos cuando saliese la luna, me respondió 
que eran de cuero de ciervo. 

El cacique Queirá es un hombre suficientemente viejo para 
tener biznietos y lo bastante joven para tener bisabuelo, lo que 
basta para hacer comprender que los guanas viven mucho y 
que tienen hijos más pronto que ninguna de las razas humanas 
conocidas, y sobre todo, que éste debería ser un hombre im- 
portante y poderoso entre los suyos, por cuanto que el poder 
de estas gentes estriba en tener una familia numerosa. Con 
efecto, he perdido la cuenta de los hermanos, hijos, yernos, 
tios y sobrinos que me ha presentado, resvestidos con el título 
de caciques de tribus más ó menos numerosas, caciques que le 
consideraban con el mayor respeto, y á quienes él trataba 
como inferiores, á pesar de que algunos eran muy ancianos. 

Queirá es de formas atléticas, y aunque su nombre quiere 
decir gordo, no lo es tanto que aparezca desproporcionado. Su 



EXPLORACIONES . I O I 



aspecto es arrogante, y su fisonomía, que no revela nada de 
perspicacia, descubre un fondo de valor, de honradez, de sa- 
tisfacción de sí mismo y de confianza en sus propias fuerzas. 
Sobre su rostro hundido aparece una nariz muy chica y reman- 
gada, encima de una boca pequeña y siempre abierta, pero que 
nunca ríe. Sus ojos son pardos y rasgados, y su mirada inmóvil 
é impenetrable. Como todos los de su raza, no tiene barbas, 
cejas ni pestañas. Una frente plana, una cabeza cuadrada y 
enorme, colocada directamente sobre los hombros, y una negra 
cabellera, que por su rigidez se levantaba para caer de nuevo 
sobre su desnuda espalda, completan el retrato físico de mi 
compañero de viaje. 

Es inútil decir que su escolta de i8 Guanas, está compuesta 
en su totalidad de individuos de su familia, entre los que vie- 
nen dos hermanos, tres hijos, dos yernos y algunos sobrinos, 
cuyos retratos, procuraré trazar oportunamente, en el transcurso 
de este diaro. 

No porque Michí me lo hubiese dicho, sino porque el cacique 
Queirá, contándose los dedos de las manos y de los pies y se- 
ñalándome el curso del sol, me había manifestado el tiempo que 
sería preciso emplear para ir y volver hasta las Salinas, me 
previne yo de 40 salvavidas cargados de fariña, tasajo, rapa- 
dura^ galleta, café, y algunas latas de conservas, con lo que re- 
duciéndonos, como estaba convenido, á 20 personas y auxilián- 
donos con la caza, la pesca y los demás recursos del desierto, 
teníamos de sobra para comer hasta el regreso, y no cargué 
más, porque, como nuestra marcha debía ser á pie, era preciso 
economizar el peso para no fatigarnos en demasía. Sin embar- 
go, en virtud de lo pactado y por mi propia seguridad, regalé 
seis carabinas rémington que se distribuyeron, quedándose Mi- 
chí con una, como ya tengo dicho, Queirá con otra, y las cua- 
tro restantes entre los parientes de éste que más confianza le 
inspiraban. 

Además del peso de los salvavidas y de las armas y municio- 
nes con que cada individuo debía caminar cargado, comprometí 



I02 JUAN DE COMINGES. 

á dos para que cada uno llevara una de mis mantas de lana, y 
distribuí á todos camisas, pañuelos, cuchillos, agujas, anzue- 
los, collares, de los que el cacique Queirá llevaba dos docenas. 
Y no era éste sólo el peso que debían conducir los indios hasta 
sus tolderías, pues que cada uno de ellos llevaba algunas chu- 
cherías, cambiadas en el Apa por sus plumeros tejidos y cueros 
de tigre, y sobre todo dos ó tres azadones que pesaban lo me- 
nos otra media arroba. 

Un hijo de Queirá, cacique también, y uno de los indios más 
cariñosos entre los que he tratado, se ofreció á llevar sobre su 
carga ordinaria, una bolsa con un acordeón, con el deseo de 
que yo divirtiese á los indios del desierto con esta música como 
les había divertido á ellos. 

El morral que yo llevaba, además de dos mudas de ropa, 
compuestas de blusa, pantalón de dril, pañuelo, camisa y me- 
dias, contenía un estuche de comer; compuesto de cuchara, te- 
nedor y cuchillo, todo en una pieza, otro cubierto de metal 
blanco, un plato de lata, seis vasos de lo mismo, cónicos y en- 
chufados uno en otro, una brújula, un mapa, un libro en blan- 
co, un lente, dos lapiceros, un frasquito con ácido fénico, un 
rollo de tira emplástica, un paquete de quinina, una venda, un 
pedazo de piel de gamuza, un frasquito de azogue, un peine, 
agujas é hilos; y sobre esto, 25 cartuchos de rémington, 25 de 
revólver, una moneda de oro de 10 patacones, 50 cajas de 
fósforos, 10 paquetes de cigarrillos y una pala, completaban 
lo pesado de mi mochila, que, con el apéndice del rémington y 
el revólver, bastaba para fatigar al hombre más robusto. 

Todo lo tenía preparado y distribuido entre los Guanas y los 
Angaités, que debían acompañarme ; pero como Michí me ha- 
bía engañado tantas veces, y como por otra parte me parecía 
tan inmensa mi felicidad de penetrar hasta el corazón del Cha- 
co, donde jamás se ha impreso la huella de ningún hombre ci- 
vilizado, con excepción del malogrado Ayolas, dudaba aún de 
que la fortuna, que tan adversa me había sido durante la pri- 
mera expedición, me fuera propicia al empezar la segunda. 



EXPLORACIONES. 1 03 



Por fin, despedido por las gentes del Apa como puede serlo 
por sus deudos el que sale Je la capilla en dirección al su- 
plicio, partí rumbo Sud, con mis 40 acompañantes indios, por 
una senda de media legua, abierta en el bosque y paralela al 
río, al fin de la cual y en un puentecito oculto entre las ramas, 
esperaban las tres canoas del cacique Michí, que en pocos 
viajes nos pasaron con nuestros efectos á una barranca de la 
costa occidental, que enfi*enta con el límite de la isla del Apa. 

Eran las cinco de la tarde, instante que nunca olvidaré por el 
cúmulo de fuertes emociones que agitaban mi espíritu. 

Si algo tenía que temer de los indígenas, aquél era el mo- 
mento de que se realizaran mis temores, pues estaba solo en 
su propio territorio y rodeado de 40 hombres que la sociedad 
llama salvajes, entre los que había muchos también armados 
como yo, y no pocos de feroz aspecto, cuyas siniestras figuras 
aparecían más horripilantes al dejar ver, entre sus cabellos des- 
greñados y los plumeros que ocultaban sus obtusas frentes, 
un rostro desfigurado por las pinturas más extravagantes que 
puede trazar la aberración humana. 

Pero no eran temores sino esperanzas y esperanzas risueñas 
las que me hacían sentir y gozar entonces con toda la plenitud 
de mi existencia. 

¿Llegaría yo hasta los toldos de los Guanas .?• 

¿Sería mi mano la que descorriese el tupido velo que hasta 
hoy ha ocultado á los ojos de la civilización las misteriosas sel- 
vas del desierto .f^ 

¿Volvería alguna vez al seno de la sociedad y de la familia.^ 

¿Recompensaría la Providencia todos los martirios de mi 
vida, permitiéndome la honra de ser útil á los infelices des- 
graciados hermanos que aún vejetan en las tinieblas de la 
ignorancia? 

¿Comprendería la empresa á quien sirvo, el nuevo sacrificio 
que me imponía voluntariamente para realizar á toda costa sus 
atrevidos intentos? 

¿Sería calificado nuevamente de loco temerario, que no tiene 



104 JUAN DE COMINGES. 



la conciencia del peligro, por esa sociedad degenerada, que ya 
no mira sino á través del prisma- de su concupiscencia? 

Estoy tranquilo. 

No temo el anatema de los hombres. No temo los obstácu- 
los de la naturaleza. No temo la malicia de los hijos del desierto. 

Una voz secreta, un presentimiento inexplicable me dice que, 
al fin, el éxito coronará mis sacrificios. 

No hay duda que muy en lo posible estaba el que aquellos 
indios, que habían ayunado durante las 24 horas que pasaron 
en el Apa, al verse en territorio propio, excitados por el apetito 
y cargados cada uno con una alforja de provisiones, hubie- 
ran devorado á su antojo la parte de ellas que más les hubiese 
apetecido, sin consultar con sus caciques ni menos conmigo, que 
ninguna autoridad representaba, sino con sus instintos como 
bárbaros que son. 

Así me lo esperaba, pero tuve la fortuna de engañarme; pues 
éstos depositaron ordenadamente sus cargas sobre la barranca 
y se tumbaron en tierra, aguardando sin duda las órdenes de 
sus caciques. 

Comprendía mi posición. Aquellos indios no eran mis sir- 
vientes, y yo debía agradecerles, no sólo el servicio que me 
prestaban acompañándome al interior del Chaco, sino el que 
no me cautivasen, teniéndome entre sus manos, y hasta el que 
respetasen mi vida; pero, sin embargo, quise probar fortuna, 
pues nada tenía que arriesgar desde que estaba en el Chaco, 
por lo que, con cierto aire de autoridad, como hija de la ilimi- 
tada confianza que en ellos tenía, dije al cacique Queirá que 
formase á toda su gente para que yo les distribuyese los víve- 
res que habían de servirles de cena, en lo que consintió; aunque 
no sin cierta repugnancia por parte de los ancianos y de los 
caciques, quienes sentían rebajada su autoridad, al verse con- 
fundidos en un acto semi-oficial entre los soldados más ínfimos 
déla tribu; lo que me dejó admirado, pues nunca pude figu- 
rarme que, tratándose de comer y teniendo hambre, fuesen los 
indios tan puntillosos. 



EXPLORACIONES. 1 05 



Tomé uno de mis vasos de lata y cada uno de los indivi- 
duos que componían mi séquito, fué sucesivamente acercán- 
dose á recibir su ración de fariña, galleta, y rapadura, con 
excepción de dos ó tres aristócratas que, no queriendo acer- 
carse, á pesar de las instancias del cacique Qüeirá, fueron ser- 
vidos en su puesto por algunos mozos. 

El cacique Michí, que tenía su familia á poca distancia de la 
costa, creyendo muy propicia la ocasión para obsequiarla de 
una manera espléndida, se acercó á mí, no presentando una 
punta del epiquilsiqus (i) como todos hacían, sino poniéndome 
delante una calabaza totanera de más de media fanega de 
capacidad, para que en ella depositara su ración, la de su mu- 
jer, la de su madre, la de sus cuñadas, la de sus hijos, y yo 
creo que las de todos los individuos de su tribu. 

Aunque yo me resistía á desprenderme, en obsequio de gen- 
tes que quedaban en su casa, de víveres que tan necesarios 
eran á los que íbamos á emprender un viaje, y aunque los 
Guanas no miraban con satisfacción la conducta de este glotón 
insaciable, tuve que darle, como quien lo toma á risa, aunque 
con todo dolor de mi corazón, una cantidad de comestibles 
igual ó mayor que la que acababa de distribuirse como cena 
de 40 hombres ; siendo lo más curioso, que no satisfecho con 
el contenido de una bolsa, se apoderó del continente ó sea del 
salvavida vacío, con el pretesto de hacer un poncho para el 
Benjamín de su familia que, según él, andaba en cueros; con 
todo lo cual cargó uno de los suyos, saliendo en dirección ae 
la toldería, donde no tardarían en regalarse, gracias á la poca 
vergüenza de su cacique. Como una de las condiciones que, 
según Michí, me había impuesto el Queirá para acompañarme 
al Chaco, era que les obsequiase con una damajuana de vino, 
llevé dos, para que no se quedase sin beber ninguno de mis 
acompañantes ; pero por poco me arrepiento de mi condescen- 



(i) Tejido de algodón teñido y con diferentes dibujos, que sirve á 
los indios de taparrabo. 



106 JUAN DE COMINGES. 



dencia, pues mientras ellas contuvieron algo, fueron el sueño 
ó más bien el furioso delirio del cacique Michl, que es el pro- 
totipo de los borrachos. 

Todos los indios gustan de los licores espirituosos; pero 
Michí hubiese querido tener las fuerzas de un Hércules para 
no dejar beber á nadie ; pues no pudiendo soportar que yo lo 
repartiese á todos por iguales partes, me alegaba multitud de 
razones para convencerme de que los caciques tienen más de- 
rechos para embriagarse que los indios rasos, y me decía que 
Queirá estaba enojado de que yo diese á todos un vino que no 
era más que para nosotros tres; por más que en los ademanes 
del jefe Guana, comprendía muy bien que le incomodaba la 
avaricia del Angaité y que le satisfacía que atendiese como á 
él mismo, á sus hermanos, sus hijos y sus sobrinos. 

En estas cosas, acabé con una de las dos castañas, y hacién- 
dome sordo á las indirectas, hice que Queirá mandase colocar 
la otra en una de las canoas, donde algunos indios habían em- 
pezado á acomodar parte de los salvavidas, mis mantas, mi 
morral, el acordeón y los efectos pertenecientes á los dos caci" 
ques principales. 

Llegó la noche, y yo estaba mucho más satisfecho que por 
la tarde, viendo que los jóvenes se permitían algunas confianzas 
conmigo, cuales eran ponerse mis gafas para hacer reir á los 
otros y pedirme que les repitiera algunos de los juegos de 
manos que tanto les habían gustado en la mañana de aquel 
día; esto, unido al respeto que me habían manifestado al con- 
siderarme como dueño de los víveres y el sujetarse como doc- 
trinos á la ración que tuve á bien de repartirles, me hacía 
esperar que no tardaría mucho en ascender á la categoría de 
cacique, y tanto más, cuanto que nadie encendía un spó (i) 
para fumar su tena (2) sin alargármela, tan pronto como estaba 



(i) Pipa de palo santo, más ó menos labrada. 
(2) Torta de tabaco amasado con sustancias aromáticas y prensado 
hasta quedar tan duro como la madera. 



EXPLORACIONES. IO7 



seguro de que ardía, sí bien es cierto, que tampoco faltaba 
quien me la quitase apenas la llevaba á mis labios, para entre- 
garla sucesivamente á otro, después de dar dos chupadas, dán- 
dose el caso de que una cantidad de tabaco, como la que pu- 
diera entrar en cuatro cigarrillos de papel, bastase para dar de 
fumar una vez á todos los individuos de ambas tribus. 

No hay para qué decir si yo, por repugnancia de fumar en 
una pipa que corría por todas las bocas, les haría ó no el de- 
saire de no aceptarla, cuando tan generosamente me la ofrecían. 

Si por descubrir el Chaco me había jugado el albur de la 
existencia, dicho se está de ahora en adelante, que sonriendo, 
acepté esa porquería; que sonriendo aguanté las impertinencias 
de Michí; que •sonriendo, me dejaba sacar los anteojos que 
tanto precisaba ; que sonriendo, les repetía cien veces mis in- 
sulsos juegos de manos; que sonriendo, les tocaba el acordeón 
hasta rendirme y que sonriendo, me hubiese dejado apalear; 
pues estos inconvenientes eran muy poca cosa, comparados con 
los que yo me había propuesto sufrir con tal de conseguir mi 
objeto. Temía que pudiese llegar á faltarme la fuerza; pero 
nunca se me ocurrió temer que pudiese llegar á faltarme la re- 
signación. 

Viendo que la noche llegaba ; que mis ropas habían sido lle- 
vadas de propósito a la canoa ; que todos estaban tendidos y 
silenciosos, y que no nos acercábamos á los toldos de Michí, 
á pesar de estar tan cerca que se oía gritar á los niños y ladrar 
á los perros, con mucho gusto hubiese preguntado, si partía- 
mos ó si quedábamos ; pero como mi plan era no sólo aparecer 
más amable y tolerante que los indios, sino tan estoico como 
ellos, no manifesté desear saber lo que no se me decía, y con la 
mayor indiferencia hacia todo lo que podía sobrevenir, me ten- 
dí también de pechos sobre la yerba como uno de tantos, sin- 
tiendo no tener allí algún amigo para decirle : ¿ En qué vendrán 
á parar estas misas ? 

No esperé mucho rato en la incertidumbre ; porque tan pron- 
to como entró la noche, á una señal del cacique Queirá, Michí 



I08 JUAN DE COMTNGES. 



con toda su gente y los salvavidas, y parte de los Guanas sin 
ellos, se pusieron en camino hacia el Occidente, mientras que 
Queirá, haciéndome señal de que al amanecer del siguiente 
día nos reuniríamos de nuevo con aquellos que marchaban, 
me arrastró hacia las canoas donde nos embarcamos en com- 
pañía de otros once Guanas, escogidos entre los más principa- 
les, lo que no les impidió el tener que remar como gaviotas, 
viento contrario y agua arriba por añadidura, hasta el amanecer 
del día siguiente. 

Caminamos en las tres canoas al rumbo N., por el brazo 
del río que marcha por la parte O. y siempre recostados á la 
orilla del Chaco, aunque las ramas nos azotaban el rostro y 
los yacarés y los carpinchos, sorprendidos con nuestra lle- 
gada, se arrojaban al río salpicándonos y lanzando sus roncos 
bramidos. 

Remaban los indios con doce paletas, y su destreza era tanta, 
que á pesar del viento y de la corriente, y también de la poca 
claridad de la noche, veía pasar volando los árboles de la ribe- 
ra, cual si caminase en uno de los vapores más ligeros, y no 
sabía qué admirar más, si esa vista penetrante que, en medio 
de la oscuridad, divisaba de lejos y á tiempo para esquivarlos, 
la multitud de troncos prendidos todavía por algunas de sus 
raíces sobre la margen que se presentaban atravesados y á 
flor de agua como una sombra negra, ó el ágil movimiento de 
aquellos remos que, sin apoyarse en el borde de las canoas, 
entraban y salían en el agua tan de filo, que ni la fuerza em- 
pleada para moverlos se desperdiciaba en inútiles choques ni 
se producía otro ruido que un leve susurro fácil de confundir 
con el murmullo de la corriente. 

Perseverante en mi estoicismo aparente, no puse dificultad 
en obedecer al cacique cuando contra todas las leyes de la fí- 
sica ciencia, que no debe ser muy conocida en el desierto, me 
mandó saltar sobre una canoa que por los tres hombres y la 
multitud de cachivaches que dentro tenía, apenas asomaba 
fuera de agua dos centímetros; pero, confieso que al penetrar. 



EXPLORACIONES. 1 09 



10 hice íntimamente convencido de que íbamos á ponernos la 
canoa por montera. 

Nadie reía, nadie cantaba, nadie desplegaba los labios, nadie 
cambiaba de postura. 

Parecíamos un monstruo marino con 1 2 antenas, que se des- 
lizaba astutamente entre dos aguas para saltar sobre su presa; 
y no hay que decir si yo con mis movimientos alteraría la mo- 
notonía de aquel cuadro, pues no debía hacer lo que los de- 
más no hacían; y aunque mi posición, sentado sobre un plano 
horizontal durante tantas horas, era un suplicio, me mantenía 
vertical y sin estornudar siquiera, seguro de que, al menor mo- 
vimiento, penetraría al interior el agua, que ya lamíalos bordes 
de la canoa. 

Con objeto de encender su spó^ el cacique Queirá que de- 
lante de mí estaba sentado, me alargó su paleta sin decirme 
nada, por lo que, penetrando su intento que no debía ser otro 
sino el de que mis fuerzas sustituyesen á las suyas ínterin fu- 
maba, me puse á remar; pero no siguiendo el sistema de mis 
compañeros de viaje que tan fatigoso me parecía, sino que ha- 
ciendo alarde de mis conocimientos mecánicos y deseando lu- 
cirme, descansé el remo sobre la baranda para que á modo de 
tolete sirviera de punto de apoyo á la palanca con que empu- 
jaba las aguas hacía atrás para impulsar mi canoa hacia ade- 
lante; más como quiera que á la primer remada mi paleta sola, 
chocando con el borde de la canoa produjo más ruido que las 

1 1 restantes, 1 1 cabezas de indios se volvieron hacia mí*, y 
aunque por el pronto me pareció que esto sería para admirar 
mi destreza, como quiera que á cada ruido mío se repetían por 
parte de los indios la mismas manifestaciones, llegué á sospe- 
char que aquellas gentes no estaban para música, y acabé de 
persuadirme de mi sospecha cuando el cacique Queirá tendió 
su mano bruscamente hacia atrás, y sin volver la cara, arrancó 
de un tirón el remo de las mías. 

Muncho sentí el haberle disgustado, por más que no habien- 
do sido el trabajo mío inferior al de los otros, comprendía que 



no 



JUAN DE COMINGES. 



no debía proceder su enojo sino de un capricho; pues estaba 
claro, que no teniendo derecho para quejarse de mi actividad, 
de lo que se quejaba era del ruido que en aquel sitio y en aque- 
llas circunstancias á cualquiera le hubiera parecido el más poé- 
tico del mundo. 

De pronto, las canoas que en aquellos momentos caminaban 
á cierta distancia de la costa, viraron hacia ella, redoblando el 
impulso de su marcha que tenía por objeto vararlas en un ban- 
quito de arena, que cerraba el paso, y en el cual saltamos; y 
después de tirar de nuestras embarciones, para dejarlas asegu- 
radas en seco, los indios me rodearon; algunos me tocaron en 
el hombro cariñosamente, otros acariciaban la damajuana, y yo 
me apercibí de que entre ellos no es incompatible el defecto 
de ser mudos con el vicio de ser borrachos. 

— Vino, dijo el cacique Queirá, tocando la damajuana que 
apenas se veía, y esta fué la primera palabra que había pro- 
nunciado desde que nos embarcamos y probablemente éste fué 
el único pensamiento que, durante la primera parte del viaje, 
había preocupado la mente de los indios, y el que afortunada- 
mente no habían podido realizar; porque estando todas las ca- 
noas tan cargadas como la mía, era imposible mover la dama- 
juana sin que nos fuéramos á pique. 

Tomó el cacique una de mis mantas y todos nos dirigimos, 
pisando sobre el banquito de arena que tendría encima tres ó 
cuatro centímetros de agua, hasta la costa occidental, que, aun- 
que bastante pantanosa, estaba cubierta por una espesa capa 
de ninfeas sobre las que tendió mi manta, acostándose él en- 
cima y haciéndome una seña tan expresiva que parecía decir- 
me:— Te consiento el alto honor de que te acuestes á mi lado. 

Me acosté no sin pensar, porque la experiencia adquirida en 
la primera expedición al Chaco así me lo había demostrado, 
que los camalotes que nos servían de lecho, eran la madriguera 
donde se refugian las víboras de cascabel, que son los reptiles 
más peligrosos del desierto. 

Creo, aunque no lo pregunto, que nuestra detención intem- 



EXPLORACIONES. I I I 



pestiva tiene por causa las dificultades que con la oscuridad de 
la noche opone el banco de arena al paso de las canoas, pero 
no me explico que nuestra parada se haga sobre unos cama- 
lotes bajo los cuales hay barro y puede haber reptiles; que 
estamos precisamente sobre la margen del río que es el pasaje 
obligado de los tigres que se alimentan con los yacarés y los 
carpinchos de la costa, y que no se les ocurra siquiera encen- 
der fuego para calentarnos, ya que no sea para ahuyentar los 
mosquitos, que nos devoran ó para contener los avances de las 
fieras. Pero no se hace esperar un hecho que no sólo despeja 
mis actuales dudas, sino que me aclara los motivos que los in- 
dios tenían para no hablar, reir, ni cantar durante el viaje, para 
no consentirme que produjese ruido al chocar mi paleta contra 
la canoa y para caminar entre los escollos y ramas de la costa. 

Viendo yo que el cacique Queirá, acababa de llenar su pipa, 
como un rasgo de galantería con que le evitaba la engorrosa 
y larga operación de hacer fuego, por medio del eslabón, el 
pedernal y la yesca, encendí un fósforo muy bonitamente y se 
lo presenté delante, teniendo el digusto *de ver que á su chas- 
quido todos los que estaban tendidos se incorporaron y que 
Queirá dejo caer su pesada mano sobre la mía, apagando la 
vela y dejando quemado y dolorido al candelero. 

No me pareció muy bien la recompensa que recibía en pago 
de mi atención hacia el cacique, y jurando interiormente el no 
volver á encender un fósforo hasta que saliese del desierto, vol- 
ví á acostarme dejando que el Queirá encendiera su pipa como 
mejor le placiera. 

Dos sofiones tan á mi parecer inmerecidos en el espacio de 
dos horas, tocaban cabalmente á razón de veinticuatro al día, 
cifra muy pequeña sin duda si había de ser la justa compensa- 
ción de las satisfacciones, que el interesante estudio á que me 
dedicaba podía proporcionarme en el mismo intervalo. 

Los hombres de pundonor, cuando viven en medio de las 
preocupaciones de la sociedad civilizada, no por un bofetón, 
sino por el más imperceptible desaire, no pueden vivir tranqui- 



I I 2 JUAN DE COMINGES. 



los, ni presentarse ante el mundo sino después de haber lavado 
la ofensa con la sangre de su adversario. 

Yo que participo de todas la preocupaciones de la sociedad 
en que he nacido, comprendí, sin embargo, que era una ventaja 
lade estar separado de elb, supuesto que la ofensa que acababa 
de recibir no tenía necesidad de lavarla derramando la sangre 
de un cacique guana, sino refregándome el dedo contra los fres- 
cos camalotes. 

El cacique, que aunque seco y desabrido, abrigaba en su 
alma un fondo de justicia que jamás he descubierto en otro 
hombre, comprendiendo sin duda mi resignado resentimiento, 
y haciendo en obsequio nu'o un esfuerzo contrario á sus cos- 
tumbres severas, y á sus hábitos endurecidos, me alargó su 
pipa, tocándome la espalda amigablemente, y llevándose el ín- 
dice de su mano derecha sobre los labios, y tendiendo la mano 
izquierda en dirección á la ribera opuesta, me dijo con acento 
misterioso esta dos palabras: — cadubeus enemoateás (i); des- 
pués abriendo mucho los ojos se llevó la diestra sobre la gar- 
ganta y agarrándose' con la siniestra sus abundantes cabellos, 
hizo algunos movimientos alternativos como quien se degüe- 
lla, y volviéndome las espaldas, descargada su conciencia con 
tan elocuentes explicaciones, se quedó dormido como los niños, 
aunque roncando como los yacarés de la vecina costa. 

No se precisaba mucha perspicacia para comprender, ya 
que no en sus palabras, al menos en sus ademanes expresivos, 
que todas las precauciones tomadas tenían por objeto evadirse 
de los ataques de un terrible enemigo, que le acechaba desde 
la opuesta costa. Entonces recordé la guerra cruel, que, según 
los informes que me habían dado, se hacían mutuamente las tri- 
bus de ambas costas, y el odio mortal que existe entre unos y 
otros; con la diferencia de que el miedo de los Guanas debía ser 



( I ) Cadubeus son los indios Mbayás, y enenioateá quiere decir 



enemigo. 



EXPLORACIONES. I I 3 



más grande, en razón de carecer de las armas de fuego y de las 
costumbres belicosas de sus contrarios. 

A pesar de todos estos pensamientos, no tardé mucho en se- 
guir el ejemplo del cacique y me dormí profundamente. 



Dia 7 de Ochib^'e. 

Serían las tres de la madrugada cuando el cacique Queirá des- 
pertándome de mi sueño y mostrándome la brillante luna, me 
dijo: — Pelstein^ (Luna) y uno de sus hermanos que tiene trazas 
de muy socarrón, mostrándome también el lucero que la acom- 
pañaba, imitó por lo bajo el ladrido del perro, y pronunció la 
palabra chemején (perro) y por si no había comprendido que el 
lucero dei alba se llama perro entre los indios, elcapique Quei- 
rá dijo de nuevo: — Yaguá^ que en guaraní también quiere 
decir perro, y que es una palabra de las muy pocas que sean 
comunes á ambos idiomas, sin que esto quiera decir que entre 
los Guanas la palabra chemején se aplique al lucero, ñique la 
palabra yagua se aplique al perro. 

A la luz de la luna, que sin duda esperaban para salvar las 
dificultades de un bajío, por el que tuvimos que arrastrar nues- 
tras canoas, partimos de nuevo río arriba y á fuerza de remo 
llegamos en tres horas y media, ó lo que es lo mismo, alas seis 
y media de la mañana á la barranca denominada por el caci- 
que Michí, Caña de Azúcar; quizá por corrupción del nombre 
de un morro elevado que se divisa al Oriente, y que se llama 
Pan de Azúcar, el cual está colocado á los 22" 22' de latitud. 

No puedo calcular la distancia que hemos recorrido durante 
la noche, pero sí, sé que pasa de cinco leguas, porque la velo- 
cidad de nuestra marcha era mayor que la que corresponde á 
una legua por hora. 

La isla ó islas que nos habían acompañado casi toda la no- 
che por el E. y que son las que nos separaban del cauce prin- 

% 



114 J^^AN ^^ COMINGES. 



cipal del río, por donde caminan los vapores, habían ya des- 
aparecido, lo que quiere decir que la elevada barranca de Caña 
de Azúcar, es un puesto establecido en la costa del Chaco, so- 
bre el cauce principal del río Paraguay, un poco más abajo del 
cerro denominado Pan de Azúcar, y junto á la confluencia de 
un arroyo, que con propiedad se llama en algún mapa de los 
menos conocidos, Arroyo de los Guanas. 

Al divisar esta barranca, el cacique me ordenó hacer un dis- 
paro de rémington, á cuyo ruido gritaron niños, ladraron perros 
ahullaron hombres y mujeres, y la barranca, el talud y la ribera 
se cubrieron instantáneamente de todos estos seres, que se 
agitaban y confundían en la más inexplicable algarabía; pues 
no se sabía si aquellas manifestaciones de feroz regocijo eran 
hijas de la satisfacción de ver á un hombre de otra raza que 
les hacía el honor de visitarlos, ó si procedería del placer que 
debe causar en una hambrienta toldería el ver llegar á alguno 
con un ciervo á las espaldas. No podía pues felicitarme por 
completo de aquellas primeras manifestaciones de ruidoso reci- 
bimiento, porque bien pudiera ser yo el esperado ciervo. . 

Mucho antes de atracar al pie de la barranca, una voz esten- 
tórea, que se destacaba en medio de aquel guirigay, gritaba: — 
Vino! vino! vino' lo que me hizo comprender que mis acom- 
pañantes que marcharon por tierra se encontraban mezclados 
entre aquella inmensa muchedumbre; pues no podía ser otro 
que el borracho cacique Michí, quien olfateando la damajuana 
como el enjaulado tigre barrunta la ración aun antes de que 
el guardián la arroje entre sus garras, y creyendo que podría 
escaparse de entre las suyas, se arrojó de la barranca, se metió 
en el río, y con una mano sobre mi cabeza y otra sobre el cuello 
de la damajuana, que yo llevaba entre mis piernas, nos acom- 
pañó hasta la orilla, gritando sin cesar con toda la fuerza de 
sus pulmones: — Vino! vino! vino! 

No parecía gustarle mucho al cacique Queirá, que es un 
verdadero tipo de dignidad, la degradante avaricia de su colega, 
por lo que, sin detenerse á saludar á nadie, hizo que sus gen- 



EXPLORACIONES. I I 5 



tes sacaran los objetos que traían las canoas y que los acomo- 
daran cuidadosamente al pie de un grande ti^ (i) que había 
cuarenta pasos más adentro del borde de la barranca, reti- 
rándose allí con todos los suyos, ínterin yo recibía, ó más bien 
dicho, Ínterin yo era víctima de las felicitaciones de aquel en- 
jambre humano, que caía sobre mí y sobre mi vino como pudiera 
hacerlo sobre la miel cualquier enjambre de moscas. 

— ¿Quieres vino? — le dije al cacique Michí; pues forma toda 
tu gente que para ellos lo traigo . 

— Este vino no es más que para los Angaités, me dijo á mí, 
pero con una entonación que parecía una amenaza. 

— Para los Angaités, le respondí yo, sirviéndole un vaso, que 
apuró de un sorbo. 

Después de esto, con la damajuana en una mano y el vaso 
en otra, di la vuelta á aquel inmenso círculo, repartiendo lo 
que había entre todos, sin excluir ni aún á los niños que esta- 
ban en lactancia, pues que su madre les sacaba el pecho de la 
boca para que empinaran el vaso, lo que hacían con avidez, 
aunque muy asustados de mis barbas y de mis anteojos, miedo 
que se extendía no sólo á los adolescentes, sino también á algu- 
nas mocitas que recibían el vino temblando, y que, al hacerles 
yo la más ¡nocente caricia, salían del corro dando gritos lasti- 
meros y produciendo la hilaridad de todos. 

Concluida esta operación y cansada ya la gente de mirarme, 
de tocarme, de reírse de mí, de ponerse alternativamente mi 
sombrero, y de tirarme de las barbas hasta quedarse con ellas 
en la mano, el cacique Michí me trajo el acordeón, y me ordenó 
que tocase, lo que hice yo, diciéndole en guaraní que iba á 
cantar y á tocar en honor de Nandeyá (2) por lo que, después 
de descubrirme y de llevar mi mano en dirección al cielo, co- 
mencé á entonar, acompañado por el instrumento, el Santo 
Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal. 



(i) Algarrobo. 

(2) Dios, en guaraní. 



I 1 6 JUAN DE COMINGES. 



Aquí fué Troya; pues al escuchar mi primer nota, acompa- 
ñada de tan profundos bajos, aquello fué una espantada tan 
general y una de ladrar perros y llorar muchachos que yo mismo 
me espanté de mi propia obra; porque no sabía si había saltado 
un tigre entre nosotros, ó si resentidos los Guanas de que nos 
hubiésemos bebido todo el vino, nos habían acometido á ma- 
canazos, ( I ) No quedaron en torno mío más que el cacique 
Michí, que estaba en traje de confianza, y aquellos de sus sol- 
dados que, en la mañana y en la tarde del día anterior, habían 
escuchado las voces del instrumento, quienes reían á mandí- 
bulas batientes y se agitaban en una especie de danza que 
parecía el baile de San Vito. 

Mi piadosa plegaria, no sirvió más que para espantar á unos 
y para que otros la tomasen como un can-cán furioso. 

Por fin, restableciéndose la confianza poco á poco, fueron 
acercándose muchos de los que se habían disparado, aunque 
no sin cierto recelo y sin vacilar ante las protestas que desde 
lejos les dirigían con sus lágrimas la multitud de muchachos, al 
ver como sus padres y sus hermanos volvían á llegarse cerca 
de aquello que les parecía tan espantoso peligro. 

Desgraciadamente para mí, aquellos mismos que en el ins- 
tante de sentir los primeros acordes, creyeron que se les venía 
el mundo encima, concluyeron por aficionarse á la música, de 
tal manera que sólo pude soltar el acordeón de entre mis ma- 
nos, cuando me faltaron las fuerzas para vencer la resistencia 
de los fuelles. 

Más de dos horas habían transcurrido desde mi desembarco, 
cuando el cacique Queirá vino á sacarme de aquel círculo de 
Angaités que me oprimía con sus brutalidades, diciéndome por 
señas, que ya era la hora de repartir las raciones. 

Acudí, pues, seguido del cacique Michí y de todos los indi- 
viduos de su tribu hasta el pie del algarrobo, bajo cuya som- 



( I ) Macana es un arma contundente como un bastón, fabricado 
con palo de hierro. 



EXPLORACIONES. I I ^ 



bra los Guanas habían establecido su campamento, y en cuyo 
punto estaban amontonados los 1 7 salva-vidas correspondien- 
tes á los 17 Guanas; pues que dos de éstos se habían consu 
mido en la cena de la noche anterior, y supuse que los 2 1 que 
me faltaban los tendrían depositados los Angaités en su inme- 
diata toldería. 

Formaron los Guanas corro y recibieron sus raciones de 
galleta, azúcar y fariña como en la noche anterior; pero, ¡cual 
no fué mi asombro al ver que el cacique Michí, imaginándose 
que yo tenía el deber de mantener también aquella inmensa 
toldería, había formado su gente, que provista de grandes 
mat€s ( i) estaba consentida en recibir una ración, en busca de 
la que probablemente habían caminado toda la noche desde 
su toldería del Apa ! 

No podía oponerme á sus deseos, porque me faltaba la 
fuerza para convencerle de las razones que me asistían para 
negarme á tan descomedidas exigencias ; pero desde luego me 
apercibí del hambre que me esperaba en el desierto. 

Cedí sin resistencia, con la sonrisa en los labios y metiendo 
terroncitos de azúcar en la boca de los niños más ariscos, con 
lo que me captaba sus simpatías á la vez que la de sus padres. 

Cinco salva-vidas se consumieron en este almuerzo, por lo 
que sí pronto no nos poníamos en camino, no había comida ni 
para 48 horas, porque entre los indios, como entre muchos 
cristianos, no existe la economía ; pues nadie pescaba, nadie 
cazaba, nadie tiraba una palma para comerse su cogollo, sino 
que Guanas y Angaités cumplían ávidamente con aquel prover- 
bio español que dice: La del pobre; antes reventar que sobre. 

Pues revienten, dije yo, resignándome también á la nueva 
situación que me creaba la gula del gefe de los Angaités, tan 
estrictamente secundada hasta por los niñitos de pecho, que 
alargaban su matecito como cualquier adulto. 

Retiróse el cacique Michí con todos los suyos, hacia el in- 



( I ) Calabazas secas que sirven de cazuela. 



I 1 8 JUAN DE COMINGES. 

tenor del bosque que por el Sur limitaba aquella pradera, mien- 
tras que el cacique Queirá comía conmigo y en el mismo plato, 
la rica sopa de esponjada fariña, hecha con agua hirviente y 
azucarada, la que parecía agradarle demasiado, según lo satis- 
fecho que embaulaba. 

Acabado nuestro desayuno, los Guanas se quedaron dormi- 
dos, después de acomodarse como pudieron bajo la copa del 
algarrobo, y yo me ocupé en el estudio de aquellos contornos. 

Era lá esplanada en que me encontraba un lugar verdade- 
ramente pintoresco. Al naciente, el río, los cerros de Pan de 
Azúcar y los bañados territorios brasileros que habitan los in- 
dios Mbayás. Al S. E., cubierta por la extremidad de una isla, 
la confluencia del río de las Corrientes, hoy río Apa, los Ce- 
rros de Ita-Pucú-Mi ( i ) y el fin de las cordilleras del Paraguay, 
que terminan en la elevada cadena de los Cerros del Apa. Al 
Sur, la punta saliente de un espeso bosque que por el Este li- 
mitaba en el río, y por el Oeste, como á 200 pasos de la costa, 
dejaba ver una abertura por la cual se descubría un horizonte 
despejado, volviendo á cerrarse de nuevo hacia el poniente, 
como una extensa cortina que á mil pasos de mí se corría 
hasta el N. O., donde empezaban bañados de incalculable pro- 
fundidad, que llegaban hasta la barra del pequeño y salitroso 
arroyo que he llamado de los Guanas. 

Nada tiene de particular la vegetación arbórea de esta faja 
de bosque, que llega hasta mi campamento y está muy lejos 
de encerrar, al menos cerca de sus orillas, las preciosas espe- 
cies de vegetales que he visto en mi primera expedición, du- 
rante la travesía de la inolvidable Picada del Monte Grande. 
Asimismo, las aves y las plantas acuáticas que pueblan el gran 
curiche que nos encierra por el N. y el N. O., no son tampoco 
tan variadas ni tan bellas como las que en la misma época pude 
observar en las lagunas del Paraíso y Santa Rosa. 

Ya sabía que por tierra podrían caminarse al N. por lo me- 



( I ) Piedra larga, chata, en guaraní. 



EXPLORACIONES. I 1 9 



nos seis ó siete leguas, hasta la toldería principal del cacique 
Michí, que como tengo dicho, radica media legua al O. de la 
barranca fronteriza á la extremidad inferior de la isla del Apa, 
ó sea del puerto donde desembarcamos ayer para pasar la 
noche. 

Sabía también que por el N. y el N. E. no podría pensarse 
en penetrar hacia el interior del Chaco, y por consiguiente? 
imaginando que sólo por el O. estaría nuestro camino, me 
dirigí en este rumbo hacia la cortina de bosque que por allí 
cerraba el horizonte, siguiendo una veredita á través de la 
pradera cuyos pastos eran tan excelentes como fértil la tierra 
que los producía. 

Apenas habría caminado 50 pasos dentro del bosque del O., 
cuando asustado de mi presencia se dispersó por entre los 
matorrales un pequeño rebaño de 15 ó 20 ovejas robustas, 
aunque de lana muy ordinaria, contándose entre los dispersos 
el pastor que las cuidaba, que era un muchacho de 14 años, á 
quien yo no recordaba haber visto, pues me hubiese llamado 
la atención por su abundante y enmarañada cabellera. Sin duda 
aquel muchacho ignoraría quién yo era; y si he de consignar 
mis sospechas, como en Michí lo creo todo, creo también que 
aquel muchacho era un esclavo. 

Siguiendo mis investigaciones por la senda adelante, quedé 
extraordinariamente sorprendido al encontrarme con recientes 
excrementos de caballo, y mucho más cuando, fijándome en el 
suelo, me apercibí de que por todas partes estaba estampada 
la reciente huella de numerosos caballos. 

— ¿ Qué significa ésto.^^ dije para mí . ¿De quién pueden ser 
estos caballos .^ ¿Miente también el cacique Queirá? ¿Por qué 
me han dicho que no tiene caballos? ¿Qué pensarán hacer 
conmigo estos embusteros .^^ 

Embebido estaba en estos pensamientos, cuando llegó hasta 
mí, y muy agitado por la velocidad de su carrera, el cacique 
Michí, que sin duda había sabido dónde me encontraba por 
el pastorcito que se había asustado con mi presencia. 



I20 JCAN DE COMINGES. 



La cara del cacique Michí tenía un no sé qué de más sinies- 
tro y repugnante que cuanto feo y horrible había yo visto, du- 
rante las pocas horas que llevaba entre los indios. Su boca 
despedía espuma, rayos parecían sus miradas, balbucientes 
eran sus palabras, y á los síntomas de sus feroces pasiones 
reveladas en los rasgos de su fisonomía y en la agitación de su 
voz, se unían unos ademanes, que no dejaban duda de sus in- 
tentos, pues hasta el rémington que yo le había regalado aún 
no hacía 24 horas, lo traía preparado como el que va en ojeo. 

— Me va á matar este bárbaro, me dije interiormente, y sin 
apartar la sonrisa de mis labios, aunque la palidez debía cu- 
brir mi rostro, y pensando siempre en si tendría que recurrir 
á mi revólver, á dos kilómetros de la tribu donde no me que- 
daba otro recurso que el de sesgar al N. E., para cortar por 
el bosque hacia el bañado, cruzar éste, desnudarme, pasar el 
río á nado, y buscar un refugio entre los Mbayás, que era lo 
mismo casi que dejarme matar por el cacique, le mostré un 
puñado de flores cuando tan desentonadamente acabó de pre- 
guntarme: — ¿Qué haces aquí? 

— Las flores que nacen en estos terrenos de tu propiedad 
tienen virtudes medicinales que aprecian mucho los cristianos. 

— Las ovejas no son mías, dijo el cacique Michí un poco 
desarmado de su cólera. 

Se sentó como entregado á una lucha interior y á un cú- 
mulo de vacilaciones, que le hacían gesticular y articular algu- 
nas palabras que no comprendía, y yo entretanto, aproximan- 
do mi lente como quien cuenta los estambres y pistilos de 
aquellas flores microscópicas, exclamaba de vez en cuando 
como entusiamado con mis investigaciones botánicas, j Ipo- 
naité !! (i). 

Michí me contemplaba, yo creo que con lástima, viendo en 
mí un ser tan inofensivo y tan confiado. 



( I ) Hermosísimo, en idioma guaraní. 



EXPLORACIONES. I 2 I 



Ciertamente que hubiera pensado de otro modo, si hubiera 
podido contar los latidos de mi corazón, que mil veces pensé 
que me denunciaran. 

De pronto y como quien toma una resolución intempestiva, 
y casi casi como quien quiere provocar una disputa, me salió 
con este exabrupto : 

— Yo no quiero acompañarte hasta los toldos de los Gua- 
nas. Mañana te vuelvo al Apa. Toma tu fusil, que tampoco lo 
quiero. 

Puedo asegurar que hasta aquel instante de mi vida no ha- 
bía sentido un dolor moral ni físico tan inmenso como el que 
produjeron las palabras de aquel bárbaro. Una espada de dos 
filos, penetrando en mi corazón, no me hubiera lastimado tanto. 
No deben matar las penas cuando yo pude sobrevivir después 
de congelarse mi sangre, al ver perdidas de un golpe las espe- 
ranzas más risueñas que acaricié en mi vida!! 

Reconcentré todas mis fuerzas, y rebuscando en el recinto 
de la hipocresía una sonrisa que llevar á mis labios, le dije: — 
Como tú quieras, pero el fusil yo te lo he regalado para tu de- 
fensa, y cuando me traigan más de Buenos Aires, voy á regalar 
uno á cada uno de tus soldados, para que no se metan contigo 
los cadubeus del naciente. 

— ¿Y cuando te traerán los fusiles? me preguntó. 

— Cuando les mande muchas flores como éstas, que curan 
todas las enfermedades, le respondí. 

Hubo otro rato de silencio al cabo del cual, agarrándome 
del brazo, me llevó fuera del bosque, diciéndome por el cami- 
no incesantemente estas dos palabras: — Queivá yapü. Queirá 

^'OpÚ, ( I ) 

¿Queirá traidor .f^ ¡Dios mío! ¿Pues qué será entonces este 
miserable, que me falta á su palabra sin pretexto alguno.^ 
Queirá no puede ser traidor,, porque si lo fuera, sería ei 



(i) Traidor, en guaraní. 



122 JUAN DE COMINGES. 



más sabio de los hombres por haber alcanzado hasta el mérito 
de disfrazar á su propia naturaleza para engañarme. 

Como la vereda era estrecha, quise colocarme detrás del 
cacique como para darle la preferencia de marchar él primero, 
preferencia que tanto envanece á los indios, según las obser- 
vaciones que yo había hecho en el Apa; pero, á decir verdad, 
esta galantería no tenía otro objeto que el no llevar tras de mí 
al miserable, que podría darme una puñalada ó un tiro por la 
espalda. 

Cuando llegábamos cerca del campamento de los Guanas, 
quise yo dirigirme á él para procurar, aunque fuese valiéndome 
por señas, que el cacique Queirá disuadiese á Michí de aquella 
resolución que tanto contrariaba mis propósitos; mas este ca- 
cique, no queriéndome dejar sólo con el guana después de lo 
ocurrido, me arrastró consigo hacia el bosque de la ribera 
donde acampaban los suyos, no sin protestas de mi parte que 
pretendía arrancarme de sus manos, manifestándole que iba 
á buscar una lata de conservas, para que nos la comiésemos 
juntos. 

Algo debió comprender el cacique Queirá, al verme tan vio- 
lentamente arrastrado hacia el bosque por el cacique Michí; 
pues que tomando el rémington al hombro, con paso lerdo y 
con aquel aspecto frió, indiferente é impenetrable, se acercó á 
nosotros, sin demostrar siquiera con un ademán que compren- 
día mis miradas suplicantes y sin aparentar que se apercibía 
de las feroces que Michí le lanzaba. 

De esta manera, acompañado de estos dos caciques que 
sentimientos tan diversos me inspiraban, penetré en el campa- 
mento de los Angaités, que estaba situado en un claro del bos- 
que, bajo cuya frondosa sombra y sobre pieles de ciervo ó 
andrajos asquerosos estaba sentada ó tendida, en pequeños gru- 
pos, aquella muchedumbre que, creyendo gozar de una vida 
ociosa, vegetaba allí entre las agonías de la miseria. 

No sin que los niños y los perros manifestasen su desconten- 
to con lágrimas ó ladridos, me senté también sobre otro cuero, 



EXPLORACIONES. I 2 3 



que un simpático joven de la tribu tuvo la galantería de ofre- 
cerme; y acto continuo desenristré mi lente, máscara de mis 
turbaciones, y arrancando pétalos y desgarrando ovarios, con- 
tinué con la farsa de mis investigaciones, admirando á todos 
con mis exclamaciones originales y con la insistencia de mi tra- 
bajo. 

ínterin yo continuaba al parecer absorto, otra escena, para 
mí de terribles consecuencias, tenía lugar entre los dos caciques. 

Queirá se había sentado silencioso como siempre, sin soltar 
de sus manos la carabina, y Michí que acababa de ofrecerme los 
restos de un pescado que el otro no se dignó llevar á sus la- 
bios, silencioso también, se había sentado de frente, sin soltar 
la carabina de sus manos. 

Débiles y apenas articuladas salieron de los labios del Quei- 
rá dos ó tres sílabas, que fueron como la chispa eléctrica que 
hace estallar la mina de dinamita con que hoy vuelan los esco- 
llos en los abismos de los mares. Verde, rojo, negro, blanco, 
amarillo, por todos los colores del arco iris pasó el feo y de- 
primido rostro del cacique Michí, en menos de dos segundos, 
quien, levantándose como un gato que pudiera lanzarse sobre 
el cuello de un gigante, juntó sus puños, los arrimó á los ojos 
del Queirá, y lanzó una serie de gritos agudos é inarticulados, 
que más que humanos parecían el ahullido de una hiena. 

— ¿Y cómo recibió Queirá aquellas ofensas? 

Abierta su boca, como de ordinario, vaga su mirada como 
siempre, y como si la risa asomase por las ventanillas de su 
nariz remangada, frió é imperturbable, rechazaba aquella des- 
carga de rayos y centellas, cual un muro de mármol rechaza la 
pelota, tanto más lejos cuanto con más violencia se la arrojanl 

I Y yo entretanto, pavo de la boda, contaba los pétalos de 
las sinantéreas y de las papaveráceas I ! 

Parecía inminente un cataclismo ; Queirá no tenía más que 
1 3 hombres. Michí tendría 30 útiles para tomar las armas; pero 
lo que los unos podían esperar merced al número, los otros 
deberían esperarlo de los cinco rémingtons. 



124 J^AN DE COMINGES. 



Yo esperaba por instantes el desenlace, creyendo que no 
pudiese ser otro que el de que Michí atravesara de un balazo 
el pecho de Queirá ó el de que Queirá aplastase de un mano- 
tón la deforme cabeza de Michí. 

Pero cualquiera que pudiera ser el desenlace de la tragedia, 
mi resolución estaba tomada, cual era ponerme en un salto 
del lado de los Guanas, arrojar la máscara hipócrita de mi 
aparente frialdad, imponerme á aquel puñado de indios, y no 
dejar vivo ni un solo Angaité, que resistiese el ser atado. 

¿Y qué hacían los Angaités? ¿Qué hacían los hermanos, los 
sobrinos y yernos de Michí, al ver á su jefe y pariente tan irri- 
tado? ¿Cuál era la actitud de aquellos guerreros, al ver la tor- 
menta que sobre sus cabezas se condensaba? 

Las madres parecían reconcentrar sus cinco sentidos en lac- 
tar á sus pequeñuelos ó en mecerlos en las hamacas de cara- 
guatá^ que colgaban de los árboles ; los ancianos dormitaban 
entre los sucios andrajos que les servían de lecho; las mozas 
ensartaban alegremente semillitas coloradas para formar colla- 
res; los jóvenes aguzaban flechas, tejían cuerdas ó cortaban 
leña, y los muchachos jugueteaban, en medio de esa alegría 
tan propia de su inocencia. 

Volví mis ojos hacia ellos; y penetrando aquel cuadro que 
tanto resaltaba por los colores de la indiferencia, no tardé mu- 
cho en adquirir el convencimiento de que también los Angaités 
sabían contar los pétalos de las papaveráceas y de las si- 
nantéreas. 

Mucho rato permaneció Michí en aquel arrebato de delirium 
tremens, hasta que, tal vez agobiado por la fatiga ó por haber 
agotado el diccionario de las maldiciones y de los dicterios, 
volvió á sentarse de nuevo frente de Queirá, quien dejando 
escapar otro par de monosílabos, se levantó y salió del cam- 
pamento con el mismo paso, la misma actitud y las propias 
maneras con que en él había entrado. 

Quedóse el cacique un rato pensativo, al fin del cual se 
levantó poseído de otro nuevo vértigo; gritó, aulló, rugió, 



EXPLORACIONES. I 2 5 



dio vueltas en torno del campamento, hablando con unos y 
otros, cual si como un perro rabioso quisiera comunicar á todos 
el ataque de hidrofobia en que se revolvía en medio de furi- 
bundas contorsiones. 

Por fin, como iluminado por una idea salvadora, salió del 
campamento sobre el rastro de Queirá, y entonces acabé de 
persuadirme que no era sino muy aparente la indiferencia de 
los Angaités ; pues que desde la salida de su jefe, comenzaron 
á animarse sus conversaciones como quien discute asuntos 
serios. 

No bien Michf hubo desaparecido, cuando el simpático jo- 
ven que me había proporcionado el cuero que me sirvió de 
cama, habló algunas palabras con el cacique Tuya, anciano 
venerable, hermano de Michí, cuyo semblante inofensivo ya 
dije que inspiraba confianza, y dirigiéndose á mí, me hizo le- 
vantar de mi asiento y me condujo á cierta distancia donde 
no podíamos ser vistos, en cuyo lugar me paró, tomó mi 
mano, la colocó sucesivamente sobre su corazón y sobre su 
frente, y me repitió muchas veces la palabra lektesmá (i) que 
yo la repetí á mi vez, sospechando que pudiese ser una mani- 
festación de simpatía. Muchas otras palabras y muchos gestos 
y ademanes del joven Angaité escuché y vi, con el pesar de no 
poder interpretarlos. 

Yo estaba enfermo hasta el punto de que mi vista se des- 
vanecía. Quise beber, y á través del bosque, el mismo joven 
me condujo al río; mas apenas asomamos sobre la barranca, 
me hizo penetrar de nuevo en el bosque, temeroso de que 
conmigo le viera el cacique Michí, quien más al N. y próximo 
al puerto donde aquella mañana habíamos desembarcado, ges- 
ticulaba como un endemoniado con un melenudo viejo, her- 
mano del cacique Queirá, indio muy prestigioso entre los suyos 
y que era uno de los aristócratas, que en la tarde anterior ha 
bían rehusado acercarse á recibir la cena de mis manos. 



(i) Amigo, en lengua guana. 



126 JUAN DE COMINGES. 



Cuando volví al campamento de los Angaítés, el cacique 
Tuya estaba concluyendo de asar un p(uú (i) el que me sir- 
vió con la mayor limpieza que pudo, colocado sobre una hoja 
de pandanus, que contenía el derrame de la grasa y del que, 
á pesar de estar apetitoso, sólo tragué algunos bocados por 
no desairarle. Este era para mí otra especie de martirio; pues 
que siendo los momentos porque atravesaba de los más crí- 
ticos en que puede verse un hombre que necesitaba de amigos 
que pudieran ser intercesores, y para no dejar que se escapa- 
sen los que como Tuya se presentaban, tenía forzosamente 
que meter por la boca alimentos que rechazaba el estómago 
y de una manera la más irresistible; sin que casi pudiera ocul- 
tar y vencer con la voluntad las manifestaciones y los recla- 
mos de un organismo inconsciente, que por salvarme de una 
enfermedad, comprometía una existencia. 

Como en mi deseo de que me acompañasen por el Chaco, 
había protestado de mi robustez y hecho alarde de mi tempe- 
ramento fuerte é infatigable, cuando los indios, para no llevar- 
me, alegaban que mi constitución débil no podría soportar las 
fatigas que me aguardaban en el desierto, ridículo para mí y 
peligroso para el éxito hubiese sido el que yo alegase mi falta 
de salud, para no comer de los manjares que con tan buena fe 
me presentaban; porque si me creían, no querrían acompañar 
á un estafermo, y si no me creían, no querrían á su lado al que 
no comprendía su generosidad y despreciaba sus costumbres. 

Tenía que hacerme el indiferente, cuando se decidía de mi 
vida. Tenía que estrechar la mano del que me traicionaba; te- 
nía que reir, cuando el temor y la pérdida de mis ilusiones me 
carcomían las entrañas. Tenía que hacer alarde de fortaleza 
física, cuando me tambaleaba como un ebrio; y, lo que es peor, 
tenía que comer cien veces el mismo alimento, porque cien ve- 



(i) Pescado del Rio de la Plata. Los hay de algunas arrobas 
de peso. 



EXPLORACIONES. I 2 7 



ees el estómago lo devolvía á la boca y otras tantas la boca lo 
devolvía á mi rebelde estómago. 

Los Angaités entretanto me rodearon de nuevo y propor- 
cionándome cuerdecitas, legumbres, cuchillos y otra multitud 
de objetos, me instaron para que ejecutase ante sus familias 
todo mi repertorio de prestidigitación. 

I Y era preciso complacerlos ! 

Mucho rieron con mis habilidades aquellos infelices, y mucho 
me manotearon con sus felicitaciones, por lo que comprendí, 
que no se necesita de la inspiración del arte para ser un Ma- 
callister del desierto. 

Al terminar este ejercicio, tan penoso para quien tiene que 
hacer reir, cuando comprimiendo sus propias penas, sólo 
aguarda que revienten las válvulas de su corazón, me apercibí 
de que uno de los salvavidas estaba colgado de una rama. 
Entonces, poniendo mi mano sobre él, pregunté al Tuya dónde 
se encontraban los otros, á lo que me respondió, mostrándo- 
me la senda del Sud, que Michí, la tarde anterior, los había 
dejado en la toldería. 

No faltaba más que esto. 

Michí no había procedido impremeditadamente | Su crimen 
estaba preparado desde la tarde anterior I Y ¿quién sabe si 
desde el Apa, por algún cristiano ? 

El afligido semblante con que el Tuya me participó el robo 
de su hermano, debía contrastar horriblemente con lo alegre 
y satisfecho que yo me puse al enterarme de que estaba ven- 
dido, una vez más, por la malicia de los cristianos 1 1 1 

¿ Sería el Tuya tan hipócrita como yo? 

No pude resistir más. Resuelto á todo, salí con dirección 
al campamento guana para arrojarme á los pies de «u cacique 
y pedirle que me matara, antes que hacerme regresar al Apa, 
donde me aguardaban las rechiflas de un mundo, que se en- 
gaña á sí propio creyéndose justo, porque compra las cosas 
por lo que valen, pero nunca paga lo que cuestan. 

Por ser ya cerca del medio día, é imaginando que ya ten- 



128 JUAN DE COMINGES. 



drían apetito, esperaba yo encontrar á los Guanas impacientes 
de mi tardanza y que sería por lo tanto recibido con aclama- 
ciones ; pero comprendí mi engaño, en presencia del cuadro 
que bien pronto se presentó ante mis ojos. 

Cerca de aquel algarrobo, único testigo de las nuevas des- 
dichas que me aguardaban y á cuyo pie estaba sentado con un 
semblante muy satisfecho el cacique Michí, formaban todos los 
guanas un estrecho círculo, como para impedir que se escapase 
ó que se golpease un indio que, sometido á un acceso gene- 
ral de epilepsia, se agitaba en las convulsiones más violentas, 
desgarrando las ropas que le cubrían, tronchando las flechas 
que antes había arrojado por el suelo y mesándose sus 
luengos aunque escasos cabellos. 

Al acercarme al corro, los mismos indios que la tarde ante- 
rior habían jugueteado conmigo tan amistosamente, me diri- 
gieron miradas amenazadoras, como fanáticos que sentían la 
presencia de un intruso, que los sorprendía en medio de las 
ceremonias de un culto tan ridículo y extravagante. 

Volví la espalda al espectáculo de donde se me arrojaba 
con la vista, y ya me dirigía hacia el árbol, á cuya sombra es- 
taba sentado el angaité, cuando antes de dar cuatro pasos, 
me siento agarrado del brazo por aquel lunático, que desnudo 
y ensangrentado por sus propias uñas, y en medio de un es- 
tertor que apenas le permitía articular algunas frases, y segui- 
do por todos los de su tribu, con el más respetuoso silencio, 
me oprimió como una tenaza, magullando mi carne; me señaló 
al Norte, y entre aullidos y carcajadas me gritó junto á la 
oreja en tono interrogativo una multitud de voces, entre las 
que sólo pude entender distintamente la palabra Curumbá 
repetida más de treinta veces. 

Cuando callaba, como quien espera una respuesta, si no me 
interrogaba con la palabra, lo hacía por medio de tirones que 
á mi brazo daba como si pretendiera descoyuntarle, y yo con- 
templándole impasible, como quien compadece á su verdugo, 
no sabía qué admirar de preferencia, si el ensañamiento con- 



EXPLORACIONES . I 2 g 



migo de aquel loco ó la fria indiferencia con que todos, incluso 
el cacique Queirá, contemplaban mi martirio, sin tenderme 
una mano compasiva. 

Por fin, el Queirá se acercó al cacique Michí, le hizo que 
tradujera algunas palabras en las que me decía gue Dios les, 
había dicho que yo era íin traidor que queria aprender los ca- 
minos del Chaco, para volver con mucha gente con objeto de 
cautivar d los indios para venderlos en Curtimbá! 

Tienen los cristianos la piadosa creencia de que al acercar- 
se los últimos instantes de la vida, y cuando ya solo un hilo 
imperceptible les une á la existencia material, Dios les conce- 
de un rayo de su divina sabiduría, para que al desprenderse 
de la tierra, puedan despreciarla como merece, y vuelen feli- 
ces, y contentos hacia el foco de la verdad eterna. 

Muy cerca de ese trance debía encontrarme yo, porque las 
palabras del cacique Guana habían llevado á mi espíritu ese 
rayo de luz que despejó las tinjeblas que me rodeaban desde 
las primeras horas de la mañana. 

No era Dios el que al calumniarme decretaba la sentencia 
de mi muerte. No lo era tampoco el desgraciado mago de la 
tribu. No lo era tampoco el corrompido Michí que había sedu- 
cido al hechicero, no lo era en fin el crédulo jefe de los Gua- 
nas que tenía el deber de sacrificarme para la salvación de sus 
estados, y para el castigo más ejemplar de los traidores. Éralo 
sí, un cristiano que vivía bajo el am.paro de una sociedad 
civilizada, cuyas leyes jamás castiga tan pequeñas faltas; nunca 
he sentido más conmiseración hacia los indios, que cuando se 
preparaban para martirizarme, y nunca he sentido menos el 
separarme de una vida que debe valer muy poco, por cuanto 
que la mía había sido vendida por un puñado de plumas de 
avestruz ! 

Yo levanté la cabeza, y con una dignidad y energía que 
les dejó admirados, le dije al Queirá, que eso era una men- 
tira fraguada por las gentes del Apa, que explotan á los 
indios, y que desean mi muerte para impedir que les enseñe 

9 



130 JUAN DE COMINGES. 

el valor de sus productos, y temiendo que el degradado Michf 
no tradujera fielmente mis palabras agarré puñados de plu- 
mas, é hice como que los cambiaba por azadones, señalé cue- 
ros y manifesté que los trocaba por cuchillos, tendí mi mano 
hacia el Apa gritando: enemoateá yapú^ y abrazando al Queirá 
que parecía absorto con mis palabras, le dije repetidas veces: 
lektesmá! lektesmá! 

Habló éste algunas palabras con su hermano, que no era 
otro el desgraciado brujo, sino el mismo que una hora an- 
tes había visto gesticulando con Michí al pie de la barranca, 
y quien abriendo su formidable tenaza, me dejó entre las 
manos de su cacique, el que me condujo hasta el pie del 
árbol donde me hizo sentar de una manera tan brusca que 
era como si me arrojase á tierra. 

Hecho esto, dio algunos pasos hasta los suyos, y tomando 
al cacique Michí por el brazo, del mismo modo que yo lo 
había sido por el brujo, aunque sin ademanes descompuestos, 
entabló con él un diálago que yo no podía entender; pero 
que debía ser interesante por cuanto que todos los indios, 
incluso el hechicero, lo escuchaban estupefactos. Por su parte 
Michí, por lo dulce y meloso de su palabra, no parecía el 
hidrófobo que una hora antes aproximaba los puños al rostro 
de un gigante á quien ahora contemplaba levantando la ca- 
beza como quien mira al cielo. 

¿Sabré algún día lo que allí se dijo? El tiempo lo dirá. 
Concluido el diálogo, que á pesar de la sumisión de Michí 
y déla monotonía del Queirá parecía una reyerta, marchó el 
primero hacia su campo; mientras que el segundo, dirigió 
breves palabras á su gente y todos juntos se dirigieron al río 
donde se bañaron, y frotaron mucho el cuerpo del epiléptico, 
subiéndole después hasta el algarrobo, bajo cuya copa le 
acostaron en un estado de postración digno de lástima, y 
cuando todos estuvieron reunidos en el campamento, el ca- 
cique me hizo seña de que repartiese las raciones, lo que 
obedecí en el acto, haciendo todo bajo la misma forma que 



EXPLORACIONES. I3I 



en la mañana, incluso la sopa de fariña de la que el cacique 
no quiso probar bocado, lo que me demostró que no le había 
convencido. 

Como yo tampoco comiese, se me acercó Queirá con su 
carabina y un cuchillo en la mano para que sirviéndome de él 
como destornillador, le enseñase cómo se armaba y desarma- 
ba, lo que también hice convencido de que se trataba de 
aprovechar mis conocimientos durante las pocas horas que ha- 
bíamos de estar juntos. 

Como con el mayor deseo de servirle y enseñarle, me puse 
á hacer el ejercicio del arma con todos sus tiempos y posicio- 
nes, lo que gustó mucho á él y á todos cuantos le acompaña- 
ban, algunos de los cuales se me acercaron menos arrogantes é 
imitando mis movimientos con los cuatro fusiles que tenían, 
concluyeron por adiestrarse y manejar el rémington como bue- 
nos veteranos. 

Algo alentado al ver el nuevo aspecto que presentaban las 
cosas, saqué del morral un puñado de cartuchos, y colocando 
en el algarrobo una hoja de mi libro, me separé cuarenta pasos 
é hice un disparo, que naturalmente después de dar en eí blan- 
co, penetró profundamente en la madera del algarrobo. Quiso 
el Queirá probar su arma é hizo fuego sobre el blanco, pero 
como no apoyase la culata del arma sobre el hombro, por más 
que yo se lo había prevenido, recibió un golpe tan fuerte, que 
lo atribuyó á defecto de su carabina, que en el acto cambió 
por la mía. Entonces yo recogí la suya é hice consecutivamente 
una docena de disparos en mucho menos de un minuto, que 
dieron todos en el blanco, lo que produjo repetidas aclamacio- 
nes, y lo que dio por resultado que la mayor parte de los An- 
gáités se vinieran á presenciar el ejercicio, concluyendo porque 
todos los que tenían carabina hicieran repetidos disparos tan 
rápidos y certeros como les míos, con lo cual quedaron muy 
contentos. 

El ruido de las descargas acabó por despertar al mago que 
nos miraba á todos con semblante estúpido sin saber lo que 



132 JUAN DE COMINGES. 



ocurría en torno suyo : y como el que deseando salvarse se 
agarra á un yerro candente, corrí yo á mi cazuela de lata donde 
aún estaba intacta mi comida, y se la llevé á aquel energúme- 
no como quien no conserva la más ligera sombra de resenti- 
miento, rasgo que me valió de mucho, tanto más cuanto que 
el enfermo acabó con ella con unos ademanes que demostraban 
que en su vida había probado nada más apetitoso. 

Tan pronto como terminó, le recogí la cazuela y la cuchara, 
y le entregué un cigarro encendido que recibió sin mirarme, y 
repartí algunos otros entre los indios principales sin excluir al 
cacique Michí, que se permitía conmigo ciertas bromitas, como 
las que el gato suele gastar con el ratón antes de devorarlo. 

Cuando más distraídos estaban los indios en el ejercicio de 
las armas y cuando yo estaba procurando por señas, las más 
expresivas, que el Queirá comprendiera mi deseo de hacer 
hasta las montañas del Oeste un camino carretero, para traer- 
les fusiles y azadones á cambio de plumas, un mozo que estaba 
pescando vino gritando hacia nosotros itéuy ité?i, (i) 

Todos corrimos hacia donde confluye con el río el arroyo 
de los Guanas, y desde lo alto de la barranca vimos en rumbo 
N. E. y como á la distancia de tres leguas, dos columnas de 
humo, que por lo elevadas, cilindricas y verticales, más parecían 
proceder de una grande chimenea que del incendio de una 
pradera. 

No pareció muy agradable este espectáculo á los indios de 
ambas tolderías, y menos me lo pareció á mí, porque el caci-- 
que Michí, que deseaba mi ruina á toda costa, aprovechó aque- 
lla circunstancia para volver á privarme de las simpatías que 
iba recobrando, lo que consiguió, haciendo creer á todos, que 
aquel humo eran señas que se hacían de acuerdo conmigo, y 
que los disparos nuestros eran mi respuesta. Todo lo cual pude 
presumir por los antecedentes, por algunas de sus palabras y 
por las consecuencias. 



(i) Humo, en guana. 



EXPLORACIONES. I 3 3 



De nada sirvió lo grosero de la mentira; todos le creyeron 
como á un oráculo, sin pararse á considerar que los que aca- 
baban de prender aquel fuego, no podían oir las detonaciones 
de nuestras armas, á través de tres leguas de bosques. 

En el acto unos indios echaron al agua las canoas que es- 
taban á la orilla, y las llevaron á esconder al arroyo de los 
Guanas, cuya barra estaba casi en seco ; se retiraron de la 
costa los que pescaban, y nosotros cargamos todos nuestros 
efectos para trasladar el campamento algo más al Sud y tras 
de la punta saliente del bosque inmediato al río, sin que en el 
resto de la tarde se permitiera hacer más disparos, ni que indio 
alguno se presentara á la vista de la barranca. 

Como el cacique Queirá y su hermano el brujo se quedaron 
rezagados cerca del algarrobo, mientras que los demás cami- 
naban apresurados para dejar sus bolsas al Oeste del bosque 
saliente, yo aproveché esta ocasión, y con el morral á la espalda 
y un salvavidas al hombro y la carabina en la mano, me acerqué 
y les hice comprender entre señas y palabras, que el cacique 
Michí era traidor ; que había robado 2 1 salvavidas, y que yo 
era amigo de los Guanas. Ellos me miraron; cambiaron todavía 
algunas palabras y salieron conmigo hacia el nuevo campa- 
mento, desde donde á cien pasos más al Sud y entre los ár- 
boles del bosque, se veía á los Angaités apagando sus fo- 
gones. 

Hízome sentar el cacique en el suelo cerca de mis mantas, 
sobre las cuales dejé morral y carabina, y como nadie me ha- 
blase y era mirado con desprecio por cuantos pasaban á mi 
lado, tomé el partido de hacer que me distraía, volviendo á 
examinar con el lente las florecitas de la pradera, lo que lla- 
mó mucho la atención, principalmente de los jóvenes, quienes 
emplearon el resto de la tarde en reírse de lo que les parecía 
el más necio de los entretenimientos. 

Cuando llegó la noche, indiqué al cacique si quería que re- 
partiese las raciones, á lo que dijo ásperamente que nó, sin 
duda porque los Angaités andaban cerca. 



134 JUAN DE COMINGES. 

Poco después se acercó al sitio donde estaban las mantas y 
me dijo que las extendiera. Obedecí y entonces tomando una 
de mis manos, y como impulsado por un arranque de genero- 
sidad, y como para que me tranquilizase acerca de mi suerte, 
me hizo seña de que al salir la luna me llevaría por el camino 
del Apa para dejarme en ella, y después de esto, tapándome 
la boca como si no quisiera escuchar ninguna de mis protes- 
tas, me hizo acostar y se acostó á mi lado, cuyo ejemplo si- 
guieron todos los indios, creo que sin dejar un solo centinela. 

¡ Me llevan al Apa I 

I Desconfían de mí I 

I Ya no quieren los indios acompañarme ! 

[ Y todavía piensa este cacique que me presta un servicio al 
conservar una vida que estimo menos que las ilusiones que 
tan piadosamente me arranca ! ! 

¡Oh Providencia! Si es cierto que lees en el alma de los 
hombres; si sabes que solo el amor hacia tu obra más perfec- 
ta era el móvil que guiaba mis pasos al desierto; si sabes que 
este amor me infundía sobrada fortaleza para soportar todas 
las privaciones, todos los insultos, todos los azotes, y todos 
los peligros, con tal de resolver ese enigma que ocultas desde 
el sexto día de la creación para que lo descifre un valiente, 
¿por qué me consideras indigno de aquella gloria que conce- 
diste al mártir Juan de Ayolas? 

Razón tenía el epiléptico. Tú, tú, tú y nadie más que tú 
eres el que le hizo decir que yo no debía penetrar en el Cha- 
co. No fueron, nó, las gentes del Apa, las que inventaron la 
calumnia que había de acabar con mi vida, ó con mis ilusio- 
nes; ellos no fueron sino los viles instrumentos de que te va- 
les para cumplir tus designios misteriosos ! ! 

¿ Volveré de nuevo á esa sociedad que á estas mismas ho- 
ras ya estará aplaudiendo, satisfecha con el escándalo, los 
insultos que me lancen por la espalda mis cobardes detrac- 
tores I 

No. 



EXPLORACIONES . I 3 5 



Volveré al Apa; pero será para comprar una canoa, lan- 
zarme río abajo, y entregarme á los orejudos de San Salva- 
dor, á fin de que más piadosos que estos indios, tengan siquie- 
ra la generosidad de cautivarme; pero, ¡que yo vea el Chaco! ! 

Yo no sé si estos pensamientos serían súplicas ó quejas, 
preces ó maldiciones; pero es lo cierto que, como penetrado 
de la inmensa plenitud de mi desgracia ya nada tenía que te- 
mer, me quedé dormido, sin que los ruidos de la noche, que 
son en el Chaco mayores que los del día, sirvieran para impe- 
dir una necesidad tan reclamada por mi cuerpo y por mi es- 
píritu. 



Dia 8 de Octubre. 

Dormía, como pueden dormir los condenados, en la víspera 
del suplicio, cuando sentí que me tocaban la cara dulcemente. 
Era el cacique que arrodillado sobre una parte de la manta que 
le había servido de lecho, y perdida la gravedad que constituía 
su tipo, me hacía señas tan precipitadas como intraducibies, 
por más que imaginé que algo muy grave ocurriría cuando 
tanto se habían descompuesto los resortes de aquel autómata 
imperturbable; pues que sus miembros se dirigían sucesiva- 
mente al cielo, á la tierra, al Nordeste, al bosque, al río, á la 
pradera y á mi carabina; cuando el endurecido músculo que de- 
bía servirle de corazón se agitaba con tanta frecuencia y con 
tanto ruido como los mazos de un batán, y cuando marcaba el 
compás de tan estrepitosos latidos con una respiración que, más 
que de un cacique, parecía la de un perro fatigado. 

Si su espesa cabellera y la oscuridad de una noche en que 
ni las estrellas se veían me lo hubiesen permitido, tal vez yo ha- 
bría descifrado en la expresión de su semblante el enigma que 
parecía proponerme con su profunda emoción y con sus ex- 
trañas actitudes. 



136 JUAN DE COMINGES. 



¿Dormía yo aún? ¿Sería tan sonámbulo el cacique como 
epiléptico su hermano ? 

Pero no puede ser esto, porque en torno mío, veo entre 
sombras agitarse, y en medio del mayor aturdimiento, multi- 
tud de fantasmas melenudos que se ciñen el enkilsike (i) se 
afirman el ukaskabál (2) se meten el nortemá (3) se cuelgan el 
7iatjabá (4) y se abren, y se bajan, y rebuscan á tientas, flechas 
cuyas cañas chocan entre sí y arcos que se golpean unos á 
otros ; ruidos únicos que se perciben en medio de aquel espec- 
táculo imponente cuanto silencioso. 

No; yo no duermo. 

No; Queirá no sueña, porque si él soñase, sería entonces 
el jefe de una tribu de sonámbulos. 

¡El imponente, el severo, el grave, el circunspecto, el ro- 
busto, el imperturbable, el gigantesco indio, jefe de los Guanas, 
tiene miedo ! 

Grande pues, debe ser el peligro, cuando así arrastra por 
el suelo su representación, su dignidad, y los antecedentes 
belicosos de su raza. 

El jefe está anonadado, los indios aturdidos y los veteranos 
de hace pocas horas tiemblan tanto, que no aciertan á meter 
un cartucho por la recámara del rémington y me presentan sus 
fusiles para que yo se los cargue. 

Yo también me armo, pero no sé contra quién. 

Acabo de despertarme; todos me rodean como si yo fuese 
un parapeto ; miran hacia el bosque que nos separa de la ribera 
y á cuya orilla occidental estamos acampados, y el cacique 
Queirá, desesperado de que no le entiendo, repite sus movi- 
mientos y los acompaña con algunas palabras. 

¡Oh, Providencia! ¡Has hecho el único milagro que podía 
salvarme I 



(i) Tapa-rabo. 

(2) Peine grande de madera. 

(3) Poncho pequeño que les llega solo á la cintura. 

(4) Bolsa de red. 



EXPLORACIONES. I 3 7 



Todo lo he comprendido. Los indios Mbayás están en el 
bosque que se extienc^e á nuestro lado ! 

Queirá me ha señalado al Nordeste, hacia donde ayer tarde 
vimos el humo que nos hizo mudar de campamento, y ha dicho 
Mbayás; itén enemoaieás; luego ha corrido su mano poco á 
poco hasta el Oeste, como marcando el paso de los enemigos, 
é imitando después cual si remase por un arroyo, se ha llevado 
su dedo á la oreja, como si dijera: yo los he escuchado. Luego 
me ha señalado el bosque y ha juntado sus dos manos me- 
neando muy de prisa todos sus dedos queriendo decir, que hay 
muchos. En seguida, ha señalado el lugar por donde sale la 
luna, y trazando en el aire un arco con el brazo por radio, ha 
dicho pelsíein^ dando á entender que seremos atacados al salir 
la luna, y por fin, tocando su carabina, señalando al bosque y 
repitiendo, almanta, almamá^ (i) me ha querido decir, que 
nuestros enemigos tienen fusiles. 

j Y por qué me rodean estas gentes? 

¿Y, por qué me cuenta el cacique sus temores } 

Porque unos y otros tienen la secreta intuición de la inferio- 
I ridad de su raza. 

Porque todos han adivinado que si yo no los salvo están 
perdidos. 

¿Y, cuáles son mis emociones y mis pensamientos en medio 
de esta nueva situación que me crean las circunstancias .^^ 

Si al despertar de mi sueño, la postura humillante del Queirá 
hubiera tenido por objeto decirme: t perdóname si ayer mal 
informado me resolví traicionarte, y prepárate, que ya nos va- 
mos al interior del Ghaco » ; esta confesión y esta promesa no 
me hubiera proporcionado nunca un placer tan grande como 
el que sentí al oirle decir : « de tí depende nuestra salvación » . 

Las emociones sufridas durante el día anterior, en que tres 
veces me vi remontado sobre el pináculo de mis deseos, y otras 
tantas me preparé resignado al sacrificio .... aquellos saltos 



(i) Arma de fuego, fusil ó carabina. 



138 JUAN DE COMINGES. 



bruscos del Capitolio, á la Roca Tarpeya y de la Roca Tar- 
peya al Capitolio, habían destruido por completo las fibras de 
mi sensibilidad. Cuando el cacique Queirá, haciéndome el ser- 
vicio de no matarme, me dijo que al salir la luna me llevaría 
al Apa, concluyó también con mis deseos y esperanzas. Al dor- 
mirme yo, era un imbécil, que no solo suspendía los fenómenos 
de la vida de relación, sino que saldaba sus cuentas con el mun- 
do. Que me arrojasen al río; que me llevasen al Apa; que me 
aplastasen de un macanazo, que era lo más posible, en todo 
esto no encontraba diferencias tan notables que merecieran la 
pena de preocuparse en la elección. 

Así pues, cuando al despertarme en medio del naufragio, se 
me presentó en la lucha una tabla que acaso podría condu- 
cirme gloriosamente al puerto de mis ilusiones ¿no había de 
prenderme á ella bendiciendo mi destino? 

Yo estaba arrodillado sobre mi manta, y el cacique y sus 
indios me rodeaban, sentados también sobre sus talones como 
para no destacar sus negros bultos sobre la leve claridad de 
un horizonte tan oscuro como ellos mismos. Todos miraban 
alternativamente hacia el bosque y hacia mí, cual si de aquel 
lado esperasen el peligro y del mío la salvación. Todos pare- 
cían decirme: ¿Qué hacemos? 

El interés y la necesidad me mandaban resolver, y resolví. 

Tomé las manos del brujo y del cacique, é imitando las ac- 
ciones y palabras del compasivo joven angaité, las oprimí con- 
tra mi corazón las apoyé sobre mi frente diciéndoles : Cristiano 
lektesmá guana; á lo que ellos y algunos de los otros indios 
repitieron en voz muy baja y entonación muy satisfecha; lektes- 
máa 

Después tocando las cinco carabinas y fingiendo con la mía 
que hacía muchos disparos precipitadamente, con los que caían 
gentes á tierra, les hice comprender la importancia de nuestras 
armas, lo que parecía satisfacerles. 

Acto continuo, nombrando al cacique Michí y señalando 
hacia su campo, di á entender que deberían despertarlos para 



EX FLORACIONES . I 3 9 



aumentar nuestras huestes, lo que entendido por varios Guanas, 
les hizo prorrumpir en señas negativas acompañadas de la 
palabra cheTnején é imitaciones del ladrido del perro. Tenían 
razón. Era preferible ser menos, á producir la alarma en el 
campo de los Angaités, donde nadie hubiera podido acercarse 
sin que los ladridos de les perros hubieran hecho comprender 
á los Mbayás que les habíamos apercibido. 

No quise continuar inmóvil en un lugar tan inmediato al 
bosque, donde un estornudo intempestivo hubiera hecho vícti- 
ma de una descaiga á nuestro apiñado grupo. Tomé mis man- 
tas, mi morral y la bolsa de los salvavidas vacíos que me habían 
servido de cabecera ; hice señas de que me siguieran con todos 
los efectos y me arrastré como una serpiente sin producir el 
más pequeño ruido, como á unos cien pasos en dirección al 
Oeste, donde con más desahogo y menos riesgo podía com- 
binar y aún discutir mi plan de ataque, pues que nunca imagi- 
né que fuese posible la defensa contra enemigos tan astutos. 

No es posible describir los esfuerzos que pudo costarme el 
hacerme comprender por una gente que á más de hablar y de 
accionar de una manera tan diferente de los europeos, estaba 
poseida de un pánico que casi había suspendido las funciones 
de su inteligencia. 

Hice comprender como pude al cacique Queirá, que debería 
mandar un espía por la orilla del río hasta la parte opuesta de 
la faja de monte donde los enemigos se ocultaban, con el fin 
de que por el número de las canoas atracadas pudiéramos 
inferir el número de los enemigos ; pero toda la autoridad del 
cacique se estrellaba contra el miedo de los indios, y nada 
hubieran conseguido si yo, entregando mi carabina cargada á 
un joven de la tribu y empujándole en dirección á la ribera con 
ademán arrogante, no hubiese salvado la situación. 

Nada hicimos en el largo cuarto de hora qu^ tardaría en 
regresar el mozo, quien apereció de pronto entre nosotros 
como aparecen los fantasmas en el teatro. 

Me entregó la carabina: me tocó en el pecho diciéndome 



140 Jl'AN DE COMINGES. 



lektesmá^ y mostrando su mano abierta al cacique, le dijo: 
Temenin (i). Éste entonces contó sus dedos hasta el número 
de 50, que por lo visto era el número ordinario de guerreros 
que podrían caber en las cinco canoas, número verdadera- 
mente considerable, si como era de esperar, venían armados 
de fusiles, lo que me hacía perseverar en mi plan de no espe- 
rarlos, sino ganarles el tirón por un golpe de mano. 

Fué necesaria toda la mímica que yo pude desarrollar, toda 
la elocuencia del cacique, y toda la autoridad del brujo, para 
que los indios se decidiesen á cooperar para la realización de 
mi plan, que era el siguiente : Yo con mi revólver y las muni- 
ciones sueltas en el bolsillo de mi blusa, y el cacique con otros 
tres indios armados de rémington y con los cartuchos en el 
natjabá atado á la cintura, habíamos de deslizamos por la pra- 
dera en rumbo N. E. hasta la confluencia del arroyo de los 
Guanas, para que desde allí y recostados al talud de la barranca, 
bajar por la orilla del río hasta dar vista á las canoas, en cuyo 
punto, y todo lo más escondidos que pudiésemos estar entre 
los grandes témpanos de tierra que se desprenden de la ba- 
rranca, haríamos una seña convenida que se decidió fuese la 
imitación del bramido del yacaré. 

Seis hombres armados al mando del brujo, que llevaba su 
carabina, y otros seis hombres al mando del hermano del 
cacique, se arrastrarían hasta la orilla del bosque, de modo que 
al escuchar la señal convenida de antemano, penetrasen los 
dos por distintos puntos y rumbo á la vez, convergiendo hacia 
el lugar donde según el espía se encontraban las canoas, lo 
que harían gritando, golpeando los árboles, y disparando sus 
flechas y la carabina horizontalmente, sin miedo de herirnos, 
pues estaríamos defendidos por la barranca, la que no debe- 
rían saltar sino querían morir por nuestros disparos. 



(i) Cinco. 



EXPLORACIONES. 1 4 I 



Requisito en el que insistí, hasta asegurarme absolutamente 
de que había sido comprendido. 

Al discutir este plan por medio de la mímica y en circuns- 
tancias tan excepcionales, que casi no se apercibían nuestros 
movimientos, no hubo más reforma que la de el arma que el 
epiléptico no quiso manejar, pasase á las manos de otro indio, 
como la mía había pasado á las del joven que sirvió de espía, 
y que era el mismo que había de imitar el rugido del yacaré. 

Aunque el trayecto que los míos tenían que recorrer era 
doble mayor que el de los otros dos grupos, no quise ponerme 
en marcha hasta que éstos salieran por el rumbo que yo les 
marcase, lo que hicieron desapareciendo de mi vista como por 
encanto, sin que sus pasos produjesen ruido perceptible. 

Después de ellos salimos nosotros, y en una postura tan 
obligada para no dejarnos ver, que cuando á la orilla del arroyo 
de los Guanas quise enderezarme temí no poder hacerlo. 

Sin detenernos, porque ya iba apareciendo esa débil claridad 
precursora del astro de la noche, bajamos ocultos por la barran- 
ca, ya tropezando con los grandes témpanos de ella desprendi- 
dos, ya sumergiéndonos en el barro de la orilla del agua, hasta 
que el espía que marchaba adelante se detuvo y me señaló un 
punto que todos vieron menos yo. Eran las canoas. 

Nos parapetamos no tan separados como lo hubiera querido, 
porque los terrones no lo permitían, pero lo bastante para 
defendernos bien de todo ataque que nos viniese de frente ó 
de flanco, y bien preparados para disparar sobre los primeros 
que saltaran la barranca para ganar las canoas. 

Un ronco bramido idéntico al que tantas noches había arru- 
llado mi sueño durante la primera expedición partió de mi lado. 
Parecía increible que el humano pecho pudiera lanzar una nota 
tan grave y estentórea y tan verdaderamente idéntica á la que 
producen esos grandes reptiles ; pero cuál no sería mi asom- 
bro cuando en vez de ser contestada por los disparos y alaridos 
de mis compañeros sólo fué respondida por el lejano eco de la 
orilla opuesta ? 



142 JUAN DE COMINGES. 



Confieso que por un momento, tuve la debilidad de pensar 
que deberíamos salvarnos en las canoas, porque sospechaba 
que el plan habría fracasado á causa de la cobardía de mis 
compañeros, mas un nuevo rugido lanzado poco después sin 
orden mía vino á disipar mis infundadas sospechas. 

Sin duda el viento de que estábamos defendidos por la 
barranca había amortiguado el eco del primer rugido ; pues no 
de otro modo hubiéramos podido nosotros oír tan distinta- 
mente, como si se produjese sobre nuestras cabezas, el ruido 
atronador, la infernal algarabía, que con su miedo producían 
aquellos que más que hombres parecían energúmenos, según 
bramaban, rugían y aullaban en todos los tonos y según gol- 
peaban los troncos de los árboles y tronchaban las ramas, en 
su furiosa carrera, cual si en vez de catorce, se hubiesen mul- 
tiplicado como las hordas de Atila. 

Silvaron las balas, de tan frecuentes disparos que no pare- 
cían hechas por un recluta y muchas flechas volando sobre 
nuestras cabezas caían en el agua oblicuamente, produciendo 
un sonido como el de las mojarras que saltan á la orilla. 

Sentía tan de cerca las voces y las carreras, que llegué á 
pensar que no hubiese enemigos en el bosque ó que tal vez 
obedecían á un plan mejor que el mío, mas de pronto las voces 
y las carreras hicieron temblar la barranca que se iluminó por 
un instante como por una centella, y una descarga cerrada 
hecha en retirada por los sorprendidos Mbayás me hizo com- 
prender que los teníamos encima. 

Fieles á mis órdenes, mis compañeros resistieron como yo 
la tentación de disparar sus armas hacia el grupo que gritaba, 
que se movía, y que golpeaba la tierra con las culatas de sus 
fusiles para cargar sin el auxilio de las baquetas. 

Aislados fogonazos y detonaciones alternadas con otras muy 
próximas de nuestros compañeros, que ya se aproximaban, se 
oyeron de nuevo, y después, lanzándose en tropel por el talud 
de la barranca, como á quince pasos de nosotros oímos en 
medio del vocerío de los unos y de los otros, el ruido seco 



EXPLORACIONES. 1 43 



de remos que chocan contra las canoas y el pisoteo de aque- 
llos infelices resonando en el fondo de sus frágiles embarca- 
ciones. 

Fuego ! grité yo entonces, disparando mi revólver defendido 
tras el témpano que me servía de parapeto, y cuatro detona- 
ciones casi instantáneas acompañadas de unos gritos que no 
estaban en el programa, y seguidos de multitud de disparos 
vinieron á confundirse con las exclamaciones de alegría de 
nuestros ojeadores que ya iban coronando la barranca, y con 
los lamentos y las voces de mando de los fugitivos, y á ilumi- 
nar el último cuadro de aquel drama en que un hombre que 
pocas horas antes se durmiera entre las amarguras de la im- 
potencia y de la esclavitud, debía despertarse príncipe del 
desierto en medio de las aclamaciones de sus más poderosos 
caciques. 

En vano me esforzaba para imponer á los de arriba y á los 
de abajo un silencio sin el cual me era imposible la persecu- 
ción de los que, si alguna vez se denunciaron para que pudié- 
semos tirar nuevamente sobre ellos, fué porque en su retirada 
pretendieron hostilizarnos con algunos disparos, que sólo les 
sirvieron para aumentar su desdicha, pues que encaminaron 
de nuevo nuestra puntería con tanta fortuna, que desespera- 
dos gritos como si salieran del fondo del río se oyeron nue- 
vamente á pocos pasos de la costa. 

Adelanté cautelosamente algunos pasos, seguido de los míos 
y sin dejar de hacer fuego sobre el río y sobre el frente por 
si aún quedaban en tierra algunos enemigos, llegando al fin 
hasta un lugar en el que había baradas dos canoas, que inme- 
diatamente mandé botar al agua para picarles la retirada, lo 
que no pude hacer por no encontrar los remos en medio de la 
oscuridad de la noche. 

Rodeado de todos los míos, que me aclamaban con la pa- 
labra Comandante Tuya (i), logré imponer silencio; pero mi 



(i) Comandante viejo, en Guaraní. 



144 J^'AN DE CONANGES. 



autoridad no alcanzó á conseguir que también callasen los in- 
numerables perros de los Angaités, que se lanzaban furiosamen- 
te sobre nosotros, hasta el punto de destrozar un brazo á un 
hijo de Queirá y de romper las ropas á muchos otros. 

No creyendo todavía muy segura la victoria porque, aunque 
no hubiese más adelante otras canoas atracadas y otros indios 
en el bosque, bien podrían aún quedar á nuestra espalda los 
suficientes para confundirnos, supuesto que todos los que ha- 
bían desembarcado no pudieron escaparse en tres canoas, dis- 
puse que dos que allí teníamos se lanzaran río abajo; que el 
espía siguiese hacia el Sud un trecho largo y regresara á dar- 
me cuenta de sus descubrimientos; que ninguno se aproximase 
al campo de los Angaités hasta ser de día, lo que pretendían 
hacer para surtirse de flechas, sin pensar que podrían ser toma- 
dos por enemigos, y por último, que se viniesen conmigo río 
arriba hasta el campamento del Algarrobo, donde esperaríamos 
la llegada del día y donde el espía debería reunirse con nosotros. 

Una vez en este sitio y á la leve claridad de una luna que se 
ocultaba entre las nubes, pasé revista y vi no sin sentimiento 
que faltaba el hijo de un hermano de Queirá, cuyo padre estaba 
muy acongojado; que otro sobrino del mismo estaba herido en 
un muslo, más que por una flecha, por una gran cortadura que 
él se había hecho con su propio cuchillo para sacársela, y que 
el hijo mayor del Queirá, que también era cacique, tenía como 
ya he dicho mordido el brazo por un perro de los Angaités, por 
lo que mandé en el acto en busca de mi morral, á fin de hacer 
de médico después de haber hecho de general en jefe; y entre 
tanto que llegaban las medicinas, procuré consolar al que tan 
afligido estaba por la pérdida de su hijo, estreché la mano de 
todos felicitándoles por su bravura y recibiendo sus felicitacio- 
nes envueltas en la palabra lektesmá, siendo el más expresivo 
en sus caricias el brujo que en el día anterior había pretendido 
exterminarme. 

Cuando llegó mi morral y el cántaro con agua, lavé en mi 
plato y con mi pañuelo ambas heridas y empapando los venda- 



EXPLORACIONES. 1 45 



jes en ácido fénico diluido en agua, quedó terminada la primera 
cura, y dispuse un nuevo ojeo por el bosque, que suspendí hasta 
la madrugada con motivo de que bajo los árboles y entre las 
malezas era tan profunda la oscuridad, que no hubiésemos con- 
seguido nuestro objeto principal, cual era el de encontrar heri- 
do ó muerto el sobrino del cacique. 

Cuando «me volví al campamento del Algarrobo, donde había 
dejado los dos heridos, ya el espía había regresado, diciéndo- 
me que algunos Mbayás habían escapado hacia el Sud por la 
costa abajo, por cuanto que muy lejos y en esa dirección, sintió 
el ladrido de los perros que sin duda los perseguían. 

Al aclarar el día penetramos de nuevo en el bosque, donde 
no encontramos al sobrino del cacique, imaginando todos, se- 
gún se desprendía de su tranquila cuanto burlona sonrisa y de 
sus ademanes, que se habría salvado por la fuga, habilidad que 
entre los indios Guanas es tan aplaudida por lo menos como 
puede serlo la virtud del heroísmo. 

En el bosque encontramos multitud de flechas de unos y de 
otros, la mayor parte clavadas en el suelo oblicuamente, en la 
parte inferior de los árboles, de las que los indios recogieron 
gran porción, teniendo cuidado de reconocer las de los Mbayás 
para no conservar de ellas sino las cañas; pues dicen que las 
puntas aguzadas, que propiamente constituyen la flecha, las en- 
venenan los Mbayás para el combate, lo que no debe ser cierto. 
Por otra parte, ninguna de las puntas clavadas en los árboles 
más duros á mayor profundidad de la que en la tarde anterior 
habían penetrado los proyectiles de mi rémington, pudieron 
aprovecharse, pues puede decirse que formaban una misma 
pieza con el árbol, del que no podían desprenderse sin des- * 
truírse. 

Entre los Mbayás que escaparon por el río debía ir uno por 
lo menos muy herido de bala, pues que por dentro del bosque 
y de Sudeste á Nordeste había un reguero de sangre muy mar- 
cado que se extendía hasta la misma ribera. El joven recluta 
que iba entre los ojeadores se había lucido. 

10 















146 



JUAN DE COMINGES. 



•a' 



Además de las anteriores observaciones hicimos otras del 
mayor interés, gracias al instinto que para rastrear tienen estos 
indígenas. 

Habían desembarcado nada más que treinta ó treinta y cinco 
individuos, de los cuales sólo seis deberían traer fusiles, todo 
lo que vimos por haber estado agrupados después del desem- 
barque al pie de la barranca donde quedaron marcadas sus hue- 
llas y las de las culatas de sus fusiles. Otros indios, en número 
de ocho, habían escapado, primero por la ribera, después por 
encima de la barranca donde apenas se distinguía su huella, y 
últimamente por la orilla del agua hasta enfrentar la punta de 
una isla, donde debieron arrojarse á nado guiados por un cautivo 
ó por un traidor de los Angaités, lo que se infería porque la 
huella que marchaba adelante era muy pequeña, y no siendo 
posible que fuera la de un niño, había de ser la de un hombre, 
que como los de esta raza, tuviese un píe diminuto. Por último^ 
entre las huellas de los que se salvaron á nado, se veían las de 
varios perros y algunas gotas de sangre que no pudimos acla- 
rar del todo, si procederían de algún hombre ó de las heridas 
que indudablemente hicieron á los perros con el fin de alejar- 
los para no ser descubiertos en su retirada; lo que por otra 
parte debía inferirse, en atención á que vimos una caña de fle- 
cha destrozada, la que sin duda se arrancaría con los dientes. 

Cuando dimos el último ojeo por el bosque, encontramos 
completamente abandonado el campo de los Angaités, en el 
que no habían dejado ni un solo cuero al salir en tan precipi- 
tada fuga. 

Aún el sol no había salido, cuando ya estábamos desean- 
*sando de las fatigas de la noche en medio de la pradera donde 
quedaron nuestros equipajes, que era el lugar último á donde 
yo me había retirado, á fin de organizar el plan de ataque, y ya 
entonces fueron llegándose hacia nosotros algunos Angaités 
que salían del bosque del Oeste, entre los que venía riéndose 
de su gracia el cobarde Guana, que había dado la espalda á la 
pelea, y quien fué recibido por los suyos con tantas aclamacio- 



EXPLORACIONES. 1 47 



nes y agasajos cual si viniera de coronarse con los lauros de la 
victoria; hecho que me hizo reflexionar, pues parecía un milagro 
el que, sin jefes europeos, y con indios tan cobardes, hubiese 
yo conseguido un triunfo tan completo, triunfo en el que los 
Angaités nunca creyeron. 

Aprovechándome de mi nuevo influjo y sin pedir su parecer 
al cacique, me puse á distribuir las raciones, como en los días 
anteriores, sin que por esta vez el Queirá me hiciera la ofensa 
de no comer conmigo, como el día anterior, sino que, antes al 
contrario, aceptó con aire muy satisfecho mi comida, mi plato, 
mi cuchara y mi compañía, y el apéndice de una lata de con- 
serva y un cigarro paraguayo de los de á doce reales el millar. 

De pronto los indios volvieron sus rostros hacia el occiden- 
te en medio de voces y risotadas con que recibían á un hijo 
del Queirá, bajito, joven y tan rechoncho como su padre, quien 
venía montado sobre un potrillo que, aunque muy nuevo al 
parecer, era de una belleza y de una proporción extraordinaria, 
sin que tuviera otro defecto, que el no muy leve de que todo 
su espinazo era una matadura, razón sin duda por la que el 
jinete venía en pelo y montado en las ancas como los gitanos, 
lo que no le impidió el llegar á galope en medio de nosotros y 
el detenerse allí, sin más freno que el de una pequeña cuerda 
que le sujetaba la mandíbula inferior. 

Al presentarse el sol en el horizonte, todos los indios se al- 
zaron con religioso respeto y mostrándome el astro del día me 
dijeron: Tibág igncm (i) y todos sucesivamente pasaron junto 
á mí, tocándome el pecho, mirándome y pronunciando la pa- 
labra lektesmá, que algunos parecían anteponerle una sílaba, 
pues sonaba skelektcsmá. Esta especie de ceremonia semi-reli- 
giosa, semi-oficial, me fué muy agradable, pues que parecía una 
adopción en la que me juraban amistad eterna por el sol que 
es el único Dios á quien adoran, y acabó de llenarme de ale- 



(i) Salida del Sol, ú Oriente en lengua guana. 



148 JUAN DE COMINGES. 



gría, cuando el cacique Queírá adelantándose hacia mí con el 
caballo del diestro, me hizo que lo recibiera de regalo en sefial 
de agradecimiento, y diciéndome que no tenía más que ese, lo 
que significaba que hacía un sacrificio en honor á mi amistad. 

Hecho esto me señaló al Nordeste y á unos cuantos de sus 
indios, y tocando mi caballo, dijo : caballú (i) é hizo como que 
caminaba á galope, como que se caía, como que se cansaba, 
como que nadaba, y otra multitud de señas tan complicadas, 
que aunque aisladas, las entendía, no pude encontrar la clave 
para entenderlas y sacar algo en limpio de aquella larga pan- 
tomima. Hubimos pues de recurrir al cacique Michí, quien me 
tradujo estas palabras : « Que te vuelvas al Apa, porque el 
cacique no tiene caballo para tí. > 

No lo creí, y delante de todos y sonriendo, le hice señas de 
que no lo creía. Entonces el cacique Tuya hermano de Michí, 
que tanto me había demostrado sus simpatías, me hizo señal 
de que su hermano me engañaba ; por lo que tomé el partido 
de salir de aquella situación pesada y ridicula en que no nos 
entendíamos ninguno, y ciñéndome el morral y cargando mi 
carabina, tomé la mano del Queirá y lo arrastré en dirección al 
bosque del Oeste, como quien, sin preguntar más y convenci- 
do de su amistad con los indios, ya se ponía en camino del 
desierto. 

Ninguna resistencia opuso el cacique á mis deseos, y ya 
toda su gente nos seguía, cargada con todos los efectos, cuan- 
do el Michí vino de nuevo hasta nosotros, y después de 
cambiar algunas fi-ases con el primero, me dijo: « Dice que 
no tiene caballos para todos, y que si tú quieres acompañarle 
tienes que volver al Apa y comprar un buen caballo ». 

No me pareció esta traducción tan falsa como la otra, por 
lo que me contenté con decir por señas al Queirá, si era cierto 
que tenían caballos, á lo que respondió que sí, y si también 



(i) Corrupción de la palabra caballo. 



EXPLORACIONES. 1 49 



lo era que me mandaba volver al Apa en busca de un caballo, 
á lo que también respondió afirmativamente. 

Una de las razones que más* me hizo comprender que debía 
ser exacta la última traducción que me había hecho el Michí 
de las palabras del Queirá. fué la de que el caballo que este 
cacique acababa de regalarme era un animal inútil por su poca 
edad y sus grandes mataduras. 

Todos me hacían señas alegres de que iríamos al Apa y 
volveríamos juntos para penetrar al interior por el camino del 
Nordeste. Salí pues con dirección al Apa acompañado por 
todos los Guanas, menos los dos heridos que se retiraron por 
la senda del Oeste, haciéndome señas que cuando al dia siguien- 
te el sol estuviera en el cénit volveríamos á encontrarnos, y 
diciéndome repetidas veces Kateslegék (i). También nos acom- 
pañaban algunos Angaités entre los cuales iban tres herma- 
nos de Michí, que eran : el cacique Tuya ; el joven angaité, 
que tan cariñoso se había manifestado conmigo y cuyo nom- 
bre nunca ha sabido decirme, aunque respondía perfectamente 
al apodo de angaité Michí, con que yo le confirmé, y el caci- 
que Pucú^ hombre tan desgarbado como gigantesco, tan 
risueño como torpe y tan servicial como pedigüeño. 

La chusma de los Angaités había salido para sus toldos por 
el mismo camino que llevamos al apuntar el día y la demás 
juventud había bajado por el río apiñada en las canoas. 

Prescindo por ahora de la descripción del camino por tierra 
hasta la barranca del Apa, pues he de hacerla á mi regreso. 

Serían las 2 de la tarde cuando cerca ya del puerto de Michí, 
sentí á mis espaldas el galope de un caballo, y cual no sería 
mi asombro cuando sobre aquel potrillo tan nuevo en mi opi- 
nión y en realidad tan m.atado, y con una velocidad que parecía 
el vuelo de las aves, vi cruzar ante mí, en medio de las aclama- 
ciones generales, nada menos que el bárbaro cacique Piicü (2) 



(i) Medio dia. 

(2) Largo, en guaraní. 



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150 JUAN DE COMINGES. 



cuyo peso hubiera bastado para rendir al corcel más vigoroso. 
Llegamos al puerto; Queirá dejó la mitad de su gente al 
cuidado de nuestros efectos, la otra mitad con él y en mi com- 
pañía pasaron en las canoas, y el cacique Pucú se lanzó al 
río á nado con el infeliz caballo, que sudaba una gota por cada 
pelo. 

No me detuve en la colonia sino el tiempo preciso para visi- 
tar á la señora de M. R. Grillé, á quien regalé el caballo; para 
comprar algunos víveres, un uniforme del ejército italiano que 
tenía el señor Amici, y un caballo que este mismo señor me 
vendió, asegurándome bajo su palabra que era muy bueno y 
que el mismo Pucú fué á buscar al pastoreo para pasarle al 
Chaco; y para comer algo en compañía de los indios, con quie- 
nes volví de nuevo al puerto Michí, donde encontramos á los 
Guanas muy afligidos, porque habían sido víctimas de un nuevo 
robo del cacique Michí, quien con astucia los había separado 
del lugar donde teníamos los víveres para sustraerles cinco 
salvavidas. 

Era ya bastante tarde, amenazaba lluvia, y deseábamos ade- 
lantar algún camino, por lo que decidió el Queirá aceptar el 
ofrecimiento de Michí de pasar la noche en su toldería, para la 
cual nos pusimos en camino. 

La barranca que hay en el lugar que en adelante llamaré 
puerto Michí por su proximidad á la toldería de este cacique, 
se extiende al Sud como un kilómetro, en una faja más ó menos 
ancha; pero que en parte alguna medirá cien metros, tras de 
la cual se extienden curiches que corren de Norte á Sud, 
en todo lo que se alcanza con la vista, y de Este á Oeste 
una anchura como de media legua, al fin de la cual se cierra 
el occidente por una cortina de bosque, á cuya orilla están los 
toldos del cacique angaité. 

Al Norte de este puerto baja la barranca con rapidez vinien- 
do todo el terreno que se extiende por aquella parte á que- 
dar tan bajo y pantanoso como los bañados con los que se 
confunde. 




EXPLORACIONES. I 5 1 



El puerto es de tanto fondo, que pueden atracar contra la 
costa los buques de mayor calado, aun cuando ninguno podrá 
navegar por falta de fondo en el brazo occidental del río que 
allí tiene su embocadura, lo que no importa, por cuanto que 
entre este puerto y el de Caña de Azúcar no hay sobre la costa 
del Chaco un solo punto que no sea bañado. 

La raquítica vegetación arbórea que ofrece la faja de bos- 
que situada al Sud sobre la barranca, no puede tener otro em- 
pleo que el de combustible ó cuando más, el de durmientes 
para ferro-carril, pues no faltan bignonias, y leguminosas que 
llenarían las condiciones de resistencia, duración y elasticidad 
que precisan las maderas para este servicio. 

Aun cuando he llamado curiche al espacio de media legua 
que separa este puerto ó esta barranca, del bosque del Oeste 
á cuyo límite está la toldería de Michí, esto no obstante en la 
actualidad sólo dos cauces muy pequeños contenían un poco 
de agua estancada y casi corrompida, que era la única de que 
hacían uso los Angaités por la pereza de no caminar un poco 
más para tomarla del río; y según mi opinión, corroborada por 
los informes que he tomado algunas veces, estos lugares se 
convierten en una verdadera laguna con quince ó veinte centí- 
metros de agua, no porque sean bajos con relación al rio, sino 
con relación á los terrenos de la costa, que por ser algo más 
elevados, contienen la natural salida de las aguas pluviales que 
aquí se juntan. 

Todo lo que se precisaría para penetrar desde el puerto á 
los elevados terrenos del Oeste con un ferro-carril ó con una 
carretera, sería abrir una sangría á través de la barranca del 
Sud, removiendo menos de 500 metros cúbicos de tierra; cons- 
truir un terraplén de dos kilómetros de largo, por cincuenta cen- 
tímetros de altura, y dos puentecitos de diez metros de largo, 
para los cuales hay maderas preciosas é incorruptibles en el 
bosque del Oeste, con lo que se dejaría saneada una superficie 
de dos ó tres leguas cuadradas, que si algún defecto tuviese, 
sería el de su excesiva fertilidad, pues que son unos terrenos 









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152 JUAN DE COMINGES. 



en que las materias minerales apenas representan un treinta por 
cientOj por estar formados de restos de los vegetales acuáticos 
y semi-acuáticos que allí han vivido durante muchos siglos. 

La proximidad al río, el clima, la extensión y la composición 
química de este suelo, harían de él, si pudiera ser explotado 
por la civilización, algo más bello y lucrativo que las bocas 
del Po y que las huertas de Valencia y Murcia. 

Apoyada como ya he dicho por la selva del Oeste, se encuen- 
tra la toldería de los Angaités, que por lo sucia, incómoda y 
ruinosa, retrata perfectamente el detestable tipo de su cacique. 
Razón de sobra tendrían los que no viendo más que el repug- 
nante aspecto que presentan estos toldos, compadeciera, la exis- 
tencia miserable que arrastran sus habitantes. 

No hay para qué detenerse á contar cuántos toldos hay en 
esta tribu ; sería lo mismo que contar, después de la lluvia, las 
gotas de agua que colgasen de las hojas de un árbol, cuando 
estos toldos, como estas gotas, desaparecen á cada soplo de 
viento y aparecen de nuevo á cada lluvia. Son el trabajo de 
una hora, pues los constituyen cuatro miserables horquetas de 
un metro de altura cuando más, sobre las que se sujetan y se 
cruzan algunas cañas que se recubren con typhas de los baña- 
dos y á veces con pastos de la pradera; pocilgas en las que no 
se puede penetrar sino doblando la cerviz, como demostración 
tangible de la bajeza que se comete, ó c3,m\nsLndo d ^aías como 
quien imita á los animales, que son los únicos que podrían en- 
contrarse bien en donde se asfixia uno cuando hace sol, se 
hiela cuando hace frío y se moja cuando llueve. 

En cada toldito de éstos, de los que el mayor no alcanzará 
á nueve metros cuadrados de superficie, se agrupan, cual si 
fueran los únicos seres capaces de vivir de una manera tan in- 
munda, todos los hombres, mujeres y niños, ya estén solteros 
ó casados, con tal de que sean miembros inmediatos de una 
familia; todos los pájaros, coatís, zorros, monos ó avestruces 
que domestican, y todos los perros, que son siempre, por lo 
menos, tantos, tan sucios y holgazanes como sus dueños ; y si 



EXPLORACIONES . I 5 3 



á esto se junta el que de las cañas de lo que no puede llamarse 
techo, cuelgan bolsas de red, cargadas de comestibles putre- 
factos, cueros á medio curtir, pemiles de carpincho, cuernos 
de ciervo, conchas de galápago, peces charqueados, lana y al- 
godón para hilar, correas, sogas, peines de madera, anzuelos 
y colas de quirquincho; y que por el suelo sobre cueros de ve- 
nado ó tigre, muerto en la víspera, andan rodando multitud de 
mates de todas formas y tamaños, y que se emplean indistinta- 
mente como cazuelas, como vasos, como neceseres, como cos- 
tureros, como maletas, como palanganas, etc., etc., tendremos, 
que al abrirse y estrecharse para darme paso, aquellos anima- 
les tan felices que gozaban de todas las comodidades y prerro- 
gativas de los hombres, y aquellos hombres tan desgraciados 
que vivían en la miseria y degradación de los animales, el favor 
que n\e hicieron, y que tuve que aceptar con la sonrisa en los 
labios, fué el de asfixiarme de calor y de otras cosas, y el de 
atestar mis ropas y mis cabellos con la más completa colección 
de parásitos que jamás figuró en el museo de un entomólogo, 
la que, sin olvidar ni aún en mi sueño, conservé intacta hasta 
muchos días después de mi salida del desierto. 

— Pero ¿el toldo destinado al jefe de la tribu no será tan 
pequeño, tan mezquino, tan débil y tan infecto como el de 
sus indios? 

— No lo es tanto ciertamente, porque lo es mucho más que 
el peor de todos. 

El cacique Michí que se distingue por ser el peor de su 
tribu, tiene que ser lógico en todas las acciones de su vida fí- 
sica y moral. Es el más pequeño de estatura y de sentimien- 
tos. Es el más feo de rostro y alma, y para dar la última pin- 
celada sobre su detestable retrato, es el único indio que he 
conocido en el Chaco, casado con dos mujeres. 

La familia de los Angaités no es hoy tan numerosa como 
lo era hace un siglo, pues parece ser que á causa de un robo 
que hicieron á los Guanas, éstos, unidos á los Mbayás, que 
entonces eran sus amigos, cayeron sobre los ladrones por agua 



154 J^'"^^ I^E COMINGES. 



y por tierra con una prontitud, una reserva y una violencia tal 
que puede decirse que los aniquilaron. 

Las pocas tribus que aún quedan, están establecidas desde 
el puerto Michí hasta una docena de leguas más al Sud y casi 
todas próximas á la costa, sin que esto quiera decir que no 
haya también algunas á quince y aún á veinte leguas al in- 
terior del Chaco. 

Con excepción de la tribu de Michí que puede decirse que 
vive de la industria y del comercio, pues que por la situación 
que ocupa, que es tal vez la única puerta del Chaco en .cien 
leguas de costa, sesenta por ía parte del Sud y cuarenta por 
la del Norte, tiene el monopolio natural en todo porteo explo- 
tador, con lo que le basta para corromperse en la molicie, las 
demás tribus todas son agricultoras, sin que por eso dejen de 
cazar todo cuanto se les presente, ó pescar cuando escasean 
los frutos, y sin que tampoco precisen recurrir á otras para 
fabricar sus armas, sus redes, sus bolsas, sus vasijas, sus 
adornos y sus vestidos, de todo lo cual la degenerada tribu 
de Michí tiene que surtirse ó poco menog, por medio del robo 
ó la limosna; pues no de otro modo pueden calificarse los 
crecidos tributos que exije á los desventurados que solicitan 
sus: servicios, bien sea para pasar el río en sus canoas, bien 
sea para ponerse en relación con las gentes del Apa, ó bien, en 
fin, para cazar en sus campos ó cosechar algarrobos en sus 
bosques. 

El cacique Tuya, que se ha hecho muy amigo mío y que no 
me suelta de la mano, me dice que los toldos de los Angaités 
que están al S. E. del suyo, son muy grandes, muy fuertes, muy 
bien construidos, porque no se llueven y que hay tribus que 
tienen numerosas familias. 

La lengua Angaité no tiene semejanza alguna con el Gua- 
na, con el Mbayá, y menos con el Guaraní ; sin embargo, por 
regla general, todos los indios del Chaco del Sud se com- 
prenden perfectamente. 

Parece ser, aunque no puedo asegurarlo, que existe una 



EXPLORACIONES. I 5 5 



toldería de Angaités, cuyo cacique tiene cierta autoridad sobre 
todos los caciques de su raza. Por lo menos, lo que sé de cierto 
es, que existe un ex-cacique que, aunque muy debilitado por 
las circunstancias, tiene alguna autoridad sobre la tribu de 
Michí. 

Aunque los Angaités en general no son tan buenos, tan 
lindos, tan inteligentes y tan activos como los Guanas, esto no 
obstante viven en paz con ellos, así como también conservan 
las más cordiales relaciones con los Guaycurues de más al Sud, 
entre los que hay tribus que viven del pillaje. 

En honor de la verdad debo decir, que aun cuando los 
Angaités de la tribu de Michí, instigados por su jefe, hayan in- 
fringido algunas veces el séptimo precepto del decálogo, hijo 
legítimo del séptimo pecado mortal, en medio del que viven 
constantemente, no por eso debe entenderse que llevasen su 
•desenfreno hasta el punto de asaltar á mano armada á cual- 
quier europeo que penetrase hasta ellos en actitud pacífica. 
Esto no obstante, siempre aconsejaré al naturalista ó cualquier 
viajero que conciba el atrevidb pensamiento de internarse solo, 
que lleve más abnegación que víveres, pues que no sólo de lo 
primero consumirá más que de lo segundo, sino que pesa 
menos, se guarda mejor, é inspira menos tentaciones á unos 
indígenas que tienen más hambre que perversidad. 

En cuanto á mí, si he de ser justo, sólo les debo agrade- 
cimiento por las afectuosas demostraciones que todos me han 
prodigado, y por la multitud y espontaneidad de los pequeños 
servicios que á porfía se disputaban el hacerme ; pues si bien 
es cierto que entre ellos me he visto robado, traicionado y 
próximo á perecer, no culpo á su raza, á su tribu, ni á ninguno 
de los individuos subalternos que la componen, sino á un ca- 
cique que no hace más ni menos que traducir en su provecho las 
lecciones que día á día recibe de los cristianos con quien trata. 

Por lo demás, estos indios son tan dulces, tan tímidos, tan 
cariñosos y tan inocentes como los niños, y aún cuando debiera 
esperarse de ellos una inmoralidad que estuviese en razón 



156 JCAN DE COMINGES. 



directa de las facilidades con que les brinda el medio en que 
viven, no temo en asegurar que sean más honestos que los 
cristianos, desde que como la naturaleza les sustenta y no tienen 
que esperar á labrarse una fortuna para contraer matrimonio, 
ni un solo día tienen que hacerse la violencia de refrenar los 
naturales instintos de la reproducción ; pues cumpliendo mejor 
que nosotros con las leyes de la naturaleza, se casan todos en 
la edad de la pubertad, con lo que, prescindiendo de las ven- 
tajas que alcanzan en el orden material, tienen sobre todo la 
de cumplir mejor que nosotros con los preceptos morales. 

La selva que se extiende á espaldas de la toldería, corre de 
Norte á Sud y está compuesta casi en su totalidad de grandes 
vegetales dicotiledóneos, entre los que figuran los quebrachos, 
urundais, guayabos, lapachos, palo-santo y algarrobo blanco, 
del que los Angaités hacen la base de su alimentación. El 
desarrollo de estos árboles no puede decirse que sea gigantesco, 
pero es el suficiente para que sus maderas puedan aplicarse á 
los usos ordinarios de la vida civilizada. 

Es inútil repetir aquí lo que ya dije al hacer la descripción 
de mi primer viaje, y quede sentado para en lo sucesivo que 
todo rodal de bosque supone siempre un terreno más elevado 
que los que le rodean, sin que esto quiera decir que las in- 
mediatas praderas ó próximos palmares puedan verse nunca 
convertidos en lagunas, como sucede á los bañados que separan 
el puerto Michí de la toldería de este cacique. 

Mucho sintió el Queirá la sustracción de su colega, á cuyas 
manifestaciones respondí yo con otras de conformidad é indi- 
ferencia; sin embargo, el cacique no quiso acampar en la misma 
toldería, sin duda por miedo de que acabaran los Angaités con 
todas nuestras provisiones, sino á unos cien pasos más arriba 
sobre la orilla del bosque, donde hizo encender multitud de 
fogatas marcando puntos de una circunferencia, en cuyo centro 
depositó nuestras ropas, víveres y utensilios. 

Ya era de noche y encontrábame yo cumpliendo con la 
visita del último toldo que era el del cacique, cuando un hijo 



EXPLORACIONES. I 5 7 



del Queirá vino de parte de su padre á recordarme que ya era 
hora de repartir la cena, lo que comprendí más que por los 
gestos del muchacho, por la prisa que se dieron los circuns- 
tantes á proveerse de los mates con que habían de agotar el 
exhausto manantial de mis provisiones. 

Al salir del Apa había cargado nuevamente algunos salvavi- 
das, confiado en reunir uno para cada indio ; mas como no 
contaba con el segundo robo del Michí, me encontré con que 
solo tenía quince, de los que cinco se despacharon en el acto, 
recibiendo muchos de los Angaités dobles y triples raciones, 
á causa de que la oscuridad me impedía reconocer á los tras- 
gresores de la ley de la igualdad, los que, por si de algo puede 
servir este detalle y con perdón de la belleza plástica, diré que 
pertenecían al bello sexo. Entre los incidentes graciosos que 
siempre ocurrían durante el reparto de las provisiones, sólo 
diré que el cacique Pucú, provisto del mate colosal donde su 
hermano dos días antes había embaulado la cena de toda su 
tribu, me reclamó, no una ración como todos los demás, sino, 
una por Angaité, otra por cacique, otra por haberme pasado 
el caballo y otra, que excitó la risa de todos, por ser el más 
grande de los circunstantes. 

Entre las mantillas del aparejo de mi caballo, traía una tien- 
da de campaña que, con motivo de que empezaba á llover, armé 
en dos minutos, en medio de la admiración general, y des- 
pués de tender en ella la carona que preservase de la humedad 
del suelo, el recado^ el morral, la bolsa del uniforme, y algunos 
salvavidas que sirviesen de almohada, y mis blancas mantas 
en vez de colchón mullido, encendí una bugía y brindé al caci- 
que Queirá á que tomase posesión de aquel nido de tórtola, le» 
que hizo no sin esforzarse en disimular el placer que le causa- 
ba el acostarse en el lecho más blando y más limpio que había 
visto en su vida. En cuanto á^ los indios, no parecían hartarse 
de mirarnos, pues hasta dormirme fuimos objeto de la curio- 
sidad de todos los que podían contemplarnos por ambas en- 
tradas de la tienda. 



158 JUAN DE COMINGES. 



Dia p de Octubre. 

Poco después de aparecer la luna nos aprontamos para el 
viaje, lo que era más fácil para los indios que para mí, pues 
tenía que aparejar el caballo, y acomodar en él todos mis efec- 
tos ; operación que nunca aprendieron los indios, ni aún apren- 
diéndola la hubieran ejecutado; porque les parecía una crueldad 
meterle el freno en la boca y un crimen el apretarle las cin- 
chas, hasta el punto, de que á cada tirón mío era una de gritos 
y una de llevarse las manos á la barriga, como si más que al 
caballo se hubiese creído que fuese á ellos á quienes yo cin- 
chaba. 

Despedidos sólo por el cacique Tuya y el angaité Michí y 
por una jauría de perros que nos persiguió más de media legua, 
salimos por la costa del monte con rumbo N. N. O., por la 
misma veredita estrecha que habíamos traido aquella misma 
mañana. 

El cuadro era digno del pincel de un buen artista, pues la 
brillante luna, ocultándose ó apareciendo sucesivamente ya en- 
tre las nubes ya entre las copas de las frondosas palmas, espar- 
cía sombras y luces á través de aquellas claraboyas del firma- 
mento, inmensas ogivas proporcionadas á la grandeza del 
suntuoso templo, cuya bóveda sostenían millones de esbeltas 
y atrevidas columnas de caprichosos capiteles, cuyo pavimento 
estaba revestido de una mullida alfombra de verde grama y 
cuyo incienso se exhalaba á la vez de aquellos vivientes pebe- 
teros de perfume tan dulce como la miel de sus nectareos. 
Templo que revelaba el poder sublime del Grande Arquitecto 
de la naturaleza. Templo en fin, que por primera vez abría sus 
puertas para recibir al pacífico misionero de la civilización, que 
sin ejércitos destructores, penetraba solo y confiado en el mismo 
Dios á quien también los hijos del desierto rendían allí el más 
natural y el más sencillo de los cultos. 



EXPLORACIONES. I 5 9 



Las sendas del Chaco, al parecer tan caprichosas, son cuan- 
do bien se las considera, no hijas de la casualidad, sino de un 
meditado estudio en el que obedecen á las múltiples exigencias 
de los indígenas y á las circunstancias topográficas del Chaco. 
No hay en ellas una curva que pudiera ser recta, ni una sola 
recta que debiera ser curva; lo que se debe más bien que á la 
meditación que precediera á su primer trazado, á las reformas 
aconsejadas por la experiencia de muchos siglos; sin que esto 
signifique que tales reformas sean muy frecuentes, desde que 
con datos irrecusables puedo asegurar que, con excepción de 
las vías Romanas, no existe en Europa carretera que cuente 
tantos siglos como la senda por la que entonces caminábamos, 
á la que llamaré única carretera general del Noroeste. 
. ¿Y cuáles son esos datos irrecusables que testifican la anti- 
güedad de estas sendas } 

Son semillitas que en otro tiempo germinaron á pocos centí- 
metros de la vía como muchos otros pequeños arbustos que 
crecen en la actualidad; plan ti tas tan despreciables al princi- 
pio, que muchas tribus pasaron á su lado sin apercibirlas y 
muchas generaciones se rozaron con ellas sin temerlas, y que, 
favorecida su debilidad por la indiferencia, hoy son gigantes- 
cas pirámides que interrumpen la vía recta y que aún tienen, y 
cuentan con lozanía suficiente, para obligar á las generaciones 
venideras á que las miren con respeto, cuando al llegar al pie 
de ellas se acogen á su sombra protectora. Arboles que obli- 
gan al peregrino á separarse de su rumbo y trazar en su mar- 
cha un pequeño semicírculo, antiguo apéndice de una senda 
más antigua; desvío irremediable causado por una planta, que 
si no cinco mil, como el Baobab ó seis mil como el Apuchute, 
puede muy bien tener mil ó mil quinientos años de existencia. 

El cacique Queirá me señaló el Noroeste como el rumbo 
que habíamos de seguir para llegar hasta los últimos toldos 
del desierto, y sin embargo, ahora marchamos en rumbo casi 
Norte y así hemos de seguir hasta llegar á Caña de Azúcar. 

¿Qué quiere decir esto.'^ ¿Por qué no salimos directamente 



I 6o JUAN DE COMINGES. 



al Nordeste por la hipotenusa? Porque además de impedirlo 
el fragosísimo bosque del Oeste y una cadena de cerrillos es- 
cabrosos y dilatados curiches que tras él se ocultan, hay llanu- 
ras inmensas y desiertas por falta de lagos. 

A pesar de que estamos en medio de una sequía cual nunca 
los indios conocieron, las seis leguas que separan el puerto 
Michí con el puerto Caña de Azúcar cuentan con tres aguadas 
permanentes^ distribuidas sobre la ruta, á proporcionadas dis- 
tancias; lo que, unido á lo despejado del terreno que se cruza, 
pues son palmares muy claros, hace que el tránsito sea muy 
seguro y agradable, y que la construcción de una carretera no 
ofreciese dificultad ninguna. 

Esta vereda aunque se dirige poco más ó menos al Norte, 
no marcha paralela al río, porque éste se desvía mucho hacia 
el Oriente, formando un arco por cuya cuerda caminamos. 

Los terrenos que dejamos al Este son casi todos bañados, 
alguno de los cuales lame la misma vereda, y los del Oeste 
son cada vez más elevados aunque insensiblemente hasta lle- 
gar al límite del bosque, en cuyo sitio ya se manifiesta la eleva- 
ción de una manera más sensible. 

Los que trazaron las veredas del cfesierto, no las hicieron 
para marchar en batalla por compañías ni por cuartas, sino 
para ir uno á uno, siendo ese uno un indio descalzo, pues que 
los europeos acostumbrados á caminar con los pies más abier- 
tos y sin frotarse uno con otro los tobillos, no caben en estre- 
cha caja profundizada un poco en el terreno con el trascurso 
de los años. Los indios, pues, caminan en hilera, ya sean diez, 
ya sean diez mil, siguiendo uno tras otro las ondulaciones, tan 
pronunciadas como los accidentes topográficos del terreno, 
cual si fueran una larga serpiente que avanza por la llanura. 

Así marchaban mis indios, y yo á caballo tras de todos ellos, 
saboreando mi felicidad y riendo en mi interior del contraste 
que presentaba un europeo con antiparras, sombrero negro, 
blusa y pantalón de dril, alpargatas blancas, revólver y cuchillo 
á la cintura, con unos indios cabelludos cubiertos de plumas 



EXPLORACIONES. 1 6 I 



hasta en los agujeros de las orejas, envueltos en sus tétricos 
enkilsikes^ y en esa especie de dalmáticas llamadas por ellos 
nortemá, atestados de natjabás^ como si su cuerpo fuese la 
percha de un cazador, y marchando airosamente con su manojo 
de flechas sobre el costado izquierdo, su arco sobre el hombro 
derecho, y con el chocante apéndice de una bolsa blanca, tan 
hija de la civilización como los víveres que contenía. 

Cuando habríamos andado la mitad del camino, me adelanté 
á galope hasta llegar á la cabeza, que la formaba el cacique, á 
quien apeándome invité á que montara, lo que aceptó, orde- 
nando continuar la marcha por un momento interrumpida, y 
como yo tratara de esperarme para volver á ocupar mi antiguo 
puesto al extremo de la cola, los indios que marchaban ade- 
lante y que eran todos caciques me invitaron á ocupar el dis- 
tinguido puesto dejado por el Queirá, lo que hicieron con de- 
mostraciones del mayor respeto. 

Así seguimos entre palmares y algunas fajas trasversales de 
bosque muy claro, hasta que, como á eso de las diez déla ma- 
ñana, llegamos al lindero del bosque inmediato al río, donde se 
habían ocultado los mbayás^ el que trayendo este recuerdo á 
la memoria de los indios, hizo que, sin detener la marcha, 
apuntaran hacia él con sus arcos y sus carabinas, prorrum- 
piendo en sonidos que imitaban las descargas de la noche del 
ataque. 

Llegamos por fin al campamento del Algarrobo, donde sin 
detenernos más que un corto rato para tomar el almuerzo, con- 
tinuamos nuestra marcha, doblando hacia el Oeste por la misma 
senda del bosque donde había recibido los primeros disgustos, 
á consecuencia de las provocaciones del cacique Michí. En 
este punto el cacique me hizo apear, dándome á entender que 
las ramas del bosque azotarían mi rostro, por lo que entregó 
el caballo á un joven para que me lo llevase, ó más bien dicho, 
para que lo llevase á él y á otros dos más, que sin oponerse el 
Queirá, se encaramaron como gatos, ocupándole desde el 
pescuezo hasta la cola, y cargándole, no sólo con el peso de 

II 






162 JUAN DE COMINGES. 



SUS cuerpos, sino con el de sus cargas, que no bajarían de otras 
seis arrobas. 

Habríamos caminado como media legua dentro del bosque, 
cuando el cacique Queirá, que marchaba á la cabeza, hizo un 
disparo con su carabina, el que fué contestado por algunos gri- 
tos humanos y muchos ladridos de perros. Dimos algunos pa- 
sos y revolviendo de pronto al Nordeste, nos encontramos á la 
margen de una de esas frecuentes ensenadas del rio Paraguay, 
que no era otra sino la misma que cerraba el campamento del 
Algarrobo por Norte y Nordeste y por la cual cruzaba el arro- 
yo de los Guanas, á cuya orilla y á la sombra de unos grandes 
árboles, habría una centena de personas de distintos sexos, 
entre los cuales se encontraban los dos heridos de la víspera; 
gentes todas que me recibieron con los mayores agasajos, sa- 
cudiendo cuidadosamente unos cueros para que yo me sentase^ 
y presentándome delante maies con maíz tostado y trozos de 
yacaré (i) cocido, de todo lo que comí en abundancia para de- 
jarlos complacidos. 

El brazo del hijo del cacique estaba muy endurecido, le ins- 
piraba serios cuidados, y como mis conocimientos quirúrgicos 
no eran tan grandes como la herida, temí perder el prestigio 
qie pensaba adquirir como cirujano, con méritos tan escasos 
como los que había puesto en juego para acreditarme de mú- 
sico, de prestidigitador y de guerrero. Recurrí, pues, á lavar las 
heridas de nuevo con mayor cantidad de ácido fénico que en la 
víspera, y dividiendo un pañuelo entre los dos enfermos, lo em- 
papé en el líquido, y lo apliqué como si fuesen hilas, sujeto con 
el vendaje. Operaciones eran éstas que todos observaban con 
religioso silencio, como si tuviesen la íntima seguridad de que 
por intermedio mío habrían de curarse irremisiblemente. 

Aun no había terminado la cura de estos indios, cuando 
delante de nosotros se presentaron cinco de mis acompañantes 
montados en unos potrillos, tan proporcionados, tan lindos y 



(i) Caimán. 



EXPLORACIONES. 1 63 



tan matados por el lomo como el que me había regalado el 
cacique, circunstancia tan casual que quise explicarme y que 
sólo comprendí cuando después de examinar la boca de aque- 
llos animales, vi que eran caballos hechos, alguno de los cua- 
les pasaba de ocho años. 

Este descubrimiento vino á sacarme de infinitas dudas. El 
animal raquítico que ayer me regaló el Queirá, era un caballo 
de más fuerzas que las que prometía por su aspecto, supuesto 
que no eran mejores los que los indios tenían para seguir viaje 
al interior del Chaco, y supuesto que había podido, sin reven- 
tarse, galopar un largo trecho, que Dios sabe cuál sería, lle- 
vando sobre sus espaldas y en pelo la pesada mole del cacique 
Pucú, 

El cacique Queirá no me había mandado volver hasta el Apa 
para que comprase un caballo, como me lo había dicho el infa- 
me traductor, sino que por el controrio me había regalado el 
suyo propio, haciendo el sacrificio de volver á pie hasta la tol- 
dería, para evitarme este trabajo. 

Mi viaje al Apa, había servido nada más que para fatigarnos, 
para perder un día, y para cambiar un caballo bueno por uno 
malo. 

Desde mi llegada á este campamento, los indios que me 
acompañaban, á pesar de que supondrían que los que estaban 
allí habrían sido enterados, por los dos heridos, de la refriega 
habida en la anterior madrugada con los indios mbayás, no pu- 
dieron contenerse de hacer por sí propíos la narración del su- 
ceso, de lo que yo me apercibía, porque imitaban los gritos, 
las carreras, los disparos de flecha y de fusil, y hasta mis voces 
de mando, y sobre todo, porque me tocaban amistosamente 
unos y otros llamándome lektesmá. 

La dificultad inmensa que oponía á mis investigaciones la 
irremediable falta de un intérprete, no me permitió por el pronto 
averiguar si aquellos indios vivían allí mismo ó si estarían de 
pesca; pues era ésta tan abundante que no sólo bastaba meter 
el anzuelo para sacar una pieza, sino que hasta pescaban con 



164 JUAN DE COMINGES. 



la mano, ocupación en que se divirtieron todos los míos, así 
como en destripar y abrir en dos mitades cuantos peces reco- 
gían para exponerlos al sol, donde al cabo de un rato perdían 
el jugo y quedaban en condiciones de un bacalao, que podía 
guardase en sus natjabas. Tampoco pude averiguar si aquel 
grupo donde sólo había mujeres, niños y algunos ancianos, se- 
ría una parte de la chusma de la tribu de Queirá, por más que 
la indiferencia y casi altanería con que éste les trató, me hizo 
sospechar que serían extraños ya que no enemigos. 

En el deseo de comenzar á extender el círculo de mis rela- 
ciones entre los indígenas, me puse en sabrosa plática con una 
vieja desgreñada y barriguda que debía ser bruja, según el pres- 
tigio de que gozaba entre los suyos . Esta mujer era la que 
más se había distinguido en obsequio hacia mi persona, y la que 
mayores muestras de admiración había dado mientras los Gua- 
nas contaban los detalles de la pelea, llevando su entusiasmo 
hasta el punto de tocarme la cara con entrambas manos y de 
contemplarme con tal éxtasis que me puso en cuidado, pues 
deben ser las Susanas del Chaco tan peligrosas como las de 
la corte de los Faraones; sin embargo, como parecía que, cual 
nueva Calipso, deseaba conocer mis aventuras, empecé á des^ 
cribirla el objeto de mi viage que era: hacerme amigo de to- 
dos los indios, abrir un camino para carreta, cambiar sus te- 
jidos, sus bolsas, sus hamacas, sus cueros y sus plumas, por 
telas blancas y coloradas, camisas, sombreros, agujas, tijeras, 
cuchillos, azadones, hachas y fusiles; todo ló que entendió per- 
fectamente, gracias á mi repertorio guana que alcanzaba nada 
menos que á cinco palabras; á que de todos los objetos que 
nombraba había ejemplares tangibles, y á que la mímica suplió 
el resto, y más que la mímica la mecánica; pues para llevar 
hasta su ríiente la idea de la carreta, tuve que fabricar una con 
una hoja de mi libro y figurar que la arrastraban dos caballos. 

Muy entretenido y muy satisfecho en medio de aquel colo- 
quio y de aquel auditorio de dueñas, que hasta la boca abrían 
para mejor entenderme, me encontraba yo como Telémaco 



EXPLORACIÓN tS. I 65 



' entre un corro de ninfas donde no había una sola Eucaris, 
cuando celoso el Mentor (entiéndase Queirá), tomándome de un 
brazo, como pudiera hacerse con un niño, me condujo á cierta 
distancia y me hizo acostar sobre mi manta sin darme expli- 
cación ninguna, y sin que yo se la pidiera por mi parte, pues 
no parecía su cara para* dar satisfacciones. Sin embargo, como 
quiera que él se acostase á mi lado y que el lugar era fresco y 
sombrío, no tardé en perdonarle el exabrupto y en dormirme, 
pensando en que este hombre era verdaderamente celoso, pero 
celoso de mi dignidad, que sin duda creía rebajada viéndome 
tan alegre, tan juguetón y tan familiarizado con aquellos miem- 
bros tan subalternos de la familia indígena. 

Cuando á las tres de la tarde empezó á poderse soportar 
el calor de aquella atmósfera que parecía un horno, el cacique 
me despertó, é indicándome mi aparejo y mi caballo, pareció 
decirme: ensilla y vamos. Así lo hice, mientras que mis com- 
pañeros de viaje también ensillaban, pero de una manera bien 
original por cierto, pues que todo lo que hicieron fué colocar 
unas espadañas del curiche sobre las mataduras de sus caba- 
llos, poner encima dos ó tres salvavidas atravesados á la mane- 
ra de alforjas, colocar sobre éstas los azadones que llevaban 
sujetos por el ojo con una cuerdecita, y de un salto subir uno 
sobre el pescuezo, otro sobre el lomo y otro sobre las ancas de 
cada caballo, no subiendo más, sin duda alguría, porque mate- 
rialmente no cabían. 

Mientras pensaba lo exagerado que parecería el día que des- 
cribiese mis aventuras, la escena en que se presentan diez y 
seis ginetes con solo seis caballos, saltó un mocetón sobre las 
ancas del mío, y entonces prometí no volver á extrañarme de 
nada de cuanto pudiera sobrevenirme entre aquellas gentes. 
Sin embargo, falté á mi palabra, porque mi admiración y mi 
sorpresa subió de punto al ver que estábamos en marcha sin 
que otro indio hubiese subido sobre el pescuezo de mi caballo, 
rasgo de galantería hacia mi persona, pues debía ser tentador 
aquel espacio que quedaba vacante. 



i66 



JUAN DE COMINGES. 



Al partir volví la cara atrás para despedirme de aquellas 
gentes, que tan bien me habían tratado, y que al verlas forma- 
das en semicírculo gesticulando y dando voces, parecían el coro 
de brujas de una de las óperas de Verdi. 

Nuestra marcha fué durante un largo rato sobre el arco que 
formaba la inmensa herradura de la gran ensenada que llevá- 
bamos al Este y sobre el suave talud que formaban con dicho 
bañado los terrenos elevados y montuosos que dejábamos al 
Oeste, y así seguimos hasta que, próximamente en el vértice 
de la curva, salimos entre palmas y bosque claro en rumbo 
Noroeste hasta la distancia de una legua, en que nos encontra- 
mos con un cauce ancho y poco profundo, que á ciertos inter- 
valos estaba lleno de pocitos de agua tan corrompida, que in- 
fectaba el ambiente. 

Este arroyo corre de Noroeste á Sudeste sin dar muchas 
vueltas y debe estar apoyado contra algunos cerros que que- 
daron al Oeste ó al Sudoeste; pues aunque no los he visto, á 
causa de la espesura del gran bosque que allí empieza, los in- 
fiero, no sólo porque el terreno sube mucho en esa dirección 
sino porque en menos de una legua de trayecto hay que pasar 
siempre entre bosques y sobre el áspero talud del arroyo, cin- 
cuenta quebradas ó desaguaderos, tan inmediatos entre sí que 
apenas entre el cauce del uno y del otro hay más distancia que 
la de sus taludes respectivos. En este corto trayecto sería 
costosa la construcción de un camino á media ladera, que re- 
clamaría cincuenta tajeas de madera de quebracho y de un 
metro de luz ; pues no es posible el llevarla por la parte opues- 
ta del arroyo, desde que todo el inmenso espacio qne le separa 
del río Paraguay son bañados con muy pequeñas manchas de 
palmares. 

Después de caminar tres leguas siempre al Nordeste á la 
margen de este arroyo, se pasa otro arroyito pantanoso em- 
barrancado y de siete metros de anchura, el que viniendo del 
Oeste afluye sobre el primero ; arroyo que no debe ser corren- 
toso, por cuanto que su cauce está cubierto de vegetación acuá- 



EXPLORACIONES. I 6 7 



tica, y sus barrancas no están desmoronadas sino cubiertas de 
verde césped, pero que tuvimos que pasarlo á pie, metidos en 
el barro hasta la horcajadura, y expuestos á dejar allí todos 
los caballos y principalmente el mío que, por carecer de la ex- 
traordinaria resistencia de los caballos indígenas, hubo de 
sacarse enlazado y arrastrado por todos los otros, lo que acabó 
con sus fuerzas. Este paso indispensable no puede hacerse sin 
un puente de madera de diez metros de luz y que se apoye en 
las barrancas. 

Aunque muy extendido y debilitado, el arroyo principal to- 
<lavía sigue al Noroeste como media legua, cubiertos los suaves 
taludes por una pequeña capa de salitre en el que aún estaban 
las huellas que estamparon mis compañeros á su venida para 
el Apa y la de multitud de animales de la selva, incluso el tigre 
<jue, según los indios, les había perseguido, y asimismo marcha 
acompañado de bañados por el Oriente, y por el Occidente de 
palmares. 

En este trayecto que, como el de las dos leguas anteriores, 
habíamos hecho á media rienda, alcanzamos á dos de nuestros 
compañeros que habían tenido que adelantarse á causa de ser 
tan cortos los caballos indígenas, quienes desde lejos nos hi- 
cieron señas para que parásemos, y para que yo me adelantase 
á pie con la carabina, lo que hice corriendo, pues sospechaba 
lo que sería. Aquellos dos indios habían tenido la cachaza de 
ver un ciervo y no tirarle, que es sin duda lo que constituye su 
mayor delicia, por el gusto de proporcionarme esa satisfacción, 
que yo por mi parte les agradecí, dejándole muerto de dos ba- 
lazos, lo que produjo salvajes aclamaciones, é hizo que, sin 
aprovechar el cuero, todos acudieran como buitres en busca 
de su presa, sobre la que funcionando á la vez diez y ocho cu- 
chillos manejados por diestros profesores de anatomía, quedó 
reducida en pocos momentos á un charco de sangre y un mon- 
tón de tripas. 

Cuando el arroyo que marcha al Noroeste acaba por extin- 
guirse, continúa la senda todavía un cuarto de legua sobre el 



l68 JUAN DE COMINGES. 



mismo rumbo, y á esa distancia cambia al Oeste para salvar un 
bañadito que viene como del Norte, y á la legua y cuarto se 
corta el camino por un arroyo, único en su clase entre todos 
los que he visto en el Chaco ; descubrimiento tal vez de una 
importancia incalculable, pues que no era uno de tantos curi- 
ches cubiertos de vegetación acuática, sino un profundo desa- 
guadero, con barrancas de cuatro metros de altura y con un 
metro de agua á pesar de la extraordinaria seca ; no había agua 
detenida sino que marchaba con una velocidad superior á la 
de treinta centímetros por segundo. Este arroyo apenas tendrá 
la anchura de seis metros, y sus vueltas y revueltas son tales 
que sería algo difícil la marcha de un vaporcito entre sus es- 
carpadas y elevadas barrancas. Por otra parte, la multitud de 
palmas caídas sobre su cauce haría imponible hasta el nave- 
garle con canoa, sin que antes precediera la entretenida y cos- 
tosa operación de su limpieza. 

Muchas veces y con mucha insistencia pregunté la proce- 
dencia del arroyo, y todo lo que pude sacar en limpio fué que 
venía de muy al Noroeste donde había Yesik\ (i) que era muy 
tortuoso, que crecía mucho, y que desaguaba en el Paraguay 
sobre una latitud que según señalaban debería sera los 21** 30' > 
poco más ó menos. En cuanto á su nombre nada pude averi- 
guar; pues cuando trataba de indagarlo todos recogían y lan- 
zaban la saliva como demostrando que tenían asco, lo que me 
convencí tan pronto coiro probé el agua, que era más salada 
y amarga que la de los mares. 

La blanca arcilla que constituye el subsuelo del desierto y la 
ausencia completa de todo cristal de sílice, hace que el fondo 
de este arroyo, así como el de todos los curiches y hasta el de 
las márgenes del río Paraguay, sea extraordinariamente panta- 
noso, por lo que los caballos se fatigaron mucho para poderlo» 
pasar, si bien nosotros lo cruzamos algo mejor, merced á las 



(i) Sal, soda, potasa ó salitre. 



I: XPLOR ACIONES. 1 69 



palmas que nos sirvieron de puente. Este arroyo fué bautizado 

por mí con el nombre de Arroyo Bravo. 

Pasado el arroyo, entramos en rumbo Norte y como á los 

quinientos pasos. acampamos sobre el linde de un bosque muy 
fragoso, que empieza sobre la margen del Arroyo Bravo y con- 
tinúa hacia el Norte. 

Frente á nuestro campo, ó sea al naciente, se extendían ter- 
renos pantanosos y lagunitas con agua dulce, en una de las 
cuales nos bañamos todos para quitarnos la molestia que pro- 
ducía en nuestro cuerpo el salitre que había quedado en él al 
pasar el arroyo, después de lo cual y mientras se asaba el cier- 
vo, que había de servirnos de cena, tendí mi carpa como en la 
noche anterior aunque ayudado por el cacique. 

Por ser aquél un lugar tan solitario creí que el cacique hu- 
biese dejado una pequeña guardia que vigilase nuestro sueño, 
pero no sucedió así; los indios todos se durmieron entre sus 
hogueras, como se duerme el carpincho á la margen de la lagu- 
na sin pensar en el tigre que lo acecha. 

Después de curar á mis heridos, me retiré á la tienda á tomar 
algunos apuntes de mis impresiones del día, y tan cansado de 
una jornada de doce leguas como satisfecho de verme tan bien 
tratado por los indios, seguí el ejemplo de todos y me dormí 
profundamente. 

Dia 10 de Octubre. 

Antes de la salida del sol, salimos en rumbo Norte, y des- 
pués de caminar un cuarto de legua con monte al Oeste, 
doblamos hacia el naciente la punta del bosque y retrocedimos 
hacia el Sud por su parte opuesta, penetrando después dentro 
de una fragosa selva, cuyo sendero de tres leguas daba una 
vuelta, de tal modo, que al empezar en rumbo Sud se dirigía 
poco á poco al Sudoeste, después al Oeste, y por fin al Noro- 
este, donde terminaba el monte. 

Esta gran curva tiene por objeto costear un cerro bastante 






I ■'-•■»' \ 



1 70 



JUAN DE CüMINGES. 



elevado, pedregoso y t:iibierto de vegetación arbórea de mag- 
nífico desarrollo; pero la vereda es estrecha hasta el punto de 
que los caballos no pueden pasar con carga, n¡ aun con el apa- 
rejo, por lo que al entrar en ella, me hizo apear el cacique, y 
cargándome el pesado morral y la carabina, me hizo pasar ade- 
lante, mientras él cargado con el aparejo y tirando de la brida 
cerraba la marcha. 

Ya imaginaba yo que el trayecto sería difícil, por cuanto que 
el cacique y algunos otros ancianos se habían calzado albarcas 
desde la salida del campamento, pero nunca pude figurarme 
una senda tan larga y tan penosa. Las ramas espinosas azota- 
ban el rostro, los raigones enredaban los pies, las aristas de 
las piedras basálticas destrozaban el calzado, y las aceradas 
puntas de los caraguatás de un metro de altura desollaban las 
piernas y hacían trizas los pantalones. Ya una liana del (grueso 
de un hilo detenía la marcha con una resistencia poderosa; ya 
un árbol caído cerraba el paso, obligando á saltarle por encima 
de sus infinitos parásitos, ó á cruzarle por debajo arrastrándo- 
se como la serpiente sobre la punzante alfombra de mamilarias 
y echinocactus ; ya, en fin, la reacción de una rama violentada 
por el que caminaba ante mí, me sacudía en el rostro una tre- 
menda bofetada, que despedía mi sombrero á larga distancia; 
dificultades todas que había que salvar sin detenerse y casi á 
la carrera, pues que los indios no pueden soportar el tener que 
suspender su marcha tal vez sobre un montón de espinas, por 
cansa de la torpeza del que marcha adelante, y tanto más, cuan- 
to que la detención de uno es la de todos los que le siguen. Así 
pues, como las dificultades con que yo tropezaba no eran ma- 
yores que las encontradas por el que me antecedía, sino en 
cuanto á mi falta de destreza, no queriendo descubrir esta in- 
ferioridad que hubiera dado por resultado la detención del 
cacique, y talvez el ser pisoteado por el caballo que tras él 
venía dando saltos y tropezones, hice de tripas corazón y me 
tragué las tres leguas de bosque, seguro de que á ser tres y 
media hubiera tenido que declararme en derrota. 



EXPLORACIONES. I 7 I 



El camino carretero á través de este bosque no ofrece otra 
dificultad que el derribo de muchos árboles seculares. 

Grande fué mi alegría, cuando á las tres horas de marcha 
por esta infernal vereda, empezó á iluminarse el horizonte hasta 
entonces oscurecido por la frondosidad de aquellos árboles ver- 
daderamente gigantescos. A pocos pasos salimos á luz del día, 
y caminamos media legua por un palmar, dejando al Sud- 
oeste ó sea á nuestra mano izquierda un extenso bañado, que 
llegaba desde el bosque hasta otra pequeña faja de monte que 
atravesamos á la media legua, cerca de cuya entrada me seña- 
laron los indios una pequeña toldería de indios Anapanás muy 
semejante á la del cacique Michí, aunque de apariencia más 
decente, la que estaba situada cerca del bosque y del agua, 
como la de los angaités. 

El calor era tan grande ó quizá más, que el que se dejó sen- 
tir el día antes, lo que tenía á los caballos un poco rendidos, 
con excepción del mío que lo estaba completamente, hasta el 
punto de que, reconociéndolo el tremendo gandul que venía á 
las ancas, echó pie á tierra y le sacudió tremendos palos que 
produjeron en él el mismo efecto que si hubiesen caido sobre 
las palmas inmediatas. Tuve pues que apearme, haciéndom^e 
cuenta que aquella vela se había apagado, por lo que prescindí 
de ella completamente, seguro de que el proceder de mi com- 
pañero no serviría para encandilarla. 

Cuando nos acercamos á esta toldería que los indios dijeron 
llamarse Mitá-Paát (i) un centenar de personas en que, con ex- 
cepción de mancebos, había de todos sexos y edades, y otro 
centenar de perros, salió á recibirnos ó más bien dicho á reci- 
birme á mí, pues á mí se dirigieron las atenciones de los unos 
y las amenazas de los otros. 



(i) Mita es una de las pocas palabras comunes á la lengua guaraní 
y guana, es un adjetivo calificativo más que un adverbio de cantidad 
que quiere decir que una cosa no es completa, y Paát quiere decir pue- 
blo, casa ó toldo. 



I 7 2 JUAN DE COMINGES. 



No hay duda de que los Anapanás debieron imaginarse que 
me sería familiar su lengua, supuesto que á la vez que me ofre- 
cían los hombres sus pipas encendidas y las mujeres chipá (i) 
de atá^ (2) eiyakték^ (3) cocidos, batatas dulces, y miel, me ha- 
blaban todos al mismo tiempo y en voz tan alta, como si me 
creyesen sordo; de modo que, aunque el dialecto anapaná hu- 
biese sido el mío, y los gritos de los muchachos y ladridos de 
los perros que se asustaban de mi presencia me hubieran deja- 
do escucharruidos inferiores, es evidente que aun en ese caso, 
nada hubiera comprendido de lo que me querían decir aquel 
enjambre de abejas. 

Comí, bebí, reí, acaricié á los chicos que lo consintieron, 
distribuí entre chicos y grandes tres puñados de galletitas in- 
glesas, regalé un collar á la mujer del cacique, un puñado de 
cigarros á los viejos, y di un salvavidas vacío á una madre afli- 
gida, para que á su hijito enfermo pudiera hacerle una camisa, 
ó una mortaja, mientras que mis compañeros gritaban en di- 
ferentes corrillos, pin, plan, cataplún, recordando la pasada 
refriega, en la que deberían pintarme como un Escipión, según 
los tirones que estos indios daban á mi brazo, y las batatas 
que, ardiendo y sin mondar, me embuchaban como quien ceba 
á un pavo. 

Pocos instantes, á Dios gracias, nos detuvimos en Mitá-Paáty 
pues á durar aquella situación hubiera concluido mi toleran- 
cia por el principio de un cólico. Nos despedimos, pues, y lo 
único que pensé en aquel momento fué que para mi vuelta ha- 
bría mejor comida, y serían más gente para atracarme. 

La vereda, que siempre marcha rumbo Noroeste, al llegar al 
bosque tuerce muy bruscamente hacia el Oeste; mas ese nuevo 



(i) Pan que en el Paraguay se hace con almirión de mandioca, grasa, 
huevo, etc. 

(2) Palma Cavendai, cuyo cogollo rayado sirve como fécula para 
hacer un pan muy malo. 

(3) Judías, ó Porotos, que ya eran conocidos y cultivados por los in- 
dígenas cuando la conquista del Paraguay y del Perú. 



EXPLORACIONES . I 7 3 



rumbo sigue sólo por unos doscientos pasos, que es poco más 
ó menos la distancia que hay hasta un nuevo palmar, claro y 
limpio como todos los que llevamos recorridos. 

Apenas habiamos salido del bosque para seguir de nuevo 
nuestro rumbo ordinario, cuando un grito unánime salió de los 
labios de los quince guanas que montaban los cinco caballos. 
¡Pilsapén! (i) dijeron, y al galope tendido, tirando á tierra sus 
bolsas, salvavidas y azadones, salieron todos en ala, pero di- 
vergiendo y dejando en tierra diez de los ginetes que se dis- 
tribuían ala carrera formando un semicírculo, mientras que sus 
cinco compañeros de á caballo, adelantándose por sus flancos, 
fueron cerrando aquella figura, y estrechándola más y más hasta 
dejar rendido y anonadado en su centro al desdichado avestruz 
que perseguían. 

Parecía increible que aquellos animales tan pequeños, car- 
gados con aquellos hombres tan grandes, pudieran correr en- 
tre los troncos de las palmas con tanta destreza y velocidad, 
y tanto más aumentaba mi admiración, cuanto que allí, como 
en todas partes, el suelo está sembrado de palmas caídas que 
se ocultan entre los pasto$, las cuales eran un peligro, que si 
no los contenía debía ser, ó por que los indios fuesen demasiado 
bárbaros, ó por que los caballos fuesen demasiado buenos. 

ínterin los cazadores acorralaban la pieza, llegó mi socio con 
el caballo del diestro, el que ya no podía ni con la montura, y 
á quien el cacique hizo seguir adelante, que era en mi juicio 
penitencia proporcionada la de tirar de tan remolona bestia en 
castigo de haberla fatigado, si bien es cierto que él debió ha- 
cerlo ignorando que la resistencia de los caballos, como la de 
los hombres de la civilización, es menor que la de los hombres 
y caballos del desierto. 

En Europa cuesta trabajo creer que, sin mudar de caballo, 
pueda un jinete de la América del Sud caminar cien leguas en 



(1) Avestruz. 



1 74 J^'^N ^E COMINGES. 



cuatro días, y en la América del Sud dudarán que las jaquitas 
del Chaco puedan marchar siete ú ocho días con veinte y cua- 
tro arrobas sobre el lomo y casi siempre á media rienda, y con 
el apéndice de tantas galopadas como avestruces se presen- 
ten. Pero como es mi deber retratar un país, que en breve será 
descrito por más bien cortadas plumas, cuento lo que veo sin 
quitarle al cuadro su verdadero colorido, aun cuando sepa que 
á muchos haya de parecerle exagerado. 

Adornadas sus cabezas con los tiofeos de la victoria, llega- 
ron hasta nosotros los cazadores que ya habían recogido á su 
regreso los efectos que habían arrojado para alijerar su mar- 
cha, quienes en señal de respeto hacia su jefe, arrojaron ante 
él un gran avestruz casi desplumado, y una veintena de tre- 
mendos huevos del mismo animal; obsequio que aceptó el ca- 
cique, tocándole con el pie y mirándole complacido durante al- 
gunos momentos, después de los cuales, mandó cargar todo y 
seguimos adelante como una legua y tres cuartos, hasta llegar 
á la orilla de otro monte, á cuya entrada nos detuvimos una 
hora para dar tiempo á que respirasen los animales á la som- 
bra, pues el día era en extreme sofocante. 

ínterin descansábamos, los indios se repartieron por el bos- 
que, y bien pronto escuchamos el repique de los cancheros (i) 
con que agujereaban el tronco de los árboles para extraer la 
miel que depositan en su corazón innumerable variedad de 
abejas de todos los tamaños y colores. Poco después vino uno 
corriendo en busca de mi plato y de xmpava ó cafetera, que al 
poco rato regresó trayendo el primero cargado de una miel tan 
blanca que parecía al agua cristalina, y la otra llena de un agua 
tan turbia que asemejaba la amarilla cera. Este agua era de 
caragítaíd, único manantial que había en el radio de una legua. 
La senda que llevamos por este bosque, aunque no da paso 
á los jinetes, deja caminar á los caballos con aparejo, pues no 
tiene de esos troncos suspendidos horizontalmente á poco más 



(i) Hacha pequeñita. 



EXPLORACIONES. ^ 1 75 



de un metro de altura, bajólos cuales pasan con tanta destreza 
los caballos indígenas, como el mío con dificultades y destro- 
zándose el lomo. La senda también es estrecha, sucia y tor- 
tuosa como la de la selva de la mañana, pero es en cambio 
tres veces más corta ; fortuna grande para nosotros, porque 
son las doce y dentro del monte falta el oxígeno. 

Apenas se sale del bosque, se presenta de nuevo trasversal- 
mente el arroyo Bravo, idéntico en un todo en este punto á la 
parte reconocida ayer á última hora. 

Le cruzamos, y sobre la barranca de la opuesta orilla afluían 
dos veredas, una en rumbo N. N. O., y otra en rumbo Oeste, 
enteramente iguales como todas las del desierto^ donde ningu- 
na se distingue de otra en su anchura. En vez de tomar la que 
parecía más directa para nuestro destino, penetramos por la 
del Oeste, donde supuse que debería haber agua cercana, por 
cuanto los indios descolgando la cafetera del aparejo de mi 
caballo, se dirigieron por ella gritando quilmén (i). Á los 
doscientos pasos que dimos sobre una pradera muy accidenta- 
da, llegué con el cacique á un barranco extenso y profundo que 
por tener sus orillas revestidas de vegetación acuática, y el 
piso hendido de innumerables grietas y abarquilladas cortezas 
de légamo arcilloso, demostraba haber sido una laguna, hoy 
enjuta á causa déla prolongada sequía, en torno de la cual los 
indios sedientos, como sus caballos, nos esperaban como para 
decirnos: nos llevamos chasco; lo que no dejó de admirarme, 
pues haciendo diez días que habían pasado por aquel mismo 
punto, parecía increible que en tan breve tiempo hubiesen 
podido tener motivo para haberse defraudado en sus esperan- 
zas. No sirviendo para mitigar la sed de hombres y caballos la 
contemplación de un lugar donde hubo de haber habido agua, 
subimos el repecho de la hondonada á que habíamos descendi- 
do, y á los pocos pasos tuve la impresión de contemplar una 



(ij Agua. 



176 JUAN DE COMINGES. 



vivienda de indígenas, que no era una pocilga como la de los 
Angaités, y la de los Anapanás, sino un verdadero edificio 
digno de ser habitado por los hombres. 

Tiene esta vivienda como unos cuarenta metros de largo 
por siete de ancho, y su construcción, aunque sencilla, es sólida 
y elegante, pues se compone de tres filas de columnas de pal- 
ma carandaí^ que los indígenas llaman atá^ distribuidas en línea 
recta y á intervalos iguales sobre toda su longitud, siendo de 
cinco metros de altura la hilera del centro donde se forma el 
caballete, y de dos y medio las dos hileras laterales, sobre las 
que se apoyan los pares ó tijeras que aquí son de caña taaiara 
gruesa de quince centímetros, y por lo tanto de muy poco peso, 
y de una solidez más que suficiente para soportar la cubierta, 
que es de espadaña, como la de la mayor parte de las viviendas 
del Paraguay. Como las columnas del írente tienen la misma 
altura que las de la parte posterior, las dos aguas ó lo que es 
lo mismo, los dos planos inclinados que constituyen el techo, 
forman un ángulo idéntico con el horizonte, mas con la di- 
ferencia de que mientras el plano anterior sólo vuela como 
unos sesenta centímetros, formando alera fuera de la línea ce 
las columnas, la parte posterior vuela tanto que llega hasta muy 
pocos centímetros del suelo, con lo que deja la vivienda cerrada 
por esa parte, mientras que por delante, en toda la extensión 
del frente queda abierta y de tal modo, que puede penetrar un 
hombre, aunque inclinando un poco la cabeza. Los dos costa- 
dos de este cobertizo están cerrados por medias palmas clava- 
das en tierra, y tramadas con cañas y con juncos, dejando 
formada una pared, por donde el aire ni el agua pueden pene- 
trar. Por último, este edificio está orientado de Norte á Sud, 
y colocado de manera que su parte anterior mira al naciente. 

No dejó de llamarme extraordinariamente la atención el que 
no hubiese un ser viviente ni en las inmediaciones, ni dentro 
del paát^ y tanto más cuando me apercibí de que no debía ser 
un edificio abandonado, por cuanto que su interior estaba lleno 
de todos los objetos que constituyen el mobiliario de los 



EXPLORACIONES. I 7 7 



indígenas. Tampoco era posible que estuviesen trabajando, de 
caza ó de paseo por aquellos contornos, pues siempre que esto 
acontece, queda la chusma al abrigo de la casa, como había po- 
dido ver en los toldos de los Anapanás. Interrogué á mis acom- 
pañantes cuanto pude para que me sacasen de esta duda, de 
la que al fin salí no sin que ellos y yo apurásemos los últimos 
recursos de la mímica. 

Creo que sea éste el lugar más adecuado para decir que, á 
pesar del prestigio que yo había adquirido con todos los indios 
y de las pruebas de respeto y deferencia con que me honraban 
á cada paso, su rudeza natural y su carácter tan ingenuo para 
dejar traslucir todos sus sentimientos, me proporcionaban al- 
gunas dudas, muchos disgustos y no poco trabajo para enten- 
derme con ellos; pues muy frecuentemente me acontecía que 
al dirigirme yo á cualquiera de aquellos jóvenes que un mo- 
mento antes me había sacado una espina, me había ayudado 
á pasar el arroyo, ó había tomado mi carabina y mi morral 
para atenuar mi fatiga, sucedía que, en lugar de ser atento y 
esforzase por entender mis señas y responder á mis preguntas, 
solía hacerme una mueca, volverme las espaldas y pronunciar 
alguna frase, que muy picante debería ser, cuando tales carca- 
jadas producía entre los suyos, sin que el cacique le reprendie- 
se por su descortesía y sin que esto tampoco impidiese que el 
mismo muchacho viniese poco después á mí ofreciéndome su 
pipa, tendiendo su poncho para que me sentase, dándome al- 
gunas frutas silvestres, ó en una palabra, demostrándome unas 
atenciones que debía agradecerle mucho, á causa de que, no 
usándose entre ellos, se descubría que eran arranques espon- 
táneos de su ternura. No es pues extraño que al dirigirme á va- 
rios de los que sedientos y rendidos por el calor y la fatiga de 
la marcha, estaban tendidos al abrigo del paát para que me in- 
formaran acerca de las causas que habrían motivado el aban- 
dono de la casa, me volvieran las espaldas unos, se callaran 
otros, y los más, viendo mis gestos, se rieran en mis barbas sin 
satisfacer mis dudas. 

12 



178 JUAN DE COMINGES. 



Confieso ingenuamente que no dejaba de sentir herido mi 
amor propio en presencia de aquellos desaires; tanto más, cuanto 
que, al no contestarme, me privaban de un dato precioso que 
tal vez me diera la clave que aclarase muchos otros, razón por 
la cual, no sólo me apliqué cuanto pude al estudio de la lengua 
Guana, enriqueciendo á cada instante mi vocabulario con nue- 
vas palabras, y ejercitándome en su pronunciación que producía 
bástala sonrisa del cacique, que es cuanto puede decirse, sino 
que echando la vergüenza á un lado, y persuadido de que po- 
bre importuno saca mendrugo, importuné con toda la insisten- 
cia del que tiene hambre de ensanchar sus conocimientos, y 
nunca me faltó el mendrugo de los datos. 

El paÁt estaba desierto porque la falta de agua había hecho 
emigrar á sus habitantes, que eran Guanas de la tribu de Tase- 
mapdn^ por lo que el edificio se llamaba Tasemapán-paát. 

Veamos ahora en qué consistía el mueblaje del paát, y en 
qué forma estaba distribuido. 

Hasta la hilera de columnas que corría por el centro divi- 
diendo el edificio en dos mitades, la mitad anterior estaba com- 
pletamente libre de todo mueble, y era un espacio destinado 
á reunirse los indios para jugar, comer, conversar y pasearse 
en tiempo de lluvia. Era poco más ó menos lo que puede ser 
un claustro con relación á las habitaciones inmediatas; pero no 
así la parte posterior, donde enfilados trasversalmente, parale- 
los unos á otros, y sólo separados por unos cuarenta centíme- 
tros, estaban los camastros de cada una de las familias más ó 
menos grandes, según el número de individuos de que se com- 
ponen, pues en ellos se acuestan el padre, la madre, los hijos 
y las hijas que todavía no se han reunido á sus cónyuges, y los 
huéspedes ó agregados de los que siempre hay alguno en to- 
das las familias. Estos lechos, tienen ordinariamente dos me- 
tros de largo, y su anchura varía de dos á tres; están elevados 
como unos cincuenta centímetros del suelo y constituidos por 
cuatro horquetas clavadas en tierra, las que sostienen dos tra- 
vesanos que sirven de banquillos, sobre los cuales, á manera de 



r 



EXPLORACIONES . I 7 Q 



tablas, colocan quince ó veinte pedazos de palmas rajadas por 
el diámetro, encima de los que, á manera de colchón, se tienden 
cuantos cueros posee la familia. 

El espacio que queda entre estos camastros y la parte pos- 
terior del paát, es el almacén, y á veces la despensa de cada 
grupo, pues allí amontonan sus mates, sus herramientas, sus 
vasijas, sus armas y á veces sus provisiones; aunque estas 
últimas, más bien suelen colgarlas del techo en grandes bolsas 
de red, para librarlas del alcance de unos perros tan glotones 
como mimados. 

Indistintamente de todas las cañas del techo, tanto en la 
parte anterior como en la posterior, cuelgan multitud de calaba- 
zas, algunas de ellas perfectamente pintadas y labradas, dentro 
de las que guardan semillas, y algunas veces sus adornos de 
gala, y asimismo, es entre las cañas del techo donde cada in- 
dio guarda sus agujas, sus cancheros, sus flechas de repuesto, 
sus cuchillos, etc. 

No dejó de sorprenderme el ver un montón grandísimo de 
caña de azúcar prensada que habían arrojado al frente de la 
casa, por lo que interrogué al cacique, quién, llevándome á 
una extremidad del paát, me mostró el trapiche más sencillo 
que puede imaginarse, pues consistía en dos palos de quebra- 
cho colocado en posición vertical, á la distancia de cincuenta 
centímetros, los que servían para sostener dos cilindros grose- 
ramente labrados, colocados en posición horizontal, paralelos 
entre sí y casi tangentes, de los cuales el superior salía veinte 
centímetros al exterior del palo que le soportaba, y á manera 
de radios partían de él cuatro palanquitas, que servían para 
imprimirle el movimiento de rotación por medio del cual había 
de extraerse el zumo de las cañas. 

Con el deseo de saber el destino que daban á aquel caldo, 
le mostré al cacique un poco del azúcar de mis provisiones que 
tanto le gustaba, haciéndole señas de que aquello procedía de 
la caña dulce, y que yo sabía fabricarlo, á lo que él me respon- 
dió mostrándome algunas gotas de miel que todavía quedaban 



1 8o JUAN DE COMINGES. 



en m¡ plato y varias calabazas grandes donde hizo demostra- 
ción de recibir el jugo del trapiche, dándome á entender que 
sólo fabricaban miel. Sin embargo á los mozos que formaban 
círculo, no para oir, sino para presenciar nuestra conversación 
en medio de frecuentes carcajadas, les dio entonces por com- 
pletar mis conocimientos sobre la materia, por lo que metien- 
do sucesivamente un mate pequeño dentro de aquellos cala- 
bazones, empezaron á figurar que bebían con avidez, que se 
tambaleaban, que disputaban y que se dormían, con lo que 
comprendí que la caña de azúcar sólo sirve á los indios para 
embriagarse. 

ínterin que yo cansaba á todos mis compañeros de pregun- 
tas llevándolos de aquí para allá, á fin de que aclarasen mis 
dudas, dos ó tres de los más ancianos se ocuparon en conver- 
tir al avestruz en un prodigio del arte culinario, pues sacaron 
de él seis ó siete platos tan variados, que no parecían proce- 
der del mismo animal, y que además de su gusto excitaban el 
apetito, por el arte con que nos fueron presentados. 

Los hígados del avestruz, después de asarlos ligeramente, 
fueron picados y revueltos en un mate, con toda su sangre y 
parte de la grasa, cuya pasta introducida con gran presión 
dentro del exófago, formó una especie de larga morcilla bien 
atada por sus extremidades. Los huevos revueltos en el 
mismo mate, y batidos con el resto de la grasa y raspaduras 
de una especie de sal llamada llesik extraordinariamente sa- 
brosa, rellenaron la vejiga, la que en compañía de la morcilla 
y envueltas ambas en frescas hojas de pámpanos, fueron ente- 
rradas entre la ceniza del hogar donde se asaba el resto. 

Para que nada faltase á tan opíparo banquete, un joven llegó 
á caballo, cargado con una gran calabaza de agua que había 
extraido de los caraguatás, sabe Dios á qué distancia de la 
casa, que no sería muy poca, dada la fatigosa respiración del 
caballo que montaba. 

La carne del avestruz muy bien asada y condimentada con 
el llesik, estaba verdaderamente apetitosa, por lo que hice de 



EXPLORACIONES. 1 8 I 



mi parte los honores que justamente merecía; mas cuando 
salió de la ceniza aquel enorme huevo, que no otra cosa pare- 
cía la transparente vejiga, y cuando después de dividirlo en 
pedazos pude llevar á la boca el que me tocó en la partición, 
entonces pareció redoblarse mi apetito; pues á la verdad hu- 
biera querido no estar en el Chaco para saber á punto fijo si 
era en las circunstancias en que me encontraba, ó era el valor 
real y verdadero de aquel plato, el que me hacía calificarle del 
más gustoso que había probado en toda mi vida; pero ésta 
no había de per mi última sorpresa, pues que la morcilla era 
mejor que el huevo, y creo sin vacilación alguna que el día en 
que la Empresa Bravo corone sus deseos, el plato capital del 
gran banquete con que ha de inaugurarse la civilización d^l 
Chaco, ha de ser aderezado, preparado y servido por los hijos 
del desierto, y no ha de ser otro que la consabida morcilla. 

Á las dos de la tarde, salimos á buscar la veredita que ha- 
bíamos abandonado cuando nos dirigimos al paát, la que en- 
contramos á muy poca distancia, y paralelos á una grande 
esplanada cubierta de eflorescencias salinas ocasionadas por 
derrames del arroyo Bravo, caminamos media legua hasta 
entrar en un bosque muy claro, donde no tuve que apearme 
del caballo á pesar de tener legua y media de anchura. 

Al salir de este bosque, cruzamos una pradera que tendría 
una legua de largo, al fin de la cual había una laguna donde 
bebieron hombres y animales, punto donde el rumbo varió al 
Oeste, el que, ya entre praderitas, ya entre bosques nada es- 
pesos, seguimos durante tres leguas, las que hicimos al trote 
y al galope por permitirlo el camino. 

El objeto de esta pequeña desviación de nuestro rumbo creí 
explicármelo, cuando ya al ponerse el sol descubrí un paát, 
donde pensé que el cacique tenía la idea de pernoctar. 

Este paát, en el que no entramos, era un edificio mejor con- 
servado y construido que Tasemapán-paát y doble más ex- 
tenso. A su frente había una plaza áz cuarenta metros de 
anchura, donde no crecía una sola yerba, cuyo piso parecía 



1 82 JUAN DE COMINGES. 



un pavimento pulimentado sobre el cual estaban apiñadas unas 
trescientas, personas bellas, robustas, bien vestidas, limpias 
como el paát y sus contornos, y sobre todo bien educadas; 
pues á pesar de la admiración que pudo causarles mi llegada, 
sus demostraciones de regocijo no fueron tan groseras como 
las de los Anapanás, pues se limitaron á estrecharme la mano 
con afabilidad y á ofrecerme algunas batatas dulces que no 
me obligaron á comer, sino á guardar en una bolsa de malla 
de caraguatá, teñida con varios dibujos que también me rega- 
laron. 

La fisonomía franca y dulce de aquellos indígenas me dejó 
prendado, y hubiese querido permanecer allí durante algunas 
horas para estudiarlos mejor, por más que puedo asegurar 
que, al tender mi vista desde el caballo para escudriñar aquella 
multitud de caras, no vi una siquiera que me inspirase la más 
remota desconfianza. 

Yo no sé qué mosca le había picado al cacique Queirá para 
no querer apearse ni detenerse un momento, por lo que me 
apuraba para que siguiésemos camino y no me detuviese en re- 
partir algunos puñados de cigarros entre los atentos indios que 
me obsequiaban; mas á pesar de sus indicaciones, cumplí con 
ellos, y cuando les saludaba para despedirme é hice caminar á 
mi caballo algunos pasos para seguir al Queirá que ya se ponía 
en movimiento, me encontré detenido de una manera que de- 
mostraba á las claras que estaban decididos á no dejarme pa- 
sar hasta que llegase su cacique, que también se llamaba Pucú, 
como el Angaité. 

Queirá debió comprender mejor que yo lo que significase 
aquello, pues que mandando sus gentes adelante echó pie á 
tierra, y me ordenó apearme hasta la llegada del cacique Pucú, 
á quien sus gentes habían ido á buscar desde que nos divi- 
saron, y el que muy pronto se llegó á nosotros, viniendo en 
compañía de varias mujeres por una sendita que salía de un 
bosque situado al Norte. 

Es el cacique Pucú un hombre alto, flaco, de rostro enjuto y 



EXPLORACIONES. 1 83. 



argo, de mirada severa y de un conjunto de facciones que re- 
velan si no la crueldad, por lo menos la dureza de sti corazón y 
la ausencia de la alegría y de todo sentimiento de ternura. 

Al pasar junto á su colega, apenas uno á otro se dirigieron 
una frase y una ligera ojeada; más que des amigos parecían dos 
rivales que no rompían el débil hilo de sus relaciones, porque 
se temían mutuamente, por más que cada uno de ellos aparen- 
tase ante el otro una grandeza, una arrogancia y una superio- 
ridad que parecía soberbia, nada propia en los sencillos habi- 
tantes de las selvas. 

No conociendo el ritual ceremonioso de los indios, me dirigí 
hacia el recién venido, llevando en mi mano izquierda un puñado 
de inofensivos cigarros, que debieron ser tomados por una 
bomba Orsini, por cuanto que uno de los indios que á él esta- 
ba próximo, me detuvo poniéndome su mano sobre el pecho y 
pronunciando algunas frases que querían decir: detente hasta 
que Su Alteza se digne permitirte que te acerques; lo que no 
se hizo esperar, pues el cacique que se había detenido, me hizo 
aproximar por medio de una seña, recibió mis cigarros y una 
caja de fósforos que repartió entre unos cuantos indios, exami- 
nó mi revólver y me hizo hacer un disparo, lo que le pareció 
muy bien; mas habiéndole dicho el Queirá algunas palabras 
acerca de las cualidades misteriosas que atribuían á un arma 
que les parecía inagotable, me mandó hacer otro disparo, lue- 
go otro y luego otro, lo que turbó por un momento el silencio 
respetuoso en que había quedado toda la tribu desde la llegada 
del cacique; pues no era para menos que para producir excla- 
maciones de entusiasmo, la exhibición de un arma, cuyas balas 
se clavaban á cincuenta pasos en el corazón de un algarrobo, 
y que podía lanzar tantas cuantas quisiera su dueño. 

Después de mostrarle el revólver, quiso enterarse del me- 
canismo de mi carabina, é hice también otros cuatro disparos 
con la mayor velocidad posible, los que acabaron con la cir- 
cunspección de los muchachos y de los perros que, aunque 
estos últimos no eran tantos como en las otras tolderías, eran 



184 JUAN DE COMINGBS. 



los suficientes para impedirme que oyera lo que me decían, caso 
de que lo hybiese comprendido. 

Ninguna impresión quería revelar el casi impenetrable sem- 
blante del cacique Pucú, sin embargo, creí verle muy admirado 
del revólver y muy codicioso de la carabina; pero no quise ofre- 
cerle el primero al que consideraba como mi Santa Bárbara, ni 
la segunda que reservaba para el cacique más importante de los 
Guanas, á quien también destinaba el uniforme. Conténteme, 
pues, con entregar á Pucú el cuchillo que llevaba al cinto, y uno 
de mis vasos á una muy linda mocita que le acompañaba, la 
que salió lanzando exclamaciones de alegría y se perdió en la 
senda del bosquecillo del Norte, tras del cual estaba, según 
después me lo explicó el Queirá, la morada independiente de 
aquel cacique Guana. 

Ya estaba de nuevo sobre mi caballo y despidiéndome som- 
brero en mano de la tribu, cuando el cacique Pucú tocando la 
funda de mi revólver, me mandó con ese imperio que revelaban 
todas sus indicaciones, que hiciera otro disparo, todavía como 
si dudase de las maravillosas virtudes de aquella arma, lo que 
hice para complacerle, llevando mi galantería hasta el extremo 
de consentirle que él hiciera por su mano el último que que- 
daba en el revólver, con lo que él, los suyos, y los míos que- 
• daron convencidos de que yo era un Júpiter que llevaba los 
rayos en el bolsillo para distribuirlos á mi antojo. 

La noche se había venido encima cuando salimos de esta tol- 
dería entre palmares, donde llegó á perderse la vereda por 
causa de la oscuridad, razón por la cual la mitad de los indios 
tuvo que echar pie á tierra, para ir ante nosotros alumbrando 
con hojas de palma, que ardían como una antorcha y que reno- 
varon sin cesar durante tres horas, que es lo que tardamos en 
caminar en rumbo Nornoroeste, hasta llegar á la toldería de 
un pariente de Queirá donde tenía determinado pasar la noche. 

Grande ha sido mi satisfacción al internarme en este día unas 
cuantas leguas en el desierto, por unos caminos que casi puede 
decirse que están hechos por la naturaleza; pues que con 



EXPLORACIONES. 1 8 5 



excepción de los dos pasos del arroyo Bravo, que reclamaría 
cada uno un tramo de diez ó doce metros, todos los trabajos 
que exigiría la construcción de una carretera, se reducirían al 
derribo de algunos árboles y á la formación de algunas cune- 
tas; pues no hemos cruzado un solo terreno pantanoso, aunque 
la última legua de nuestro trayecto ha sido hecha por el cos- 
tado de un arroyo, que marcha muy derecho entre palmeras. 
Sin duda, alguno de nuestros compañeros debió anticiparse 
á la llegada de los demás, por cuanto que á cierta distancia 
salieron á recibirnos multitud de mancebos que, levantando sus 
antorchas hasta la altura de mi rostro, me contemplaban asom- 
brados aunque risueños, y me señalaban á lo lejos las hogue- 
ras del paát, diciéndome: Entorna paát (i) alguno de los cuales, 
como si ya estuviera enterado de nuestra escaramuza, me ten- 
taba la carabina diciendo: Cadubeus pun, pun. 

A medida que nos íbamos acercando á aquella población, 
empecé á sentir ese ruido que producen de lejos las grandes 
ciudades, no porque ésta lo fuese ciertamente, sino porque, 
como los habitantes del paát estaban prevenidos de mi llegada, 
se agitaban de una manera extraordinaria haciendo los prepa- 
rativos de mi recepción. 

Por fin nos acercamos y el espectáculo no podía ser más 
agradable para los ojos de un curioso viajero ; pues á la luz 
de un centenar de hogueras de esa madera de palo-santo que 
perfuma el ambiente, se descubrían centenares de rostros me- 
dio colorados por el reflejo de las llamas, que presentando 
todos los signos más expresivos de la admiración, convergían 
hacia mí los rayos de sus miradas. Las primeras filas de tan 
apiñada muchedumbre estaban sentadas sobre sus talones 
para no estorbar á las otras ; las madres alzaban en alto á sus 
pequeñuelos, y los traviesos muchachos se encaramaban sobre 
las vasijas y sobre el techo del paát. 



(i) Entorna significa comer, por lo que parecían decirme: A 
comer á casa. 



1 86 JUAN DE COMINGES. 



De pronto tres mujeres ancianas salieron de aquél, y dando 
pequeños saltitos y entonando una canción que parecía un la- 
mento, y golpeándose la boca con la mano derecha, dieron al- 
gunas vueltas en torno del caballo en que iba yo montado y 
del que montaba el cacique, y tomando nuestras armas y nues- 
tros equipajes, marcharon á depositar su carga á través de la 
multitud, sin dejar su canto, su baile y el golpeteo de su boca. 

Ordenóme entonces el Queirá que desensillase, y mientras 
en esto me ocupaba, unas cuantas mujeres tendieron en el suelo 
esteras de junco muy fino y bien tramado con el hilo de cara- 
guatá, sobre las que el cacique y dos ancianos y otro indio 
más joven, se sentaron también llamándome á su lado, donde 
me senté en medio de aquel circo inmenso formado por cente- 
nares de espectadores, que parecían esperar con impaciencia 
alguna representación extraordinaria. 

Con efecto, como todas las representaciones comienzan por 
la sinfonía, á una seña del cacique Queirá, un hijo suyo trajo 
el morral del acordeón, y me lo entregó con el gesto que suele 
emplear el domador de fieras, ó de monos sabios, para que 
éstos comiencen á lucir sus gracias ante. el auditorio. No había 
que dudarlo, Queirá deseaba lucirse á costa mía, como quien 
dice : Mirad qué cosa tan curiosa os traigo para divertiros ; y 
esa cosa curiosa que había caminado una jornada de unas cuan- 
tas leguas en medio de un calor que todavía duraba, y que por 
lo tanto hubiera preferido la cama á la misma cena, tuvo que 
agarrar el acordeón por no defraudar las esperanzas de aquellos 
espectadores, que gozaban de antemano la dicha que les espe- 
raba. Desgraciadamente mis conocimientos en música eran 
muy limitados, y mucho más tratándose de un acordeón que 
nunca había tenido entre las manos ; pero como por fortuna él 
tenía fuelles y teclas y yo dedos, le hacía sonar con un compás 
cualquiera, que si los aplausos de la multitud se tomasen como 
medida de mi mérito, no creo que el mismo Apolo fuese osado 
á disputar mi competencia. 

Apenas tendría dos metros de diámetro el círculo en que 



EXPLORACIONES. iSy 



estábamos colocados el cacique, los tres personajes desconoci- 
dos y yo ; y como el calor era grande y aquella muralla viviente 
no sólo impedía la circulación del aire sino que lo hacía más 
necesario á causa de los olores que desprendía, traté de aumen- 
tar el radio, lo que conseguí repitiendo la misma escena que en 
Caña de Azúcar, lo que había producido el desbande de casi 
todos mis oyentes. Así pues, abrí los bajos con mi mano iz- 
quierda, y cuantas teclas pude abrazar con la derecha, y con 
toda la fuerza de entrambos brazos tiré dos ó tres veces de aque- 
llos tremendos fuelles, como quien templa el instrumento, con 
lo que sentí frescura por los cuatro puntos cardinales, pues no 
sólo salieron huyendo casi todos los espectadores que me 
tenían acorralado, sino también aquellos tres indios que, por 
estar en el circo, parecía que se disponían á tomar parte en la 
representación, faltando poco para que el cacique Queirá no 
fuera de los fugitivos, pues mucho debió extremecerse cuando 
llevó sus maoos á las orejas. 

Alcé mi vista y estaba casi solo, por lo que suspendí la 
música, pues con el barullo que acababa de promoverse, no 
los de mi acordeón sino los bajos del órgano del palacio de 
cristal de Londres, hubiesen pasado desapercibidos. Risas, 
carreras, llantos, voces y ladridos, todo junto hizo que por un 
momento me arrepintiese de mi obra, y ya empezaba á temer 
sus consecuencias, cuando el cacique Queirá, tocándome con 
el pie y haciéndome señas afirmativas con la cabeza, me ma- 
nifestó su agrado, por lo que continué aquel allegro que tantas 
lágrimas producía. 

Por fin el orden pudo restablecerse, y á instancias del hijo 
mayor del Queirá que me decía: ¡Santo Dios ! empecé á tocar 
y cantar lo que él deseaba, canto sensible y sublime, que á la 
media noche cuando los indios se retiraban á sus camastros 
iban repitiendo con una entonación admirable. 

No duró mucho el concierto por fortuna mía, pues cuando 
más entusiasmado tenía á mi auditorio, en medio de unas 
alegres habaneras, una prosaica mujer vino á interrumpirme, 



i 



1 88 JUAN DE COMIKGES. 



poniéndome delante un mate cargado de batata dulce, otro con 
una especie de besugo con pocas espinas y de carne muy 
sabrosa, al que los indígenas llaman Naballé, del que en aquellos 
lugares tienen hasta dejarlo de sobra, otro con cacahuetes 
tostados que se llaman maní, entre los guaranís, y Mauá (i) 
entre los indígenas, y que sólo conocí por su sabor, pues el 
tamaño era tan extraordinario, que algunas cápsulas con cinco 
semillas medían siete centímetros de longitud, y otro por fin 
con una fécula blanquecina y suave, tan delicada y sabrosa 
que ni aún podía compararla con el chuño, á la que llaman 
Araksarték. Platos fueron éstos que me hicieron perdonar la 
interrupción de una música mucho menos agradable que aque- 
llas viandas, de las que comí con apetito, excitado por el de 
mis compañeros de viaje, que todos fueron atendidos en aquel 
hospitalario paát. 

Concluida la cena, el cacique Queirá comenzó la narración 
de nuestras mutuas aventuras, aparentando que se dirigía sólo 
á los tres personajes que desde nuestra llegada nos hacían los 
honores de la casa ; pero en realidad el cuento era para todos, 
pues aquella gente, que había escuchado respetuosamente la 
música y que me había estado mirando en medio del mayor 
silencio mientras comía, atendía con veneración las palabras del 
Queirá sin estornudar ni producir ningún otro de los ruidos 
que tan frecuentes son entre los indios. 

Como quiera que desde sus primeras frases comprendí la 
materia de que se trataba, fijé mi atención, y auxiliado por la 
mímica desplegada por el cacique y por algunas palabras que 
ya me eran familiares, puedo asegurar que no se me escapó de 
aquel relato ni el más insignificante detalle y que en aquel 
momento acabé de convencerme de la estimación en que me 
tenía el jefe de los Guanas. Fué tan largo y minucioso aquel 
discurso que comenzó por nuestras relaciones en el Apa y acabó 



(i) Arachis hipogea. 



EXPLORACIONES. 1 89 



por los disparos hechos con mi revólver en Pucu-Paát, que se 
prolongó hasta más allá de la media noche, hora en que Queirá, 
que acababa de conquistarme centenares de amigos, me alargó 
el acordeón diciéndome | Santo Dios! que era lo que más había 
gustado á todos los indios; pues antes de empezar el canto 
siempre me quitaba el sombrero, y señalando al cielo, les decía 
que era la canción del gran cacique padre de todos los hombres, 
indioá y cristianos. 

Tomé el acordeón, y viendo que los más nerviosos de entre 
los circunstantes se disponían á la bulla, les hice seña de que 
estuviesen tranquilos, empezando pianísimo mi preludio, que 
fué seguido, no ya por sólo mi canto sino por un coro unísono 
y no muy desafinado de infinitas voces. 

La hora, el sitio, y las circunstancias con que se levantaba 
hasta el trono de Dios aquel himno sencillo cuanto sublime, en 
que los hombres, reconociendo su pequenez, confiesan la gran- 
deza del Rey de los Reyes, daba al espectáculo algo de grande 
y conmovedor; tanto más, cuanto que aquellos inocentes hijos 
de la naturaleza parecían penetrados de lo que hacían por una 
secreta intuición. 

Era ya tarde, y el cacique Queirá, ordenándome hacer la 
cama sobre las mismas esteras que nos habían servido de 
asiento, dio motivo para que los concurrentes fueran poco á 
poco desfilando, con excepción de algunos que, á manera de 
los lugareños que no quieren salir del teatro hasta que se 
apague la lucerna, no quisieron perderme de vista hasta asegu- 
rarse por sus propios ojos de que yo me acurrucaba, como 
cualquier otro bípedo, lo que al fin hicieron cantando, ó más 
bien dicho, tarareando el ¡Santo Fuerte, Santo Inmortal! cosa 
que me fué muy agradable, y que, asociada al natural cansan- 
cio, contribuyó á que me durmiese muy satisfecho de las con- 
quistas que iba realizando en beneficio de la civilización y sin 
más armas que la paciencia. 



IQO JUAN DE COMINGES. 



Día II de Octubre. 



Al apuntar el día, un joven de aquella tribu, que durmió á 
mi lado toda la noche sin querer soltar de entre las suyas una 
de mis manos, porque yo le había dicho ¿ektesmá, como si esta 
fuera !a palabra mágica con que se conquistan las simpatías, 
me tocó la cara con objeto de despertarme, lo que hizo á fin 
de recuperar el enquilsique, con que durante mi sueño me ha- 
bía cubierto, á pesar de que, sin más abrigo que el Nortemá 
ni más lecho que la estera; estaba tiritando con el frío de la 
madrugada. 

Una vez incorporado, me condujo de la mano hacia el Sud- 
este en dirección del mismO arroyo que costeamos durante la 
última legua del camino que hicimos la noche anterior, y ha- 
ciéndome desnudar, operación que á él no le fué necesaria, 
porque llevaba al hombro las dos piezas que constituyen el 
traje de los indios, me hizo penetrar con barro hasta las rodi- 
llas, en un charco pestífero y fangoso, dentro del cual se api- 
ñaban innumerables pescados muertos y moribundos, y algu- 
nas culebritas nada tranquilizadoras, á las que debí mirar con 
repugnancia, por cuanto que mi compañero, sonriendo y hacién- 
dome señas negativas, como quien dice: no hacen daño, tomó 
dos de ellas y se las enrolló al pescuezo, dejándolas después 
en libertad para que se arrojasen de nuevo al negro, denso y 
corrompido líquido, en que debía bañarme para obedecer los 
caprichos de mi reciente amigo. Metíme, pues, á lavarme el 
cuerpo en una sustancia que forzosamente había de dejarme 
más sucio que á la entrada, y lo mismo hizo mi cicerone, con 
la diferencia que éste se salió en el acto hasta la orilla donde 
se puso á cabar con las manos tan apresuradamente como el 
perro guana cuando ensancha la madriguera del cuatí, mien- 
tras que yo buscaba sobre la superficie un poco de caldo menos 



EXPLORACIONES. 1 9 1 



sucio con que enjuagar los miembros; lo que visto por el 
indio le produjo risa, y haciéndome señas de que me acercase 
hasta él, me mostró un agua menos sucia que había filtrado 
dentro del pocito recién construido, y con la cual me frotó bien 
por todo el cuerpo, hasta dejarme no tan limpio como estaba 
un rato antes, aunque no tan puerco como cuando salí de aquel 
inmundo baño. 

Con el derecho que daban á este joven los servicios que me 
había prestado, se tomó libertades conmigo, que aunque sin 
ulteriores consecuencias, me hicieron sufrir por largo rato; pues 
que al regresar frente al Paát donde estaban amontonadas las 
gentes, viendo á mis compañeros hacer algunos disparos de 
rémington, este joven, que quería satisfacer su curiosidad y 
demostrar su prestigio, tomó mi morral, y vertiendo cuanto 
contenía sobre una estera, hizo reparto general de todos los 
objetos, sin que yo, por más que tendiera mi vista, pudiera 
descubrir al Queirá, único indio por cuyo influjo esperaba con- 
seguir que valviesen á mi, brújula, moneda, anteojos, vasos, 
plato, cuchara, trapos, lente y tanta multitud de objetos in- 
dispensables, entre los que figuraba en primera línea el libro 
donde trazaba mis aventuras y los accidentes del camino. 

Sin embargo, la fisonomía de este joven me inspiraba con- 
fianza. No era posible que aquellos rasgos tan dulces ocultasen 
á un ladrón, tuve confianza y sin resistencia me dejé conducir 
por él, que voluntariamente me daba en guana los nombres 
de todos los objetos sensibles y me los pedía en la lengua mía, 
esforzándose por repetirlos con claridad y precisión, para lo 
que no tenía grandes dificultades. 

Empezó nuestra excursión por el paát, que aunque grande 
y más curioso que Tasemapán-paát, no me pareció tan elegante 
tan limpio y tan ordenado como el del cacique Pucú. Por lo 
demás, el mueblaje y el orden de su colocación era exacta- 
mente el mismo, sin que en éste encontrase nada de nuevo, 
sino unos telares sumamente rústicos; pues no eran otra cosa 
que un gran bastidor de metro y medio de altura, por otro 



L . 



192 JUAN DE COMINGES. 



tanto de ancho, que se componía de dos horquillas clavadas 
en tierra en posición vertical y de dos cabezales, sujeto el uno 
con cuerdas inmediato al suelo, y gravitando el otro sin atadura 
alguna sobre las dos horquillas verticales. En uno de éstos, 
una mujer joven que parecía una criatura, pero que, acabando 
de dar el pecho á un niño completamente desnudo, y colocán- 
dole en una bolsa de red, que á manera de hamaca pendía de 
\2is íacuaras del techo, á instancias de mi acompañante, se puso 
á dar principio á un enquilsique^ lo que hizo comenzando á 
pasar un hilo grueso de algodón teñido de color de chocolate 
por aquellos travesanos horizontales, haciéndome notar que 
contase las vueltas que eran dieciocho, después de lo que, 
anudó otro hilo casi negro y siguió su trabajo hasta terminar 
una faja del mismo ancho que la primera, al fin de la cual anudó 
nuevamente otro hilo de color rojo como desangre, que debía 
constituir el fondo de aquella pieza, cuyas fajas ó festones late- 
rales acababa de terminar, en cuya operación tuve que dejarla 
para examinar otra multitud de cosas. 

Cerca de aquel telar otra mujer anciana sacaba de una bol- 
sa de red, llamada por los indios natjabat^ grandes capullos de 
un algodón no muy largo, pero sí el más fino de cuantos se 
conocen en el comercio, que el joven aproximó á su enquilsiqíie 
como para decirme que aquella pieza también era de algodón, 
y me dijo eteivá. El trabajo de esta mujer se divide en dos 
partes ; la primera consistía simplemente en extraer las semillas 
y suciedades de aquellos capullos recogidos y almacenados sin 
previsión, y la segunda era más complicada é ingeniosa, pues 
tenía por objeto esponjar, digámoslo así, el algodón desenre- 
dando sus fibras, lo que conseguía enrollándolas en la cuerda 
bien templada de una pequeña ballesta, á la que imprimía mo- 
vimientos vibratorios. 

La mayor parte de los hombres del paát habían salido á la 
pesca del nabaye^ á tres leguas de distancia, por lo que no 
volverían hasta la noche, y las mujeres se ocupaban en traba- 
jos de campo, las unas y caseros las otras. Ésta traía leña, la 



EXPLORACIONES. 1 93 



Otra asaba batatas, aquélla machacaba niaiz, la de más allá 
hilaba, tal vieja mecía en su hamaca al recién nacido aunque 
melenudo nietezuelo, tal otra amasaba plomizo barro, para la 
confección de la vajilla; en fin, en aquella colmena no había más 
zángano que yo y los cuatro ó cinco que parecían nombrados 
por Real decreto para mi escolta de honor y para servirme de 
intérpretes. 

Ya salía del paát cuando llamó mi atención una calabaza de 
cuello que, muy pintada con rayas rojas, negras y amarillas 
que formaban un caprichoso mosaico, y muy adornac^a con bor- 
litas de pluma, semillas coloradas, dientes de roedores y picos 
de pájaro, pendía de las tacuaras del techo. Pregunté el des- 
tino de aquel cachivache y todos los circunstantes pronunciaron 
con la mayor reverencia la palabra Caga (i). Quise tocarla y 
todos se opusieron con una actitud tan decidida para impedir 
aquel acto de profanación, cual si se tratase de los sagrados 
vasos que no pueden ser tocados sino por manos ungidas. 

Resigúeme, pues, á no tener más detalles sobre aquel obje- 
to, y salí del paát algunos pasos hacia el Norte, donde una 
gran caña tacuara fuertemente clavada en tierra y coronada 
por un colosal plumero vino á llamar mi atención. Indagué su 
objeto sin preguntarlo, pues al acercarme á ella y pisar sobre 
un terreno donde había montoncitos de ceniza y restos de di- 
ferentes fogatas, me detuvieron, mostrándome un terreno re- 
cientemente removido, y haciéndome señas de que allí había 
un cadáver sentado, con la cabeza doblada hacia adelante y 
con los brazos sobre los muslos. Aquello era la necrópolis del 
paát, lugar de veneración, sobre el que no debían imprimir los 
vivos su profana huella, á excepción de la vestal encargada de 
mantener el fuego sagrado que ardía sobre aquellas tumbas; 
y el gran plumero era una insignia mística, con la que aquellos 
hombres sencillos, que sin duda creen en la inmortalidad del 



(i) Sacerdote, médico, brujo, adivino, etc., etc. 

13 



194 JUAN DE COMINGES. 



alma, pensaban ahuyentar el mal espíritu, cuando pretendiese 
acercarse para turbar la paz de los difuntos. 

Deseando ver sus campos de cultivo, mostré á mi amable 
compañero algunas batatas, imitando que las enterraba, seña 
que comprendida por él, produjo el resultado que me espera- 
ba, pues me condujo por el espeso linde del bosque del Oeste,, 
hasta una pequeña senda que en él se internaba, por la que 
llegamos á un claro que podría tener cinco hectáreas de super- 
ficie, en el que había diferentes mujeres arrancando batatas con 
palancas de palo de fierro muy afiladas y muy pulimentadas por 
el uso. Estas mujeres, á nuestra llegada intempestiva, estaban 
desnudas completamente ; por lo que poseídas de un rubor 
semejante al de cualquier señora en igual caso, aunque con 
menos gritos y exageraciones, corrieron á buscar sus enquilsi- 
queSy sobre los cuales dormían algunas criaturas, y después de 
ceñirlos á su cintura, continuaron la tarea de extraer el /íjv^a'{i) 
y de acomodarlo en grandes natjabáts^ que cargaban sobre 
sus espaldas, sujetos á su frente por una cinta, sin que esto 
les impidiera caminar con un chiquillo al pecho y otro de la 
mano. 

En toda aquella huerta no había en la actualidad otra fruta 
que batata dulce, y de ésta sólo una pequeña extensión ; lo 
que me explicó mi amigo por la falta de lluvias, pues según él, 
no habían podido sembrar el maiz ni el ciyactec (2), cuando ya 
deberían ambas cosechas estar muy adelantadas en su vege- 
tación. 

Ya serían las diez déla mañana, cuando vinieron á buscarnos 
de parte del cacique Queirá, quien me esperaba con impacien- 
cia para que nos pusiéramos en camino, y quien me presentó 
al jefe de aquel paát, que era el más joven de los tres perso- 
najes con quienes la noche anterior tanto había conversado- 
el cacique Queirá. 



(i) Convólvulus batata. 
(2) Phaseolus. 



EXPLOR ACimiES . 195 



El nuevo cacique se llama Piapún y los otros cJos son dos 
tíos suyos, uno de los cuales es el caga de la familia. 

El cacique Queirá tiene alguna autoridad sobre esta tribu, 
con cuyos jefes está emparentado, y creo, aunque no puedo 
asegurarlo, que su mujer sea hermana de Piapún. 

Ensillé mi caballo, y no sin asombro, vi sobre el montón de 
nuestros equipajes que mi morral estaba repleto y abrochado 
como antes de que fuese vaciado por los indios ; pero dudando 
s¡ me faltaría alguna de las cosas más indispensables, lo volqué 
sobre una de mis mantas, lo que hirió la susceptibilidad del 
cacique, quien se me acercó muy serio, y tomando los objetos 
que andaban esparcidos, comenzó á meterlos en el morral 
apresuradamente, revelando con sus muecas y con sus acciones 
el excesivo disgusto que le había producido mi desconfianza ; 
en tanto que yo, penetrado de sus sentimientos y arrepentido 
de mi proceder, recurrí al pretesto de que buscaba mis vasos 
y mi libro, los primeros para darle uno al cacique, que recibió 
muy agradecido y desarmado, y el segundo para escribir su 
nombre, lo que hice pronunciando en voz alta repetidas veces, 
Piapún cacique lektesmá. 

La mayor parte de los Guanas habían salido á las primeras 
horas de la mañana, no quedando para acompañarnos más que 
el cacique con sus dos hermanos y sus dos hijos y un solo ca- 
ballo. 

áalimos pues en rumbo Noroeste, y en la primera legua de 
camino atravesamos cuatro bosquecillos muy claros y muy lim- 
pios, y cuatro praderas con excelentes pastizales, en cuya úl- 
tima había una excelente aguada, curiche largo y estrecho por 
el que hay que pasar forzosamente, el que exigiría un terraplén 
y una tagea, caso de que se construyese alguna vez camino 
para carros. 

Después de caminar esta primera legua marchamos otras 
tres en el mismo rumbo, entre palmares no muy espesos y en- 
tre praderas no muy grandes, camino excelente y provisto de 
agua, de legua en legua. 



196 JUAN DE COMINGES. 



El calor era insufrible, por lo que mi caballo se rindió de tal 
manera que ni ramalear quería, llegando el caso de tener que 
cargar entre el cacique y yo con todo el equipaje y que llevar- 
le á remolque, él tirando y yo arreando, para no dejarle aban- 
donado y con el aparejo. 

Paramos un rato en la última aguada, donde nos esperaban 
los compañeros, y allí comimos un poco de bacalao indígena y 
algunas batatas dulces de las que me había regalado la gente 
del cacique Pucú. Entretanto mi caballo, que nó había comido 
nada la noche anterior, por tener el vicio de no querer pastar 
estando maneado, comió un poco, ínterin se adelantaban á pie 
y á paso largo muchos de los que por la mañana habían salido 
á caballo de Piapún-paát. 

A las tres de la tarde, me hizo señas el cacique de que be- 
biese agua, porque hasta muy entrada la noche no la encon- 
traríamos, por lo que debíamos apresurar la marcha, á fin de 
no acampar donde no hubiese abrevadero. 

Por fortuna, mi caballo se había repuesto un poco, por lo 
que, aunque animado con varita, pudo caminar al trote largo 
hasta después de puesto el sol, á cuya hora tuve que apearme 
y hacerle remolcar hasta las once de la noche, hora en que 
llegamos á la primera aguada separada de la anterior ocho le 
guas mortales, que hicimos costeando montes pero sin cruzar 
ninguno. 

Cuando llegamos al campamento, ya los indios que se nos 
habían adelantado desde el anochecer, habían encendido gran- 
des fogatas, á pesar de que la noche no estaba fría, sino sofo- 
cante hasta el punto de que no bien armé mi carpa sobrevino 
una regular tormenta; pero los indios hacen fuego siempre que 
pueden para librarse del ataque de las fieras, y más que todo 
de la persecución de los mosquitos, á los que temen más que 
los hombres civilizados, porque no sólo presentan más super- 
ficie á su voracidad, sino porque el olor que desprenden excita 
su apetito, haciéndoles afluir sobre ellos de tal manera, en tal 
abundancia y con tal ensañamiento, que allí donde haya un 






EXPLORACIONES. I 9 7 



grupo de indios, más que su conversación se siente el perpetuo 
palmoteo con que los espantan. 

Desde mi entrada al desierto me había llamado la atención 
la extraordinaria paciencia con que los indios soportan las im- 
pertinentes travesuras y hasta los atentados de sus innumera- 
bles y feroces perros, á quienes jamás castigan con un latigazo 
ni un puntapié, aun cuando les arrebaten de las manos su 
escasísima comida, limitando su mayor manifestación de des- 
agrado á la articulación de un sonido semejante al que produce 
la lechuza, con el cual consiguen algunas veces alejarlos. 

Como al poco rato de penetrar en mi carpa en compañía del 
cacique, escuchara yo con mucha frecuencia esa especie de 
interjección con que los indios ahuyentan á sus perros, creí de 
buena fe que se hubiese agregado á nosotros por el camino 
alguno de estos animales que, mal criado como todos y asusta- 
do por la tormenta, molestaría á los indios demasiado, por 
cuanto que durante una hora no pasaba un minuto sin que diez 
ó doce voces simultáneas produjesen el mismo sonido. 

Sentéme, pues, á la puerta de mi tienda y no tardé en con- 
vencerme de que estaba equivocado, pues aquellos aspavientos 
no se producían para espantar los canes, sino otra cosa que 
en muchas aldeas civilizadas se espantan santiguándose, es 
decir, que los indios, en la creencia de que es el trueno el que 
desgaja los árboles, incendia las tolderías y asfixia tribus enteras, 
tienen la seguridad de que no ha de partirles un rayo si le ganan 
el tirón con ese conjuro. 



Dia 12 de Octubre, 

Mucho antes de que fuese de día, empezaron los indios á 
secar sus ropas, aproximándolas á las hogueras, y apenas 
terminaron esta operación, se fueron poniendo en marcha 
todos con excepción del cacique, un hermano de éste llamado 



198 JUAN DE COMINGES. 



Quilmáy que también es cacique, y un mocetón hijo de este 
último, para cuyos tres quedaba un caballo. Aparejé el mío, 
y salimos poco más de una hora antes que el sol, caminando al 
Noroeste por excelentes praderas, y costeando montes donde 
no se veía una sola palma, que según el cacique habían des- 
aparecido para no volver á verlas hasta el regreso, pues la región 
de las palmas acaba apenas se llega á los terrenos verdadera- 
mente elevados del interior del Chaco. 

A las diez de la mañana paramos á la sombra de un algarrobo 
blanco, y el hermano del cacique con su hijo, me hicieron señas 
de que partían con su caballo por una sendita que se dirigía 
al Noroeste, y al mismo tiempo me indicaron que deseaban 
llevar á las mujeres el ¿ontenido de un salvavidas que tenía 
charque, conservas, azúcar y fariña, lo que les concedí de buena 
gana, despidiéndome de ellos, que me manifestaban las mayores 
simpatías y el deseo de que á mi regreso pasase por Quilmá- 
paát, para acompañarme hasta el aluguatd de Tibay-Ipiem (i). 

Viéndose á pie y cargado, el cacique Queirá se puso de un 
brinco sobre las ancas de mi caballo, mas éste, no pudiendo 
resistir á aquellas doce ó trece arrobas, cayó en tierra como 
herido de un rayo, sin que en largo rato consiguiéramos levan- 
tarlo, ni aún desensillado. 

El cacique tenía más paciencia que yo; pues aunque le rogué 
que siguiésemos nuestro camino abandonando el caballo y la 
montura, no pude conseguirlo; pues él insistió hasta conseguir 
que el animal se levantara. Hecho lo cual me ordenó subir en 
él, mas á penas puse el pie en el estribo cayó de nuevo ha- 
ciéndome dudar si tendría roto el espinazo. 

Acostumbrado el cacique Queirá á la resistencia de los pe- 
queños caballos del desierto, no podía convencerse de que el 
mío estuviese rendido de fatiga, razón por la cual no quería 
abandonarlo; así pues trabajamos otro rato hasta levantarlo, 



(i) Rio de la salida del sol ó sea Oriente. Rio Paraguay. 



EXPLORACIONES. 1 99 



trabajo que, aunque grande y engorroso, no lo fué tanto como 
el que nos díó durante tres horas para remolcarle por aquellas 
veredas estrechas y encajonadas, cargados con más de una 
arroba cada uno y en medio de uno de esos días calurosos que 
suelen verse dentro del 20" de latitud. 

No se me pregunte cuáles fueron las bellezas que más lla- 
maron la atención en esa parte de camino, que me hubiese 
parecido el mismo infierno aunque hubiera sido el paraíso ter- 
renal; sólo diré que no había monte, porque el sol me pegaba 
de lleno en la cabeza; que no había agua, porque la sed abra- 
saba mi pecho; y que daba indicios de no pertenecer á ninguna 
sociedad protectora de animales ; pues me veía forzado á secun- 
dar por la popa los esfuerzos inauditos del cacique aplicados á 
la proa de mi caballo. 

Por fin á la una de la tarde llegamos á una pequeña tolde- 
ría semejante á Tasemapán-Paát, la que estaba pertrechada 
de multitud de cachivaches pero sin persona alguna, donde 
desensillé, repartí raciones á todos los indios que allí nos espe- 
raban con agua fresca y abundante, y rendido, enfermo y sin 
probar bocado, me tendí á su sombra, donde á pesar de hacer 
un calor insoportable, me dormí profundamente, hasta que 
muy entrada la tarde, desperté rodeado de una multitud de 
gentes desconocidas, que me había estado contemplando du- 
rante algunas horas. 

Esta tribu, como casi todas, se compone de una sola familia 
no muy numerosa, emparentada y sometida en cierto modo 
al cacique Queirá, lo que supongo por la familiaridad con que 
dispone de cuanto hay en el paát y por el respeto y cariñosas 
atenciones con que todos le tratan. 

El jefe de la tribu es un anciano pequeño y acartonado; 
pero de una fisonomía muy alegre, circunstancia poco común 
en los indios y menos cuando éstos son viejos ó caciques. 

A la hora que me despertaron, el Queirá habría ya contado 
mis servicios y méritos; pues sólo así podía explicarme el que 
todos á porfía se disputasen en tributarme homenajes y ren- 



1 



200 JUAN DE COMINGES. 



dirme servicios, que para ellos lo eran el hacerme comer de 
todos los frutos del desierto, incluso un buen pedazo de sabro- 
sa anguila, llevando la ternura de sus sentimientos hasta el punto 
de acercar á mis ojos todos los objetos del paát, sobre los que 
dirigía la vista; objetos que me ofrecían y sobre los que me 
daban toda clase de explicaciones, sin que precediera gestión 
alguna por mi parte. 

Á fin de consignar la multitud de datos interesantes que á 
porfía me suministraban aquellos indios, acudí en busca del 
libro; mas grande fué mi asombro al ver que éste así como 
todos los objetos que guardaba en el morral habían desapa- 
recido. 

Interrogué al Queirá con la mirada, lo que dio por resultado 
que se me devolviese todo lo que se me había sustraído; y era 
verdaderamente curioso el espectáculo que ofrecían aquellos 
inocentes al acudir cada uno provisto de uno de los objetos 
que constituían mi equipaje, llevado entre sus manos con tanto 
mimo, con tan exajerada precaución y con tanta ceremonia, 
como si llevasen una imagen en procesión. 

Ya en posesión de mi libro, cuyo objeto les explicó Qr.eirá, 
según él lo comprendía, volví á sentarme en mi cama y co- 
mencé á enriquecer mi vocabulario ; mas como entre los obje- 
tos cuyo uso me explicaban se hallase una calabaza engalanada 
con idénticos lazos y pinturas que la que con tanto respeto 
conservaban en Piapún-Paát, fijé los ojos en ella, y bien pronto 
me apercibí de mi imprudencia, pues que todos guardaron el 
mayor silencio, como quien no se atreve á iniciar á tan desco- 
nocido neófito en los más importantes secretos de su dogma 
y en las más solemnes ceremonias de s.u culto. Sin embargo, 
como estos indios eran muy buenos y mucha la confianza que 
debía inspirarles, una vieja escuálida, desgreñada y andrajosa, 
descolgó el célebre caga que debería tener en su interior algu- 
nas docenas de piedrecitas, por cuanto que al acercarse hasta 
mí cantando, saltando y golpeándose la boca con la mano iz- 
quierda, agitaba violentamente con la derecha el misterioso 



EXPLORACIONES. 20 1 



zapallo, produciendo una horrible cencerrada, tanto más inso- 
portable cuanto que, cual si me ahumase con el incensario, me 
desgarraba el tímpano al agitarlo junto á mis orejas. 

Concluida esta ceremonia, presenciada por aquel auditorio 
con el mayor recojimiento, tuve la feliz idea de obsequiar á la 
anciana con seis varas de lienzo sacado de dos salvavidas, el 
que recibió la pobre maga en medio de las mayores manifes- 
taciones de regocijo, y sobretodo, haciéndome invulnerable á 
los malos espíritus que producen las enfermedades y las pasio- 
nes por medio del Caga sagrado, reliquia veneranda que res- 
tregó por toda la superficie de mi cuerpo con gran contento 
de los circunstantes. Insigne prueba del aprecio público que 
sólo se conquista por una vez en la vida, cuando sin ayuda de 
nadie y sin más armas que las flechas descubre el joven guana 
sus condiciones guerreras, dejando exánime á sus plantas el 
feroz yaguareté. Yo no había matado ningún tigre; pero por 
lo visto, por tales deben tener estos indígenas á los Mbayás. 
De todos modos al pensar en la cobardía de mis soldados, 
creo que poco se despintará el Caga con los refregones que 
pegue contra los héroes, y creo también que si fuesen ciertas 
las virtudes que se le atribuyen, sería más propio restregar á 
los tímidos para preservarlos de la pasión del miedo. Sin em- 
bargo, como procedo de una sociedad donde no faltan aberra- 
ciones, aquello no me llamó tanto mi atención como me lo ha 
llamado el persuadirme que tienen menos que nosotros. 

¿Qué tiene de particular que los inocentes hijos de las selvas 
conjuren el rayo gratuitamente, si nosotros conjuramos la lan- 
gosta por el dinero? 

El cacique de este paát se llama Agut, y tiene accidental- 
mente consigo un hermano, con el que se confunde por su 
mucha semejanza, y el que también es cacique de otra tribu 
establecida más al Nornoroeste. Este hermano va acompaña- 
do de un hijo de unos veinte años, notable por su capacidad; 
pues repite todas mis palabras con perfección y las retiene 
tanto rato, que al pronunciarlas cuando menos lo espero, me 



202 JUAN DE COMINGES. 



hace volver la cabesa para ver quién es el que h^bla castellano 
entre aquella gente. En media hora escasa, le he enseñado á 
conocer y pronunciar todas las letras del alfabeto y el infeliz 
me abraza y me suplica que le enseñe á escribir !! 

Este muchacho no aprende sólo por su buena memoria, sino 
porque mis escasas atenciones le han prendado de mí tanto, 
que parece estar empeñado en imitarme en todo, en lo que en- 
cuentra una verdadera complacencia. 

Después de haberme colmado con tantos agasajos y de ha- 
berme pretendido hacer aceptar hasta sus ropas y cacharros, 
lo que no admito por no tener elementos de trasporte, me 
pide que haga algunos disparos con mi rémington, lo que hago 
apuntando á un delgado palo santo, en cuyo corazón meto la 
bala, bala que el joven Agut corre á buscar provisto de su can- 
chero y que guarda en su fiatjabat como una reliquia, por cuya 
acción le regalé el cartucho que la contuvo, al que en el acto 
lo llevó á la boca para usarlo como silbato. 

El resto de la tarde se ha deslizado como un soplo para 
aquel público entusiasmado con mi ejercicio de prestidigita- 
ción, que aunque muy común entre nosotros, es sorprendente 
para los indios, juego que ejecuté de esta manera: senté á 
todos los circunstantes en corro, menos á dos mocitas que co- 
loqué conmigo en el centro, y después de haber atado las mu- 
ñecas de una de ellas con las extremidades de una cuerda que 
tenía una vara de largo, até á la otra también por una de sus 
muñecas, con un cordel del mismo tamaño, el que después de 
haberlo pasado por entre los ligados brazos de su compañera, 
vino á atar la opuesta mano, de modo que ambas quedaron 
enredadas. El problema á resolver consistía en separarse sin 
cortar la cuerda ni desatar las ligaduras. Muchas vueltas pu- 
dieron dar aquellas criaturas en su afán de deslizarse una de 
otra, pero es lo maravilloso que cuando yo me acerqué para 
explicar el desenlace, el joven Agut, que por respeto se había 
contenido hasta ese momento, se rrie adelantó, y con una pers- 
picacia que no era de esperarse y con la limpieza de un Her- 



EXPLORACIONES. 2O3 



mann, dio solución al juego en medio del aplauso del público. 

H^ notado que estos indios están pasando por una crisis que 
debe atribuirse á circunstancias muy excepcicMiaies. 

El hambre. 

En todo el territorio que llevo recorrido, he podido obser- 
var que la abundancia de caza y pesca está en razón inversa 
de la población. Días enteros se pasan viajando por estas pra- 
deras y por estos bosques, sin que se deje ver un ciervo ni un 
avestruz. 

La abundancia de hombres, su destreza y su afición al ejer- 
cicio de la caza la han agotado de tal modo, que hasta los ti- 
gres y los lagartos escasean, por lo que los indígenas han 
tenido que recurrir á la agricultura para hacer de sus frutos la 
base de su alimentación. Pero desgraciadamente, según ellos, 
han trascurrido cinco lunas sin que estos suelos arcillosos reci- 
ban el beneficio de la lluvia, con excepción de tres ó cuatro 
ligeros chaparrones sobrevenidos en estos días, durante algu- 
nas tormentas pasajeras. 

Estos indios no son económicos, y su despilfarro en los días 
de abundancia llega á tal extremo, que no se concibe que sean 
capaces ni aun de conservar aquellos frutos que precisan, como 
la simiente que ha de producir las cosechas sucesivas; la que 
se han acostumbrado á guardar aunque en pequeña proporción, 
A fuerza de las dolorosas lecciones de la experiencia. Así, pues, 
se comprende el gran sacrificio que harán al desprenderse, 
para obsequiar á sus huéspedes, de los pocos granos y de los 
pocos tubérculos que no han podido confiar á la tierra con mo- 
tivo de la escasez de lluvias que, aunque les hubiese permitido 
labrar, no hubiera germinado por falta de agua. A pesar de 
esto, son tan generosos conmigo, que por complacerme estoy 
viendo que echan la casa por la ventana, lo que no es muy di- 
fícil; pues á penas hay en sus almacenes para comer una se- 
mana, al paso que durante toda esta tarde lo hemos hecho. 

Al llegar la noche, han sacado al frente del /fad/, multitud 
de cueros y de esterillaG, para pasar la velada al fresco senta- 



204 JUAN DE COMINGES. 



dos en ellas, teniendo la precaución de rodearse de pequeñas 
hogueras de palo santo muy seco, cuyo humo sin lastimar los 
ojos, ahuyenta el enjambre de mosquitos que de otro modo ha- 
ría insoportable la existencia; lo mismo han hecho en el interior 
de la casa, en torno de todos los camastros. 

El cacique Queirá aguardaba esta hora para dar principio al 
concierto, el que ha durado hasta muy tarde, pues tal es su 
afición por la música, que no pueden sufrir con paciencia el que 
se acabe. Cuando me acosté estaba rendido, pero tenía la sa- 
tisfacción de que todos los indios de Agut-paát entonaban el 
i Santo Dios ! con tanta afinación y con tanto sentimiento como 
pudiera hacerse en un templo cristiano. 



Dia ij de Octubre, 

El joven Agut ha dormido abrazado á mí, lo que le agra- 
dezco en el alma, á pesar de que ésto me ha impedido el cerrar 
los ojos. Tampoco creo que haya descansado mucho este ama- 
ble joven, pues cada vez que me rebullía, acudía con tierna soli- 
citud á taparme como lo hiciera una madre con un niñito en- 
fermo. 

El cacique Queirá, á penas amaneció me hizo que le acom- 
pañase con unos cuantos hasta un curiche próximo, donde nos 
dimos un baño en agua limpia; costumbre higiénica que no 
pierden los indios, ni en la estación más rigurosa del invierno. 

Desde que estoy en el Chaco, vengo notando que los indios 
de ambos sexos llevan su honestidad á un punto que haría 
honor á los pueblos más civilizados ; pues que ni una sola mu- 
jer acude á bañarse entre los hombres, ni aún éstos se ostentan 
desnudos sino con rubor y tomando mil precauciones que reve- 
lan su moralidad. Es notable la admiración que les produce la 
blancura de mi cutis. Apenas me desnudo empiezan las carca- 
jadas y no acaban hasta que me visto de nuevo. 



EXPLORACIONES. 2©5 



El baño entre los indios es muy corto cuando lo toman por 
placer, por lavarse ó por medida higiénica; pero cuando es 
por necesidad pueden pasar todo el día en el agua, sin que- 
brantar su salud, como lo hacen los Angaités, cuando cargan 
barcos de madera en la Colonia Apa. 

Mi caballo y mi aparejo quedará en Aguí-Paát hasta que 
disponga el cacique, y las demás prendas de mi equipaje se 
reparten entre cuatro caballos que nos quedan, sobre uno de 
los cuales tengo el disgusto de ver que ponen mis blancos co- 
bertores directamente encima de las mataduras. 

Prontos ya para continuar mi marcha, llego á notar que al- 
gunos de los com.pañeros de viaje se despedían de mí, dándo- 
me á comprender que pertenecen á la familia de Agut; pero 
su manera de despedirse era tan poco insinuante que no la hu- 
biese comprendido, á no ser por haberme hecho seña de que 
deseaban un salvavidas cargado para regalárselo á su cacique, 
como realmente lo ejecutaron tan pronto como lo puse entre 
sus manos, y entonces éste me explicó que eran sobrinos de su 
mujer. 

La despedida ha sido más que tierna conmovedora, y creo 
que no me hubieran dejado partir, á no dar su palabra el caci- 
que Queirá de que al regreso pasaría por allí, para que todos 
vengan hasta el Apa en mi compañía, donde recibirán algunos 
regalos. 

Todas las mujeres saltaban y se golpeaban la boca en medio 
de un lúgubre y monótono cántico, que debe significar el de- 
seo de mi feliz viaje, y todos los hombres me tocaban el pecho 
y me apretaban hacia atrás, como quien muy suavemente dice : 
anda. Estas manifestaciones no alcanzaban ni al Queirá ni á 
ninguno de los que conmigo partían. 

Ya tenía mi fusil al hombro, cuando el cacique Queirá to- 
mándolo de mis manos me sostuvo el pie derecho para que, 
por la derecha como ellos, montase en el caballo, donde ya es- 
taban mis mantas y un ginete casi sobre el pescuezo. 

Monté tras él, sin silla y sin estribos, y tras mi montó el hijo 



n 



206 JUAN DE COMINGES. 

más joven del Queirá, que es tan gordinflón como su padre, y 
sin darme tiempo para nuevas despedidas, salimos al galope 
tendido por aquellas praderas, si no como alma que lleva el 
diablo, como cristiano que llevan los indios sobre las águilas 
del desierto. En esta forma, es decir tres en cada caballo y á 
todo escape, salimos cuando el sol, /os doce indios que quedá- 
bamos de la comitiva; pues ya no debo yo contarme sino por 
uno de tantos, según los aprietos en que me veo; aprietos po- 
sitivos que me tienen en prensa entre las espaldas del número 
uno y la gran barriga del número tres. 

Durante cuatro horas hemos caminado por praderas y por 
el linde de los bosques, siempre al trote ó al galope y sin en- 
contrar un solo curiche^ hasta que á las diez y media, cambian- 
do de pronto al N. E. por entre una arroyada seca de un 
bosque claro, salimos al corto rato á una pradera, donde había 
un pantano y un toldito de tan mala catadura como cualquiera 
de los de Michí, á cuyos alrededores andaban cinco personas 
de distintos sexos, de entre los cuales salió también una vieja 
dando saltitos, cantando y golpeándose la boca, que por lo vis- 
to es la manera más cortés de recibir á los huéspedes. 

Apenas me apeo, un anciano me hace sentar á la sombra de 
un árbol inmediato y me trae agua en un mate muy grande, que 
al devolverle después de saciar mi sed, no lo quiere aceptar, 
porque desea que me moje la cabeza; me la mojo y quedamos 
tan amigos. Acto continuo una vieja me trae una anguila asa- 
da que pesaría más de tres libras, la que con unos manís que 
nos sirvieron de postre, nos comimos entre el Queirá y yo, sin 
dejar más que la espina. 

La pobreza de este Paát, su poca gente y la escasez de mo- 
biliario, llamó mucho mi atención, hasta que vi venir muchos 
hombres por distintos caminos, los que acudían á este lugar, 
desde sus respectivos toldos, con objeto de pescar anguilas en 
el pantano inmediato. Entonces comprendí que las cinco per- 
sonas que nos habían recibido no estaban allí sino accidental- 
mente, como los demás pescadores. 




EXPLORACIONES. 20/ 



Cerca del Paát había, sobre cuatro horquillas de madera de 
setenta centímetros de altura, una parrilla compuesta de rollizos 
de palo-santo -de seis á ocho centímetros de diámetro, bajo la 
que había un brasero sin llama pero capaz de asar un ternero 
en pocos instantes. Sobre esta parrilla estaban asándose mu- 
chas otras anguilas, tan grandes como la que nos acabamos de 
comer y de las que sin ceremonia tomaban todos los indios 
que iban llegando, entre los que no hubo uno solo que no se 
me presentase ofreciéndome parte de su comida. 

Estos indios, á quienes el Queirá trataba como subalternos, 
se marchaban por grupos á la pesca, mientras que otros gru- 
pos llegaban sucesivamente al campamento cargados cada dos 
con unas sesenta anguilas, que conducían ensartadas con junco 
por las agallas y atravesadas en un palo. Conforme iban llegan- 
do tomaban también de aquellas parrillas de Moloch las angui- 
las que les acomodaba, y se retiraban ¿devorárselas á la som- 
bra de los árboles, y entre tanto la vieja se cuidaba de repo- 
nerlas con otras recién traídas, para que nunca les faltase 
comida á los que fuesen regresando de la pesca, quienes, cuando 
engullían seis ú ocho libras de carne se quedaban adormitados 
como los buitres y los cóndores al terminar su festín, y sin ser 
capaces de hacer en tres ó cuatro horas otra cosa que no sea 
la digestión, después de la cual se levantaban pesadamente y 
cargando por parejas sus anguilas, marchaban á sus respecti- 
vos toldos. 

Este lugar debe estar rodeado de muchas tolderías, porque 
poco después de mi llegada, empecé á recibir visitas de viejos 
y mujeres cargados con niños, quienes teniéndome sin duda por 
Esculapio, me presentaban sus heridas ó me pedían que les cu- 
rase de fiebres intermitentes. Esto depende de qu2, como mis 
heridos de la madrugada del día 7, y otros que por el camino 
han recibido pinchazos y cortaduras han sanado perfectamente 
por intermedio del ácido fénico y de la tira emplástica, y como 
los que han recibido este beneficio están agradecidos y admira- 
dos, los que vieron el prodigio de mis medicamentos se hacen 



I 



208 JUAN DE COMIIMGES. 



lenguas por todos los Paáts, y de uno en otro corre la noticia 
como una chispa eléctrica, hasta el punto de que siento no 
haber traído un botiquín más completo, porque éste se acaba. 

Cada vez que concluyo de lavar una herida con ácido fénico 
diluido, los indios se apoderan del residuo, en el que todos á 
la vez meten el dedo para frotarse con algunas gotas sobre 
los arañonesde su cuerpo, lo que da la medida de la confianza 
que les inspiro y me sugiere la idea consoladora de que van 
siendo ya muchos los lazos de amistad con que me voy uniendo 
álos indígenas, y que por lo tanto se van haciendo difíciles nue- 
vos atentados contra mi vida ó independencia. Por el contrario, 
si algún temor puede inquietarme, es el de que me quieran de- 
masiado, y el de que, por considerarme preciso, impidan ó re- 
tarden mi regreso. 

He curado, pues, heridas recientes y atrasadas, he suministra- 
do la quinina á los intermitentes que en la actualidad estaban 
sin calentura y he entregado á los que la tenían, paquetitos 
para que tomen su contenido cuando se les pase. 

Tanto los pescadores, como los enfermos y los demás curio- 
sos que han asistido á este lugar, al que confirmo con el nombre 
de El Hospital, se han marchado agradecidos y pidiendo al 
Queirá que venga á establecerme entre ellos, con mi mujer y 
mis hijos, donde nos pondremos muy gordos comiendo angui- 
las, maíz, batatas dulces y colas de lagarto, (i) 

Uno de mis compañeros de viaje se ha marchado también, 
diciéndome que á mi regreso me acompañará al Apa con mu- 
chos de sus amigos, donde espera que le regale otro cuchillo 
para un hermano que tiene en su Paát^ del cual es cacique y 
el cual será mi amigo. 

Salimos á las tres de la tarde al trote y al galope, como lo 
hicimos esta mañana, sin que á pesar del paso tan acelerado y 
de la enorme carga, los caballos hayan dado un solo trope- 



(i) Lacerta Iguana. 



EXPLORACIONES. 2O9 



zón, y sin que siquiera hayan metido una mano en las madri- 
gueras de un roedor semejante á la vizcacha, aunque más pe- 
queño, que se cría sólo por los campos que hemos atravesado 
esta tarde. 

El camino ha sido muy semejante al de la mañana; praderas 
con pastos elevados entre los que no se ve una legumino- 
sa, y bosques cada vez más frondosos, pero que no se cruzan, 
sino que se ven de lejos ó se costean. Las palmas han desapa- 
recido, y por lo tanto, el afán de los indios por sacarles su ape- 
titoso cogollo; pero en cambio aparecen vegetales que me son 
desconocidos, entre los que he visto un palmito muy frondoso, 
pero que no crece; pues las hojas de todos, que nacen de un 
peciolo sin espinas, parecen radicales. Vamos á un paso que 
no es el más á propósito para herborizar, pero no he podido 
menos de detenerme admirado ante la belleza de dos plantas: 
un Amarillis cuyo perigonio escarlata con franjas amarillas 
tendría veinte centímetros de diámetro y un Cyclámen cuyo 
rizoma tuberoso mediría un diámetro de treinta. En cuanto á 
pájaros no abundan á estas horas, por más que hemos muerto 
un carpintero con pescuezo y cresta colorados, el que dio gri- 
tos verdaderamente escandalosos basta que acabó de morir. 

A las cuatro leguas de camino hemos encontrado un curiche 
con agua muy limpia y sin plantas acuáticas, por lo que me 
veo tentado á honrarle con el título de arroyo por más que el 
agua no corre. Su anchura no pasará de diez metros ni aún en 
las mayores crecientes, por lo que no sería una obra de impor- 
tancia la que se precisaría para pasar este arroyo, caso de que 
se construyese una carretera que hasta aquí no ofrece dificul- 
tad alguna. 

El curiche corre de Sudoeste á Noroeste, y después de una 
legua se une con grandes lagunas pantanosas que corren de 
Oeste á Este en una extensión considerable. 

Esta región debe ser muy poblada, según se hace sospechar 
por la multitud de sendas que cruzan en todas direcciones. 

Nuestro rumbo, como siempre, ha sido Noroeste; pero al 

14 






^ 



:21o JUAN DE COMINGES. 



anochecer, cuando tendríamos caminadas seis ó siete leguas, 
dejamos á la izquierda la senda del Noroeste, y tomamos más 
al Norte por la orilla occidental de un lindo bosque que á poco 
volvía al Oeste; entonces seguimos adelante por nuestro nuevo 
rumbo, cruzando al través de una faja de terreno algo panta- 
noso que podría tener trescientos metros de anchura, lo que 
exigiría un piso más firme para pasarse con carros. 

Al llegar á esté lugar y mientras que algunos de mis compa- 
ñeros con muestras de gran alegría me señalaban al Norte gri- 
tando: AneC'paát^ ( i ) siento á mis espaldas diferentes voces de 
tenor afinadas, y con un sentimiento propio de los que pro- 
rrumpen en gritos de regocijo cantaban: Eli, eli, eli, eli, con 
una muy lenta música. 

Era la primera vez que llegaba á mis oídos una verdadera 
tonada indígena, tonada que antes de ser terminada por el pri- 
mero que cantó, era empezada por un segundo y después por 
un tercero, volviendo de nuevo el que la concluía á dar princi- 
pio á su canción antes de que los otros la terminasen, de lo que 
resultaba la más agradable armonía; tanto más, cuanto que por 
la circunstancia de llegar á su casa después de un largo via- 
je aquellos jóvenes que con tanta ansiedad eran esperados por 
sus parientes, no cabía duda de que aquel Eli ó Eloha, era el 
nombre semítico del Omnipotente con el cual según San Ma- 
teo (XXVII, 46) se quejaba Jesús durante su agonía, y á quien 
estos jóvenes rendían homenaje agradecidos de su feliz regreso. 
Apenas cruzamos el terreno pantanoso hicimos algunos dis- 
paros con las tres carabinas que nos quedaban, los que fueron 
contestados desde dentro de un bosque que corría de Oriente 
á Occidente, cerrándonos el paso, por un griterío inmenso que 
cada vez se fué haciendo más perceptible, hasta que al llegar 
al lindero, con los últimos rayos del crepúsculo, vimos la mu- 
chedumbre que hacia nosotros se dirigía en medio de la más 
grande algazara. 



{ I ) Hay pueblo. 



EXPLORACIONES. 2 11 



Echamos pie á tierra, y las gentes que nos rodeaban y cum- 
plimentaban á cada uno de nosotros, cargaron con todos nues- 
tros equipajes, y dejando los caballos en libertad nos dirigimos 
por una senda del bosque, y como á la distancia de trescien- 
tos pasos, nos encontramos con un paát muy limpio y bien 
construido, aunque no tan grande como el del cacique Pucú, 
frente al cual ardían infinitas hogueras en torno de cueros y 
esterillas tendidas de antemano para pasar la velada. Aquí, co- 
mo en todas partes, varias mujeres ancianas nos recibieron con 
esos saltos y esos gritos y esos golpeteos de boca con que se 
suele dar la bienvenida. 

Apenas el cacique Queirá y yo nos hemos sentado, se han 
agolpado en torno nuestro más de cien personas todas en el 
mayor silencio sin que éste fuese interrumpido por el Queirá 
ni por mí; hemos permanecido como unos cinco minutos que 
me parecieron una hora^ hasta que por fin lo rompió el cacique 
diciendo: Yangutés, 

No hay duda, de que todos, menos yo, sabían qué significaba 
aquella tregua, pues que á la palabra del Queirá, acudió una 
india como de veinte años, gruesa, arrogante y ricamente ata- 
viada, pues traía un cintillo en forma de corona, con el que 
contenía su larga cabellera sobre sus espaldas de bronce ; gran- 
des anillos de finísima pluma en los agujeros de las orejas, 
que eran de un diámetro por el que cabía mi dedo índice ; co- 
llares de semillas, picos de pájaros, dientes de animales y aba- 
lorios ; natjabás no de trama de caraguatá, sino de tejido de 
algodón con franjas coloradas ; pulseras y gargantillas en las 
muñecas y en los tobillos, y un enquilsiqíie sujeto con un al- 
sataóc ( i). Si á su belleza física, á su traje, á la animación de 
su semblante, y á su majestuoso continente, no hubiera tenido 
esta muchacha el mal gusto de agregar algunos círculos, con- 
céntricos marcados con negra tinta sobre sus mejillas, y algu- 
nas rayas verticales de las que dos le caían á manera de pati- 



( I ) Especie de cinta ancha y bordada. 



i 



2 1 2 JUAN DE COMIIMGES. 



lias desde la sien hasta la barba, y otra desde la frente bajaba 
por encima de la nariz dividiéndole el rostro en dos mitades, 
seguro es que hubiese parecido de una hermosura extraordi- 
naria; pero desgraciadamente desfigura tanto la pintura que 
no es posible acostumbrarse á mirar con simpatía un rostro 
pintado, pues parece que con cada uno de sus gestos están 
haciendo escarnio de la persona á quien se dirigen. 

Siempre me han repugnado las mujeres pintadas, pues me 
complace más que la conversación, el leer en la expresión de 
las facciones la mayor ó menor armonía que existe entre las 
palabras y los sentimientos. Es cierto que una careta negra, 
blanca ó colorada, no nos disgusta cuando es llevada graciosa- 
mente por una mujer de chispa y bien formada; pues como 
no penetramos á través de ella, esos imperceptibles movimien- 
tos del rostro que más que la palabra nos revelan el efecto 
que producimos, nos confiamos en el metal de voz que se dis- 
fraza con más facilidad que el rostro ; pero una cara pintada 
no es una máscara, sino un semblante antipático donde no se 
descubre un sólo rasgo que no sea odioso y detestable; así la 
pobre Yanguiés se presentó al nuevo huésped, tal vez en la 
confianza de aparecer ante sus ojos como el tipo de la belleza 
circasiana, pero debió llevarse chasco, porque como á mí no me 
era permitido como á los soldados franceses, cuando conquista- 
ron la Argelia, tomarla de un brazo y lavarla la cara en un arroyo, 
para saber con quien trataba, la debí poner una tan fea como 
la suya, por más que, acostumbrado á visiones, me esforcé 
con la acción y la palabra á manifestarla que era muy elegan- 
te, y sobre todo muy gorda, lo que agradó mucho á todos me- 
nos á ella, si es que algo se podía sacar en limpio de las emo- 
ciones de aquel cuaderno de geometría. 

Muy complacido el Queirá de mis manifestaciones de apre 
cío hacia aquella muchacha, la hizo sentar entre los dos, y to- 
mándola una mano, me obligó á que yo la tomara la otra y se 
puso á conversar con los dos con más animación de la que or- 
dinariamente acostumbraba, por lo que llegué á temer que 



EXPLORACIONES. 2 I 3 



si, olvidado de que yo tenía mujer é hijos, querría sellar nues- 
tras amistades, pagar mis servicios y asegurar perpetuamente 
nuestra alianza haciéndome delincuente de bigamia, y entre- 
gándome la amarilla mano de aquel impenetrable mascarón de 
proa. Por fortuna no debieron ser estos \or pensamientos del 
cacique, quien le regaló unos lindos collares de los míos, un 
pañuelo, y un puñado de galletitas que había economizado por 
el camino. Yo le regalé un tarro de sardinas que le gustó 
mucho, no por el contenido, sino por la hoja-lata con que se- 
gún ella podría fabricar pulseras de alto rango. 

Es muy natural que yo desease saber quién era aquella 
princesa, tan mimada del cacique y tan respetada por todos 
los circunstantes: así es que le pregunté si era de su familia, 
á lo que me contestó mostrándome que era se hija, para 
cuya explicación se valió de una seña más expresiva que de- 
cente, pues colocó á su hijo junto á la muchacha haciendo 
como que estaban unidos por el ombligo con una misma cuerda, 
lo que me hizo más sinceramente redoblar mis atenciones y 
estrechar la mano de los tres, repitiendo á cada uno la palabra 
/ekíesmd. 

' No habría pasado media hora, cuando me trajeron el acor- 
deón .para que empezara el concierto, por lo que, escarmen- 
tado de lo que es estar cuatro horas sentado en el suelo y tira 
que tira de los fuelles, me levanté para buscar un leño donde 
sentarme más cómodamente; pero grande fué mi asombro al 
ver que, durante el corto rato trascurrido desde nuestra llegada, 
había triplicado la concurrencia, sin duda con gente de otros 
Paáts inmediatos, la que se empinaba como podía para presen- 
ciar el espectáculo. Por fin, con mis cobertores y con la tienda 
de campaña, improvisé un regular asiento, donde me acomo- 
dé para dar principio á la serenata con el himno de ordenanza 
que ya sabían de memoria todos mis acompañantes; mas como 
ya voy pronunciando algunas palabras Guanas, á los gestos 
con que ordinariamente les hago comprender que aquél es el 
canto de Dios, he añadido esta noche algunas frases en su len- 






2 14 J^'AN DE COMINGES. 



gua, que han servido para convencerme de que soy perfecta- 
mente comprendido por todos ellos. 

La música conmueve á los indios de tal manera, que no 
dudo que si se tratase de reducirlos, haría menos Moltke con 
toda su táctica y con todos sus ejércitos, que cualquier napoli- 
tano sólo con su organillo. Así me lo esperaba, pues sabiendo 
que las armonías penetran en los corazones endurecidos y des- 
piertan dulces emociones hasta en las almas más corrompidas 
de los que viven entre los vicios y en las necesidades de la so- 
ciedad, no podía dudar del mágico efecto que produciría entre 
los inocentes hijos del desierto, cuya alma virgen puede reci- 
bir las impresiones en toda su plenitud, porque no está agitada 
por el huracán de las pasiones; pero lo que yo nunca pude ima- 
ginar era que á estos acordes que halagaban los oidos, el co- 
razón y la mente de aquellos indios, se juntase un sentimiento 
místico que produjese aquella abstracción de todo lo humano, 
aquel arrobamiento del espíritu, con que la música, el canto y 
la idea de la divinidad, sublimaban á los espacios imaginarios, 
seres tan rudos, á juzgar por sus apariencias exteriores. 

Si alguna vez me detenía para respirar, los indios que no 
querían despertarse de su arrobamiento, porque sin duda les 
repugnaba descender hasta el abismo de su miseria después de 
haberse remontado hasta la cumbre de suprema felicidad, me 
pedían, ó más bien dicho, me ordenaban imperiosamente que 
no les sacase ni por un instante de aquel paraíso, donde vola- 
ban en alas de su fantasía y donde acaso habían vislumbrado 
por vez primera un rayo de las luces celestiales. 

Aquellos hombres me hubieran entregado todos sus bienes 
porque prolongara su dicha algunos instantes. Aquellos indios 
me habrían asesinado si no les hubiese complacido. 

Ya estaban conquistados. Eran los nuevos Aquiles cuyo 
talón vulnerable se descubría á los ojos de un Páris que les 
apuntaba con la flecha de la civilización ! I 

Como el cacique Queirá tenía grandes deseos de hacer á sus 
parientes el relato de nuestras aventuras, cesó el concierto por 



EXPLORACIONES. 2 I 5 



orden suya á las diez de la noche, hora en que pensé que podía 
retirarme á descansar de las fatigas y calores de aquel día; 
pero es el caso que mi amigo no quiso consentirlo, sin duda 
para que tuviera la satisfacción de asistir á una conferencia 
donde tanto se elogiaba mis aptitudes comojinete, como peón, 
como mayordomo, como militar, como prestidigitador, como 
médico y como músico. En esta sesión, que duró hasta las altas 
horas de la noche, se habló de todo, según pude inferir por 
sus ademanes, por sus gritos, por sus aplausos y por muchas 
palabras que me son familiares; pero aunque quisiera engañar- 
me, creo que los ancianos de esta toldería no están muy con- 
formes en que el cacique Queirá cumpla la palabra que me 
tiene dada de llevarme al Paát del Príncipe del Desierto para 
quien llevo el uniforme y la espada, y esto lo sospecho porque 
discuten con mucho calor, señalando la espada y un rumbo 
hacia el Oeste. Sin embargo, no sospecho nada malo de estas 
gentes que tantas atenciones me dispensan. 

A la media noche empezaron á retirarse las visitas y á reco- 
jerse los del Paát. Casi todos mis compañeros de viaje dormían 
al exterior sobre cueros ó esterillas, y allí también el cacique 
Queirá dispuso que sobre una de ellas hiciera yo nuestra cama 
en la que nos acostamos, él envanecido de las felicitaciones que 
de todos recibía por haber traido hasta los toldos del desierto 
aun pariente de las divinidades, y yo más que él de ver cuan 
fácilmente alcanza el hombre sus aspiraciones, cuando Dios le 
ayuda. 



Dia i^ de Octubre, 

La noche ha sido suficientemente fría, para pasarla tiritando, 
á pesar del buen cobertor, de la compañía del cacique y de la 
multitud de hogueras que arden en torno nuestro. 

No hay duda de que estas gentes deben vivir muy en paz 
con sus vecinos, pues duermen á pierna suelta y lejos de sus 



2l6 JUAN DE COMINGES. 

armas, como quien vive exento de temores, lo que no deja de 
serme satisfactorio, no sólo por mi seguridad personal sino 
también porque preveo que serán muy útiles á la Empresa las 
buenas relaciones que existen entre nuestros amigos los Gua- 
nas y todas las tribus del Chaco Boreal. 

Desde que salí del Apa he procurado aparecer indiferente á 
todo lo que no sea el estudio de la naturaleza y de la lengua y 
costumbres de los indios. Firme en mi propósito mientras vea 
que conviene á mis planes, como hasta hoy ha sucedido, no pre- 
gunto jamás adonde vamos, qué haremos luego, cuándo sali- 
mos, á qué hora se come, ni nada de lo que pueda hacerlos 
dudar de que estoy enteramente confiado de que las disposi- 
ciones del cacique han de ser siempre las más acertadas, por no 
decir infalibles; así es, que soy el primero en agasajarle y en 
obedecerle, y á la verdad que estas demostraciones de respeto 
le son muy agradables, porque realzan su prestigio ante los 
ojos de los demás caciques. Por lo demás, el hacerle la cama, 
el calentar el agua para las sopas de fariña y raspadura, el 
acercarle el morral, el peinarle ó cualquier otro de estos peque- 
ños servicios que le dispenso, no rebajan mi dignidad ante sus 
colegas ó vasallos, sino que por el contrario me hace aparecer 
como un ser extraordinario que reúne los méritos que en mí 
supone á una humildad y una ternura nunca imaginadas. 

Al levantarme ignoraba si en este día seguiríamos camino y 
en qué rumbo, ó si quedaríamos algunos días en este Paát que 

r 

me pareció la casa del cacique. Este se hallaba ya acurrucado 
con otros muchos junto á una hoguera, donde me hicieron pla- 
za como á uno de tantos, alargándome en seguida la pipa á la 
que di como es costumbre un par de chupadas para aspirar 
aquel humo capaz de emborrachar á cualquiera en circunstan- 
cias normales, y mucho más cuando ese cualquiera esté en ayu- 
nas y no haya cenado la noche anterior. 

No quise recurrir á mis provisiones para tomar algo por más 
que lo necesitaba, porque, ya que hasta hoy nunca he comido 
sino con todos, como todos, y cuando todos, me parecía que 



EXPLORACIONES. 2 I 7 



tal vez podía comprometer mi prestigio comiendo solo, y por- 
que si á todos hubiese invitado, allí darían fin á mis provisiones. 
Así pues, seducido por los gritos de algunas parejas de pa- 
vos de monte que, desde la senda inmediata, saludaban la lle- 
gada del astro del día, tomé el revólver y salí hacia la selva ha- 
ciendo señas á todos de que iba de caza como para disculpar- 
me de mi ausencia; pero los indios, que no deseaban otra cosa 
que presenciar los milagros de aquel arma inagotable, se vi- 
nieron en montón tras de mí, lo que fué motivo para que la 
caza se espantase. Por lo demás no me arrepentí del paseo por 
el bosque, pues éste me proporcionó el conocimiento de un 
sinnúmero de plantas útiles, cuyas propiedades los indios te- 
nían la complacencia de manifestarme, entre las cuales estaba 
el árbol que más aprecian, al que llaman Pitaguá, con el que 
hacen sus arcos y saetas y el cual es una especie de bignonia. 
Como los indios no se apartan diez pasos del paát sin lle- 
var consigo sus armas y una herramienta semejante á un ha- 
cha muy pequeña que se llama canchero^ los que me acompa- 
ñaban, después de haberme mostrado la bignonia en toda la 
plenitud de la vegetación, me llevaron á otro lugar, donde mos- 
trándome un tronco seco muy despedazado y repitiéndome la 
palabra pitaguá yaángué ( i ) me hicieron comprender que 
aquella madera era igual á la del árbol verde que acababan 
de enseñarme, y no contentos con esto comenzaron á sacar 
astillas de seis pies de largo y á rajarlas con los cancheros^ se- 
gún las direcciones de sus fibras, hasta dejar cada trozo con 
un diámetro de cuatro ó cinco centímetros. Cuando regresa- 
mos al paát, después de la excursió i, la mayor parte de los 
indios, incluso el cacique Queirá, se habían acostado de nuevo 
y las mujeres se ocupaban en diferentes faenas, no todas pro- 
pias de su sexo, pues algunas arrastraban enormes ramas que 
dividían con aquellos cancheros que en vano trataban de afilar 



(i) Flecha. 



2 1 8 JUAN DE COMINGES. 



en un pedazo de basalto. Mis compañeros, entre los que ha- 
bía algunos niños de ocho á lo años, se pusieron á construir 
arcos y saetas con las astillas á^ pitagjiá que trajeron del bos- 
que, operación sencilla para ellos á pesar de la dureza de este 
vegetal y de sus malas herramientas, la que consiste en desbas- 
tar la astilla dejando en el centro un grueso de cuatro ó cinco 
centímetros, el que va disminuyendo insensiblemente hacia las 
extremidades que termina en uno. Para esta operación emplean 
el canchero, y para suavizar el palo se valen, bien sea de una 
laja de basalto, bien de un pedazo de caña, ó bien de un cuchi- 
llo que emplean como raspador, y por último el pulimento se 
lo dan con un puñado de hojas de caña. 

La práctica de muchos siglos ha hecho comprender á estos 
indígenas la facilidad con que se rompen los arcos cuya r^ús- 
\txic\2i y fiexibilidad ^% homogénea, cuando se ejércela tensión 
para disparar la flecha; así que para evitar este inconveniente 
procuran que las reja:; de madera que emplean en su construc- 
ción, lleven siempre una mitad ó por lo menos una tercera par- 
te de albura ó sea de las capas más exteriores de la madera. 

El arco de cuatro á seis pies de largo no forma un semicír- 
culo ni mucho menos, pues en su estado normal, apenas su fle- 
cha ó sagita medirá dos centímetros, la que nunca pasa de 
treinta ni aún en su mayor tensión. 

La cuerda es un cordón de caraguatá de cinco milímetros de 
diámetro, cuyas fibras han sido preparadas de antemano con 
una resina que las oscurece, las da mayor resistencia y las 
hace incorruptibles. Aunque esta cuerda está siempre sujeta á 
las extremidades del arco con una tensión regular, cuando 
quieren disparar sus flechas aumentan esta tensión, para lo 
cual fijan en tierra una de las extremidades del arco, ponen su 
mano izquierda sobre la extremidad superior procurando do- 
blarla auxiliados por la rodilla, que introducen entre el arco y la 
cuerda, y con la mano derecha forman un lazo con la extremi- 
dad de la cuerda que introducen en el extremo superior del 
arco, con lo que aumenta la sagita uno ó dos centímetros, ope- 



EXPLORACIONES. 2 I 9 



ración que aunque requiere fuerza y destreza ejecutan en dos 
ó tres segundos, de manera que no es más rápido preparar y 
disparar un rémington que preparar y despedir una flecha. 

Con un arco de seis pies de longitud y un brazo robusto se 
puede, si el viento ayuda, arrojar una flecha por elevación á 
350 metros; pero tiro seguro y eficaz no se hace sino muy 
rara vez á los 6o, aunque á los 30 ó 40 cualquier indio pega á 
un hombre y le introduce seis á ocho centímetros la saeta, que 
sale con una fuerza tal que á 20 metros penetra 3 centímetros 
en un quebracho. 

Una de las habilidades de los indios es saber graduar la tra- 
yectoria para que por elevación caiga sobre un punto cuya dis- 
tancia conozcan aunque no le vean, por lo cual para batirse 
con ellos hay que parapetarse con más precauciones que para 
hacerlo con enemigos que estén provistos de fusiles. 

Las saetas se forman con una astilla de quince ó veinte cen- 
tímetros de largo, cuya mitad posterior se va adelgazando des- 
de el centro hasta terminar en punta y cuya mitad anterior se 
aplana, se aguza, y sólo por un lado se hacen dos ó tres den- 
telladuras, para que no puedan desprenderse cuando penetra 
en el cuerpo del animal. Es excusado decir que estos indios 
no envenenan sus dardos. 

La extremidad inferior de la flecha es una caña de un centí. 
metro de diámetro cuya parte anterior se fortifica con un jun- 
co delgadito bañado en cera, para que al introducir en ella la 
parte posterior de la saeta no pueda romperse, y al extremo 
opuesto, en el lugar donde adaptan con junco igualmente pre- 
parado las barbas de plumas que impiden los movimientos de 
rotación durante el trayecto, practican dos muesquecitas en el 
mismo plano de la saeta, las que sirven para que la flecha no 
resbale cuando se apoya sobre la cuerda, en el momento de lan- 
zarla. 

Como el cacique Queirá acaba de participarme que no sali- 
mos del Paát, he tratado de aprovechar el día adquiriendo da- 
tos, para lo cual me he colgado el morral que guarda mi libro 



2 20 JUAN DE COMTNGES. 



donde apunto todo, aquello que no es posible confiar á la me- 
moria. 

Yanguiés no es soltera como yo me había figurado, sino 
casada con un mozo de 1 7 años, poco más ó menos, llamado 
Maigá, el cual es hijo del cacique de la toldería donde nos en- 
contramos; mozo muy mimado y muy consentido por sus pa- 
dres y por sus vasallos, el que bien vestido y mal pintado, se 
ocupa en no hacer nada, mientras que su mujer teje un natjdbat 
ordinario con hilo de caraguatá de un milímetro de diámetro. 
Esta muchacha es la iiija más querida y creo que la única del 
cacique Queirá. 

A ruego de los indios he disparado mi rémington sólo dos 
veces, pues trato de economizar las cápsulas, y es maravilloso 
el efecto que les produce al verme derribar un pedazo de ma- 
dera colocado á doscientos pasos, y mucho más al ver hasta 
dónde se introduce el proyectil y cómo se aplasta contra la ma- 
dera, siendo el más admirado el yerno de Queirá, quien me 
propone con la mayor candidez cambiar el arma, primero por 
un cuero de mono, después por un manojo de plumas de aves- 
truz, y luego multitud de otros objetos cada vez más insignifi- 
cantes; lo que prueba que desconocen completamente el valor 
relativo de los objetos, pues que estoy seguro que si entre las 
manos hubiese tenido una libra de polvo de oro me la habría 
ofirecido con la misma naturalidad. Yo le he dicho que no ten- 
go más armas que aquella, pero que cuando yo venga otra vez 
al Chaco, acompañado con el gran cacique Brabo, le traeré un 
fusil para él y otro para cada uno de los que sean fieles amigos 
míos, con lo que se ha quedado satisfecho. Sin embargo, su 
mujer que ha estado presente durante estas proposiciones, me 
ha ofrecido la bolsa que ha concluido, por el pañuelo colorado, 
que llevo al cuello, y yo la he dicho que sí, pero le he dado 
bolsa y pañuelo, lo que le ha producido una emogión tan gran- 
de que ha terminado por una descarga de carcajadas; pues no 
comprende mi conducta. 

Tres de mis compañeros de viaje pertenecen á esta tribu. 



EXPLORACIONES . 2 2 1 



donde tienen sus mujeres que, según ellos, no han cesado de 
llorar durante su ausencia, lo que yo creo sin duda, no sólo 
por lo amarteladas que veo á estas parejitas desde anoche, 
sino porque mucho deben quererse aquí los matrimonios, según 
ayer derramaban lágrimas de gozo al verse de nuevo después 
de un viaje de veinte días. Precisamente los que ayer cantaron 
aquella triste tonada son los que en este paát tenían sus muje- 
res; lo que me confirma en que aquel cántico era arrancado al 
grato recuerdo de que llegaban al lugar donde han nacido, 
donde doscientas personas de su familia, que viven en comu- 
nidad bajo el mismo techo, los esperan con los brazos abier- 
tos, y donde hay una tierna y única compañera que desde el 
día de su partida cuenta los instantes de su regreso como si 
fuesen siglos, tiende sus ojos humedecidos por el llanto hacia 
el ampirabié camai (i) por donde marchó su amado, y duerme 
sola en su lecho, arrullada por los gritos del caburet (2) que es 
el espíritu que vela por la felicidad de los ausentes. 

Ha ocurrido una escena que ha producido grandes carca- 
jadas. 

El hijo del cacique Queirl, á quien había mordido el perro, 
se me acercó muy atento y obsequioso como si nunca me hu- 
biera visto, ofreciéndome un arco completamente nuevo que 
le acepté; pero como observase que no tenía la herida fajada, 
le reconvine dulcemente y le tomé el brazo para reconocer su 
estado, más cuál no sería mi asombro al observar que en 24 
horas habían desaparecido hasta las cicatrices. Esto era impo- 
sible, y me confundía en conjeturas, cuando observé que todos 
se reían y que algunos que habían entrado en el paát, volvían 
trayéndome al verdadero herido, pues el que yo tenía delante 
no era sino su hermano mayor, cacique de otra tribu vecina; 
pero tan semejantes que aún juntos no los hubiera distinguido 
sino por la señal del brazo. 



(i) Recto camino; ó sea camino recto. 
(2) Ave nocturna. 






22 2 JUAN DE COMINGES. 



Algo parecido me ha pasado con los tres compañeros de la 
tribu de Maigá, quienes habiendo sido pintados de nuevo por 
sus mujeres, están tan raros y tan desfigurados que no los re- 
conoceré hasta que los vea con los mismos dibujos del día pri- 
mero en que los conocí. Esto les divierte mucho, y no cesan 
de embromarme, pues parece que el principal objeto que se 
proponen al pintarse siempre de una manera variada es produ- 
cir el efecto que tan plenamente han obtenido con respecto á 
mí; esto es, el de estrenar una cara cada ocho días, para no 
cansar á la tribu presentándose siempre con la misma. 

Como son tan firmes en sus afecciones, les perdono esta ino- 
cente costumbre con la que no dañan á nadie y contribuyen á 
romper la triste monotonía de su existencia y tanto más, cuan- 
to que, en la edad donde yo he nacido, si los hombres no 
cambian de cara cada ocho días, como los indios, cambian de 
amistades y de ideas políticas: amistades é ideas tan poco 
arraigadas que hacen sospechar que nunca fueron sino el re- 
sultado de un cálculo egoísta. 

Para pintarse emplean un fruto verde, semejante á una nuez 
con su cubierta exterior, e) que humedecido con saliva, deja 
un leve trazo que va oscureciéndose sucesivamente hasta un 
negro muy oscuro. Este fruto, que tiñe lo mismo el cutis que 
la madera y el papel, deja un color muy persistente, por cuanto 
que mis compañeros de viaje que no se habían pintado desde 
su salida del paát, aún conservaban manchas en su rostro, ape- 
sar de sus baños cuotidianos. Yo mismo, por complacer á la 
mujer de un compañero que llevó su distinción hasta ofrecerse 
á pintarme, me he dejado hacer unas rayas extravagantes en 
un brazo. 

Con la alegría de nuestra llegada, ninguno ha salido hoy de 
caza ó pesca, y es el caso que nadie come, y los niños lloran, 
y es sin duda de hambre. Muy pobres han de estar estas gen- 
tes para no haberme dado ni una batata siquiera desde mi 
llegada. Yo no lloro, pero siento demasiado apetito, y como 
no tengo escopeta para salir al pantano último que ayer cruza- 



EXPLORACIONES. 223 



mos á- matar cualquier cigüeña ó teru-teru, me veo en el caso 
de robarme á mí mismo una lata de sardinas que me meto en 
el bolsillo, con el propósito de irme al bosque y engullirla sin 
que nadie lo vea; pero tomaré mis precauciones, porque no 
quisiera ser sorprendido en una debilidad queme avergüenza, 
como si realmente fuese un robo. Mas la lata de sardinas que- 
dó en el bolsillo, porque como estas gentes, acostumbradas á 
la vida común, no conciben que puede una persona desear que- 
darse sola, creyendo que me agasajan me acompañan á todas 
partes, sin apartarse de mí ni aún en circunstancias que por su 
conveniencia debieran hacerlo. Voy viendo que la vida común 
tiene muchos inconvenientes para los misántropos, para los 
ladrones y para los adúlteros. 

Ya serían las doce cuando empezaron á llover visitas, pero 
de tal modo que aquello parecía una romería. Cada una de es- 
tas visitas que llegaba marchando en hilera sobre los distintos 
caminos que afluían al paát, no penetraba en él directamente 
sino que, á unos quince ó veinte pasos de distancia, se detenía 
respetuosamente aguardando sin decir una palabra á que el 
cacique Maigá ó cualquiera de los ancianos respetables de la 
tribu, se dignasen por medio de un gesto ó de una palabra, 
consentirlos aproximarse hasta nosotros, y sólo entonces em- 
pezaban á distribuirse, saludando cada cual á sus amigos más 
íntimos con quienes conversaban sobre el motivo de la visita, 
que no era otro sino el de ver y tocar al ser extraordinario in- 
troducido hasta ellos por el influjo poderoso del cacique Queira. 
Por el pronto, ninguno se me arrimaba, y aunque su curio- 
sidad era mucha, tenían que ser persuadidos por los de la casa 
de que yo era manso, lo que no creían al ver el brillo siniestro 
de mis anteojos y mis largas barbas. 

Los niños desde luego me volvían la espalda, y abrazados 
al cuello ó á las rodillas de sus madres, gritaban como ener- 
gúmenos, sin que en ellos renaciera la confianza ni aún después 
de haberles metido por mi mano en la boca una galletita in- 
glesa que comían aterrorizados. El más natural y el más in- 



2 24 FAN DE COMINGES. 



significante de mis movimientos, producía nuevos gritos en los 
muchachos, y algunas veces grandes espantadas en toda la 
familia, hasta que al fin persuadidos ó más bien remolcados 
por los que mejor me conocían, se acercaban y su familiaridad 
iba creciendo por grados, hasta el punto de hacerse inaguan- 
table. Entonces me tentaban las gafas, me quitaban el som- 
brero que corría por todas las cabezas, me tiraban de las barbas, 
me desabrochaban la blusa y la camisa, para reconocer la blan- 
cura de mi pecho, comunicándose admirados sus observacio- 
nes, y concluían en fin por desocupar mi mochila y formar 
grandes corros donde examinaban detalladamente cada uno de 
los objetos que constituían mi equipaje. 

Una de las cosas que más llamaron la atención, fueron las 
cajas de fósforos, y mucho más, cuando supieron por expe- 
riencia, que allí dentro se conservaba el fuego, así es que, 
habiendo encendido una pipa con uno de mis fósforos, todos 
me presentaron las suyas con el deseo de que repitiese tan 
admirable fenómeno, que cada vez que se reproducía, arran- 
caba la exclamación ¡tata! (i) 

Con el fin de no gastar todos mis fósforos, encendí con el 
lente una de sus pipas, y entonces la admiración llegó á su 
colmo, y yo conseguí que nunca más tocasen aquel objeto con 
el que pensaban abrasarse. 

Mucho gocé en este día con los obsequios y manifestaciones 
de cariño que me tributaban aquellas gentes, y mayor hubiese 
sido mi satisfacción si mi salud, muy quebrantada á causa de 
las fatigas, disgustos, temores y desarreglos de tres meses, no 
me hubiese tenido sin gusto para nada. Sin embargo, hacien- 
do de tripas corazón ó más bien dicho, haciendo del corazón 
tripas, porque sentía ante todas las cosas una extrema debili- 
dad, no quise desperdiciar la buena ocasión que se me presen- 
taba para estudiar en lo posible el carácter y las costumbres de 



(i) Fuego. 



EXPLORACIONES. 225 



aquellos indígenas y adquirir un sinnúmero de datos preciosos 
que consolaron mis penas, porque llegué á convencerme de 
que no habían sido estériles los sacrificios hechos por la Em- 
presa hasta entonces, supuesto que en adelante no serían 
precisos ejércitos para reducir á la civilización las hordas del 
desierto, sino la palabra del Comandante Tudyá (i) Quidquiad- 
Ygnen (2) con cuyo nombre me reconocen todas las tribus del 
Chaco del Norte. 

Uno de los caciques recién llegados, me ofreció su natjabat 
lleno de maiz tostado, del que tomé un poco que por lo duro 
no podía moler entre mis dientes, lo que visto por una mujer de 
la casa, dio por resultado que se acercase á mí con un mortero 
cilindrico de palo santo, que por sus pequeñas dimensiones más 
bien parecía un vaso de á cuartillo, en el que machacó los gra- 
nos que, cernidos á través de las mallas del natjabat y sazona- 
dos con una sal desconocida que parecía barro negro, y que 
probablemente será lo que dio motivo para, que Azara se en- 
gañase creyendo que los Guanas comían barro salado, me pro- 
porcionaron un alimento agradable y nutritivo, por más que 
no pueda comerse sin beber mucha agua, porque la hygrosco- 
picidad de tan reseca sustancia, arrebatando la humedad de la 
boca, impide la deglución. 

Era natural que mi amigo el Queirá deseara sorprender á 
los concurrentes con mis habilidades, así es que tan pronto co- 
mo concluí mi modesta comida, me metieron el acordeón entre 
las manos, v ofi*eciéndome un asiento formado con una de mis 
mantas colocada sobre una vasija de tierra cocida, me invita- 
ron á dar principio al concierto. 

Como nunca hasta entonces me había visto en medio de un 
auditorio tan numeroso, quise aprovecharme de las circunstan- 
cias por medio de un discurso tan expresivo como patético, el 



(i) Comandante viejo. 
(2) Hijo del Sol. 

15 



2 20 JUAN DE COMINGES. 



que empecé de este modo: me descubrí; dirigí mis manos al 
Sol, diciendo Tata (i) ignen (2) mepiécen (3) emanabié (4); des- 
pués señalando con mi brazo derecho los rumbos de los luga- 
res donde habitan cada una de las naciones que iba á nombrar 
les dije: Qnidquiá (5) Chiriguanos; Quidquiá Matacos; Quid- 
quid Guaycuruces; Quidquiá Paraguayos; Quidquiá Angaités; 
Quidquiá Lenguas; Quidqtiiá Sanapanas; Quidquiá Amaigás, 
Quidquiá Mbayás; Quidquiá Brasileros; Quidquiá Chamoco- 
cos; Quidquiá Chiquitanos; Quidquiá Niquiquilás; Quidquiá 
Crúcenos y Quidquiá Guanas, y cristianos, cuyas dos últimas 
palabras las pronuncié estrechando contra mi pecho al cacique 
Queirá y repitiendo lekíesmáy lektesmá. 

Este sermón que es el primero que la civilización ha predi- 
cado en estas selvas, y en el que no se trataba de aumentar el 
fanatismo de aquel inocente auditorio, fué perfectamente com- 
prendido por todos y aplaudido por la mayoría con excepción 
de un jigante de cerca de siete pies de altura, quien abriéndose 
paso á través de la multitud se acercó á mí y sacudiéndome el 
brazo, me dijo, en tono amenazador: Cadubeus-enemoateá (6). 

Este ataque imprevisto que jamás ocurre á los predicado- 
res, aunque algunas veces suelen merecerlo, no me desconcer- 
tó, sino que por el contrario sacando mi revólver se lo mostré 
diciendo: cristiano lektesmá Guana almeató Cadubeus (7). 

El Cacique Queirá con su calma imperturbable se dirigió á 
mi interlocutor, y con una multitud de frases y de acciones de las 
que comprendí la mayor parte, le puso al corriente de los ser- 
vicios que les había prestado, y lo dejó tan manso que antes 
de que el Queirá concluyese sus explicaciones ya él me había 



(0 

(2) 


Fuego. 
Sol ó Dios. 


(3) 
(4) 


Padre. 
Hombre. 


(5) 
(6) 

(7) 


Hijo. 

Mbayas enemigos. 

El cristiano amigo de los Guanas mató Mbayás. 



EXPLORACIONES. 2 2 7 



mirado con expresiva sonrisa y me había alargado su pipa. 
Este incidente me sirvió de regla de conducta; pues una vez 
qae los Guanas no creen que los Cadubeus sean hijos de Dios 
preciso es no ser intransigentes y no exponerse á perderlo todo 
por una intransigencia extemporánea, pues no ignoraba que 
si en la China se perdieron las conquistas de la civilización 
cristiana hechas por los Jesuítas, fué por causa de que los in- 
transigentes Franciscanos, que en Europa no se oponen á que 
encendamos velitas y adornemos con cintajos, flores, y meda- 
llas las tumbas de nuestros padres, no quisieron, como lo hicie- 
ron sus sabios antecesores, transigir con la inocente práctica 
del culto de los antepasados, por parecerles opuesta á la serie- 
dad de nuestra santa religión. 

Poco más de una hora duraría el concierto, al cabo del cual 
y figurándose que eran mayores los conocimientos que yo 
tenía del idioma guana, se me acercaron muchos jefes de fa- 
milia á decirme que fuese á visitarlos á sus tribus, donde te- 
nían para mí judías y batatas; á lo que el Queirá les respondió 
que así lo haría acompañado por él. 

Uno de aquellos jóvenes vino á mí, mostrándome una flauta 
de caña, la que tendría como treinta centímetros de largo, por 
dos de diámetro, y siete agujeros, de los cuales uno servía para 
introducir el aire, y los otros seis restantes para variar los so- 
nidos. 

Este instrumento que producía muy débiles y monótonas 
melodías, estaba perfectamente pulimentado, y lleno de intere- 
santes dibujos. A su vista se me ocurrió la idea de fabricar- 
les un clarinete, lo que hice en pocos minutos con una caña 
tacuara, del que se arrancaron notas muy agudas parecidas á 
las que produce la dulzaina; lo que alegró tanto á la concu- 
rrencia que hasta los viejos me metían cañas por los ojos para 
que les hiciese gaitas, en cuya operación me pasé el resto de 
la tarde y parte de la noche. 

Por fin á esta hora, el cacique Queirá vino hasta mi asiento 
con mi plato lleno de porotos y maiz á medio cocer y con bas- 



2 28 JUAN DE COMINGES. 

tante caldo; ó mejor dicho, con bastante agua caliente, lo que 

me tomé en medio de aquella concurrencia que se admiraba 

hasta de verme comer. 

Después de una nueva sesión de música y canto, y de curar 

algunos pinchazos y cortaduras, se retiraron las visitas á sus 
toldos, y yo á la cama, junto con mi compañero. 

Mucho me hubiera felicitado en estos dias de haber tenido 
un amigo con quien comunicar mis agradables impresiones, 
pero me consolaba de mi soledad al recordar que si este amigo 
no estaba dotado de las condiciones que se requieren para 
conseguir las simpatías de los indios, la más pequeña de las 
imprudencias que en nuestra sociedad suelen pasar desaperci- 
bidas, ó cuando más consideradas como una gracia de buen 
tono, hubiera podido costarme la existencia. 

No: no entraré nunca en el desierto sino bajo las órdenes de 
jefes muy severos, muy morales, y muy circunspectos, ó al 
frente de gentes que tenga muy probadas y que se hallen 
muy resueltas á someterse á mis duras imposiciones. Nunca 
mejor que para entrar en el desierto se debe aplicar aquel 
adagio de que más vale solo que mal acompañado. 



Dia 15 de Octubre, 

Durante la noche, han traído mi caballo y mi montura, así 
es que al amanecer y sin comer nada, nos hemos preparado 
nueve personas, que son: el Queirá, su hijo, su hermano, el bru- 
jo, su yerno, el hijo mayor que también es cacique, un valiente 
mozo que se llama Inmepén, que desde los últimos dias me re- 
pite sin cesar que es mi amigo, otro joven de mirada muy dul- 
ce, y á quien le faltan algunos dientes de un porrazo, que es el 
que más ha contribuido con su paciencia á enriquecer mi voca- 
bulario, y á quien llamaré el Mellado, hasta que sepa pregun- 
tarle cómo se llama, y un indio de poco menos edad que el 



EXPLORACIONES. 2 29 



cacique, pero que era tan afectuoso conmigo como los otros. 
Esta gente contaba con tres caballos, ó lo que es lo mismo, 
había asiento para todos y sc)braba una luneta. • 

Yo contaba con el mío para mi solo^ lo cual me parecía una 
ganga; pero me llevé chasco, porque aunque no tuve ningún 
socio, cargaron sobre las ancas de mi pobre animal una multi- 
tud de bolsas y azadones que pesarían tanto como cualquier 
jinete. 

Después de una despedida que debió ser muy afectuosa á 
juzgar por el guirigay que armaron, tomamos rumbo Norte lo** 
a) Este, y ya por entre unas fajitas muy estrechas de pradera, 
ya entre montes de los más frondosos que he visto en el Cha- 
co, caminamos cuatro leguas sin encontrar más aguas que las 
del caraguatá, y teniendo que apearnos en casi todas las tra- 
vesías del monte. 

Este monte no necesito describirle, pues en él, aunque con 
mayor desarrollo, existen casi todos los vegetales que crecen 
en el Monte Grande que describí durante la primera expe- 
dición. 

Hay en él, sin embargo, gran cantidad de cactus péndulus, 
cuyos tallos que nacen sobre las copas de los árboles más al- 
tos, entre otras parásitas como el arura latillandia, y el cala- 
dium, llegan hasta el suelo ó cuelgan enredados entre los sipos, 
las vainillas y las pasifloras, como las más caprichosas bambo- 
línas. La bugainvilia brasiliensis, la pitanga ó eugenia pedun- 
culosa, la heliconia de color de fuego, y el palo borracho de 
diferentes variedades, con especialidad el bombix ventricosus, 
sunchal de los tucumanos y quesero de los brasileros, son los 
vegetales que más han llamado mi atención en este trayecto. 

En cuanto á pájaros, aunque en el interior de los bosques 
hay siempre menos que en la proximidad de las lagunas y de 
las habitaciones, además de los pavos de monte, he visto el 
milano blanco de dos colas, falco furcatus, el carpintero ama- 
rillo, picus favescens, y el guacamayo arará, psittacus macáo. 
No deben ser muy abundantes los tigres por estas alturas, por 



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230 JUAN DE COMINGES. 



cuanto que hay pocos cueros de ellos en las tolderías, y sobre 
todo porque una huella que hoy hemos descubierto ha llama- 
do mucho la atención de mis acompañantes, que se apearon 
con el objeto de olería como sabuesos. También hemos visto 
las madrigueras de una liebre que según los indios es muy 
apetitosa, aun cuando esto no debe servirme de regla, porque 
esta gente come cuanto pertenece al reino animal, incluso las 
mariposas, y lo que es peor sus larvas, que sacan cuidadosa- 
mente con la punta de la flecha de entre la corteza de los ár- 
boles. 

No ha sido nuestro camino tan recto como de ordinario y 
creo que hubiésemos economizado una, en las cuatro leguas 
primeras que hemos caminado, si no lo hubiesen impedido las 
continuas revueltas á que nos obligaban las fajas de monte 
que se interponían á nuestra marcha. 

Por fin salimos á un descampado inmenso, lo que es muy 
consolador después de haber pasado algunas horas en la oscu- 
ridad del bosque. Sin embargo, esta llanura tan dilatada que 
al menos por el Norte no tenía límites, aunque los tuviese muy 
lejanos por Oriente y Occidente, no ofrecía atractivo alguno, 
sino que por el contrario, entristecía el alma como el aspecto 
de una ciudad donde todos sus habitantes hubiesen perecido 
de una epidemia, por cuanto que en ella se conservaban en pie, 
desafiando los siglos, muchos miles de troncos de palo santo 
con sus ramas principales que revelaban que aquello había sido 
en otro tiempo un bosque frondoso y poblado de otras familias 
vegetales, que por menos resistentes á las fuerzas destructoras 
de la naturaleza, habían desaparecido sin dejar rastro alguno, 
sino un recuerdo denunciado por aquellos gigantes invulnera- 
bles, contra cuya textura resinosa no pueden nada los agentes 
químicos y mecánicos que atacan, descomponen, pulverizan y 
anonadan hasta las rocas cristalinas. 

¿Cuál habrá sido la causa de este cataclismo? Un incendio? 
No puede ser, porque precisamente el resinoso palo santo arde 
hasta consumirse aun cuando no produzca llama. — ¿Una inun- 




EXPLORACIONES. 2 3 I 



dación? Tampoco es posible, porque si el terreno hubiese sido 
profundo no hubieran en él crecido tales plantas, y á ser eleva- 
do no hubiesen quedado subsistentes los bosques de los con- 
tornos. Los indígenas no recuerdan ni por tradición las causas 
de aquella hecatombe de vegetales, pero al hacerse cargo el 
observador de la multitud de lagos que allí se presentan y de 
la profundidad actual de aquella superficie, concluye con que 
el fenómeno extraño que se ofrece á su discurso ha debido 
tener por causa un hundimiento del terreno. 

Al salir del bosque, seguimos por tres leguas su lindero en 
rumbo Este, el que formando un arco inmenso vuelve de nuevo 
al Norte, pero que no puede cortarse por la cuerda á causa 
de que apenas el viajero se aparta de la orilla del bosque, pene- 
tra en una especie de cenicero tan blando y pantanoso que se 
introducían en él los arcos de los indios por medio de un leve 
esfuerzo. A pesar de esto, la pradera, aunque no por toda su 
extensión, está cubierta de plantas semi-acuáticas sobre las que 
un hombre á pie puede caminar sin el peligro de hundirse. 
Hacia el interior de la llanura donde existen los curiches se oye 
cantar multitud de aves acuáticas y desde las ramas secas de 
aquellas momias del reino vegetal, espían su presa las cigüeñas 
y los chimangos. 

El bosque que llevamos á la derecha ó sea al Oriente, se 
parece tanto al Monte Grande, que visité durante mi primera 
expedición, que estoy por creer que sea el mismo, y me afirmo 
en esta idea al ver una salicaria ó salsola, llamada jume por 
los tucumanos y santiagueños, la que sólo he visto aquí y en 
aquel monte, para mí de tan amargos recuerdos. 

Eran las doce del día cuando el cacique nos mandó hacer alto 
y penetrar á pie hasta una lagunilla, donde entre culebras, tor- 
tugas y grandes ranas, nos dimos un baño en medio de un sol 
que en pocos minutos destruyó el cutis de mis espaldas, hasta 
el punto de quedar como ordinariamente se dice, en carne viva, 
lo que excitó la compasión de todos. Volvimos á la sombra y 
como yo tratase de aflojar la cincha de mi caballo, para que 



232 JUAN DE COMINGES. 



comiese un poco como los otros, el cacique me lo impidió 
haciéndome señas de que el Paát á donde nos dirigíamos esta- 
ba inmediato. Sin embargo, esa afirmación no estaba muy 
de acuerdo con la orden que recibí de racionar á todos de fa- 
riña y rapadura, alimento que bien necesitaban aquellos infe- 
lices. 

Concluido el almuerzo y no bien habíamos montado para 
continuar la marcha, empezó el mismo cántico con que dos 
días antes saludaban mis compañeros la proximidad de su mo- 
rada, lo que unido á las indicaciones del cacique, me aseguró 
de que no estaríamos lejos de alguna casa. Efectivamente, 
apenas habríamos caminado un cuarto de legua, cuando apo- 
yado sobre el bosque de Occidente y dando frente al gran 
terreno bañado, descubrí, no un paát como el de Pucú, ni aún 
como el de Maígá, sino unos seis ú ocho tolditos de la altura 
de un hombre, casi tan pobres y tan miserables como los de 
los Angaités, de dónde salieron algunos ancianos, niños y mu- 
jeres, y sobre todo algunas vi-^jas brincando y cantando en 
torno nuestro, con los gestos de costumbre. En este Paát, 
de donde era jefe, se quedó el hermano del Queirá, hacién- 
dome una seña que parecía decir: vete sin dolor, que pronto 
nos veremos. Y á la verdad que el pobre epiléptico debería 
comprender mi pesadumbre, pues que, apesar de que sus insti- 
gaciones estuvieron á punto de hacerme perder la vida, como 
sus muchas atenciones durante nuestro viaje me dieron á cono- 
cer su arrepentimiento, no sólo le había perdonado, sino que 
le había cobrado tal cariño que no sin pena me hubiese sepa- 
rado de él, á no llevar conmigo la esperanza de que muy pronto 
nos veríamos de nuevo. 

Las gentes de su Paát eran muy limpias, y puede decirse 
muy hermosas, sobre todo una hija que estaba criando el único 
niño que he visto bastante valiente para venir á mis brazos, 
niño á quien regalé un collar, un salvavida vacío, y una lata 
de conserva que su madre y su abuelo me agradecieron en el 
alma. Esta tribu no tiene más que unos 60 individuos, los que 



J 



EXPLORACIONES. 233 



en la actualidad están bastante pobres, con motivo de la seca 
que les aflige. 

No dejó de admirarme que la casa de un hermano del gran- 
de, del poderoso, del respetado Queirá, fuese la más raquítica 
de cuantas había visitado desde que salí de la costa; pero esto 
lo atribuí á un misterio que pronto despejaría si continuaba 
con los indios el tiempo necesario para ponerme al corriente 
de su lengua. 

Media legua más al norte del Paát del Hechicero, y siempre 
caminando por la orilla del bosque, cuyo fin no he visto, se 
presentó á mis ojos una nueva toldería, compuesta de tres 
cuerpos de edificio, los que no muy notables por su construc- 
ción, aunque mejores que los del brujo, estaban dispuestos 
sobre la misma línea á muy poca distancia unos de otros, y 
medirían entre los tres, cien metros escasos de longitud. El 
canto de los compañeros y las señas que el cacique me hacía 
muy agitado y conmovido para hacerme saber que allí tenía un 
niño de un metro de altura, me trajeron el doloroso convenci- 
miento de que aquella era la morada de mi protector, cuando 
yo esperaba encontrarme con un Paát que estuviese en armo- 
nía con el poderío de su dueño. 

Cuando llegábamos á cien pasos de la casa vi tres mujeres 
ancianas que con sus acostumbradas ceremonias se acercaban 
hacia nosotros, dejando oir aquella tonada que nunca me pare- 
ció más conmovedora, las que sin suspender su bailoteo y sus 
golpes dados en los labios con la palma de la mano izquierda 
mientras rezaban cantando y derramando lágrimas, dieron 
vueltas en torno nuestro, nos tomaron las armas y alguno de 
nuestros equipajes, y penetraron con ellos al Paát del centro, 
de donde salieron de nuevo en busca de lo poco que aun que- 
daba sobre nuestros caballos. 

Entretenido con el espectáculo que se ofrecía á mi vista, y 
preocupado en descolgar de las ancas del caballo los objetos 
que iba entregando á los ancianos que no dejaban aquel cánti- 
co tan parecido á un lamento, pasé algunos instantes sin repa- 



2 34 J^^AN DE COMINGES. 



rar en mis compañeros; pero cuando después de desensillar me 
reuní con ellos ¡cuál no sería mi asombro al encontrarme con 
que aquellos seres tan calumniados de salvajes feroces y antro- 
pófagos por esa sociedad donde se roban ideas, dinero, vida y 
honra, estaban derramando torrentes de lágrimas, hijas del ín- 
timo placer que sentían al encontrarse entre los seres queridos 
que constituyen el encanto de su mísera existencia!!! 

Tal mozo oprimía contra su corazón la arrugada frente de 
desgreñada vieja; cuál estampaba un beso en la mejilla de su 
esposa; aquél saltaba con dos ó tres niños que reían á carca- 
jadas con inocente alegría. Cada uno de los viajeros rodeado 
de un corro de sus más allegados, recibía la bienvenida que 
le daban, con los ojos humedecidos por el llanto; llanto enju- 
gado por la lengua del perro que saltaba hasta su rostro para 
acariciar á los recién llegados, á quienes desde lejos, y apoya- 
dos en los postes del /¿^¿^V, saludaban también algunos decré- 
pitos ancianos con una sonrisa parecida á la de los niños por 
lo espontánea y por salir de entre unos labios, tras los que sólo 
se dejaba ver el rojo carmin de las encías, en vez del brillante 
marfil de la dentadura. 

La escena conmovedora que acaba de ofrecerse á mis ojos 
me ha impresionado de tal manera, que en mi vida serviré á 
ninguna empresa que tenga por objeto el exterminio de los 
indios. El espectáculo que he presenciado me da la idea del 
luto y la desolación que caería sobre cualquiera de estas tribus, 
si durante la ausencia hubiese perecido el más insignificante 
de sus miembros. En nuestras sociedades, la muerte de un 
hombre se llora por los parientes más próximos; entre los sal- 
vajes, la tribu entera toma parte en el dolor de los padres, de 
los hijos ó de los esposos que experimentan esta pérdida, y es 
porque en la vida común en que todos se prestan mutuos auxi- 
lios, no hay intereses encontrados; la pérdida de un indio 
despierta los recuerdos cariñosos de las mujeres que mecieron 
su hamaca mientras la madre estaba enferma, ó se ocupaba 
de servicios domésticos; de los hombres que lo llevaron sobre 



EXPLORACIONES. 235 



^. 



SUS hombros para cruzar los lagos, ó que le fabricaron hondas, 
arcos y flechas para adiestrarle en el ejercicio de la caza ó de 
la guerra, y el de los mozos que pierden para siempre el confi- 
dente de sus travesuras. La tribu entera se resiente por la 
pérdida de uno de los seres que contribuía á su sustento por 
medio de la agricultura, de la pesca y de la caza; de uno de 
los guerreros que la hacían respetable ante los ojos de sus 
enemigos. Y sin embargo, entre los Guanas, á la palabra huér- 
fanos no acompaña como entre nosotros la palabra desvalidos. 
La tribu entera cuida de los pequeñuelos hasta que llegan á 
la edad de poder retribuirla este servicio. Podrá ser egoísta la 
caridad de los indios, pero bendito sea un egoísmo que no 
deprime, y que estorba el que los huérfanos se mueran de 
hambre. 

El camastro del centro del Paát central es á la vez el banco, 
la mesa, la cama y el trono del cacique Queirá, de su mujer, y 
de un hijo de seis años, que merece el nombre de infante ya 
que no de príncipe, según los mimos y consideraciones que 
todos le dispensan; y en este trono cubierto de barnizados 
cueros, mil veces sacudidos y refregados, he tomado asiento 
en compañía de las tres personas de la familia, para recibir las 
felicitaciones de la tribu, cuyos individuos adultos han desfilado 
uno por uno ante nosotros, Ínterin el jefe y fo nos ocupába- 
mos en engullir unas batatas. La primera persona que me ha 
cumplimentado, era una mujer alta, vieja y muy arrugada, 
aunque de cabellera negra y abundante, la cual, para darme á 
entender que era la madre del cacique, señalaba á éste estru- 
jándose los pezones como si estuviese ordeñando, mientras 
que otras mujeres la ayudaban en sus explicaciones para que 
no me quedase duda con respecto á su categoría. Esta mujer 
era una de las que se habían anticipado á recibirnos con las 
ceremonias de ordenanza, y parecía muy satisfecha de su im- 
portancia. 

Al acabar el besamanos, el cacique Queirá, en presencia de 
toda la tribu, extendió sobre el cuero de su trono, como si fuese 



236 JUAN DE COMINGES. 



la tienda de un quinquillero ambulante todos los objetos que 
había cambalachado en la Colonia Apa, y todos los que le 
habían sido regalados por mí, los que eran contemplados con 
la mayor avidez por los circunstantes, quienes se encaramaban 
sobre los camastros más próximos para gozar con su vista, y 
después de meditar un rato sin duda sobre la elección de las 
personas á quien debería distribuirlos, comenzó por regalar 
una camisa á un hombre extraordinariamente viejo, que casi 
sin conciencia de cuanto le rodeaba, se la puso riyendo como 
los niños que estrenan un vestido nuevo. Este anciano, según 
el cacique, era el padre del padre de su padre Aganátsemá (i) 
vtepiecem (2). El pelo de este anciano, que ya era mozo cuan- 
do la fundación del fuerte Olimpo y que recordaba todavía con 
cariño el nombre de Zabala, todavía no era completamente 
blanco. Siguió después repartiendo cancheros^ cuchillos y an- 
zuelos á los hombres; pañuelos, agujas y collares á las muje- 
res y para no desairar ni aún á los niños, les repartió una lata 
de galletitas inglesas y todas las cápsulas vacías de nuestros 
cartuchos rémington. Concluida la repartición, dio un suspiro 
como quien se descarga de un grave peso, y encogiéndose de 
hombros y sacudiéndose las manos como quien dice, no hay 
más, desfilaron la mayoría de los circunstantes, con excepción 
de dos mujeres, que se quedaron clavando unos grandes hor- 
cones en tierra en la parte anterior del Paát y junto al camas- 
tro del cacique, donde colgaron una magnífica hamaca de tejido 
de algodón con franjas coloradas, en la que á pesar de no ser 
más que las tres de la tarde me hicieron acostar, sin duda pene- 
trados de que mi salud no era muy buena. Cerca de mi cabe- 
cera, y sujeto horízontalmente al camastro del Queirá y á uno 
de los postes de donde pendía mi hamaca, colocaron un palo 
sobre el que se colgaron todos los efectos que constituían mi 
equipaje, incluso dos salvavidas intactos, que todavía me que- 



(i) Tres. 
(2) Padre. 



EXPLORACIONES. 237 



daban. Como estas disposiciones parecían tener el carácter de 
permanentes, comprendí que el cacique querría tenerme consi- 
go mucho tiempo y que debería despedirme por entonces de 
nuevas peregrinaciones, lo que en cierto modo me afligía, pues 
que mi deseo era llegar hasta la toldería del jefe principal del 
Chaco del Norte, ó al menos hasta la falda de la cordillera; 
pero me consolaba al ver que aquel descanso podría servirme 
para recobrar una .salud que iba perdiendo, á pesar de las satis- 
facciones que gozaba y de los esfuerzos que hacía para sobre- 
ponerme á las miserias que me rodeaban. 

Por vez primera, después de tres meses, pensé en mí mismo, 
comprendí que aunque la voluntad puede mucho, no es omni- 
potente. Mi cuerpo estaba escuálido, mi barba había encane- 
cido; el estómago no podía soportar aquellos asquerosos y 
detestables alimentos; mis manos y mi frente ardían en medio 
de una continua calentura; las piernas no querían sostenerme, 
y la vista se desvanecía á cualquier movimiento brusco de mi 
cabeza. Así, con el cuerpo destruido por las penalidades, pero 
con el corazón lleno de alegría y de esperanzas, me acosté por 
primera vez en el Paát de mi mejor amigo del desierto con la 
misma tranquilidad que si estuviera en el seno de la familia. 

Al anochecer, sentí que me despertaban para ofrecerme un 
porongo cargado de maiz cocido con agua y sal, de cuyo comis- 
trajo tomé un poco, así como de un pedazo de anguila asada 
que me ofreció mi vieja protectora, la madre del cacique. 

Al bajar de mi hamaca, pude observar que los contornos de 
la toldería estaban ocupados por innumerables grupos de indios 
de todos sexos y edades, los que habían acudido allí desde los 
toldos inmediatos, con objeto de darnos la bienvenida y por la 
curiosidad de conocerme, entre los cuales estaba con toda su 
familia el cacique brujo hermano del Queirá, vestido de nuevo, 
sin pintar y con un sable de infantería en la mano, arma que 
sin duda traía para tener la satisfacción de que yo la viese, y 
cuyo origen, así como el de otras armas que tienen los indios 
era el siguiente, según sus explicaciones. 



238 JUAN DE COMINGES. 



Cuando la guerra del Paraguay, el Brasil armó de fusiles de 
pistón á todas las tribus de los Mbayás, que viven al Occidente 
del río, entre los 1 2® y 22® de latitud, para que penetrasen por 
el Rio Apa y hostilizasen á los pueblos y á los ejércitos dd 
dictador. Estos indios regresaron cargados con un rico botín, 
compuesto en su mayor parte de ropas, armas y fornituras 
tomadas á sus enemigos, entre las que figuraban gran cantidad 
de sables que en la actualidad todavía llevan constantemente 
colgados á la cintura, por medio de un cinturón con chapa que 
revela su procedencia. 

Los indios Mbayás, que se vieron armados y organizados, 
con sus jefes indígenas á la cabeza, casi casi como las tropas 
regulares del Imperio, se hicieron muy arrogantes con sus 
antiguos amigos y parientes que vivían en la costa Occidental 
del río, á los que, aprovechando sus ventajas, hostilizaron con 
objeto de procurarse esclavos, lo que consiguieron en un prin- 
cipio á poca costa, pues que les eran muy fáciles las sorpresas^ 
en razón á que Amaigás, Sanapanás, Chamacocos, Guanas y 
Angaités, hacían frecuentes excursiones á la costa del río para 
surtirse de bacalao, y sobre todo, porque no sospechando seme- 
jante peligro, había tolderías establecidas en todos los puntos 
inmediatos á la costa y principalmente en Bahía Negra, en 
F^uerte 0\\m\)0^ A gandtsemd Mleaimó, (i) Ita- pucú guazii (2). 
Sin embargo, aunque la timidez propia de su debilidad 
hiciera internarse á todas las tribus Occidentales que vivían 
sobre la margen del río, aunque acabaron para siempre las 
excursiones de pesca, pues no quedó una sola familia que no 
perdiera alguno de .sus miembros en las peleas que sostuvieron 
con los Mbayás, esto no quiere decir que cuando los indios 
brasileros han intentado sorprend'^rlos en sus toldos actuales, 
no les haya costado cara su empresa, supuesto que, ágiles, 
sombríos, astutos y conocedores de los pasos de sus lai^unas 



(i) Tres piedras, ó sean las Tres Hermanas. 
'2} Piedra, larga y chata. 



EXPLORACIONES . 239 



y de las veredas de sus bosques, los Guanas les han cortado 
la retirada, esperándoles en fragosas sendas desde donde los 
diezmaban á su antojo. Así es que las tribus de Occidente 
tienen hoy en su poder, aunque no en grande abundancia, ca- 
rabinas de chispa y de pistón sumamente limpias y bien conser- 
vadas, sables, cinturones y cuchillos, en cuya hoja está graba- 
do el nombre Corumbá. 

El hermano del cacique Queirá, propietario del aquel sable 
arrancado á un cadubeu á quien mató de un flechazo, cuenta 
la historia de su arma predilecta con lágrimas en los ojos, por- 
que la adquirió al precio de la vida de sus dos hijos mayores. 
No es pues de extrañar en este desventurado padre el odio 
que me cobró cuando, sugerido por el malvado cacique Michí, 
concibió sospechar que yo fuese un espía de sus naturales 
enemigos. 

La guerra sin cuartel que Cadubeus y Guanas se tienen de- 
clarada, no sólo no tiene inconvenientes para los fines de la 
Empresa Brabo, sino que más bien los favorece por dos causas 
principales. La primera, porque necesitan acogerse bajo el am- 
paro de un poder que los auxilie y los proteja contra las agre- 
siones de unos enemigos poderosos. La segunda, porque el 
riesgo del peligro común ha estrechado con fuertes vínculos 
las relaciones entre todas las, tribus de Occidente; por lo que, 
obtenida la amistad de los Guanas, está hecha la conquista 
pacífica del desierto. 

Apenas el sol desapareció á la parte opuesta de la extensa 
laguna que tenemos frente al Paát, cuando las mujeres sacaron 
al exterior los cueros de sus camastros, para que sentados en 
ellos pasásemos la velada, única hora del día en que ss respira 
con placer, siempre que se tenga !a precaución de ahuyentar 
á los mosquistos por medio de las hogueras de palo santo, 
que es el solo combustible que se emplea en todas las tol- 
derías que llevo visitadas. 

Después de sentarse el cacique Queirá conmigo en uno de 
estos cueros, y de verse rodeado de las innumerables familias 



I 



1 



240 JUAN DE COMINGES. 



que aguardaban con impaciencia el oir de su boca el relato de 
todas las circunstancias del viaje, que bajo tan buenos auspi- 
cios acababa de realizar, éste con aire magistral, y cada vez 
más soberbio de poderse llamar mi propietario, les repitió la 
misma historia, que, por haberla oído tantas veces cuantas 
tribus habíamos recorrido, ya me iba cansando por más que 
debiese halagarme, supuesto que en ella se me prodigaban 
más elogios que á la Virgen en la letanía; elogios que arran- 
caban como siempre manifestaciones de simpatía por parte de 
aquel auditorio, que atendía con el más respetuoso silencio. 

La pipa corría de boca en boca, pasando siempre por la 
mía, cuyo obsequio debía agradecer y no podía rehusar por 
más que el estómago la rehusase, á causa de mi enfermedad. 

Concluida la peroración del cacique, éste como de ordinario, 
quiso obsequiar á la concurrencia con un ratito de música, la 
que yo empecé con mi sermón acostumbrado, aunque guar- 
dándome muy bien de proferir la blasfemia de que los Mbayas 
eran hijos de Dios como todos los hombres. La música, que 
duró menos que otras veces, fué interrumpida por causa de 
mi atolondrado amigo Jimmepén, quien á ruege de algunos 
jóvenes vino á pedirme que hiciera una suerte de prestidigita- 
ción, que era la que más á él le agradaba y que consistía en 
hacerme atar fuertemente los dos pulgares por medio de una 
cinta, cubrir mis manos con el sombrero y de pronto sacar una 
de ellas en libertad sacudiendo cachetes á los más cercanos y 
volviéndola á meter bajo el sombrero, donde aparecía de nuevo 
atada tan perfectamente como al principio. Esta prueba agra- 
daba mucho á todos menos á mí, á causa de que como los 
circunstantes creían que si yo podía desatarme era debido á 
estar poco sujeta la ligadura, me apretaban á romperme las 
falanges, hasta convencerse de que no podría separar mis ma- 
nos, lo que por no conseguirlo les llamaba soberanamente la 
atención, y les ocasionaba las más grandes explosiones de 
risa. 

Viendo su buena disposición para estos juegos y sin imagi- 



EXPLORACIONES. 24 1 



nar hasta donde podrían alcanzar sus consecuencias, resolví 
divertirlos con una sorpresa, para lo cual me envolví en uno de 
mis cobertores que tenía por asiento, y valiéndome de una 
caja de cerillas humedecidas, me unté muy bien con el fósforo 
el rostro y ambas manos y arrojando al suelo la manta me 
puse de pie repentinamente en medio de aquella multitud que, 
creyendo que salía fuego de todo mi cuerpo, se desbandó 
aterrada como si una bomba hubiese caído entre nosotros, 
llevando su pánico hasta el extremo de atropellarse, caerse 
y gritar, y producirse una confusión inexplicable, sin que me 
valiese correr tras ellos para explicarles la causa del fenómeno, 
pues hasta el mismo cacique Queirá huía de mi presencia^ 
como pudiera hacerlo de un endemoniado. Por fin Jimmepén 
oyó mi súplica, y se prestó á continuar la farsa por su cuenta, 
metiéndose por el Paát donde se habían acogido muchos de 
los fugitivos, los que, al verle echando fuego por los brazos, 
por el rostro y por las espaldas, huían en todas direcciones 
dando gritos desaforados y atropellando cuanto se les presen- 
taba por delante. 

Así concluyó la primera velada que he pasado en el toldo 
de este cacique, si bien tuve el gusto de que á última hora 
perdieran el miedo hasta los muchachos, quienes me pedían 
que les pintase con fósforos para asustarse mutuamente, á lo 
que yo me prestaba con toda complacencia. 

No puedo calcular á punto fijo el número de personas que 
se han reunido esta noche en la tertulia del Queirá, porque 
por una parte el humo que nos rodea y por otra el resplandor 
de las hogueras, que deslumbra, me lo ha impedido, pero no 
dudo que la concurrencia pasaría de quinientas personas. 

Apenas se disolvió la tertulia, cuando los cueros volvieron 
á los camastros, en torno de los cuales ardían diferentes fogón- 
citos mantenidos durante toda la noche. 

El cacique Queirá, á quien yo había regalado uno de mis 
cobertores cuando recibí el presente de su hamaca, tendió 
éste sobre los cueros del camastro, y quitándose el norteniá y 



242 



JVAN DE CpMIIMGES. 



enquilsiqtie, únicas prendas que constituyen el traje Guana, se 
acostó sin almohada ninguna, abrigándose con las mismas 
ropas que acababa de quitarse. Su yerno procedió del mismo 
modo, acostándose á su lado y la mujer y el niño se acostaron 
vestidos en el mismo camastro y sin abrigo alguno. Los demás 
indios del departamento donde yo me encontraba, procedieron 
de la misma manera; en cada camastro se acomodó un matri- 
monio con sus hijos adolescentes y los huéspedes de sumas 
íntima relación. 



Día i6 de Octubre, 

He pasado la noche muy cómodamente, aunque á pesar de 
la estación y de la latitud, el frío se ha dejado sentir de una 
manera extraordinaria, lo que unido á la ausencia de palma 
carandai, me hace sospechar que estos lugares van estando á 
una regular elevación sobre el nivel del mar. El llanto de los 
niños que sentían frío á la madrugada es el que me ha desper- 
tado, y á esta hora ya no hay en el Paát más hombres que el 
cacique, que duerme á pierna suelta, y algunos viejos que 
hablan solos y se calientan en grandes hogueras que han en- 
cendido al exterior, á una de las cuales arrimo mi cafetera con 
agua y rapadura, á fin de hacerla hervir para mojar un poco 
de fariña, que es el único alimento que me parece agradable. 
Un vaso de esta fécula, hervida en un litro de agua azucarada, 
ha sido la cena y el almuerzo que estoy haciendo con el cacique 
Queirá, desde que he pisado el Chaco, con excepción de los 
días que hemos sido obsequiados por las tribus amigas. Una 
arroba de fariña, media de azúcar y una cafetera de hierro, 
cuyo peso puede cargarse cómodamente, es el recurso que 
puede encontrar el que se aventura en estas arriesgadas expe- 
diciones y con el que puede mantenerse bien durante veinte ó 
treinta dias. 




EXPLORACIONES. 243 

« U-^ 



Como esta sopa era también muy del agrado del cacique, 
^e desperté para que me acompañase en el desayuno, lo que 
hizo con muy buen apetito en mi compañía, y teniendo como 
siempre el cuidado de no introducir la cuchara sino tantas 
veces cuantas yo lo hacía, aguardando el momento de que 
llevase la mía á la boca, en cuyo movimiento alternativo siguió 
hasta que un poco antes de que agotásemos el contenido del 
plato, limpió su cuchara con una punta del enquilsique, por lo 
que, imaginándome yo que desearía conservar algo de nuestro 
desayuno para su niño, limpié también la mía con el faldón de 
la blusa, y abandoné el plato del que se apoderó muy contento, 
despertando al infante para que se lo comiese; después de 
cuya operación el padre y el hijo volvieron á dormirse y yo 
marché por el bosque del Oriente, á cuya margen estaba 
edificado el Paát, llevando en mi compañía cuatro niños de 
nueve ó diez años que tropezaban en todas partes, porque no 
tenían ojos más que para mirarme al rostro. Uno de estos 
niños, muy travieso y muy adicto á mi persona, se llama Naija- 
mak^ el cual se esfuerza por enseñarme diferentes nidos que le 
pertenecen, entre los que hay algunos muy curiosos, porque 
están formando una bolsa suspendida de las lianas, cuyo tegido 
en pelo es muy semejante al de los cabellos humanos; otros 
son de barro mezclado con pajas y amasado perfectamente y 
otros, en fin, colgados por tres cadenillas como un incensario, 
están hechos con una trama de tallos secos y guarnecidos 
interiormente por un mullido lecho de algodón en rama. 

Estos muchachos han hendido los troncos de diferentes 
árboles para mostrarme sus jugos resinosos, algunos dé los 
cuales, que eran tan blancos como la leche del higuerón, lo 
sorbían con avidez. En su afán de iniciarme en todos los 
secretos de la selva, me han llevado á donde había árboles 
que producen unas acerolas del tamaño de majuelas, á las 
que llaman noasá^ y otros que son también de la familia de las 
rosáceas, cuyo fruto, como una manzanita muy pequeña agri- 
dulce, se llama Injanemá. El fruto de estos dos últimos árboles 






II 



~ -1. 

■'r 



J r. 



244 JUAN DE COMINGES. 



estaba ya muy agotado por la persecución de los muchachos, 
de los loros, de los monos y de los pavos de monte, pero del 
7ioasd lo había con abundancia, de modo que hicimos un buen 
. montón para cargarlo al regreso. Más adelante encontramos 
una senda muy trillada que se dirigía derecho hacia el naciente, 
por la que no quisieron penetrar en mi compañia, sin duda p(»r 
no separarse mucho de sus padres. 

Como había visto en otras partes los procedimientos tan 
rústicos y tan fatigosos que emplean los indios para remover 
la tierra, se me ocurrió hacerles un arado, y como por casuali- 
dad entre las ramas del bosque había una, bifurcada, que me 
recordó los horcates Valencianos, pedí el canchero ó Natjabák, 
y la corté á fuerza de mucho trabajo; porque en estos parajes, 
casi puede decirse que, con excepción del bombix, todos los 
demás árboles deberían llamarse quiebra hachas, por la dureza 
de sus maderas. Por otra parte las hachas favorecen poco, 
pues apenas tienen cuatro centímetros de boca, pesan muy 
poco y no cortan nada, porque faltan los asperones. 



Nota del Editor —La parte que antecede del Diario de la 2.^ 
Expedición, la he7nos trascrito de la <!^ Revista de la Sociedad Geo- 
grájlca ArgentÍ7ia » que la publicó en i88y. El final no nos ha sido 
posible publicarlo por falta de los manuscritos originales, los cuales 
en uno de sus viajes á Europa los regaló Cominges á la Sociedad 
Geográfica de Madrid. — Creemos conveniente sinembargo trascribir 
algunos párrafos de una carta que dirigió Cominges al empresario 
Bravo al salir del Chaco y que se refieren al final de su expedición. 



«Paso hambres é indigestiones; sufro las más grandes porquerías; 
aguanto el calor y el frío; camino á caballo hasta veinte y cuatro 
leguas por día, con agua podrida; soy el amip,o, pero el asistente 
del cacique Queirá, cuyo morral cargo; cuyo caballo enfreno; cuya 
cama hago y cuyas sobras como; pero Dios, Dios me da fuerzas 



EXPLORACIONES. 245 



que nunca he tenido y paciencia y salud y entusiasmo para com- 
pletar mis investigaciones. 

Adquiero relaciones; conquisto simpatías; estudio la topografía, 
los productos y las costumbres; levanto planos y aprendo lo in- 
dispensable de la lengua Guana. 

No queda tribu y familia que no me mande misiones y regalos. 
Yo como, bebo, fumo, juego y duermo abrazado con ellos y ter- 
mino por decir que son los únicos hombres virtuosos y leales de 
la tierra y que el único peligro para el éxito de la Empresa, será 
ponerlos en contacto con la pervertida humanidad. 

Hago un arado; siembro maíz y soy, no ya un hombre á quien 
se escucha, sino un Dios. Yo les enseño á cantar el Santo Dios y 
les digo que Ignem (Sol, á quien adoran) es Mpiezén (Padre) de 
todos los hombres, de todos los países, y el único que tiene dere- 
cho de castigar á los enemoateás (enemigos) y el que hace que todos 
los muertos que fueron buenos, se junten en el cielo. 

Quieren venir conmigo á Buenos Aires donde creen que está 
Dios. 

Los caciques vecinos me llaman á comer con ellos. Hago excur- 
siones grandes. Descubro riquezas y enseño industrias desconocidas. 

Salen itinerarios anunciando mi regreso. 

Salgo con mucha gente. Por todo el camino se agregan multi- 
tudes y llego al octavo día al Río Paraguay, con dos mil setecien- 
tos Indios, que ó regresan, ó se quedan pescando, ó pasan el río 
conmigo, pero todos lloran al despedirse. 

Yo no soy á sus ojos, mas que un mercader, que quiere que 
ellos le hagan un camino, para llevarles objetos de su gusto, en 
cambio de sus plumas, algodones y demás productos indígenas. 

Pasan el río ciento veinte indios con sus caciques; comen y be- 
ben durante dos días; reciben todos los regalos con regocijo y re- 
gresan á sus toldos á más de cien leguas. Estrecho mis amistades 
con otro cacique poderoso (Pucú) y rival de Queirá y cambiamos 
regalos. Me acompañan hasta la Asunción los caciques Queirá y 
Michí. 

Salude á su respetable familia, y no olvide que si de derecho 
era Vd. el dueño de un número de salvages desconocidos, hoy es el 
dueño de hecho y el salvador de cien mil honrados y vigorosos 
amigos. S. S. 

Juan de Cominges. 



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f^jf'4--rr.^" i ^. 









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• -': 4 



VOCABULARIO 



DE ALGUNAS PALABRAS EN IDIOMA GuANÁ 



Escrito por Comtnges durante su permanencia entre los indios Guanas, 



A. 



Abalorios Lemóun 

Abrir el morral Lescamajá 

Abrir navaja Empesijá 

Acerola Noasá 

Adorno (plumas) Vilsapér Abotorlá 



Agua 

Agujero 

Agujero 

AJgodon 

Aibárca' 

Algarrobo 

Amigo 



Kilmén 

Yaktaipé 

Abmitá 

Eteivá 

Diámbehék 

Tigués 

Esquelektekmá 



Amigo 


Lektesmá 


Amagar 


Insumijá 


Amarillo 


Viktemá 


Anguila 


Andedok, Aldolok 


Aperiaceo 


Hipa 


Arrebatar 


Enortengué 


Arado 


Nabalspéik 


Árbol 


Tehét-Puthém 


Atar 


Endedemá ' 


Avestruz 


Pílsapén 


Azul 


Lémó 



B. 



Batata 


Pira 


Borla Eoóck 


Batata 


Mpicém 


Bolsa de lienzo Emetehak 


Bava 


DÍamét 


Bosque Tefto-Ketucke 


Barba 


Apiaton 


Bolsa Natjabák 


Bala 


Aerteke 


Boca Mbook 


Barba 


Cone-catü 


Bola de barro Ñaispá 


Besar 


Bessé 


Botón Speígemá ' 


Beber 


Anmascabé 


Botón chico Manin 


Blanco 


Almiipuyá 


Bota Endedé Emenék' 


Blanco 


Kidkick 


Brazo Eantü 






:fi,\' 



248 



JUANDE COMINGfS. 



c. 



Cabra 


Atanékp-kesek 


Cerrar navaja Ñedkesijá 


Caer 


Lakmok 


Charquear 


Nelleinligeá 


Campo 


Eñajalsemá 


Ciervo 


Tañan biéjo 


Cambiado 


Ñalmasejá 


Cinta 


Alsataók 


Caminar 


En cegama- amaigaá . 


Círculo 


Vengueau 


Cambiar 


Malmasebok 


Clavo 


Hartaók 


Camalote 


Camó 


Clavar 


Ecuninkés 


Camino 


Camái 


Colgar 


Etserejá 


Camino 


Ñelsegamá 


Collar 


Lemum 


Canoa 


Calé 


Codo 


Embengaték 


Caña 


Navat 


Comer 


Entoma 


Caracol 


Adpunk 


Cordones 


Atum 


Carta 


Engaguateé 


Cogollo de 


palma Paán Paán 


Caraguatá 


Temamuá (hilo) 


Colorado 


Eteigniá 


Carbón 


Mestmá 


Costura 


Nelio Enderregamok 


Carreta 


Careta 


Costura 


Timnamamok 


Cazuela de 


5 tetas Apjaáh 


Colorado 


Ismelsemá 


Cazuela 


Paák 


Cubrirse 


Evikenija 


Calabaza 


Puco 


Cuchillo 


Peletán 


Cera 


Paupá 


Cuchara 


Callé 


Cerrar libro 


Napijá 


Cuerda 


Tama 


Cerro 


Temmá 


Cuero 


Kambeik 



D. 



Dame Tajá 

Dame la pipa Enguaspucó-ó 



Dame 


Amóco-ó 


Dame 


Anguancó 


Desclavaí 


• Elék 


Dedo 


Yanamé peék 



Dedo, mano Jetsiná peek 



Dibujo 


Alskamá 


Dormir 


Tienjiarjaque Endealmá 


Dormir 


Ndaemá Tecn 


Dos 


Ag^anet 


Doblar 


Svatabijá 


Dolor 


Aeskijc 


Dulce 


Liígk 



E. 



Echarse 


Tijet 


Entra 


Ninconi 


En medio 


Itemanegrá 


Epidermis 


Empijíke 


Espinilla 


Akayaáft-Eljebok 


Estornudar 


Eatemá 


Esteron 


Enguillabusleke 


Este 


Tivag-ignem 



Escalera 


Nelstealláo 


Escarcha 


Apiát 


Estrujar 


Emelegenkié cuya 


Estera 


Kitá 


Espina 


Teta-boók 


Extender 


Etdjan 


Extender 


Epayeés 




EXPLORACIONES. 



249 



F. 



Fuete 


Nicauak 


Freno 


Nabateabatón 


Flauta 


Amvát 


Frente 


Paijané abak 


Flecha 


Yaángué, Yarangtiá 


Frutos 


Yujanemá 


Frío 


Etehop ké 


Fruto 


Manen 


Frió 


Penepemok 


Fusil 


Maóá 



G. 



Gallina Tapié 

Garganta Yainyespók 

Gato Emagmivá 

Golpe Yentiamyá 

Golpear la boca Dipebeaton 

Goma Yetainye 

Goma blanca Maómalik yetinyé 



Grande Yetsekü! 

Grande Yaujuó bóke 

Gran casa Taujaó-Paat 
Gran hombre Nenginió 
Gran mujer Guaneau-engilbaná 
Guardar Nalsegansija 



H. 



Hacha 
Hachear 


Tagua 
Enyarteamá 


^ udias 
^ uego 
Junco 


Aktaí 

Gigá-Sigá 

Botchejé 


Lana 


Eteivá 


Lengua 
Lesna 


Henaskolk 
Lektoreahaque 



Puede que sea Yeét 
Que corra Erijavá 
Tigre (cuero) Kimhavá 



Hacer camino Elkay-debóke 
¿Hay agua? Kilmen-anek 



J- 



Juego (agarrados) Etapenjén 
Juego pata coja Taban-to-emenék 
Juego animales Ana-émb 



L. 



Loro 
Luz 



P. 

Q. 

T. 
V. 



Pilspo 
'^atá-endú 



Vaca Bücá 

Vamos? Antaijá? 

Vapor, remar Totekié 

Vena Ajaké, jilmek 



Viento sud 
Viento norte 
Vívora grande 



Eskadmó 

Seadmó 

Alabagton 



CONFERENCIAS 



LA PROPIEDAD Y EL CULTIVO 



El golpe del hacha al derribar el 
árbol cae de rechazo sobre la cabeza 
de la humanidad. 

y. de C. 



I. 



Sagrados é invir)lables deben ser los derechos de la propie- 
dad particular, mientras que su ejercicio no ataque á los inte- 
reses públicos. 

ínterin el hombre no llegue al supremo grado de perfección 
moral, será la propiedad indispensable para la existencia de la 
sociedad; pero si alucinados por deslumbradoras teorías de 
libertad no impusiéramos á sus derechos algunas restricciones, 
el uso impremeditado de la propiedad, que quiere llamarse 
explotación, cuando suele ser un verdadero pillaje, llegaría á 
borrar del planeta la huella de la humanidad. 

El Génesis, hoy en armonía con las más recientes investiga- 
ciones geológicas, nos demuestra que el hombre no apareció 
á la escena de la vida en los primeros días de la creación ; sino 
cuando en virtud de una serie de transformaciones, la Tierra 
se colocó en condiciones para recibirle. 

Esta misma ley ha presidido para la aparición de cada uno 
de los seres que componen la gran cadena de la familia orgá- 
nica; fieles servidores que durante largos años aguardaban al 
señor para servirle en sus necesidades y caprichos. 

Siendo, pues, necesarias para la conservación de nuestra es- 
pecie, las condiciones que ofrece la naturaleza durante el pe- 



.254 



JUAN DE COMINGES. 



ríodo actual, debemos considerar como reo de lesa humanidad, 
al individuo ó al pueblo que, por la mala aplicación de sus 
tuerzas, ocasione desperfectos que puedan turbar el admira- 
ble equilibrio de la naturaleza. 

Nadie duda que ese viento exterminador de la Provenza, 
conocido con el nombre de Mistral, es un azote de creación 
humana, puesto que depe ide de haber talado los bosques que 
hubo en otro tiempo en las montañas inmediatas á Cevennes. 

Hemos visto retroceder en époc?s diferentes á varios pue- 
blos de las Laudas de Burdeos, ante las invasoras huestes de 
arena que vomita sin cesar el Golfo de Gascuña. 

Vemos hoy como en ciertos puntos de Suecia, llega la pri- 
mavera quince días más tarde que en el siglo pasado. 

Vemos desaparecer, poco á poco, bajo ese estéril manto 
de cristales que lanza el Pampero, la fértil capa vegetal de las 
pintorescas costas uruguayas. 

¿ Dónde está la fertilidad de aquellos campos cultivados un 
día con tanto esmero por los Etruscos y los Siculos? 

¿Dónde las manzanas de ore del jardín de las Hespérides? 

¿Dónde la leche y miel que chorreaban los decantados bos- 
ques de la Arabia, la Persia y el Asia Menor ? 

¿Porqué se han extinguido tantas civilizaciones? 

¿Por qué abandonan su patria fenicios y cartagineses.^ 

¿ Por qné teutones y latinos acuden en tropel sobre las playas 
americanas ? 

¡ Ah ! Preciso es decirlo, j Por la violencia con que el hombre 
'^ de todas las edades ha tratado á su nodriza la tierra! ¡Por la 
explotación brutal con que ha saqueado el suelo, como el sal- 
vaje nómade de paso para sus toldos ! j Porque esquilmado 
por él el jugo de la tierra, ya no puede ésta alimentarle y la 
abandona! ¡Porque el hombre, en fin, preocupándose poco 
de la suerte de las generaciones venideras, no se cuidó jamás 
de dejar mejorada ó al menos intacta, la herencia que recibió 
al nacer, viniendo á pagar el parricidio y despilfarro, con la or- 
fandad y miseria de la expatriación. 



CONFERENCIAS 



§5 



Se considera á la madre patria como una querida á quien se 
abandona, cuando nuestros excesos cubren su frente de arru- 
gas, y volamos á otras regiones en busca de pueblos vírgenes, 
selvas vírgenes y prados vírgenes. 

También la virgen América, sufriendo las consecuencias de 
nuestra intemperancia, presenta hoy en algunos puntos de Co- 
lombia, el Brasil, la Carolina y Alabama, el espectáculo dolo- 
roso de la esterilidad, de la decrepitud y de la muerte eterna 
de la civilización. 

Aquellos campos, aquellas selvas que hace medio siglo el 
hacha y el arado consideraban inagotables, hoy sólo son el pa- 
trimonio de bestias feroces. 

Funesta como la del caballo de Atila, la huella humana, sal- 
tando de nación en nación y de continente en continente, ca- 
mina desde el prncípio de las sociedades, cual si tuviera por 
misión esterilizar el fecundo seno de la tierra. 

I Qué hará el hombre cuando su aliento impuro haya conclui- 
do de marchitar los encantos de la América y de la Oceanía ? 

En vano cual hijo pródigo, regresará melancólico y arreper 
tido al regazo de la patria primitiva, si en ella no ha de encon- 
trar ni las caricias de una madre, ni las comodidades de un 
hogar. 

La naturaleza es la única madre que no puede perdonar los 
extravíos de sus hijos. 

Todavía resuena en los oidos de la humanidad, el eco de 
aquella terrible sentencia que la condenó á regar el pan con el 
sudor de su frente, y por eso busca por erradas sendas un 
medio de poder eludir la ley indefectible del trabajo . 

Una parte embrutecida, narcotizada, perezosa y entregada 
en brazos del fatalismo, suprime todos los goces de la exis- 
tencia á trueque de suprimir un esfuerzo. Racionales zoófitos, 
paréntesis de su propia especie, prescinden desdeñosos de las 
facultades y atributos que los elevan sobre todos los séres^ y 
se dejan arrastrar impávidos hasta el sepulcro, sin reclamar 
ninguno de sus derechos y sin cumplir con ninguno de sus de- 
beres. 



256 JUAN DE COMINGES. 



Otros, con más vehementes aspiraciones, abusan de su fuerza 
ó de su destreza para emancipar á su raza de la esclavitud del 
trabajo, y luchan, no contra las fuerzas de la naturaleza, sino 
contra otras razas más débiles á quienes no consideran como 
hermanas, sino como auxiliares mecánicos, sin pensar que 
ilotas, parias, esclavos, siervos y pecheros, envenenan la tierra 
que riegan con sus lágrimas amargas. 

El suelo, según Reclus, es un espejo donde se refleja el 
grado de civilización de sus habitantes; y la tierra cultiva- 
da por servidumbre ignorante, gasta sus fuerzas en producir 
abrojos. 

Hay, en fin, otra parte de la humanidad, que se cree la más 
perfecta, porque despreciando todos los impulsos generosos 
del alma, sin veneración al pasado, sin respeto al porvenir y 
esquivando con audacia todos los preceptos sociales, corre fe- 
briciente, desenfrenada, vertiginosa, allí donde puede saciar la 
sed devoradora de sus falaces ambiciones I 

Por un puñado de oro cazará á sus semejantes en África, 
para venderlos en América. 

Por un puñado de oro esquilmará el jugo de la tierra y des- 
poblará las selvas. 

Por un puñado de oro, en fin, exterminará al hombre y á la 
patria del hombre. 

No. Mientras el hombre no conozca prufundamente los 
misterios del planeta en que reside ; mientras ignore las verda- 
deras necesidades de su raza, concederle sin límite alguno el 
usufructo de la propiedad, sería querer precipitar el fin del pe- 
ríodo cuaternario. 

Los títulos de propiedad que las leyes de todos los pueblos 
civilizados conceden á los que han poblado y explotado un pe- 
dazo de tierra durante algunos años, se extienden todos los 
días, sin que la sociedad vea en este acto un ataque contra la 
libertad del propietario primitivo. 

A ser este, señor absoluto de su finca, hubiera permanecido 
siempre en tranquila posesión de ella, sin que ningún intruso 
pudiera disputarle su dominio, so pretexto de abandono. 



CONFERENCIAS 257 



Venimos, pues, en consecuencia, de que no es tan amplio 
ese derecho de propiedad que la sociedad concede al individuo^, 
sino que más bien es un contrato que puede caducar, cuando 
se falte á cualquiera de sus estipulaciones. 

Convencidos los hombres de que la propiedad sin cultiva 
perjudica á la sociedad, aceptan sin resistencia la ley que los 
despoja de ella, haciéndola pasar á otras manos con la precisa 
condición de explotarla. ¿ Por qué han de alarmarse si se am- 
plía esta ley, señalando un método racional de explotación ? 

¿ No son, por ventura, más funestas al bien de la humanidad 
las consecuencias de una brutal explotación, que las que pue- 
dan resultar del abandono completo de la propiedad ? 

Es obligatorio el cultivar la tierra, para que se aumente el 
activo de la humanidad. 

La explotación mal entendida concluye con la renta y con 
el capital. 

No se llena, pues, el fin que se propusieron los sabios le- 
gisladores, cultivando la tierra, sino cultivándola bien. 

Hemos ofendido á la naturaleza ; le debemos una solemne 
reparación. Sea ésta restituirle el primitivo esplendor de que 
nos hablan los sagrados textos, y entonces se levantará para 
nosotros el merecido anatema del Paraíso. 

Estamos á tiempo de volver sobre nuestros pasos. 
Cada día que trascurra será más difícil la obra de la recons- 
trucción. 

Las poderosas palancas de que puede disponer el hombre 
del siglo XIX facilitarán la empresa. 

Entre, pues, la generación presente por tan noble camino, 
si no quiere ser digna de la maldición de las generaciones ve- 
nideras. 

Mas, ¿estará dentro de las facultades del hombre, el poder 
aumentar la belleza y lozanía del planeta en que reside? ¿Cómo 
podrá suavizar el rigor délos climas? ¿Cómo multiplicar la 
producción disminuyendo el esfuerzo? ¿Cómo devolver la fer- 
tilidad al estéril seno de la caduca tierra ? 

16 



258 JUAN DE COMINGES. 



El día en que inspirados los legisladores en el amor hacia 
la raza, prescindan de cobardes contemplaciones hacia el indi- 
viduo, dictarán leyes en que impidan la destrucción de los bos- 
ques, no consentirán cercar la propiedad sino por medio de 
árboles y ordenarán la rotación de las cosechas. 



II 



La gran cadefta de la familia orgánica, desde el impercepti- 
ble utrículo esférico que constituye una criptógama, hasta el 
bípedo racional que se llama hombre, está formada de una 
serie de eslabones, cuya vida se manifiesta con mayor ó menor 
actividad ; pero tan indispensable cada uno de ellos á la exis- 
tencia de todos los demás, que con la desaparición del más 
insignificante miembro de esta familia, con la ruptura del 
más humilde eslabón, vendría tal vez el exterminio de cuanto 
vive, crece y siente sobre la faz de la tierra. 

Antes de que el carbono, hidrógeno, oxígeno y ázoe puedan 
transformarse en materia orgánica; antes que esta materia or- 
gánica pueda servir á la nutrición de los animales y vegetales 
más perfectos, necesita pasar por una serie de combinaciones, 
cuyos misterios empiezan á cumplirse dentro de los más sim- 
ples organismos de los zoosporos é infusorios. 

En este primer ensayo de la vida, está compendiada toda la 
omnipotencia del poder creador; pues tanto el gigantesco cedro 
en el orden vegetal, como el hombre en el orden animal, no 
parecen sino las consecuencias fatales del primer impulso. 

Precursores de razas más y más perfeccionadas, estos mi- 
croscópicos seres, que nada podían recibir de las rocas sobre 
que descansaban, crecieron y se multiplicaron sólo á expensas 
de la atmósfera, depositando en el fondo de mares y lachos gran- 
des acumulaciones de restos orgánicos, que más tarde habían 



CONFERENCIAS 259 



1 

de ser el alimento de otros individuos de organismo más com- 
plicado. 

No sólo sirvieron á los fines de la naturaleza, siendo el ori- 
gen de la vida, sino tornando al ambiente respirable, al asimi- 
larse los mortíferos gases, que por su medio se transforman 
en principios nutritivos. 

Hijos de la misma madre, confundidos en el origen y com- 
pañeros en la cuna, animales y vegetales vivieron desde el 
principio como buenos hermanos, prestándose mutuo apoyo, 
poblando y embelleciendo la tierra. 

Las plantas pedían prestados á la atmósfera y al suelo algu- 
nos gases y algunas sustancias orgánicas diluidas, que devol- 
vían á los animales bajo la forma de sabrosos frutos, y los 
animales pagaban este beneficio enriqueciendo el suelo con las 
deyecciones durante la vida y con su propio cuerpo en el día 
de su muerte. 

Obedeciendo á estas leyes de exaltación y abatimiento; 
girando sin cesar en ese eterno círculo de la vida; ora conver- 
tida en infectos miasmas, ora en delicados perfumes; ya for- 
mando la brillante corola de las flores, ya el asqueroso gusano; 
tan pronto animada y resplandeciente, por todos los encantos 
de la vida, como abatida y repugnante, por todos los extragos 
de la muerte; pero purificándose siempre más y más al pasar 
por el crisol de sus infinitas transformaciones, vino la materia 
á ser digna de constituir el complicado organismo donde se 
guarece el alma racional. 

Hallóse el hombre solo, abandonado y lleno de necesidades 
en medio de una naturaleza desconocida. 

Débil para resistir las fuerzas del elefante, torpe para seguir 
al ciervo en su carrera, y delicado para sufrir desnudo los rigo- 
res de la temperatura, envidió las greñas del león, la vista del 
lince, el olfato del perro, las alas del ave, y hasta las armas del 
tigre y la tortuga. 

Al tender su mirada sobre el armonioso conjunto de tantos 
seres que cumplían estrictamente los misteriosos deberes de 



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260 JUAN DE COMINGES. 



I la existencia, creyóse el animal más imperfecto de la creación. 

Adormecidos todavía los gérmenes de su inteligencia, se vio 
extranjero en la patria donde había de reinar el día en que 
despertaran todas sus facultades. 

Este día no ha llegado. 

Cobarde y egoísta, porque su ignorancia no le deja pre* 
sentir toda la extensión de su período, y desconfiado del por- 
venir, sólo se ocupa de acumular todo aquello que pueda 
satisfacer sus necesidades y caprichos del presente, aunque 
para ello tenga que exterminar á la naturaleza, y acabar con 
los últimos vestigios de su raza. 

No administra ni mejora su propiedad, como rey y señor de 
ella; la saquea y despilfarra, como bárbaro invasor. 

Presuntuoso y soberbio cuando logra arrancar algún secreto 
á la naturaleza, se cree una divinidad y cae en el abismo de 
su ignorancia, como el ángel rebelde de las escrituras y el 
titán de la mitología. 

La honda, el arco, el rémington, la palanca, el vapor, la elec- 
tricidad; unos cuantos pasos dados por el camino del progreso, 
para los que ha necesitado millares de siglos, han llegado á 
hacerle proclamar que estamos en el siglo de las luces. 

¡Que respondan esas feraces regiones, habitadas todavia 
por indómitos salvajes! 

¡Que contesten los infelices africanos, cuyas carnes se flage- 
lan diariamente, con el látigo de la esclavitud! 

¡Que hablen esos hijos desheredados de todas las naciones 
de la tierra, sobre quienes pesan todos los deberes, sin ser 
merecedores de ninguno de sus derechos! 

¡Que lo afirmen esos honrados y laboriosos artesanos, es- 
clavos blancos que vemos morir de hambre cada día, sobre el 
barnizado pavimento de las opulentas ciudades de la culta 
Europa! 

¡Que digan, en fin, si estamos en el siglo de las luces, esos 
paraísos contemporáneos, tornados en verdaderos infiernos 
por la ignorancia y la desidia humana! 



CONFERENCIAS 201 



Extranjero será el hombre en la patria cuyo imperio le está 
destinado, ínterin se haga sordo á las protestas de la natu- 
raleza. 

La humanidad no ha pasado todavía del período de la ado- 
lescencia, supuesto que como niña, no sabe aprovechar los 
escarmientos de su raza. 

Para ser aclamada reina de la naturaleza, para entrar en 
completa posesión de sus derechos, y para arraigar su dinas- 
tía, necesita tener muy estudiado el inventario de sus domi- 
nios; y en vez de contrariar, favorecer las buenas tendencias 
de su pueblo. 

Esta naturaleza que con el solícito esmero de una madre 
previsora, pasó siglos y siglos en preparar cuauto podía servir 
á las necesidades y placeres del hijo que esperaba, ha recibido 
en pago de su ternura la más cruel de todas las ingratitudes; 
pues ve por él desgarradas sus brillantes galas, marchitos sus 
encantos, turbada su armonía y á punto de agotarse sus fuer- 
zas productoras. 

Con razón el hombre ha sido condenado á ganar el pan con 
el sudor de su frente. 

Ha llegado el momento en que ni este sacrificio le basta 
para satisfacer las más precisas necesidades de la vida. 



III 



Entre los estragos causados á la naturaleza por la mano 
destructora del hombre, descuella en primera línea el descuaje 
de sus montes y bosques. 

Esas escarpadas cadenas de montañas que se levantan 
como espina dorsal de los continentes, cuando están adornadas 
con la espléndida cabellera de la vejetacion, son la divinidad 
protectora de los pueblos que viven á sus plantas. 



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262 



JUAN DE COMINGES. 












Miles de siglos han necesitado para poblarse, desde el día 
en que las marejadas de la masa incandescente las arrojaron 
al exterior. Inauditos esfuerzos han realizado las plantas, para 
taladrar con sus delicadas raíces estas moles cristalinas de 
cuarzo, pórfido y granito. 

Si los estrechos límites de un artículo nos permitieran seguir 
paso á paso cada uno de los fenómenos que han tenido que 
realizarse para hacer agradable la morada humana, seguiría- 
mos con los ojos del pensamiento la huella de las infinitas es- 
pecies que se han sucedido y veríamos como cada una de ellas 
después de allanar el camino, ha hecho el sacrificio de su 
existencia, para entregar su cuerpo á la voracidad de las espe- 
cies sucesivas. 

Veríamos como el diminuto esporo de un liquen se fija sobre 
la más pulimentada roca de la montaña, creciendo y multipli- 
cándose en ella, y formando rápidamente en su contorno una 
inmensa sociedad de la misma especie; foco de donde parten 
embarcadas en una ráfaga de viento, numerosas emigraciones 
de nuevos esporos, que á su vez pueblan los más remotos 
confines. 

Veríamos como sus células aglomeradas forman asperezas, 
que son verdaderos recipientes esponjosos, donde al conden- 
sarse los vaporea de la atmósfera penetra el agua, que poco á 
poco se introduce por los intersticios de las moléculas minera- 
les, y que al congelarse, se transforma en la poderosa palanca 
que va levantando molécula á molécula, la prodigiosa cantidad 
de cristales que constituyen al fin lo que llamamos tierra. 

Veríamos cambiar la forma y disminuir el volumen de los 
continentes con este lento trabajo de la naturaleza, que tiene 
por objeto inmediato el ensanchar los dominios del hombre, 
rellenando los mares y lagunas, y formando en su lugar los 
más fértiles y pintorescos valles. 

Veríamos, en fin, aparecer sucesivamente algas, liqúenes, 
setas, musgos, epáticas, colas de caballo, licopodios, heléchos, 
marsileas, etc., seres cada vez más perfeccionados, que empe- 



CONFERENCIAS 202 



zaron acaso con la invisible vexícula del Protococcus y termi- 
naron con esos enormes heléchos arbóreos, sigiliarias y cala- 
mitas que hoy se han descubierto en las entrañas de la tierra, 
mostrándose como las economías de una madre cariñosa, en 
previsión del despilfarro de sus hijos. 

Pulverizados y combinados en justas proporciones los ele- 
mentos de las diferentes rocas, y mezclados con ellos los restos 
de tan numerosos criptógamos, nada faltaba para la aparición 
de los vegetales más perfectos; por eso se poblaron de cama- 
lotes losrios, de juncos los pantanos, de cereales las llanuras y 
de gigantes árboles las laderas de las montañas, donde quiera 
engalanando el suelo con el verde tapiz de la vegetación. 

La misma hora que señaló la aparición del hombre, sonó 
también para la destrucción del reino vegetal. 

Sigamos el rastro desolador que presenta la destrucción de 
los bosques, y habremos encontrado el camino andado por la 
humanidad en sus infinitas peregrinaciones. 

Del mismo modo que al llegarlos primeros albores de la pri- 
mavera, salen del hueco tronco los nuevos enjambres, así 
también de aquellas sociedades primitivas, verdaderas colme- 
nas humanas, fueron saliendo tribus en busca de más dilatados 
horizontes, donde cumplir los deberes de su existencia. 

Sigamos á cualquiera de ellas, y veremos cómo después 
de atravesar los más áridos lugares, llega por fin á establecer 
sus toldos en un pintoresco valle, por donde juguetea un man- 
so arroyo que desciende de una colina poblada de frondosos 
árboles. 

Tributa la muchedumbre adoración al bosque, porque sus 
ancianos han escuchado el melodioso acento de purísimas ninfas 
inmortales, que sustraídas ala vista humana, viven en el tronco 
de las encinas, desde dónde han prometido á la colonia todo 
género de prosperidades, siempre que el hacha destructora 
no profane su castísima morada. Por eso, sumisos, se ampa- 
ran bajo la protectora tutela de sus nuevas divinidades, de 
quienes todo lo esperan. 



204 JUAN DE COMINGES. 



Sagrado templo será en adelante la selva que guarda sus 
dioses tutelares. 

Hay en los contornos lugares malditos donde reina la de- 
solación y la muerte; donde pestilentes miasmas envenenan el 
ambiente; donde terribles huracanes remueven furiosas ma- 
rejadas de arena; donde pululan dragones que matan con la 
mirada. Allí se descubren todavia los vestigios de alguna tri- 
bu, que desobediente é ingrata provocó las iras de sus nú- 
menes, al destruir el sagrado recinto de los bosques. 

Las grandes mercedes que reciben á cada paso, avivan la 
fé y el entusiasmo religioso de los nuevos pobladores. 

Cuando falta alimento á sus ganados, porque los rayos de 
un sol canicular han marchitado los pastos de la verde pra- 
dera y agotado los frescos manantiales, los espíritus protec- 
tores penetran en el organismo de las plantas para convertir- 
b.s en bombas .aspirantes, en sifones que perforan y atraen el 
agua de las arterias de la tierra, en incansables alquitaras que 
saturan el aire con los vapores de su aliento, que, aunque in- 
visible en el espacio templado de la lisura, se denuncia como 
blanca nube entre las elevadas masas de vegetación que coro- 
nan la montaña, y se condensan por fin á su frío contacto, 
viniendo á caer como rocío fecundante sobre la sedienta 

llanura. ' 

Esos mismos vendavales que llevan el exterminio á la re- 
gión maldita, impregnados de la humedad que recogieron 
pasando por dilatados mares, al chocar furiosos contra la selva^ 
se elevan á las regiones frías del espacio, para que desde allí 
se precipiten sus vapores, transformados en blanquísimos 
copos de nieve. 

El frío de las alturas, de acuerdo con los graciosos paraso- 
les de los árboles, conserva estos perpetuos ventisqueros, que 
fundiéndose poco á poco y resbalando por entre las grietas 
de las rocas, originan la cascada que mueve sus simples arte- 
factos, el arroyo que riega sus vegas, el río que les ofrece su 
abundante pesca y la fuente donde la náyade permite satisfa- 
cer los sedientos labios. 



CONFERENCIAS 20 



El espeso follaje del sagrado recinto no deja penetrar el 
frío de los polos ni los vientos abrasadores de la zona tórrida. 
Atenuado por él el rigor de las estaciones, disfruta esta comar- 
ca la dulce temperatura de una primavera eterna. 

Los restos vegetales que allí se acumulan con el transcurso 
de los siglos, arrastrado ; por los torrentes y esparcidos sobre 
la superficie de los valles, devuelven á la tierra fatigada el 
vigor perdido en los esfuerzos de la producción. 

Lanzas y flechas para defenderse de las fieras y cazar las 
aves; juncos y verde musgo para fabricar su mullido lecho; 
incienso y flores para perfumar la tumba de sus héroes; ves- 
tido, albergue y fuego para resistir al clima; delicados caldos, 
nutritivas pastas y sabrosos frutos, con que regalarse en sus 
festines; medicinas que curen sus dolencias; piraguas para des- 
lizarse sobre los ríos, todo cuanto puede satisfacer las necesi- 
dades y embellecer la existencia de la tribu, está previsto por 
la divinidad tutelar que reina en el bosque; todo, desde la cuna 
donde duerme el primer sueño de la inocencia, hasta el féretro 
donde descansa con el sueño de la eternidad. 

No es merecedor de elegir compañera entre las vírgenes de 
la tribu, el mancebo que no haya plantado por su mano algu- 
nos centenares de árboles; por eso los montes se extienden al 
par que los colonos se multiplican. 

Pero pasa la infancia de aquella primitiva sociedad. Des- 
piértase en ella el sentimiento de su independencia; pierden 
su autoridad los ancianos de la tribu y su culto los genios de 
la selva; rómpense las viejas tradiciones, erígense divinidades 
más sensuales, fabrícanse templos donde levanten su voz los 
oráculos, edifícanse ciudades opulentas como Palmira, Tebas, 
Jericó y Gomorra: levántanse, por fin, torres de Babilonia, ba- 
luartes con que la ignorancia y la soberbia humana quieren de- 
safiar el poder de los cielos. 

Más, ay! Aquellos majestuosos bosques, bajo cuya sombra 
tranquila trascurrieron felices las horas de la inocencia; aquellos 
templos perfumados, donde se rendía culto sencillo á los espi- 



266 



JUAN DE COMINGES. 



rituales genios de la naturaleza, ya no existen; con sus despo- 
jos se han alzado templos y alcázares, donde se tributa pueril 
idolatría á monstruos de bronce y de granito; y lo que es peor, 
á monstruos humanos. 

Los sabrosos pastos del pintoresco valle se han marchitado 
para no reverdecer jamás; pero en cambio la civilización les 
ha concedido caprichosos mosaicos y mullidas alfombras de 
Persia. 

Desnudas las montañas, sólo presentan su tétrico esqueleto 
de granito; no hay, pues, el temor de una emboscada por 
parte de sus astutos enemigos. 

Las secas corrientes de la atmósfera, las blancas rocas y la 
calcinada tierra, apenas consienten el desarrollo de algún cac- 
tus solitario, que se levanta en la llanura como fúnebre cande- 
labro ante los despojos de la muerte. No importa; sobre las 
azoteas de los palacios se ostentan fantásticos jardines, de 
donde surgen fuentes perfumadas. 

Las conquistas del arte han dominado á la naturaleza; y 
como las leyes de la guerra conceden al vencedor la vida del 
vencido, la naturaleza sufre resignada las consecuencias de su 
derrota. 

La impetuosidad de los torrentes producidos por el primer 
rayo de sol que funde la nieve de las alturas, dejó profundas 
huellas en el valle ya cubierto de enormes bloques, de menu- 
dos guijarros y de voladoras arenas. Los ríos, arroyos y cas- 
cadas; los perfumes, los gorgeos, las esbeltas cabanas; las 
doradas mieses, los blancos rebaños: todo ha desaparecido. 
El genio de los bosques se ha vengado de los ultrajes de la 
soberbia tribu. Los límites del campo maldito se han dilatado. 
El hombre ha emigrado en busca de un nuevo edén donde 
sembrar el germen del exterminio. 

¡Árbol! ¡Compañero inseparable de la existencia humana, 
desde la aurora de la vida, hasta el crepúsculo de la muerte! 
¡Solícito protector de nuestra debilidad! ¡Manantial incansable 
de ternura! ¡Eterno y fiel amigo, que sólo te alimentas del 



CONFERENCIAS 267 



corrompido aliento que exhalamos, tornándonos en cambio 
brisas perfumadas! |Tú, que humilde y resignado te ofreces en 
perpetuo sacrificio en honor del ser más egoista de la crea- 
ción! ¡tú, que le brindas espontáneamente tus frutos, sin recla- 
mar siquiera la retribución de las labores ¿qué hiciste para 
merecer en pago de tus bondades la persecución y la muerte? 
¿Por ventura has excitado las iras de un hermano envidioso, 
con el ejemplo de tus virtudes? Deten, mano destructora, el 
golpe criminal del hacha con que amenazas al árbol, si no 
quieres que irritada la naturaleza te pregunte de nuevo; Cain, 
¿qué has hecho de tu hermano? 



IV 



Poderoso es el conjunto de los esfuerzos humanos, cuando 
combate contra los esfuerzos de la naturaleza. 

Humilde y resignada esta madre cariñosa, recibe los golpes 
que le asesta el hijo ingrato, á quien sigue prodigando sus 
caricias mientras conserva un resto de existencia. Su amor in- 
tenso la suministra maravillosos recursos, con que prolongar 
una vida que desea para no dejar huérfana á la humanidad. 

Lágrimas de savia vierte la selva al sentirse herida por el 
hacha del leñador, que, cual cobarde buitre, satisface sus ins- 
tintos feroces en la víctima indefensa. 

Entre los antiguos romanos, los padres tenían el derecho de 
matar á sus hijos. Los hijos del siglo XIX tienen el derecho 
de matar á su madre. 

¿Quién salvará los bosques de la América del Sud de las 
manos de unos cuantos propietarios, cuyos legales títulos les 
conceden hasta el derecho de exterminarlos? 

¿Seremos eternamente sordos á las protestas de la natu- 
raleza? 



268 JUAN DE COMINGES. 



¿No han de aprovecharnos las severas lecciones sufridas, á 
causa de la barbarie de nuestros antepasados? 

¿Hemos de desdeñar como absurdas teorías, las más paten- 
tes demostraciones de la ciencia? 

¿Querremos tener más dominio sobre el terreno de que esta- 
mos en posesión, que el que las leyes nos conceden sobre 
nuestra propia existencia? 

¿Han de alcanzar los derechos de propiedad hasta conceder- 
nos la facultad de extinguir á la naturaleza? 

¿Por qué hemos de estar autorizados para destruir á nuestra 
raza, cuando no lo estamos siquiera para destruirnos á nos- 
otros mismos? 

¿No está, por ventura, probado hasta la evidencia, que el 
golpe del hacha al derribar el árbol, cae de rechazo sobre la 
cabeza de la hamanidad? 

La extinción de los árboles traería consigo la extinción de 
la sociedad. Prescindiendo de los méritos morales, la ciencia 
económica fija el valor material de cada hombre, de cada uno 
de los animales más perfectos de la creación, en un precio, que 
no alcanza á las dos terceras partes de lo que vale en los mer- 
cados, cualquiera de los individuos más perfectos del reino 
vegetal . 

Mil libras esterlinas se han pagado en Londres, al distingui- 
do español don Pastor Pérez de Lasala, por el cedro que figuró 
en la Exposición de Córdoba; y aquel árbol no alcanzaba á la 
mitad del desarrollo de otros de la misma especie, que hemos 
tenido la dicha de contemplar en las majestuosas selvas tucu- 
manas. 

Si está prohibido por las leyes asesinar al hombre directa- 
mente, ¿por qué ha de ser lícito asesinar á la humanidad por 
carambola? 

Está probada la deficiencia de estas leyes, desde que el hom- 
bre ha encontrado el modo de eludirlas, con perjuicio de su 
propia raza. 

La reforma de los códigos es, pues, indispensable. 



CONFERENCIAS 269 



¿Será urgente? 

La necesidad del combustible, las construcciones urbanas, 
las artes mecánicas, la marina, las industrias en general, ex- 
traen de los bosques aquella primera materia que llena las 
necesidades de los pueblos cultos, al transformarse en fuego, 
muebles, edificios, utensilios, engranajes, aparatos, barcos, 
traviesas de ferro-carril, tejidos, colores y hasta calor para 
alimentar á las locomotoras. 

La naturaleza, que concedería gustosa la satisfacción legíti- 
ma de nuestros deseos, no puede sobrevivir á las consecuencias 
de nuestro despilfarro, v 

» 

Si el propietario de un rebaño matara una res cada vez que 
deseara un pellón para su montura, ó un cuajo para sus que- 
cos, ó una lengua para satisfacer su apetito; en una palabra, 
si hiriese á diestra y siniestra sin reparar en clase, sexo, ni es- 
tado físico, ¿cuánto tardaría en quedarse sin ovejas.?^ 

El dueño de un monte, corta los árboles enteros cuando 
necesita leña, sin cuidarse de averiguar si cortado en épocas ó 
estaciones diferentes, darían más pingües resultados, y queda- 
rían las raíces en aptitud de brotar de nuevo tallos cada vez 
más vigorosos. 

Cuando desea taninos para la industria de curtidos, derriba 
por el pie al gigante sevil, saca con toda comodidad su corte- 
za, y abandona los restos á la naturaleza, quien acaso ofendida 
los destina á producir el incendio. 

Si es madera solamente lo que necesita, separa la troza más 
aprovechable para el inmediato objeto, y la arrastra hasta su 
morada, dejando entre la espesura del matorral, las ramas, las 
astillas y la corteza. 

No vacila, en fin, en derribar el más robusto habitante de 
sus bosques, cuando quiere alcanzar alguna fruta silvestre, al- 
guna linda parásita, alguna flor, algún ave ó alimaña herida. 

Este dueño se ama á sí mismo lo bastante para no limitar 
sus necesidades y caprichos, y ama también, si los tiene, á sus 
hijos y á sus nietos, para quienes considera que han de alean- 






270 JUAN DE COMINGES. 



zar, á pesar del despilfarro, lefias, curtientes, maderas y frutas. 
En cuanto á la suerte de las demás generaciones, permanece 
indiferente; porque sabe que no han de lastimarle los oídos 
con las lamentaciones de su segura miseria. 

No siempre sucumben los bosques víctimas de una irrefle 
xiva explotación, que los arrastre gradualmente al aniquila- 
miento. Algunas veces basta el corto período de un año, para 
ver transformados en campos cultivados, los más extensos é 
impenetrables bosques. 

Hay un daño todavía de consecuencias más fatales que la 
tala, el incendio y el descuaje. Este daño es el que resulta 
de la invasión perpetua de los ganados. 

El reino vegetal tiende á su conservación. 

Por desatinado que sea el plan de aprovechamiento, nunca 
es tan completo el extrago que no se sustraigan de él algunas 
semillas, ramas ó raíces, con las que, en pocos años, se repo- 
blarían los montes más destruidos, siempre que, cesando la 
persecución, seles abandonase á las fuerzas déla naturaleza. 

Mas esto no sucede; porque los tiernos individuos que des- 
precia el hacha exterminadora, no escapan á la huella y diente 
de los animales invasores. 

El tierno y jugoso vastago que procede del retoño de una 
raíz, de un acodo natural, de un esqueje ó de la germinación 
de un grano, es hollado ó comido cuantas veces intenta aso- 
mar sus verdes hojas á la superficie de la tierra. 

Cuando cruza el naturalista por los extensos palmares de 
Cerro-Largo, en la República Oriental, donde sólo aparecen 
individuos adultos; al ver el cuadro desolador de aquella socie- 
dad, que cual todas camina á la muerte, pero sin el consuelo 
de la reproducción, al interrogar la naturaleza, responden los 
anillos de los estípites: «hace siglo y medio que las charquea- 
das de Olimar y Cebollatí viven á expensas de la sangre de 
nuestros hijos». 

Los bosques de la República Argentina, donde ha penetra- 
do ya ese preludio de civilización que se llama ganadería, se 
encuentran en el mismo caso. 




CONFERENCIAS 2 7 I 



Restemos cuatro ó cinco años de la edad del individuo más 
joven, y tendremos la fecha de la población de aquellas es- 
tancias. 

Inmensos tesoros de vegetación pueblan las faldas de San 
Javier y de Aconquija; pero no ha alcanzado ni alcanzará jamás 
el poder de Sarmiento, á reunir algunos ejemplares jóvenes de 
tipas y cedros tucumanos, para embellecer su querido parque 
de Palermo. 

Es urgente el remedio. 

Un siglo más de indiferencia por parte de los legisladores, 
y sonarán para el continente Sud-Americano los ecos aterrado- 
res de las trompetas de Jerícó. 






PROTECCIÓN A LA INDUSTRIA 



CONFERENCIA PRONUNCIADA EN EL LOCAL 

DÉLA «Unión Industrial Argentina,» el i 6 de mayo de 1890, 



Señores: 

Cumpliendo los estatutos de la Unión Industrial, su Comi- 
sión Directiva acaba de inaugurar una serie de conferencias, 
que tiendan á remover los obstáculos que se oponen á la 
marcha progresiva de nuestras nacientes industrias, y á mí, 
el más indigno de los miembros de esta -asociación, me ha 
cabido la honra de ser uno de los designados para tomar en 
ellas parte activa, lo que atribuyo, ya que no puedo á mis 
aptitudes, á la buena voluntad, que todos me reconocen, cuan- 
do se trata de servir á un país, que aunque no fuese la patria 
de mis hijos y mis nietos, debería amarle por ser tan espléndido 
en su naturaleza como en sus instituciones y porque es la tabla 
salvadora de todos los náufragos del viejo mundo. 

El momento elegido por los representantes de la industria 
para iniciar estas conferencias, parece, á primera vista, el más 
oportuno, no tan sólo porque es aquel en que los industriales 
se sienten más necesitados de la protección del país, sino por- 
que también es aquel en que el país, por una muy dolorosa 
experiencia, ha venido á penetrarse de la necesidad de fomen- 
tar sus industrias para ser verdaderamente rico y verdadera- 



V 



CONFERENCIAS 273 



mente independiente y para poder afrontar con ánimo sereno 
las funestas veleidades de esa deidad coqueta que se llama oro, 
á cuyos caprichos despóticos tienen que someterse sin protesta 
los pueblos que no saben defenderse con las armas de la in- 
dustria. 

Pero, Señores: 

No nos hemos reunido en este recinto los industriales, para 
condolernos mutuamente de los males que nos aquejan, pues 
eso ya lo hacemos cada día y cada hora en nuestros tristes 
hogares, ni para calificarlos, pues los más sabios doctores es- 
tán contestes en el diagnóstico; ni tampoco para discutir su 
mejor antídoto, que harto le conocemos, sino para procurar 
el remedio que hubiera de darnos la salud apetecida. Y ¿habrá 
alguno entre nosotros que confíe sinceramente en que éste 
sea el momento oportuno para obtener este remedio de los 
farmacéuticos que tienen el deber de suministrarle? 

No. Todos sabemos que las farmacias donde debería 
encontrarse el antídoto que hiciera robustecer á la débil ado- 
lescente industria nacional, para que el día no lejano levantase 
á la patria sobre sus potentes hombros, se han transformado 
en confiterías, donde se sirve, no á los enfermos que buscan 
la salud, sino á los golosos que van á perderla. 

Aunque haya que disgustar á ese uno por mil de los habi- 
tantes de la República, que por ser mozos, ó socios, ó clientes 
favorecidos de esas confiterías, no se conformen con la verdad 
que debe resplandecer en esta tribuna, desde donde sin la pa- 
sión del partidario y con el desinterés más noble, se busca 
el bien del país, hay que dejarse de metáforas, y decir en buen 
castellano, para que entendiéndolo todos, traten de conjurar el 
mal que nos debilita: La industria argentina necesita la pro- 
tección de los Bancos oficiales. Los Bancos oficiales niegan 
hoy su protección á los que no pueden ostentar más que el 
modesto título del gremio de trabajadores á que pertenezcan. 
Para ser protegidos no basta ser neutrales en política, como 

lo somos, por regla general los que vivimos de la industria, sin 

17 



2 74 JUAN DE COMINGES. 



más aspiraciones que la de que nos dejen trabajar en paz. 
Para ser protegidos no basta el ser industriales competentes y 
honrados. En una palabra: la protección de los Bancos oficia- 
les no alcanza á los hombres de responsabilidad y de honor 
que, ocupándose de las artes y de las manufacturas, son los que 
pueden conjurar las grandes crisis, sino á los partidarios que 
son los que las provocan. 

¿Cuál no sería el esplendor de la Confederación Argentina 
si la plata que se ha dado á los partidarios para palcos en la 
Opera á 8.000 pesos; para muebles, carruajes y troncos ex- 
tranjeros; para jugadas en los clubs, en la Bolsa, en los hipó- 
dromos y en las canchas de pelota, y en fin, para absurdas 
especulaciones que después de arruinar al país han concluido 
por arruinarlos á ellos mismos, se hubiese destinado, con segu- 
ridad y con prudencia, al fomento de todas las industrias adap- 
tables, sin excluir la agrícola y pecuaria.^* 

Señores: no fundemos nada sobre falaces ilusiones. La in- 
dustria nacional no ha de ser protegida por ahora y como 
nuestra capacidad productora no ha de aumentar, porque no 
sólo no hay protección, sino que aumentan las patentes; y 
como los despilfarros no han de contenerse para que no se 
desbanden los parciales; y como la pesada deuda que gravita 
sobre nuestros hombros no ha de extinguirse sino acrecentarse, 
á pesar de que pagamos anualmente al extranjero más de 
34,000,000 Si oro! sólo bajo el concepto de intereses y como 
nuestra reputación en Europa, está por el suelo, hasta el punto 
de que la corriente fertilizadora de la inmigración se ha 
contenido; y como los vicios adquiridos por los que han dis- 
puesto, sin criterio, del tesoro público, no han de olvidarse en 
cuatro dias; y como no han de conformarse con el trabajo ho- 
nesto, los que se han cebado ya con los negocios de lucro 
inmediato; y como de todas estas razones juntas y otras que 
suprimo, para no hacer este cuadro demasiado obscuro, se 
desprende que la crisis que nos agobia no es una calamidad 
pasajera, sino que durará todo lo que resta del periodo pre- 



CONFERENCIAS 275 



sidencial y algunos aftos más, aun cuando subiese al poder un 
Washington, lo mejor que puede aconsejarse á los que se 
ocupan de la industria es que no confien más que en sus pro- 
pias fuerzas; más claro, que el que tenga que liquidar que li- 
quide. 

No creo posible sacar deducciones más lisonjeras de datos 
tan precisos como los que nos vienen saltando á la vista, desde 
hace algunos años. 

Nadie, con fundamento, podrá tacharme de pesimista, y oja- 
lá que acontecimientos fortuitos se encarguen de desmentirme. 

Dos causas he tenido presentes para expedirme con esta 
franca rudeza. La primera es que no debe adormecerse ^ los 
industriales con el narcótico de falaces esperanzas para no es- 
ponerlos á un despertar en que peligre su fortuna y su honra. 
La segunda es que el que ocupe hoy esta tribuna para tratar 
sobre intereses industriales, que dependan de la protección ofi- 
cial, tiene que aparecer muy candido en las altas regiones, si no 
comienza su discurso declarando que la experiencia no permite 
confiar en la benignidad de las brisas que soplen de ese lado. 

Hecha esta salvedad, ya se puede, sin riesgos, verter algu- 
nas opiniones, acerca de lo que correspondiera hacer en su 
día, en defensa de las industrias nacionales, á los que vengan 
¿ regir los destinos de la patria. 

jurante la administración del General Roca, en cuya época 
no se veía la industria argentina tan postrada como hoy, cuan- 
do un socio del Club Industrial solicitaba de su Comisión Di- 
rectiva una garta de recomendación para obtener un pequeño 
auxilio de los bancos oficiales, esta se la otorgaba, previos in- 
formes minuciosas, y hay que declarar lealmente, que jamás 
fueron desairadas nuestras recomendaciones, no sólo por el 
respeto que merecía aquella institución, sino por que, di- 
gámoslo con orgullo, ninguno, entiéndase bien, ninguno de 
los modestos industriales, recomendados por nosotros á la be- 
nevolencia de los bancos, dejó de satisfacer con toda puntua- 
lidad los vencimientos. Yo quisiera preguntar si se han con- 



276 JUAN DE COMINGES. 



ducido con igual honradez comercial los personajes presenta- 
dos á los bancos por altos magnates, durante estos últimos 
años, y á quienes, aunque insolventes y acaso sin profesión,, 
se les entregaban fabulosas sumas. 

Y hay que añadir, señores, que á tal punto se mantenía el 
decoro de aquel centro, que nosotros, los miembros infor- 
mantes, que día á día favorecíamos, con nuestra recomenda- 
ción á los peticionarios, jamás usamos de nuestro influjo, en 
servicio de nuestros intereses particulares, conducta honesta 
que debía servir de ejempTo á los directores de los bancos ac- 
tuales. 

Pues bien, señores: ya que no por los honrosos anteceden- 
tes que tiene la patriótica institución de que formamos parte; 
ya que no por lo retributivos que son para el engrandeci- 
miento del país los anticipos que se hagan á su industria hasta 
que salga del período de la adolescencia; ya que no por grati- 
tud y patriotismo, al menos por el interés inmediato que ob- 
tendría, sin riesgo, el capital de los bancos, deberían esas~ 
instituciones otorgar el crédito más ilimitado á toda petición 
de industrial, radicado ó á radicarse en el país, siempre 
que viniera recomendada por la Unión Industrial Argentina. 

La Unión Industrial Argentina, por su conducta actual, por 
el fin patriótico que persigue, por la clase social que la cons- 
tituye, por los hombres que la rigen, por su competencia en 
las artes, oficios y manufacturas y por sus honrosísimos ante- 
cedentes, tiene conquistado derecho de ser atendida con pre- 
ferencia y sin vacilaciones, informes, ni consultas, cada vez que 
facilite á un industrial una carta de introducción para los ban- 
cos oficiales; y si los bancos oficiales consultasen mejor sus 
verdaderos intereses deberían felicitarse de tener clientes tan 
perfectamente seguros como los que puede recomendarle una 
institución tan honrada, tan competente, tan iniciada en la in- 
teligencia y moralidad de sus asociados y tan celosa de man- 
tener su decoro. 

El directorio de los Bancos concede ó niega el crédito en. 



CONFERENCIAS 277 



virtud de un criterio que no puede ser siempre perfectamente 
equitativo, ya sea por apoyarse en informes calumniosos ó 
demasiados benevolentes, ya por tener que doblegarse ante 
imposiciones incontrastables; de lo que resulta, no sólo que 
con harta frecuencia se dé plata para vicios ó para especula- 
ciones descabelladas, sino, y lo que es de mas fatales conse- 
cuencias para el país, que muchos grandes progresos dejan de 
cumplirse por no conceder á sus iniciadores el crédito indis- 
pensable. 

Esto es: los Bancos sufren descalabros; la sociedad se es- 
candaliza; los hombres de iniciativa se desalientan y la nación 
no progresa en las proporciones que debiera hacerlo, á dirigir- 
se con mejor criterio la corriente del crédito. 

La Comisión Directiva de la Unión industrial no se encuen- 
tra en el caso del directorio de los Bancos, supuesto que co- 
noce personalmente á todos los industriales; sabe cuál es su 
laboriosidad; cuál es el estado de sus negocios; cuál su capaci- 
dad para manejarlos, y en una palabra, cuáles son sus necesi- 
dades y cuáles son los límites del crédito que puede concedér- 
seles. 

Por otra parte, siendo la que representa á la única asocia- 
ción competente en los distintos ramos de la industria, debe 
suponerse que no se hará ilusiones acerca de industrias inadap- 
tables hoy en la República, y por tanto, que no puede haber, 
ni remotamente, el temor de que, siendo sorprendida, dé reco- 
mendaciones á visionarios ni á caballeros de industria. 

No teman los Bancos; la Unión Industrial no dará nunca 
cartas de introducción á los industriales que se propongan fa- 
bricar patines en el Chaco, ni hielo artificial en el Puente del 
Inca, y todavia menos á los que en dias de labor acuden á las 
canchas de pelota. 

Den los Bancos con entera confianza, lo que puedan dar á 
los recomendados por la Unión Industrial Argentina, y estén 
seguros de que ganarán mucha plata y que dentro de muy 
pocos años habremos dejado de pasar por la vergüenza de re- 



í-^. 



278 JUAN DE COMINGES 



cibir de Europa artículos elaborados con nuestras materias 
primas. 

Pero, vamos á cuentas. La protección que la industria pre- 
cisa, ¿se limita exclusivamente á la que puedan prestarle los 
bancos oficiales, por medio de algunos pesos ? 

De ningún modo; ésta no es protección, ni como protección 
puede pedirse, desde que los bancos no son más que una es- 
pecie de registros que venden sus mercaderías á plazo, por un 
precio convencional y que no abren crédito al que no les ins- 
pire confianza. Los registros no son instituciones filantrópicas. 
Son casas de comercio que hacen negocios con la esperanza 
del lucro. 

Para que este servicio recíproco, pudiera calificarse de pro- 
tección, era prenso (y estaría muy puesto en razón) que los 
bancos oficiales, por ser bancos oficiales, acordasen su capital 
á largos plazos y con un interés más reducido que el interés 
corriente de plaza á los que se propusieran emplearlo en el 
fomento de las industrias nacionales. Éste, sí, sería un servicio 
que los industriales y más que los industriales el país entero, 
tendría que agradecer á los poderes públicos que tales dispo- 
siciones decretasen. 

Sin embargo, si las nacientes industrias nacionales no hu- 
biesen de contar, para alcanzar su desarrollo y su independen- 
cia con más protección que la de alguna plata, prestada en 
condiciones más ó menos liberales, desde ahora podríamos ase- 
gurar que pocas, muy pocas de entre ellas, conseguirían salir 
del período de la adolescencia. 

Sin ciertas reformas en las tarifas aduaneras, dictadas con 
prudencia en servicio de la industria nacional, el dinero de los 
bancos, aún obtenido en condiciones holgadas, podría volverse 
contra los intereses del mismo que los recibió y de rechazo 
contra los intereses del banco que presta. 

Pongamos un ejemplo: un fundidor, que acaba de celebrar 
un contrato por algunas toneladas de columnas, en la seguri- 
dad de que puede suministrarlas tan buenas, á igual precio y 



CONFERENGJAS 279 



en más corto plazo quesi fuesen encargadas á Europa, solicita 
y obtiene de uno de los bancos oficiales y en condiciones con- 
venientes, un préstamo con el que le sobra para salir de 
apuros. Mas hé aquí que de la noche á la mañana se encuen- 
tra con que se han declarado libres de derechos de importa- 
ción todos los artículos de fierro fundido y se han elevado los 
de los lingotes y los del combustible. 

Las tarifas aduaneras habrán arruinado al fundidor, á pesar 
del desahogo con que operaba, y además habrán hecho sufrir 
al banco demoras y quebrantos. 

Habiendo tratado de demostrar la necesidad de hacer anti- 
cipos á los industriales, pero que éstos deben apoyarse, para 
que sean eficaces, en la protección aduanera, hay que decir al- 
gunas palabras para calmar Ja susceptibilidad de los libre 
cambistas que no quieren convencerse de la imposibilidad que 
hay, de que crezca la industria, cuando no se la favorece al dar 
sus primeros pasos. 

En un país como el nuestro no hay que discutir lo que debe 
hacerse para que las industrias florezcan y den opimos frutos, 
sino seguir paso á paso, el proceder seguido por los que, con 
su talento práctico, han llegado á formar un grupo de setenta 
millones de hombres para constituir la primer nación agrícola 
y la primer nación manufacturera del mundo. No hay que de- 
cir que me refiero á la gran Confederación Norte-americana, 
que tantos puntos de contacto tiene con nosotros y á la que 
seguimos tan de cerca. 

Mucho admiró á los economistas europeos el ver que se de- 
claraba decididamente partidario de la escuela proteccionista, 
el pueblo que había sabido constituirse bajo unas leyes dicta- 
das por el sentimiento más puro de la democracia. 

El proteccionismo de los Norte-americanos aparecía como 
la única nota desafinada en el armoniosísimo concierto de la 
libertad. ¿Cómo podía explicarse que la augusta matrona que 
recibía cariñosa en su fértil regazo á todos los hijos deshereda- 
dos del viejo mundo, y que sin inquietarse de razas, costum- 



28o JUAN DE COMÍINGES 



bres, aptitudes y creencias, los asimilaba á la familia, como 
sus propios hijos.... cómo podía explicarse, repito, que fuese 
al propio tiempo la misma que, ahogando por frío cálculo 
egoísta el sentimiento de fraternidad de la familia humana, 
retardase la marcha del mundo hacia el bello ideal del inter- 
cambio libre, restringiendo la entrada de las mercaderías ex- 
tranjeras por medio de esa vieja muralla, que se llama derecho 
de importación? 

Si hemos de dar crédito á nuestros sentidos, la infabilidad 
no es solamente un atributo del Sumo Pontífice; lo es también, 
y muy tangible, del pueblo Norte-americano. Sus legisladores, 
que bien pudieran llamarse sus profetas, dictaron códigos tan 
admirablemente sabios, que no sólo se adaptaban al clima, al 
suelo y al carácter etnográfico de los primitivos pobladores, 
sino que, presintiendo el anhelo presente y futuro de todas las 
razas civilizadas, edificaron un monumento imperecedero, bello 
ideal de la humanidad hacia el que habían de converger todos 
los hombres de aspiraciones elevadas que quisieran trocar el 
degradante nombre de subditos por el honroso título de ciu- 
dadanos. 

Pero aunque el pueblo acababa de emanciparse para siem- 
pre, por el poder de las armas, de la presión avasalladora de la 
metrópoli, no por ese primer acto de soberanía creyeron sus 
sabios legisladores haber asegurado la completa independen- 
cia de la gran República. Ellos comprendían que no es posible 
sacudir el yugo de la esclavitud al liberto que no se basta á sí 
mismo, y que la verdadera emancipación de los individuos ó 
de los pueblos, no consiste en tener las manos desatadas, sino 
en saber servirse de ellas. 

Los vencedores de la víspera en el campo de batalla, hubie- 
ran á su vez sido dominados en la batalla de la industria, mil 
veces más funesta para el vencido, porque no muere con el 
entusiasmo de los héroes, sino en medio de las prolongadas 
agonías de los anémicos. Pero aquellos patriarcas previsores 



■^ 



CONFERENCIAS 28 1 



que habían escandalizado álos pueblos decrépitos de la tierra, 
al consagrar todas las libertades, no se dejaron deslumbrar por 
la brillante teoría del libre cambio, único escollo en que hubie- 
ra podido estrellarse el porvenir de su hermosa patria, y única 
libertad que hubiera sido aplaudida y bien aprovechada por 
las naciones industriales de la Europa. 

Colectividad nueva, que acababa de aparecer á la vida in- 
dependiente, la Confederación Norte-americana, no podía, sin 
exponerse á la derrota, ó más bien al suicidio, presentarse iner- 
me á la lucha por la vida contra veteranos de la industria que 
contaban á retaguardia con repletos arsenales. 

Para asegurar la independencia conquistada á costa de tan 
heroicos esfuerzos y para favorecer el desarrollo del cuerpo 
social, era indispensable explotar todos los manantiales, des- 
pertar todos los gérmenes de la riqueza nacional y estimular, 
por medio de la protección oficial, la actividad y la inteligencia 
de los ciudadanos. El libre cambio hubiera cegado los prime- 
ros, dejado latentes los segundos y enervado el laborioso ins- 
tinto de los últimos. 

Consagrando el libre cambio se completaba, ciertamente, el 
conjunto armonioso de todas las libertades proclamadas; pero 
se daba un golpe mortal á la existencia del nuevo Estado. 

Los proceres Norte-americanos, descendiendo de los seduc- 
tores espacios de lo ideal al prosaico terreno de la vida prác- 
tica y apoyándose en que la salvación del Estado es la supre- 
ma ley, se decidieron por defender las suyas propias contra la 
invasión de las industrias extranjeras. 

Que nieguen la infabilidad de aquellos hombres los que hoy 
ven á la gran Confederación del Norte á la cabeza del mundo 
en riqueza y en poder; riqueza y poder que sirve para bastar- 
se á sí mismos y para remediar con carne, pan y algodón bara- 
to, el hambre y la desnudez de muchos millones de europeos!! 

Queda, pues, demostrado con hechos irrefutables que aquella 
sola nota que nos parecía desafinada en el armoniosísimo con- 



282 JUAN DE COMINGES. 



cierto de sus libertades, es precisamente la que más ha con- 
tribuido á afianzar su independencia y á hacer á ese pueblo 
indispensable para la conservación de otros pueblos situados 
allende los mares. 

Los más recalcitrantes libre-cambistas, no pueden dar lec- 
ciones de democracia al pueblo más demócrata del planeta. 
Él sabe muy bien que el interés del Estado debe estar muy por 
encima de los encontrados intereses de los individuos. La pro- 
tección que los curtidores argentinos pudiesen recibir del Es- 
tado, si éste aumentase los derechos de importación de cordo- 
banes, charoles, becerros, tafiletes, etc., no gravitaría absolu- 
tamente nada sobre las industrias que tienen estos artículos 
como materia prima; gravitaría levemente sobre todos los ha- 
bitantes del país, sin excluir á los mismos curtidores y sólo 
durante el corto período de incubación de la industria. ¿Qué 
ciudadano de medianas luces no soportaría gustoso ese peso 
tan leve y tan eñ'mero, con tal de ver (como lo veríamos en 
pocos años) no sólo abaratarse el artículo con la natural é im- 
prescindible competencia entre los curtidores, sino abastecer 
al país y exportar elaborados los millones de cueros que hoy 
mandamos como materia prima? Pues qué: ¿No es humillante 
para la dignidad de un pueblo que ha llegado á la altura de 
civilización en que felizmente nos hallamos, el tener que man- 
dar á Europa, quizá en el mismo barco, el cuero y el tanino á 
fin de que con esas dos materias primas nos hagan imas sue- 
las para nuestros zapatos y hasta los zapatos mismos? 

Para hacer florecer aquí ésa y otros centenares de latentes 
industrias, no nos falta nada; absolutamente nada, más que 
una pequeña cosa. Que sean nuestros mandatarios tan hom- 
bres de Estado como lo es el ultimo concejal de Norte Amé- 
rica. 

El capital es cobarde y en ese defecto estriba toda su in- 
teligencia. El capital es ciego, y no se fía más que del sentido 
del tacto. 

Cuando el capital ve que hay ya establecida una industria 



CONFERENCHS 283 



provechosa, no vacila en reproducirla; pero no es capaz de 
crearla si alguien no le da, bajo cualquier forma, una garantía 
que le asegure el interés que se propone. 

Ese alguien no puede ser otro que el representante de una 
sociedad que piense en su porvenir. 

Los grupos humanos que surgen á la escena de la vida no 
traen consigo otras industrias que l\ caza, la pesca, el pastoreo 
ó cuando más una agricultura rudimentaria; las demás no llegan 
á florecer si, al constituirse en naciones estas pequeñas colec- 
tividades^ no se las inspira confianza por medio de una protec- 
ción de cualquier género. 

Eso es lo que han comprendido los sabios legisladores norte 
americanos, y es por eso porque, los que se rigen por las 
leyes más liberales de la tierra, han aceptado el proteccionismo 
para su casa, pasando por alto la vocinglería de los impreviso- 
res, y es por eso por lo que, en tan pocos años de existencia, 
se han puesto, en industrias, á la cabeza de las naciones y se 
han enriquecido hasta el punto de que los que han resuelto 
los más arduos problemas, no pueden hoy resolver el de lo 
que han de hacer con su dinero, ni el de lo que han de hacer 
con sus manufacturas. 

¿Por qué nosotros, nación nueva, situada en el mismo con- 
tinente, que paso á paso hemos caminado en todo sobre sus 
huellas, no hemos de resolvernos á imitarla en el hecho más 
trascendental de su próspera existencia? 

No pidamos protección al Gobierno, para esas industrias 
que sólo pueden aclimatarse en el país á la sombra de la pro- 
tección, á menos que pertenezcan á las que servirían, en caso 
de bloqueo, para la defensa del Estado. 

Y ¿cuáles son las industrias que no se aclimatarían sin la 
protección oficial, indefinida, ó lo que es lo mismo, sin el sacri- 
ficio permanente de todos los habitantes de la República.í' 

Eso lo sabríamos dentro de diez años, que es el límite más 
largo á que esta protección debe extenderse; porque las in- 
dustrias que para entonces no pudieran caminar sin andadores, 



284 JUAN DE COMINGES. 



ya podíamos abandonarlas á su mala suerte, sin miedo de 
pasar por antipatriotas; pero desde luego puede asegurarse 
que no sería ninguna de las que emplean productos indígenas 
como materia prima. 

Ya no vienen sino por excepción, de Irlanda canastos de 
papas, ni cajones de fideos de Italia, ni sacos de porotos de 
Chile, ni barricas de maíz, medio calcinado de los Estados Uni- 
dos, á pesar de que los retrógrados de hace 20 años se mofa- 
ban de los que confiábamos en esta bendita hora. Para ellos 
el bello ideal del progreso argentino consistía en una gana- 
dería semi-salvaje. Los hijos de aquéllos celebran hoy un 
concurso en el que no se desdeñan de admitir nuestros ricos 
productos agrícolas, algunas de nuestras materias primas y no 
pocos artículos de manufactura nacional. 

Los tiempos han cambiado, pero cada tiempo tiene sus 
retrógrados, más ó menos disfrazados, pues si no los hubiese, 
imposible sería que todavía en 1890 entrasen por nuestras 
aduanas: muebles, vinos, licores, tejidos, cerámica, cueros 
curtidos, arneses, bujías, calzado, papel, aceites, vidrios, ca- 
rruajes, confecciones, pasas, encurtidos, conservas, jamones, 
cristales y tantos otros artículos que, elaborados aquí, enrique- 
cerían al Estado, ocuparían millones de brazos, impulsarían el 
comercio y la navegación y formarían la fortuna de cientos de 
empresas y de particulares. 

Aun hay en la República Argentina, gentes con reputación 
y hasta posición de hombres de Estado, que tuercen el gesto 
cuando se les habla de favorecer el desarrollo de ciertas indus- 
trias, lógicamente adaptables, como si se les hablase de esta- 
blecer un ascensor hasta la luna. Son los discípulos de los que 
hubieran dejado al país eternamente convertido en un in- 
menso saladero, porque no creían entonces en el milagro de la 
agricultura, como hoy no creen en los milagros de la industria. 

Las remoras de hoy no son los descreídos ni los imbéciles; 
son los que no quieren sacrificar nada al porvenir de la patria 
si no les produce algo en el presente; son los que, engolfados 



CONFERENCIAS 285 



sólo en la recolección, se mofan de los que siembran; son en 
fin, los que para ganar tiempo, no nos dan más que promesas, 
que, á confiar en ellas, serían para los abatidos industriales, lo 
que las inyecciones hipodérmicas para los dolientes, que em- 
piezan calmando y terminan envenenando. 

Señores: por las ricas y abundantes materias primas con 
que la Providencia ha dotado á este país; por la laboriosidad 
indiscutible de sus habitantes, nacionales y extranjeros, y por 
la existencia de algunas industrias surgidas espontáneamente 
entre nosotros, ya nadie duda de que esta nación, que germinó 
con la ganadería y se desarrolló con la agricultura, puede flo- 
recer cuando brille en su horizonte el sol vivificador de las 
industrias. 

Nadie duda de que la industria es una planta que no puede 
florecer, si en los primeros días de su desarrollo no se la revive 
con el riego de la protección. 

Nadie duda tampoco de que el capital que los Bancos ofi- 
ciales facilitasen á la industria, no correría riesgos y alum- 
braría inmensos manantiales de riqueza. 

Y por fin, creo que los economistas de la joven República 
Argentina no tropezarían en el camino de la protección adua- 
nera que con tan asombrosos resultados han recorrido sus 
hermanos mayores, los economistas norte-americanos. 

Venga, señores, venga pronto, aunque sea mañana, el día 
en que nuestros mandatarios, inspirándose en el santo amor 
de la patria, impulsen, con la protección que pedimos, el des- 
envolvimiento de las industrias nacionales, y entonces, en pre- 
sencia de cien rnil hombres congregados en la plaza de la 
Victoria para manifestar su reconocimiento, comprenderán 
que el instinto de las muchedumbres es igualmente justo 
cuando aplaude, que cuando protesta. 

He dicho. 



EL CHACO Y SUS INDIOS 



CONFERENCIA PRONUNCIADA 

EN LA « Sociedad GEO«fc4f[CA Argentina,» el 17 de junio i 88 i 



Señores : 

Acaba de realizarse la conquista de la Pampa y todos es- 
peramos que no pasarán muchos días sin que se inicie la del 
Chaco. Ha llegado, pues, el momento de que, los que traba- 
jan por la causa de la humanidad, emitan sus ideas ante el 
pueblo argentino á fin de que se discutan y sirvan para ilus- 
trar la marcha del gobierno, á quién la Providencia ha concedi- 
do la dicha de acometer una empresa que puede ser gloriosa. 

El que tiene el honor de dirigiros la palabra, desde el seno 
de una institución meritoria, por los altos fines que se propo- 
ne, y respetable por los ilustres hombres que la iniciaron, debe 
empezar por confesaros, paladinamente, que por sus presenti- 
mientos de la infancia, por los estudios de su juventud y por 
la experiencia adquirida en su edad madura, no cree en la tan 
decantada ferocidad de los salvajes. Más aún, cree que si por 
ferocidad tomamos esa safia, esa crueldad de ánimo, para ven- 
garse de las ofensas recibidas, nunca alcanzará la de los senci- 
llos hijos de la Naturaleza, á la que millares de ejemplos nos 
presenta la historia de todas las épocas entre los hombres na- 
cidos en medio de las sociedades más cultas. 



CONFERENCIAS 287 



He dicho para vengarse de las ofensas recibidas, porque 
nó otra cosa vienen recibiendo de los conquistadores, los indí- 
genas americanos desde hace cuatro siglos, y porque no de 
otra cosa dependen las tan funestas como frecuentes represa- 
lias de que somos víctimas. 

No me apartaré de los fines de esta Conferencia, ni fatiga- 
ré vuestro ánimo, con la interminable enumeración de las ini- 
quidades que en todo tiempo han cometido los que se llaman 
mensajeros de la civilización con los hijos del desierto, sólo sí, 
deberé recordaros, que en la funesta querella que mantenemos 
con ellos, nos hemos atribuido también el poder de Jueces^ sia 
que la sociedad proteste, y si nos creemos en nuestc^^dferecho, 
cuando los exterminamos y nos apoderamos dpf sus tierras, con 
más razón, nos creemos autorizado»^ para calificarlos de fe- 
roces. 

No pretendo tampoco»-, Señores, contribuir con un átomo de 
opinión, á los aplawíos ó censuras, con que en su día recorda- 
rá la Historia, el nombre de los que han iniciado y concluido 
la conquista de la Pampa; pero á fuer de imparcial y sin inten- 
tar por mi parte, llevarlos al Capitolio ni á la Roca Tarpeya, 
diré que se ha obedecido á una dolorosa necesidad, porque, 
la safia de los indios, había llegado á su colmo; su táctica, se 
perfeccionaba día á día; sus elementos bélicos, se acrecenta- 
ban, y la ciega corriente de inmigración, empujábalas fronte- 
ras hacia los hielos de la Patagonia y hacia Jas crestas de los 
Andes. 

Echemos por hoy un velo sobre el pasado, y si hemos co- 
metido involuntarios errores, que sirvan de escarmiento para 
inaugurar un porvenir verdaderamente glorioso. 

La conquista del Chaco, va á emprenderse, ¿pensará el Go- 
bierno Argentino, llevarla á cabo por medios idénticos á los 
empleados en la Pampa.^^ 

Esto es lo que tratamos de prevenir, más que por la compa- 
sión que nos inspiran las desventuradas tribus que habitan en- 
tre sus bosques, por el amor que sentimos hacia un país cuyo 



288 JUAN DE COMINGES 

suelo, clima é instituciones le hacen el más apto para que á él 
acudan los desheredados del Viejo Mundo. 

Para que los medicamentos sean eficaces, no sólo ha de 
tenerse en cuenta la enfermedad, sino también las circunstan- 
cias del doliente. A los indios de la Pampa se les ha supuesto 
en el último período de la hidrofobia. Era necesario preser- 
varse de su contacto, por medio de una sangría suelta; pero 
los indios del Chaco, que no padecen de otra enfermedad, que 
la del hambre, la de las persecuciones y la de su propia igno- 
rancia, para curarse hasta el punto de poder servir á los inte- 
reses de la sociedad civilizada, no necesitan tan radical medi- 
cina, sino maestros, aparatos, herramientas, semillas, ganados^ 
lealtad en las relaciones que con ellos se establezcan, y aleja- 
miento completo de sables, lanzas, fusiles y cañones, que no 
queriendo permanecer ociosos, han servido muchas veces pa- 
ra destruir en un instante el trabajo civilizador de los comer- 
ciantes, de los exploradores y de los misioneros. 

Muy atrevidas y muy aventuradas os parecerían estas afir- 
maciones, si ellas no procediesen de un hombre que absoluta- 
mente solo, y sin otras armas para defenderse, que el dominio 
sobre sus propias pasiones, y el amor hacia esas calumniadas 
razas indígenas, ha penetrado en el Chaco del Norte, donde 
jamás estampó su huella ningún hombre civilizado, y ha vivido 
largo tiempo, recibiendo innumerables beneficios de sus ino- 
centes pobladores, admirando sus virtudes, estudiando sus de- 
seos y compadeciendo sus necesidades. Muy atrevidas y 
muy aventuradas, si el que se lanzó á resolver prácticamente, 
el arriesgado problema que le proponía tal vez su fé, tal vez 
un presentimiento, tal vez una creencia razonada, no os dijera 
hoy, en posesión de la incógnita que apetecía: trabajo para 
volver solo entre los indios y volveré cuando me sea dado po- 
der servir con ello á la causa de la civilización y la justicia. 

Lo que es el Chaco y lo que son las tribus que le pueblan^ 
nos lo han dicho los navegantes que vieron los raquíticos pal- 
mares de sus inundadas costas, que recibieron las saetas, lan- 



CONFERENCIAS 289 



zadas traidoramente por una mano invisible. Nos lo han dicho 
los soldados que vivieron en sus fronteras y que pelearon 
repetidas veces con sérer humanos que parecen fieras. Nos lo 
han dicho los innumerables mártires que pretendieron adelan- 
tarse algunos pasos ante las guerrillas de los conquistadores. 
Nos lo han dicholos exploradores del Pilcomayo y el Bermejo, 
como Patino y Castro Boedo. Nos lo han dicho los vecinos de 
Oran y de Tarija, cuyas haciendas pastorean sobre los Llanos 
de Manso. Nos lo han dicho los sabios como D'Orbigny y 
Azara, que sin pasar las fronteras, hicieron relación con algu- 
nos cautivos. Nos lo han dicho los obrajeros, que con peones 
indios, explotan maderas á pocos kilómetros de la costa. Nos 
lo han dicho los comerciantes próximos á la frontera que dan 
á los indios un anzuelo en pago de una libra de plumas de 
avestruz ó de un cuero de tigre. Y por fin, nos lo han dicho los 
hacendados de Salta y Jujuy, en cuyos ingenios de azúcar 
trabajan los resignados matacos por un plato de locro y algu- 
nas varas de lienzo. 

Pero, señores, los informes que hasta hoy se nos han sumi- 
nistrado, erróneos unos, falsos otros, apasionados los más, y 
todos incompletos, no pueden ciertamente llevar á los altos 
poderes del Estado, el caudal de antecedentes que necesitan 
adquirir, para emprender con prudencia y realizar con acierto, 
la grandiosa empresa de la civilización del Chaco. Creóme, 
pues, moralmente obligado, antes de la publicación de mi Dia- 
rio de Viaje, á dar cuenta de lo que me parece más interesante 
entre todo lo que he visto en el Chaco, lo que haré, con el 
pesar de no ser ni muy ameno ni muy extenso, por lo limitado 
de mis conocimientos y del tiempo que puedo emplear en la 
presente Conferencia. 

Públicos son los esfuerzos que realizaron los conquistadores 
del Rio de la Plata, para buscar, por medio de sus caudalosos 
afluentes, el modo de ponerse en contacto con los conquista- 
dores del Perú, siendo el malogrado Ayolas, el primero y el 

único, que, guiado por sus amigos y parientes los indios paya- 

18 



290 JUAN DE COMINGES 



guás, halló sobre la margen occidental del río Paraguay, un 
puerto donde atracar sus buques y una trillada senda, que, di- 
rigiéndose al Noroeste, le condujo hasta la falda de las cordi- 
lleras donde moraban los laboriosos charcas; pero también es 
cierto, que esta expedición, la más atrevida de cuantas han rea- 
lizado los hombres, no produjo resultados favorables para la 
civilización del Chaco, pues que con la misteriosa muerte de 
su jefe y la desaparición de todos los españoles que la com- 
ponían, quedó perdido para la Historia, el lugar preciso del 
puerto, al que había denominado Puerto de la Candelaria, y 
cuya latitud no se había consignado ni por Ayolas ni por su 
teniente Irala; quedó perdida la senda, ó más bien dicho, la 
carretera imperial que unía las márgenes del río Paraguay con 
el alto Perú y lo que fué más fatal para la conquista, quedó so- 
bre los indios de aquella parte del Chaco, la reputación de 
alevosos y traidores asesinos, porque asi convino consignarlo 
aparentando que se daba crédito á las falsedades de un co- 
rrompido lenguaraz. 

Público es, que desde aquel aciago día, no volvieron á in- 
tentarse nuevas expediciones ni por aquella parte del Chaco, 
ni por las inmediatas. Mirábanse aquellas costas como lugares 
malditos, donde sus extensos lagos, sus enmarañados pajonales, 
sus corrompidas emanaciones, sus ponzoñosos reptiles y sus 
feroces indios, no podían proporcionar otra gloria á los valien- 
tes aventureros, que la gloria del martirio. Y esa reputación, 
señores, persiste todavía; porque, preciso es decirlo, los sa- 
gaces portugueses, en cuyo interés estaba el impedir el engran- 
decimiento de los territorios españoles, después de haberse 
apoderado de todos los puntos elevados que . hay sobre la 
margen occidental del río Paraguay, hasta el grado 20 de la- 
titud, fundando en ellos las fortalezas de Curumbá, Coimbra, y 
Alburquerque; puntos que parecían los indicados por la natu- 
raleza, para poner en relación al Plata con el Pacífico, y por 
los cuales, habían paseado sus armas victoriosas Irala, Nuflo 
de Chaves y tantos otros ; cuidaron muy bien de describir en 



CONFERENCIAS 29 1 



SUS informes y de figurar en sus mapas, como lugares inhabi- 
tables, por lo pantanosos é insalubres, los que ellos volunta- 
riamente abandonaban al Sud de Bahía Negra, ó lo que es lo 
mismo, el Chaco del Norte. Y por si esto no era bastante toda- 
vía, Azara, el sabio Azara, mal informado por los españoles, 
por los portugueses y sobre todo por los maliciosos indios, 
aseguró con razones, que parecían incontestables, «que no ha- 
bía medio de comunicarse con las provincias de Mojos y Chi- 
quitos, á menos de que esto se hiciese pasando por territorios 
de que ya estaban en posesión los portugueses. » 

Era preciso que llegase el día de una necesidad suprema, 
para que los hombres se aventurasen á poner en duda lo que 
hasta entonces se venín considerando como una verdad incon- 
testable, y ese día llegó, porque Bolivia, que vio cerradas sus 
puertas del Pacífico, volvió sus ojos al Atlántico, de uno de 
cuyos grandes afluentes se veía separada por un desierto de 
ciento veinte leguas. 

Saber si ese desierto era transitable; ésa fué la misión que 
me condujo al Chaco y ésa fué la que me hizo recorrer los ex- 
tensos territorios que existen entre el 20** y 22** i o' de latitud 
y la que me puso en relación, no sólo con sus pobladores sino 
también con los jefes de las tribus que habitan desde el Ber- 
mejo al Otuquis, y desde el Peripetí al Paraguay. 

Voy, pues, á deciros algo de lo que conservo en la memoria 
acerca de esas misteriosas regiones, porque sé que ésta es la 
hora en que con ello puedo servir á los más palpitantes intereses 
de la República Argentina. 

Con buques que calen seis pies, aún en tiempo de las ma- 
yores bajantes, se puede sin riesgo remontar el rio'Paraguay, 
y atracar contra sus barrancas occidentales: en el grado 22» 
10* de latitud, frente de la isla del Apa á un kilómetro de la 
toldería de los indios angaités; en el grado 21*» 40' á la vista 
del cerro denominado Pan de Azúcar, lugar llamado Cafia de 
Azúcar donde desemboca el arroyo de los huanás; en el grado 
2í^ ?f donde he encontrado el puerto de la Candela»*; en 



292 JUAN DE COMINGES 

el grado 2 1® i * donde existen los cerros dé las Tres Hermanas 
y la fortaleza que se fundó por los españoles con el nombre 
de fuerte Borbón y al que los paraguayos, después de la 
emancipación, confirmaron con el nombre de fuerte Olimpo; 
en el grado 20® y 15' y en el grado 20*^ donde se encuentra 
la Barranca de los chamacocos. De este último punto al Norte^ 
son territorios brasileros y aumentan las dificultades de la na- 
vegación para los buques de dicho calado, principalmente en 
el lugar denominado Paso del Consejo. 

No creo que existan en esta zona más puertos, cuyos te- 
rrenos inmediatos estén fuera del alcance de las grandes inun- 
daciones; pues que el resto de las costas lo constituyen, ó 
grandes islotes anegadizos, ó bajas planicies que, aunque sus- 
ceptibles de anegarse y separadas del interior del Chaco, por 
enredadas madejas de curiches^ están cubiertas de magníficos 
pastos y de algunos palmares carandaí; ó de antiguos senes 
del mismo río, de algunas leguas de diámetro, donde afluyen 
las arroyadas que se forman en el interior, durante la estación 
de las lluvias, que es la del verano; feraces vegas del porvenir 
cubiertas de pajonales, que rara vez pueden atravesarse á pié 
enjuto. 

El suelo del Chaco, con muy pocas excepciones, es una su- 
perficie horizontal que se compone, ó de lagos permanentes^ 
ó de pajonales pantanosos, ó de praderas inundadizas, ó de 
palmares que rara vez se inundan ó de espléndidos bosques^ 
que hace pocos siglos serían las extensas islas de aquel pin- 
toresco lago, cuyo paisaje aún nos es dado contemplar en los 
Jarayes y las Gaibas. 

Los mayores lagos permanentes se encuentran siempre pró- 
ximos á la costa del río Paraguay, hasta diez leguas al Oeste; 
su mayor profundidad nunca pasa de tres metros, su anchura 
rara vez alcanza á dos kilómetros; pero en cuanto á su lon- 
gitud, los. hay que ocupan extensiones por mí descono- 
cidas. 

Como es tan poca la profundidad de estas lagunas, como 



\ 



CONFERENaAS 293 



mucha la fertilidad de su lecho, y elevada la temperatura, 
sobre la superficie de sus aguas trasparentes, y provistas de 
boyas dadas por la naturaleza, flotan las blancas, las azules y 
las rosadas flores de las ninfeas, contrastando con el verde 
pulimentado de sus abroqueladas hojas, sobresaliendo entre 
todas, por su tamaño y brillo, las de esa deidad, de Kin-Gar- 
den, descubierta por Schomburgk en las templadas aguas del 
Berbice, á la que hoy distingue el mundo con el nombre de 
Victoria Reo^ia. 

Entre esta espléndida vegetación acuática, pululan durante 
el día, numerosas bandadas de cisnes, canaos, gansos, zam- 
bullidores, mergeos, patos, colimbos, flamencos, ánades y es- 
pátulas, contemplados desde la orilla por los mancos, caí acó- 
leos, gallinetas, ocas, faetones, fúlicas, jabirús, camichís, ibis, 
cigüeñas, grullas, chajás, sabacús, garzas y pelícanos; aves que, 
al llegar la noche tenebrosa, se esconden entre los tallos de 
los juncos, tifas, ó bajo las hojas de las nepenthes, cefalotus, 
pándanos y aroideas y aguardan con silenciosa timidez á que 
la aurora llegue á dar fin á las horas angustiosas del temor y 
del peligro, presintiendo por misterioso instinto, las feroces re- 
presalias, que los poetas admiran como armonías de la naturale- 
za, y que los naturalistas contemplan fríamente como meta- 
morfosis de la materia. 

Si; estas aves de blancos, rosados, negros, amarillos, par- 
dos, dorados, azules y cenicientos plumajes, al parecer tan 
tímidas é inocentes, son las mismas que pasan el dia devoran- 
do anguilas, peces, moluscos, testudos y hasta los más feroces 
y venenosos reptiles. Pero llega la noche, y del fondo de este 
apacible lago, salen monstruosas nutrias y carpinchos, sucurís 
de doce metros y enormes cocodrilos, los que después de re- 
correr la ribera devorando plantas, huevos, aves, y aperiacios 
se devoran entre sí y concluyen por ser devorados por el astuto 
tigre, que vive tranquilo y repleto entre los pajonales que ro- 
dean las lagunas. 

Sorprende la boa á la lacerta-iguana; lánzase la iguana sobre 



294 JUAN DE COMINGES. 



la nutria y ésta pelea con el carpincho; acomete el yacaré á 
éste y á la nutria, y el tigre se regala con el cocodrilo. 

No hay noche silenciosa á la orilla de los lagos del desier- 
to. Carreras de las fieras que arrastran su presa entre los pa- 
jonales, lamentos desgarradores de las víctimas, gritos de las 
aves que se levantan espantadas ; bufidos de los grandes anfi- 
bios que se arrojan al agua para salvarse del peligro; peleas 
entre los reptiles y los roedores; acompasados chirridos de los 
insectos; ronquidos amorosos de los caimanes; cárabos, ña- 
curutúes, mochuelos y lechuzas imponiendo silencio con su 
monótono chitón, y allá en la margen del bosque fronterizo el 
doloroso quejido del urutaú, ó del caburey, que parece lamen- 
tarse de una vida que es á la vez la causa y efecto de la 
muerte. 

Separadas estas lagunas de los canales que pudieran comu- 
nicarlas con los grandes ríos, estableciendo corrientes que 
arrastrasen los sedimentos que continuamente se depositan en 
su fondo, é invadidas incesantemente por los vegetales avan- 
zados de sus orillas, no pasarán muchos siglos sin que se 
trasformen en pajonales semejantes en todo á los que hoy 
existen, abundantes sobre la costa, hasta ocho leguas al Oeste, 
y no escasos en el interior del Chaco. 

Estos pajonales ó curiches como los llaman los indios, no 
son otra cosa que antiguas lagunas ó ensenadas de! rio Para- 
guay sobre cuyo fondo, con el trascurso de los siglos, se han 
ido acumulando los restos de los vegetales acuáticos y las 
moléculas arcillosas que penetraron arrastradas ó diluidas por 
las aguas caidas en los terrenos inmediatos; hasta el punto de 
llenarse con estos materiales fértilísimos, sobre los que vege- 
tan numerosas familias de tifeas y ciperáceas, leguminosas, 
rosáceas y gramíneas, que en medio de las sequías del invierno 
ó de los grandes incendios ofrecen un asilo seguro y pastos 
abundantes á los animales de la selva. 

Cuando estos pajonales llegan á levantarse lo suficiente 
sobre el nivel de las lagunas inmediatas, desaparece por com- 



CONFERENCIAS 295 



pleto la vegetación acuática y semi-acuática que antes los in- 
vadía y se transforman en magníficas praderas cubiertas de 
pastos azucarados, con los que se nutren toros salvajes, de 
una robustez extraordinaria, y, aunque pocos y de corta talla, 
algunos caballos que llevan ventaja á los nuestros en hermo" 
sura, resistencia y sobre todo en la velocidad de su carrera. 
Mas como quiera que suele ser perfecta la horizontalidad de 
estos lugares, acontece que durante las lluvias torrenciales del 
verano, permanezcan algunos días ó quizá semanas, inundados 
con cuatro ó cinco centímetros de agua, procedente más que 
de la que vierten las nubes sobre ellos mismos, de la que es- 
curren los bosques y palmares del contorno, que siempre ocu- 
pan terrenos más elevados. 

Cuando este sucesivo acumulamiento de restos minerales 
y orgánicos, que sirvió para transformar los lagos en curiches 
y los curiches en pradera, llega á levantar estas últimas al- 
gunos centímetros sobre el nivel común de las inundaciones? 
basta el corto período de un año, para que, no pudriéndose 
ya las semillas de los grandes vegetales arbóreos, logren ger- 
minar y trasformar en palmares y después en bosques, la 
pradera. 

Así como son escasos, hasta muchas leguas de las costas, los 
bosques de grandes vegetales dicotiledones, así también abun- 
dan los palmares del coco llamado vulgarmente carandaiy 
esbelta palma de tallo cilindrico, de nueve á diez metros de 
altura, que por su dureza y elasticidad sirve para todas las 
construcciones del Chaco, del Paraguay y Matto-Groso y ser- 
viría también en el Río de la Plata, para tirantes y postes 
telegráficos: así como con su abundante fruto podrían cebarse 
muchos animales y extraerse cantidades de aceite. Esta pal- 
ma, de la que hay incalculables millones en el Chaco, sirve 
también como el mejor de todos los combustibles vegetales, 
para calentar las calderas de los vapores que navegan el río 
Paraguay. 

Por regla general, el suelo de estos palmares está limpio de 



296 JUAN DE COMINO ES 



toda clase de arbustos y cubierto de grandes pastizales, por 
qu^ la espesura con que crecen las palmas (una próximamente 
por cada ocho metros cuadrados) no impide el desarrollo de 
las gramíneas. Las hojas de las palmas, son cuando verdes, 
un excelente alimento para los caballos, y cuando secas, que 
entonces literalmente suelen cubrir el suelo, son los blandones 
de que se valen para alumbrarse las indiadas que se ven forza- 
das á caminar en noche oscura contra su costumbre. Así 
mismo en el cogollo de la palma hallan los indios la base de 
su alimento, cuando absolutamente carecen de otro. 

Varias palmas que aparezcan cortadas en el desierto, indi- 
can siempre el paso de indios ; el número de ellos; la época 
aproximada en qiie ha ocurrido; el rumbo que llevaban; la ve- 
locidad de su marcha, y su escasez de provisiones. 

Coftio los palmares sólo pueden existir en aquellos terre- 
nos que rara vez se inundan, resulta que algunas veces están 
invadidos por los tacuruces. Esto mismo acontece en algunas 
praderas. Llámase tacurúz, á un montón de tierra duro y per- 
fectamente bien amasado, que tiene la forma de un cono, cuya 
base mide de uno á dos metros de diámetro y cuya altura rara 
vez alcanza á la de un hombre. Está hecho por unas hormi- 
gas grandes y negras que se refugian dentro y hacia la parte 
superior, cuando el agua invade los terrenos. 

No solo los tacuruces indican que pueden ser inundables los 
terrenos donde se encuentran establecidos, sino que también 
dan la medida de la mayor altura á que pueden alcanzar las 
aguas, supuesto que las puertas del hormiguero no pueden 
estar establecidas más abajo de este límite. Así es que dichas 
entradas están más altas ó más bajas, según los tacuruces 
estén colocados en un lugar más profundo ó más elevado; pu- 
diendo concluir con que todas las puertas de los tacuruces que 
se encuentren en una zona determinada están en el mismo 
plano horizontal. 

Una vez que llegan los terrenos á verse libres completa* 
mente de la invasión de las aguas entre estos mismos palma- 



CONFERENCIAS 297 



res, empiezan á desarrollarse los gérmenes de una infinita va- 
riedad de vegetales de toda especie, que disputan á las pal- 
mas el dominio del suelo, hasta que, vencedores en la con- 
tienda, los de mayor desarrollo y duración, eliminan á los de 
especies inferiores, llegando á constituir aquellas majestuosas 
selvas, que no pueden contemplarse sin veneración; porque 
las elevadas bóvedas, formadas con las frondosas copas soste- 
nidas por millares de columnas, representan á nuestra imagi- 
nación el templo más suntuoso donde pueda rendirse culto al 
Autor de tanta maravilla. 

Pero antes que el lento trabajo de la Naturaleza llegue á 
producir esta grandeza de la Creación: estas basílicas por las 
que se camina sobre un limpio pavimento, sin que los rayos 
del Sol puedan penetrar á través de sus tupidas naves, pasan 
los bosques por una larga serie de trasformaciones. 

Unas veces empieza por que el suelo de los palmares se 
cubre de nuevas plantas de la misma especie, tan bajas y tan 
espesas, que cierran el paso y que impiden hasta abrir cami- 
no, defendiéndose con los encorvados aguijones de sus pecio- 
los, que destrozan las ropas y las carnes de los obreros, y 
resabian á los caballos. Otras veces son las mimosas las que 
se encargan de impedir el tránsito; pero por regla general, la 
poca edad, relativamente hablando, de todos los bosques del 
Chaco, hace que todavía vivan en ellos, en buena sociedad, 
una infinita variedad de plantas herbáceas, semileñosas, de 
arbustos y de árboles cubiertos de parásitos y de enreda- 
deras. 

El suelo de casi todos los bosques suele estar revestido de 
espinosos cactus, algunos de los cuales trepan hasta las copas 
de los árboles, de donde mezclados con las clemátides, las vai- 
nillas y las pasionarias, penden como graciosas bambalinas. 

Alternando con los cactus y muchas veces sola y cubriendo 
estensas superficies, se encuentra también una planta de la 
femilia de las bromelias, que se llama caraguatá; divinidad tu- 
telar de los indígenas, durante sus excursiones por los luga- 



298 JUAN DE COMINGES. 



res desprovistos de lagos; pues que, por formar esta planta 
un gran cáliz con sus hojas acanaladas, rígidas y envainado- 
ras, conserva el agua de las lluvias durante muchos meses. 
Una variedad de esta misma planta, puede ser la base de una 
industria beneficiosa é inagotable; pues que produce una fibra 
resistente, que puede emplearse en tejidos, cuerdas ó en la fa- 
bricación de papel. 

Sobre la copa y el tronco de los árboles, hay una variedad 
tan infinita de parásitas, que serían objeto de un largo estu- 
dio. He contado más de cien clases diferentes de orquídeas, 
sin exceptuar tres clases de vainilla, musgos, liqúenes, muér- 
dagos de filamentos blancos que llegan al suelo; agáricos colo- 
sales y fosforescentes y duros como la misma madera; aroideas, 
bromélias, cariofíleas, crasuláceas, y muchas completamente 
desconocidas. 

Hay variedad de algarrobos, de guayabos, de tamarindos, 
que cubren el suelo con su abundante fruta; hay variados al- 
godones de filamentos finísimos, con los que los indios fabri- 
can sus trajes y sus hamacas. Hay árboles que destilan bál- 
samos, esencias, azúcares, gomas y resinas, siendo entre éstas 
la más valiosa, una enteramente semejante al ámbar ama- 
rillo y con la que los indios lenguas fabrican las agujas con 
que se atraviesan el labio inferior. Hay cebiles y curupaís 
como para surtir de tatino á todas las curtiembres del Río de la 
Plata. Hay plantas que proveen á los indios de variadas sus- 
tancias colorantes, de jabones como el de quillay y de timbó; 
de potasa para sazonar sus alimentos, como la salicaria, y por 
último hay acacias, cedros, nogales, tipas, palo de rosa, palo 
de trébol, palo santo, palo de hierro y Jacaranda constituyendo 
estos vegetales en compañía de los lapachos, quebrachos y 
yuchanes la inmensa mayoría de los que pueblan aquellas sel- 
vas majestuosas. 

Terminaré la somera descripción de la naturaleza del Chaco, 
diciendo, que con excepción de aquellos lugares próximos á 
las lagunas, con dificultad se encuentra caza ni otro ser viviente 



CONFERENCIAS 299 



que abejas, monos, coatís, avestruces, ciervos, antas, tigres y 
leones, todos estos animales en muy pequeña cantidad, á causa 
de la persecución que sufren por parte del crecido número de 
indios que pueblan el Chaco y por la falta de agua en el inte- 
rior de los bosques, sobre todo durante la estación de invierno. 

Aún cuando al navegar por el Río Paraguay, suelen verse 
próximos á la costa occidental, y á la desembocadura de los 
arroyos, algunas canoas, con indios orejudos, lenguas y angaités, 
no quiere decir esto que sus tolderías estén tan próximas á la 
orilla del río, como comunmente se imagina; pues que con 
excepción de una sola perteneciente á los angaités, de que ya 
nos hemos ocupado, todas las otras están retiradas, cuando 
menos, 8 leguas de la costa, lo que depende dedos causas im- 
portantes: primera, la dificultad de residir en aquellos terrenos 
pantanosos, donde no hay campos susceptibles de cultivo, ni 
existen los principales frutos de la Naturaleza con que cubren 
sus escasas necesidades; y segunda, el miedo que les inspiran 
las tradicionales agresiones de los hombres de nuestra raza, y 
principalmente, las de los indios mbayás que al Oriente del río 
habitan en territorio brasilero; formidables enemigos de los del 
Occidente, siempre vencedores, por disponer de las armas de 
fuego coh que les dotó el Brasil, cuando necesitó su auxilio, 
durante la guerra del Paraguay, para que penetrando por el 
Norte, destruyesen las florecientes colonias de San Salvador. 

Los indios del Chaco no son nómades. Aman entrañable- 
mente el pedazo de tierra en que nacieron, y rio podrían so- 
portar por muchos dias, el verse separados de sus bosques, 
de sus prados y de sus lagunas, con que viven identificados. 
Los que suelen verse navegando en canoas, sobre el rio Pa- 
raguay, ó son aquellos, que más familiarizados con los cristia- 
nos, vienen á proponerles algunos cambalaches^ ó son los que, 
viendo á su tribu sufrir los rigores del hambre, durante las 
grandes sequías, se arriesgan hasta las márgenes del gran Rio 
del Oriente, para proveerse del pescado, que una vez seco, ha 
de servir para la salvación de su familia, á cuyo seno vuelven 



300 JUAN DE COMINGES. 



entonando cánticos de regocijo, y donde son recibidos con ce- 
remonias religiosas que á la vez que demuestran la expansión 
del júbilo, revelan también el respetuoso agradecimiento que 
sienten hacia la Providencia. 

Los indios angaités, que como ya hemos dicho, tienen esta- 
blecida una de sus más insignificantes tolderías, en el grado 
20^* lo' á un kilómetro de la margen occidental del río Para- 
guay, son los verdaderos centinelas avanzados, ó más bien 
dicho, los porteros del Chaco del Norte; porque sin su con- 
sentimiento sería difícil ó imposible el penetrar al Occidente» 
aunque se dispusiese de grandes elementos; y digo imposible, 
porque siendo los angaités, los propietarios de canoas, los 
intérpretes y los agentes intermediarios de las relaciones co- 
merciales, que con los paraguayos, mantienen las otras tribus 
del interior, son considerados y respetados como los oráculos 
de la sabiduría, por más que no sean ni tan inteligentes, ni tan 
laboriosos, ni tan morales, ni tan limpios, ni tan leales como 
los otros, pues les llevan la ventaja de no haber tenido ningún 
contacto con los cristianos que desgraciadamente parecen com- 
placerse en enseñarles, no las virtudes, sino los vicios más 
repugnantes que acompañan a la civilización: la codicia, la hi- 
pocresía, la embriaguez y la blasfemia. 

El físico de estos indios no lleva grandes ventajas á su 
parte moral, pudiendo asegurarse, que si por excepción hay 
algunos bien desarrollados, nunca pertenecen éstos á las ca- 
tegorías, sino á los últimos individuos de la tribu, para quienes 
no puede haber ociosidad, esclavos, ni botellas de caña. 

Cebados con las ventajas que de tarde en tarde les suele 
proporcionar la relación que mantienen con los cristianos, 
temerosos siempre, por su proximidad á la costa, de los ata- 
ques que pueden recibir por parte de los mbayás, y acaso 
también escasos de tierra cultivable, yacen estos indios en la 
mayor miseria, atenidos á la pesca y á los puñados de maíz 
que por vía de retribución les suelen dar los propietarios de la 
colonia Apa, cuando los han tenido días enteros y con el agua 
hasta los hombros cargando buques de madera. 



CONFERENCIAS 30 1 



No hay para que detenerse á contar cuántos toldos hay en 
esta tribu ; sería lo mismo que contar después de la lluvia, 
las gotas de agua que colgasen de un árbol, cuando estos 
toldos, como estas gotas, desaparecen á cada soplo de viento 
y aparecen de nuevo á cada lluvia. Son el trabajo de una 
hora, pues lo constituyen cuatro miserables horquetas, de un 
metro de altura, cuando más, sobre las que se sujetan y se 
cruzan algunas cañas, que después se recubren con espadañas 
de los bañados ó con pasto de la pradera. Pocilgas en las 
que no se puede penetrar sino doblando la cerviz, como de- 
mostración tangible de la bajeza que se comete, ó caminando 
á gatas, como quien imita á los animales, que son los únicos 
que podrían soportar una morada donde se asfixia uno 
cuando hace sol, se hiela cuando hace frió, y se moja cuando 
llueve. 

En cada toldito de estos, de los que el mayor no alcanzará á 
nueve metros cuadrados de superficie, se agrupan cual si fueran 
los únicos seres capaces de vivir de una manera tan inmunda, 
todos los hombres, mujeres y niños con tal que sean miembros 
inmediatos de una familia; todos los pájaros, coatís, zorros, 
monos y avestruces que domestican y todos los perros, que 
son siempre por lo menos tantos, tan sucios y tan perezosos 
como sus dueños; y si á esto se junta el que desde las cañas 
de lo que no puede llamarse techo, cuelgan bolsas de redes 
de Caraguatá, cargadas de comestibles putrefactos, cueros á 
medio curtir, pemiles de carpincho, cuernos de ciervos, con- 
chas de galápagos, peces charqueados, correas, capullos de 
algodón, sogas, anzuelos, peines de madera y colas de quir- 
quincho, y que por el suelo sobre cueros de venados, muertos 
en la víspera, andan rodando multitud de mates de todas for- 
mas y tamaños, que se emplean indistintamente, como cazue- 
las, como vasos, como neceseres, como costureros, como ma- 
letas, como palanganas, etc., etc., tendremos que, al abrirse y 
estrecharse para darme paso, aquellos animales tan felices, 
que gozaban de todas las comodidades y prerrogativas de los 






' 



302 JUAN DE COMINGES. 



hombres, y aquellos hombres tan desgraciados, que vivían en 
la miseria y degradación de los animales, el favor que me 
hicieron y que tuve que aceptar con la sonrisa en los labios, 
fué el de asfixiarme de calor y de otras cosas y de atestar mis 
ropas y mis cabellos, con la más completa colección de pará- 
sitos que jamás figuró en el museo de un entomólogo, ja que 
sin olvidar aún en el sueño, conservé intacta hasta muchos 
días después de mi salida del desierto. 

El toldo del jefe llamado cacique Michi, no es mejor que 
los demás. Este hombre que se distingue por ser el peor de 
su tribu, tiene que ser lógico en todas las acciones de su vida 
física y moral. Es el más pequeño de estatura y de sen- 
timientos, y para dar la última pincelada sobre su retrato es 
el único indio que he conocido en el Chaco casado con dos 
mujeres. 

Los más ardientes deseos de esta tribu, son: el hacerse con 
fusiles y municiones, para defenderse de los ataques de los 
indios brasileros, y el resto de sus aspiraciones se limita á 
vestirse como los cristianos que ellos conocen, y á poseer 
herramientas y ganados, que les permitan sustentarse y alo- 
jarse como las gentes del Apa. 

Las tribus que habitan el interior del Chaco entre los gra- 
dos 20® y 22** 10* de latitud, cuya extensión he recorrido, son 
los chamacocos y niquiquilás, que hablan un dialecto semejante 
al de los chiquitos; los chiriguanos, que hablan el verdadero 
guaraní, ó sea el tupí, y viven recostados á la falda de los 
Andes; los amaigás, los anapanás, los angaités, los lenguDs y 
los huanás, que hablan un idioma gutural, que no se parece 
en nada á ninguno de los idiomas conocidos, y de los que no 
existe otro vocabulario que el muy deficiente que yo he podido 
formar durante mi permanencia en estas tribus. 

Todos estos indios viven en las más estrechas relaciones de 
amistad y parentesco, no sólo entre ellos, sino aún con los que 
habitan al Sud, entre los ríos Bermejo y Pilcomayo, siendo 
muy común, el que se asocien para defenderse de los inva- 



CONFERENCIAS 303 



sores mbayás, cuando vienen al Occidente en busca de escla- 
vos de ambos sexos, que venden después en Matto-Grosso «í 
cambio de vestuarios, reses, armas y municiones. 

Por lo numeroso de sus tribus, por lo robustos, por lo labo- 
riosos, por lo morales, por lo inteligentes y por lo arrogantes, 
estos indios son los más influyentes y los más poderosos del 
desierto. 

El inmenso territorio que ocupan está dividido en porciones 
proporcionadas á las necesidades de cada tribu, sólo dentro 
de las cuales les es dado cosechar los frutos silvestres, cortar 
maderas, pescar, cazar, criar ganados y cultivar la tierra. 

La vida es común entre todos los individuos de una misma 
tribu, que es siempre una sola familia, aunque más ó menos 
numerosa, según su riqueza, su actividad ó la extensión y fer- 
tilidad de los territorios que ocupa. 

La autoridad patriarcal y absolutamente independiente de 
cada tribu, se ejerce sin ostentación, sin discordias intestinas 
y de una manera tan suave, que podría servir de ejemplo á la 
de muchos padres de familia de los que viven en el seno de 
las sociedades cultas. Sea por costumbre, sea por instinto, ó 
sea por la buena índole de los indios, es lo cierto que cum- 
plen con todos sus deberes como las abejas y las hormigas, 
sin que, ni por excepción, se vea el Patriarca en la necesidad 
de recordarlos. 

La palabra cacique, que entre nosotros representa el despo- 
tismo más brutal, podría mejor aplicarse á un alcalde de aldea, 
que á las. paternales y cariñosas autoridades de las tribus del 
desierto. 

Los hijos y los hermanos del cacique, aunque trabajan como 
el último de los individuos de la tribu, son considerados por 
todos con el mayor respeto, y llegan á ejercer la primera 
autoridad, no sólo por herencia, sino, cuando por haberse mul- 
tiplicado muchf) la familia, salen á la cabeza de un grupo, que 
siempre se compone de ¡os parientes más inmediatos, como 
nuevo enjambre de aquella colmena humana que va á radicarse 



304 JUAN DE COMINGES. 



á la orilla de algún lago que les ofrezca su abundante pesca. 

Con excepción de los grandes bosques cuyo interior está 
deshabitado, por la falta de agua, difícil es caminar un día por 
el Chaco, sin encontrar cuatro ó cinco tolderías, cada una de 
ellas habitada por un número de indios que varía entre treinta 
y quinientos, que se albergan en una sola casa que se llama 
paat, y que para distinguirla de los demás paats, se antepone 
á esta palabra el nombre del patriarca que allí domina, como 
por ejemplo, Queirá-paat. 

El paat no es otra cosa que un cobertizo ó galpón de figura 
rectangular, ancho por lo regular de seis metros y de toda la 
longitud que se necesita para contener á las familias que debe 
albergar. No tiene división ninguna; está abierto por todo su 
frente y las paredes laterales, el techo y los tres órdenes de 
alineadas columnas, que lo sostienen, son casi siempre, de pal- 
ma carandaí. En la parte posterior de este edificio están ali- 
neados los camastros, que sirven de lecho á cada familia, en 
los que no hay soltero ningún individuo adulto; pues que se 
casan antes de la pubertad. 

He residido mucho tiempo en diferentes paats, como el que 
acabo de describir, tratando siempre de descubrir hasta los 
más ínfimos detalles de la vida íntima de aquellas familias, y 
he adquirido el convencimiento más profundo de que no hay 
seres más inocentes y más virtuosos. Ni una voz de mando, 
ni una reyerta, ni una palabra descomedida ni desentonada, 
ni un ademán escandaloso, ni una evasiva para esquivar el 
trabajo de la comunidad. Durante el día, los hombres se ocu- 
pan, fuera del paat, en las faenas agrícolas, en la recolección 
de los frutos espontáneos, en la corta de leña, en la caza y 
en la pesca, cuando el tiempo lo permite, y cuando no, en fa- 
bricar sus armas, en curtir los cueros de los animales que han 
cazado, en enristrar ordenadamente las plumas de avestruz, 
en extraer las fibras del caraguatá con las que fabrican cuer- 
das, sus bolsas y hamacas, en zurcir y remendar sus ropas, en 
hacerse abarcas,y cuando sus deberes están cumplidos, ó cuan- 



CONFERENCIAS 305 



■^r""""^"^" 



do llega la noche, en divertirse los ancianos contando sus aven- 
turas y los mozos en juegos variados y entretenidos, que siem^ 
pre tienen por objeto el provocar su desarrollo muscular. 

Por su parte, las mujeres, aunque no sometidas á la escla- 
vitud y á la degradación, como generalmente se imagina, tra- 
bajan más que los hombres, en beneficio de la colectividad. 
Crían sus hijos con la ternura de las mejores madres, acarrean ! 

el agua y la leña, hilan y tiften los algodones, tejen con ellos 
los elegantes trajes con que todos se visten, mantienen el aseo 
en el paat, muelen el maíz, guisan los alimentos y fabrican to- 
da clase de vasijas de barro. 

Debido á la dulzura de su carácter, á su perpetua actividad, 
á los ejercicios á que se dedican, á su frugalidad, y á las favo- 
rables circunstancias del saludable clima del Chaco, los indios 
son robustos, se mantienen sanos, y alcanzan, sin perder los 
dientes ni el cabello, á una edad, á que pvx:as veces llegan los 
hombres de nuestra raza. Son de elevada estatura, de pecho 
prominente, de pescuezo corto, de cabeza grande y erguida, 
de ojo pequeño y casi siempre pardo, de color ligeramente 
bronceado, de negra, cerdosa y tupida cabellera, y cuidan es- 
crupulosamente de arrancarse con pinzas, no sólo las pocas 
barbas que les brotan sino también las pestañas y las cejas, 
siendo muy pocos, y sólo entre los jóvenes de ambos sexos, 
los que tengan la costumbre de pintarse el rostro. 

El traje de guerra de un indio se compone de una manta 
de algodón, de fondo oscuro, con franjas de colores hacia su 
parte inferior, sujeta á la cintura por medio de una finísima 
hamaca de caraguatá; de un ponchito corto y estrecho, de la 
misma clase; de varias bolsas pendientes de sus hombros ha- 
cia el costado derecho, donde llevan sus provisiones, líneas, 
anzuelos, tabaco, pipa de palo santo y los utensilios de made- 
ra con que producen el fuego; de un puñado de flechas suje- 
tas al lado izquierdo por medio de la cuerda ó hamaca que les 
sirve de cinturón; de un arco colgado de su hombro izquierdo; 
de unas cuñitas cónicas agujereadas que á manera de zarcillos, 

19 



1 



306 JUAN DE COMINGES. 



s^ meten por las orejas; de collares compuestos de dientes de 
^Ittfnales, picos de pájaros, conchíllas de nácar y semillas de 
colores; y por último, de una vincha, que les sujeta el pelo, 
oasi siempre trenzado, á la que están adheridas las más her- 
niosas plumas de colores. 

l-os indios huanás, adoran en el Sol, y en la Luna, á la Pro- 
videncia; creen en la inmortalidad y en la transmigración de las 
^Jmas^ rinden culto respetuoso, á los lugares en que están en- 
liierrados sus parientes, donde clavan una elevada caña tacuara, 
coronada de un plumero, para espantar al espíritu maligno y 
mantienen en cada tribu un sacerdote que hace á la vez, el 
oficio de brujo, de médico y de sereno; porque suele pasarse 
I3.S noches gritando en torno de la toldería, y espantando al 
diablo con el ruido que produce una gran calabaza llena de 
piedras, que es el único instrumento de su culto y al que todos 
miran con respeto. 

Una de las causas, que más contribuye á mantenerlos en el 
estado de primitiva inocencia, es el que desconocen el arte de 
fabricar las bebidas alcohólicas, con la algarroba y con el maiz; 
si bien es cierto, que suelen fermentar algunas veces la miel 
para hacer un brebaje que nunca prueban las mujeres, los ni- 
ños y los mozos, sino los mas ancianos y prestigiosos de la 
tribu. 

Para terminar con las costumbres de los indios, diré que 
son afables, generosos y hospitalarios, que respetan mucho la 
propiedad agena; que no les gusta que atenten contra la suya 
ni aún los niños de sus huéspedes, ó de las tribus transeúntes, 
á quienes suministran cuanto buenamente pueden. 

Tanto estos indios, como los del Chaco Central, cuyas cari- 
ñosas visitas he recibido, me han confesado, que quisieran co- 
nocer al Dios que vive en el gran paat de Buenos Aires, para 
pedirle su protección: pero que temen á los cristianos del Sur, 
del Naciente y del Poniente; que quisieran herramientas, se- 
millas y ganados para trabajar á medias conmigo, siempre que 
pudiera darles armas para defenderse de las agresiones exte- 



CONFERENCIAS 307 



riores ó asegurarles por medio de mi influencia, que creen 
muy poderosa, una paz inalterable. 

Después de haber bosquejado ligeramente lo que es la Na- 
turaleza del Chaco, y lo que son allí, sus pobladores, dejo á la 
consideración- de los que han tenido la paciencia de escuchar- 
me, si será justo ni prudente el tratar de conquistar el Cha- 
co, por medios idénticos á. los empleados en la Pampa. Tén- 
gase presente, pues, si tal idea ha podido abrigarse un solo 
momento, no ya la iniquidad que se cometería; no ya los acli- 3 

matados brazos que iban á destruirse á peso de oro, por un 
país que se engrandece por la inmigración; no ya las buenas 
disposiciones en que se encuentran los indios, para reducirse 
por medios pacíficos y poco dispendiosos, sino las dificultades 
de la empresa. Piénsese en los pantanos y lagunas infranquea- 
bles; piénsese en los campos cubiertos de tacuruces; piénsese 
en los incendios de las praderas y principalmente de los pal- 
mares, verdadera lluvia de fuego; piénsese en los bosques im- 
penetrables; piénsese en los diluvios del verano y en las se- 
quías del invierno y por último, piénsese en lo mucho que 
habría que sacrificar para llegar á destruir los cincuenta mil 
guerreros, que pelearían en defensa de su propiedad y de su 
vida tras de los inexpugnables baluartes que la Naturaleza les 
ha dado, cuando estos mismos hombres, aún considerados con 
la frialdad del estadista, representan para la República Ar- 
gentina una riqueza de más de veinticinco millones de pesos 
fuertes. 



APROVECHAMIENTO DE BOSQUES 



DISCURSO PRONUNCIADO EN EL CONGRESO ECONÓMICO 

EL 13 DE Octubre de 1882. 



Señor Presidente. 
Señores : 

En la primera parte de esta conferencia sobre bosques, se 
hizo presente al Congreso Económico la importante misión que 
desempeñan los árboles en la naturaleza, relacionados tan ínti- 
mamente con los seres animados, como lo está la materia con 
el espíritu; los peligros que se presentan para la República^ 
en el horizonte del porvenir, á causa de su exterminio, y la ne- 
cesidad de despertar á los legisladores del profundo sueño de 
la indiferencia, para que, á ejemplo de esa misma naturaleza^ 
é imitando sus actos previsores, dicten leyes que guíen el ha- 
cha, que hoy, al derribar el árbol, cae de rechazo sobre la ca- 
beza de la humanidad, y que dirigida, no en persecución, sino 
en auxilio de las fuerzas espontáneas, se tornaría en el talis- 
mán que mejorando las condiciones del planeta, haría menos 
penosa nuestra peregrinación por el sendero de la existencia,, 
porque satisfaría nuestras presentes necesidades y disiparía las 

■ 

inquietudes que con fundamento, nos acosan, acerca del por- 
venir de nuestra raza. 

Tócanos hoy poner en relieve la indisculpable apatía de esos 
legisladores, que, indiferentes á la suerte de las generaciones 



CONFERENCIAS 3O9 



venideras, permanecen impasibles espectadores de ese crimen 
de lesa humanidad, que se llama tala ó descuaje, cuando están 
palpando sus funestas consecuencias y cuando centenares de 
ejemplos contemporáneos saltan á sus ojos, para que se aper- 
ciban de que hay remedio todavía y de que es sólo del seno 
de la Legislatura de donde puede surgiría medicina salvadora. 
Tócanos asimismo el describir á grandes rasgos lo que son 
las variadas selvas argentinas, para que, evocando lo que el 
amor, el estudio y la experiencia nos traiga á la memoria, po- 
damos allanar el camino, bosquejando lo que puede y debe ha- 
cerse, para dejar de ser cómplices en el inicuo atentado que la 
especie más perfecta de la creación comete contra su propia 
existencia y contra la existencia de todas las especies inferiores. 

Señores: se comprende, se explica y es disculpable, el que 
al sentir los efectos de un frío intenso, y careciendo de otro 
combustible, demos fuego á nuestro pobre rancho, por cuanto 
que, para salvarla existencia, era forzoso el provocarla circula- 
ción por medio del calórico, que sólo podíamos procurarnos, 
con la combustión de nuestra casa; pero lo que no se compren- 
dería, ni explicaría, ni disculparía, es el que la incendiáramos 
con perjuicio para todos y sin provecho para nadie, y esto ca- 
balmente es lo que han hecho los mandatarios de la República 
Argentina al desprenderse de los bosques del Estado, bajo la 
forma de donación, venta ó arrendamiento. 

La República Argentina ha podido procurarse recursos y 
favorecer la población de su vasto territorio, enajenando la 
superficie que fuese adecuada para las industrias, agrícola y pe- 
cuaria, de las que aún conserva el dominio sobre millares de 
leguas cuadradas, pero ¿qué le ha producido, ni qué le produ- 
ce en la actualidad más que escándalo y ruina la enajenación 
de sus bosques? Vengan; vengan las cifras que representan las 
cantidades ingresadas en el tesoro público por mano de los 
obrajeros y nos convenceremos de que otra vez, por treinta di- 
neros, se ha entregado al martirio y á la muerte al ser provi- 
dencial que vino á la tierra para salvarnos, sin que nos quede 



310 JUAN DE COMINGES. 



siquiera la esperanza de sustraernos del arrepentimiento como 
Judas, porque bien pronto no ha de quedar ni un árbol para 
ahorcarnos. 

¿Sabéis cuánta plata ha ganado la nación con la madera que 
se ha cortado en el Chaco Central en los únicos meses que se 
supone que debe cortarse, que son del 1 5 de Marzo al 1 5 de 
Agosto? Sabéis la compensación que recibe el Estado por la 
ruina que le ocasiona el ejército de leñateros que destruye con- 
tinuamente esos bosques? 

339 Pesos Fuertes y 95 Centavos 

Sesenta y ocho patacones todos los meses 1 1 ! 

No hagamos comentarios 

La exigua cantidad que por cada pieza que extrae, se impo- 
ne al obrajero, acrecienta los caudales públicos, como una gota 
acrecentaría las aguas de los mares, ¿y es por esta gota, que 
se evapora antes de tocar al suelo, por lo que los mandatarios 
sacrifican el porvenir de esta parte del continente americano? 

Cierto es, señores, que si por el número de vigas pagadas 
al Estado, fuésemos á deducir el número de árboles extraídos, 
no valía la pena de alarmarse, pues todo ello sería cuestión de 
una legua, más ó menos, de bosque destruido entre las veinte 
mil que tiene de superficie el Chaco. Pero es el caso que entré 

4 

el Carcarañá y el Pilcomayo, hay, paralela á los ríos Paraná y 
Paraguay, una anchísima faja de bosques, que, por los millares 
de tocones que aún ostenta, indican que fueron majestuosos 
en otro tiempo; pero que en la actualidad, va siendo difícil el 
encontrar en ellos ni aún los horcones para fabricar un rancho. 
Los obrajeros han sembrado la devastación en la margen de 
todos los ríos y arroyos, y se han internado en el desierto has- 
ta distancias prodigiosas, en busca de algunos palos dignos de 
explotarse. 

Los arrendatarios de los bosques del Chaco, ejercen una in- 
dustria que se encuentra en medio de las mejores condiciones 
que pueden apetecerse para defraudar los intereses del fisco. 



CONFERENCIAS 3 1 1 



Profundas soledades; proximidad á un pueblo extranjero que 
cuenta con idénticas producciones; falta de leyes y de agentes 
facultativos que vigilen por su cumplimiento; autoridades tan 
incompetentes como tolerantes. . . . | Harto habría que agrá-» 
decerles si declarasen uno por cada ciento que extraen y por 
cada quinientos que aniquilan I 

Esas deficientísimas disposiciones económicas, promulgadas 
como «Ley sobre el aprovechamiento de bosques», en 9 dtí 
Octubre de 1880, así como todos los decretos adicionales, no 
encerrando ninguna disposición facultativa, (que por falta de 
personal técnico, no pasarían de cláusulas ilusorias) parecen 
tender única y exclusivamente, á convertir en plata todas la^ 
maderas que se criaron en los bosques argentinos, sin reservar' 
siquiera en el Museo, algunos ejemplares de plantas leñosa» 
para que nuestros descendientes las exhiban á la admiración 
de los que nunca vieron un árbol vivo, del mismo modo que 
nosotros exhibimos el gliptodón clavipiés. 

Desgraciadamente para los intereses del fisco, se cumplen- 
del mismo modo las disposiciones económicas que existen, 
que las disposiciones facultativas que se quedaron en el buro- 
crático tintero. 

Apartemos la mirada del interior de los bosques nacio- 
nales, no ya sólo porque allí, desde hace muchos años, 
se ocupa la ignorancia en fraguar un complot contra la exis- 
tencia de la sociedad, sino porque en aquellas risueñas soleda- 
des, donde debiera reinar la pureza y la sencillez de las eos* 
tumbres primitivas, hay más lágrimas, hay más explotaciones, 
hay más iniquidades, hay más injusticias, hay más cohechos, en» 
una palabra, hay más inmoralidades que en el seno de las más 
corrompidas poblaciones. 

Dejemos á un lado todo lo que no afecta directamente al 
objeto de esta conferencia, y digamos sólo, resumiendo, que 
los bosques se destruyen sin utilidad pecuniaria para el Esta- 
do, porque no se cumple ninguno de los artículos de la Ley 
que tienden á conservarlos y á impedir el fraude. 



3^2 JUAN DE COMINGES. 



La República Argentina quema su casa sin calentarse en ella. 

Pero aún suponiendo que la devastación de los bosques na- 
cionales produjese cuantiosas rentas al Estado, todavía no dis- 
culparíamos á los mandatarios imprevisores, cuyas doctrinas 
económicas les conducen á comerse la gallina que pone los 
huevos de oro, pensando que con cataplasmas de plata pue- 
den curarse los golpes mortales que se asestan al corazón de 
las naciones. 

Comprenderíamos que en un país poblado como la Huerta 
de Murcia, á razón de 400 habitantes por kilómetro cuadrado, 
se considerase como Ley suprema de la necesidad, el descua- 
jar los bosques para destinar la escasa y repleta superficie de 
la tierra al cultivo de plantas alimenticias; pero no tiene dis- 
culpa que se perpetre este atentado donde la densidad de la 
población no alcanza á un habitante por cada dos kilómetros 
cuadrados; esto es, á ochocientas veces menos. 

Disculparemos á los legisladores paraguayos que conocien- 
do su clima, la desproporción entre sus bosques y sus prade- 
ras y las impropias condiciones de la mayoría de éstas para el 
cultivo, toleren que los escasos, aunque laboriosos habitantes, 
establezcan sus capuéras en el corazón de sus majestuosas 
selvas; pero no es tolerable el que los mandatarios argentinos 
permanezcan indiferentes ante el aniquilamiento de las suyas, 
cuando no hay este pretexto, y cuando habiendo todavía entre 
nosotros, sin roturar más de veinte mil leguas cuadradas de la 
más feraz tierra del planeta, no hay tampoco la única causa 
justificada que arrastra á los pueblos fatalmente al mal inevita- 
ble del descuaje. 

El Estado ha cedido, ha enajenado ó ha concedido en 
arrendamiento á la codicia devoradora, al egoísmo, á la im- 
previsión de individuos particulares, sin condiciones que res- 
tringieran el abuso de sus derechos y dándoles por el contrario, 
aquellas mismas bárbaras facultades que las antiguas leyes ro- 
manas concedían á los padres de familia sobre la existencia de 
sus hijos, lo que no podía regalar, vender, ni arrendar, sino, 



CONFERENCIAS 3 1 3 



cuando mas, conceder en patronato. El Estado ha enajenado lo 
que no le pertenecía; porque los bosques, como el aire, como 
la luz, como el oxígeno, no pertenecen completamente á la na- 
ción, ni á la provincia, ni al pueblo, ni al individuo, sino á la raza 
humana que los precisa para la conservación de su existencia. 

Me diréis, señores, que ¿por qué guardo silencio sobre la 
enajenación de la tierra, cuando ella se encuentra en idénticas 
condiciones que los bosques? y yo os respondo que me resig- 
no en esta conferencia á callar todo lo que pudiera decir sobre 
la materia: i.® por no pareceros un furibundo demagogo; 2®. 
porque puedo eludir este delicado asunto, por cuanto no es 
objeto de la base séptima propuesta á discusión por el Congreso 
que me escucha; 3.° porque ya en la primera conferencia os 
propuse incidentalmente, que la ley debería señalar un método 
racional de explotación del suelo; del mismo modo, que todos 
los contratos de arrendamiento entre los particulares de los 
países que saben lo que les conviene, estipulan la cantidad y 
forma de labores, la rotación, los abonos, las enmiendas, los 
drenajes, las plantaciones, el mantenimiento de cercos, etc., 
etc., 4." porque el miedo de afrontar las arduas cuestiones, 
por parte de los legisladores, está atenuado en esta materia 
por la prescripción, y S-'' porque el peligro, aunque seguro y 
evidente y ya tangible en Santa-Fe, en Entre-Ríos, en el Chu- 
but y en otras partes, es de consecuencias menos funestas, por 
lo mismo que es más conocido. 

Por lo demás, señores, la devastación de los bosques, entre 
la incalculable serie de plagas que la acompañan, trae también 
aparejada el aniquilamiento de las fuerzas reproductoras de la 
tierra, tras lo que viene irremisible, la ruina y la emigración de 
los pueblos. 

Que este grito que se levanta del seno del Congreso Econó- 
mico no sea escuchado por los poderes públicos, y nuestros 
nietos, conocerán el sabor que tiene el pan de la inmigración, 
que si no es dulce, ni aúii en la República Argentina, país cos- 
mopolita y modelo de los países hospitalarios, lo podría ser 



3f 4 JUAN DE eOMINGES. 



mucho menos en otros que, á ejemplo de los romanos, tratasen 
de bárbaros á los extranjeros. 

Aquí no se califica de bárbaros á los inmigrantes; pero te- 
niemos que el día en que se considere á fondo la causa prir 
mordial de las emigraciones, que es la brutal violencia con que 
hemos tratado al suelo de nuestra patria, bien mereceríamos el 
duro calificativo de parricidas. 






Los 27** de latitud que separan al Rio Pilcomayo del Estre- 
cho de Magallanes; la elevada cadena de los Andes, cerrando 
el paso á las corrientes atmosféricas del Oeste; el Paraguay, 
el Uruguay, el Estuario de la Plata y el mar Atlántico bañando 
las costas orientales; la variada constitución geológica del sue^ 
lo y sus diversos relieves, alternando con dilatadísimas Uanu- 
ras; la escasez, la abundancia y la calidad de las aguas; las 
diferencias de altitud y hasta la mayor ó menor edad de la 
tierra, son causas de la desemejanza que se nota, aún refirién- 
donos á la misma latitud, en desarrollo, en densidad, en loza- 
nía y en especies, en los bosques de la gran Confederación 
Argentina. Entre nosotros, no hay dos bosques que sean 
idénticos, ni que remotamente se asemejen. 

Coloquémonos sobre la cresta de los Andes entre el 27** y 
28® de latitud y bajando por un paralelo en dirección á la con- 
fluencia del Paraguay, cada paso que demos nos convencerá 
del poderoso influjo que sobre la vegetación arbórea ejercen 
las innumerables causas que hemos apuntado. Primero cami- 
naremos largo trecho, por entre peñascos que pocos días del 
año logran asomar su desnuda cabeza por entre las nieves 
seculares; después se adelantarán á recibirnos algunas acha- 
parradas jaretas y algunas adesmias espinosas, atrevidos ex- 
ploradores del reino vegetal, vanguardia de esa guerrilla de 
quínuas que casi en todas partes allana el camino á la impo- 



COí^FppNpiAg i I S 



nente división de pinos y de alisos, etc., más tarde habremos 
descendido las tierras del Cajón y el Nevado de los Quilmes, 
para encontrarnos con el profundo Valle de Santa María, abis; 
mo donde no pueden penetrar las corrientes atmosféricas que 
del Adántico ó del Pacífico vengan saturadas de vapores acuo- 
sos y donde, por lo tanto, sólo se dejan ver esos candelabros 
tétricos, que pregonan la muerte de la naturaleza, llamados 
cactus, algunos excepcionales ejemplares de brea y tal cual 
algarrobo, que más que á la naturaleza, acaso deberá su exis- 
tencia á los prolijos cuidados de las laboriosas, inteligentes y 
heroicas razas indígenas, Kilmes y Amaichas, que por largos 
años defendieron su independencia y su vida entre aquellos 
inexpugnables baluartes. Trepemos después por entre las pe- 
dregosas cuanto áridas laderas del Cerro Bayo, del Infiernillo 
ó de las Arquetas, y apenas hayamos alcanzado las empinadas 
cumbres de las Sierras contra las que se estrellan las nubes 
procedentes del Atlántico, que riegan ese dilatadísimo jardín 
que se llama Provincia de Tucumán, saldrán á nuestro encuen- 
tro algunas coniferas, para llevarnos de la mano á ese bosque 
suntuoso, único en la tierra, donde aparecen con todo su vigor 
y lozanía la esbelta tipa, el corpulento nogal, el frondoso 
timbó y el jigantesco cedro. Dejemos, con pesar, á la espal- 
da, ese delicioso paraíso que se apoya en las faldas de San 
Javier y Aconquija, y después de atravesar la fértil llanura 
cultivada, por donde se desliza ese río, que aunque llamado 
Salí, transforma en azúcar cuanto riega, penetraremos en una 
nueva región que alejada del benéfico influjo de las cimas de 
las Cordilleras, que condensan las brumas del Océano Atlán- 
tico, no puede sostener, por falta de lluvias, de lagos y de 
ríos, la majestad de las selvas subtropicales, y ostenta sólo 
espesos matorrales de raquíticas plantas espinosas, entre las 
que descuellan algunos ejemplares de ñandubay, espinillo? 
tala, algarrobo blanco, quebracho flojo, chañar, cebil y 
muchos otros árboles y arbustos de orden secundario, cuyo 
desarrollo aumenta sobre las riberas del Juramento, y sigue en 



3 1 6 JUAN DE COMINGES. 



progresión ascendente hasta el corazón del Chaco, donde se 

encuentra de nuevo una vegetación poco menos espléndida 

que la tucumana, aunque representada por individuos más 

útiles para la industria; cual lo son: el guayacán, el quebracho 

blanco y colorado, el molle, el curupay, el mistol, el algarro- 
bo, el lapacho, el urundaí, el tatané, el palo mataco, el palo 

santo, el Jacaranda, etc., etc. Plantas que van, no sin excep- 
ciones, disminuyendo en desarrollo y en cantidad, á medida 
que nos aproximamos á la confluencia del Río Paraguay, á 
causa de la poca edad de la mayor parte de estos terrenos de 
la costa, que, por haber surgido recientemente del seno de las 
aguas, apenas en ellos dominan más que las palmas y los sau- 
ces. 

Y si tan variadas son las especies arbóreas que en esta 
República constituyen los bosques situados en el mismo para- 
lelo, ¿cuál no será, señores, la diferencia que existe entre los 
vegetales que viven en distintos meridianos y separados por 
27^ de latitud.?^ 

La que hay entre el roble de Magallanes y el palo de rosa 
de las riberas del Pilcomayo. La que hay entre la chirimoya 
de Campo Santo y las manzanas de los Valles Araucanos. La 
que hay en fin, entre la flora de los trópicos y la flora de las 
regiones antarticas. 






El artículo 2® de la ley que aprueba el decreto sobre «Apro- 
vechamiento de bosques» dice así: «Autorízase al Poder Eje- 
« cutivo para invertir de las rentas generales, hasta la cantidad 
« de cuatro mil pesos fuertes en los estudios necesarios, para 
« preparar una Ordenanza Forestal de la República. » Es de- 
cir, que en Octubre de 1880, se dio por los poderes públicos 
el primer grito de alarma. Se habían apercibido de que los 
bosques estaban enfermos; esto no era poco. Se habían vo 



CONFERENCIAS 3 I 7 



tado los recursos para remunerar los servicios del facultativo; 
esto ya era mucho. Había que esperar el diagnóstico de un 
médico para aplicar el remedio conveniente. Era preciso un 
ingeniero de montes y se buscó otra cosa. 

El tiempo ha trascurrido, el diagnóstico no ha podido venir 
y los bosques caminan á la muerte á pasos agigantados. 

Pido al Congreso permita una pequeña digresión que defina 
nuestra posición, pues pudiera ser ridicula ante la conciencia 
de los maliciosos, que lean mas tarde esta conferencia. 

No somos ingenieros de montes, y opinamos que sólo un 
ingeniero de montes puede salvarlos de la ruina. La analogía 
de la carrera que profesamos, aunque nos autorice para emitir 
oficiosamente nuestra opinión ante el Congreso Económico y 
ante el país entero, acerca del estado del doliente, no nos per- 
mitiría, sin menoscabo de la honra, el aceptar, ahora ni nunca, 
el puesto remunerado, para el que carecemos de aptitudes. 

No queremos ser curanderos, y nos inspiran compasión los 
que los llaman y pagan sus consultas. 

Pero supongamos que el Ministerio que pensó salir del paso 
con la opinión de un particular, hubiese entregado los cuatro 
mil pesos al mejor ingeniero de montes de la tierra, para que 
redactase desde Berlín ó desde Buenos Aires un Reglamento 
para la explotación de los bosques argentinos, ¿qué hubiera 
contestado el ingeniero? Que, antes que todo, le pusiesen en 
posesión de los infinitos antecedentes que son indispensables, 
para poder indicar con acierto el plan que deba seguirse en la 
explotación de cada especie de bosque. 

¿Y dónde están estos antecedentes? Por nuestra parte no 
los conocemos, á pesar de haber estudiado con interés, lo que 
en el país se ha escrito acerca de las especies forestales. Sabe- 
mos el nombre castellano, quichua ó guaraní de las plantas que 
hasta hoy se han considerado entre nosotros como más útiles; 
conocemos también, desde hace pocos años, la familia á que 
pertenecen y hasta su nombre genérico y específico; sabemos 
que son vegetales duros ó blandos, grandes ó pequeños, ama- 



3 l8 JUA'N DÉ COMINGES. 



rillos, negros ó colorados y . . . francamente, no sabemos más. 

Un ingeniero de fnontes no puede comprometerse á redac- 
tar un plan de aprovechamiento, con tan vagos y tan escasos 
antecedentes. 

Dos años han trascurrido; nada se ha hecho, y es evidente, 
que nada útil se hará, si continuamos por la errada senda de 
conceder por favor al amigo lo que corresponde á la ciencia 
por derecho. 

El verdadero, el alto patriotismo, representado por los ini" 
ciadores de esta benemérita institución, ante quien nos cabe 
el honor de disertar, procura hoy llenar este vacío, de un mo- 
do más conveniente y más barato. ¿Quién podrá negarse á 
prestarle su concurso? 

¿Desea el Congreso Económico encontrar en esta conferen- 
cia un verdadero plan de aprovechamiento que pueda aplicar- 
se á los bosques argentinos? Pues desea un imposible; por- 
que ni los abogados, ni los agrónomos, ni los ingenieros de 
montes que tengan conciencia, podrán decidir así, tan de im- 
proviso, sobre la suerte de unos seres completamente desco- 
nocidos. 

Para establecer leyes higiénicas, se necesita haber estudia- 
do profundamente al hombre y á la naturaleza que lo rodea. 
Las leyes forestales son como la higiene de los bosques. Para 
redactarlas hay que estudiar previamente el suelo y el clima 
de cada zona, y, desde la germinación hasta la muerte, todos 
los fenómenos fisiológicos que se cumplen en el misterioso or- 
ganismo de los árboles. 

Ya sea que prescindiendo de las demás consideraciones, se 
pretenda saber, hasta dónde puede alcanzar la cantidad de 
madera que podrá obtenerse en un tiempo determinado, de 
una selva de la República Argentina; ya que se intente averi- 
guar el mayor producto en plata, que en determinado tiempo, 
pueda rendir dicho bosque, lo primero que corresponde es 
reconocer la ley del crecimiento progresivo de los árboles y la 
de su decadencia, y esto no se aprende sólo con el estudio de 



CONFERENCIAS 319 



k» aflcitomía y fisiología vegetal-, sino conla observación cons- 
tante de los fenómenos biológicos' dé cada- una de las esenóias^ 
forestales, apoyada, como es iiatural,en los priiicipios genera^' 
I^s- de la cienciav 

Señores: el qpe- os habla es agricultor; lleva treinta y cinco 
años ocupado con entusiasmo, cada vez más creciente, en ma- 
terias agrícolas; ha sembrado y cultivado millones de árboles; 
ha recorrido con detención las principales selvas de Europa, 
del Brasil y de las Repúblicas Sud Americanas, con especiali- 
dad las Argentinas; pero si le preguntaseis cuál será el diáme- 
teo, la escuadra, la altura, el peso, el cubo, la tenacidad, la 
resistencia á la flexión, el valor en venta, etc., etc., de un Ja- 
caranda de nueve años, os diría, con franqueza, que no sabía 
nada de eso. Lo mismo respondería si le consultarais sobre el 
grado de temperatura que provc»ca ó detiene la circulación de 
sus jugos nutritivos, sobre las sustancias que asimila y los va- 
pores que exhala; sobre sus condiciones químicas, sobre la 
predisposición de. las yemas adventivas de su nudo vital para 
reproducirse después de cortado, etc., etc. 

Más todavía: si bien conoce, de vista, á muchos de los ár- 
boles indígenas, no sabe absolutamente nada acerca de los 
minuciosos detalles de su existencia, que es preciso, de todo 
punto, que sean conocidos del que haya de preparar la Orde- 
nanza forestal de la República. 

Este código, pues, no puede redactarse sino por el ingenie- 
ro de montes, que haya estudiado todos y cada uno de los 
fenómenos de la vida vegetal en todos y en cada uno de nues- 
tros bosques, en todas y en cada una de nuestras especies fo- 
restales, y ese no es ciertamente el que en este momento 
ocupa vuestra atención, ni puedo deciros tampoco dónde se 
encontrará, porque ni nuestros árboles se han estudiado lo 
bastante, ni el único ingeniero de montes que hay en el país, 
aunque aventajado discípulo de la mejor escuela de Alemania, 
será capaz de resolver un problema para el que faltan absolu- 
tamente todos los datos. 



320 JUAN DE COMINGES 



Sentimos defraudar las esperanzas del Congreso. No pode- 
mos someter á su elevada deliberación un proyecto de Regla- 
mento forestal; pero en su defecto, si se resigna á escucharnos 
por algunos minutos, todavía le daremos modestamente nues- 
tra opinión, acerca de los únicos medios que quedan para sal- 
var nuestros bosques de la mina que los amenaza. 
Resumamos, previamente, lo dicho hasta aquí: 

I .*» Está demostrado por la experiencia de muchos siglos 
y por la ciencia contemporánea, el riesgo que corren de des- 
aparecer las sociedades humanas cuando la intemperancia hace 
desaparecer las selvas bajo cuyo amparo se establecieron y se 
multiplicaron: 

2.® Está probado que la joven República Argentina, palpa 
ya los efectos de esta intemperancia y se apercibe de los sig- 
nos de una decrepitud prematura, ocasionada por la explota- 
ción inconciente de sus majestuosas selvas: 

3.** Está probado que sólo la mucha densidad de la pobla- 
ción, la escasez de superficie cultivable, la necesidad de procu- 
rarse rentas, pueden en algunos casos excepcionales, servir de 
causa que atenúe este atentado que se perpetra contra los in- 
tereses permanentes de la sociedad: 

4.<» Está probado que siendo la República Argentina, un 
país que apenas cuenta un habitante por cada kilómetro cua- 
drado de suelo cultivable, y no beneficiando rentas forestales, 
no debe consentir la destrucción de los bosques. 

5.*^ Está probado que las perturbaciones que se introducen 

en la naturaleza, cuando se consuma la devastación délos mon- 
tes, hacen imposible que vuelvan á reproducirse, sino en vir- 
tud de una serie de etapas que reclaman cientos de siglos pa- 
ra que el imperceptible esporo se convierta en el árbol gigan- 
tesco: 

6.** Está probado que no habiendo llegado todavía los bos- 
ques argentinos al último período de la devastación, pueden 
ios legisladores salvarlos de la ruina, en pocos años, siempre 
que penetrados de la elevada misión que les corresponde, y 



CONFERENCIAS 3 2 I 



afrontando con valor la oposición de los que están interesados 
en sacrificar el porvenir por su provecho personal presente, 
dicten la única ley que puede protegerlos. 

Esta ley debe abarcar los puntos siguientes: 

Primero: Convertir en Ley de la Nación la proposición pre- 
sentada al Poder Ejecutivo, con fecha 1 9 de Agosto, por el 
Departamento Nacional de Agricultura: 

Segundo: Disponer que en virtud de lo acordado en el art. 
14 del Formulario de los contratos que se celebraron con los 
obrajeros, para el aprovechamiento de los bosques, y conside- 
rando que del Paraguay y del Brasil, puede la República Ar- 
gentina abastecerse, sin mayores gastos, de las maderas pre- 
ciosas que necesita para las artes é industrias, se suspenda la 
corta de leña y madera, así como la extracción de la casca y 
fabricación de carbón y la Yerba misionera y pastoreo de ani- 
males, en todos los montes y bosques pertenecientes al Esta- 
do, hasta tanto que se promulgue la Ordenanza Forestal de la 
República: 

Tercero: Ordenar que los bosques que se encuentren den- 
tro del área de tierra que, en virtud de la Ley de Colonización, 
puede conceder el Poder Legislativo á las empresas coloniza- 
doras, sean excluidos de la donación, venta ó arrendamiento, 
quedando siempre bajo la protección del Estado. 

Cuarto: Crear, en la Capital del Chaco ó de Misiones, una 
Escuela teórico-práctica de Comisarios de Montes Naciona- 
les. 

Quinto: Levantar un empréstito de un millón y medio de 
pesos fuertes, garantizado con todos los bosques nacionales, 
para sufragar los gastos que ocasione la presente Ley de 
Montes: 

Sexto: Destinar el producto de la explotación de los bos- 
ques: I .® A sostener el personal técnico que designe la orde- 
nanza. 2.® A pagar el interés y la amortización del empréstito. 
3.** A fomentar la educación forestal. 4.^ A adquirir por expro- 
piación todos los bosques espontáneos que estén en manos de 

20 



1 



32 2 JUAN DE COMINGES. 



particulares ó corporaciones. 5.** A la plantación de bosques 
artificiales, y 6.*^ A la creación de viveros y criaderos de árbo- 
les en todas las Provincias y Municipios. 

He dicho. 



/ 



artículos diversos 



1 



IMPRESIONES DE UN EXTRANJERO 



Casa Blanca, Noviembre 22 de 1870. 

Señor Don Lucio Rodríguez. 

Distinguido amigo: Cumplo con un deber de gratitud al 
manifestarle mis primeras impresiones ante el sublime pano- 
rama de esta naturaleza virgen, cuyos encantos nunca fueron 
empañados con el aliento de los hombres. 

Magníficos espectáculos se han ofrecido ante mis ojos du- 
rante la carrera de mi vida. Cuadros brillantes, capaces de 
despertar alguna fibra sensible en el alma encallecida de los 
ateos. 

Yo he visto, desde el mar ondulante de doradas mieses que 
presentan las fértiles llanuras de Castilla, hasta las estériles 
arenas de las playas Africanas. 

Desde las abundantes vegas de Toro y de Granada, hasta 
los parques inmensos donde los hijos de Albión olvidan por 
un momento su eterna melancolía. 

Desde las abrasadas florestas del Brasil, con sus orquideas, 
sus plátanos y sus gigantes palmas, hasta las heladas crestas 
de los Alpes, con sus brezos, azaleas, rododendros y con sus 
pintadas vacas siempre acariciadas por la mano de la rubia 
doncella. 

Desde los alegres bosques de Charentón y de Versailles, 
salpicados de grutas, fuentes y cascadas, hasta los severos 
jardines de Viena con su poema de coniferas y sus palacios 



326 JUAN DE COMINGES. 



de hierro y cristal, donde viven aprisionadas toda clase de 
plantas ecuatoriales. 

Mas todas, todas estas maravillas se oscurecen en mi me- 
moria, ante el conjunto de gracias que presentan los pinto- 
rescos contornos de Casa Blanca, porque solo aquí se mitiga 
la fiebre qne me arrastró lejos de mi patria. Porque solo aquí 
toco el complemento de mis aspiraciones. Porque solo aquí, 
en presencia del paraiso que me forjé en los primeros sueños 
de mi juventud, puedo exclamar con entusiasmo verdadero: 

¡Oh Grande Arquitecto del Universo! Coronada está tu 
obra! 

La pintoresca estancia de Casa Blanca, que pertenece al 
Señor D. Domingo Ordoñana, mide una superficie de seis mil 
hectáreas, está colocada en la confluencia del Paraná con el 
Uruguay y dista escasamente diez kilómetros de la linda playa 
de Nueva Palmira. 

Por la rituación geográfica que ocupa, por las ondulaciones 
naturales de su superficie , por su exposición al Oeste, por los 
frondosos bosques que la pueblan y por las dulces emanacio- 
nes del río y arroyo que la circundan, goza esta encantadora 
posesión de un clima suavísimo, que poco sensible á los brus- 
cos tránsitos de temperatura, favorece admirablemente el de- 
sarrollo de cuantos seres residen en la inmensa superficie del 
globo, desde la Manzanilla y el Cisne que habitan las hela- 
das regiones, hasta el tigre y la mimosa sensitiva que viven 
en el Ecuador. 

La capa superficial de tierra vegetal que cubre esta inmensa 
extensión, es de uno á tres metros de espesor y se compone 
de un légamo arcilloso, más ó menos mezclado con arena 
silícea, tan rico en humus, ó sea sustancias orgánicas en esta- 
do de descomposición, que podrían obtenerse, seguramente, 
quinientas cosechas seguidas, sin que fuera necesario el bene- 
ficio de los abonos. 

Esta espesísima capa de tierra, descansa en general sobre 
un inmenso banco de conchas marinas, dispuestas en capas 



ARTÍCULOS DIVERSOS. 327 



horizontales, que deben su origen, lo mismo que toda la super- 
ficie, á grandes arrastres del Uruguay, en épocas no muy 
remotas. 

Con una exposición que impide la maléfica influencia de los 
vientos del Sud, con una temperatura, donde jamás el termó- 
metro desciende á cero, ni llega más allá de los 35 grados; 
con una capa vegetal, cuya composición no puede ser más 
ventajosa, ya se considere física ó químicamente; con un sub- 
suelo que libra circulación á la humedad superabundante, im- 
pidiendo el desprendimiento de los ácidos tan nocivos á la 
vida vegetal; con una atmósfera, por último, que siempre im- 
pregnada de las frescas emanaciones del Uruguay, cubre la 
tierra de suave rocío, ¿qué gérmenes de vida podrán colocarse 
en este medio feliz sin que se desarrollen espléndidos y vivan 
con todas las galas de una existencia lujuriosa? 

Pero la naturaleza, siempre insistente en sus manifestaciones, 
no solo posee un lenguaje mudo y elocuente para hablar á la 
inteligencia de los espíritus observadores, sino que se revela en 
sus infinitas y variadas creaciones para herir nuestros sentidos. 

En medio de las felices condiciones de existencia que llevo 
descriptas, puede muy bien la ignorancia humana dudar de la 
inflexible lógica, encanto, concordancia, equilibrio y economía 
del mundo; mas en presencia de tantos individuos de la gran 
familia vegetal, ante sus tallos gigantescos, sus verdes hojas y 
sus matizadas flores, la duda insulta á una Providencia que 
con cariñosa solicitud atiende á nuestra necesidades, satisface 
nuestros caprichos y realiza nuestras ilusiones. 

Plaza; ancha plaza guarda las verdes praderas de Casa- 
Blanca, para cuantos eslabones componen la gran cadena de 
la vida orgánica. 

Allí vegeta la higuera con la misma lozanía que en Egipto, 
la Argelia y la costa española. 

La trepadora madreselva como en la Tartaria. La mimosa 
sophanta ó aromo, con sus mil racimos de oro, como en el 
Senegal. 



328 JUAN DE COMINGES. 



La ortiga con sus delicados filamentos y sus jugos alcali- 
nos, como en el Asia meridional. 

El serval de cazadores ó nopal azucarado, como en el centro 
de África. 

La cuya astringente, como en los lagos de Etiopia. 

El gigantesco y endurecido bambú, como en el Archipiélago 
Filipino. 

La centaura, cuaja-leche, como en las mesetas de Europa. 

La eritrina, cresta de gallo, como en los Trópicos. 

La avena, como entre las Estepas del Norte. 

El naranjo, como en la China. 

El trébol aromático, como en las praderas de la Suiza. 

El phicus elástica ó cauchout, como en Anam, Java, el Bra- 
sil y la Guayana francesa. 

El fénix datilífero ó palmera, como en Berbería ó en Elche. 

La pimienta ó mollen como en la Oceanía. 

¿ Para qué cansar con la descripción de las infinitas plantas 
que viven espontáneamente en esta feracísima costa? 

Basta y sobra con lo dicho, para demostrar, que allí donde 
nacen, crecen y multiplican tantos individuos de tan diversas 
procedencias; allí donde tan variadas producciones cumplen 
con los misterios de su existencia, elevando hasta el trono de 
Dios un himno que se traduce en perfumes y gorjeos, allí 
está el campo señalado por el dedo de la Providencia, para 
trasplantar con profusión esa planta cosmopolita que se llama 
hombre; planta que en el Asia languidece narcotizada y pere- 
zosa; planta que se aniquila en el Asia bajo el yugo del despo- 
tismo; planta, en fin, que gastada y sin aromas, hoy muere 
aplastada entre los escombros de la Europa que se derrumba. 

Vengan aquí, pues, los hijos desheredados de todas las na- 
ciones de la tierra. 

Vengan los que confiados en sus merecimientos, esperan en 
vano la hora de la justicia. 

Vengan aquí, pues, cuantos no puedan respirar en la co- 
rrompida atmósfera del viejo mundo. 



ARTÍCULOS DIVERSOS. 329 



Vengan aquí, y bendecirán como yo, el día en que por vez 
primera pisé las playas del rico continente americano. 

Venid; que ya señala el gran reloj de los siglos, la hora del 
engrandecimiento de esta República. 

Venid á formar parte de la gran nación, donde los hombres 
son felices y ricos por el clima, nobles y generosos por la li- 
bertad. 

¡Libertad! Mágica palabra! En busca tuya miles de bajeles 
cruzan incesantemente las enfurecidas ondas del Océano, pa- 
ra arrojar después, sobre las fértiles playas orientales, los va- 
lientes de todas las naciones. 

Aquí viven la agricultura, el comercio, la industria; artes y 
ciencias que desdeñan las caricias del Sibarita, desconfiando 
de las promesas del tirano y huyen del estrépito de las armas. 

En tu seno están, República Oriental del Uruguay, todos 
los gérmenes de tu futura grandeza. Cumple las misteriosas 
leyes del destino, dándoles el soplo de la vida que reclaman, 
y serás en breve plazo la nación más feliz, más noble, más ri- 
ca y más poderosa de la tierra. 

Estos son, distinguido amigo, los sentimientos de que me 
hallo poseido ante el cuadro majestuoso de esta naturaleza; 
sentimientos que le comunico lleno de placer, porque lo hago 
á un obrero que trabaja con insistencia, constancia y tenaci- 
dad, para proporcionar á su patria días felices. 

Sin fatigarle más por esta vez, se repite de Vd. con la ma- 
yor consideración su affmo. amigo y servidor. 



Q. B. S. M. 
Juan de Cominges. 



DISCURSO 

PRONUNCIADO EN LA INAUGURACIÓN DE LA ASOCIACIÓN RuRAL 

DEL Uruguay, Octubre 3 de 187 i (Montevideo). 



Respetables Sres.: En el momento que acaban de pronun- 
ciarse frases tan elocuentes y sentidas, pálidas serán las que 
broten de mis labios, por más que arranquen de un corazón 
entusiasta por la agricultura. 

Yo debiera sofocar sus impulsos; mantener el dominio de la 
fría razón; pero, señores, el espectáculo que se está dando, me 
conmueve, me fascina, me atrae y lanzándome fuera de mi ór- 
bita me hace seguir tras la estela de astros luminosos, para qui- 
zá precipitarme en los abismos. 

Si las distinguidas personas que aquí se encuentran reuni- 
das, constituyen, como tan oportunamente lo acaba de decir 
el ilustre y constante Sr. Ordoñana, el árbol cuyos robustos 
brazos guarecerán y darán nueva vida á los intereses de la cam- 
paña, no se me niegue, señores, la alta honra de ser la última 
de sus raíces capilares. ¿Qué secretos resortes ha movido la 
naturaleza? Qué leyes misteriosas de afinidad se han puesto en 
juego, para hacer converger á este punto tantos individuos, 
distintos en profesiones, en aspiraciones políticas y en nacio- 
nalidad? Vamos por ventura á poner nuestra firma bajo el 
primer capítulo del pacto federal universal? ¿Vamos á conjurar 
algún peligro? Acaso sea lo uno y lo otro. Pero no nos dejemos 
arrebatar por el placer, ni el sentimiento, puesto que ni somos 



ARTÍCULOS DIVERSOS. 33 I 



tan meritorios ante Dios, que podamos ya realizar por comple- 
to las predicciones de su Evangelio, ni tan indignos que me- 
rezcamos su cólera. 

Estamos reunidos aquí, esperando la señal para dar la ba- 
talla contra el más terrible de cuantos enemigos han persegui- 
do á la humanidad. 

Contra ese genio del mal, que sembrando la zizafta en nues- 
tros campos y el desaliento en nuestros pechos, ha sido siem- 
pre la remora de las sociedades, que deben continuar su mar- 
cha magestuosa hasta llegar á la felicidad suprema. Venimos 
á mancomunar nuestros esfuerzos para combatir el error, orí- 
gen de todas las miserias humanas, y para difundir la luz, ma- 
nifestación sensible de la divinidad. 

En una palabra, venimos á formar un ejército indestructible, 
ante cuyas armas, que son gajos de oliva, huyen los tigres co- 
mo tímidas ovejas. 

Señores, al ver á los hombres unidos aquí por un sentimien- 
to tan espotáneo, tan noble y generoso; al verlos sobreponer- 
se á todas las miserias que hoy nos rodean; al verlos remon- 
tar su espíritu hasta la esfera del bien general, desnudándose 
de sus pasiones particulares, no vacilo en calificar este paso 
como el mayor que un pueblo puede dar en el camino de su 
prosperidad y de su gloria. 

Es la primera vez de mi vida que presencio un espectáculo 
semejante; por eso estoy conmovido, tan profundamente con- 
movido, que temo no poder continuar. Desdichado el enfer- 
mo que no conoce sus dolencias. El sepulcro le aguarda. 

Desdichado el pueblo que no se apercibe de sus necesida- 
des! Las cadenas y el hambre lo aniquilan. 

Felices mil veces los orientales, que previendo las suyas tan 
á tiempo, no dejarán jamás que se agote la prodigiosa fertili- 
dad de su privilegiado suelo! Y dichosos también los extran- 
jeros, que como los Celtas, Fenicios y Cartagineses, venimos, 
convidados por tan risueña naturaleza, á sentarnos al banquete 
que nos ofrece este nuevo jardín de las Hespérides! 



332 JUAN DE COMINGES. 



Tan lejos estoy de conceptuar este acto, como un acto vul- 
gar de esos en que solo se trata de intereses materiales; tan 
identificado estoy con su fin moral; tan profundo respeto y 
veneración me inspira, que solo veo una congregación de 
hombres de fe que han acudido al templo para ofrecer á su 
Dio^ el santo sacrificio del trabajo! 

Dejadme también á mí levantar hasta su trono divino una 
súplica que reasume las más justas inspiraciones del alma! 

Señor: iluminad nuestro espíritu para que sepamos hacer 
de cada ser aislado que sucumbe estérilmente en los campos 
de batalla, sin dejar otra herencia que su huella ensangrenta- 
da, una familia laboriosa, feliz y rica en conocimientos y vir- 
tudes. 

Dadnos fuerzas para levantar á nuestro hermano el hom- 
bre. Haced que no le veamos más doblegado bajo el peso de 
su ignorancia, envilecido, hambriento, fatigado, maldiciente y 
degradado á la categoría de la bestia, arrastrarse penosamente 
tras de su imperfecto arado. 

Haced que su abatida frente se levante para daros gracias, 
por haber firmado la carta de redención! 

Por bastantes siglos castigaste la ignorancia del hombre ha- 
ciéndole regar la tierra con el sudor de su frente. Redimidle 
Señor de su esclavitud, dándole ciencia para que sea sustituido 
en sus penosas faenas por el vapor, la electricidad y las demás 
fuerzas inanimadas de la naturaleza. 

He dicho. 



LA INMIGRACIÓN EN AMERICA 



« Vengan los hijos desheredados de todas las naciones de 
c la tierra. Vengan y bendecirán, como yo, el día en que por 
« vez primera pisen las playas del rico continente Ameri- 
< cano. » 

Hace un año que el autor de este artículo escribió las an- 
teriores líneas, en una carta dirigida al Sr. D. Lucio Rodrí- 
guez, Gerente de la oficina de Inmigración, carta que mereció 
la honra de ver la luz pública en este país y en Inglaterra, 
Italia, Francia y España. 

Un año más de observaciones, de estudios y de ensayos 
prácticos, le han confirmado en sus primeras opiniones des- 
pertando en su alma un sentimiento que necesita realizar, 
supuesto que tiende á restablecer el equilibrio entre dos so- 
ciedades que sufi'en en sentido inverso. 

La Europa y la América en general. 

La España y la República Oriental en particular. 

Las revoluciones verificadas por nuestro planeta desde el 
principio de los siglos, lo mismo que las realizadas por las 
ideas desde los tiempos más remotos, en vez de turbar el 
orden majestuoso de la naturaleza, han servido para embe- 
llecer al mundo y para enaltecer á la humanidad. 

Los grandes cataclismos de las edades primitivas eran di- 
rigidos por una naturaleza previsora que formaba con el hierro, 
el oro y la hulla, veneros de riqueza para las fiíturas edades. 

Las Águilas Romanas, que pasearon victoriosas desde el 
Tajo al Eufrates y desde los Alpes hasta el Atlas, prepararon 



334 J UAN DE COMINGES 



con la unidad de idiomas y de costumbres, el vasto campo, 
donde muy pronto habían de germinar las purísimas doctri- 
nas del Evangelio. 

De un puñado de criminales que robaron hasta las mujeres, 
nació aquella deidad coronada de almenas que se llamó la 
Diosa Roma, del mismo modo que otro puñado de puritanos 
acaba de dar origen á la nación más culta y más poderosa de 
la tierra. 

Hace cuatro siglos, que sólo tribus salvajes y bestias fero- 
ces estaban en posesión de los bosques pintorescos que nos 
rodean; pero las hojas de sus árboles al desprenderse, forma- 
ban poco á poco la inmensa capa de tierra vegetal que en lo 
futuro había de nutrir á generaciones libres é ilustradas. 

Hace también cuatro siglos, que las márgenes del Genil es- 
taban habitadas por un pueblo, que era el único depositario 
en el mundo, de las letras, de las artes y de la agricultura, pero 
el fanatismo de otros pueblos unido á la crueldad, la intoleran- 
cia, la injusticia y la barbarie, acabó con aquella civilización, 
dando origen á la España de Carlos segundo y de Isabel de 
Borbón. 

La ardiente lágrima con que Boadil regó la tierra al despe- 
dirse de la hermosa Sultana, esterilizó para muchos siglos su 
fecundo seno, y la estrella que guió al piloto Colón en su mi- 
lagrosa travesía, y que alumbró en la primer aurora de Amé- 
rica, fué la misma que brilló en el último crepúsculo de España. 
España, ¿Dónde estás? 

Aletargada con el oro de Potosí; embrutecida con las ho- 
gueras de la inquisición; agobiada con los foros, feudos, diez- 
mos y alcabalas, y diezmada con las persecuciones políticas; 
en vano tus más ilustrados hijos se ofrecen en sacrificio al 
luchar contra los tiranos, que tienen bastante oro para re- 
compensar á un ejército mercenario, destinado á sofocar las 
más nobles aspiraciones de la humanidad. 

« Venid aquí hijos desheredados de todas las naciones de 
« la tierra, venid y bendiciréis como yo, el día en que por pri- 



ARTÍCULOS D[VERSOS. 335 



« mera vez piséis las playas del rico continente Americanoí » 

Ya no producen manzanas de oro las pintorescas costas Je 
la Bética. 

Inmensas superficies cubiertas de brezo, zarza, romero y 
lentisco, señalan la hora de tu decadencia, y empiezan á for- 
mar con sus hojas nueva capa de tierra vegetal que ha de nu- 
trir, en días lejanos, á razas ocultas entre las sombras del 
porvenir. 

Los soberbios palacios flotantes donde navegaron los car- 
tagineses del siglo XIX, ya no dirigen sus proas hacia la Euro- 
pa meridional. 

La América, madre hospitalaria y generosa, los llama y los 
espera para acariciarlos contra su seno, donde se enjugan las 
lágrimas de sus hijos y se curan las heridas de su alma. 

Pueblos de España que sufrís las amarguras de la miseria 
y del despotismo, escuchad: 

Hay un país donde se llega con comodidad, seguridad y 
economía, en el corto espacio de 15 días. 

Alh' se habla vuestro propio idioma. 

Su temperatura es tan suave, que crece por todas partes el 
naranjo, la palma y la caña dulce. 

La tierra es tan fecunda, que puede sembrarse algunos si- 
glos sin reclamar el beneficio de los abonos. 

Los alimentos son tan baratos, que una arroba de carne fres- 
ca cuesta menos que dos libras, en nuestra patria. 

La existencia es tan fácil, que nadie vive de la caridad, todos 
los hombres, mujeres y niños, encuentran colocación lucrativa 
antes de los ocho días de su llegada, y muchas veces ven soli- 
citados sus servicios antes de salir del barco que los trajo. 

Una oficina del gobierno, se encarga de protejer al recién 
llegado, y no lo abandona hasta que realiza sus deseos. 

El clima es tan sano, que muchas enfermedades europeas 
son desc(Jnocidas. 

El más corto jornal, de los peones ínfimos del campo, es 
cinco pesetas, cuando abundan brazos. 



33^ JUAN DE COMINGES. 



Las familias labradoras, encuentran en el acto, ricos señores, 
que les dan, mediante ciertos contratos, alimentos por uno ó 
más años, semillas, herramientas, ganados de labor y tierras 
abundantes que cultivar, y que al cabo de algún tiempo llegan 
á ser de su exclusiva propiedad. 

Los artistas, industriales, y comerciantes, son la verdadera 
aristocracia de ese país, donde hacen rápida fortuna si saben 
ser nonrados. 

Los grandes emprendedores y los hombres de la ciencia, 
encuentran la patria que soñaron en los primeros delirios de 
la niñez. 

La libertad que se goza, es la más completa á que pueden 
aspirar los hombres; los que gobiernan respetan á todos, cual- 
quiera que sean sus opiniones políticas, nacionalidad, su indus- 
tria y su religión. 

Los hijos de esa tierra feliz son tan generosos, y tan noble- 
mente ejercen su hospitalidad, que se puede cruzar la Repúbli- 
ca de un extremo á otro, sin recurrir á la bolsa para pagar la 
mesa, la cena, ni el caballo. 

No se conocen en esa tierra ni la soberbia ni la humillación. 
El pecho se dilata en esa atmósfera de paz, de igualdad y de 
alegría, y los semblantes de todos se tornan expansivos y fran- 
cos, como lo son los de hombres libres de todos los países. 

Los gobernantes de España, que se afanan en tener gran 
número de soldados que den su sangre, y gran número de es- 
clavos que den su sudor, ocultan á la vista de sus subditos la 
risueña perspectiva de ese país que se llama Montevideo, ó sea 
la República Oriental del Uruguay; pero los que han sufrido 
grandes amarguras en Europa, y al pisar estas hospitalarias 
playas han visto recompensados sus esfuerzos, y han podido re- 
nacer á la vida y á la esperanza, llenos de fe, de fuerza y de 
juventud, han contraido el deber de tender una mano fraternal 
á los desgraciados, mostrándoles abierto y expedito el camino 
de la felicidad que les espera en pago de su tribulación. . 
La firme convicción de que es cierto lo que acabo de manifes- 



ARTÍCULOS DIVERSOS. 337 

tar; el amor hacía los compatriotas que sufren al otro lado de los 
mares, y la gratitud que se debe al pueblo bondadoso que acoje 
y proteje á cuantos le piden hospitalidad, fueron y son los móvi- 
les que impulsan al que escribe estas líneas, á decir al principio 
de ellas y á repetir al final: 

« Vengan aquí, los hijos desheredados de todas las nacio- 
« nes de la tierra, vengan y bendecirán, como yo, el día que 
« por vez primera pisen las playas del rico continente Ameri- 
« cano.» 

Nueva Palmira, 25 de Febrero de 1872. 



21 



n 



LAS DUNAS 



EN LAS COSTAS DEL ATLÁNTICO, DEL PLATA Y EL URUGUAY 



Esta palabra con que los Celtas y Latinos designaban las 
cuchillas ó montañas escarpadas, palabra que todavía se en- 
cuentra mezclada al nombre de infinitos pueblos, como Ver-dún. 
Isson-dun, Lon-dun, sirve en nuestros días para designar los 
montículos de arena que aparecen paralelos á las costas de los 
mares y de los ríos, así como también los que por los vientos 
se forman en algunas pampas y en los desiertos de Arabia y 
de la Libia. 

El testimonio de los más antiguos geógrafos acredita, que 
nadie en aquellas épocas remotas había parado la atención en 
este fenómeno, hoy tan desastroso. 

Ni Plinio ni Strabón se ocupan de las Dunas, por más que 
estos sabios naturalistas, no hubieran dejado en el silencio y el 
abandono, tan importantes revelaciones. 

Por otra parte, los troncos de castaño y pino encontrados 
en el interior de las Dunas del Golfo de Gascuña, revelan que 
en otros tiempos, éstas no existían, supuesto que la vegeta- 
ción invadía hasta la misma orilla de las aguas. 

El incendio, la imprevisión, la guerra y la barbarie, acaban- 
do con estas frondosas selvas que revestían el litoral de los 
mares, dieron origen á las Dunas que hoy existen, y á las que 
aparecerán de día en día, si no se acude con eficaz remedio. 

La ignorancia del hombre ha modificado la forma y condi- 
ciones climatológicas del planeta en que reside, con gran per- 
juicio para su existencia y en su proceder ha sido castigado, 



ARTÍCULOS DIVERSOS. 339 



como todo el que se empeña en contrariar las leyes admirables 
de la naturaleza. 

El hombre que ha dado origen á las Dunas, y á los infinitos 
desastres, de que ellas son las consecuencias, siendo como es 
responsable de sus actos, está obligado á la reparación. 

El mar, con el perpetuo movimiento del flujo y reflujo, y 
con la furiosa agitación de las olas, arroja, sin cesar sobre sus 
orillas, inmensa cantidad de arenas; como si tratara de restituir 
á los continentes las que le fueron arrebatadas por la im- 
petuosidad de los torrentes. 

Inútiles son sus esfuerzos cuando rocas elevadas ó fajas de 
vegetación se interponen como para fijar el límite de ambos 
dominios: más cuando las primeras no existen ó las segundas 
han desaparecido, el poderoso auxiliar de los vientos hace que 
estas moléculas imperceptibles invadan el interior de la tierra, 
muchas veces hasta la enorme distancia de cien kilómetros. 

Pueblos enteros han desaparecido bajo estos cristales in- 
fecundos; ríos caudalosos han cambiado su dirección; profun- 
dos lagos han desaparecido allí donde diques improvisados 
han llegado á detener el curso de los ríos, fértiles vegas se 
han trasformado en yermos arenales, y hasta los mismos mares 
han llegado á colmarse con estas partículas invasoras. 

Preguntad á los vecinos de las aldeas colocadas al Occidente 
de la Gascuña, y os señalarán con espanto los sitios donde 
sucesivamente han ido estableciendo su morada, huyendo de 
un enemigo formidable que siempre avanza y jamás abandona 
sus conquistas. 

La iglesia de Lege, construida en 1480, tuvo que abando- 
narse con este motivo, para ser reconstruida en 1650, tres 
kilómetros más al interior de la tierra. 

I Tres kilómetros caminados por la arena en el corto espa- 
cio de 1 70 años, ó sea algo más de 1 7 metros al año, de 
terreno perdido para la agricultura ! 

Estraña coincidencia! Las arenas del Golfo de Gascuña 
caminaban 1 7 metros al año, arrastradas por el impulso del 



340 JUAN DE COMINGES. 



sud-oeste, y esa misma distancia caminan en algunas exposi- 
ciones de la Banda Oriental del Plata y Uruguay, las arenas 
que impulsa el mismo viento. 

En Palmira hay seis hectáreas de arenales, bajo cuya moví- 
ble y árida superficie se encuentra una excelente capa de tierra 
vegetal. 

Son la prueba evidente de que aquí, como en el Golfo de 
Gascuña, son idénticos los efectos de un viento que obra en 
la misma dirección é intensidad. 

Desde la laguna de la Manguera, hasta los límites de la 
Uruguayana, tiene la República Oriental una serie de Dunas, 
cuya superficie no será aventurado calcular en sesenta mil 
hectáreas, hoy inútiles para la ganadería y el cultivo: 

Y si á esta enorme suma añadimos los bañados á que las 
Dunas dan origen al cerrar la barra de infinitos arroyos, baña- 
dos pestilenciales, tan improductivos por lo menos, como las 
Dunas, tendremos, por lo corto, doscientas cincuenta mil hec- 
táreas arrebatadas á nuestras necesidades, productoras de in- 
finitos desastres y preconizadoras de nuestra apatía. 

Mas, no es esto solo; el mal aumenta á cada soplo de brisa, 
y puede decirse que cada minuto que trascurre, pierde esta 
hermosa patria, diez varas cuadradas de su territorio. ¡Hectárea 
y media cada día, más de quinientas hectáreas al año! 

Dice el sabio Reclús, que por los infinitos datos que las 
Dunas suministran, pueden ser consideradas como verdaderos 
cronómetros geológicos. 

Es cierto. Hace años que jamás salíanlas aguas del Bañado, 
donde hoy están establecidos los cultivos de papas, tabaco, 
maiz, eucaliptus, alfalfa, timbos, etc. 

El sud-oste por un lado impeliendo las arenas, y los aluvio- 
nes por otro, arrastrando el detritus de las cuchillas, comple- 
taron la obra de relleno, trasformando un golfo en una laguna, 
la que canalizada en el año pasado, se ha trocado en una fera- 
císima vega que está elevada dos y medio metros sobre el 
nivel ordinario del Uruguay. 



ARTÍCULOS DIVERSOS. 34 1 



En el año que lleva de cultivo este terreno, se ha levantado 
doble que en los años ordinarios. 

En corroboración de las opiniones de Reclús y de las obser- 
vaciones de todos los geólogos contemporáneos, manifesta- 
remos un hecho que se repite en diferentes puntos de la mar- 
gen del Uruguay, principalmente en la estancia de Casa-Blanca, 
poco más arriba del arroyo Gutiérrez. 

Un espeso monte de ceibos, higuerones, curupís y otras 
maderas de poca aplicación hasta el día, se ha preservado, 
por esa causa, del hacha destructora, cubriendo una faja ancha 
de cuatro ó cinco hectáreas y tangente al río. 

Antes y después de esta faja, la costa, con escasa ó ningu- 
na vegetación, presenta el repugnante cuadro de las Dunas, 
elevadas algunas hasta la altura de quince metros; pero en el 
oasis á que nos referimos, el viento ha luchado en vano contra 
'a impenetrable muralla, vida de las plantas y verde alfombra 
de florido césped que se extiende allí en lugar délos abrasado- 
res y estériles arenales que, de todas partes, van avanzando 
hacia el interior de los continentes. 

La tierra afeada y empobrecida por la ignorancia de los 
hombres, clama en el ilustrado siglo XIX por restituirse á su 
piimitivo estado. Estamos al presente, tocando ya las funes- 
tas consecuencias de nuestra torpeza; pero mayores males 
aún, nos amenazan para el futuro, si no buscamos eficaz re- 
medio que corrija los perjuicios causados á nuestra fecunda 
madre. 

La señal de alarma ha sido dada por Mr. Ruhat, á princi- 
pios del siglo XVIII, quien probó con sus siembras de pino, 
que podían éstas ser las guerrillas que contuvieran al ejército 
de Dunas que marchaba al asalto de los pueblos. 

Mucho después de esto, propusieron al Gobierno de la 
Francia, sujetar con iguales ó semejantes procedimientos, la 
inmen.sa zona de las Laudas, antes de que el célebre Bremon- 
tier, pusiera en ejecución admirable plan de cultivos, por medio 
del cual, se demostró prácticamente, que con la plantación de 



342 JUAN DE COMINGES. 



árboles y arbustos de gran aparato foliáceo, como pinos, cas- 
taños, viñas, etc. se conseguía este resultado, sin más gasto 
que miserables doscientos francos por hectárea. 

Estos trabajos están terminados y las amenazadoras Dunas 
de las Landas hoy se han convertido en un emporio de rique- 
za. Los bosques recientemente plantados, según el plan de 
Bremontier, están estimados en 25 millones de francos, lo que 
da un valor de 600 francos á cada hectárea. 

No decimos más. 

El día en que grandes sociedades, protegidas por nuestro 
Gobierno, exploten las doscientas cincuenta mil hectáreas que 
hoy son causa de serios y justos sobresaltos, la República 
tendrá sobre sus costas quinientos millones de pinos, para 
hacer frente á los 25 millones de pies de pino, que se consu- 
men anualmente en el Río de la Plata, y la riqueza territorial 
habrá aumentado la fabulosa suma de cinco mil millones de pe- 
sos fuertes. 



Nueva Palmira, 10 de Marzo de 1872. 



UNA VISITA AL PARQUE DE PALERMO 



— ¿Ha sentido la Nación Argentina la necesidad de poseer 
un Parque? 

— Sí; y este sentimiento, por sí sólo, basta para medir su 
grado de cultura. 

— ¿Podía soportar el gasto? 

— Sin duda, por cuanto que empezó, sabiendo que en todas 
las creaciones del arte, con la economía, sólo se alcanza lo ri- 
dículo, y que son especialmente las grandes creaciones horti- 
culturales, las que menos la soportan. 

— ¿Sería posible que sucumbiese anémico el Parque de Pa- 
lermo? 

— Siendo cada año hombres diversos los que otorguen la 
ración anual, no está en lo imposible el que algún día quedase 
á media dieta. 

— No todos los hombres patriotas y populares están dota- 
dos de esos delicados sentimientos que les hacen comprender 
la incomprensible necesidad de los jardines públicos. 

Estas reflexiones son la causa de que tratemos de describir 
en breves rasgos, lo que es esa grandeza nacional, según las 
impresiones que nos ha producido en la última visita, y el po- 
deroso influjo que está llamada á ejercer en la higiene, en la 
ilustración y en la moral de los habitantes de Buenos Aires, 
siempre que se termine y se conserve. 

Hay muchos pueblos que, á pesar de no estar completamen- 
te sumidos en la barbarie, no se aperciben de la necesidad de 
los jardines, mientras que hay otros que, estando en los pre- 



344 JUAN DE COMINGES. 



ludios de la civilización, se sentirían asfixiados si no respirasen 
el aroma de las flores. 

No precisamos buscar ejemplos en otras épocas ó en otros 
continentes. Bien cerca de nosotros hay una riquísima pro- 
vincia extranjera, donde las hijas de los estancieros que mar- 
can anualmente veinte mil vacas, no cultivan ni una triste planta 
de geranio y vegetan en medio de aquellas tristes soledades, 
lánguidas y aburridas, pero al menos ociosas, que es el único 
placer de la ignorancia y la rudeza. 

Vecino está otro pueblo, (i) que aun no ha perdido del todo 
ni la lengua ni las costumbres primitivas, ni los rasgos físicos 
de su raza indígena; pueblo que se agita en la indigencia, sobre 
los escombros humeantes de su reciente devastación, y sin 
embargo, las mujeres de ese pueblo, que solo con mujeres 
cuenta, porque sus hombres murieron como héroes, son un 
elocuente contraste con sus vecinas: cantan, rien, danzan, dis- 
curren, y, sobre todo, trabajan sin violencia y como por cos- 
tumbre, sin que falte á ninguna de ellas momentos que 
dedicar á los jazmines que adornan los contornos de su pobre 
rancho. La delicadeza de sus sentimientos las hace más feli- 
ces en el hogar y más útiles para la familia y para la patria, 
que á esas opulentas vecinas que duermen sobre un sucio jer- 
gón, bajo el cual hay inertes algunas arcas repletas de oro. 

No falta en la República Argentina esa delicadeza, esa ter- 
nura esquisita que arrastra el 'ilma hacia el culto de lo bello; 
mirad uno por uno todos los zaguanes de las viviendas de Bue- 
nos Aires, y del soberbio palacio al humilde rancho no halla- 
réis uno solo que carezca de esas amables compañeras de la 
humanidad, que se alimentan con los gases que podrían da- 
ñarnos, devolviéndonos en cambio los suaves perfumes que 
embalsaman el ambiente que respiramos. 

La familia argentina ama la compañía de las plantas; y el 



(i) El Paraguay. 



ARTÍCULOS DIVERSOS 345 



límite de las ambiciones de cada padre, sólo llega hasta ad- 
quirir la posesión de una quinta, donde su compañera forme 
ramilletes, en tanto que sus hijos jugueteen. En Buenos Aires 
y sus contornos, hay, probablemente, más casas de recreo que 
lo que consentir puede, sin violencia, la fortuna de los particu- 
lares. No son pocos aquí, los que se han arruinado por su ex- 
cesiva pasión por los jardines. 

No pueden, pues, tacharse de toscos los sentimientos de 
los hijos del Plata, antes pudiera decirse, sin menoscabo de 
su honra, que va haciéndose endémica entre nosotros una pa- 
sión análoga á aquella de que los holandeses suelen ser vícti- 
mas y que llámase tulipanomania, 

Pero no á todos es dado satisfacer el laudable deseo de ha- 
cerse dueños de un jardín donde pasear sobre el florido césped 
y correr en los días de fiesta con sus deudos y amigos bajo los 
floridos árboles. Hay, desgraciadamente, muchos centenares 
de padres de familia, que, condenados á la estrechez ó á la 
miseria, ven con profundo pesar tornarse poco á poco pálidas 
las rosadas mejillas de sus hijos, relegados entre las cuatro 
paredes de una vivienda insana, donde falta el espacio, la luz y 
el oxígeno, y por tanto la salud y la alegría. 

No basta, para satisfacer esa necesidad moral y física de las 
familias pobres, el contemplar desde el exterior de una verja 
de fierro como se solazan, en sus jardines particulares, las fa- 
milias opulentas. 

El pueblo necesita de jardines públicos, más grandes y más 
suntuosos que los particulares; sabe que puede construirlos y 
conservarlos con su dinero, y no considera nunca mal inverti- 
da la plata que si's mandatarios destinen á satisfacer lo que, 
si no fuese una necesidad tan legítima, sería por lo menos una 
de las aspiraciones más laudables. 

Y no se crea que es solo al pueblo á quien aprovechan ex- 
clusivamente los grandes parques públicos. ¿Cuál otro podría 
ser el punto de cita de las gentes del gran mundo? ¿Dónde mejor 
podría diariamente exponerse á la admiración pública, la exü- 



346 JUAN DE COMINGES. 



berancia de la riqueza y la civilización? ¿Dónde como en ellos 
puede abarcar el extranjero, de un solo golpe de vista, el con- 
junto de objetos más interesantes que dan la medida de la 
importancia de un pueblo? ¿Dónde podría excitarse con más 
éxito esa provechosa emulación cuya consecuencia inmediata 
es el refinamiento y el progreso de las artes? 

¿Cómo la culta capital de la República Argentina ha podido 
darse por satisfecha hasta Junio de 1874, con sus clubs, su 
Colón, y su calle de Florida? ¿Por ventura bastaba tan estre- 
cha órbita para que en ella pudieran girar, con la majestad de 
que son dignos, esos astros deslumbradores de lujo, de her- 
mosura, de elegancia, de gracia y cortesía que hoy embellecen 
y vivifican al Parque de Palermo? 

¿Dónde iban á ostentar su apuesta gallardía y las gracias de 
su corcel brioso, los ricos mancebos de la alta sociedad por- 
teña? 

¿Dónde, las opulentas matronas lucían sus troncos, sus ca- 
rruajes, sus libreas, sus joyas, sus galas y su noble gentileza? 

¿Dónde, en los días de expansión, acudía el pobre jornalero 
á solazar su espíritu, paseando entre flores y comiendo con su 
familia un modesto asado á la sombra de las plantas? 

¿Dónde, en fin, acudía los domingos esa briosa juventud que 
pasa la semana entera sumergida en la cátedra, en la tienda, 
en el taller ó en la oficina? 

Buenos Aires, Setiembre 7 de 1882. 



LA COLONIZACIÓN DEL CHACO 



Hace pocos días que, desde las columnas de un diario, se 
desprendió una centella que acaso hubiese exterminado á los 
indígenas del Chaco. 

La prensa porteña no tuvo una palabra de censura para el 
que en la aurora del siglo XX proponía un acto de lesa huma- 
nidad, ni una de aliento para el digno órgano que con tanta 
prontitud, acierto y energía, rechazaba una ofensa que lasti- 
maba los sentimientos delicados y el alto criterio de la socie- 
dad argentina. 

La reputación, que es la vida de los países que, como éste, 
progresan principalmente por la inmigración, estaba herida de 
muerte, y los que amamos esta reputación, ó, lo que es lo mis- 
mo, los que trabajamos por el progreso de un pueblo, en el 
que encuentran cariñosa acogida los que no quieren enveje- 
cerse en el viejo mundo, absortos ante tan increíble indiferen- 
cia, íbamos á prorrumpir como el Pablo del «Tanto por ciento» . 

¿Por qué no sale una voz 
De esas entrañas de roble? 
Cualquier mentira es más noble 
Que ese silencio feroz. 

Pero el editorial titulado «El Chaco y la Colonización >, pu- 
blicado en el número 3429 de La Nación^ que, sin aludir á 
los anteriores, decide indirectamente la cuestión, en apoyo de 
las nobles ideas que sustentó otro órgano de publicidad, hace 



348 JUAN DE COMINGES. 



innecesaria nuestra queja, y reclama nuestro profundo agrade- 
cimiento. 

Tanto cuanto conocemos el territorio del Chaco y los indios 
que lo pueblan, nos son desconocidas las marañas de la políti- 
ca, cuyo terreno nos inspira un miedo que jamás hemos sentido 
en medio de las profundas soledades de las selvas vírgenes. 
Quizá dañemos á la causa que intentamos defender al ocupar- 
nos de ella desde las columnas de un diario que llaman de 
oposición; pero aún cuando en varias publicaciones adictas al 
Gobierno tenemos amigos que aceptarían gustosos cuanto les 
remitiésemos acerca de tan importante materia, preferimos 
hacerlo en aquel que se halla más en armonía con nuestros 
principios económicos, y que, en la contienda actual, se ha 
pronunciado por la buena causa, sin pueriles temores y sin 
contemplaciones degradantes. 

La antigua y reputada publicación que dirige un ex-Presi- 
dente, historiador, y sobre todo general de la República, acaba 
de decir en el momento más oportuno: 

«Que los territorios del Ohio y del Kentucky fueron con- 
quistados al salvaje por los colonos. 

« Que los verdaderos y temibles conquistadores de las tierras 
ocupadas por los bárbaros, han sido los colonos. 

« Que todo el rico valle del Missisipí, que hoy contiene co- 
mo 18 millones de habitantes, fué conquistado á los salvajes 
por la SOLA colonización. 

«Que á los colonos, y no á la fuerza militar establecida en 
la frontera norte de la Provincia de Santa-Fé, se debe la ocu- 
pación del desierto. 

«Que la Colonia California se estableció fuera de la línea 
de fronteras.» 

Estas ciertísimas afirmaciones tienen tanta importancia, que, 
si el criterio público no está pervertido, acabarán para siem- 
pre con las malas tendencias que antes hemos señalado. 

Pero lo que no ha dicho La Nación^ es que delante de las 
fronteras de Salta y dejujuy, hay riquísimas haciendas perte- 



ARTÍCULOS DIVERSOS. 349 



necientes á hombres civilizadosj las que se apacentan en terri- 
torios salvajes, cuidadas por salvajes que muchas veces tienen 
que defenderlas de la rapacidad de los cristianos. 

Pero lo que no ha dicho La Nación^ es que todos los obra- 
jeros que se están enriqueciendo con la brutal explotación de 
las maderas del Chaco, viven en las costas ó en el ci)razón del 
desierto, auxiliados por los salvajes y en la mejor armonía con 
ellos, sin echar de menos la protección de las fronteras que tan 
cara suele salir al protegido. 

Pero lo que no ha dicho La Nación, es que Taboada, Fon- 
tana y Sola se han paseado por el Chaco, sólo acompañados 
de 2ü ó de 30 guardias nacionales, y que otros lo han hecho 
absolutamente solos. 

Pero lo que no ha dicho la La Nación es que los soldados 
de las fronteras ¿el Chaco que desertan hacia el interior de es- 
te territorio, son tomados inmediatamente, no por comisiones, 
que sería imposible destacar en su persecución, sino por los 
mismos indios, quienes los devuelven á sus jefes. 

Pero lo que no ha dicho La Nación es que el verdadero 
servicio de la frontera de Formosa, que nunca fué atacada, ni 
lo será mientras haya justicia en el trato con los indios, lo ha- 
cen los subditos del cacique Pichón, quien, sólo por su buena 
índole, manda descubiertas por todos los contornos, para ver 
si se descubren rastrilladas de Pilagás; Pilagás que aparecen 
como feroces ante la imaginación de los Tobas, por la misma 
causa que ante la nuestra lo aparecen t(»dos ellos, que es la de 
no conocerlos; en lo que nos parecemos á los Romanos del 
tiempo pasado, que llamaban bárbaros á los extranjeros, y álos 
perros de todos los tiempos que muerden al que desconocen. 

El editorial de La Nación^ que con tanta franqueza ha con- 
fesado lo poco que valen las fronteras del Chaco, no debe irri- 
tar á los militares honrados; lo que sí debió ofender á todos, y 
desgraciadamente no se ha dejado donocer, fué que un diario 
pensara honrarles dándoles la indigna y cobarde misión de 
exterminar á unos cuantos argentinos, agricultores pacíficos, 



350 JUAN DE COMINGES. 



inofensivos, serviciales, útiles, y más dueños que nosotros del 
territorio que ocupan. 

Pero aún concediendo á estos indios un grado de ferocidad 
que aún no han podido adquirir como los pampas, por su me- 
nor contacto con nosotros; si Fontana, Sola y Tabeada han 
ido con cuarenta hombres á buscarlos hasta sus más remotas 
tolderías, ¿qué se proponen los que hoy pretenden que se pon- 
ga un ejército en campaña para la conquista de un territorio 
que se pasea con cuatro gatos? Si la expedición llevara un ob- 
jeto científico ó económico; es decir, si se tratase de conocer 
el Chaco para hacer públicas sus riquezas naturales y desper- 
tar el espíritu de colonización, ó de medir su superficie, pa- 
ra hacerla pasar á manos más inteligentes y laboriosas, los 
indios no se opondrían; pues su sola esperanza de hoy se cifra 
en encontrar quién les ofrezca un mendrugo en cambio de su 
trabajo, para morir sin sobresaltos bajo la copa de los árboles 
de sus bosques, á los que aman tanto como á su existencia. 
Nadie defenderá un territorio si no lo atacan. 

Tenemos mucho que decir sobre la colonización del Chaco 
y lo diremos si se nos franquean para ello las columnas de La 
Nación; por hoy sólo nos limitamos á felicitarla por su noble 
actitud y por decir al país que podemos demostrar que con los 
dineros invertidos inútilmente en las fronteras del Chaco, du- 
rante estos diez últimos años, hubiera habido más que suficien- 
te para reducir A la vida del trabajo noble e independiente, 
no á la esclavitud de los ingenios de azúcar de las provincias 
del Norte, á esos cincuenta mil ciudadanos aclimatados, á 
quienes hoy nos pintan con los más negros colores; con quie- 
nes intentan meternos miedo, para realizar, bajo ese pretexto, 
las más indignas explotaciones. 



* « 



No hace todavía un año, que desde el seno de la Sociedad 
Geográfica, y ante un público tan escogido como numeroso, 



ARTÍCULOS DIVERSOS. 35 I 



tuvimos el honor de manifestar que no sería justo, económico 
ni humanitario, el emplear para la reducción de los indios del 
Chaco medios idénticos á los desplegados en la conquista de 
la pampa. Entonces nos esplayamos hasta demostrar con qué 
pequeño sacrificio podríamos conseguir que esos cincuenta 
mil indios que lo pueblan, sin salir del territorio en que nacie- 
ron, que es precisamente el que más necesita de ellos, se con- 
virtiesen en ciudadanos tanto ó más útiles que los mejores in- 
migrantes europeos, que con tanta dificultad se aclimatan y 
que tan difícilmente se acostumbran á la explotación de los pro- 
ductos tropicales. 

Pocos fueron los diarios de Buenos Aires que en aquella 
conferencia pública no tuviesen presente algún representante, 
pero como si el asunto que en ella se trató fuese muy vidrioso, 
muy peliagudo ó muy trivial, salvo algunos aplausos del mo- 
mento y algunas palabras corteses en las crónicas del siguien- 
te día, no tuvimos el honor de ser apoyados calurosamente, ni 
la satisfacción de ser refutados, lo que hubiese dado motivo á 
la más oportuna y trascendental de las discusiones. El Chaco 
y sus indios quedaron como estaban y como estarán hasta tan- 
to que de un debate razonado no brote la opinión que ha de 
prevalecer definitivamente acerca de su suerte. ¿Cuál será ella? 

Pero no es poco, sin embargo, lo que vamos ganando para 
la buena causa, con que un diario de la talla de La Nación^ 
después de confesar espontáneamente que los verdaderos con- 
quistadores son los colonos^ califique de «problema trascenden- 
tal», la población del desierto; hable, no de debelar sino de 
«convertir al salvaje á la vida del trabajo»; de «incorporar y 
confundir las razas aborígenes á las civilizadas» y, sobre todo, 
de «leyes equitativas y justas que tengan por base el reconoci- 
miento (á los salvajes), de la propiedad del territorio que ocu- 
pen, en la extensión que se considere necesaria.» 

¿ Cómo no aplaudir tan alentadoras frases, cuándo ellas nos 
hacen vislumbrar, en medio de este horizonte oscurecido por 
intereses y pasiones encontradas, la esperanza de que no se 



352 JUAN DE CÜMINGES. 



cometa una iniquidad que mataría el prestigio de la nación que 
hemos adoptado por patria y cuyas instituciones siempre he- 
mos defendido, á despecho de aquellos con quiénes nos ligan 
los más estrechos vínculos de compañerismo, de amistad y de 
parentesco ? 

¿Cómo no regocijarnos cuando la voz autorizada de uno de 
los más importantes órganos de la opinión pública, nos dice 
que nuestras palabras de ayer, tan fríamente escuchadas, no 
expresaban una utopía? 

¿ Cómo no sentirnos conmovidos ante la esperanza de que 
pueda ser esta nación la primera de la tierra que aprovechán- 
dose de los adelantos modernos en todos los ramos del saber 
humano, y favorecida por las circunstancias más felices, logre 
resolver el problema de reducir á la civilización á los hijos de 
la naturaleza, sin extinguirlos ni degradarlos ? 

¿Cómo, no cobrar nuevos alientos para emprender con más 
fuerza que nunca nuestra propaganda, cuando hay quien em- 
plea su autoridad para decir al público, desde una tribuna más 
elevada que la de una Sociedad Geográfica: — Id á colonizar el 
Chaco; no temáis á los indios; despreciad á los que hasta hoy 
os retraían espantándoos con su mentida ferocidad ? 

¿Cómo, en fin, no declararnos satisfechos y agradecidos 
cuando encaramados sobre el montón de materiales acumula- 
dos por La Nación para el edificio de la prosperidad del Cha- 
co, podemos, seguros de que nos oigan, decir lo que hasta 
hoy habíamos callado por creernos solos en el más espantoso 
de los desiertos, que es el desierto de la indiferencia pú- 
blica ? 

Para trasformar la Pampa en una Provincia floreciente, se 
necesitan capitales y brazos; para hacer esto mismo con el 
Chaco no se precisan más que capitales. 

Ya lo hemos dicho. 

Prescíndase enhorabuena de todas las consideraciones de 
orden moral, si tan injusta se encuentra nuestra conciencia de 
hombre; pero si el suelo y las producciones espontáneas del 



ARTÍCULOS DIVERSOS. 353 



Chaco tienen algún valor en el mercado público, ¿no han de 
tenerlo también los hombres que lo pueblen? 

¿Cuánto ha costado á la República Argentina cada uno de 
los inmigrantes útiles que ha radicado en tan extremas lati- 
tudes? 

Haga sus cuentas, que nosotros las tenemos hechas, y nos 
espanta el pensar que haya un solo periodista capaz de haber 
tolerado impunemente la injuria que se hizo á la moral y á la 
ciencia económica, al proponer el absurdo medio de valorizar 
una cosa destruyendo precisamente aquello que más la va- 
loriza. 

La tierra del Chaco, aunque es por lo general la mejor y la 
más bien situada del planeta, no vale nada. . Su valor intrínse- 
co no puede despertar nunca la codicia de los gobernantes, ni 
lo que ella pudiera algún día producir en venta, alcanzará 
jamás á cubrir la vigésima parte de los gastos que ocasiona- 
ría el desalojo de sus naturales poseedores. Lo que ha de 
acrecentar la honra, la riqueza y el progreso de la República 
Argentina, es su bien entendida explotación, y como para ex- 
plotarla bien se necesitan capitales y brazos que puedan sopor- 
tar, sin esfuerzos que reclamen exagerados estipendios, las 
condiciones especiales de su suelo y clima, resulta no desalo- 
jando á éstos, sobre economizar los gastos de tan inicua em- 
presa, la que tomase á su cargo la colonización del Chaco, 
podría empezar sus libros abonando al capital activo estas dos 
partidas. 

Por 15,000 leguas cuadradas á lOO pesos. . 1.500.000 
Por 50,000 indios á 400 pesos 20.000.000 



Queda siempre de pié la creencia que nos han querido im- 
buir de que esos cincuenta mil indios son peor que cincuenta 
mil tigres de Bengala; pero nosotros, que conocemos á esos 
infelices mejor y con más motivo y con menos intereses per- 
sonales que defender que sus calumniadores, decimos que no 

22 



354 JUAN DE COMINGES. 



es cierta, y vaya para final de este artículo una prueba irrefu- 
table. 

Sin proponernos suicidarnos; sin pretender hacer peniten- 
cia, imponiéndonos voluntariamente peligros y privaciones; 
sin querer hacer méritos para ganar la vida eterna, derraman- 
do la caridad hasta el sacrificio de la existencia; en la plenitud 
de nuestras facultades intelectuales; conocedores como ningún 
otro de lo bueno y lo malo que tiene el Chaco, y, sobre todo, 
deseando sacar la mayor ventaja material ó sea la mayor can- 
tidad de plata, de nuestros conocimientos y de nuestra expe- 
riencia, hace 15 días que acompañados por varios jefes de 
tribus, amigos nuestros y dispuestos á someterse al trabajo, 
recorríamos las más recónditas soledades del más retirado de 
los Chacos Argentinos para elegir un punto donde establecer- 
nos con el fin de cultivar, casi exclusivamente con indios To- 
bas, la caña y el tabaco. 

Este punto lo hemos encontrado y reúne para nosotros las 
dos más importantes condiciones: i<* Está muy lejos de la pro- 
tección de las fronteras; 2^ Está poblado por muchos indios 



* 



Con la misma sinceridad que La Nación ha hecho justicia 
á sus adversarios políticos, confesando que el Gobierno de hoy 
ha procedido bien al volver sobre los desatinados pasos que 
dieron gobiernos anteriores, los que pretendían co;iquistar 
mayor territorio del que podían poblar y defender, del mismo 
modo concederemos nosotros al gobierno actual, con quien no 
nos liga otro lazo que el respeto que la autoridad merece, que 
no tiene todavía el propósito que algunos órganos de la publi- 
cidad le han supuesto, y que es el de llevar á sangre y fuego 
la civilización al Chaco, para limpiarlo de indios y entregarlo 
en manos de los especuladores y agiotistas, como ha sucedido 
con la Pampa. Creemos más bien que si el Presidente de la 



ARTÍCULOS DIVERSOS. ' 355 



República pensase que tan rico territorio pudiese llegar al apo- 
geo del progreso, por medios más legales, más pacíficos, me- 
nos aventurados y más económicos, los aceptaría con gusto. 
Pero lo que sí debemos confesar con franqueza, es que difícil- 
mente se habrá olvidado que es General el primer magistrado 
de la República, y que, por su amor al gremio, por su cos- 
tumbre de pelear con indios que no se parecen á los del Cha- 
co, y por su íntima y perpetua relación con los antiguos cole- 
gas, ha de verse rodeado de tal atmósfera de fuerza, que con 
dificultad podrá darse cuenta de que haya algo en el mundo 
que pueda hacerse bien sin el auxilio de la espada. No envi- 
diamos la suerte de los indios, si el Presidente General ha de 
recibir sus inspiraciones de los jefes de las fronteras, pues hay 
alguno que opina y repite públicamente tque no hay manea co- 
mo la de cuero de indio». Fué, pues, por este temor, enton- 
ces muy remoto, por lo que tratamos de prevenir el golpe en 
nuestra primer conferencia dada en la Sociedad Geográfica, y 
es por el más fundado que hoy nos asalta, por lo que haremos 
un esfuerzo para acrecentar la opinión en favor de la conquis- 
ta pacífica, para la que no se solicita del gobierno otra cosa 
que libertad y fiel y exacto cumplimiento de las leyes estable- 
cidas. 

Dice La Nación que si la inmigración acude á otros países 
con preferencia al nuestro, á pesar de estar más distantes, y 
de no reunir tan buenas condiciones, es porque aquí se pres- 
cinde de poner de manifiesto, ante las miradas de los euro- 
peos, t(^as las informaciones que pudieran servir de atractivo 
para llamarla. 

Estamos completamente de acuerdo con La Nación. Si la 
Europa de hoy, en medio de los conflictos por que pasa, con 
las persecuciones á los fenianos, nihilistas y judíos, conociesen 
lo que valen el suelo, el clima y las libres instituciones de esta 
gran Confederación, en masa se trasportarían á nuestro suelo 
todos los perseguidos, como los puritanos de ayer, trayendo 
sus Tuerzas, sus capitales y sus bien cultivadas inteligencias. 



356 JUAN DE COMINGES. 



Pero éste es un sueño dorado y Dios no quiere que se realice, 
para castigar á los pueblos que aspiran á engrandecerse, como 
éste lo hace, sólo por su divina misericordia; olvidando aque- 
lla santa máxima, aquel axioma político que dice: ayúdate y 
te ayudaré. 

Antes que la Pampa, que, como todos sabemos, no podrá 
en muchos años desarrollar otra industria que la pecuaria, que 
tan exigua población reclama, hubiera debido medirse el Cha- 
co, del que, cuando sea conocido, no quedará un palmo de 
tierra sin someterse al cultivo de los valiosísimos productos 
tropicales, que ocupan y enriquecen á millones de labradores, 
artesanos y comerciantes. 

Pero ¿cómo pretende La Nación que el gobierno ordene 
que se haga el estudio científico del Chaco, cuando tal vez él 
es el primero que participa déla vulgar creencia de que esto no 
es posible, mientras no se limpie de indios como tuvo que ha- 
cerse con la Pampa? 

Tienda, tienda La Nación á borrar del ánimo del pueblo y 
del gobierno tan arraigada como absurda idea, que si esto 
consigue, el Chaco será conocido, y, lo que es igual, poblado 
por la iniciativa particular, mucho antes, mucho más y mucho 
mejor que si se acometiese esta dificil empresa con elementos 
oficiales. 

Sin tener por profesión la valentía, sin ser invulnerable á 
las flechas, como Aquiles, y sólo porque felices circunstancias 
nos habían hecho, conocer la calumnia que pesa sobre estos 
indios, desde el primer día de la conquista, nos herios lanza- 
do solos entre ellos, y, con su auxilio y cooperación, hemos 
podido estudiar más de mil leguas de su territorio y más de 
quinientas de las dos mil que tiene de canales navegables. 

Aún no hace una semana que hemos regresado de nuestra 
cuarta expedición al Chaco; aún no hemos publicado un solo 
dato de cuantos poseemos sobre sus riquezas naturales, pues 
eso será materia de un libro que estamos escribiendo desde 
hace mucho tiempo; aún no hemos puesto en limpio los mapas 



ARTÍCULOS DIVERSOS 2>5T 



que vamos á ofrecer á la Sociedad Geográfica, y, sin embar- 
go, ya, á la hora que escribimos estas linas, sin otra propagan- 
da que la que un pobre enfermo puede hacer desde su lecho, 
al que se acerca un escaso.número de amigos, ya, repetimos, 
se han presentado al gobierno cinco solicitudes para obtener 
en distintos puntos del Chaco Central setenta y seis leguas 
de tierras que serán colonizadas indefectiblemente por sus 
respectivos solicitantes. 

Ahora bien, si nuestra pobre cooperación, apenas iniciada en 
el círculo de las relaciones más íntimas, ha podido hacer que fir- 
mas respetables, acogidas á la ley de colonización, que en nues- 
tra opinión es excelente, se resuelvan á encaminar sus capita- 
les hacia un territorio hasta hoy tan olvidado cuanto descono- 
cido, ¿qué no vendrá de progreso sobre esos fértilísimos luga- 
res cuando La Nación y toda la prensa argentina se propon- 
gan despertar de su letargo al espíritu público, para que no 
mire con asco ni con pavor esta tierra de promisión que puede 
sustentar con su vigor increible doce millones de habitantes ? 

Indague la prensa hasta qué punto sean ciertas nuestras 
afirmaciones; salgan á la palestra los que pretendan refutar lo 
que hemos dicho, que desde ahora les prometemos conven- 
cerlos ó dejar nuestra reputación en sus manos. 

Pero, nos dirán, si tal es la feracidad de los terrenos del 
Chaco; si tan favorable es su clima; si tan ricas y abundantes 
son sus maderas; si con tanta facilidad se desarrollan en su 
suelo todos los frutos tropicales; si tan dóciles y serviciales 
son los indígenas que lo habitan; si tanta economía presentan 
para el trasporte sus numerosas vías navegables ¿por qué no 
han prosperado sus colonias? 

¡Ah! ¡sus colonias! preguntadnos por qué no han desapare- 
cido, y entonces sí que podemos responderos como los hijos 
de Agar: Porque Dios es grande, ó mejor dicho, porque el 
Dios del Chaco es infinitamente más misericordioso que el 
Dios de cualquiera otra parte. 



CONFERENCIAS AGRÍCOLAS 



I. 



En ese eterno círculo de exaltación y abatimiento, en que 
gira la materia, una vez convertida en infectos y ponzoñosos 
miasmas, otra vez delicados y saludables perfumes; ya gigan- 
tesco cedro, ya repugnante cadáver, tan pronto ejército nu- 
meroso, como depósito de guano: en esa serie de trasforma- 
ciones porque atraviesan sucesivamente los seres que pueblan 
el espacio, están demostradas con toda la elocuencia del poder 
creador de la naturaleza, las leyes que sustentan la armonía y 
la fraternidad de la familia orgánica. 

Cuando enlazados en íntimo consorcio la ignorancia y la 
ambición humana, logran á fuerza de una brutal explotación 
del suelo, acabar con sus fuerzas productoras, comienza la 
lucha del arte con la naturaleza ; lucha terrible que puede pro- 
longarse algunos siglos, pero que siempre termina con la 
derrota humana. 

Aquellas muchedumbres que no conociendo otro sistema 
de cultivo, sino el saqueo de los jugos de la tierra, la esquil- 
maron hasta sólo dejar de ella los elementes minerales, que 
nada podían prestar á la vegetación, hoy se ven castigados en 
su propio crimen, supuesto que para obtener las más raquíti- 
cas cosechas, consumen esfuerzos y economías en reintegrar, 
por medio de abundantes abonos, la feracidad que arrebata- 
ron al suelo, con su impremeditación ó su avaricia. 



ARTÍCULOS DIVERSOS. 359 



Cuando á fuerza de repetidos escarmientos llega el suelo á 
desconfiar del crédito humano, le considera como á deudor 
moroso á quien no anticipa frutos sin el previo pago de algu- 
nos restos orgánicos, que restablezcan una parte de su vigor 
perdido y le consientan nuevas producciones; entonces empie- 
zan á sentirse las consecuencias del duro anatema del paraiso. 

Ríos de sudor riegan los campos. Ignorancia y hambre rei- 
nan en las cabanas. Superstición y servilismo dominan en los 
corazones. Las deyecciones de los animales se disputan, cuchi- 
llo en mano, antes de llegar á la tierra. El hombre emigra. 
La naturaleza se hace justicia. 

Los numerosos grupos de inmigrantes que llegan á nues- 
tros puertos, son los que agobiados en la lucha contra la na- 
turaleza rebelde del antiq^uo continente, vienen al rumor de la 
feracidad de nuestro suelo. 

Codiciado tesoro esconden ciertamente las entrañas de la 
virgen República Oriental. Mina inagotable, si se explota con 
más previsión que aquella de las manzanas de oro. 

No. Que nunca los hijos de tan hermosa madre manchen 
sus manos con el crimen de parricidio. Que nunca les obligue 
el destino á verter en extrañas tierras las amargas lágrimas de 
la expatriación ! 

Que los desaciertos del antiguo mundo sirvan de enseñanza 
á estas nuevas sociedades. 

No permitamos, pues, que entre nosotros se incube el ger- 
men de las prácticas viciosas y rutinarias que llevaron la deso- 
lación y la muerte á aquellos campos de la Persia, la Arabia 
y el Asia menor, por donde en más felices días surcaban 
arroyos de leche y miel. 

Y ya que la antorcha de la ciencia moderna ilumina nuestro 
camino, para dejarnos ver las leyes fatales de la materia, por 
las que la vida de las futuras generaciones de seres depende 
de la composición de las generaciones que hoy existen, resti- 
tuyamos, día á día, á la madre tierra, todos los despojos de la 
muerte, en la seguridad de que serán devueltos á nuestra raza 



360 JUAN DE COMINGES. 



bajo la forma de sabrosos frutos, y de que con ello saldaremos 
nuestras cuentas con las generaciones pasadas. 

La capa superficial de tierra vegetal que se extiende por 
todos los ámbitos de la República, no es otra cosa que la aglo- 
meración de despojos animales y vegetales, que restituidos al 
seno de donde brotaron esperan solo un germen para trasfor- 
marse en seres nuevos, adornados, por un día, con todos los 
encantos de la vida. Esta capa, este inmenso fondo de reserva, 
que la naturaleza guarda para purificarlo más y más, en el 
crisol de las fermentaciones, es de un espesor tan considera- 
ble, que podría rendir, por término medio, doscientas cose- 
chas sin agotarse; sin exigir la restitución de los abonos; es 
decir, sin consumir los elementos orgánicos, que son los que 
se trasforman en frutos. 

El gasto anual de los abonos, que los centros agrícolas eu- 
ropeos emplean para fortificar la debilidad y cansancio de la 
tierra, es el de veinte pesos por hectárea. 

Si el suelo que miramos con desdén en esta República, se 
viera colocado al Norte del Mediterráneo, no incluyendo el 
valor de las cosechas, daría al labrador, por espacio de dos 
siglos, una economía anual de trescientos sesenta millones de 
pesos fuertes. 

Entre los muchos que decantan la fertilidad del suelo 
Oriental, pocos serán los que estén íntima y profundamente 
convencidos de toda la extensión de su grandeza. 

Si supieran que solo las moléculas orgánicas arrojadas en 
la tierra, valen para el labrador inteligente la fabulosa suma 
de setenta y dos mil millones de pesos, no se moriría.i de 
hambre sobre un montón de trigo; no despreciarían los dones 
de una providencia demasiado generosa, no yacerían en estúpi- 
do letargo, entregados á la vida indolente y semi-salvaje del 
pastoreo, origen de todas las guerras y de todos los males 
porque viene atravesando esta desdichada patria desde que 
pisaron en ella los primeros conquistadores. Serían en fin, 
apóstoles incansables de las doctrinas agrícolas, hasta que 



ARTÍCULOS DIVERSOS. 36 I 



fueran sacrificados á las iras de la preocupación y la ignoran- 
cia, sobre los idólatras altares del becerro y el vellocino. 

El Gobierno del coronel Latorre ha comprendido que ni 
era posible dejar improductivo tan enorme capital, ni tolerar 
tampoco que con prácticas absurdas, se llegue al despilfarro 
de tanta riqueza. Por eso acaba de reanimar dormidos gérme- 
nes de futuro esplendor, profetizados por El Siglo el 1 7 de 
Mayo de 1 87 1. 

Gérmenes que no pueden despertarse al destemplado grito 
de charlatanes ni saludadores, sino al contacto de la vara 
mágica de la ciencia. 

Se ha creado una Dirección General Agronómica. 

Al patriotismo de la Asociación Rural del Uruguay, corres- 
ponde el convocar pronto á ejercicios teórico-prácticos de 
oposición, para que cuanto antes tengan el hombre compe- 
tente, que les ayude con sus conocimientos facultativos á la 
organización de tan importante oficina. A nosotros sólo nos 
cumple la satisfacción de consignar como una fecha gloriosa, 
el 15 de Marzo de 1876. 



II. 



Cuando el noble sentimiento de la independencia, secundado 
por el fanatismo religioso, borró de la península española los 
últimos rastros de la civilización agarena: 

Cuando las abrasadas lágrimas de Boadil, secaron el jugo 
de las fértiles vegas de Granada: 

Cuando los caballerescos Árabes se vieron empujados has- 
ta las playas Africanas: 

Cuando los sabios Hebreos sucumbieron en las hogueras de 
la inquisición. 

Cuando las naves de Colón trasladaron al nuevo continente 
los más ilustres vastagos de la hidalguía castellana: 



362 JUAN DE COMINGES. 



Cuando para entretener los ocios de vagos, aventureros y 
segundones, se llevó la destructora guerra á los ¿aóoriosos hijos 
de los Países Bajos: 

Cuando se vieron perdidos los hábitos de trabajo á causa 
de una lucha de ocho siglos, ¿dónde estaban los hijos de Cu- 
lumela y Avicena? 

Los héroes que se asfixiaban en el pequeño recinto, limitado 
por las Columnas de Hércules, se lanzaban sobre frágiles ca- 
rabelas álos abismos del Atlántico, en busca de más dilatados 
horizontes. 

Los que no poseían otra fortuna que su espada, ni conocían 
otra vida que la vida délos campamentos, se alistaban bajóla 
bandera de los tercios de Ñapóles ó de Flandes. 

Los que amaban la vida sedentaria, ingresaban en las ór- 
denes monásticas. 

Los magnates, dueños del territorio, se divertían en el ejer- 
cicio de la caza, y hacían pastorear por sus pedreros, algunos 
millares de merinos. 

Y los que, cobardes para correr el riesgo de mares y ba- 
tallas é independientes para vivir en vasallaje ó tras las rejas 
del claustro, se dedicaban á la vida de salteadores, ancha pla- 
za les ofrecía la Sierra Morena y las jaras de los montes de 
Toledo. 

La agricultura no existía, porque no es existir el cultivar 
algunas legumbres y hortalizas en las reducidas huertas de 
Valencia y Murcia. 

La agricultura que bajo el dominio de los árabes había 
llegado á ser la admiración de todas las naciones conocidas; 
esa agricultura, que sin disponer de los auxiliares mecánicos 
con que cuenta el labrador del siglo diez y nueve, llegó á 
sustentar, en los reinos de Andalucía, un número de habitan- 
tes á que jamás ha llegado nación alguna; esa agricultura no 
era necesaria para los nuevos conquistadores. La agricultura 
sólo es precisa para aquellas sociedades que sienten la necesi- 
dad de la civilización. Los condes y marqueses, se conforma- 



ARTÍCULOS DIVERSOS. 363 



ban con tener á su mesa una buena pierna de cecina, con 
montar un caballo cordobés y con abrigarse con el paño se- 
goviano. 

Cuando, pasando el tiempo, el comercio con las demás 
naciones, los hizo mirarse en el espejo de su ignorancia, no les 
fué necesario salvarse de la vergüenza, por el camino de la 
agricultura, porque los barcos de la India descargaban en el 
puerto de Santa María ricos cargamentos de oro, que salían 
por Irún para tornar convertidos en productos de la laboriosa 
Europa. 

Por otra parte la agricultura nacional era imposible. 

Los pobres no tenían propiedad; y los grandes no dividían 
la suya ni para sus hijos. 

El terreno pertenecía á unos cuantos ganaderos que se con- 
sideraban muy felices con tener una docena de vasallos por 
legua cuadrada. Ignorantes para conocer las ventajas que trae 
la multiplicación de los hombres; egoístas para sacrificarlo 
todo á la multiplicación de los animales, y fuertes y poderosos, 
como fieles auxiliares del despotismo y la intolerancia, llegaron 
á constituir una liga para combatir franca y desembozadamen- 
te, las tendencias de la agricultura, que son el preludio de la 
libertad. 

Esta terrible asociación, origen de todas las miserias de la 
desdichada España, se dio á sí misma el título de «Honrado 
Concejo de la Mesta» ; obtuvo de los monarcas toda clase de 
privilegios, y hasta llegó á manchar las páginas de la historia 
con una ley que impedía al propietario labrar, cercar ni plan- 
tar viñas. « 

Cerca de tres siglos se han necesitado, para destruir una á 
una las leyes fatales de La Mesta. Éstas desaparecieron el día 
en que los Reyes dejaron de serlo no solo por la gracia de Dios, 
sino por la de Dios y de la Constitución; es decir, cuando apa- 
reció la aurora del progreso. 

Cuando la ganadería no es más que la explotación de los 
anímales, que nacen y crecen y se multiplican, sin otro auxilio 



364 JUAN DE COMINGES. 



que el de la naturaleza, entonces es incompatible con la agri- 
cultura; más aún, es su enemiga irreconciliable, es su verdugo. 
Entonces los intereses rurales son antípodas. 

El progreso de un país no puede alcanzarse sino el día en 
que una población abundante y laboriosa pone en juego sus 
fuerzas é inteligencia para despertar los dormidos gérmenes 
de riqueza, ocultos hasta entonces á la vista de los ignorantes. 

El progreso que viene con la población, es imposible, don- 
de el dominio de la ganadería excluye á la agricultura, por 
que con excepción de los centros industriales, la falta de ella 
excluye la población. 

Cuando llega para un pueblo el feliz momento en que la 
agricultura y la ganadería viven en íntima fraternidad, apo- 
yándose y protegiéndose mutuamente, es porque el perfec- 
cionamiento de ambas, ha trasformado á la una en industria 
agrícola, y á la otra en industria pecuaria. 

Cuando los intereses materiales dei individuo se oponen á 
los intereses morales y materiales de la raza, no bastan las 
fuerzas de la razón para arrastrar el carro del progreso; se ne- 
cesita la fuerza material de las revoluciones. 

La de 1834 que acabó con los odiosos privilegios de los 
ganaderos españoles, marcó el principio de la verdadera pros- 
peridad de aquel país. 

La República Oriental no explota más riqueza que la escasa 
que puede proporcionarle una ganadería que no es digna de 
los honores de industria pecuaria. 

Esta ganadería no es otra cosa que la trasplantación de la 
ganadería española, con todos sus vicios y preocupaciones. 

El comercio de los orientales con las demás naciones, les 
ha traído todas las necesidades de la civilización, las que fa- 
talmente satisfacen y tienen que satisfacer. 

A Montevideo no llegan de la India los cargamentos -de 
plata, conque los españoles suplían su indolencia y llenaban 
sus aspiraciones aristocráticas. 

Está visto que las plantas de cuatro patas ^ que acaso hu- 



ARTÍCULOS DIVERSOS- 365 



hieran bastado para una existencia oscura, y vergonzosamente, 
no bastan para barrer las calles con raso y terciopelo; para 
diamantes, banquetes, palacios, jardines, carretelas, y menos 
aun, para mantenerse en equilibrio y presentarse con decoro, 
como nación, ante las naciones cultas. 

Todos los planes financieros; todas las economías del presu- 
puesto, no pueden salvar el país que viene desde hace muchos 
años sosteniéndose del crédito; porque se ha despertado para 
el consumo y se ha dormido para la f>roducción. 

Es preciso cultivar la tierra. 

Esas naciones que nos avergüenzan, mandándonos sus pro- 
ductos agrícolas, no están como la nuestra, favorecidas por la 
naturaleza. 

La espesa capa de tierra vegetal que cubre nuestro suelo, 
sólo aguarda que caiga un germen en sus fecundas entrañas, 
para trasformarle en el más delicado fruto. 

¿Qué esperaremos? 

Montevideo, Marzo de 1876. 



DESDE EL CHACO PARAGUAYO 



EN PLENA NATURALEZA PRIMITIVA 



M¡ querido hermano Antonio: Mi espíritu inquieto y mi 
genio amante de las aventuras me tienen otra vez en este 
escenario sin espectadores, donde se representan lindos saí- 
netes y algunas tragedias menos divertidas, pero que hacen 
sentir la vida mucho más que en medio del letargo y del afe- 
minamiento de las grandes ciudades. 

Bosques impenetrables de cuyos árboles descienden flexi- 
bles lianas más resistentes que el alambre, y de cuyos troncos 
y copas penden aros, bromelias, clemátides, orquídeas y miles 
de flores parásitas desconocidas. 

Frutas silvestres, tan abundantes como sabrosas, con las 
que se regalan carpinteros de dorada cresta; palomas del ta- 
maño de gorriones; guacamayos, loros, cotorras y numerosas 
tribus de inocentes y divertidos monos. Palmares que aseme- 
jan á extensas catedrales con sus elevados estípites y con sus 
copas formando bóveda bajo la del cielo, que impide á trechos 
el paso de la luz, y por tanto el desarrollo de las praderas. 
Praderas limitadas por azulados montes, por las que atraviesan 
leones, osos hormigueros, antas, avestruces, ciervos, mulitas, 
quirquinchos, tigres, multitud de roedores y reptiles como el 
crótalus, músico ambulante en nada parecido á Orfeo, pues 
que sus melodías espantan, no sólo á los hombres, sino á 
todos los seres vivientes; concierto de cascabeles al que 



ARTÍCULOS DIVERSOS. 367 



no puede acudir el hombre civilizado, sino provisto del per- 
manganato de potasa y del inyector correspondiente. Ba- 
ñados sin límites, cubiertos por altísimos juncos y espada- 
fias, por verdes y floridos camalotes que flotan provistos 
de boyas naturales, ó, por Iotas, nepentes, ninfeas y Victo- 
ria Regia. Verdaderos oasis del Chaco, donde el fatigado 
explorador puede satisfacer su sed con agua fresquísima, y su 
apetito cazando los mergeos, canaos, patos y flamencos que 
lo surcan, los carpinchos y chanchos cimarrones que lo ro- 
dean, ó en caso de poca fortuna, los cocodrilos que duermen 
tranquilos y repletos sobre la orilla, y cuya cola es, dejando 
aparte las preocupaciones, alimento más regalado y nutritivo 
que el mejor de las clases proletarias. 

Este es el boceto del país donde he vuelto por mi gusto, 
después de diez años de forzada ausencia; en el que estoy con- 
tento, que no es poco decir, y en el que dejaré los huesos con 
toda tranquilidad. Si algo me aflige, es no tener á mi lado á 
todos los seres que amo, para que compartiesen mi alegría. 
Esto es un paraiso y os compadezco, como á desterrados, á 
todos los que vivís respirando la viciada atmósfera de las ciu- 
dades, y soportando, hasta el fin de la existencia, el pesado yugo 
de las imposiciones sociales. 

Yo sé bien que mis sobrinas no aceptarían mi brazo para 
pasearlas por el Prado, Recoletos ó los Jardines del Buen Re- 
tiro, si me presentase entre ellas con mi blusa azul, mis botas 
granaderas, mi sombrero de calcuta, mi camisa genovesa y un 
revólver á la cintura, como estoy ataviado en este momento, 
y que tú mismo, hermano cariñoso, que me has servido de 
padre, te pondrías colorado como un tomate si con tu unifor- 
me de gentil-hombre, y yo con esta facha, te diese por sorpre- 
sa un abrazo ante tu reina, en los salones del palacio; pero 
vive tranquilo, que no son mis ideas las de abrazar á nadie en 
el palacio de Madrid. 

Sin embargo, debo pedirte como un acto de justicia, que, 
dejando aparte esas leyes pesadas de la sociedad, á las que 



368 JUAN DE COMINGES. 



nunca he podido someterme, digas á tus hijos, con lealtad, 
que no hay conciertos como los que la naturaleza nos da aquí 
todas las madrugadas y todas las noches, con los millones de 
seres que cantan sus amores y pulsan dulcísimos instrumentos; 
y que bajo la bóveda celeste no hay jardines que hagan sentir 
las bellezas que Dios ha creado, como los que se encuentran 
entre el Pilcomayo y el Otuquis. El espléndido jardín zooló- 
gico de Londres, con aquellos seres prisioneros en jaula do- 
rada, lejos de la patria y condenados á un clima artificial, ¿qué 
es sino una tristísima y ridicula parodia de la naturaleza de los 
países tropicales? 

Diles que me acuerdo de ellos, cuando, en mi canoa y acom- 
pañado de mi hijo Juanito y seis indios de remo, salgo en ex- 
ploración por estos arroyos y lagunas cubiertas de flores per- 
fumadas y pobladas de aves, anfibios y abundante pesca. Nada 
es más encantador que estos parajes en los que jamás el 
espíritu se siente fatigado, y donde el cazador más empecina- 
do regala sus armas, porque no quiere ultimar traidoramente á 
seres inofensivos que se le someten y le acompañan confiados. 

¿ Qué hago aquí ? Vas á saberlo : 

Hace veinte años que el Chaco del Norte no era más que 
un antro amenazador, en cuyas costas aparecían con frecuen- 
cia indios, tigres y cocodrilos sobre los cuales disparaban las 
armas los tripulantes de los escasos buques de vela que se 
arriesgaban hasta la provincia de Matto Grosso. 

Las peripecias de la guerra del Paraguay, las relaciones que 
empezaron á establecer con los indios algunos atrevidos ma- 
dereros; los buenos resultados obtenidos por un marsellés que 
vivió 22 años frente á la Asunción; el establecimiento déla 
colonia «Nueva Burdeos», más tarde «Villa Occidental» y hoy 
«Villa Hayes»; mis exploraciones de 1878 y 1879, las del 
señor Thouar, y las de los bolivianos que se establecieron en 
Bahía Negra, hoy Puerto Pacheco, hicieron comprender que 
aquel antro encerraba riquezas inagotables, y que el Paraguay 
poseía un tesoro con el que hacer frente á su deuda, recobrar 



ARTÍCULOS DIVERSOS. 369 



SU crédito y dar un nuevo impulso á su progreso algo amor- 
tiguado. 

El territorio del Chaco fué subdividido en lotes y puesto en 
venta, y no faltaron ávidos especuladores que se apoderaron 
de estas seis mil leguas cuadradas que hoy empiezan á explo- 
tarse bajo el aspecto pecuario, agrícola y sobre todo forestal. 
Ya no hay soledades en la ribera del Paraguay. Desde el 25^^ 
al 20 de latitud Sud, ó lo que es igual todo el Chaco Pa- 
raguayo, en manos inteligentes y laboriosas, no es hoy una 
amenaza para nadie, sino un porvenir seguro para los que lo 
explotan; un honor para los que con una ley pronunciaron ^fiat 
que lo sacó de la nada, y una tabla de salvación para los cuaren- 
ta millones de europeos que están llamados á contribuir á su 
engrandecimiento con la inteligencia, el capital y el trabajo. 

Las vacas mugen; el arado surca el feracísimo suelo; el 
golpe del hacha y del martillo se dejan oir por toda la costa; 
el tigre huye espantado á las profundidades del desierto; el 
cocodriilo se deja matar impunemente, sin haber jamás co- 
metido un atentado contra la especie humana, pues que hasta 
los niños se bañan en su amable compañía, y el indio feroz, 
aquel indio de color de bronce, peludo y emplumado; el caníbal 
tan perfectamente descrito al amor de la chimenea por los 
exploradores de café cantante, con sus horribles macanas y 
sus envenenadas flechas; aquellos que danzan en torno de la 
víctima humana, que se preparan á devorar en medio de estri- 
dentes gritos. ..esos indios tan calumniados por los cobardes y 
por los ignorantes, ó por los que buscan laureles por haber 
surcado las aguas del Paraguay escribiendo novelas que suelen 
pasar por informes geográficos; esos hermanos nuestros en el 
estado de la inocencia primitiva, esos hijos de la naturaleza no 
son una remora para el progreso de este territorio, sino por 
el contrario, dóciles á las disposiciones del hombre culto ^ 
parcos, fuertes, serviciales, aclimatados y conocedores del te- 
rreno, son auxiliares tan imprescindibles como económicos para 
echar los cimientos de la civilización. 

23 



370 JUAN DE COMINGES. 



Un ciento de estos salvajes que me secundan en los trabajos 
que tengo emprendidos, duermen en este momento entre las 
hogueras del perfumada palosanto, á la puerta de mi ranchito. 
No sé si habrán cenado lo suficiente, pero estoy bien seguro 
de que no seré en todo caso el complemento de la cena, como 
de que se regocijan con las bromas de mi hijo Juanito, que 
les está haciendo cosquillas con una ramita en sus desnudas 
espaldas. 

El clima es preferible al mejor de nuestra patria. Estamos 
en el corazón de Sud- América, y aunque en esta latitud, en el 
mar el calor de verano es demasiado, aquí estamos ya á gran- 
de altura sobre el nivel del mar, y por lo tanto la temperatura 
es agradable, salvo hoy que el frío (aunque no hiela) se deja 
sentir en demasía. 

No hay planta que aquí no se desarrolle con esplendidez, 
en poco tiempo. Las patatas, los nabos, los tomates, los pi- 
mientos, la sandía y la escarola me han germinado en tres 
días, y están ya fuera de tierra. — Para el maíz y batata es 
siempre estación. El tabaco es espontáneo y el cultivado es ex- 
celente. La caña de azúcar dura veinte años. — El ramio crece 
dos metros; en fin, la humedad de un suelo plano, surcado por 
mil arroyos y lagunas, y la temperatura que jamás desciende 
de 15® centígrados, unida aun suelo formado con aluviones 
modernos, y con la descomposición de restos orgánicos abun- 
dantísimos, hacen de esta tierra la tierra de promisión para los 
cultivadores y ganaderos. En cuanto á los obrajeros, no hay 
más que decir sino que el río Paraguay está surcado por bas- 
tantes docenas de chatas y remolcadores que conducen á Mon- 
tevideo y Buenos Aires millones de palmas, vigas y dur- 
mientes, así como de rodillos de quebracho que se exportan á 
Europa para la fabricación del extracto que hoy se emplea de 
preferencia, como materia curtiente, pues esta planta, cuya 
duración en obra no es conocida por falta de tiempo, desde la 
conquista, contiene un 18 por ciento de tanino. 

¿Pero en qué me ocupo en el Chaco? preguntarás de nuevo; 



ARTÍCULOS DIVERSOS. 3 7 I 

pues en hacer extracto de quebracho, negocio regular aquí 
donde abundan los desperdicios de esta madera, donde con el 
mismo material y gasto de fabricación que en Europa, se eco- 
nomizan los altos fletes de la parte inerte del quebracho. 

Al fracasar la empresa Bravo, que tantos sacrificios costó 
á su digno iniciador y á mí que le secundé con toda mi alma, 
no fracasaron mis esperanzas de tornar al Chaco. Esperé, y 
diez años más tarde, poniéndome en relación con un español 
que ha unido su nombre al progreso argentino y que posee 
en el Chaco la friolera de tres mil leguas cuadradas ( don 
Carlos Casado ), le propuse interponer mi amistad con todas 
las tribus y contribuir con mi conocimiento del territorio, á 
construir el ferrocarril desde el grado 22a Santa Cruz de la 
Sierra, en Bolivia. 

Este señor me aceptó á su lado, asociándome por el mo- 
mento á esta industria y encargándome el estudio y prepara- 
ción de obras más grandes. 

Aquí estoy, pues, y no me tengas lástima. 

Tuyo. 



Juan de Cominges. 



Puerto Casado, Agosto 13 de 1889. 



CUIDADO CON LOS PRIVILEGIOS 



«Don Carmine Duce se ha presentado al gobierno, á nom- 
bre y en representación de una sociedad, pidiendo privilegio 
por el término de 20 años, á contar desde la fecha de su acep- 
tación, para establecer una fábrica de aceite de oliva y un des- 
tilatorio para la elaboración de aguardiente. 

El solicitante ofrece en cambio plantar 20,000 olivos en 
campos fiscales, donde el gobierno designe. 

Dos años después de aceptada esta propuesta, la fábrica y 
el destilatorio estarán funcionando. 

El señor Duce pide se exonere de pago de derechos á las 
máquinas y útiles que sea necesario introducir, lo mismo que 
de impuestos y contribuciones al edificio, librándose, asimismo, 
del servicio de las armas á los empleados del estableci- 
miento.» 

Esto dice en su última hora é[ Ferro- Carril de ayer, y sobre 
ello vamos nosotros á ocuparnos hoy, á fin de que el gobierno, 
sorprendido ó mal aconsejado, no caiga en el escollo de de- 
cretar favorablemente lo solicitado por D. Carmine Duce. 

Cuenta Aristóteles que antes de que el cultivo del olivo se 
conociera entre los celtíberos, los fenicios los surtían de aceite 
en cambio de abundantes barras de plata. 

España, Francia é Italia son hoy para nosotros lo que 
los fenicios fueron para los inocentes y primitivos españo- 
les. Como ellos, habitamos un jardín que puede producir 
manzanas de oro. Como ellos, ocupamos una parte del pla- 
neta que está situada precisamente en el centro de la región 



ARTÍCULOS DIVERSOS. 373 



del olivo; pues es sabido que esta planta providencial, que sur- 
gió á la vida al llamado de Minerva, nace, vive, crece, fructi- 
fica, se reproduce y muere en ambos hemisferios sobre esa 
inmensa zona que se extiende desde los trópicos hasta el grado 
45 de latitud. 

Nosotros, pues, podríamos con ventaja mandar aceite á los 
fenicios del siglo XIX, del mismo modo que hoy lo hacen con 
sus antiguos mercaderes, algunos pueblos de la Europa meri- 
dional. 

Ama el olivo la proximidad de los mares, los ríos y los la- 
gos, porque teme los bruscos cambios de temperatura y nece- 
sita un ambiente saturado de humedad. Nosotros podemos 
disponer de cuatro mil leguas de superficie en las condiciones 
que son exigidas para e! cultivo del olivo. 

Necesita en nuestra región exposiciones al Sud, para que no 
adelantándose la florescencia, no haya riesgo de perder el fru- 
to con las heladas tardías, pues las ondulaciones de nuestro 
suelo son las más aparentes para facilitar al cultivo toda clase 
de exposiciones. 

Puede vivir, como en Méjico, hasta á una altura de 2274 me- 
tros sobre el nivel del mar, y nosotros no tenemos en nuestro 
territorio alturas tan considerables. 

Nada falta para que los orientales puedan cosechar más y 
mejor aceite que todo el que recibimos de Niza, Marsella y 
Andalucía. 

¿Por qué pues no se ha extendido entre nosotros el cultivo 
de una planta que puede aumentar nuestros recursos en más 
de quinientos millones de pesos fuertes anuales? 

¿Qué ciencia infusa se necesita para cultivar una planta tan 
desinteresada que, aunque agradece el cultivo y lo recompensa 
con usura, suele en algunos parajes ofrecer generosamente 
sus frutos sin exigir la retribución de las labores? 

¿Por qué entonces no se ha cultivado en grande escala esa 
planta entre nosotros? 

Vamos á decirlo. 



374 JUAN DE COMINGES. 



Porque España no concedía á sus colonias, sino como gra- 
cia especial, y con ciertas limitaciones, el permiso para cultivar 
una planta, que entonces constituía el ramo más importante 
de la riqueza de la Metrópoli. Porque desde la emancipación 
de la República hasta nuestros días, las continuas guerras no 
han dejado tiempo para pensar en las mejoras materiales, y 
porque la importante clase de los ganaderos, única industria 
importada por los españoles, se ha opuesto cuando ha podido, 
y aun se opone cuando no puede, á dejar paso libre al noble 
ejercicio de la Agricultura. 

Para patentizar ante los ojos del pueblo y del gobierno, 
cuan interesante no será para nosotros el establecer el cultivo 
del olivo, sin limitación alguna, basta saber, que una de las 
razones políticas de más importancia que pesaron en el ánimo 
de los monarcas españoles, para proscribir en las colonias el 
cultivo de tan interesante planta, fué el temor de que con tan 
extraordinarias riquezas, como podrían alcanzar con el comer- 
cio del aceite, les sería más fácil el apresurar los días de la 
emancipación.... 

Los monarcas españoles sabían que cualquier olivo de bue- 
na edad puede producir durante nueve cientos años dos arrobas 
de aceite anuales, y que los olivares suministran toda la leña 
indispensable para el consumo de las poblaciones. 

Sabían que, vendiendo el aceite á dos pesos la arroba, se 
pueden labrar íos olivos con azadones de plata^ sin gastar en 
el cultivo ni el cincuenta por ciento de los productos. 

Sabían que, plantando solo cien olivos por cuadra, en territo- 
rios tan pequeños como el Estado Oriental, podrían beneficiar al 
año cuatro mil millones de pesos con el sólo trabajo de cien días. 

Y esto que sabían los monarcas españoles en el siglo XVI, 
no lo saben en nuestros tiempos los que aún sostienen que no 
hay porvenir para la agricultura entre nosotros, y que debemos 
cambiar nuestras barras de plata pagando á seis pesos la arro- 
ba del aceite adulterado que nos mandan hoy, para vergüenza 
nuestra, los fenicios del siglo XIX !!! 



ARTÍCULOS DIVERSOS. 375 



El olivo es, pues, posible en nuestro suelo y clima; se adapta 
perfectamente á nuestro modo de ser y á nuestra falta de prác- 
tica, por cuanto no exige su cultivo ni cálculos ni esfuerzos. 

Esta planta, de la que vemos algunos robustos ejemplares 
en la preciosa quinta de doña Clemencia Estévez, en la de don 
Luis Latorre y en algunas otras, está llamada á extenderse rá- 
pidamente fentre nosotros, desde el día en que se puedan plan- 
tar á campo libre sin temer la invasión de la ganadería semi- 
salvaje que todo lo destruye. 

Cuando llegue el día en que un gobierno fuerte se decida á 
favorecer la justicia haciendo que cerquen su propiedad^ nó ¿os 
qtce están expuestos á sufrir perjuicios^ sino los que por su 
clase de industria los producen^ entonces ¿quién será el propie- 
tario que vacile en plantar sus campos de viñas y olivos? ¿Cuál 
no llegará á ser entonces el esplendor de la República? 

¿Quiere el gobierno honrado del coronel Latorre escuchar 
la palabra desinteresada de la ciencia? pues no conceda el pri- 
vilegio al señor Duce; que por ese privilegio sólo daría 20,000 
olivos, al país que está llamado á cultivar por lo menos qui- 
nientos millones, para abastecer al consumo de la zona tórrida, 
donde no puede producirse para explotarse como caldo. 

Conceda al señor Duce, y á todos los que soliciten, las tierras 
fiscales que pidan para hacer en ellas plantaciones de olivos y 
viñas, moreras y otras plantas industriales; concédales con la 
condición de entrar de nuevo bajo el dominio del Fisco, si pa- 
san diez años sin explotarse en el ramo para que fueron cedi- 
das, pero no consienta en que quede al arbitrio de ningún 
particular el detener un progreso que vendrá por sí solo, cuan- 
do la palabra de la ciencia sea escuchada por los gobernantes, 
para que leyes de justicia amparen, mejor que hoy, á los que 
con cultivos tan importantes como el de la viña y del olivo, es- 
tán llamados á levantar de su postración á la desafortunada 
cuanto fértil República Oriental. 

Montevideo, Octubre 12 de 1876. — (La Tribuna). 



¡¡ 627 REFRANES EN VENTA!! 



A riesgo de que me descubran la punta de la oreja y de 
que me lleven al Hotel del Gallo por meterme en la renta del 
excusado, aunque muchos digan que bien está San Pedro en 
Roma, que al buen callar llaman Sancho y que hago mal en 
meterme en camisa de once varas, porque nadie me ha dado 
vela para este entierro; yo, que estoy mal con mis costillas 
porque se me pudren las palabras en el cuerpo hasta el punto 
de que si soy mudo reviento, no puedo menos de decir esta 
boca es mía y dejar que salga el sol por Antequera. 

Bien sé que no me quieren mis comadres porque digo las 
verdades, pero como no se me oculta tampoco aquello de 
cobra buena fama y échate á dormir, vive Dios ! que han de 
saber hasta las piedras que no tengo pelos en la lengua para 
cantar al sursum cordam las verdades del barquero, en la se- 
guridad de que nadie ha de llegarme al pelo de la ropa, ni 
siquiera ha de mirarme con malos ojos, y de que dormiré á 
pierna suelta, porque el que se traga un hueso satisfacción 
tiene en su pescuezo; y si alguno resuella por la herida le 
diré que satisfacción sin tiempo malicia arguye; que el que se 
pica, ajos come, y sobre todo, que al que le duela que se 
arranque la muela. 

Un amigo oficioso, de aquellos que tienen más conchas que 
un galápago porque sabe nadar y guardar la ropa, creyendo 
sin duda que yo me mamo el dedo y que no sé donde me 
aprieta el zapato, vino á verme esta mañana, como lobo con 



ARTÍCULOS DIVERSOS. 377 



piel de oveja, con intención, sin duda, de tirar la piedra y es- 
conder la mano. 

Después de darme el abrazo de Judas y de contemplarme 
pot* un rato, como el que hace que mira al plato y mira las 
tajadas, escupió por el colmillo y más serio que bragueta de 
provisor, me salió por los cerros de Úbeda con estas pala- 
bras: 

— ¿Es posible que permanezcas con los brazos cruzados y 
con tanta cachaza como el que mira llover, cuando cuatro mo- 
cosos que tienen todavía la leche en los labios y el cascarón 
en otra parte, te están poniendo desde las columnas de su 
periódico lo mismo que hoja de peregil? 

— ^Trago saliva, le respondí, porque esos polluelos hablan 
por boca de ganso; si discuto, ellos se apean por las orejas y 
saco yo lo que el que lava la cabeza al burro, que pierde ja- 
bón y tiempo, y el público saca lo que el negro del sermón 
los pies fríos y la cabeza caliente ; si los demando, la razón se 
da á un borracho; la justicia está en el cielo. Ellos están en 
su casa, y bueno es tener amigos aunque sea en el infierno- 
Por otra parte, soy más pobre que Job y como á ninguno le 

amarga un dulce en fin, yo sé lo que me pesco; no es 

la primera zorra que he visto desollar, por lo cual el gato es- 
caldado del aguafi-ía huye y loco sería si no dijere para el cue- 
llo de mi camisa: San Blas, una y no más. En fin, no quiero 
lavar con sangre tanta inmundicia, no sólo porque eso sería 
igual á los que bostezan en la iglesia y escupen en el altar 
mayor, sino porque todos saben que la mancha cae en el me- 
jor paño ; mas como el hombre prevenido vale por dos y más 
vale un por si acaso que un quien pensara^ bueno será que no 
vengan tras de cuernos palos; que los valientes y el buen vino 
se acaban pronto. 

— I Bueno es vivir para ver ! ¡ Esa ya me la tenía tragada ! 
replicó mi amigo ¿Con que es decir, que aunque la proce- 
sión ande por dentro, no piensas sacar fi.ierzas de flaqueza, 
para meter el resuello en el cuerpo á esos parlanchines que no 



378 JUAN DE COMINGES. 



merecen besar la tierra que pisas? Mira, yo conozco á los cojos 
en el modo de andar; á donde fueres haz lo que vieres; aquí 
el que dá primero dá dos veces y, como el que calla otorga, 
no debes extrañarte, si dejas de poner el grito en el cielo que 
hasta tus mejores amigos te vuelvan la espalda y digan entre 
dientes que cuando el río suena agua lleva. 

— Y yo les diré á mi vez: que piensa el ladrón que todos son 
de su condición ; que la amistad prendida con alfileres es como 
la carabina de Ambrosio ; que arrieros somos y en el camino 
andamos; que cada uno tiene su modo de matar pulgas; que 
quien mal anda mal acaba; que el que la hace la teme y que 
tantas hace la zorra en un año como paga en un día. 

— Calla, hombre, que eres más necio que Carra-cuca y no 
conoces de la misa la media. Tú no sabes con qué bueyes 
aras, y con tu modo de pensar no vas á tener más remedio 
que largarte con la música á otra parte. Oye, si quieres me- 
drar en esta tierra : 

El mejor amigo es un peso, y al buen callar llaman San- 
cho, porque si la envidia fuera tina, muchos tinosos habría. 

No seas generoso con tu plata, porque la caridad empieza 
por sí mismo y al prójimo. . . . contra un esquina. 

Mucha finura con todos, sin olvidar que hasta se besa al 
hombre que se quisiera ver quemado. 

Ten presente que en la feria de Valverde el que más pone 
más pierde ; que el que no llora no mama ; que el que no sirve 
al común no sirve á ningún ; que la cabra tira al monte ; que 
el que se mete á redentor le crucifican; que quién da pan á 
perro ajeno, pierde pan y pierde perro ; y que como siempre 
la soga se rompe por lo más delgado viene á resultar que el 
último mono es el que se ahoga. 

Mira que en la tierra de los ciegos el que tiene un ojo es 
rey; que vale más ser bruto que alcalde no más que un año. 
Júntate con los pastores, que ésta es la Arcadia donde el que 
tiene majadas es majadero y el que no lo es se come los codos 
de hambre. 



ARTÍCULOS DIVERSOS 379 



Ojo al Cristo que es de plata, y aunque estemos en puro 
paganismo adorando al becerro de oro, no temas que se te 
caigan los anillos ni que se te arruguen los pergaminos con 
quemar incienso ante becerros de carne y hueso, como aquel 
que empezó á topetadas con el que está en el escudo de la 
República, sin más razón que por aquello de ¿quién es tu ene- 
migo? el de tu oficio, y por el odio que tiene á sus semejantes. 

Mírame á mí, más fresco que una lechuga y más alegre que 
unas castañuelas, siempre con cara de pascua y con más oro 
que peso, cómo me las compongo por esos mundos de Dios, 
sin que me pique ni me corra por un quítame allá esas pajas, 
pues que el que no tiene vergüenza todo el mundo es suyo y 
el que tiene vergüenza ni come ni almuerza. 

Jamás he metido la culebra en el pecho ni he criado cuer- 
vos para que me saquen los ojos, que á mi no me . . . fastidia 
ningún chato. 

Haz lo que yo; puchero que no has de comer déjalo cocer, 
que lo mejor es cada uno en su casa y Dios en la de todos. 
Jamás te apures por lo que otro deba, que el que quiera peces 
se moje los tobillos. 

Ya has visto, cómo á muchos, aunque no les gusta que les 
hagan sombra, saben vestirse con plumas ajenas y lucirse 
con palabras y discursos que no se han cocido en su olla, para 
luego andar royéndote los zancajos, sacándote el cuero, en la 
seguridad de que el fin justifica los medios y de que siempre 
sale cierto aquello, de la calumnia algo queda. 

Míralos hoy más tranquilos que una balsa de aceite y más 
satisfechos que Pigmaleón adorando su obra, cómo al verte 
mordido por la víbora te dejan en la estacada como quien 
dice: á muertos y á idos ya no hay amigos; con tu pan te lo 
comas, y si te vi no me acuerdo. 

En país de cojos, pierna de palo. 

Si te diriges á un ingeniero, pidiéndole algo no te lo con- 
cederá si no metes, entre col y col, las palabras sacramentales 
de la ingeniería. Munido y Control, 



n 



o 



8o JUAN DE COMINGES. 



S¡ solicitas el apoyo de un periodista dile que desc¿e ya com- 
prenden el rol que hace y que por eso es que le buscas. 

Y si quieres pertenecer al gremio de la Sociedad Rural díle 
al Presidente que sabes esquilar ñanduces y conjurar malefi- 
cios; y si añades que tienes majadas, negocio concluido, pron- 
to serás tan majadero como el mismo Presidente. 

Lo dicho dicho y la jaca á la puerta; no hay más cera que 
la que arde; para muestra basta un botón y al buen entende- 
dor, pocas palabras le bastan. 

Así dijo mi amigo y volviéndome las espaldas, me dejó con 
la palabra en la boca y con la cabeza como una olla de 
grillos. 

Como vuelva otra vez, yo le diré cuántas son cinco. 



Montevideo, 1872. 



CARTA A DON ESTEBAN MORENO 



Distinguido amigo : 

Sois uno de los hombres que, por su ilustración, honran al 
país donde nacieron. Amáis con delirio á vuestra hermosa pa- 
tria; teméis la vuelta del funesto huésped que la ha detenido en 
su rápida carrera de progreso, y deseáis conocer mi opinión so- 
bre este asunto. Voy pues á complaceros, con la condición de 
que disculpéis mi atrevimiento, ante los que no conocen mis 
buenos deseos. 

La falta de 30,000 personas, arrebatadas por la fiebre, ha si- 
do causa bastante para detener la marcha civilizadora, para 
ahuyentar cuantiosos capitales, para contener la inmigración, 
para sumir en la miseria y desconsuelo á miles de seres, y en 
una palabra para cambiar el aspecto moral y material de la 
ciudad de Buenos Aires. 

El muy fundado temor de la reproducción del contagio man- 
tiene la inquietud en todos los ánimos y esta perpetua alarma, 
que cunde hasta en los espíritus más fuertes, se revela en los 
espectáculos, en los paseos, en el movimiento mercantil y has- 
ta en los semblantes. 

La trompeta de Jericó parece haber resonado sobre los mu- 
ros, anunciando la cólera del cielo; pero los pueblos modernos 
no se someten resignados, sino que luchan con los elementos 
hasta penetrar las causas naturales que la provocan para con- 
tenerla en su origen. 

De aquí han nacido las infinitas apreciaciones que, como los 



382 JUAN DE COMINGES. 



radios de un círculo, parten de un centro común, pero en opues- 
tas direcciones. 

Con efecto, todos conCuerdan en que el origen de la plaga 
que ha diezmado á la capital de la Confederación Argentina, 
debe encontrarse en los gases mefíticos que proceden de la es- 
piración, de la combustión y de la fermentación, y sobre todo, 
de alguna sustancia de origen orgánico que suspendida en el 
aire, es aspirada por los pulmones; pero en lo que se observa 
una lamentable divergencia es en los medios que se proponen 
para evitar su reaparición. 

Los unos, confiados hasta la imprudencia, la han juzgado 
un accidente pasajero, y se han dormido tranquilos sobre el 
cráter, para despertar acaso como Pompeya. Los otros, aterra- 
dos con el cuadro desolador que se ha ofrecido ante sus ojos, 
han emigrado con sus capitales, y aconsejan el abandono de la 
preciosa ciudad que está destinada á marchar á la vanguardia 
del progreso en el continente Américo-Latino, como en 18 10 
marchó á la vanguardia de la emancipación republicana. 

Así cada cual deja deslizar sus ideas entre una multitud que 
se aturde en ese mar de dudas, temores y esperanzas. 

Han hablado los profesores de la ciencia de curar. 

Han hablado los jurisconsultos.* 

Han hablado los artistas. 

¿Qué extraño que se mezcle en esta babel, la voz del botá- 
nico.'^ 

Ánimo, pues, y contribuya con su grano de arena por más 
que sea una molécula impalpable. 

Cuando el carpintero se hiere con el formón ó la garlopa, 
recurre al polvo de lápiz como remedio eficaz. 

Cuando se corta el gañán con los útiles de labor, restaña 
sus heridas con la tierra. 

Y cuando el escribiente se corta un dedo por cortar los pun- 
tos de su pluma, encuentra en la tinta su mejor específico. Por 
esta razón el agrónomo que, por su mano ó bajo su dirección 
ha plantado más de quince millones de árboles ; el que jamás 



ARTÍCULOS DIVERSOS. 383 



ha visto un semblante descolorido bajo sus verdes hojas ; el 
que los considera más necesarios á la existencia humana que 
el fuego, el vestido y el albergue, buscará siempre su amorosa 
compañía como el preservativo de la mayor parte de las fie- 
bres y algunas otras dolencias. 

Veamos sobre qué bases pueden fundarse estas opiniones 
y sirvan al menos como boceto que aguarda los toques de pin- 
celes más inspirados. 

Si el hombre suspende la respiración, la muerte sobreviene 
con rapidez, y si aquel acto lo verifica en una atmósfera des- 
compuesta por la putrefacción, combustión ó respiración, tam- 
bién puede perecer, falto de los principios que nutren y vivifi- 
can la sangre, ó por el contacto con aquellos que obran en el 
organismo á la manera del tóxico. 

No siendo posible la existencia humana sin aspirar en cada 
instante una cantidad de aire en el estado ordinario de la at- 
mósfera, siendo tantas las causas que contribuyen á su altera- 
ción y tan funestos los resultados de ella, es preciso analizarlo 
antes y después de alterado por la sangre del pulmón ó por 
otras causas. 

Cien partes de aire atmosférico contienen en volumen 79,1 
de ázoe y 20,9 de oxígeno, con más una corta cantidad de agua 
en vapor y otra de ácido carbónico que está representada 
por cuatro diez milésimas partes. En este estado lo aspiramos 
gustosos, y una vez que bajo su influjo se ha convertido la san- 
gre venosa en arterial, lo devolvemos á la atmósfera alterado, 
más que en la cantidad en la proporción de sus elementos cons- 
titutivos. 

Con efecto, de los repetidos ensayos verificados para de- 
mostrarlo, se ha visto que el aire después de ser espirado con- 
tiene un cinco por ciento menos de oxígeno y casi cinco por 
ciento más de ácido carbónico, con lo que se manifiesta que el 
organismo animal es un aparato destinado por la naturaleza 
para verificar esta transformación. 

Y como quiera que el hombre descompone en cada aspira- 



1 



384 JUAN DE COMINGES. 



ción un volumen de aire igual á medio litro, y que éstas se re- 
producen 18 veces por minuto, resulta que los 200,000 habi- 
tantes de Buenos Aires, corrompen diariamente, sólo con el fe- 
nómeno de la respiración, 2.600,000 metros cúbicos de aire 
atmosférico, arrebatando á las necesidades de nuestra econo- 
mia 1 36000 metros cúbicos de oxígeno. 

La respiración y traspiración de los animales, altera tam- 
bién el aire en proporciones mucho más considerables que los 
seres humanos, por lo que no será aventurado suponer que en 
la ciudad que nos ocupa, se produce cada día, bajo este con- 
cepto, una cantidad de gas ácido carbónico igual á la que re- 
sulta de la respiración del vecindario. Hé aquí pues 5.200,000 
metros cúbicos de aiie mefítico, producto diario de la respi- 
ración animal. 

Si agregamos á esta cantidad la producida por la combus- 
tión, en una capital, donde hay perpetuamente 20.000 fogo- 
nes encendidos, trasformando cada uno de ellos doscientos me- 
tros cúbicos de aire por día, tendremos 4.000,000, que agre- 
gados á las anteriores cifras, componen 9.200,000 metros cú- 
bicos de aire envenenado. 

Casi todos los que se vienen ocupando en denunciar las cau- 
sas que pudieron motivar la fiebre, han prescindido de los da- 
tos anteriores, parando sólo su atención, en la más poderosa, 
que es la exhalación que origina la fermentación de las sus- 
tancias orgánicas, que perpetuamente están descomponién- 
dose en una extensión de más de 30.000,000 de metros su- 
perficiales. 

Teniendo en cuéntala situación de la localidad, la estrechu- 
ra de las calles, la altura de los edificios, la escasez de plazas, 
la exposición, el clima, la humedad atmosférica, la falta de 
aguas corrientes, la carencia de alcantarillado, la poca pendien- 
te de sus rasantes, la corta profundidad y corriente de sus ríos 
y arroyos, etc., no se puede dudar, que se viciará diariamente 
más de un metro cúbico de aire por metro superficial, ó sean 
30.000,000 de metros cúbicos, que con los anteriores sumados. 



ARTÍCULOS DIVERSOS. 385 ' 



forman aproximadamente la fa,bulosa cantidad de 40.000,000 
de metros cúbicos de aire, imposible á la vida, exterminador de 
la existencia! Cantidad aterradora, si se considera lo que podía 
acontecer á la humanidad que vive sumergida en una capa at- 
mosférica, de más espesor que la altura del hombre, si los 
vientos saludables que la renuevan se detuviesen sólo durante 
veinticuatro horas I 

El aire, así descompuesto no sólo ocasiona funestos acci- 
dentes, porque el ácido carbónico y el óxido de carbono obran 
como un veneno en nuestro organismo, sino por la despropor- 
ción en que se encuentra el oxígeno. Por otra parte, tanto del 
aliento de los anímales, como de la superficie de los pantanos, 
se exhalan otras sustancias orgánicas, que manifestándose mez- 
cladas con el agua en vapor llevan el nombre de miasmas, y 
son con frecuencia el origen de fiebres perniciosas. 

La presencia de estos cuerpos se demuestra fácilmente, pues 
aplicando el aliento, durante algunos instantes, á una disolu- 
ción concentrada de nitrato de plata, toma ésta el color de 
rosa. 

¿ Quién sabe si estos cuerpos (animales ó vegetales) suspen- 
didos en el aire que se respira, serán el medio de trasmisión de 
las enfermedades contagiosas? 

Todos hemos sufrido ó presenciado alguna vez los funestos 
accidentes de la asfixia. 

¿ Quién no ha sentido un olor fétido y repugnante en los 
hospitales, espectáculos, cárceles, establos, cuarteles, templos, 
campamentos, en una palabra, donde en espacio proporcional- 
mente reducido se concentran hombres ó animales .^^ 

Y si este malestar se deja sentir de una manera tan marca- 
da en atmósferas como éstas, donde apenas se puede encon- 
trar el uno por ciento de ácido carbónico, deduzcamos cuáles 
pueden ser los efectos de aspirar en otra que esté exclusiva- 
mente formada con el residuo de la combustión, putrefacción 
y respiración, es decir, donde el ácido carbónico está represen- 
tado en un cuatro por ciento y algo más. 

24 



386 JUAN DE COMINGES. 



El hombre no puede vivir en estado de salud, sin tener á su 
disposición 240 metros cúbicos de aire puro, y á los habitan- 
tes de Buenos Aires no les corresponde tanto, sino merced á 
las eventuales corrientes atmosféricas. 

Víctimas de estas emanaciones, sucumbieron, en los subte- 
rráneos de las Tullerías, los prisioneros de las dolorosas jor- 
nadas de 1848. 

Descompuesta la atmósfera por todas las causas ya mani- 
festadas, es evidente que la ciudad de Buenos Aires está ex- 
puesta á sufrir de nuevo lo que con tanta insistencia se repite 
en Río de Janeiro y en todo el Golfo de Méjico, esto es, fie- 
bres, ó más bien, envenenamientos verificados por el órgano 
de la respiración. 

Esto supuesto, no debe levantarse mano hasta conocer el 
antídoto de esta calamidad, cuya faz aterradora se presenta en 
el horizonte del porvenir. 

Y se encontrará; porque la naturaleza previsora, que con 
sus eternas compensaciones ha colocado el sacharum al lado 
de la rutha y la urtica junto á el oxalis, esa madre cariñosa 
que tan solícita atiende á nuestras necesidades, ha diseminado 
por todas partes un ser, que más que compañero de la huma- 
nidad, debe considerarse como su divinidad protectora. 

Ese ser se llama Árbol, 

Con su ligera corteza y los suaves filamentos de sus flores, 
fabricaron nuestros padres la mullida cuna donde dormimos el 
primer sueño de la vida. 

El fresco pabellón de sus hojas nos libra de los rayos de un 
sol canicular. 

El tejido de sus delicadas fibras cubren la desnudez de nues- 
tro cuerpo. 

Su conjunto detiene la impetuosidad de las corrientes at- 
mosféricas, atrae las lluvias fecundantes, ocasiona los rocíos, 
levanta los continentes y suaviza la temperatura. 

Encontramos sanos alimentos en sus nutritivas pastas, sa- 
brosos frutos y delicados caldos. 



ARTÍCULOS DIVERSOS. 387 



Con SUS endurecidos tallos fabricamos nuestra morada, y el 
bajel que nos trasporta á lejanos continentes. 

Sus jugos curan nuestras dolencias y estimulan el apetito 
debilitado. 

Los gases contenidos en sus tejidos, nos facilitan la luz y el 
fuego que reanima nuestros miembros entumecidos por el frío. 

Sus hojas coronan nuestras sienes cuando nos ofrecemos 
en sacrificio á la humanidad. 

Y por último, sus tablas guardan nuestros restos cuando 
descansamos en el sueño de la eternidad. 

Árbol! Compañero inseparable de nuestra vida, desde la 
cuna al sepulcro! Tú, ofreciendo generosamente tus frutos, 
sin esperar siquiera la retribución de las labores, tú eres una 
divinidad digna de culto!! 

El hombre ingrato te destierra y te olvida; pero la naturale- 
za te hace justicia, castigando al ignorante en su propio de- 
lito!! 

¿Qué hace contra nosotros ese bondadoso ser para que así 
se le proscriba.'^ Hay por ventura que compartir con él el fruto 
de nuestro trabajo? 

No! ese ser proscripto de las calles, plazas, patios y contor- 
nos de Buenos Aires, vive sólo de aquellos gases mefíticos, de 
aquellas sustancias corrompidas que ahuyentan y extinguen la 
existencia de los animales, devolviendo á la atmósfera, en cam- 
bio de este mortífero veneno, los frescos rocíos y suavísi- 
mos aromas que la purifican! ¿Qué son esas gotas observadas 
por las mañanas, sobre la superficie verde de las plantas, sino 
el producto de la traspiración vegetal condensada por el frío 
de la noche-f* 

Digámoslo de una vez. En el encanto y concordancia de los 
mundos, junto al aparato de corrupción atmosférica que se 
llama hombre, está el de purificación que se llama árbol. 

Las infinitas especies de reptiles encontradas en las mismas 
capas de cicadeas y coniferas; que dieron origen á la hulla, 
la especie foraminífera llamada Eozoon Canadense^ el trilobito 




388 JUAN DE COMINGES. 



conocido por Paradoxides Harlaniy descubiertos en el primer 
estrato donde aparece la vida orgánica, hacen sospechar sal- 
tando sobre la opinión de los antiguos geólogos, que los ani- 
males y los vegetales fueron á un mismo tiempo llamados á la 
escena de la vida. 

Y si todavía no lo demuestran bastante estos seres hallados 
en el mismo gneiss, recordemos que la vida vegetal no puede 
existir sin ocasionar la fermentación y que ésta da siempre ori- 
gen á innumerables especies animales. 

Los animales y los vegetales, aunque seres distintos, no son 
tan independientes que puedan llenar los fenómenos de su 
existencia sin auxiliarse mutuamente. Aprenda, pues, el ser 
más noble de la naturaleza que no se rompen impunemente los 
eslabones que constituyen la gran cadena de la vida. 

Y ya que por su causa se ha trastornado el equilibrio de la 
atmósfera, con gran perjuicio para la salud, llame de nuevo á 
su lado al noble proscripto y sepa, al rodearlo de los más ex- 
quisitos cuidados, que ese ser agradecido le ha de satisfacer 
un día todas sus necesidades y caprichos. 

Sembremos de plantas el sendero de la vida y será menos 
penosa la existencia. Cubramos de flores el sepulcro y será 
menos repugnante la muerte. 

jQué pensamiento ha presidido hasta en el pueblo azteca 
al plantar árboles en sus teocalis^ donde descansaban los res- 
tos de sus héroes, y que hoy imitan los modernos en sus tem- 
plos y cementerios? 

¿Ha sido un homenaje? Ha sido un capricho? No, ha sido 
una medida higiénica nacida con la experiencia de los siglos^ 
ó acaso sea el último rastro de una civilización que ya no 
existe ! 

Hoy, sin embargo, hemos demostrado con infinitos experi- 
mentos que la cantidad de carbono que los vegetales fijan,, 
para solidificar sus tejidos, es en un árbol regular, superior á 
cuanto pueden producir diez personas. Esto supuesto, si se 
plantasen dos millones de árboles, ocupando las calles, las 



ARTÍCULOS DIVERSOS. 389 



plazas, los patios, las cuadras despobladas, las márgenes de 
ríos, arroyos, carreteras, canales, paseos, ferro-carriles, los 
terrenos abandonados por pantanosos, y el gran camino de 
circunvalación, que más ó menos pronto, ha de abrirse en la 
ciudad, resultaría, que no sólo se crearía una renta fabulosa en 
beneficio de la municipalidad ó de la sociedad plantadora, sin 
perjudicar en lo más mínimo al servicio público, sino que, her- 
moseando la localidad, se restablecería diariamente el equili- * 
brío en las distintas trasformaciones de la atmósfera. 
- Populosa es la villa de París; y de seis y siete pisos la altura 
de sus edificios; pero pocas fiebres se padecen, merced á la 
plantación de sus boulevardSy á los árboles de sus infinitos 
Squares y á los jardines de Montmartre, de Boulogne y de la 
Plainede Charenton, 

Inmensa es la ciudad de Londres, estrechas y tortuosas son 
sus calles, repugnantes las emanaciones del Támesis y el humo 
de un millón de chimeneas; pero las plantaciones de los exten- 
sos jardines, parques de Kénsington, del Regente, de Hyde, 
de Victoria, etc. etc., sirven de inmenso purificador á la huma- 
na multitud que allí vegeta. 

Abramos la historia y veremos, que desde las azoteas de los 
palacios de Semíramis, convertidas en jardines, hasta los poe- 
mas de coniferas, que constituyen los suntuosos parques ale- 
manes, la civilización de todos los pueblos se ha revelado en 
sus plantaciones. 

De los infinitos ejemplos prácticos que pueden citarse para 
demostrar el favorable influjo que las plantas ejercen en nues- 
tra economía, puede hacerse mención de dos de los más re- 
cientes en España. 

A ocho leguas de Madrid y en la confluencia del Tajo y del 
Jarama, existía colocado entre unos terrenos pantanosos un 
lugarcito llamado Aranjuez, donde las fiebres intermitentes 
eran tan comunes, que cuando los vecinos de los pueblos in- 
mediatos veían un rostro amarillo y macilento decían esa cara 
es de Aranjuez. 



390 JUAN DE COMINGES. 



El arzobispo Lorenzana, que conocía á fondo la ñsiología 
vegetal, y que había verificado en Méjico repetidas observacio- 
nes, aconsejó á los reyes de España la creación de un Sitio 
Real en aquel punto, en la seguridad de que nada se tenía que 
temer de las calenturas, siempre que se plantasen árboles de 
gran aparato foliáceo. * 

El Real Sitio se creó. Los plátanos de occidente se planta- 
ron, trasportados de Méjico, y hoy cuenta España con uno de 
los más sanos y más bellos vergeles del mundo, donde las fa- 
milias distinguidas van á pasar felices y tranquilas las tempo- 
radas ociosas de la primavera. 

Cuando se puso en explotación el ramal de ferro-carril, que 
desde Chinchilla sale para Murcia y Cartagena, llegó el caso de 
no encontrarse empleados para cubrir el servicio de la línea, 
pues todos morían ó se enfermaban, por las emanaciones de 
las lagunas y arrozales del Segura. 

El ilustre D. Pascual Asensio, padre de todos los agróno- 
mos españoles, aconsejó como único medio de atajar el mal, 
la plantación de árboles de gran desarrollo, y el eucalypthus 
glóbulus dio rápido fin á las intermitentes, que no han vuelto 
á presentarse. 

No se puede pasar en silencio, que aunque en los pueblos 
inmediatos donde no alcanza el influjo de esta preciosa planta, 
se suelen presentar algunos casos de fiebre, nadie la teme ya 
porque la infusión de sus hojas, siempre cargadas de cierto 
aceite esencial son el específico reconocido por mejor febrífu- 
go que la misma quina. 

Distinguido amigo, perdonadme si he dejado correr la plu- 
ma fatigando vuestro espíritu. Concluyo, pues, suplicando que 
empleéis vuestra influencia en aconsejar al gobierno, á la mu- 
nicipalidad, á las juntas de higiene, á los propietarios y á cuan- 
tos con los lazos del deber, del amor y del interés estén ligados 
á la ciudad de Buenos Aires, que planten el eucalypthus gló- 
bulus, porque esta planta tiene sobre las demás cinco cualida- 
des que la hacen apreciable, á saber: 



ARTÍCULOS DIVERSOS. 39 1 

Que vegeta en todos los terrenos de Buenos Aires. 

Que se forma pronto. 

Que es un febrífugo. 

Que crece mucho. 

Y que como de hoja persistente, puede remediar el mal, cual- 
quiera que sea la estación en que aparezca. 

Ánimo, pues. Los pueblos ilustrados y libres que han sabi- 
do arrancar las cadenas ai esclavo para ponerlas al rayo, sa- 
brán también apaciguar la cólera divina con la antorcha de las 
ciencias naturales. 

Soy con toda consideración su amigo y S. S. 



Juan de Cominges. 



Montevideo, Agosto 21 de 1871. 



artículos políticos 



EL EVANGELIO DE LOS POBRES 



IMPROVISACIÓN PRONUNCIADA EN UNA MANIFESTACIÓN REPUBLICANA 



I. 



Dios es la verdad. 

La verdad es la justicia. 

La justicia es la igualdad entre todos los hombres, como 
hijos de un mismo padre. Es la libertad que viene de la razón. 

Los que esclavizan al hombre son los enemigos de la ver- 
dad, de la justicia, de la igualdad y de la libertad. Son los 
enemigos del mismo Dios. 

Esos son los tiranos. 

Los tiranos son los enemigos de Dios. 

Los tiranos son los enemigos de los hombres. 

Son los enemigos de Dios, porque atropellan la verdad y la 
justicia. 

Son los enemigos de los hombres, porque los esclavizan, 
encadenando su cuerpo y oscureciendo su razón. 

Los tiranos no son sólo los reyes. Son todos los que atro- 
pellando la verdad y la justicia, arrebatan el pan á sus her- 
manos y los despojan de su libertad. 

Y todo el que prive de pan y libertad á sus hermanos, aún 
cuando sea un poderoso, un sacerdote ó un rey, ese será el 
tirano; ese será el enemigo de Dios y de los hombres. 

Los tiranos son pocos. 



396 JUAN DÉ COMINGES. 



Los esclavos son muchos. 

Los pocos son poderosos porque están unidos con los lazos 
del egoísmo. 

Los muchos son débiles por que están separados por la 
ignorancia en que les han sumergido los tiranos. 

Por eso unos pocos tiranos egoistas se han repartido la 
tierra y la luz. 

Por eso muchos esclavos ignorantes riegan la tierra con el 
sudor de su frente y viven en las tinieblas. 

Los lazos egoistas que hacen poderosos á unos pocos tira- 
nos, son las mismas cadenas con que sujetan el cuello de 
tantos millares de esclavos. 



II 



Para que un tirano cubra su cuerpo con ricas púrpuras, se 
alimente con abundantes y esquisitos manjares, duerma entre 
plumas, holandas y encajes, se albergue en palacios de már- 
mol y oro, tenga aherrojada la verdad, es necesario que mu- 
chos miles de esclavos vistan andrajos, coman pan negro, 
duerman sobre el estiércol, se alberguen en chozas cubiertas 
de paja, y no cultiven jamás su razón. 

Para que unos pocos disfruten de lo superfino, muchos han 
de carecer de lo indispensable, por que unos y otros ignoran 
la ley de Dios. 

Dios, no dá lo superfino, ni quita lo indispensable. 

Dios es la justicia, y la justicia es la balanza puesta en el fiel. 

La balanza desnivelada no representa la justicia, sino la 
iniquidad. 

Los que creen ver la voluntad de Dios en este nuevo desnivel 
de la balanza, son los calumniadores de la suprema sabiduría. 

Esos son los enemigos de la verdad. 

Esos son los enemigos de los hombres. 



ARTÍCULOS POLÍTICOS. 397 

Esos son los que conducen á los esclavos como viles re- 
baños. 

Esos son los hipócritas. 

Esos son los tiranos modernos. 

Si un padre tiene dos hijos y quiere repartirles cuatro panes, 
no dará tres al uno y uno al otro; dará dos á cada uno, por- 
que los padres reparten por igual el cariño entre sus hijos. 

Asi Dios, padre de los hombres, no reparte púrpuras á unos 
y andrajos á otros. Lana y pieles fueron creados por él para 
cubrir la desnudez de todos. 



III. 



Dios, que es padre de todos los hombres, cuida de satisfacer 
sus necesidades, dándoles el aire qne respiran, el agua que 
beben, la tierra que cultivan y la razón que los ilumina. 

Muchos cultivan tierra de otros, porque fueron despojados 
de su parte de tierra, algunos para regar sus campos pagan 
tributos por las aguas que corren libremente. 

Los más viven en la oscuridad del error. 

Sólo el aire es de todos; porque todavía los tiranos no han 
sabido apropiárselo como se apropiaron el agua, la tierra y la 
ciencia. 

Así como el aire es de todos, y el agua es de muchos, la 
tierra y el saber se repartirá entre los hombres, cuando los 
hombres amen la verdad y justicia, que es amar á Dios. 

Cuando el reino de Dios se establezca sobre la tierra no 
habrá déspotas ni esclavos, porque los primeros conocerán sus 
deberes para con sus hermanos, y los segundos sus derechos 
como hijos de un mismo padre. 

Ese día se disiparán las sombras del despotismo. 

Ese día brillará el sol de la LIBERTAD. 



398 JUAN DE COMINGES. 



IV 



La Libertad es la emancipación de los esclavos. Es la re- 
dención de los cautivos. 

La sangre más preciosa vertida en defensa de la libertad 
fué la sangre divina que regó la cumbre del calvario. 

Los tiranos sacrificaron á Jesús, porque su santa doctrina 
de libertad, alentando á los esclavos, los levantaba á nivel de 
los hombres. 

Los tiranos no quieren la libertad, sino la esclavitud. 

Con la libertad serían hombres, y con la esclavitud son 
señores. 

Su ambición no se satisface con llamarse hombres como los 
demás. 

Ellos no quieren que los esclavos sean hermanos suyos, 
porque Jesús dijo que todos éramos hermanos; por eso cru- 
cificaron á Jesús. 

La sangre divina fertilizó la tierra para que la semilla de su 
santa doctrina pudiera germinar por todas partes. 

Los nuevos retoños de la doctrina de Jesús fueron los infi- 
nitos mártires sacrificados por los tiranos de todos los tiempos 
y de todos los países. 

Su sangre inocente corrió á confundirse con la sangre del 
Divino Maestro, y sus almas puras volaron al seno de la ver- 
dad y la justicia. 

Así como al pié de la cruz germinaron infinitos mártires, en 
torno de cada sacrificio aparecían nuevos héroes que predica- 
ban la libertad del género humano á despecho de los sangui- 
narios amigos del despotismo. 

Terrible fué la lucha de la soberbia contra la humildad. 

La hija de la serpiente hubiera sucumbido ahogada con la 
sangre de sus víctimas y el reino de Dios se hubiera estable- 



artículos políticos. 399 



cido sobre la tierra; pero la soberbia mandó en auxilio suyo 
á otra de sus hijas que fué la hipocresía. 

Fingieron los tiranos convertirse á la doctrina de Jesu-Cristo 
para no dejar de ser tiranos. 

Los Escribas y los Fariseos que habian derramado la san- 
gre del Redentor y de sus discípulos, se hicieron cristianos sin 
dejar de ser Escribas y Fariseos. 

Los soberbios se hicieron humildes sin dejar de ser so- 
berbios. 

Los ricos se hicieron pobres sin abandonar sus riquezas. 

Los tiranos, los Escribas, los Fariseos los soberbios y los 
ricos fueron hipócritas. 

Los soberbios se creyeron humildes con su soberbia, y los 
esclavos se creyeron libres con sus cadenas. 

Desnivelada la balanza de la justicia, torcida la vara de la 
verdad, nubladas las inteligencias por la ignorancia, debilitados 
los cuerpos por el hambre; cuando un destello de la suprema 
sabiduría quiere abrirse paso entre nosotros, la duda y la 
desconfianza se apoderan de él, dejando en su lugar la horri- 
ble indiferencia, que es el crimen inmenso de las sociedades 
modernas. 

La duda trae el abatimiento, el abatimiento trae la indiferen- 
cia y con ella vienen: el olvido de sí mismo, el olvido del próji- 
mo y el olvido de Dios. 

Duda, abatimiento é indiferencia, son tres crímenes, porque 
conducen al olvido de Dios. 

Los hipócritas sembraron esta zizaña en el campo de los 
esclavos, para que perdieran el sentimiento de su propia 
dignidad. 

Cuando los esclavos conocían á sus verdugos sabian morir 
con heroismo, porque luchaban contra los enemigos desen- 
mascarados de su Dios. 

Los esclavos de hoy no conocen á los suyos, porque están 
escondidos tras la mascara de la hipocresía. 



^ 



400 JUAN DE COMINGES. 



V. 



Desde que sale el sol por el Oriente hasta que se oculta en 
el ocaso, corre el sudor por la frente del esclavo; su recom- 
pensa es un poco de pan negro y un lecho de paja. 

Cultiva la tierra, siega y trilla sus mieses; pero sus paneras 
están vacías y sus hijos tienen hambre. 

Apacenta los ganados, hila y teje sus lanas, pero está 
desnudo. 

Siempre hambriento, siempre desnudo, siempre trabajando 
para que los tiranos puedan comer, vestir y descansar. 

En medio de tantas tribulaciones, duda el esclavo de la 
bondad y de la justicia de Dios, porque desconoce la verdad. 

Abatido, indiferente y aletargado, se arroja quizá en brazos 
de los vicios, buscando en ellos el adormecimiento de sus 
fatigas y el consuelo que sólo su valor ha de proporcionarle el 
día que despierte de su letargo. 

j Ah de los tiranos el día en que sean conocidos I 

Todo su poder, toda su grandeza, toda su hipocresía desa- 
parecerá, como desaparecen las tinieblas de la noche al presen- 
tarse la luz del día-. 

La luz de la divina verdad disipará las tinieblas de la men- 
tira. 

Los grandes, ios poderosos y los reyes dirán: Quemad in- 
cienso en nuestros altares. Ofreceos á nosotros en sacrificio; 
y los esclavos responderán, con Jesús: los últimos serán Jos 
primeros y los primeros serán los últimos. 

Los avarientos dirán: hemos adquirido lejitimamente; esto 
nos pertenece, y los esclavos dirán: vuestra recompensa es 
dar, nuestro castigo recibir. 

Los ricos dirán: vamos con vosotros, y los esclavos respon- 
derán con el Evangelio: Abandonad antes vuestras riquezas y 
venios después. 



artículos políticos. 401 



Los hipócritas dirán: yo daba públicas limosnas y oraba en 
público, y los esclavos responderán, con su maestro: 

En verdad os digo que ya habéis recibido vuestra recom- 
pensa. 

Los Escribas y los Fariseos dirán: vuestra doctrina no es la 
verdadera, y los esclavos responderán: id, malditos de Dios, 
vosotros los que crucificasteis al que vino á redimir al hombre. 

Cercano está el día en que los esclavos despierten de su 
letargo. 

Ese día se regocijarán los ángeles en el cielo, porque el 
hombre quebrantará la cabeza á la serpiente del despotismo. 



Madrid, 17 de Marzo 1869. 



25 



SUMMUM JUS SUMMA INJURIA 



La justicia en su rigor extremo es 
una extrema injusticia. 

Cicerón. 

Érase que se era; el bien que viniere para todos sea y el 
mal para quien lo fuere á buscar. 

Érase un pueblo, no de Turcos ni Mormones, en cuyo capí- 
tulo 9999 de su Constitución se leían estas palabras: «Ningún 
ciudadano podrá ser á la vez marido de dos mujeres sin pagar 
con la vida este ataque á la moral y á las buenas costumbres. » 

Una solterona mogigata, escandalizada de que su vecino 
faltase con todo desenfado á estas leyes fundamentales, le de- 
nunció ante los magistrados de la patria. 

— Estáis acusado del delito de bigamia, le dijo el presiden- 
te del tribunal, ya sabéis lo que os espera, ¿qué tenéis que 
alegar en vuestra defensa ? 

— Señor, respondió el acusado, sé muy bien que nuestro 
código castiga con la muerte al que tiene dos mujeres, pero 
es el caso que yo tengo tres. 

— Retiraos tranquilo, repuso el tribunal, este caso no esta- 
ba previsto por la ley; sois inocente. 

Esta sentencia fué unánimemente aplaudida en aquel ilustre 
colegio de doctores; porque si bien la moral y la vindicta pú- 
blica no quedaron satisfechas, al menos la majestad de la ley 
no se había empañado con una sombra de arbitrariedad. 

A doctores de esta calaña fué á quienes el sublime legislador 
calificó de sepulcros blanqueados) pero como quiera que aquel 



ARTÍCULOS políticos. 4O3 

legislador no descendía de la tribu de Levi, lo que equivale á 
decir en estos tiempos que no era bachiller ni licenciado, es lo 
cierto que fué inmolado con toda legalidad por los doctores, 
por el crimen de meterse á legislar, sin diplomas, ó lo que es 
lo mismo, por usurpar atribuciones ajenas. 

Parapetados los Derviches tras el baluarte del Corán no 
hay quien les apee de que: «no hay más Dios que Dios y Ma- 
homa su Profeta. » 

Atrincherados los Bracmanes tras la invulnerable fortaleza 
de sus Vedas, de que son, por casta, los únicos depositarios, 
no hay quien les saque de que : c toda la verdad existe en 
Brama. » 

Los doctores de siempre, encastillados entre sus leyes; sin 
ver más que leyes; sin oír hablar más que de leyes; sin aspirar 
más ambiente que el de las leyes; sin saborear más manjares 
espirituales que las leyes, y sin tocar con sus manos más que 
leyes, llegan á transformarse en autómatas ejecutores de las le- 
yes. Sin frescura en la mente, sin jugo en el alma; inflexibles 
como el péndulo, no pueden comprender más que el monótono 
tik, tak, y acaban por constituirse, á fuerza de atenerse á las 
leyes y solo á las leyes, en los más formidables enemigos del 
sentido común. 

Nos creen, á los pobres ciudadanos, desprovistos de inteli- 
gencia porque á cada paso nos ven acudir á sus estudios en 
consulta de nuestras querellas; pero debieran conocer que si 
esto hacemos, no es porque nos falte, las más de las veces, la 
razón natural para gobernarnos, sino por aquello de similia, 
similibus curantur^ lo que en buen castellano quiere decir, que 
acudimos á un mal para que nos libre de otro. 

La Democracia^ salpimentada siempre con las argucias y su- 
tilezas doctrinales, resume su largo editorial del domingo cali- 
ficando á los que militamos en las filas de los pacíficos, nada 
menos que de apóstoles de la rebelión ^ y sin embargo, ese mis- 
mo diario califica de juicioso á otro, por un artículo que e»tre 
otras cosas dice, hablando de los dictadores en general, que 



404 JUAN DE COMINGES. 



por grandes que sean son hombres al fin, y encuentran en la 
mejor de su carrera, el puñal de Bruto ó la tumba de Santa 
Elena. 

Después de esto, nada nos pueden preocupar los calificati- 
vos injustos de nuestra colega. 

No podemos poner en duda que La Democracia aunque al 
parecer invulnerable dentro de la fortaleza de lo legal, no lo es 
tanto en el campo de las conveniencias generales y no lo es 
nada en el de las ciencias naturales, como se manifiesta al de- 
cirnos que los astros hacen su giro circular y que también su- 
fren las impertinencias legales. 

No diremos que esto es mentira^ como ha dicho la culta De- 
mocracia^ pero sí, con su permiso, nos atreveremos á decir que 
no es cierto que los cuerpos celestes hagan su revolución en 
un círculo, ni que sufran, tan absolutamente, las impertinencias 
de las formas legales de la inmutabilidad, supuesto que unos 
giran sobre sí propios resbalando sin cesar hacia desconocidos 
abismos; otros caminan por elípticos senderos, ya apartándo- 
se, ya acercándose al centro de atracción, á pesar de las leyes 
de la razón directa de sus masas y de la inversa del cuadrado 
délas distancias; otros, en fin, están condenados á errar eterna- 
mente perdidos en el espacio, sin entrar segunda vez en el 
surco de sus primeras huellas. 

Sentimos decir á La Democracia, que no son armas leales 
las que maneja al sostener, ante sus lectores, que nosotros to- 
mamos el nombre del coronel Latorre para pedir el aplaza- 
miento de las elecciones, ni mucho menos la prorrogación de 
la dictadura. 

Los lectores de La Tribuna saben muy bien que esto no 
es cierto. 

El nombre que nosotros invocamos está muy por encima 
del nombre del coronel Latorre, y de todas las instituciones 
humanas. 

Hablen, pues, enhorabuena los doctores, en nombre de la 
ley escrita, que nosotros, que no hemos recibido esa ley del 



artículos políticos. 405 

Dios de Sion, hablaremos siempre en nombre del pueblo so- 
berano, que puede en los momentos del peligro, suspender 
esas leyes que él mismo se ha dictado, si conoce con su razón 
natural, que de su ejercicio puede venir la ruina de la so- 
ciedad. 

Pregunte la Democracia á los teólogos más ortodoxos, si se 
puede en ciertos casos infringir la octava ley, impuesta por 
Dios en el Decálogo, y tenga por seguro que le responderán, 
sin vacilaciones ni consultas de librotes viejos, que la mentira 
es lícita si con ella se puede evitar mayor daño de nuestro pró- 
jimo. 

I Es posible que la razón natural encuentre medio de salvar 
los escrúpulos religiosos del creyente que se vio obligado á 
faltar á las leyes de Dios, y que los inflexibles sacerdotes de 
la política, quieran hacernos comulgar con ruedas de molino, 
negándonos el derecho de eludir un cataclismo, porque no se 
resienta una ley humana, dictada para gobernarse en épocas 
normales } 

La Democracia no encuentra palabras bastante duras para 
calificar la revolución pacífica, que en estos momentos trata de 
realizar el pueblo. Diríase que el pueblo intenta derribar el 
firmamento y hacer estallar el planeta como una granada, se- 
gún los aspavientos de la meticulosa Democracia. 

El pueblo oriental pudo salir dd -fíoloniaje con la revolución 
de 1 8 10, y tuvo razón. No tuvo razón por que la sellase con 
su sangre; la misma le hubiera asistido á haber entrado en 
posesión de su independencia por medio de una pacífica y 
amistosa transacción con sus monarcas. 

Esto no era posible porque los inflexibles oráculos de la ley 
monárquica no podían aconsejar á su rey lo más equitativo, lo 
más fácil y lo más barato, ó mejor dicho, lo más conveniente, 
si no lo más legal. El pueblo, pues, se armó de un trabuco y 
obtuvo por la violencia una razón que los doctores no dispu- 
tan, ni nadie puede disputar. 

Si el noble pueblo oriental en lugar de manifestar sus aspi- 






toó JUAN DE COMINGES. 



raciones pacíficamente, se lanzara hoy á la rebelión armada; 
suspendiera las elecciones; nombrase un verdadero dictador ó 
r convocase una convención nacional para reformar la constitu- 

i cion, ¿no serían sus actos sancionados por todos los doctores 

del mundo ? 

Ahora bien, ¿qué podemos deducir después de lo dicho? 
que los que apoyados en la ley áe oponen á nuestra propa- 
ganda, prefieren las rebeliones armadas á las revoluciones 
pacíficas, y que, desconociendo el justo medio que la pruden- 
cia y el buen sentido aconsejan, han prescindido de aquella 
máxima sublime del ilustre orador roniano que dice: « que la 
justicia en su rigor extremo es una extrema injusticia.» 
Summum jus summa injuria. 

m 

Montevideo 6 de Junio de 1876. — (La Tribuna), 



\ 






RUDA FRANQUEZA 



En el segundo período del preámbulo con que se encabeza 
el decreto sobre prórroga de inscripción, el gobierno ha decla- 
rado reconocer que los ciudadanos se han retraído de acudir á 
estampar su nombre en el Registro Cívico. 

Después de esta declaración franca y genuina del mandata- 
rio, que viene á dar en tierra con los mil y un artículos de 
bombo y platillos con que los aduladores sin criterio desgarra- 
ron el tímpano de gobernante y gobernados; después de caí- 
da la careta del entusiasmo con que los farsantes políticos pre- 
tendieron disfrazar el rostro y el corazón de la dolorida patria, 
en presencia ya del triste contraste que ofrece un pueblo libre 
y valiente que desdeña usar del más sagrado derecho con- 
quistado por la humanidad, en los mismos instantes en que 
las más esclavizadas naciones del viejo mundo se lanzan á de- 
rramar su sangre generosa por la remota esperanza de dejar 
á sus hijos en herencia un átomo de libertad; ante el espectá- 
culo que hoy presentan los hijos de los 33, cual si fueran á 
alistarse para servir de voluntarios en las filas de la esclavitud, 
atadas sus manos por las cadenas del fanatismo de la corrup- 
ción ó el miedo ¿ Qué podremos decir los hombres de 

conciencia ? 

Mucho y bueno, si no estamos corrompidos ni somos co- 
bardes. 

Mucho y bueno, si apreciando en lo que valen las cualida- 
des del gobernante y queriéndole más de veras que los que pre- 



408 JUAN DE COMINGES. 



tenden asfixiarle con el zahumerio de la adulación, hacemos el 
sacrificio de expresarnos con la ruda franqueza de los amigos 
verdaderos. 

Coronel Latorre: en 1876 sanaste la fiebre de tu patria con 
el remedio hercíico de la dictadura. 

Coronel Latorre: el remedio heroico de la dictadura no sir- 
ve ya para curar la anemia qué tu patria sufre en 1878. 

Las razones que hicieron necesaria y plausible la dictadura, 
ya han desaparecido. 

Ya no hay caudillos turbulentos que refrenar. 

Ya no hay que purgar á la campaña de su tradicional en- 
jambre de ladrones y asesinos. 

Ya no hay que llamar al orden á empleados ineptos y pre- 
varicadores, que antes eran los verdaderos usufructuarios vita- 
licios de la hacienda pública. 

Ya, por fin, no hay que acostumbrar á los que nacieron en- 
tre las algazaras de esté vasto campamento, á saborear gus- 
tosos y agradecidos las inefables dichas de una vida de paz y 
de trabajo. 

Lo que el torrente de la moral y de la civilización no hubie- 
ra conseguido tal vez en varios siglos, tú solo lo has logrado 
en pocos días sin más ayuda que la rectitud de tu conciencia y 
el poderoso esfuerzo de tu brazo. 

Tu santa misión ha terminado. 

Abre, pues, el honroso camino de la legalidad á este pue- 
blo que te bendice y te aplaude. 

Tú, que ayer supiste conocer y curar las heridas de tu pa- 
tria, también hoy conoces sus justas aspiraciones y te apresu- 
ras á satifascerlas, y al ver que el pueblo no acude á tu llama- 
do te lamentas de su retraimiento y vuelves con insistencia 
infatigable á señalarle la senda de sus deberes cívicos. 

Pero el pueblo se retrae; porque han sembrado la descon- 
fianza en su corazón no sólo los enemigos que intentan des- 
prestigiarte sino, y esto es más doloroso, algunos de los amigos 
que pretenden servirte. 



artículos políticos. 409 



Los que por respeto á las leyes de la Patria y por leal adhe- 
sión á la persona del mandatario, corremos hoy el riesgo de 
valizar el más escabroso de cuantos escollos hay en el derrote- 
ro de la dictadura, no vacilamos, en decirte, á fuer Je buenos 
y francos marinos, que hay más peligro para tu nave al cruzar 
por las aguas mansas de la adulación que al hendir las embra- 
vecidas marejadas de la envidia y la calumnia. 

¿ Qué pueden importar al coronel Latorre las sugestiones 
ó alharacas de algunos petardistas escabullidos; de algunos 
busca-vidas callejeros, de algunos cuatreros escamados; de al- 
gunos compadritos aventureros, ó de algunos pretendientes 
desairados ? 

Nada. Todas sus declamaciones se pierden inútilmente en 
el vacío, porque el país, que los conoce, se felicita de su au- 
sencia desde que poco esplendor pueden dar á situación algu- 
na al concurrir con sus negros antecedentes. 

Los amigos oficiosos, aquellos que más realistas que el rey, 
y más católicos que el Papa, aparentan recibir la secreta con- 
signa de boca del Mandatario, para extender por todos los 
ámbitos de la República, la duda y la desconfianza que engen- 
dren el retraimiento, — esos, esos sí que son los que compro- 
meten inicuamente la reputación del mandatario, y los que 
colocan á la Patria al borde del más peligroso de los abismos. 

Sépanlo los que aún dudan; sépanlo los que creen servir al 
coronel Latorre, dejando indefinidamente sobre sus hombros 
el peso de la dictadura: el coronel Latorre hará entrar al país 
en el régimen constitucional con los electores que haya inscrip- 
tos al terminar el plazo prefijado. 

Las tenebrosas maquinaciones de sus enemigos y de sus 
falsos amigos se estrellarán ante su voluntad inflexible; pero 
los que hemos levantado el leal estandarte de la ruda franque- 
za, pediríamos al dictador el último sacrificio, en honor de las 
instituciones democráticas. Ó un franco programa desmintien- 
do cuanto al abrigo de su nombre se haya propalado por apa- 
rentes amigos, ó la remoción de cualquier funcionario que. 



4 1 o JUAN DE COMINGES 



habiendo sido partidario acérrimo de la prorrogación de la 
dictadura, hoy sea el origen principal de la desconfianza, el ar- 
ma terrible de los que aprovechan las eventualidades y la 
piedra donde se estrellan los buenos deseos de los más acriso- 
lados patriotas que no se atreven á salir de su actitud espec- 
tante. 

Montevideo, 30 de Julio de 1878. — {La Tribuna), 



J 



poesías 



1 



HIJOl 



iHijo del corazón! duerme tranquilo 
En tu dorada cuna, 
Sin que turbe tu sueño venturoso 
Ni de la guerra el estridente grito, 
Ni del pesar el grito lastimoso. 

En tu serena frente 
Brilla la paz del hombre apetecida, 
La paz que te sonríe dulcemente 
Desde el instante que empezó tu vida. 

Jamás tu pie desnudo 
Pisó la tierra fría; 
Jamás tu labio hambriento 
Pidió llorando el pan de cada día, 
Y tu sueño de niño 
Velado fué con paternal cariño. 

No pueden ver tus inocentes ojos 
El veneno de abeja ponzoñosa, 
Ni encontrarán en la pintada rosa 
Los punzantes abrojos; 
Que, abiertos de improviso, 
A la luz de la vida, 
Juzgaste á la tierra un paraíso, 
Porque tan sólo viste 
La dicha del hogar donde naciste. 




414 JUAN DE COMINGES. 



Ven, hijo mío, ven, que pocoá poco 
Ese velo inocente 
Arrebatarte quiero, 

Y cogido á mi mano dulcemente, 
Marcharás por tan áspero sendero, 
Cual por senda de flores, 
Gozando del amor de los amores. 

Mas al llegar la hora 
En que caiga la venda de tus ojos 

Y resistas la luz deslumbradora 
Sin que te cause enojos. 

Tú serás hombre. 

Yo . . . seré un anciano 

Inútil en la tierra. 



Ahí no sueltes mi mano; 
Acompáñame entonces, hijo mío, 
Hasta la puerta del sepulcro frío. 

Real Sitio de San Ildefonso, 1 860. 



ODA 



Á CAMILO FLAMMARION 



POR SU OBRA «LA PLURALIDAD DE MUNDOS HABITADOS». 



¿Perdonarás, Camilo, la osadía 

Y el orgullo de un hombre 
Que, falto de poesía. 

Por ensalzar tu nombre en este día 
Quizá manche tu. nombre? 

Mas si es la gratitud peso que abruma, 

Y el darte gracias me consuela y calma. 
Deja que brote de mi pobre pluma 

La esencia de mi alma; 

Que no muera en secreto 

Mi justa gratitud, ni mi respeto. 

Mi gratitud; pues cuando vi perdida 
En el triste vacío 
La esperanza querida, 

Y cuando lleno el corazón de hastío 
A oscuras por la senda de la vida 
Caminaba sin rumbo y entre abrojos, 

Que regaba con llanto de mis ojos 

Cual faro que ilumina 

De los inmensos mares el desierto 

Y al abatido náufrago encamina 



4 1 6 JUAN DE COMINGES. 



Hacia seguro puerto 

Así los resplandores 

De tu genio divino 

Para siempre curaron mis dolores, 

Mostrándome un camino 

Tapizado de flores 

Por donde voy feliz á mi destino. 

Llena tu mente de celeste lumbre, 
Lleno tu pecho de entusiasmo ardiente, 
Trepaste hasta la cumbre 
Donde la ciencia brilla refulgente. 

Allí sediento de verdad tu labio 

Y sin oscuras nubes en la mente 
Que ocultaran lo? ámbitos del monte, 
Con el compás del sabio, 

Que penetra al través <íel horizonte, 

Te lanzaste valiente 

A medir la grandeza omnipotente. 

Lleno de fe, luchaste años prolijos 
Sin vil superstición y sin flaqueza; 
Siempre tus ojos en el cielo fijos, 

Y á tus píes se rindió naturaleza; 

Que no se ofende Dios porque los hijos 
Admiren de su padre la grandeza. 

Débil el cuerpo humano. 
La muerte y el dolor es su destino; 
Pero también ufano 
Siente por alma un átomo divino, 
Que si del cuerpo en el recinto oscuro 
Gime sobre la tierra. 
Puede á un esfuerzo separarse puro 
De la oscura prisión donde se encierra. 



POESÍAS. 417 

Alzar su raudo vuelo 

Y registrar los ámbitos del cielo. 

Genio del mal, si tu funesto yugo 
La pobre humanidad sufrió cobarde; 
Si del genio del bien fuiste verdugo, 
Hoy que la antorcha arde 
De la razón humana, 
Genio del mal, tu muerte está cercana. 

Ya no derramarás, reptil inmundo, 
Del fanatismo el infernal veneno; 
Ya podrá el hombre con placer profundo, 
Hecho pedazos, contemplar el freno 
Que lo alejaba del autor del mundo. 

Podrá doquiera levantar altares, 
Que Dios se manifiesta por doquiera: 
En los astros que brillan á millares. 
En la gentil palmera. 
En el profundo abismo de los mares. 

Ya sin trabas la humana inteligencia 
No encerrará en un mísero palacio 
De Dios la omnipotencia. 
Cuyo palacio y templo es el espacio; 
Que allí donde la vida está sembrada. 
Allí de Dios existe la morada. 

Del espíritu humano 
La justa aspiración no es osadía; 
No es crimen admirar al soberano. 
Que sostiene del mundo la armonía. 
Porque de Dios la mano bienhechora 
Cuanto más se conoce más se adora. 

Con su razón en guerra 

26 




4X8 JUAN DE COMINGES. 



Y en el mar de su orgullo sumergida, 
Pensó la humanidad que era la tierra 
£1 asiento exclusivo de la vida. 

I Soberbia humana ! | Error de los errores I 
I Insulto á la divina providencia I 
Negar la vida en astros superiores 

Y al nuestro dar la humana residencia^ 
Cual si aquéllos cumplieran su existencia 
Con mandar á la tierra resplandores. 

Mas hoy el hombre de verdad sediento, 
Por la ciencia sus pasos ilumina, 

Y surcando las ráfagas del viento 
La razón á los astros encamina: 
Sube con el bajel del pensamiento, 
Del misterio descorre la cortina, 

Y en aquellos planetas más lejanos. 
Ve los hijos de Dios, ve sus hermanos. 



ARMONÍAS 



POESÍA ESCRITA CON MOTIVO DE LA VELADA LITERARIA 

QUE SE ORGANIZÓ EN MONTEVIDEO PARA SOCORRER Á LAS VÍCTIMAS 

DE LA FIEBRE AMARILLA DEL AÑO 1 87 I, EN BuENOS AlRES. 



I Oh sabias leyes, que regís al mundo, 
Dejad que el alma mía 

Absorta en el respeto más profundo 
Admire vuestro encanto y armonía! 

Esferas que giráis en el espacio 
Sin tregua ni reposo, 
Y que vertiendo luces de topacio 
Cumplís vuestro destino misterioso; 

Dulces miríadas de brillante aspecto, 
Páginas elocuentes del poema 
Que del sabio Arquitecto 
Cantando están la perfección suprema; 

Dulces apariciones 
Que otra existencia publicáis á grito, 
Mágicos escalones 
Por donde sube el alma al infinito; 

I I Oid ! Oid I Del último planeta 
A vosotras un eco se levanta: 



^ 



420 JUAN DE COMINGES. 



Es la VOZ del poeta 

Que aquí también las armonías canta: 

Es el poeta que á su Dios admira, 
Que la grandeza de su ser proclama; 

Y pulsando las cuerdas de su lira 
Lleno de amor y de entusiasmo exclama 

j Oh sabias leyes, que regís al mundo. 
Dejad que el alma mía 
Absorta en el respeto más profundo 
Admire vuestro encanto y armonía ! 

Si alguna vez el disco refulgente 
Entre vapores lóbregos se encierra. 
Si alguna vez el rayo incandescente 
Desciende con furor sobre la tierra; 

Si alguna vez al retumbar el trueno 
El terrible pampero se desata, 
Si de la nube desgarrado el seno 
Se transforma en horrible catarata; 

No es que de Dios la cólera iracunda 
Con los estragos su poder indica, 
Es que la tierra estéril se fecunda 

Y el aire corruptor se purifica. 

Si tierno niño en su dorada cuna 
Venturoso se mece. 
Si en sus primeros años la fortuna 
Todo su halago seductor le ofrece; 

Si dichoso camina entre las flores 
Sin obstáculo hallar á sus placeres. 
Conquistando del hombre los honores 

Y comprando el amor de las mujeres; 



POESÍAS. 421 



No envidiadle, infeliz, náufrago errante 
Que navega sin rumbo en el vacío, 

Y que lleva marcado su semblante 
Con las profundas huellas del hastío. 

Si mísero, indigente, 
Siempre juguete del destino fiero, 
Con el sudor de su tostada frente 
Riega su pan el pobre jornalero, 

También con inocentes regocijos 
Desliza su existencia venturosa. 
Entre el dulce cariño de los hijos 

Y el santo amor de su querida esposa. 

Hombres sin fe, dejadme que confíe 
En la divina mano bienhechora, 
Que modera los goces del que ríe 

Y templa los pesares del que llora. 

¡ Oh sabias leyes que regis al mundo ; 
Dejad que el alma mía 
Absorta en el respeto más profundo 
Admire vuestro encanto y armonía I 



¿ Mas qué rumor las ráfagas del viento 
Traen hasta mis oídos 
Cual fúnebre lamento 
Que se arranca de pechos doloridos ? 

Ese clamor lejano, 
Que parte de las márgenes del Plata, 
Eco desgarrador de un pueblo hermano 
A quien la peste mata, 



42 2 JUAN I>E COMINGES. 



Es el grito del padre 
Que el objeto perdió de su cariño ; 
Es el llanto del niño 
Que vela junto al lecho de la madre. 

Oh ! Parca vil, á quien el mal alienta, 
Y marchas del palacio á la cabana 
De lágrimas sedienta 
Hiriendo sin piedad con tu guadaña; 

¿Por qué de tanto mal haces ludibrio? 
I Por qué sólo el estrago es tu proeza ? 
¿Por qué rompes el plácido equilibrio 
Que ostenta por doquier naturaleza? 

I Leyes fatales, que regís al mundo, 
Dejad que el alma mía 
Transida de dolor el más profundo 
Dude de vuestro encantó y armonía ! 



¡ Mas qué dijo mi labio maldiciente 
Al prorrumpir en doloroso grito ! 
¡Supremo Ser, perdona mi delito 

Y la fría razón vuelve á mi mente ! 

Al pie del mismo tronco carcomido 
Cuya existencia material se agota, 
Nuevo tallo florido 
Lleno de gracia y de perfumes brota. 

Cuando los hombres míseros perecen, 
Cuando los pueblos pasan á la historia. 
Sus crímenes, cual humo desparecen. 
Sólo queda su gloria. 



POESÍAS. 423 



Babilonia que sueña y que delira 
Con la soberbia del poder humano, 
Menfis, Pompeya, Jericó, Palmira, 
Tebas, Gomorra, Itálica, Herculano, 

Dólmenes, mausoleos y ataúdes 
Cubriendo están los crímenes de entonces; 
Mas quedan sus virtudes 
Traducidas en mármoles y en bronces. 

¿ Qué importa á la Justicia Soberana 
De un pueblo la ruina, 
Si así la especie humana 
A la suprema perfección camina? 

Derramando la sangre de su pecho, 
El divino emisario, 
El árbol del derecho 
Plantó sobre la cumbre del Calvario. 

La misma ley que al mísero argentino 
Hoy estremece con su duro azote. 
Hace también que en nuestro pecho brote 
De santa caridad fuego divino. 

I Oye, pueblo Oriental ! no te importune, 
La súplica del vate: 
El lazo del amor que aquí te une 
Que nunca se desate. 

¡ Oh sabias leyes, que regís al mundo, 
Dejad que el alma mía 
Absorta en el respeto más profundo 
Admire vuestro encanto y armonía. 



Montevideo, 13 de Abril de 1871. 



EN EL 



CEMENTERIO DEL PADRE LACHAISSE 



Entre ricos panteones 
Que alzó la humana soberbia, 
Para llevar sus locuras 
Más allá de la existencia, 
Monumentos adornados 
De coronas y macetas, 
Admiración de la turba 
Que á visitarlos se llega, 
Está la tumba de un niño 
Abandonada y desierta. 
Sin coronas y sin flores; 
Sólo una cruz de madera 
Nos dice que allí reposa 
Un querubín de la tierra. 
En la cruz hay cuatro versos 
Cuya traducción es ésta: 
«Volaste al cielo, hijo mío, 
«Como tu padre en Magenta! 
«¡Señor! los lazos se han roto 
«Que me ataban á la tierra!» 
Niño, tu cruz tiene polvo 
Y tu sepultura, yerba; 



POESÍAS. 425 



Tu madre no está en el mundo, 
Dichoso tú, feliz ella. 
Que habéis trocado este valle 
De lágrimas y miserias. 
Por el santo paraíso 
Donde la dicha es eterna! 
Monte-Luis, yo te abandono; 
Padre Lachaisse, ahí te quedas 
Con tu mármol de Car rara, 
Con tus tapices de Persia, 
Con tus perfumes de Arabia, 
Con tus lunas de Venecia, 
Con tus cirios y medallas, 
Tus coronas y macetas. 
Con todos los atributos 
De tu pagana grandeza. 
Quinientos millones vale 
Cuanto tus muros encierra! 
Pero si fueras más rico 
Menos para mí valieras. 
He mirado con desprecio 
Pirámides gigantescas. 
Sepulcros en donde brilla 
De las artes la grandeza. 
Vanidad de vanidades. 
Que en el alma del poeta 
Si no inspiran amargura 
Inspiran indiferencia; 
Pero al ver abandonada 
Entre la marchita yerba. 
De aquel ángel inocente 
La sepultura modesta; 
Al mirar aquella fosa 
Abandonada y desierta; 
Del corazón á los ojos 



426 JUAN DE COMINGES. 



Subió una lágrima tierna; 
Se doblaron mis rodillas, 
Tocó mi labio la tierra, 
Y exclamé: Si aquí hay dolores, 
En el cielo hay recompensa! 



París, 2 de Noviembre de 1864. 



IMPROVISACIÓN 

Á LAS VÍCTIMAS DE SANTANDER EN LA MANIFESTACIÓN 
CELEBRADA EL 2° ANIVERSARIO DE LA REVOLUCIÓN 



Héroes de Santander ! el pueblo entero 
Triste homenaje á tributaros va, 
Miradle bien en su dolor sincero 
Cuan afligido y silencioso está. 

Héroes de Santander' ya que la muerte 
Supisteis arrostrar, del bien en pos, 
Disfrutad como mártires la suerte 
De ocupar un lugar cerca de Dios. 

Héroes de Santander! nadie se asombre. 
Los que hayan muerto difundiendo luz 
Mártires son lo mismo que el Dios hombre 
Que derramó su sangre en una cruz. 

Héroes de Santander! con noble encono 
Vuestra sangre supisteis derramar 

Y sucumbisteis derribando un trono 
Para nunca volverlo á levantar. 

Hijos de Santander! con heroísmo 
Vuestra sangre la tierra fecundó 

Y en el campo del negro despotismo 
La flor de la República broto. 



428 JUAN DE COMINGES. 



Héroes de Santander! plan tenebroso 
A vuestra patria reyes mandará, 
Mas el pueblo que os mira silencioso, 
Sus cetros y coronas pisará 



Santander, Setiembre de 1870. 



I 



1 MADRE ! 



Dormido aparecí, germen humano, 
De una mujer fecunda desprendido, 

Y en recordar me afano 
Aquellos años que viví dormido. 

La que animó mi vida con su aliento 
Yo no sé quién sería, 
Ni el ángel tutelar que de alimento 
El néctar de sus pechos me daría. 

La que por mí con amoroso empeño 
Sacrificó su calma y su fortuna, 
La que veló solícita mi sueño. 
La que meció mi cuna. 

No la vi: mi existencia adormecida 
Esperó la razón por largo plazo, 

Y sólo sé que desperté á la vida 
De una santa mujer en el regazo. 

Raudal de amor brotaba de sus ojos 
Azules como el cielo, 

Y al mirarlos, postrándome de hinojos, 
Madre, grité con doloroso anhelo. 

En tí veo el encanto y armonía 
Que el universo encierra; 



430 JUAN DE COMINGES. 



Tú serás, madre mía, 

Mí sola religión sobre la tierra. 

Mas ella, entonces, con piedad ferviente 
Dijo, al cruzar los dedos de mi mano: 
Adora solamente 
La santa cruz, enseña del cristiano. 

A mi razón, su acento melodioso 
Llevó la luz primera, 
Y al cumplir su mandato religioso, 
Cristiano fui, porque cristiana era. 

Amor y gratitud, consuelo y calma, 
Sabe la madre al inocente niño 
Esculpir en el alma 
Con el tierno cincel de su cariño. 

Mas gratitud y amor, calma y consuelo 
El hombre pierde en sus primeros años. 
Cuando remonta el vuelo 
Para buscar amargos desengaños. 



Madrid, 1856. 



EL SABOYANO 



CUENTO 



— Papá, cuéntanos un cuento. 
— No me gustan las mentiras. 
— Pues cuéntanos, si te place, 
Una escena de tu vida. 
— Lo haré si me dais palabra.... 
-—De qué? 

— De no interrumpirla. 
— Por mi parte, lo prometo. 
— Y yo también por la mía. 
— Vamos pues, venid, sentaos 
Aquí sobre mis rodillas 

Y estad atentos: París 
Es una opulenta villa.... 
—¿Tan grande como Madrid? 

— Déjale contar, Luisa. 
— Es siete veces mayor; 
Como que se necesita, 

Si quieren darle la vuelta, 
A buen paso, más de un día. 
— Y hay soldados en París? 

— Antonio, deja que siga. 
— Como en España los hay 

Y bravos por vida mía. 

— Mejor son los españoles 

Y más guapos. 



432 JUAN DE COMINGES 

— Calla, niña. 
¿Quién te ha dicho á tí? . . . 

—Papal 
Tiene razón mi hermanita. 
¿Te acuerdas de aquella caja 
Que me regaló la tía 
Con soldados de París? 
Pues tenían una tripa! 
— Queréis callar, hijos míos. 
— Si es Antonio. 

— Si es la Luisa. 
— Sois los dos. 

—Pues ya callamos. 
— Pues señor, como decía, 
En ese pueblo tan grande.... 
— Pues no has dicho. que era villa? 
— Lo mismo da. Todos hablan 
En una lengua distinta 
A la nuestra, hablan francés. 
— ¿Y los niños y las niñas 
Hablan francés? 

— Como tú 
El español, hija mía. 
— ¡Hablan francés tan pequeños? 
Caramba, cómo se aplican! 
— Cuando llega Noche Buena 
Es costumbre muy antigua 
Poner en los Boulevares, 
Que empiezan en la Bastilla 
Y van á la Magdalena, 
Un millón de tiendecitas, 
Donde se venden á grito 
Juguetes y golosinas. 
— Papá, se relame Antonio, 
— ^Yo no me relamo, chica. 



POESÍAS. 433 

— El afio sesenta y cuatro 
Apretó por esos días 
Tanto frío, que la gente 
Un sorbete parecía. 
Pues bien, hijos, una tarde 
Iba una elegante niña 
Por aquellos Boule vares, 
Buscando en las tiendecitas 
Cómo malgastar un duro 
Que entre las manos tenía. 
- -¿Porqué no compró un caballo 
Con estribos y con brida? 
— Mejor era una muñeca 
Bien peinada y bien vestida. 
— Mejor gastó su dinero, , 
Pues al llegar á la esquina 
Del barrio de San Denís, 
La preciosa señorita 
Reparó en un saboyano, 
Que diez años no tendría, 
El que, aterido de frío. 
Sin zapatos ni camisa. 
Con el arpa entre las manos. 
Una limosna pedía. 
— Y qué hizo la niña entonces.? 
— Y qué hizo entonces la niña.^* 
— Al escuchar de aquel arpa 
Las fúnebres armonías 

Y el acento de aquel ángel 
Que cantaba sus desdichas, 
Apartando su mirada 

De juegos y golosinas. 
Acercóse al saboyano. 
Generosa y compasiva, 

Y gastó su duro, haciendo 

27 



434 JUAN DE COMINGES. 



■*-•- 



Una limosna bendita. 

— Y qué dijo el saboyano? 

— Dio las gracias á la niña 

Con una lágrima tierna 

Que rodó por su megilla. 

— Y yo escuchando la historia 

Siento que corren las mías I 

— Hijos, el alma que llora 

Es angelical y digna 

De que el mundo la respete 

Y de que Dios la bendiga. 



San Ildefonso, 1865. 



: 



CUENTO 



Los cariñosos abuelos 
De la preciosa Enriqueta 
La dieron una peseta 
Para comprar caramelos. 

Cuando iba á comprarlos ya 
Se encontró una pobrecita 
Pidiendo tuna limosnita 
Que Dios se lo pagará» . 

Entonces con tierno afán, 
La cariñosa Enriqueta, 
Dio á la pobre la peseta 
Para que comprara pan. 

Al saberlo los abuelos, 
La compraron un perrito, 
Un vestido muy bonito 
Y un cesto de caramelos. 



San Ildefonso, 1862. 



( I ) Este cuento, como los dos siguientes, fueron escritos para ha- 
cerlos recitar de memoria á sus pequeños hijos de tres años, cuando aun 
no sabían hablar bien. 



CUENTO 



¿Qué tienes, hijo del alma? 
¿Por qué lloras hijo mío? 
Porque mamá no me deja 
Las tenazas y el martillo. 

Y dime ¿para qué quieres 
Esas herramientas, hijo? 
Es, que me voy á la misa 
Donde está clavado Cristo, 

Para ponerle los brazos 
Como tengo yo los míos. 
Para que pueda comer 
Y jugar ^pinto-pinto. 



San Ildefonso, 1 862. 



EL GOLOSO 



CUENTO 

i 

En la despensa guardó 
La mamá de Federico 
Un ramillete muy rico, 

Y Federico lo vio. 

El goloso bribonazo 
Despacito, y con un pié, 
A la despensa se fué 

Y se comió un gran pedazo. 

Cuando pasó su mamá, 

Y vio que faltaba un cacho 
Le dijo: ¡Pero, muchachol 

I Ya lo verás con papal 

Y se puso tan furioso 
El papá de Federico, 
Que le pegó en el hocico 
Un puñetazo muy rico 
Porque no fuera goloso. 



San Ildefonso, 1862. 



ACTIVIDAD Y PEREZA 



FÁBULA. 

En las fértiles playas cisplatinas, 
Del Uruguay y el Negro caudaloso 
Mecido por las hondas cristalinas, 
Hay un jardín frondoso 
Que se llama Rincón de las Gallinas. 
Mas no penséis que abunden á millones 
Los pollos ni los gallos 
Del gallinal Rincón en los rincones, 
Pues que vacas, ovejas y caballos 
No más contempla el hombre 
En aquellos lugares, cuyo nombre 
Quizá sólo recuerda los reveses 
Que sufrieron allí los portugueses. 
Pero basta de exordio, que mi intento 
No es contar una historia sino un cuento. 
Fué de los dos Yaguaretés la junta 
El principio de un monte. 
Que llegaba vistiendo el horizonte 
A donde el Pantanoso se despunta. 
Era el monte de un vasco muy anciano, 
Que al sentirse morir de puro viejo 
Tomando á sus dos hijos por la mano 
Dióles este brevísimo consejo: 
« No disputen hermano con hermano 



poksIaS. 439 



cTan sólo un monte os dejo; 

€ Partidlo en dos mitades 

«Y aguce cada cual sus facultades.» 

Esto el cántabro dijo 

Dando el postrer adiós á cada hijo. 

Los huérfanos, tal vez por obediencia 

Ó por hacer de su capote un sayo, 

Más ligeros que el rayo 

Partiéronse la herencia, 

En la más fraternal inteligencia. 

Mas del oro la sed devoradora 

Hizo fundar explotación tan mala 

Al huérfano mayor, que sin demora 

Él ñandubay, el espinillo, el tala 

Cayeron bajo el hacha destructora, 

Para servir de leña 

Con que templar la atmósfera porteña, 

Y dejando en dos años al montero 

Sin árboles, sin leña y sin dinero. 

El hermano menor, hombre prudente, 

Mucho más laborioso y activo 

Con mano inteligente. 

Dio á cada planta su especial cultivo. 

Del yatay que poblaba la cuchilla 

Sacó rico aguardiente. 

En el tunal sembró la cochinilla. 

Destiló de las flores el aroma. 

Del flexible ivirá la fibra extrajo, 

Del higuerón aprovechó la goma; 

Yá fuerza de constancia y de trabajo 

Actividad y acierto. 

Ya labrando las plantas por abajo. 

Ya usando de la poda y del ingerto. 

Tornó aquel bosque en cultivado huerto. 

Ayudando en aquellos vegetales 



440 JUAN DE COMINGES. 



El arte á los esfuerzos naturales, 

Ya daba el ceibo colosal artesa; 

Ya el acer daba almibarado jugo; 

Ya el algarrobo, la encorbada quilla; 

El sauce daba el yugo, 

La picana, la horquilla, 

Barales ó timones. 

En fin, pinas, manceras, rodrigones, 

De todo daba el bosque al heredero. 

Que al fin quedó con finca y con dinero. 

En dos mitades se partió la herencia 
En calidad y en extensión iguales, 
En una trabajó la inteligencia 
En otra los esfuerzos naturales. 
Aquélla dio por fruto la opulencia. 
Ésta produjo males, 
jAy de aquellas naciones 
Que llegan á olvidar estas lecciones! 

Montevideo, Diciembre 12 de 1876. 



INÉDITO ^'' 



Del anchuroso río la frágil navecilla 
Cortando la corriente camina con afán, 
Que allá en el horizonte, sobre la opuesta orilla. 
Si llega victoriosa un premio la darán. 

Hacía un mar borrascoso la lleva la corriente; 
Hacía las cataratas la empuja el aquilón. 
Las encontradas fuerzas del viento y el torrente 
¿Podrán contrarrestarlas la vela y el timón? 

Furiosa marejada por estribor azota ; 
Enfurecidas olas azotan por babor; 
£1 mástil toca el agua, y la tendida escota 
Vibra y el viento lanza su lúgubre clamor. 

La vela en mil retazos, cual fusta, da chasquidos, 
Entre las jarcias silba furioso el vendabal ; 
La quilla y las cuadernas, cual cisne en sus gemidos, 
Parece que entonasen su cántico final. 

Las furias coaligadas del viento y la marea 
Cual remora maldita la tiran hacia atrás: 
En vano vira y orza, deriva y bordejea ; 
La playa apetecida se aparta más y más. 



(i) Borrador encontrado entre los papeles del autor. 



442 JUAN DE COMIXr.FS. 



Ya se levanta rápida sobre espumosa cresta ; 
Ya en el profundo abismo parece que se hundió 
Mas siempre fijo el rumbo sobre la orilla opuesta, 
Surge anegada y rota, pero rendida nó. 

Para luchar impávido contra viento y marea 
De la barquilla el temple concédeme, Señor ; 
Si no llego á la playa, que muera en la pelea. 
Mas no me llame el mundo cobarde desertor. 

i6 de Noviembre de 1888. 



— ::3= 



UN DESTERRADO 



Ya no soy joven; las quimeras vanas 
Huyeron ya de m¡ fogosa mente. 
Ya no soy joven; pues me brotan canas 

Y huellas de dolor cruzan mi frente. 

Dentro del alma germinó el hastío 

Y hasta el mismo placer me causa enojos, 
Ya no rfe feliz el labio mío 

Ya se oscurece el brillo de mis ojos. 

Aquella noble agitación del alma, 
Aquel activo é incesante anhelo. 
Dejó lugar á la marchita calma, 
Que siente ya mi corazón de hielo. 

Se apagó de mi mente el fuego santo 
Que inspira y engrandece el pensamiento, 
Se cerraron mis ojos para el líanto. 
Se cerró el corazón al sentimiento. 

Todo se concluyó; mi triste suerte 
No puede contener el trance amargo. 
Aunque prefiero con placer la muerte 
A vivir en estúpido letargo. 

Cuando el sepulcro helado ya no aterra 
Ni halagan las bellezas de la vida. 



444 JUAN DE COMINGES. 



Cuando se tiene la ilusión perdida 

I Qué nos resta que hacer sobre la tierra ? 

Vivir sin alentar con entusiasmo 
Sin penas, alegrías ni dolores, 
Sin fe, sin esperanza y sin amores 
Es una ofensa á Dios, es un sarcasmo. 

Recuerdos dolorosos y halagüeños; 
Vagorosos fantasmas de mi vida; 
Pasad, pasad, cual vaporosos sueños 
Sin conmover un alma encallecida. 

No perturbéis la paz del desterrado, 
Que marchito vejeta en tierra extraña, 
Y en cuyos secos ojos no ha quedado 
Ni una lágrima tierna para España I 



IMPROVISACIÓN 

EN LA TUMBA DE JüSfe HERNÁNDEZ, CONOCIDO CON EL SEUDÓNIMO 

DE Martín Fierro. 



A un pueblo se imponía feroz el caudillaje ; 
Sus lágrimas de fuego un vate recogió, 
Y noble y generoso para vengar su ultraje 
Con inspirado aliento la cítara pulsó. 

El gaucho Martín Fierro sencillo é inocente, 
Vertiendo por sus ojos el llanto nacional. 
Ahogando del caudillo el ánimo creciente. 
Cortó de la discordia la cólera infernal. 

Ya no derramas llanto, República Argentina, 
El día de tus glorias, Hernández sucumbió, 
Ya no domina el gaucho, la ley es quien domina. 
Hernández, si tú has muerto, tu Martín Fierro nó. 



Buenos Aires. 



REDENCIÓN 



Hay un misterioso acento 
Que dentro del alma grita, 
Un vago presentimiento 
Que á la humanidad agita; 

Una risueña esperanza 
Que marca nuestro camino, 
Como el faro cue al marino 

m 

Aparece en lontananza; 

Una aspiración vehemente 
Hacia el porvenir oscuro, 
Que apetece lo futuro 
Despreciando lo presente; 

Una agitación sin nombre, 
Un insaciable deseo. 
Que busca más digno empleo 
A la existencia del hombre; 

Una perpetua impaciencia 
Mezcla de flores y abrojos, 
Que hace fijar nuestros ojos 
Al reloj de la existencia. 

Para que el hombre suicida 
Desde el instante que nace. 



poesías. 447 



Viva ansiando el desenlace 
De las horas de la vida; 

Luz que en el alma se vierte 

Y otra existencia refleja ; 
Luz que tal vez no se aleja 
Ni en el umbral de la muerte; 

Luz de brillante fulgor, 
Que nuestro paso ilumina 

Y acaso nos encamina 
Hacia otra patria mejor. 

I Hermosa luz I si has dejado 
Ver un porvenir risueño, 
Donde realizar el sueño 
Del mísero desterrado. 

Haz que de la ciencia en pos 
Logre del héroe la palma, 

Y apaga la sed del alma 
Con la presencia de Dios ! 

Mas calla, lengua altanera. 
Tu delirio no prosiga 
Que la sociedad castiga 
Con la cruz y con la hoguera, 

Al que con santa altivez 

Y de su origen ufano. 
Quiere alzar al ser humano 
De su inmensa pequenez. 

Cesen tus nobles deseos. 
Que en tu mal te precipitas. 
¿ No ves que existen levitas 
Escribas y fariseos, 



448 JUAN DE COMINGES. 



Que del pueblo embaucadores 
Doquiera, á Dios calumniando, 
Viven del pueblo explotando 
La ignorancia y los dolores? 

Sabios, que el saber maldicen 
En su absurda intolerancia, 
Y que aumentan la ignorancia 
Cuando al ignorante dicen : 

« Perdió tu felicidad 
« El crimen del paraíso 
« Resígnate, Dios lo quiso, 
€ Miserable humanidad. 

< Enfermo, triste, indigente, 
€ La corta existencia pasa, 
« Y tu negro pan amasa 
« Con el sudor de tu frente. » 

Así es cómo el hombre ignora 
A lo que al mundo ha venido, 
Pues, siempre fija en su oído 
Esa voz aterradora. 

Se somete con terror 
Al Dios cruel é iracundo, 
Que sólo le trajo al mundo 
Por gozar con su dolor. 

Y así en la ignorancia gime 
Sin ver su cadena rota. 
Pues donde quiera que brota 
Un pensamiento sublime. 

Allí están los fariseos 
Con su terrible cuchilla 



POESÍAS. 449 

Para eátirpar en semilla 
Sócrates y Galileos. 

Siga el infernal delirio 
Que á los débiles ofusca ; 
I Mas temblad, aún hay quién busca 
La corona del martirio ! 

Quien, sin esperanza alguna, 
Contra la farsa conspira, 
Quien por vosotros suspira 
Sin hijos, patria y fortuna. 

Quien, á impulso de fe ardiente, 
Su frente osada levanta 
Y estrujando con su planta 
La cabeza á la serpiente. 

Dirá con el digno acento 
De la convicción cristiana. 
Aunque le aguarden mañana 
La cicuta y el tormento: 

I Atrás, víboras, atrás! 
No insultéis la Providencia, 
Que quien nos vedó la ciencia 
No fué Dios, fué Satanás. 

Fué quien cifró su victoria 
En deslumhrar nuestros ojos; 
El que nos sembró de abrojos 
El camino de la gloria. 

El que fundó su delicia 
En matarnos la esperanza. 
El que torció la balanza 
De la verdad y justicia. 

28 



450 JUAN DE COMINGES. 



Quien forjó del fanatismo 
Los inmundos eslabones, 
Quien incitó las pasiones 
Que nos lanzan al abismo. 

A quien adoráis en coro, 
Haciendo de Dios insulto, 
A quien rendís negro culto 
Porque da placer y oro. 

Atrás ! que ya vuestro imperio 
Con el Evangelio acaba. 
Pues cuando el pueblo clamaba 
Por salir del cautiverio, 

Al mirar el crucifijo, 
Que nos dio la libertad, 
A su Dios la humanidad 
En tierna plegaria dijo: 

€ Para que en tu gloria viva 

Y honra mayor te tribute, 
Haz que mi brazo ejecute 
Cuanto mi mente conciba. » 

Dios escuchó sus lamentos. 
La ciencia le ha redimido, 

Y el poder ha conseguido 
De domar los elementos. 

Y pues su brazo ejecuta 
Cuanto su mente concibe, 
Hará de la fuerza bruta 
El esclavo á quien cautive. 

Por eso feliz y ufana, 
Al son del martillo entona, 



POESÍAS. 45 1 



Himno santo, que pregona 
La Emancipación Humana. 

Satanás I en vano acosas 
A los libres artesanos, 
Que viven forjando esposas 
Para encadenar tus manos. 

Tiembla Satán ! <y no esperes 
Con tu maligna destreza, 
Amedrentar al que reza 
Trabajando en los talleres; 

Los que al luchar sin desmayo 
Hoy logran en un momento, 
Trasmitir su pensamiento 
Sobre las alas del rayo; 

Los que de los Alpes grandes 
Perforaron el abismo, 
Y harán mañana lo mismo 
Con el Atlas y los Andes; 

Los que tuvieron aliento 
Para surcar el espacio 
En esférico palacio 
Sobre las alas del viento; 

Aquellos que con arrojo 
Firmes supieron luchar, 
É hicieron un solo mar 
Del Mediterráneo y Rojo, 

Hoy se mofan de las penas 
Con que turbaste su calma. 
Pues tienen fuerza en el alma 
Para romper tus cadenas. 



452 JUAN DE COMINGES. 



Hombre, si en tu mente brilla 
La luz que brotó en la cruz, 
Sigue la celeste luz 

Y desprecia á quien te humilla. 

Sigue de la ciencia en pos, 
Reconquista tu derecho, 
Levántate! que estás hecho 
A la imagen de tu Dios. 

Modelo de gloria seas 
En las futuras edades, 

Y si éstas son vanidades 
Vanidad, bendita seas ! 



Á LA JUVENTUD ORIENTAL 



EN EL BANQUETE DEL 1 3 DE AbRíL DE 1 87 2 



Salud, juventud florida, 
Que entre placeres te meces. 
Hoy que feliz apareces 
A nueva y honrosa vida. 

Salud, noble juventud, 
A quien convoca el destino 
Para emprender el camino 
De la gloria y la virtud. 

Mientras palpiten sin pena 
Juveniles corazones. 
Cual mágicos eslabones 
De la eléctrica cadena; 

Mientras arroja el guerrero 
Los atributos de Marte, 
Escuchad el ¡ay I que parte 
Del alma del extranjero. 

Marchito por los pesares 
De la esclavitud maldita 
Hay un pueblo que se agi ta 
Allende los anchos mares. 



454 J^'AN DE COMINGES. 



Gastó su florida edad 
Formando á su seno yermo 
Y hoy se arrastra viejo, enfermo, 
Sin pan y sin libertad. 

Y al verse del mal en pos 
En su caduca agonía 
Hasta el triste desconfía 
De la justicia de Dios. 

Por eso tiranas leyes 
Enfrenando su fiereza, 
Le hacen doblar la cabeza 
Bajo el yugo de los reyes. 

Yugo pesado y fatal 
Que nunca podrá romper, 
Si vacila en emprender 
La revolución social. 

Y por eso en esa tierra, 
Llena de males prolijos, 
Esclavos serán sus hijos 
Si no se lanzan en guerra. 

Pero ese genio del mal 
Que ofrece su amarga copa 
A las regiones de Europa, 
No espanta al pueblo Oriental. 

El pueblo que congregado, 
Paz al porvenir promete 
Deponiendo en un banquete 
Los rencores del pasado; 

El pueblo que ha consegukk) 
La mayor de las venturas 



POESÍAS. 455 



Cubriendo sus amarguras 
Con el manto del olvido; 

El que en su temprana edad 
• Luchó impávido y sereno 
Lleno de glorias, y lleno 
De grandeza y libertad; 

El mejor suelo del mundo 
Que por nada se aniquila, 
Que ni el caballo de Atila 
Consigue hacer infecundo; 

Tan privilegiada tierra 
Donde se aclimata ufano 
El germen republicano.... 
No debe vivir en guerra. 

Por eso al mirar la liga 
De paz, talento y virtud 
Que hoy forma la juventud. 
Os dice una voz amiga: 

Una furia se desata 
Que alienta á blancos y rojos 
Y que no aparta sus ojos 
De las márgenes del Plata. 

Y de ese suelo feraz 
Donde están sus ojos fijos 
Esclavos serán los hijos 
Sin la fuerza de la Paz. 



Montevideo, 13 de Abril 1872. 



POESÍAS JOCOSAS 



1 



CONGRESO BORRICAL 



SÁTIRA CON MOTIVO DE UNA t>RDENANZA MUNICIPAL 
QUE PROHIBÍA CERCAR LOS CAMPOS CON ZANJAS. 



Suena un rebuzno que retumba el viento ; 
Comienza la sesión, dice un jumento, 

Y al que venga con gritos y con voces, 
Vive Dios! que le suelto un par de coces. 

Nobles señores : caballeros finos, 
Asnos, jumentos, burros y pollinos. 
De vuestra exactitud no tengo quejas, 
Pues veo, al contemplar tantas orejas, 
Que estamos en inmensa mayoría, 

Y podremos tratar en este día 

De asunto tan ameno como vasto. 
Que es nada menos la cuestión de pasto. 
— Bravo I Muy bien, gritaron los oyentes 
Alzando rabos y mostrando dientes. 
— Al aplaudir, amigos, mis razones. 
Os portáis como nobles garañones ; 
Nadie ignora, señores, que en invierno 

Nadie pasto hallará duro ni tierno 

— Eso es mentira, pues si no, no esplico 
Cómo hay en Tucumán tanto borrico. 
—El Presidente inspira confianza 



4 6o JUAN DE COMINGES. 



Porque se va derecho á la pitanza, 

Más al interruptor nadie le escuche .... 

— Yo soy un ciudadano. 

— Sois un buche, 
Y la palabra aquí sólo se guarda, 
Para gente formal, gente de albarda. 
— Decíamos, si mal yo no discurro. 
Que falta pasto para tanto burro. 
Por lo que vemos campos y caminos 
Cubiertos de esqueletos de pollinos ; 
Gente formal, honrada y de talento. 
Que se muere por falta de alimento. 
Pero ¿Quién alborota en esa esquina? 
— Es que se ha desmayado una pollina. 
— Pues dos á las orejas y uno al rabo 
La podrán levantar al fin y al cabo. 
Pero señores, lo que yo más siento 
Al mirar sucumbir tanto jumento. 
Lo que á cualquiera sacará de quicio. 
Es que sufran de Tántalo el suplicio. 
Muriendo | miserable desventura I 
Entre quintas cubiertas de verdura. 
— I Qué infamia I 

—I Qué baldón ! 

— ¡Qué villanía! 
— I Qué escarnio I 

— I Qué vergüenza I 

— I Qué osadía I 
—Si siguen adelante con sus fines 
Acabarán con todos lo rocines. 
— Muera el alambre I 

— Muera el seto vivo ! 
— Muera la propiedad 

— Muera el cultivo ! 
— Está bien, pues que sois de pelo en pecho. 



i 



POESÍAS JOCOSAS 46 I 



Hagamos respetar nuestro derecho 

Sancionando en el acto esta ordenanza 

Que salvará la crisis de pitanza : 

« Los abajo firmados, 

« Todos ellos borricos consumados, 

« Faltos de qué llevar á los hocicos 

« Porque nadie se cura de borricos ; 

« Provistos del poder ilimitado 

« Que otros mucho más burros nos han dado, 

« Decretamos : Proscríbense las zanjas 

« Que nos impiden el comer naranjas. 

< Por el pueblo pollino 

c Lo firman Garañón, Rucio y Mohino. » 

— Ordenanza tan digna y elocuente 

Merece dar un hurra al presidente. 

— Una proposición dice una burra; 

Pongamos arre en lugar de hurra. 

— Aprobado; está bien; que nadie marre: 

Á la una, á las dos, á las tres. | Arreeee I 



Tucumán, Octubre de 1874. 



CARTA Á DON FRANCISCO FONTANA 



Mi muy estimado Queco; 
Presente: querido amigo, 
Pongo al cielo por testigo 
Que por melindres no peco. 

Pero tu persona sola 
Faltó ayer entre la gente 
Para saludar ferviente 
La República Española. 

Y no te daré perdón 
Que reanime tu conciencia, 
Sin mandarte en penitencia 
Un acto de contrición. 

Mas con franqueza te digo 
Que si á la fiesta has faltado, 
El justo cielo te ha dado 
En tu culpa tu castigo. 

Con todo, te escribo ésta, 
Dando á tu amistad tributo, 
Ya que pretextas un luto 
Para faltar á la fiesta. 

Buena estuvo la función. 
Mas hubo lances muy feos 



POESÍAS JOCOSAS 463 



Por exceso del burdeos 

Y por sobra del carlón. 

Si dudas de lo que digo 
Al ver licores tan buenos, 
Para que lo dudes menos 
Puedo poner por testigo: 

Al hijo del chacarero 
Del señor de Zimmermánn, 
Al carrero de donjuán 

Y de Santiago el herrero. 

Como infernal desconcierto 
Que á influjo de la metralla 
Deja el campo de batalla 
De cadáveres cubierto: 

Como con pasos inciertos 
Los ambulantes unidos, 
Marchan enterrando heridos 

Y confesando á los muertos. 

Asi yo con mis criados 

Y mis zapatos por coche 
He pasado media noche 
Recogiendo los mamados, (i) 

Y solamente llevaba 
En mi ambulancia sencilla 
Un garrote, una camilla 
Agua, farol y yy[i2L paba, (2) 

Al que armaba guirigay 
Ó tiraba alguna coz. 



(i) Borrachos. 
(2) Cafetera. 



464 JUAN DE COMINGES. 



Yo le aclaraba la voz 

Con polvos de Ñandubay, (i) 

Al que torcía la boca 
Yo le remojaba un poco, 

Y al que le colgaba el moco 
Le daba café de Moca. 

Después, con calma serena, 
Me los acosté al sereno. 
Sobre una parva de heno 
Donde hallaron cama y cena. 

Y pasé á mi habitación 
Donde, recordando á España, 
He aguardado la mañana 
Para echarles un sermón. 

Pero cuál mi asombro ha sido 
Cuando en la paja he buscado 

Y tan sólo me he encontrado 
De los pájaros el nido; 

Y algunos otros despojos 
De diferentes matices 

Que hablaban á las narices 
Un poco más que á los ojos. 

En decirlo no me inmuto 
Aunque parezca imprudente, 
Si hubo un César solamente 
Hay en cambio mucho bruto. 

Nueva Palmira, Marzo de 1873. 
(i) Árbol de madera muy dura. 



SEÑOR DON FRANCISCO FONTANA 



Nueva Palmira, Abril 6 de 1873. 

Respetable Sr. Queco: 
Hemos visto dias pasados 
Que nos tratan de mamados 
En un número del «Eco> 

Y encontramos muy extraño 
Lo que afirma ese poeta, 
Pues no hemos visto una teta 
Hace lo menos un año. 

Pero ya que fué capaz 
De mentir infamemente 
Veremos si es tan valiente 
D'elante del Juez de Paz.... 

Veremos si ese bribón 
Con sus coplas embusteras, 
Nos habla de borracheras 
En presencia de Cordón. 

Es muy cierto que en el día 
Cuatro, cinco, seis ó siete. 



L^uatro, cmco, seis ó siete. 
Asistimos á un banquete 
Donde dos pipas había. 



29 




466 JUAN DE COMINGES 



Y también cierto ha de ser 
Que cada cual, á su modo, 
Procuró empinar el codo 
Como Dios le dio á entender. 

Pero también con franqueza, 
Señor Queco, le juramos. 
Que maldito si tocamos 
A diez cuartas por cabeza. 

Y el hombre que no lo escupe 
Debe decir arrogante 

Que ese no es vino bastante 
Para que nadie se chupe. 

Mas, si con la bataola. 
Comistrajos, canto y juego, 

Y aquel olor á gallego, 
Hemos perdido la chola. 

Si hemos bailado el can-can 
Al compás que lo tocaban, 

Y al mirar cómo bailaban 
Los árboles de Don Juan, 

Y si al fin, por conclusión. 
Por el suelo hemos caído 

Y por él hemos perdido 
Botas, sombrero y facón; (i) 

Que le condenen espero 
A indemnización cumplida 
Por el hedor, la caída, 
Botas, facón y sombrero. 



( I ) Cuchillo grande. 



POESÍAS JOCOSAS 467 



Es justicia, amigo Queco, 
Que precisa el del garrote, 
Pariente de Don Quijote 
Según lo largo y lo seco; 
Y que no se ponga hueco 
Ni á la parra se me suba 
Ni hable de zumo de uva, 
Porque le responderán 

BebevinOy Mostagán, 
Cepa, Caña, Baca y Cuba. 



JUICIO CÉLEBRE 



Señor Alcalde Ordinario 
Del pueblo de Paysandú, 
Estoy dado á Belcebú 
Por un verso estrafalario 

Que sin respeto ninguno 
Un poeta zascandil 
Publica en El Mercantil 
Número sesenta y uno. 

Corno literaria afrenta 
Tal composición acuso, 
Por ser un infame abuso 
De la libertad de imprenta. 

Tóxica composición, 
Parto de loco furioso 
Que turba el santo reposo 
De Vega y de Calderón. 

Elucubración que encierra 
Por disparatada y mala 
El cólera para Ayala 
Y la fiebre para Serra. 

Por lo tanto y para norma 
De tan gran desaguisado, 



POESÍAS JOCOSAS 469 



Téngame por presentado 
En el tiempo y en la forma; 

Y apartándose del odio 
Que excitan tantas sandeces, 
Sírvase nombrar los jueces 
Que han de sojuzgar á Harmodio 

Para el eterno descanso 
De las personas discretas, 
Y castigo de poetas 
Que enristran plumas de ganso. 



Paysandú, 1876. 



EN EL BAILE DEL DOMINGO 



Es justo que en este cielo 
Acordes lance mi lira 
Por las rosas de Palmira 
Y azucenas del Carmelo. 

Justo que alegre y ufano 
El dulce placer me abrume 
Borracho con el perfume 
Del pensil americano. 

Justo que en verso y en prosa 
Sin que me sujeten barras 
Camoatí ( i ) con antiparras 
Camine de rosa en rosa. 

Justo que llene el destino 
De dicha al insecto alado 
Brindando en cáliz dorado 
De amor el néctar divino. 

Y que sus alas ufanas 
Bata en amorosa lidia^ 
Aunque se mueran de envidia 
Abejas y lechiguanas. 



(i) Abeja silvestre. 



POESÍAS JOCOSAS 47 I 



Que con amor por divisa 
Cruce el perfumado ambiente 
Que se mece dulcemente 
Al impulso de la brisa. 

Que con su trompa golosa 
Absorba la dulce miel, 
En el cáliz del clavel 
Y pétalos de la rosa. 

Que le dirijan miradas 
Que le hagan perder la calma 
Que le trastornen el alma 
Sus corolas matizadas. 

Mas [ay, Camoatí, tu vuelo 
Para siempre se ha paradol 
¡Muerto de amor has quedado 
Sobre una flor del Carmelo! 

Hermosa flor de las flores 
Que sabes matar de amor 
Di ¿cómo te llamas, flor, 
Que así me causas * Dolores*} 



Perico Derretido. 



1 



A UNA NIÑA DEL CARMELO 



(Francisca Carasal) 



Por ti de amor siento el fuego 

Y en declararme no dudo, 
Porque no quiero ser mudo 
Ya que de amor estoy ciego. 

Y este amor extraordinario 
Contenido por respeto 
Deje de ser un secreto, 
Tulipán carmelitano. 

Yo te juro, hermosa Paca, 
Que en amor no soy muy ducho, 
Mas si tú me gustas mucho 
Yo te prometo . . . casaca. 

Por ese amor, dulce cielo. 
Por quien el alma suspira 
Abandonara á Palmira 

Y viviera en el Carmelo. 

Y digna será mi obra 
De la nobleza más alta. 



POESÍAS JOCOSAS 47$ 



Porque sé que te hace falta 
El amor que á mí me sobra. 

Sabe, niña angelical, 
Que no es mi amor un capricho, 
Porque muchos te habrán dicho 
Que tiene tu Cara-sal, 



DÉCIMA ''^ 



Esa flor que brinda amor, 
Que llena de dicha el alma, 
Que nuestros pesares calma 
Con su aroma embriagador, 
Esa delicada flor, 
Cuyo cáliz virginal 
Nácar, ébano y coral 
Ha robado á la ngttura ; 
Esa esbelta criatura 
Esa es Dolores Cabral. 



DÉCIMA 



Seducen con sus colores 

Y sus amorosas quejas, 
Las maliciosas abejas 
A las inocentes flores ; 
Mas son falsos sus amores 

Y mentida su pasión: 
Sólo es cierto el aguijón 
Con que la abeja importuna 
Va secando una por una 
Las flores del corazón. 

Carmelo, Junio i6 de 1872. 

(i) Décimas incluidas en la crónica de un baile. 



DÉCIMA 



INCLUIDA EN UN ARTÍCULO DE POLÉMICA 



Saca el poncho, fanfarrón,. 
Compadrito matasiete, : . 
Veremos si mi florete 
Vale más que tu facón. 
No teme mi corazón 
Esta lucha desigual. 
Que adversario desleal 
A quien bato con espada 
No ha de darme una estocada 
Aunque me clave un puñal. 



EPIGRAMA 



Cierto defensor un día 
Con elocuentes razones 
Probó las deposiciones 
Del reo á quien defendía, 
Y el furibundo fiscal 
Que aquel crimen denunció 
El proceso se tragó 
Aunque le oliese muy mal. 



POLÍTICA JABONERA ^'^ 



¿ Quién será tan avestruz 
Tan pollino, tan zamarro, 
Que no recuerde á Navarro 
El jabonero andaluz ? 

¿ Quién tan falto de memoria 
Ó ingrato, que haya olvidado 
Los servicios que ha prestado 
El jabón de la Victoria ? 

Más. ¿ Quién olvidar pudiera 
Al héroe más estupendo 
Que pasó la vida haciendo 
Política jabonera ? 

Nadie ; el bachicha, el gabacho, 
El cuerdo, el chisgarabís, 
Saben que el bien del país 
Ha salido de mi tacho. 

Y por si alguno se queja 
De los últimos amaños 



(i) Estos versos y los que siguen á continuación, fueron impro- 
visados en diferentes ocasiones en broma y de sobremesa, en casa 
de Don Antonio Navarro, antiguo fabricante de jabón en Monte- 
video y grande amigo del autor. — Los incluimos como un recuer- 
do de su festivo carácter, á pesar del poco mérito literario que 
puedan tener. 



478 JUAN DE COMINGES 

Sepa que pasé seis años 
Más tronado que arpa vieja. 

Época fué bochornosa 
Para esta patria tan bella, 
Mas no pude hacer por ella 
Maldita de Dios la cosa. 

Pero cerremos la historia ; 
Que Santos y Carralón 
No volverán, que hay jabón, 

Y jabón de la Victoria. 

Jabón tengo y no soy manco ; 
Ya estoy de jabón provisto ; 
Ya mando, gracias á Cristo ; 
Es decir, gracias al Banco. 

Y al que venga con ambajes 

Y alborote este cotarro 

Le haré ver quién es Navarro 
Para secundar á Tajes. 

Baje humilde la cabeza 
Quien tenga sucio el faldón. 
Que yo fabrico jabón 
Para imponer la limpieza. 

Aunque vengan con argucias, 
Sepan que no tengo empacho 
Para arrojarles al tacho 
Si tienen las manos sucias. 

Ojo alerta, que soy terco, 

Y si alguien se sobrepasa 
En vez de jabón de grasa 

He de hacer jabón de puerco. 



POESÍAS JOCOSAS 479 



Pues yo á la gente ladina 
Que es para robar astuta 
Sé mandarla á la gran .... China 
Como potencia absoluta. 

Ya dio fin el gatuperio 
De aquella ambiciosa grey ; 
Que para salvar la ley, 
Estoy yo, y el ministerio. 

i Qué guapo armará contienda, 
Si meto á todos jabón ! (i) 
I Quién matará la instrucción 
Cuando mis velas encienda! 

¿ Quién da al tesoro acechanza 
Estando aquí el andaluz 
Que da á Márquez tanta luz 
Para alumbrar las finanzas? 

¿Qué inglés armará una treta 
Para sacarnos los miles 
Por unos ferro-carriles 
Más malos que una carreta. 

Mientras existan Navarros 
Que fabrican en su casa 
Mil toneladas de grasa 
Para que vuelen los carros? 

Se afirmó la situación; 
Dieron fin todos los males ; 
Ya tenemos, orientales, 
Grasa, velas y jabón. 

(i) Modismo americano, que quiere decir meter miedo. 



480 JUAN DE COMINGES. 



Grasa para untar el carro;: 
Luz para alumbrar al nulo 
Y jabón que limpia todo. 

He dicho. 

Antonio Navarro, 



Posdata : de todo hay, 
Si lo buscan con ahinco 
En el ciento ochenta y cinco 
En la calle de Uruguay. 



AVISO 



¿Habrá alguno tan zamarro 
Que no compre en el instante 
El jabón desinfectante 
Fabricado por Navarro ? 

Mata su olor la polilla, 
Chinches, pulgas y otro estorbo, 
Ahuyenta eí cólera morbo 
Como la fiebre amarilla. 

Libra de infinitos males 
Que atacan á humanas pieles 
En colegios, en cuarteles. 
En cárceles y hospitales. 

¿ Quién no aprovecha los bienes 
Que nuestro anuncio promete 
Cuando se compra un paquete 
Por veinte y cinco vintenes ? 

Jabón como éste no hay 
Y el gran depósito es 
En el ciento veinte y tres 
De la calle del Queguay. 



30 



ATENCIÓN QUE HABLA NAVARRO 



Chito, silencio, atención 
No toser, no resollar 
Que va Navarro á anunciar 
Su fábrica de jabón. 

Y á gritar con todo ahinco 
La gloria que vendo allí 

En la calle de Ibicuí 
Doscientos cincuenta y cinco. 

Y digo que vendo gloria^ 
Porque no hay jabón igual 
Al Elixir celestial 
Fabricado en « La Victoria » . 

Jabón que deja sin mancha 
Al que llegue penitente 
A tres cuadras solamente 
De la plBza de Cagancha. 

Jabón hijo de la ciencia 
Que todas las manchas quita, 
Estén en nuestra conciencia 
Ó estén en nuestra levita. 

El que descarga su pena 
A las plantas del vicario 



poesías jocosas 483 



Sale del confesionario 
Más limpio que una patena. 

Pero á nadie se le escapa 
Que aquellos santos varones, 
Suelen tener los faldones 
Con más dibujos que un mapa. 

Y ninguna criatura 
Está limpia por entero 
Si no acude al jabonero 
Al mismo tiempo que al cura. 

Oh I público del corazón , 
Pues me conoces de antaño 
No ha de parecerte extraño 
Que yo, con noble ambición, 

Corro, sudo, y me achicharro, 
Porque figure en la historia, 
El jabón de < La Victoria » 
Fabricado por Navarro. 



EL JABONERO NAVARRO 



Ya no habrá chisgarabís 
Que alborete este cotarro 
Mientras Latorre y Navarro 
Gobernemos al país. 

Se harán bien las elecciones, 
Sin engaños ni cautelas, 
Porque luz ciarán mis velas 

Y limpieza mis jabones. 

Y si alguno se resbala 

Y otras épocas recuerda, 
Dame, Latorre, una cuerda 
Que yo la untaré de grasa. 

Cuando Várela y Tezanos, 
Sufrí muchas desazones, 
Pues con todos mis jabones 
Tuvieron puercas las manos. 

Cuando á EUauri gente lista 
Le pusieron á mandar, 
Yo me puse á fabricar 
Un jabón muy principista; 

Mas, con todo corazón 
Os diré sin disimulo. 






poesías jocosas 485 



Que no sirve ese jabón 
Ni para limpiarse el.... pelo. 

Para que todo se borre. 
Hoy fabrico jabón tierno 
Como el honrado gobierno 
De don Lorenzo Latorre 

A fe de Navarro Antonio 
Os digo de corazón 
Que, como venda jabón, 
Aunque nos mande el demonio 



Á BORDO DEL c ANTONIO LÓPEZ» 



EN VIAJE DE Buenos Aires A Cádiz, invitando A una rifa 

EN FAVOR DE LOS MARINEROS Y FOGONEROS. (l) 



Mis queridos pasajeros: 
Ojo al Cristo que es de plata, 
Pues mi musa se desata 
Para dejaros en cueros. 

Sin publicano ni escriba 
Que vuestra bolsa confisque, 
Se pedirá á cada quisque 
Que se rasque pelo arriba. 

Dará tajos y reveses 
Para evitar un rechazo; 
Es decir, dará un sablazo, 
Y soltaréis los parneses. 

La veréis con cara fosca 
Porque plata solicita. 
¿Quién pone cara bonita 
Cuando hay que aflojar la mosca? 






(i) Versos encontrados en el Libro Diario de su último viaje á 
Europa, pocos meses antes de su fallecimiento. 



POESÍAS JOCOSAS 487 



Cada cuál al ruego ceda, 
Pues de caras no se asusta; 
Porque á ella solo le gusta 
La cara de la moneda. 

No con pretensiones grandes 
Pretende salir de apuros; 
Como junte treinta duros 
Ha puesto una pica en Flandes. 

Mi musa en pedir se empeña; 

Y tanto en pedir se afana 
Que ya no es musa pagana 
Sino musa pedigüeña. 

Mas atended su pedido; 
Porque mi musa es tan bella 
Que no pide para ella 
Sino para el desvalido. 

Pide aliviar los pesares 

Y moderar los dolores, 

Del que en borrascosos mares 
Perdió padres protectores. 

Del condenado de veras, 
Que ni el Dante nos le pinta, 
Que habita allá en las calderas 
Sudando gotas de tinta. 

Del que se juega la vida 
Sobre frágil calabrote, 
Mientras que en el camarote 
Se duerme á pierna tendida. 

Con que amigos, no hay excusa ; 

« 

Salga la plata al instante 



488 JUAN DE COMINGES. 



Y entregadla al Comandante 
Mayordomo de mi musa. 

Posdata: mi musa ha obrado 
Cual noble Diosa discreta ; 
Mas yo no, que soy poeta 
Algo más interesado. 

Así, no llevéis á mal 
Que echando á un lado el rubor, 
Pida á todos un favor 
Que viene á ser mi jornal. 

Si me corresponde un gaje, 
Que nadie entonces se asombre 
De que le pide su nombre 
Grato recuerdo de viaje. 



Julio, 17 ¿le 1 891. 



En el libro diario siguen las fírmas de todos los pasajeros. 



INVITANDO 



Á UN GUANTE PARA JoSÉ EL CaMARERO DEL «SALÓN DE FUMAR» 



Vecinos del fumadero : 
Escuchad un solo instante, 
Se trata de echar un guante 
Para José el Camarero. 

Siempre el infeliz trabaja 
Pues todo el mundo le grita, 
José, dame una copita ; 
José, trae una baraja. 

José, llámame temprano ; 
José, cierra que entra el sol ; 
José, espabila el farol ; 
José, llama á don fulano . 

Siempre subiendo y bajando 
Las malditas escaleras, 
A fuerza de dar carreras 
Su salud se fué acabando. 

Ya no será hombre de guerra ; 
Que un enfermo no trabaja: 
Mañana queda de baja 
El pobre José en su tierra. 



490 JUAN DE COMINGES. 



Así, por mi vida os juro, 
Que no será jugador 
Borracho ni fumador, 
Quien no le dé medio duro. 

No hay que sacarme de quicio, 
Pues mi musa sólo trata 
Que nadie esconda su plata 
En este salón del vicio. 

Á bordo del «Antonio López», Julio 23 de 1891. 



índice 



PÁG. 



Dos palabras v 

D. Juan de Cominges vil 



EXPLORACIONES AL CHACO DEL NORTE. 

Antecedentes históricos 3 

Causas que motivaron la expedición 23 

Peligros y esperanzas 29 

Fragmentos del Diario de la primera expedición 43 

Retratos de los indios. 

Diario de la segunda expedición, realizada en Octubre 

y Noviembre del año 1 879 97 

Vocabulario de algunas palabras del idioma guana ...» 247 



CONFERENCIAS. 

» 

La propiedad y el cultivo 253 

Protección á la industria 272 

El Chaco y sus indios 286 

Aprovechamientos de bosques 308 



ARTÍCULOS DIVERSOS. 

PÁG, 



Impresiones de un extranjero 325 

Discurso pronunciado en la inauguración de la Asocia- 
ción Rural del Uruguay 330 

La inmigración en América 333 

Las dunas en las costas del Atlántico, del Plata y del 

Uruguay 338 

Una visita al parque de Palermo 343 

La colonización del Chaco 347 

Conferencias agrícolas 358 

Desde el Chaco paraguayo 366 

Cuidado con los privilegios 372 

¡ ¡ 627 refranes en venta ! ! 376 

Carta á D. Esteban Moreno 379 



ARTÍCULOS POLÍTICOS. 

El evangelio de los pobres 395 

Summum jus, summa injuria 402 

Ruda franqueza 407 



POESÍAS. 

Hijo! 413 

Oda á Camilo Flammarión. . . , 415 

Armonías 419 

En el Cementerio del padre Lachaisse 424 

Improvisación á las víctimas de Santander, en la ma- 
nifestación celebrada el segundo aniversario de la 

Revolución 427 

I Madre 1 429 

El Sabo3rano (cuento) 431 

Cuento 435 

Cuento 436 



pAg. 



El Goloso 437 

Actividad y Pereza (fábula) 438 

Inédito 441 

Un desterrado 443 

Improvisación, en la tumba de José Hernández, conocido 

con el seudónimo de Martin Fierro 445 

Redención 446 

A la juventud oriental, en el banquete del 1 3 de Abril 

de 1872 453 



POESÍAS JOCOSAS. 

Congreso borrical. — Sátira con motivo de una ordenanza 

municipal que prohibía cercar los campos con zanjas. 458 

Carta á D. Francisco Fontana , 461 

Señor D. Francisco Fontana 464 

Juicio célebre 467 

En el baile del domingo 469 

A una niña del Carmelo 471 

Décimas 472 

Décima, (incluida en un artículo de polémica) 473 

Epigrama 474 

Política jabonera 475 

Aviso 478 

Atención, que habla Navarro * 479 

El jabonero Navarro 48 1 

A bordo del « Antonio López » 483 

Invitando á un guante para José el camarero del 

« Salón de fumar » 486 



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stamped below. 

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by retaming it beyond the speciñed 
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